6 de abril de 2026

La madre que goza viendo a su Hijo nuevamente vivo, la madre que lloró su muerte se alegra ahora al verlo resucitado de entre los muertos.

La Palabra de la Escritura primero nos transmitió la verdad sobre el hombre que es creado a imagen y semejanza de Dios.
En efecto, Dios crea al varón y a la mujer y les deja un mandato concreto que dominen la tierra y al mismo tiempo que se multipliquen, afirmando que todo está puesto a sus pies.
Pasado el tiempo y luego que el hombre comete el pecado de los orígenes, Dios se acuerda de la humanidad, y en su Providencia busca liberar al hombre de su pecado y constituido Israel como pueblo elegido lo libra  de la esclavitud de Egipto.
A ese pueblo de Israel numeroso, y que a pesar de ser el elegido, es y seguirá siendo muchas veces rebelde a Dios y pecador, el Señor  lo ama, y lo hace pasar por el mar Rojo signo de su liberación y un anticipo del bautismo.
Dios, a su vez hace nuevas todas las cosas  recuerda Isaías, y San Pablo escribiéndole a los cristianos de Roma, les enseña que por el bautismo hemos muerto al pecado y  renacido a la vida de la gracia. 
En efecto,  en el sacramento del bautismo son sepultados nuestros pecados  y renacemos a la vida de la gracia, de modo que la muerte y resurrección de Cristo se repite en este sacramento cuando recibimos sus aguas purificadoras.
Y sabemos también que el misterio pascual se actualiza en cada misa, en cada Eucaristía, aunque de un modo incruento.
Por otra parte,  ¿ qué nos dice el texto del evangelio? Que Jesús resucita de entre los muertos, y el ángel  anuncia a María Magdalena y a la otra María que a quien buscan no lo encontrarán porque ha resucitado, asistiendo luego al encuentro en que Jesús se manifiesta a estas dos mujeres que están exultantes,  quieren abrazarlo, retenerlo, pero Jesús les dirá "vayan, avisen a mis hermanos que he vuelto a la vida, que vayan a Galilea", ya que allí se encontrará con ellos. 
Pero hay algo que la Sagrada Escritura no menciona, pero que  aconteció, y es que Jesús seguramente se apareció en primer lugar a su madre Santísima, a la Virgen María.
San Ignacio de Loyola en los ejercicios espirituales lo recuerda con una meditación, que Jesús se aparece a su madre, verdad congruente con el hecho de que Ella lo acompañó hasta la crucifixión, que allí Jesús le dejó el encargo de tomarnos  como hijos suyos, lo cual hace probable que el Señor, a la primera que visita es a su madre.
Podemos imaginarnos cómo fue ese encuentro, cargado de emoción, de ternura, de alegría. 
La madre que goza viendo a su Hijo nuevamente vivo, la madre que lloró su muerte se alegra ahora al verlo resucitado de entre los muertos. 
María santísima, por cierto, llevará a lo largo de su vida ese recuerdo tan hermoso de haberse encontrado con su Hijo, y de seguir sus pasos en la contemplación del silencio.
Como decìa, no aparece en el texto del evangelio ni siquiera una vez la aparición de Jesús a su madre, pero la fe nos dice que fue la primera en recibir esta alegría, y Ella no pretende que todo el mundo sepa que tuvo ese privilegio, pero sí transmitirá que su Hijo ha resucitado de entre los muertos. Pensemos que también el Señor quiere estar presente en nuestras vidas a través de la oración,  del encuentro personal con él,  de los sacramentos, de las buenas obras que hagamos, allí está presente Cristo resucitado.
Por lo tanto hagámonos presentes con Èl en el mundo y que el mundo conozca por nuestro testimonio que Jesús ha resucitado de entre los muertos, y vive para siempre para darnos su gracia y para guiarnos a las moradas eternas.

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera CruzArgentina. Homilía  en la noche de la Vigilia Pascual. 04 de abril de 2026

4 de abril de 2026

Aprendamos de Jesús, y hagamos el ofrecimiento de todos nuestros dolores, nuestros sufrimientos.

