3 de agosto de 2026

El milagro de la multiplicación de los panes y peces se realizó, porque Dios actúa siempre sobreabundando lo poco que le ofrecemos.

 

Recién afirmábamos en el cántico aleluyàtico que "el hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (Mt. 4, 4b), resumiendo así la enseñanza del profeta Isaías (55,1-3).
Éste destaca cómo el ser humano gasta su fortuna, sus esfuerzos y trabajos, para conseguir los bienes pasajeros, como si estos fueran lo màs importante en el transcurso de la vida humana. 
En efecto, si bien muchos de los bienes son necesarios, otros no tanto, porque siempre está la tentación de la avaricia, de  colmarnos de cosas innecesarias, o que podríamos compartir con otros.
Por eso es que Dios invita por el profeta a recibir alimentos suculentos gratuitamente, porque "Yo haré con ustedes una alianza eterna, obra de mi inquebrantable amor a David".
Es decir, el texto se refiere al encuentro personal con el Creador, con Dios omnipotente, que es quien regala permanentemente todos los bienes que hemos de apreciar, pero que no deben ocupar toda nuestra atención. 
Buscar a Dios ha de ser el objetivo de nuestra vida, lo cual debe llevarnos a afirmar con el apóstol san Pablo (Rom. 8,35.37-39) "¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo? ¿Las tribulaciones, las angustias, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada?" y seguirá insistiendo que "ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús".
Esa ha de ser nuestra preocupación diaria, que nada ni nadie nos separe del amor de Cristo, el cual ha de estar en nuestro corazón, en primer lugar, debe colmar todas nuestras insatisfacciones,  deseos y aspiraciones. 
En síntesis, acudir, por lo tanto, a Jesús, nuestro Señor, ya  que Él nos quiere dar el verdadero alimento.
Fíjense ustedes el texto del evangelio (Mt. 14,13-21), Jesús sube a la barca, desea ir a rezar, a meditar a solas, en cuanto  hombre quiere encontrarse con el Padre del cielo, ya que como Dios, obviamente, vive presente en la Trinidad. 
Sin embargo, al llegar a la orilla, le es imposible retirarse a orar porque una multitud que lo había seguido por tierra, lo está esperando, "y compadeciéndose de ella, curó a los enfermos", de sus dolencias ya sea físicas como espirituales, porque Cristo ve permanentemente al  hombre en su totalidad y cuáles son sus verdaderas necesidades.
Y llega el atardecer, los discípulos advierten a Jesús para que despida al gentío, enviándolos a todos a las aldeas vecinas, para que busquen de comer y alojamiento para los de lejos.
Pero Cristo responde, "denles de comer ustedes mismos", pero los discípulos manifiestan que sólo tienen cinco panes y dos pescados, insuficientes para dar de comer a tanta gente.
Sin embargo, Jesús dice, "tráiganme los panes y los peces" , los bendice y, multiplica esos bienes para que todos coman, siendo en total cinco mil hombres sin contar mujeres y niños. 
¿Cómo es posible este milagro? Muchos que no tienen fe, no creen en la multiplicación de los panes y de los peces, y así hacen una interpretación del texto bíblico diciendo que lo que se ejercitó fue la solidaridad, de modo que cada uno puso algo de lo que tenía para alimentar a todos.
Sin embargo, el milagro se realizó, porque Dios actúa siempre multiplicando lo poco que le ofrecemos. 
Y así, tenemos, el ejemplo de san Juan Macías, a quien veneramos en este templo,  que hizo muchos milagros por la gracia de Dios, alimentando a multitud de pobres hambrientos.
Uno de estos prodigios aconteció estando muerto,  importante para su canonización, ya que Dios intervino por su intercesión.
En efecto, en una oportunidad, las cocineras que preparaban la comida para alimentar a muchos pobres en el convento de Lima, se percatan que sólo queda un poco de arroz. Desesperadas, invocan a San Juan Macías, y el arroz se fue multiplicando, el guiso fue agrandándose cada vez más, y pudieron saciar a todos los hambrientos que se acercaban en ese mediodía. Ahí se cumplió lo del evangelio, entregaron lo poco que tenían y Dios multiplicó el esfuerzo ofrecido.
Nos está dejando un mensaje el texto del evangelio y, es que  si el mundo fuera más generoso, si se compartieran más los bienes y no se acapararan como acontece en nuestro tiempo,  que unos acumulan bienes permanentemente y otros no tienen que comer, si el ser humano compartiera más con sus hermanos, habría para todos. 
Para lo cual, indudablemente, debe primar el amor a Cristo. Solamente el amor a Jesús, verdadero y profundo, motiva y lleva al corazón del hombre a la generosidad, a la misericordia, a poner un granito de trigo para que otros, con la multiplicación obrada por el Señor, puedan alimentarse.
Siempre es mucho lo que podemos hacer si se realiza con amor, y eso es lo que pide Jesús  cuando expresa "denles de comer ustedes". Siempre estamos a tiempo de acercarnos al que tiene menos para ayudarle con lo que tenemos. 

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía  en el domingo XVIII del tiempo litúrgico durante el año.  Ciclo A. 02 de agosto de 2026

27 de julio de 2026

Salomón suplica a Dios la sabiduría para saber gobernar a un pueblo tan numeroso y el poder discernir entre el bien y el mal.

