El apóstol san Pablo (1 Cor. 2,6-10) enseña que él viene a anunciar la sabiduría divina, que estuvo escondida para todos aquellos que se han considerado sabios según este mundo.
En efecto, la sabiduría de Dios, ha sido preparada desde antes de la creación del mundo para los elegidos, para la gloria de los maduros espiritualmente que están dispuestos a vivir según Cristo.
Por su parte, la mayoría de los seres humanos apetecen y buscan la sabiduría humana, la de la cultura y del hombre de nuestro tiempo.
La sabiduría de Dios, consiste en descubrir que el Hijo de Dios vino a este mundo, se hizo hombre en el seno de la virgen para mostrarnos el camino que conduce al padre, mientras que los que han vivido conforme a la sabiduría del mundo son los que crucificaron al Señor.
Cuanto más vivimos según la sabiduría de Dios, caemos en la cuenta que todos los días se abren delante nuestro, dos caminos, dos posibilidades, la del bien y la del mal, la de la vida y la de la muerte, la de la cercanía con Dios y la lejanía del Creador (Eclo 15,15-20).
El Señor a nadie empuja al mal, dice el autor sagrado, sino que es el ser humano quien libremente elige vivir según el camino del bien o según el camino del espíritu del mal, por eso, en la medida en que poseamos esta sabiduría que viene de Dios, elegiremos siempre aquello que conduce al bien y a la verdad, en definitiva, aquello que enaltece al ser humano, que lo hace grande.
La sabiduría divina permite saborear las cosas de Dios y las de la tierra de una manera totalmente nueva, por lo que caemos en la cuenta que Cristo no vino a abolir la ley de la antigua alianza, sino a darle cumplimiento, a perfeccionarla, a ampliar su exigencia actual.
Por eso, en el texto del evangelio (Mt. 5, 20-22.27-28.33-34) Jesús recuerda, que se nos dijo, "no matarás, pero yo les digo, aquel que que se enoja con su hermano, es digno de un tribunal".
O sea, invita no a quedarnos únicamente con el hecho de no matar, sino ir más allá, superar la justicia de los escribas y fariseos, y captar el espíritu del evangelio, porque quizás no matamos a nadie físicamente, pero matamos a alguien con el desprecio, con el odio, con la envidia o de alguna otra forma.
Jesús también, en el texto del evangelio, dice que antiguamente se ha dicho, "no cometerás adulterio", pero quiere ir más allá de la justicia de los escribas y fariseos, y enseña la perfección evangélica. ¿Y cuál es? El adulterio no solamente se comete con las acciones, sino también con las intenciones, con las miradas, con los deseos totalmente impropios que muchas veces afloran de nuestro interior. También Jesús enseña que es necesario no jurar, no poner a Dios como testigo, porque el creyente que vive en la verdad no necesita jurar por nada ni por nadie, sino es suficiente con que diga sí o no, ya que aquello que se hable de más viene del maligno, o sea, el creyente tiene que acostumbrarse a decir la verdad, a que su lenguaje sea veraz, sin necesidad de hacer juramento alguno.
El Señor, por lo tanto, recuerda cómo viene a perfeccionar los mandamientos de la antigua alianza, y cuando descubrimos cuál es el grado de perfección y lo vivimos, es cuando manifestamos esta sabiduría divina, escondida, perfecta, a través de la cual Dios quiere santificarnos y engrandecernos permanentemente.
La sabiduría divina, a su vez, enseña a descubrir lo necesario para no pecar, para poder vivir según la voluntad del Salvador.
Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el 6to domingo "per annum" ciclo A. 15 de febrero de 2026.

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