 


Hemos recorrido la Pasión del Señor y contemplado cada uno de sus sufrimientos, no solo físicos, sino también morales, los insultos, los desprecios, el ser considerado nada, el que se jugara permanentemente los intereses de Pilato, de los judíos, de los sumos sacerdotes, cada uno tironeando para ver quién vencía en medio del juicio.
 Cristo, sin embargo, habla lo indispensable, calla ante tanta maldad, porque está cargando sobre sí el pecado de toda la humanidad de todos los tiempos. 
Es muy importante que no pase desapercibido para nosotros este hecho de la crucifixión del Señor, cada vez que lo veamos en la cruz, pensar cuánto le costamos. 
Como dice la escritura, no fuimos rescatados con oro y plata, sino por medio de la sangre del Hijo de Dios hecho hombre, Cristo entregándose totalmente, realiza la voluntad del Padre. 
Así lo anunciaba, "he aquí que vengo a cumplir tu voluntad". Aprendamos de Jesús, hagamos el ofrecimiento de todos nuestros dolores, nuestros sufrimientos. 
Todos en la vida experimentamos el dolor, el sufrimiento, el desprecio, el ninguneo, el no ser tenidos en cuenta, el ser humillados. Aunque nosotros no lo busquemos, el misterio de la cruz estará presente siempre en nuestra vida. 
Si ante ese hecho nos rebelamos, perdemos la oportunidad de crecer en santidad, si en cambio, cada acontecimiento negativo que nos haga sufrir se lo ofrecemos al Señor, creceremos en santidad. 
Cuando somos despreciados, acordarnos de Cristo despreciado, cuando seamos insultados, lo mismo, cuando nos odian, pensar en el odio que tuvo que soportar él. 
En todo momento de nuestra vida tenemos la oportunidad de encontrarnos con el Señor y ofrecerle padeciendo libremente todo lo que nos acontece en orden a unirnos más y más a Él, y dar ejemplo también de una vida nueva a aquellos que nos contemplan. 
Queridos hermanos, el misterio de la cruz de Cristo no se termina en este viernes santo, ni siquiera se termina mañana con la Vigilia Pascual, con la Pascua del domingo, sino que sabemos que cada día de nuestra vida hemos de morir y hemos de resucitar. 
Estos son los frutos abundantes de su pasión, de su muerte y de su resurrección.

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera CruzArgentina. Homilía  en el viernes santo de la Pasión del Señor. 03 de abril de 2026.

3 de abril de 2026

Con la Eucaristía anticipamos la comunión que se realizará en el cielo, por eso la exigencia del sacramento eucarístico de recibirlo en estado de gracia.



En la última Cena, Jesús instituye dos sacramentos, el Orden Sagrado y la Eucaristía, y a su vez enseña cuál es la actitud que debe regir entre los cristianos, la del servicio.
El Orden Sagrado es el sacramento que hace posible celebrar la Eucaristía, ya que el sacerdocio se orienta a la celebración de la misa.
Es necesario que haya un ordenado in sacris en el grado de presbítero para que se pueda confeccionar la Eucaristía. 
Por eso hoy también recordamos el ministerio sacerdotal, que es esencial en la vida de la Iglesia. 
El sacerdocio ministerial, como recuerda el Concilio Vaticano II, y el Papa León XIV lo ha mencionado no hace mucho, es totalmente distinto al sacerdocio bautismal, aquel que poseemos todos los bautizados. 
No solamente hay una diferencia de grado, sino de naturaleza misma. Por el bautismo somos constituidos hijos adoptivos de Dios y miembros de la Iglesia, y capacitados para recibir  los sacramentos.
Pero el orden sagrado hace que el sacerdote pueda confeccionar los sacramentos, muy especialmente el de la Eucaristía.
En efecto, por  la celebración de la misa y con las palabras de la consagración, Jesús se hace presente sobre el altar, viene a nosotros. 
A través de la misa, se repite el sacrificio de la cruz, aunque de un modo incruento, es decir, no hay derramamiento de sangre, es el sacrificio de la cruz que se realiza bajo los signos sacramentales. 
De manera que estos dos sacramentos están íntimamente unidos, ya que el Orden Sagrado  se orienta a la Eucaristía, y, a su vez, la Eucaristía hace ver que es necesario el sacramento del Orden.
A la Eucaristía el Señor la da como alimento hasta que Él vuelva. 
Así, con la Eucaristía estamos adelantando la comunión que se realizará plenamente en el cielo, por eso la exigencia propia del sacramento eucarístico de recibirlo en estado de gracia, sin pecado mortal, para que pueda producir los efectos de unirnos al Señor. 
Por esta unión podemos decir con San Pablo: "no vivo yo sino que es Cristo quien vive en mí".
A su vez,  esto conduce a todos a la actitud del servicio, ya que Jesús al lavar los pies de sus discípulos advertirá que en ese momento no entienden pero que después captarán el sentido de esa acción.
Lavar los pies es una función propia del esclavo, por lo que Jesús se hace esclavo y da ejemplo, para que también  estemos dispuestos a servir a los demás siempre considerando a los otros como mayores. 
De manera que la vivencia de la eucaristía, la unión con Cristo,  ha de conducir inmediatamente a la unión con el prójimo, con el otro, reconociendo de esa manera que todos somos hijos del mismo Padre. En esta noche santa, hermanos, recibamos con alegría estas enseñanzas cada vez más transformados por el mismo amor de Dios.