San Pablo (Rom. 8, 28-30) comparte esta afirmación maravillosa, que "Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman, de aquellos que él llamó según su designio" . Y eso vale para todos los tiempos, tanto para el antiguo como para el nuevo testamento, y también y tiene alcance para nuestro tiempo, Dios dispone siempre lo mejor para aquellos que lo aman. 
Lo vemos en la primera lectura que acabamos de proclamar, tomada del primer libro de los reyes (3, 5.7-12) cuando Dios, sabiendo que Salomón lo ama, y también por amor a David, su padre, le dirá en sueños, al comienzo de su reinado, que pida lo que quiera. 
Salomón, justamente, reconoce que Dios lo ama, que lo ha elegido a él un muchacho para reinar sobre un pueblo numeroso, que tiene una tarea ímproba por delante, para  el futuro y el presente, pero sabe que Dios está con él, máxime cuando le dice, que  pida lo que quiera. 
Por lo tanto, ésta en una oportunidad inmejorable para pedir todo lo necesario para ser un buen gobernante. 
¿Y qué pide Salomón?: "Concede, entonces, a tu servidor un corazón comprensivo para juzgar a tu pueblo, para discernir entre el bien y el mal. De lo contrario, ¿Quién sería capaz de juzgar a un pueblo tan grande como el tuyo?"
O sea, el rey bien ubicado, reconociendo que es un muchacho y que ese pueblo no es suyo sino de Dios, pide la sabiduría para saber gobernar, el poder discernir entre el bien y el mal, el poder caer en la cuenta sobre lo que es justo y que pueda beneficiar a todo el pueblo que se le ha confiado. 
Y Dios se alegra porque no ha pedido riquezas, ni la muerte de los enemigos, no ha pedido larga vida, ni ha pedido triunfos humanos, sino algo espiritual, la sabiduría necesaria para vivir a fondo la misión que se le ha encomendado.
En vistas de esta súplica se le otorga lo que desea y se le concede  lo  no solicitado, pero necesario para gobernar.
La lógica divina será conceder lo que se le ha pedido y lo que no se ha reclamado también, teniendo en cuenta la humildad y pequeñez real, porque el rey se ha hecho nada delante del Señor, reconociendo que fue elegido y que todo depende justamente de la providencia divina. 
Podríamos decir que Salomón, en esta etapa de su vida, va por buen camino, ha elegido lo que a Dios le agrada.
Nosotros, mientras caminamos por este mundo, también hemos de pedir esa sabiduría para encarar la existencia de cada día, para buscar el tesoro escondido, que es Cristo (Mt. 13, 44-52), ya que sin Él nuestra vida no tiene sentido. 
Viviremos de ideales, de fantasías, de esperanzas vanas, pero no desde la fe, la esperanza y la caridad. 
Cristo es el tesoro escondido, que se da a conocer si lo buscamos, para lo cual es necesario entregarle todo para que lo encontrado se quede con nosotros.
Lo mismo el mercader de las perlas finas, que encuentra una de gran valor, vende todo lo que tiene para quedarse con ésta, que representa al mismo  Cristo. 
Porque el tesoro, porque la perla, son más importantes que cualquier otra cosa en este mundo. 
¿De qué vale tener riqueza, fama, una vida placentera, vivir sin padecimientos, si falta Cristo en nuestra vida de cada día? ¿Y si falta nuestro deseo de amarlo sobre todas las cosas, si no somos capaces de entregarnos a nosotros mismos y renunciar a todo lo que se opone a  Jesús que quiere ser nuestro amigo, hermano y el salvador de nuestra existencia, que nos queda?
El reino de los cielos también enseña Jesús, se parece a una red que reúne peces buenos y malos, al igual que la  Iglesia que da lugar, que da cabida a todo el mundo. 
Todos pueden pertenecer a la iglesia, pero siempre y cuando todos y cada uno procuren buscar, encontrar y vivir conforme a ese tesoro, esa perla que es Cristo nuestro Señor. 
Porque llegará el momento del fin del mundo, como enseña el mismo Jesús, cuando se realice la separación, se tiren los peces malos y se recojan los peces buenos, los malos serán aniquilados, llevados a la hoguera, como Jesús nos enseñaba con la parábola del trigo y la cizaña, y los justos, el trigo, es recogido en graneros.
Jesús no obliga a nadie  que lo siga o que viva de acuerdo a los mandamientos, pero ya nos muestra qué es necesario hacer y vivir justamente para merecer la gloria eterna, la vida sin fin junto a nuestro Señor. Por eso preguntémonos, ¿estamos decididos a buscar a Cristo? Tesoro, perla de gran valor que se nos ofrece continuamente.
Pidámosle, entonces, al Señor que nos guíe,  ilumine, y nos dé la verdadera sabiduría para saber qué hacer en cada momento de nuestra existencia.

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía  en el domingo XVII del tiempo litúrgico durante el año.  Ciclo A. 26 de julio  de 2026

20 de julio de 2026

Dios es omnipotente, y su justicia consiste en premiar a los buenos, esperando pacientemente antes de condenarlos, que los malos se conviertan.

