El teólogo Romano Guardini, ya fallecido, escribió que cuando estuviera delante de Dios, en el juicio, le preguntaría por su justicia, por su gobierno, por qué tanto sufrimiento en el mundo, por qué tanto poder del mal, por qué tantos inocentes sufren tanto.
Preguntas que también nos hacemos nosotros, o que ya las hicimos alguna vez, porque ciertamente esta realidad de la presencia del mal y del sufrimiento a todos toca de cerca.
¿La Sagrada Escritura qué responde al respecto? El libro de la Sabiduría (12, 13.16-19) señala de Dios que "Tu fuerza es el principio de la justicia , y tu dominio sobre todas las cosas te hace indulgente con todos" y "como eres dueño absoluto de tu fuerza , juzgas con serenidad y nos gobiernas con gran indulgencia, porque con solo quererlo puedes ejercer tu poder".
Es decir, el Señor es soberano sobre todo lo que existe, sobre todo lo creado, y en virtud de esta realidad es que es justo, es paciente y misericordioso, ya que "después del pecado, das lugar al arrepentimiento"
Justamente por ser todopoderoso, Dios tiene dominio sobre lo que para el hombre es difícil, sobre la ira, y así cuando alguien nos ha ofendido, o ha hecho mal, buscamos responder al agravio, o tenemos pensamientos de venganza hacia aquel que nos ha hecho daño.
Dios no se deja atrapar por la ira, es dueño absolutamente de todo lo que acontece, y se caracteriza por la paciencia.
En el texto del evangelio (Mt. 13, 24-30) continuamos con la enseñanza del Señor acerca del Reino de los Cielos por medio de parábolas , o sea, lo que vivimos en este mundo a través de la presencia del Señor entre nosotros.
Este Reino de los Cielos que es presencia del Señor, decíamos, crece de a poco, casi imperceptiblemente, sin ruido ni aparatosidad alguna, Dios trabaja en la sociedad y en el corazón de cada uno para que reine sólo el bien.
Si tomamos la parábola del trigo y la cizaña (Mt. 13,24-30), contemplamos que Jesús siembra únicamente el trigo, lo que es bueno en este mundo, pero a su vez, el espíritu del mal, aquel que hizo caer al hombre en los orígenes de la creación, siembra la cizaña, lo que es malo.
La cizaña es muy parecida al trigo, por eso no es de extrañar que pase desapercibida para el que no conoce nada de siembra, sólo un entendido en el campo de la agricultura puede distinguir fácilmente el trigo y la cizaña.
El mal o las personas malas, podríamos decir, pasan desapercibidas en este mundo, y tratan de impedir que crezca el reino de los cielos, o sea, el trigo bueno, que va creciendo poco a poco, porque Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.
Pero como los peones del evangelio, también preguntamos a Dios por qué no elimina todo aquello que es malo, y a los malos, sin embargo, Él, como dueño del campo, nos dice que dejemos crecer juntos el trigo y la cizaña y cuando llegue la cosecha, o sea, el fin del mundo o la muerte, se hará la debida separación de buenos y malos.
O sea, la cizaña es arrojada al fuego eterno, y el trigo es guardado en graneros, en el granero de la vida eterna.
Ahora bien, ¿por qué Dios es tan paciente? Justamente porque, como decíamos conforme al texto de la sabiduría, es omnipotente, y en esa omnipotencia se muestra cuál es su justicia, premiar a los buenos y esperar pacientemente a que los malos se conviertan.
Mientras tanto, es cierto que el mundo del mal nos acecha y nos joroba la vida, de modo que si todo el mundo, cumpliera los diez mandamientos, qué distinta sería la vida humana.
Pero es una realidad que la cizaña existe, que el mal está presente, porque triunfó en el árbol del paraíso cuando caímos en el pecado original por nuestros primeros padres, pero ese mismo mal fue derrotado por Cristo crucificado, quien cargò sobre sí los pecados de todos, quedando presente en cada uno la concupiscencia, la inclinación al mal.
Por lo que en esta vida hemos de trabajar, porque en nuestro interior también hay trigo y cizaña, y así, san Pablo decía que en su interior había una doble ley, la del espíritu, que le indicaba cómo hacer el bien, y la ley de la carne, donde sentía fuertemente los atractivos del pecado, por lo que muchas veces hacía el mal que no quería y dejaba de hacer el bien que quería realizar.
Esa es la paradoja, la contradicción que existe permanentemente en el corazón del hombre, por eso, también Dios tiene que vencer en nuestro interior en la medida en que seamos capaces de triunfar desalojando de nosotros la cizaña, abandonando todo aquello que nos separa del Señor.
Es cierto que esta realidad que observamos en nuestro interior nos hace también pequeños, humildes, por lo que caemos en la cuenta que no somos nada y nada podemos hacer si no está con nosotros el poder divino, la gracia de lo alto.
Por eso, conocer con esta parábola que, si bien Dios permite el mal y la presencia del malo en la vida, es porque quiere salvar a todos, concediendo tiempo de salvación hasta la muerte o hasta el momento del fin de los tiempos.
Por eso hemos de rezar para que el Señor venga a nosotros y nos ayude a vencer la cizaña que hay en nuestro corazón.
Y tenemos que rezar siempre por la conversión de los pecadores, por aquellos que rechazan a Dios y que rehúsan aceptarlo en sus vidas, o que viven pensando permanentemente en la realización del mal, pensando a quién molestar, fastidiar o hundir en medio de esta sociedad que tantas veces se olvida de su Creador.
Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el domingo XVI del tiempo litúrgico durante el año. Ciclo A. 19 de julio de 2026