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera CruzArgentina. Homilía  en el Jueves santo de la Cena del Señor. 02 de abril de 2026.

30 de marzo de 2026

La muerte del Señor invita a unirnos y morir con Él al pecado y así vivir la existencia nueva que nos ofrece.



El apóstol San Pablo, escribiendo a los filipenses (2,6-11) les dice que Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre,  estando con nosotros, dejó de lado la divinidad para manifestar totalmente la humanidad y así humillarse delante de todos.

 Es decir, que en la pasión la divinidad se esconde, aparece Jesús con toda su fragilidad humana, la humillación es tremenda, lo hemos escuchado recién, se burlan de Él, lo azotan, le ponen una corona de espinas, la turba grita crucifícalo, crucifícalo.

La turba llega a gritar que la sangre del Señor caiga sobre ellos y sus hijos, deseo que se cumple en realidad porque la sangre del Señor lava las culpas de todos, también la de estos que gritan desaforadamente pidiendo su muerte. 

Jesús está entre nosotros para vivir a fondo la voluntad del Padre, y Dios lo que quiere es salvar a la humanidad a través de su Hijo, quiere mostrarnos una existencia nueva, e invitarnos a unirnos a Él en su pasión para después resucitar también con el Salvador. 

Es necesaria la muerte para nuevamente retornar a la vida, es imprescindible la renuncia de nosotros mismos para  obtener el premio de la gloria del Padre. 

En estos días de dolor que viviremos, acompañemos al Señor en su pasión, tratemos de ir asimilando todo lo que acontece, busquemos vivir a fondo lo que es el dolor del Maestro, para experimentar también su vida nueva,  la resurrección que  manifiesta justamente que vuelve a la vida, para que también nosotros sigamos viviendo. 

La muerte del Señor debe llegar a fondo a nuestro corazón e invitarnos a unirnos y morir con Él al pecado y así vivir la existencia nueva que nos ofrece. 

Aprovechemos entonces estos días para que la gracia de Dios se derrame abundantemente sobre nuestros corazones y podamos obtener un sinnúmero de gracias que nos ayuden a vivir una existencia nueva.

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera CruzArgentina. Homilía  en el domingo de Ramos.  Ciclo A. 29 de marzo de 2026.

23 de marzo de 2026

La resurrección de Lázaro es todo un signo, ya que Jesús muestra que Él es la vida, que viene a correr la piedra que tapa el sepulcro de nuestro corazón.