El teólogo Romano Guardini, ya fallecido, escribió que cuando estuviera delante de Dios, en el juicio, le preguntaría por su justicia, por su gobierno, por qué tanto sufrimiento en el mundo, por qué tanto poder del mal, por qué tantos inocentes sufren tanto.
Preguntas que también nos hacemos nosotros, o que ya las hicimos alguna vez, porque ciertamente esta realidad de la presencia del mal y del sufrimiento a todos toca de cerca. 
¿La Sagrada Escritura qué responde al respecto? El libro de la Sabiduría (12, 13.16-19) señala de Dios que "Tu fuerza es el principio de la justicia , y tu dominio sobre todas las cosas te hace indulgente con todos" y "como eres dueño absoluto de tu fuerza , juzgas con serenidad y nos gobiernas con gran indulgencia, porque con solo quererlo puedes ejercer tu poder". 
Es decir, el Señor es soberano sobre todo lo que existe, sobre todo lo creado,  y en virtud de esta realidad es que es justo, es paciente y misericordioso, ya que "después del pecado, das lugar al arrepentimiento"
Justamente por ser todopoderoso, Dios tiene dominio sobre lo que para el hombre es difícil, sobre la ira, y así cuando alguien nos ha ofendido, o ha hecho mal, buscamos responder al agravio, o tenemos pensamientos de venganza hacia aquel que nos ha hecho daño.
Dios no se deja atrapar por la ira,  es dueño absolutamente de todo lo que acontece, y se caracteriza por  la paciencia. 
En el texto del evangelio (Mt. 13, 24-30) continuamos con la enseñanza del Señor acerca del Reino de los Cielos por medio de  parábolas , o sea, lo que vivimos en este mundo a través de la presencia del Señor entre nosotros.
Este Reino de los Cielos que es presencia del Señor, decíamos, crece de a poco, casi imperceptiblemente, sin ruido ni aparatosidad alguna, Dios trabaja en la sociedad y en el corazón de cada uno para que reine sólo el bien. 
Si tomamos la parábola del trigo y la cizaña (Mt. 13,24-30), contemplamos  que Jesús siembra únicamente el trigo, lo que es bueno en este mundo, pero a su vez, el espíritu del mal, aquel que hizo caer al hombre en los orígenes de la creación, siembra la cizaña, lo que es malo. 
La cizaña es muy parecida al trigo, por eso no es de extrañar que pase desapercibida para el que no conoce nada de siembra, sólo un entendido en el campo de la agricultura puede distinguir fácilmente  el trigo y la cizaña.
El mal o las personas malas, podríamos decir, pasan desapercibidas en este mundo, y  tratan de impedir que crezca el reino de los cielos, o sea, el trigo bueno, que va creciendo poco a poco, porque Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.
Pero como  los peones del evangelio,  también preguntamos a Dios por qué no elimina todo aquello que es malo, y a los malos, sin embargo, Él, como dueño  del campo, nos dice que dejemos crecer juntos el trigo y la cizaña y cuando llegue la cosecha, o sea, el fin del mundo o la muerte, se hará la debida separación de buenos y malos.
O sea, la cizaña es arrojada al fuego eterno, y el trigo es guardado en graneros, en el granero de la vida eterna. 
Ahora bien, ¿por qué Dios es tan paciente? Justamente porque, como decíamos conforme al texto de la sabiduría,  es omnipotente, y en esa omnipotencia se muestra cuál es su justicia, premiar a los buenos y esperar pacientemente a que los malos se conviertan. 
Mientras tanto, es cierto que el mundo del mal nos acecha y nos joroba la vida, de modo que si todo el mundo, cumpliera los diez mandamientos, qué distinta sería la vida humana. 
Pero es una realidad que la cizaña existe, que el mal está presente, porque triunfó en el árbol del paraíso cuando caímos en el pecado original por nuestros primeros padres, pero ese mismo  mal fue derrotado por Cristo crucificado, quien cargò sobre sí los pecados de todos, quedando presente en cada uno la concupiscencia, la inclinación al mal.
Por lo que en esta vida hemos de trabajar, porque en nuestro interior también hay trigo y cizaña, y así,  san Pablo decía que en su interior había una doble ley, la del espíritu, que le indicaba cómo hacer el bien, y la ley de la carne, donde sentía fuertemente los atractivos del pecado, por lo que muchas veces hacía el mal que no quería y dejaba de hacer el bien que quería realizar. 
Esa es la paradoja, la contradicción que existe permanentemente en el corazón del hombre, por eso, también Dios tiene que vencer en nuestro interior en la medida en que seamos capaces de triunfar desalojando de nosotros la cizaña, abandonando todo aquello que nos separa del Señor.
Es cierto que esta realidad que observamos en nuestro interior nos hace también pequeños, humildes, por lo que caemos en la cuenta que no somos nada y nada podemos hacer si no está con nosotros el poder divino, la gracia de lo alto.
Por eso, conocer con esta parábola que, si bien Dios permite el mal y la presencia del malo en la vida, es  porque quiere salvar a todos, concediendo tiempo de salvación hasta la muerte o hasta el momento del fin de los tiempos. 
Por eso hemos de rezar para que el Señor venga a nosotros y nos ayude a vencer la cizaña que hay en nuestro corazón.
Y tenemos que rezar siempre por la conversión de los pecadores, por aquellos que rechazan a Dios y que rehúsan aceptarlo en sus vidas, o que viven pensando permanentemente en la realización del mal, pensando a quién molestar, fastidiar o hundir en medio de esta sociedad que tantas veces se olvida de su Creador.

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía  en el domingo XVI del tiempo litúrgico durante el año.  Ciclo A. 19 de julio  de 2026

13 de julio de 2026

Cuando la palabra es recibida por un corazón bien dispuesto que la escucha y la pone en práctica, da resultados según la preparación del hombre.

