El mes de octubre está dedicado al santo rosario, devoción que une muy estrechamente a nuestra madre del cielo.
Por el rezo del rosario el ser humano consigue muchos favores de parte de la virgen, ella está siempre dispuesta a responder a aquellos hijos que la invocan, especialmente a través de esta devoción.
Pero octubre también es el mes de las misiones, justamente en Argentina se recuerda como día misional cada segundo domingo de octubre, por eso, como les había anunciado la semana pasada, este día se hace la colecta misional.
Con lo que se obtenga en la colecta se atenderán las necesidades de la Iglesia, se destinará al sostenimiento de las obras y misioneros en aquellos países donde todavía no ha llegado totalmente la presencia del evangelio de Cristo.
Este día, por lo tanto, nos convoca a ser misioneros, misionero significa sentirse enviado para predicar a Cristo.
Saber que esta es una vocación que nace en nosotros a través del sacramento del bautismo, sacramento que nos incorpora a la Iglesia, la cual es misionera, porque es enviada a todos los pueblos de la tierra para hacer presente a Jesús.
Estamos tan convencidos que Jesús es el camino, la verdad y la vida, que lo más importante que le puede ocurrir a alguien es encontrarse con Él, con el Señor, por eso, hemos de predicarlo, hacerlo presente en la sociedad en la que vivimos.
Y ya, de entrada, reconocer que estamos invitados por Jesús al reino de los cielos, al cual refiere el texto del evangelio, ese reino en el que encontramos al Señor y estamos llamados, por lo tanto, a atraer a otros al encuentro de Jesús, sabiendo que Dios nos invita a través de su palabra a participar de las bodas de su Hijo (Mt. 22,1-10).
El Padre invita a las bodas de su Hijo que viene a desposarse con la humanidad, con cada uno de nosotros, tomando carne humana en el seno de María Santísima.
Por lo tanto, hemos de sentirnos llamados a ese desposorio, a esas bodas que deben estar cargadas de alegría y de gozo, a esas bodas del Hijo de Dios que invita ya desde el comienzo de la historia de la salvación, como hemos escuchado en la primera lectura tomada del profeta Isaías (25,6-10) donde el profeta, con un tono mesiánico, anuncia la celebración de las bodas, pero en la gloria eterna del cielo.
Refiere Isaías, como portavoz de Dios, que en el monte santo se celebrará este banquete con espléndidos manjares y riquísimas bebidas que harán presente la alegría del corazón, el gozo de estar con Dios, que abundantemente siempre reparte sus dones, gracias y bienes a cada uno de nosotros.
Por lo tanto, hemos de predicar que estamos llamados a estas bodas, a este banquete celestial, participando de la unión con Cristo.
El texto del evangelio nos muestra cómo esa invitación es hecha de una manera, podríamos decir, apremiante: Vayan y díganle a los invitados que las bodas ya están listas y que vamos a comenzar con la celebración de las mismas.
Sin embargo, refiere el texto bíblico que los invitados desistieron de ir a la fiesta, participar de las bodas del Hijo de Dios hecho hombre.
Estaban ocupados en otras cosas, en otras tareas, en otros negocios, consideraban más importante todo acontecimiento terrenal, más que este banquete, preámbulo del cielo.
Recuerda el texto bíblico que los invitados incluso no solamente desistieron de ir, sino que castigaron o mataron a los enviados, con lo cual el rey, o sea, Dios Padre, castiga a quienes esto han hecho y quema la ciudad, que es la ciudad de Jerusalèn, cuando es destruida en el año 70, como fruto definitivo de su infidelidad, por su permanente rechazo a Dios.
El no querer escuchar la voz de Dios, en definitiva, se transformó en la destrucción de aquellos que permanecieron sin querer participar de la alegría del Padre en el banquete.
Pero también es importante caer en la cuenta que este rechazo ha significado que Dios llame a otros, es decir, a nosotros, que hemos elegido seguir a Cristo nuestro Señor, participar de su boda, sentarnos a la mesa del banquete, llevando su mensaje de salvación.
Por eso es importante darnos cuenta de que el tiempo apremia, no podemos dejar para después la evangelización, dar a conocer a Cristo, como tampoco podemos dejar para más adelante la respuesta concreta a todo lo que Él quiere dar, a pesar de nuestra fragilidad, de nuestras debilidades, a pesar de nuestros pecados.
Por eso, queridos hermanos, busquemos siempre esta mayor pertenencia a este nuevo reino de Dios, que es la Iglesia, porque allí encontramos al salvador y allí recibimos la fuerza necesaria para poder ir al encuentro del hombre de hoy y manifestarle que el camino de la salvación ya está presente en Cristo nuestro Señor.
Ojalá cada uno de nosotros se entusiasme por esta misión que se nos encomienda, y no desaprovechemos las oportunidades que la vida presenta para dar a conocer a Cristo nuestro Señor, y dar a conocer que el seguimiento de su persona y de su obra es realmente aquello que hace plenamente felices a las personas.
¿Cuántas veces decimos, me falta algo, no soy totalmente feliz? Cuando en realidad debiéramos decir, me falta alguien. Porque quien está unido plenamente a Cristo, aún el dolor purificador o el sufrimiento que tengamos en esta vida se transforma en un medio eficaz de salvación personal.
Vayamos, entonces, al encuentro del Señor y pidámosle que nunca nos abandone, que nunca nos deje, porque queremos seguirle en todo momento.
Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el domingo XXVIII del tiempo litúrgico durante el año. Ciclo A. 11 de octubre de 2026