En este texto del evangelio (Jn. 11,1-45) se  manifiesta la divinidad de Jesucristo al resucitar a Lázaro, pero también su humanidad, expresando su dolor y pesar delante de todos.
Ya desde el comienzo le avisan a Jesús que Lázaro está enfermo, después, el texto recuerda que Jesús era muy amigo de Marta, María y Lázaro, y la casa  en Betania, donde ellos vivían, era  un lugar permanente que el Señor visitaba, y ahí descansaba. 
Decía que el texto muestra también la faceta humana de Jesús  cuando dice que lloró ante la muerte de su amigo, que se conmovió en sus entrañas, aunque junto a eso viene el reclamo, "si tú hubieras estado aquí, mi hermano no hubiera muerto", o lo que decían los judíos, "este, que devolvió la vista al ciego de nacimiento, ¿no podría haber evitado que Lázaro muriera?", y así, entonces, el gran interrogante será: ¿por qué no sucedió de otra manera? 
Pero en la providencia divina se muestra  que debía suceder todo esto, precisamente para dar gloria a Dios, dice el mismo Cristo. 
En realidad esta muerte no es definitiva,  no tiene su última palabra sobre Lázaro, y por eso el mismo Jesús dirá, "yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque muera, vivirá". 
¡Qué hermoso anuncio!, "el que cree en mí, aunque muera, vivirá".  En efecto, si bien todos vamos a morir, el que tiene fe y  obra  haciendo el bien, y muere  en amistad con Dios, tiene vida eterna.
El Señor promete la vida del cielo, mientras el ser humano permanentemente se queja de todo, si está feliz, si está triste, si es pobre, si es rico, si está enfermo, si está sano. 
El ser humano es un ser quejoso, y Jesús manifiesta que los contratiempos de la vida y  lo que padecemos, es para nuestro bien. 
Y si el ser humano se rebela, o no le gusta todo esto, o prefiere únicamente pasarlo bien sin contratiempo alguno, se equivoca, porque todos estos aspectos negativos se manifestarán y si uno no está preparado, o se pregunta por qué me pasa esto a mí, en lugar de aceptar la voluntad del Señor, seguirá sufriendo más todavía. Del sufrimiento, de la muerte, se continúa la vida, la resurrección. 
Por eso, esta resurrección de Lázaro es todo un signo, ya que Jesús  muestra que Él es la vida, que viene a correr la piedra que tapa el sepulcro de nuestro corazón. 
A su vez, proclama el texto en relaciòn con el muerto, que huele mal, señal de la descomposición corporal, lo cual aplicado a nuestra existencia deja al descubierto que también en nosotros el pecado hace que tengamos mal olor, que estemos separados de Dios y también de nuestros hermanos. 
Por eso, necesitamos que el Señor nos cure para retornar a la vida, para no pecar màs, para vivir como resucitados, en existencia nueva. 
Precisamente de esta existencia nueva, habla hoy san Pablo (Rom. 8,8-11) afirmando que "los que viven de acuerdo con la carne no pueden agradar a Dios", sin embargo, nosotros "no estamos animados por la carne sino por el espíritu, dado que el Espíritu de Dios habita en ustedes"
A su vez, proclama el apóstol que si vivimos en Cristo aunque el cuerpo esté sometido a la muerte por el pecado, el espíritu vive a causa de la justicia, dando vida a nuestros cuerpos mortales por medio del mismo Espíritu que habita en nosotros.
Cristo, entonces, viene a rescatar al hombre de sus miserias, porque siempre busca el bien de nosotros, pero a través, justamente, del seguimiento de su persona en el dolor, en la cruz. 
Por otra parte, sabemos que el profeta Ezequiel (37,12-14) que aparece en la primera lectura, acompañó a los israelitas al exilio de Babilonia, y supo perfectamente cuáles eran los sufrimientos que padecía el pueblo, que no estaba allí meramente por un fracaso bélico, sino a causa de haber roto la alianza con Dios repetidas veces.
Entonces, Dios, por medio de este exilio, les da la posibilidad de  comprobar  cuán grande es su amor  que siempre purifica.
Y, como pasa siempre, el ser humano, en el proceso de escarmiento, piensa, se vuelve más racional, cae en la cuenta cómo es la vida, y que, por lo tanto, ha de mantenerse cada uno en la fidelidad a Dios.
Por eso, Dios, a través del profeta Ezequiel, promete la resurrección de los muertos, indicando de esa manera la resurrección del mismo pueblo de Israel, que regresará a su tierra, para que realmente cambie de actitud y viva de otra manera: "Voy abrir las tumbas de ustedes, los haré salir de ellas, y los haré volver, pueblo mío, a la tierra de  Israel" y "sabrán que yo soy el Señor".
De manera que todo lo que sucede no es meramente por capricho de Dios, no es por azar, sino que está en la providencia divina, y debemos verlo siempre para nuestro bien, para que podamos retomar la vida de la gracia, y así seguir caminando hasta alcanzar la resurrección que se nos promete. 
Pidamos al Señor esta gracia de morir al pecado, de resucitar a la vida nueva y  creer firmemente que Jesús es nuestra vida, y que con su resurrección promete, no solamente la nuestra, sino también  la gloria que no tiene fin junto al Padre del cielo.

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera CruzArgentina. Homilía  en el 5to domingo de Cuaresma.  Ciclo A. 22 de marzo de 2026.

21 de marzo de 2026

El pecado ciega a la persona, la encierra en sí misma, le hace creer que su vida de mentira, de ficción, es la verdad, por eso, necesitamos que Jesús, luz del mundo y de los corazones, resplandezca en nuestro interior.

 