En este domingo comprobamos que el eje temático pasa por la Palabra de Dios que en forma de semilla es esparcida por el sembrador que es Cristo.
O sea, la Palabra de Dios es la gran protagonista y posee especial presencia  en la vida del hombre. 
Reflexionando, pues,  sobre cada uno de los textos bíblicos, descubrimos que la primera lectura tomada del profeta Isaías (55,10-11), enseña  que la palabra produce fruto, y la  compara con las lloviznas y la nieve que caen en la tierra y la fecundan, permitiendo que puedan crecer las plantas y  el trigo, y que el hombre tenga el pan. 
El texto del evangelio (Mt.13,1-23), en cambio, relata la parábola del sembrador, que es Cristo, que tira la semilla de la palabra al voleo y el resultado de esa siembra depende no sólo  de la eficacia de la palabra-semilla, sino también de la tierra, o sea, del corazón del hombre. 
Es decir, por más que la palabra-semilla de Dios sea muy buena, si el corazón del hombre, que es la tierra que recibe esa palabra no está disponible, no se obtiene fruto alguno.
En efecto, el sembrador, al esparcir la semilla, sucede que algunas caen al borde del camino, otras caen en terreno pedregoso, otras entre espinas y, al fin en tierra fértil.
Los primeros que reciben la palabra al borde del camino son los que no la comprenden, por lo que el demonio se la arrebata, los que reciben la palabra en corazón pedregoso son los que la reciben con alegría, pero son inconstantes de modo que ante la tribulación por causa de la palabra sucumben. 
A su vez, entre espinas, es cuando el corazón del hombre está preparado para recibir cualquier otra cosa, menos la palabra de Dios, tiene muchas preocupaciones, variados intereses profanos,  pensando siempre el ser humano en las cosas de este mundo, de andar a las corridas de un lado para el otro, y, por lo tanto, todo ese bullicio exterior, que se hace bullicio interior, impide que la palabra produzca efecto bueno,   y la seducción de la riqueza la sofocan.
En tierra fértil es cuando la palabra es recibida por un corazón bien dispuesto que la escucha y la pone en práctica, dando  resultados según el grado de preparación del hombre.
Como vemos, entonces, esto nos ayuda para preguntarnos cuál es la medida actual en nuestro ser capaz de encontrarse con la palabra y hacer que ésta produzca mucho fruto.
¿La palabra de Dios entra por un oído y sale por el otro? ¿La palabra de Dios me impacta por un momento, pero después me olvido pensando en otra cosa.? ¿La palabra de Dios me interpela, pero dejo las grandes decisiones para después, para cuando tenga más tiempo para dedicarle a la misma? 
Por eso es que siempre, la semilla de la palabra es fructífera. Y así, por ejemplo, si tomamos la carta a los romanos (Rom.8,18-23),  nos enseña san Pablo que tendremos en la vida sufrimientos, grandes sufrimientos. 
En efecto, todos en la vida sabemos perfectamente lo que es el sufrimiento, lo que es el dolor, lo que es la contrariedad,  pero ¿Qué es lo que nos enseña la palabra de Dios?
Que los sufrimientos de este mundo no son nada comparables a la gloria que nos espera en el cielo, de manera que si no pocas veces es penoso ir contra la corriente, vencernos permanentemente para que el pecado no nos domine, sabemos que eso tiene su premio, su fruto. 
Que los sufrimientos de este mundo se traducen en lo que es la gloria eterna, lo que es la alegría que nunca pasa, por eso el sufrimiento no debe ser visto como algo negativo, sino al contrario, darnos cuenta que nos permite unirnos más íntimamente con Cristo en la cruz. 
Y así, entonces, unidos a Cristo en la cruz, poder aspirar a la gloria de la resurrección como Èl la alcanzó en su momento.
Pidámosle, entonces, a Jesús en este día que nos dé su gracia, que nos ilumine para que entendamos su palabra, para que sepamos valorar la sagrada escritura, para que nos alimentemos con ella, para que busquemos en ella la respuesta a los grandes interrogantes de nuestro existir.

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía  en el domingo XV del tiempo litúrgico durante el año.  Ciclo A. 12 de julio  de 2026

6 de julio de 2026

Él experimentó sobre sí nuestras limitaciones y debilidades cargándolas en la cruz, por lo que hemos de imitarlo en su paciencia y humildad.

Si tenemos en cuenta el texto proclamado del profeta Zacarías (9, 9-10), se anuncia la llegada del Rey Mesías a Jerusalén, montando un asno como signo de humildad, que es justo y victorioso, y quiere  destruir las armas y la guerra para proclamar la paz a las naciones, aplicar la justicia y  el derecho y enseñar el camino de la santidad asintiendo siempre a la voluntad divina.
La persona del Rey Mesías montando un asno la contemplamos también el domingo de Ramos, cuando Jesús entra en Jerusalèn aclamado por la muchedumbre dando comienzo a la semana dolorosa de su pasión, que culmina con su muerte en cruz y resurrección gloriosa de entre los muertos.
La venida del Mesías entre nosotros supone el envío de sus discípulos y misioneros al encuentro de la muchedumbre agobiada que está en este mundo caminando sin pastor que los guíe, preparándose así para seguir definitivamente los pasos del Maestro  una vez que regrese al Padre.
En el texto del evangelio de hoy ya han regresado los discípulos de su misión y, junto a Jesús describen cómo les ha ido en el encuentro personal con la gente sin rumbo.
Al texto del evangelio que hemos proclamado (Mt. 11,25-30), podemos dividirlo en dos partes, la primera abarca los versículos 25,26 y 27 y la segunda los versículos 28,29 y 30.
De manera solemne Jesús alaba al Padre, porque le ha otorgado una sabiduría especial a sus enviados, para que con sencillez y humildad proclamen el evangelio de la vida divina en este mundo y la eterna para después de la muerte temporal.
Jesús advierte que como Hijo es sólo conocido por el Padre que lo ha engendrado desde siempre, y que el hombre puede conocer a su Padre si Él mismo otorga el acceso a ese conocimiento para todos.
Y así le dirá a Felipe en una oportunidad que "el que me ha visto a mí, ha visto al Padre" (Jn. 14, 7-9).

