San Pablo (Rom. 8, 28-30) comparte esta afirmación maravillosa, que "Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman, de aquellos que él llamó según su designio" . Y eso vale para todos los tiempos, tanto para el antiguo como para el nuevo testamento, y también y tiene alcance para nuestro tiempo, Dios dispone siempre lo mejor para aquellos que lo aman.
Lo vemos en la primera lectura que acabamos de proclamar, tomada del primer libro de los reyes (3, 5.7-12) cuando Dios, sabiendo que Salomón lo ama, y también por amor a David, su padre, le dirá en sueños, al comienzo de su reinado, que pida lo que quiera.
Salomón, justamente, reconoce que Dios lo ama, que lo ha elegido a él un muchacho para reinar sobre un pueblo numeroso, que tiene una tarea ímproba por delante, para el futuro y el presente, pero sabe que Dios está con él, máxime cuando le dice, que pida lo que quiera.
Por lo tanto, ésta en una oportunidad inmejorable para pedir todo lo necesario para ser un buen gobernante.
¿Y qué pide Salomón?: "Concede, entonces, a tu servidor un corazón comprensivo para juzgar a tu pueblo, para discernir entre el bien y el mal. De lo contrario, ¿Quién sería capaz de juzgar a un pueblo tan grande como el tuyo?"
O sea, el rey bien ubicado, reconociendo que es un muchacho y que ese pueblo no es suyo sino de Dios, pide la sabiduría para saber gobernar, el poder discernir entre el bien y el mal, el poder caer en la cuenta sobre lo que es justo y que pueda beneficiar a todo el pueblo que se le ha confiado.
Y Dios se alegra porque no ha pedido riquezas, ni la muerte de los enemigos, no ha pedido larga vida, ni ha pedido triunfos humanos, sino algo espiritual, la sabiduría necesaria para vivir a fondo la misión que se le ha encomendado.
En vistas de esta súplica se le otorga lo que desea y se le concede lo no solicitado, pero necesario para gobernar.
La lógica divina será conceder lo que se le ha pedido y lo que no se ha reclamado también, teniendo en cuenta la humildad y pequeñez real, porque el rey se ha hecho nada delante del Señor, reconociendo que fue elegido y que todo depende justamente de la providencia divina.
Podríamos decir que Salomón, en esta etapa de su vida, va por buen camino, ha elegido lo que a Dios le agrada.
Nosotros, mientras caminamos por este mundo, también hemos de pedir esa sabiduría para encarar la existencia de cada día, para buscar el tesoro escondido, que es Cristo (Mt. 13, 44-52), ya que sin Él nuestra vida no tiene sentido.
Viviremos de ideales, de fantasías, de esperanzas vanas, pero no desde la fe, la esperanza y la caridad.
Cristo es el tesoro escondido, que se da a conocer si lo buscamos, para lo cual es necesario entregarle todo para que lo encontrado se quede con nosotros.
Lo mismo el mercader de las perlas finas, que encuentra una de gran valor, vende todo lo que tiene para quedarse con ésta, que representa al mismo Cristo.
Porque el tesoro, porque la perla, son más importantes que cualquier otra cosa en este mundo.
¿De qué vale tener riqueza, fama, una vida placentera, vivir sin padecimientos, si falta Cristo en nuestra vida de cada día? ¿Y si falta nuestro deseo de amarlo sobre todas las cosas, si no somos capaces de entregarnos a nosotros mismos y renunciar a todo lo que se opone a Jesús que quiere ser nuestro amigo, hermano y el salvador de nuestra existencia, que nos queda?
El reino de los cielos también enseña Jesús, se parece a una red que reúne peces buenos y malos, al igual que la Iglesia que da lugar, que da cabida a todo el mundo.
Todos pueden pertenecer a la iglesia, pero siempre y cuando todos y cada uno procuren buscar, encontrar y vivir conforme a ese tesoro, esa perla que es Cristo nuestro Señor.
Porque llegará el momento del fin del mundo, como enseña el mismo Jesús, cuando se realice la separación, se tiren los peces malos y se recojan los peces buenos, los malos serán aniquilados, llevados a la hoguera, como Jesús nos enseñaba con la parábola del trigo y la cizaña, y los justos, el trigo, es recogido en graneros.
Jesús no obliga a nadie que lo siga o que viva de acuerdo a los mandamientos, pero ya nos muestra qué es necesario hacer y vivir justamente para merecer la gloria eterna, la vida sin fin junto a nuestro Señor. Por eso preguntémonos, ¿estamos decididos a buscar a Cristo? Tesoro, perla de gran valor que se nos ofrece continuamente.
Pidámosle, entonces, al Señor que nos guíe, ilumine, y nos dé la verdadera sabiduría para saber qué hacer en cada momento de nuestra existencia.
Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el domingo XVII del tiempo litúrgico durante el año. Ciclo A. 26 de julio de 2026