Nos acercamos cada vez más a la Semana Santa, a la Pascua, dirigimos nuestros pasos hacia la noche de la luz en la Vigilia Pascual, pero ya en este domingo descubrimos la importancia que tiene en la vida de cada uno la presencia de Jesús como luz del mundo, como luz de nuestros corazones. 
El ser humano vive no pocas veces en tinieblas, piensa que ve, pero en realidad está ciego para las cosas del Espíritu, para las cosas de Dios, prefiriendo muchas veces otras vivencias que vivir de la fe, y de esa luz que proviene de la fe.
Porque a veces pensamos que la fe es algo irracional, que hay que pegar un salto en el vacío para adherirnos a Dios, sin embargo, la fe permite ver las cosas con una claridad mayor. 
¿Cuántas veces el hombre se engaña? Por ejemplo, como sucedió hace unos días, en un pueblo de nuestra diócesis, una mujer fue a ver al párroco y le dijo, quiero bautizar a mi hijo, pero tenemos un problema, casi todos los domingos participamos en torneos de bochas, y le da la lista de días, pidiéndole al cura que vea cómo arreglar esa cuestión para poder realizar el bautismo. 
O sea, que esta mujer y la familia vivían en penumbras, para ellos importaban màs los torneos pueblerinos que el bautismo de su hijo. 
Y así, muchas veces, el creyente vive en la pavada, piensa que no es nada grave, pero en el fondo vive a oscuras, a espaldas de la fe, buscando sus propios gustos, solucionar problemas fútiles, pero no ir realmente a lo profundo de lo que el Señor le pide. 
San Pablo (Ef. 5,8-14) invita a dejar las obras de las tinieblas:  "Antes, ustedes eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor. Vivan como hijos de la luz ". Los frutos de los hijos de la luz son  la bondad, la justicia y la verdad.
¡Cuántas veces en nuestro corazón hay tantas cosas retorcidas que nos dominan o que nos acechan permanentemente! Y no buscamos iluminarlas para que las tinieblas se disipen. Si pudiéramos conocer los pensamientos que cada persona humana tiene, moriríamos de espanto. ¿Cuántas cosas se nos ocurren? En realidad nacemos ciegos para ver la verdad, la bondad, la justicia. 
Es por eso que necesitamos la presencia de Jesús, el Salvador que viene a curarnos, repitiendo con el ciego de nacimiento lo que relata el libro del Génesis, cuando Dios hace al hombre de barro y le sopla el espíritu (Jn.9,1-41).
En este relato toma también el barro, la tierra de la cual somos hechos, y unta los ojos de este hombre, para recordar justamente esta ceguera que es propia de la tierra, del ser humano, y que se disipa con el agua  viva, de la cual hablábamos el domingo pasado, el agua de la gracia que nos otorga Cristo, nuestro Señor. 
La curación del ciego de nacimiento pone en conflicto a los fariseos, que siguen pensando, no en el bien del hombre sanado, sino en que se ha violado el sábado, porque no  reconocen a Cristo como aquel que está por encima del sábado.
En la discusión, los fariseos le dicen al ciego curado que nada tiene que enseñarles ya que es un pecador, cuando de hecho, son ellos que se creen santos sin serlo, viven en la oscuridad del pecado. 
No olvidemos que el pecado ciega más a la persona, la encierra en sí misma, le hace creer que su vida de mentira, de ficción, es la verdad, y no es así. Por eso necesitamos que Jesús, luz del mundo y luz de los corazones, resplandezca en nuestro interior. 
Pidamos que a través de esa luz que viene de Él descubramos nuestro verdadero yo, lo que hay en nuestro interior, cuáles son nuestras debilidades, cuáles nuestros pecados, para poder luchar contra ellos, para poder vencer al espíritu del mal, que siempre es tiniebla, oscuridad, mentira, engaño. 
El camino de cuaresma es un camino, por lo tanto, de purificación interior que permite este encuentro personal con el Señor, para que como buen pastor (1Sam.16, 1.6-7.10-13), significado en la unción  de David como rey de Israel, nos conduzca a los pastos eternos, iluminando el camino,  nuestra vida, todas las realidades, para para que accediendo a la verdad podamos vivir de un modo nuevo. 
No tengamos miedo de ir al encuentro de Cristo y decirle humildemente: "Señor, ven, rescátame, ilumíname. Sácame de lo anecdótico que  creo que es importante en mi vida, para seguirte a ti, imitarte y manifestarte ante mis hermanos". 
Pidamos, entonces, la luz que viene del Señor para ser capaces de iluminar a otros con la palabra y el ejemplo de buenas obras.

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera CruzArgentina. Homilía  en el 4to domingo de Cuaresma.  ciclo A. 15 de marzo de 2026.

9 de marzo de 2026

La samaritana que encontró la fe en el Señor, será portavoz del mensaje de salvación anunciando que ha hallado al Mesías.