La frase significa que ver y conocer a Jesús es, en esencia, ver y conocer a Dios Padre, porque Jesús es la manifestación visible del amor y la obra de Dios.

Precisamente la encarnación del Verbo, significó ingresar a la vida del hombre, compartir sus desvelos, asumir todo lo humano menos el pecado y acompañarlo a lo largo de la vida temporal.
Por otra parte, al conocer nuestras aflicciones y agobios, Jesús invita a dirigirnos a su encuentro para encontrar alivio y reposo, y esto se debe porque Él ya experimentó sobre sus espaldas nuestras limitaciones y debilidades cargándolas en la cruz, pidiéndonos, por lo tanto, que lo imitemos, ya que "es paciente y humilde corazón".
La paciencia será necesaria para cargar el yugo de Jesús que es suave y su carga liviana, cuando llevamos el sufrimiento en nuestra carne sabiendo que no seremos probados màs allá de nuestras fuerzas.
El apóstol san Pablo (Romanos 8,9.11-13) en conexión con esto que decimos, recuerda que si tenemos el Espíritu de Cristo, pertenecemos a Él y nada debemos a la carne, al pecado, por lo que si morimos a la carne en nuestros miembros viviremos por el Espíritu.
Hermanos: no dejemos de luchar para ser cada día mejores hijos del Padre que nos ama como ama a su Hijo Unigénito. 

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía  en el domingo XIV del tiempo litúrgico durante el año.  Ciclo A. 06 de julio  de 2026

29 de junio de 2026

Jesús remarca que es necesario amarlo a Él más que a todos, para llegar a ser discípulo suyo y alcanzar la vida eterna.


En el texto del evangelio según san Mateo (10, 37-42) que  hemos proclamado, se describe el final del discurso misionero de Jesús. 
El texto de hoy se divide en dos partes, en la primera describe una vez más cuáles son las cualidades que deben adornar al misionero, al evangelizador, los otros versículos restantes  refieren a la actitud que han de tener los receptores de la predicación, de la misión apostólica.
Y así, por ejemplo, en los primeros versículos, Jesús señala que es necesario amarlo a Él más que al padre,  a la madre,  al hijo o a la hija, más que a los hermanos, más que a todos. 
Es decir, que en la jerarquía de valores que tenemos respecto al amor, Jesús debe ocupar siempre el primer lugar. 
Y lo dice claramente, si no lo amamos más que a otros, no podemos ser  discípulo suyos.
Podría alguien pensar: ¡Qué pretencioso que es Jesús que espera ese amor tan absoluto de parte nuestra! ¿A qué se debe? Se debe a que  Èl entregó su vida por nosotros. 
Él nos mostró en plenitud el amor del Padre, y por lo tanto, ese amor que depositó en nuestro corazón nos conecta directamente con el amor del Padre del cielo,  y así como nos ama el Padre, nos ama también Jesús, y por lo tanto, nobleza obliga, nuestro amor al Señor, como discípulo, tiene que ser también un gran amor, un amor exclusivo, por encima de todo.
Lo cual conduce indudablemente a trabajar para vivir buscando siempre la adhesión a la persona de Cristo, al seguimiento de su palabra, a la vivencia del evangelio. 
A pesar de nuestras debilidades y  pecados, siempre el Señor entrega su gracia para poder profundizar en este amor a su persona, y de esa manera, amar al Padre del cielo, por lo que este amor a Jesús es lo que potencia que nos sintamos enviados al mundo para dar a conocer el evangelio. 
Si alguien no lo ama suficientemente a Jesús o no tiene mucho interés en llevar el evangelio, o en todo caso dice,  "esperaré la semana que viene o cuando sea más grande, o cuando haya mejores vientos, o la gente esté interesada", es no llegar a ningún día para comenzar. 
Respecto a las actitudes del oyente, aquellos que reciben el mensaje de salvación, ¿Qué dice Jesús?
Afirma que quien recibe a los enviados como misioneros, lo reciben a Él, y el que  recibe al Señor, recibe al Padre. 
O sea, no solamente recibe a Jesús, sino también al Padre del cielo, de manera que aquel que es receptivo al mensaje de Cristo también va a recibir el amor que proviene del Padre.
A su vez, dice Jesús,  que  quien recibe a un profeta por ser profeta tendrá el premio de un profeta, que es lo que enseña el texto que acabamos de escuchar (2 Reyes 4,8-11.14-16).
En efecto, una mujer sunamita tiene un gesto de hospitalidad  para con el profeta Eliseo, ya que con su esposo, reconociendo a Eliseo como hombre de Dios, le construyen un dormitorio en la terraza de su casa  para que pueda alojarse cada vez que pasa por esas tierras.
¿Y Eliseo qué hace al ver que es tratado como profeta? Actúa como tal y le pregunta a su sirviente qué podemos hacer por esta mujer, y al saber que no tienen hijos, llama a la mujer y le dirá, dentro de un año tendrás en tus brazos un hijo, cumpliéndose así lo que enseña el texto del evangelio.
A su vez, el que recibe a un enviado de Dios por ser justo, tendrá el premio de justo,  y tan agradecido es el Señor, que llega a decir, que aunque más no sea un vaso de agua fresca dado a un misionero, tendrá también su recompensa. 
Porque Dios nunca se deja ganar en generosidad, por eso, queridos hermanos, cuanto más amemos a Cristo y de ese amor de Cristo al Padre, nos preparamos para llegar a la meta que es el cielo, y allí podamos cantar:  "Cantaré eternamente las misericordias del Señor" (salmo responsorial).

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía  en el domingo XIII del tiempo litúrgico durante el año.  Ciclo A. 28 de junio  de 2026


22 de junio de 2026

"No teman a los que pueden matar el cuerpo, pero no pueden matar el alma, teman, más bien, al que puede enviar el cuerpo y el alma a la gehena".

 


A los seguidores de Dios no les depara generalmente un destino excelente, sino que el que es llamado para la misión sabe que está expuesto a muchos peligros y que es probable seamos rechazados, odiados, ninguneados, no tenidos en cuenta en la sociedad. Y esto, porque para el mundo el éxito pasa por otro lado, por el dinero, la fama, a ver quién es más vivo en la sociedad para hacer todo el mal posible y librarse de pagar por ello. 
Y ahí lo encontramos a Jeremías (20, 10-13) que manifiesta lo que le está sucediendo, que es rechazado y odiado, porque el mensaje que transmite al pueblo elegido no es del agrado de la gente, porque el ser humano espera siempre según su criterio una buena  noticia, no quiere aquel que es considerado que tira malas ondas o que anuncia situaciones que no  gustan.
Y Jeremías se queja también ante Dios, porque fue enviado y  sin embargo es rechazado, incluso será traicionado hasta por aquellos que se llaman amigos. 
Y el profeta, al final, terminará muriendo por defender la causa del que lo ha enviado, no obstante, en el texto aparece que Dios cuida del profeta, lo protege.
¿Cómo se entiende que Dios lo protege si al final termina siendo asesinado? Porque al profeta  por su fidelidad le espera una gran recompensa. 
Justamente el hecho de la recompensa es lo que  transmite, lo que enseña el texto del evangelio (Mt. 10, 26-33) "No teman a los que pueden matar el cuerpo, pero no pueden matar el alma,  teman, más bien, al que puede enviar el cuerpo y el alma a la gehena". 
Acá, en este texto bíblico en el que Jesús está hablando de la misión que le corresponde a los apóstoles, se les advierte que sufrirán persecución a causa del evangelio.
En efecto, cuando recorrimos el libro de los Hechos de los Apóstoles en el tiempo pascual, hemos ido siguiendo cómo han sufrido Pablo o Bernabé, los apóstoles en general, por proclamar el evangelio. 
Es por eso que el Señor  advierte sobre persecuciones y odio por parte de quienes no quieren saber nada del anuncio.
Por eso Jesús tiene pocos amigos, por eso no todo el mundo busca seguir a nuestro Señor como vemos y  asistimos en la sociedad actual, ya que son muchos los que han abandonado, por diversas razones, por cierto, la fe verdadera.
Y se invocan diversas excusas, aunque la principal, es que seguir a Cristo, exige estar dispuesto a sufrir y a morir por Él. 
Por eso Jesús dirá, no teman a los que pueden matar el cuerpo, no asegura que salvemos el pellejo por predicar el evangelio, sino que no perdamos la salvación del alma.
Al contrario, defender la verdad, predicar el evangelio trae la pérdida de amigos, de personas que tratarán de darnos razones para no seguir a Cristo hasta lo último.
Sin embargo, Jesús es claro, cuando dice que renegará delante de su Padre de quien reniegue de Él delante de los hombres, en cambio, quien dé testimonio de su Persona ante los hombres, recibirá como premio que el Señor también dé testimonio favorable de él delante de su Padre. 
Por eso, queridos hermanos, tenemos que seguir por la senda de la fe que hemos recibido y buscar ser consecuentes con esa fe recibida, sabiendo que el Señor es el que nos protege, defiende, y promete la gloria, si somos capaces de vivir para darle gloria a Él siguiendo su enseñanza.

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía  en el domingo XII del tiempo litúrgico durante el año.  Ciclo A. 21 de junio  de 2026

15 de junio de 2026

Aunque muchas veces nos alejamos del Señor por el pecado, como nuevo pueblo que es la Iglesia, Él sigue eligiéndonos y amándonos.