 Si tomamos el salmo cuarenta y uno,  cantamos diciendo: "Mi alma tiene sed de Dios, ¿Cuándo llegaré a ver su rostro?" Esto nos ayuda a entender de entrada que hablar de la sed de agua es referirnos al deseo de estar con Dios y de alcanzarlo a través de la fe, esa virtud por la cual nos adherimos a Jesús como el Hijo de Dios hecho hombre. 
En el Antiguo Testamento (Éxodo 17,3-7) el pueblo que caminaba hacia la tierra prometida está sediento,  se queja y murmura contra Moisés, y de Dios se pregunta, "¿El Señor esta realmente entre nosotros, o no?" Y el Señor le dirá a Moisés que golpee la roca en el Horeb para que tengan agua abundante los israelitas y sus animales. 
A esa roca  siempre se la identificó con Cristo, es la roca viva, de donde mana el agua de la salvación. 
El agua es siempre signo de vida, aunque también de muerte, de muerte cuando se desbordan los ríos y se producen inundaciones, y también cuando borra nuestros pecados en el bautismo transformándonos en hijos adoptivos de Dios. 
Es signo de vida cuando reverdece y se nutre la naturaleza,  y  a su vez, significa la salvación con que es bendecido el pueblo de Israel cruzando el Mar Rojo y  después el río Jordán frente a Jericó.
Además, en el bautismo, el agua  representa la resurrección futura de cada uno, indica la gracia que Dios  concede en abundancia cada vez que la pedimos y buscamos unirnos a Él recordando lo que dice hoy San Pablo (Rom.5,1-2.5-8) que justamente por la muerte de Cristo  fuimos salvados. 
El texto del evangelio (Jn. 4,5-42)  muestra a Jesús que tiene sed, pero más que la sed material, la sed de la fe de esa mujer, de la samaritana. 
Normalmente los judíos para ir a Jerusalén no pasaban por estos lugares de los samaritanos, justamente porque estaban enemistados. 
Pero Jesús quiso pasar ex profeso, porque la samaritana, como dice San Agustín, representa a la Iglesia de los paganos, aquellos que no provienen del judaísmo, pero a los cuales también se los llama a través de la fe a adherirse a Jesús como el salvador del mundo. 
El Señor conduce poco a poco a esta mujer por el proceso de la fe, siendo de hecho un signo que, cuando ella regresa a su pueblo, deja el cántaro en el pozo, no se lleva agua. 
En efecto, ya no necesita sacar el agua que amortigua la sed temporal, porque ha recibido el agua de la fe, de la salvación, que otorgó Cristo nuestro Señor, y ella misma, así transformada, será portavoz delante de los demás ciudadanos, proclamando que ha encontrado el Mesías. 
El texto bíblico señala que Jesús permanece allí dos días, y que muchos samaritanos creyeron en él, por lo que decían respecto a la samaritana, "ya no creemos porque tú lo has dicho, sino porque nosotros hemos comprobado que Él es el Mesías". 
El tiempo de cuaresma es un tiempo especial que invita a encontrarnos con Jesús como fuente de agua viva, para que crezca nuestra fe en Él, y para que esa fe se traduzca en obras concretas de conversión. 
Hermanos, pidamos la gracia de lo alto para  alcanzar el don de la vida nueva que nos quiere entregar copiosamente Jesús.

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera CruzArgentina. Homilía  en el 3er domingo de Cuaresma.  ciclo A. 08 de marzo de 2026.

2 de marzo de 2026

Escuchemos la palabra de Jesús, porque como dice el Padre: "Este es mi hijo muy amado, escúchenlo", y así caminemos seguros hasta llegar a la meta.


Cada año en el segundo domingo de cuaresma, se proclama el texto evangélico que refiere a la Transfiguración del Señor, y en este año, según la versión de san Mateo (17,1-9).
De esta manera pasamos del desierto, como contemplamos el domingo pasado, al monte Tabor, a las alturas, donde allí Jesús resplandece, se transfigura ante Pedro,  Santiago y Juan, los discípulos que lo  acompañarán también  en el Getsemaní. 
La transfiguración refiere al momento en el cual  Jesús se manifiesta en su divinidad, de una manera tal que los discípulos pudieron contemplar esta especial forma de revelación personal del Señor.
En el monte Tabor, Jesús se transfigura, se deja ver en su esencia divina, como era posible en este mundo ante los ojos de los apóstoles, lo cual  produce una gran alegría en sus corazones, tanto que Pedro manifiesta lo bien que están, y lo impulsa a  ofrecerse para levantar tres carpas, para Jesús, Moisés  y Elías.
Jesús, por su parte,  enseña que viene a llevar a plenitud la ley de la antigua alianza, recibida por Moisés, que en Él se cumple todo lo que habían anunciado los profetas, y que, luego de sufrir la pasión y la muerte, resucitará. 
De manera que los apóstoles están ahí contemplando, podríamos decir, el estado glorioso del cuerpo de Cristo por anticipado, ya que  debía fortalecerlos. 
En efecto, se acercaba el momento de la pasión y, los discípulos serían tentados a no comprender nada, a huir de la situación, como de hecho lo hicieron, porque en definitiva el único que fue fiel hasta el final fue Juan, los demás no son mencionados en todo lo que es la pasión, salvo la traición de Judas y la negación de Pedro. 
Jesús quiere, entonces, fortalecerlos, para que, llegado el momento, no se escandalicen, y conozcan que después de la pasión y muerte que han de compartir, sigue la resurrección gloriosa.
A su vez, el Padre del cielo dirá, "este es mi Hijo muy amado, escúchenlo", estableciendo así  lo que todos debemos realizar. 
O sea, no dejarnos aturdir por tantas voces, por lo que escuchamos a lo largo del día, y más bien permanezcamos pendientes de la Palabra de Dios, que es la que nos otorga seguridad, ya que lo demás es todo pasajero, es humo que se dispersa. 
Es la palabra de Cristo la que debe dar sentido a nuestra existencia, porque a través de Cristo, como lo recuerda san Pablo en la segunda lectura (2 Tim. 1,8-10), recibimos la gracia, o sea, la posibilidad de participar de la misma vida de Dios. 
La escucha amorosa de Cristo nuestro Señor, el seguimiento de su Palabra, hace posible el desprendimiento de uno mismo para seguir el plan de Dios que significa compartir los sufrimientos que es necesario padecer por el evangelio.
En efecto, muchas veces desconfiamos de la Palabra de Dios, siguiendo el mensaje del maligno susurrado en el comienzo de la creación.
Y así, tanto tomamos como dogma de fe lo que dice el mundo, lo que enseña la cultura de nuestro tiempo, lo que la costumbre mundana muestra, que descuidamos la escucha fiel del Señor que habla.
No, tenemos que ir a escuchar la palabra de Jesús, porque "Este es mi hijo muy amado, escúchenlo". ¿Quieren caminar seguros? ¿Quieren llegar a la meta? Pues vayamos y escuchemos a Jesús,  que promete la gloria y la resurrección. 
No solamente Él resucita, sino que también nosotros alcanzaremos la gloria de la resurrección. Pero hay que pasar antes por la pasión y por la muerte en cruz, por eso es que la cuaresma nos sigue preparando para vivir la Pascua del Señor,