En el texto bíblico que acabamos de proclamar (Éxodo 19,2-6), recordamos la alianza del Sinaí, cuando los israelitas llegan a este monte, y Moisés sube para encontrarse con Dios, y posteriormente transmite al pueblo el mensaje recibido del Señor. 
Y así, Él, les recuerda que fueron rescatados de la opresión de Egipto, por lo que si ellos se comprometen a escuchar su voz y a observar su alianza, serán su propiedad exclusiva entre todos los pueblos, màs aún "ustedes serán para mi un reino de sacerdotes y una naciòn que me está consagrada". 
A pesar que en la historia de Israel encontramos muchas infidelidades por parte del pueblo, Dios sigue siempre siendo fiel,  a pesar que los descendientes de Jacob  caen en la idolatría, sigue amando a su pueblo, y continúa llamándolo a la santidad. 
También nosotros, que hemos sido elegidos para formar parte del nuevo pueblo que es la Iglesia, muchas veces nos alejamos del Señor y sin embargo, sigue eligiéndonos y amándonos. 
Y esto, porque Jesús, que es el Hijo de Dios hecho hombre, murió en la cruz para reconciliarnos con su Padre,  rescatarnos del pecado y de la muerte, y hacernos nuevas criaturas.
Por eso es muy importante escuchar lo que Jesús  dice en el texto del evangelio (Mt. 9,36-10,8), en su recorrido misionero en el que  está llevando la palabra de salvación, ya que invita a la conversión, y afirma que se compadece de su pueblo. 
La gente está extenuada, angustiada, desorientada, no sabe qué hacer ante tantas distracciones  ofrecidas por  el mundo en aquel tiempo, y Jesús se conmueve en sus entrañas, siente en su corazón la debilidad de ese pueblo, por eso  ordena a los discípulos que rueguen al dueño de los sembrados para que envíe obreros a trabajar en ellos.
Y de esos discípulos, sigue el texto indicándonos, elige a 12, que les dará el nombre de apóstoles, que significa enviados, y también a ellos les cabe el tener que orar al dueño de los sembrados para que envíe operarios, pero, su vez, continuar la obra de Jesús, curando enfermos, purificando leprosos, expulsando demonios, transmitiendo la palabra de salvación. 
De tal manera que ese pueblo deje de estar angustiado, errante, desorientado, sin saber qué hacer, sino que encuentre una ruta segura que conduzca a la salvación. 
Ahora bien, este cuadro se repite también hoy, en el mundo en el cual estamos insertos, mucha gente está confundida, angustiada, no sabe qué hacer, no encuentra en quién confiarse, y a veces hasta duda de si invocar o no a Dios, porque piensa que no será escuchada su  oración.
Entonces, a este mundo confundido, debilitado, pecador también, hemos de ir nosotros a evangelizar, y pedir por las vocaciones sacerdotales, religiosas y  misioneras. 
Salir a misionar, a proclamar la palabra del Señor y contemplar cómo la palabra divina bien transmitida, es contagiosa, y se busca que esta llegue a todos. 
Lo hemos visto estos días, por ejemplo, quienes hemos seguido al papa en su viaje a España, cómo en definitiva la alegría del evangelio, de la palabra de Dios, entra en los corazones sedientos de lo sobrenatural.
Porque el mundo con su técnica, con lo que ofrece, no es capaz de llenar el vacío que hay en el corazón del hombre. 
Sólo el Señor conoce totalmente nuestro interior, sabe de nuestras miserias, qué es lo que necesitamos para alcanzar la felicidad que, en definitiva, solo él ofrece, y que está más allá de la que cualquiera puede alcanzar en este mundo. 
Vayamos, entonces, al encuentro de Cristo, nuestro Señor. Sigamos sus indicaciones, su llamado,  vayamos al mundo al cual estamos insertos, llevando la alegría de ser católicos, de estar bautizados, de ser seguidores y discípulos suyos.


Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía  en el domingo XI del tiempo litúrgico durante el año.  Ciclo A. 14 de junio  de 2026

8 de junio de 2026

El vino que bendecimos como el pan que partimos, una vez convertidos en la consagración, nos permiten unirnos al Cuerpo y Sangre del Señor individualmente.

 


Celebramos hoy la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, misterio de fe que reconoce que en las especies de pan y vino, una vez consagradas en la santa Misa,  se contienen verdadera y realmente el cuerpo, sangre, alma y divinidad de Jesús.
El Hijo de Dios se encarnó en el seno de María Santísima, haciéndose presente en la historia humana, acompañándonos en nuestra historia personal, y vuelto al Padre en su humanidad, ha querido quedarse con nosotros hasta la consumación de los siglos bajo las especies eucarísticas de pan y  vino.
Ha elegido el pan y el vino porque son alimentos comunes en toda mesa humana, frutos de la tierra y del trabajo del hombre, signos de la humildad y pequeñez humana, que se enaltecen cuando se transforman en el cuerpo y sangre del Salvador.
El maná que alimentaba al pueblo elegido en su caminar por el desierto (Deuteronomio 8,2-3.14-16), fue anticipo de lo que sería después la Eucaristía, con la diferencia que el maná conducía a la muerte, mientras que la Eucaristía otorga la vida eterna. 
San Pablo (1 Cor 10,15-17) dirá que tanto el vino que bendecimos como el pan que partimos, una vez convertidos, nos permiten unirnos al Cuerpo y Sangre del Señor individualmente, pero a su vez  une a todos los que participamos del mismo misterio, formando un solo cuerpo que es la Iglesia.
Ahora bien, en el texto del evangelio (Juan 6,51-58), Jesús asegura a los judíos que quien lo coma como pan bajado del cielo, vivirá eternamente. Los judíos sorprendidos se preguntan "¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne? Y el Señor sigue insistiendo en la necesidad de comer su carne y beber su sangre para tener vida eterna y ser resucitado en el último día.
Estas palabras del Señor dirigidas a los judíos, no sólo es un mensaje claro referido a la Eucaristía, que por cierto tiene un efecto diferente a la comida del maná, sino que es un llamado a la conversión, a dar un primer paso por el camino de la fe en su divinidad.
Si no creen  que Jesús es Dios, tampoco podrán descubrir el misterio insondable de su entrega total que implica la Eucaristía  alimento.
Por otra parte, comer la carne del Señor y beber su sangre, lleva a vivir por Él, como enseñara san Agustín, al afirmar que con este alimento formamos parte de Jesús y no Jesús de nosotros.
Por cierto, este alimentarnos  con el Señor, requiere estar en gracia de Dios, es decir, sin que habite en nosotros el pecado mortal, obstáculo que impide llegar a ser una sola cosa con el Señor de la Vida.
Queridos hermanos: Así como somos capaces de hacer esfuerzos y sacrificios para obtener el pan material, de la misma manera hemos de estar dispuestos a renuncias personales para ser siempre dignos de recibir este alimento que prepara para la vida eterna.