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera CruzArgentina. Homilía  en el 2do domingo de Cuaresma.  ciclo A. 01 de marzo de 2026.


23 de febrero de 2026

No comer del árbol de la ciencia del bien y del mal, significa que el ser humano no pretenda decidir por su cuenta qué es lo malo y qué lo bueno.


En la primera oración de esta misa pedíamos a Dios la gracia de que en este tiempo de cuaresma avancemos en el conocimiento del misterio de Cristo para poder imitarlo.
En efecto, cuanto mas conozcamos el misterio de Cristo, más sentiremos la atracción de  comprometernos con el Señor y entender lo que significa su paso  por este mundo. 
Si tomamos el libro del Génesis (2,7-9;3,1-7) conocemos que Dios crea al hombre a su imagen y semejanza, y lo coloca en el paraíso rodeado de todo lo que necesita para ser  feliz ya que es el ser que mas quiere de los creados por Él. 
Sin embargo, le pedirá que se comporte como creatura que es, limitado en su naturaleza creada y no pretender ser Dios. 
Por eso, no comer del árbol de la ciencia del bien y del mal, significa que el ser humano no pretenda decidir por su cuenta qué es lo malo y qué lo bueno, hecho  que sí acontece a lo largo de la historia humana y en nuestros días,  cuando el ser humano pecador dice esto para mi no es pecado, esto otro   no está tan mal, esto lo hace todo el mundo.
De este modo, lamentablemente el hombre actúa  como si fuera el mismo Dios y va creando una nueva moral, lo cual hace que cada creatura racional se aleje de Dios y quede sujeto a la muerte.
El texto bíblico nos habla de la presencia del maligno, del espíritu del mal que con actitud insidiosa tienta al hombre afirmando que Dios es mentiroso ya que su prohibición  tiene por objeto que el ser humano no llegue a  ser Dios y rivalice con Él.
Eva, llevada por la curiosidad y el deseo por lo prohibido cae en la trampa, arrastra a Adán y ambos pierden la inocencia, se sienten culpables delante de Dios, pierden su lugar en el paraíso, quedan sujetos a la muerte, o sea, privados  del don preternatural de la inmortalidad, por lo que también cada persona  que nace, nace con ese pecado y sujeto a la muerte. 
El pecado original de Adán y Eva es el pecado original originante, y el que está en el corazón de cada nacido en este mundo es el pecado original originado, y por este hecho,  el ser humano siente en su interior el desorden que lleva al pecado, y se encuentra separado del Creador,  de los demás, del mundo creado y separado de sí mismo. 
¿Y cómo se repara todo eso? Dios, en su providencia  envía a su Hijo como Salvador, por lo que el Hijo se hace hombre, entra en la historia humana, para conducirnos a través de la obediencia de la cruz a la restauración del hombre caído en el pecado. 
Por eso san Pablo (Rom. 5, 12-19) recuerda que con el viejo Adán se hizo presente en el mundo la muerte y el pecado,  y con el nuevo Adán, que es Cristo, hace su entrada la justicia,  la salvación y la gracia,  por medio de  su pasión, muerte y resurrección. 
Por lo tanto, ahí tenemos resumidamente un conocimiento para que a través de su victoria sobre el demonio aprendamos también cómo vencer al espíritu del mal habida cuenta que Dios entregó a su propio Hijo a la muerte, y esta de cruz, para salvarnos.
El texto del evangelio (Mt. 4,1-11) refiere que el Espíritu conduce a Jesús al desierto para ser tentado, o sea, Dios Padre permite que su Hijo hecho hombre sea tentado ya que asumió la naturaleza humana, y a través de su victoria sobre el demonio aprendamos a vencer al espíritu del mal, padre de la mentira que pretende  conquistar la libertad con el engaño, huyendo siempre de la verdad y del bien.
El demonio pretende hacernos creer que puede darnos lo que no pocas personas suelen apetecer, el consumismo de los bienes materiales, la espectacularidad de la presencia en el mundo, ya el poder, ya el placer, la riqueza, todo lo que enceguece al hombre.
Por eso es importante recordar que cuanto màs unidos estemos a Jesús màs fácilmente venceremos al demonio que busca alejarnos de Dios, llevado por el odio hacia el hombre porque fue puesto por encima del diablo mismo como amado sin límites por Dios.
Es importante recordar que el demonio al tentarnos nos quita la vergüenza para que pequemos sin remordimiento alguno, pero una vez caídos en el pecado nos la devuelve para que no confesemos nuestras culpas, de modo que siempre hemos de estar alertas para  no no ser sorprendidos por sus insidias.
Pidamos a María Santísima que nos proteja en la lucha diaria con el maligno.

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera CruzArgentina. Homilía  en el 1er domingo de Cuaresma.  ciclo A. 22 de febrero de 2026.

19 de febrero de 2026

Hagamos realidad esta afirmación del apóstol san Pablo: "Este es el tiempo favorable, este es el día de la salvación"

 

Con este día y con estas cenizas comenzamos el tiempo de cuaresma, que nos prepara para la Pascua, y supone concretar la conversión del corazón para iniciar una nueva vida, la de hijos adoptivos de Dios.
Es un tiempo de gracia para que meditemos, reflexionemos y descubramos cuánto nos ama Dios, para responderle con el  amor.
Justamente el apóstol San Pablo enseña que el Padre del Cielo envía a su Hijo para salvarnos, lo elige para la cruz, para la entrega total de sí mismo, precisamente porque   ama a quienes somos su imagen.
Y así: "Dios lo identificó con el pecado en favor nuestro, a fin de que nosotros seamos justificados por Él".
O sea, es tanto el amor que Dios nos tiene, que hizo todo lo posible para liberarnos del pecado y de la muerte eterna, por eso esas palabras del Apóstol, "déjense reconciliar con Dios" (2 Cor.5,20-6,2).
Esa realidad nos convoca a "no recibir en vano la gracia de Dios", continúa el apóstol, porque "en el momento favorable te escuché, y en el día de la salvación te socorrí".
Hagamos realidad esta afirmación "Este es el tiempo favorable, este es el día de la salvación", vayamos convertidos al encuentro de Dios, descubramos cuán grande es el amor de Dios para con nosotros, que fue a la cruz, y reclama que también nos entreguemos a Él.
El  camino cuaresmal implica que seamos capaces de vencernos a nosotros mismos para vivir únicamente para Dios, es un tiempo de gracia, de perdón, de misericordia divina, de arrepentimiento profundo, en el que detestamos el pecado y rechazamos todo aquello que tantas veces nos ha alejado del Señor. 
Por eso todos los años volvemos a transitar este tiempo de cuaresma, porque es un camino de gracia que se nos da para reconciliarnos con Dios, para convertirnos, para dejar atrás el pecado y vivir en amistad con el Creador recordando siempre que somos polvo y en polvo nos convertiremos en el futuro.
Y así, hemos de mirar la muerte no como algo tenebroso, pero sí como una realidad que todos tenemos que vivir, pero que esperamos propiamente como una manera de poder llegar a la gloria eterna. 
La muerte es para asimilarnos a la muerte de Cristo y luego resucitar para la vida eterna, la vida de la gracia. 
Vayamos entonces siempre al encuentro de Dios que nos espera, que  ama, y  busca continuamente, no lo dejemos pasar nuevamente  delante nuestro, sino recibámoslo en el corazón. 
Que no suceda lo que muchas veces acontece, que llegamos a la pascua y decimos que al final no vivimos totalmente la cuaresma, sino que hemos de asumir este camino que hemos iniciado. 
El mismo Jesús nos habla de tres formas concretas, el ayuno, la oración y la limosna que debemos practicar con caridad (Mt. 6).
La limosna, como enseña la Sagrada Escritura y los Santos Padres, cubre la multitud de pecados, el ayuno busca dominar nuestras pasiones y la oración  hace que vivamos la relación con el Padre como buenos hijos, clamando día y noche por su bondad.
Hermanos: Pidamos entonces la gracia divina para poder vivir una existencia nueva.


Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera CruzArgentina. Homilía  en el Miércoles de Cenizas. ciclo A. 18 de febrero de 2026.