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía  en la Solemnidad del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Ciclo A. 07 de junio de 2026

1 de junio de 2026

Es en el amor divino en el que somos salvados, y que transforma nuestras vidas ya en el caminar temporal.

Celebramos hoy la Solemnidad de la Santísima Trinidad. Es un misterio de fe central para nuestra fe católica, justamente porque nos permite conocer, en la medida en que nuestra inteligencia puede entender, el misterio de Dios. Creemos que en una sola naturaleza divina,  subsisten tres personas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. 
Grande es este misterio que lo abarca absolutamente todo, al cual nos acercamos  porque Dios ha querido manifestarse. 
Y así, por ejemplo, al Padre le atribuimos la creación, al Hijo la redención, al Espíritu Santo la santificación.
Estas tres verdades  le dan sentido a nuestra vida, ya que invocamos a Dios como Creador, Redentor y Santificador. 
Es cierto que es la trinidad toda la que crea, la que redime y la que santifica, pero se le atribuye al Padre la creación, al Hijo la redención y al Espíritu Santo la santificación. 
De hecho,  la Escritura proclama que, "Dios amó tanto al mundo que entregó su Hijo único para que todo el que crea en él no muera, sino que tenga vida eterna". Es decir, en la medida en que creemos en el Hijo redentor, alcanzamos también la vida eterna en promesa (Juan 3,16-18).
Ese Dios que se manifiesta, como escuchamos en la primera lectura (Éxodo 34,4-6.8-9) como un Dios bondadoso, compasivo, que guarda fidelidad, que tiene paciencia ante los pecados del pueblo de Israel. Y tan es así que el mismo Moisés le dirá a Dios que se ha dado a conocer, que el pueblo elegido es un pueblo pecador, pero que está dispuesto a ser suyo, justamente atento a que se ha manifestado como el fiel, que no se arrepiente de sus promesas. 
Y, de hecho, así acontece a lo largo de la historia humana. Aunque el ser humano falte a esa fidelidad para con Dios, aunque muchas veces nos separemos de Él por el pecado,  es fiel a ese amor que  ha prometido y entregado abundantemente, y es en ese amor divino en el que somos salvados, y que transforma o debe transformar nuestras vidas.
San Pablo dice a los cristianos de Corinto (2 Cor.13,11-13) que se amen unos a otros, que luchen para alcanzar la perfección, viviendo las virtudes, haciendo el bien permanentemente, porque el Amor, o sea, el Espíritu Santo, está presente en medio de ellos. 
De manera que el cristiano, por ejemplo, no tiene ninguna excusa para decir, "me cuesta perdonar, me cuesta amar, me cuesta acercarme al enemigo", porque el Espíritu Santo está presente en su vida, y es quien  anima a vivir virtuosamente, a abandonar el pecado para consagrarnos a Dios como verdaderos hijos adoptivos suyos. 
El misterio de la Trinidad nos interpela cuando, como hijos, nos sentimos mal, necesitados, angustiados y desorientados, hemos de acudir al Padre y pedirle  que nos ilumine, guíe, y proteja,  por medio de su Hijo hecho hombre en el Espíritu.
Porque el Padre dice, yo y mi Hijo somos una sola cosa, de manera que si tenemos necesidades, sobre todo las espirituales, hemos de pedir al Padre por medio del Hijo, y pedirle al Hijo que ha muerto en la cruz que siga delante nuestro, guiándonos por el camino de la salvación.
A su vez, el Espíritu Santo nos guía e ilumina en medio de las dificultades de este mundo,  es el gran consejero con sus siete dones,  está presente en nuestra vida. 
En medio de las dificultades, en medio de que no entendemos los misterios de fe, en medio de las vicisitudes de esta vida, el Espíritu Santo viene en nuestra ayuda.
Viene a iluminarnos, a fortalecernos, a aconsejarnos sobre qué tenemos que hacer en cada momento. 
La trinidad, entonces, está presente en la iglesia, pero presente también en cada uno de nosotros. 
Fíjense ustedes que creemos en la Santísima Trinidad, que está presente aquí en la misa. Justamente, en el momento de la consagración, el sacerdote invoca al Espíritu Santo para que el Hijo se haga presente en la hostia y en el vino, y ese sacrificio eucarístico de la misa se lo ofrecemos al Padre, ya que es lo que más le agrada.
Podemos ofrecerle a Dios cualquier cosa, cualquier sacrificio, pero lo que más le agrada es el sacrificio de su Hijo. 
Y nosotros venimos a misa, por ejemplo, porque creemos en la Santísima Trinidad, queremos rendir culto al Padre con el sacrificio de su Hijo que se hace presente al invocar el don del Espíritu Santo. 
Y luego, en la Eucaristía, nos alimentamos con Jesús para poder ser testigos en el mundo de este infinito amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. 
Queridos hermanos, trabajemos permanentemente para acercarnos a la Trinidad santa, y vivir siempre en unión con cada una de las tres divinas personas.
Para que Dios Creador nos siga recreando en santidad todos los días, para que el Hijo redentor nos haga ver cuánto le hemos costado a él, justamente en la cruz, y al Espíritu Santo que nos dé abundantemente sus siete dones para saber discernir en cada momento la voluntad divina para con el mundo y para con cada persona.

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía  en la Solemnidad de la Santísima Trinidad.  ciclo A. 31 de mayo de 2026