"¿Quién soy yo para que la madre de mi señor venga a visitarme?" -exclama Isabel (Lc. 1, 39-56). Y esto deberíamos decir siempre nosotros, toda vez que la Virgen viene a nuestro encuentro.
No solamente la Madre de Jesús y Madre nuestra, nos acompaña cuando rezamos el rosario o cuando la invocamos en medio de las pruebas de esta vida, sino que a lo largo del año litúrgico, la Virgen Santísima viene a nuestro encuentro e invita a celebrar alguna de las maravillas que se han realizado en su persona.
Por eso, como la misma Virgen afirma en el evangelio, en su canto el Magnificat, será dichosa a lo largo de las generaciones.
Todo el mundo la ha de considerar como feliz, como la elegida del Padre para ser Madre del Redentor, por eso, justamente hoy venimos a honrarla en esta gran fiesta, de su asunción a los cielos en cuerpo y alma.
Esta advocación que ya se celebraba en la antigüedad, como la fiesta de la dormición de nuestra Señora, alcanzó el rango de definición dogmática en el año 1950, cuando el papa Pío XII el primero de noviembre, declaró como dogma de fe el que María, una vez terminado el curso de su vida mortal, había sido llevada al cielo en cuerpo y alma.
El dogma no define si la virgen murió o no murió, sino solamente que su cuerpo fue llevado al cielo sin que fuera ella pasible de padecer la corrupción del cuerpo, cosa propia y consecuencia de la muerte temporal.
De allí que María Santísima se vio junto al Padre, el Hijo y el Espíritu Santo en cuerpo y alma.
Así como Cristo resucitó de entre los muertos, lleva a su madre al cielo sin que padezca los efectos de la muerte.
¿Y qué significa esto para nuestra vida? Que la naturaleza humana, -como ya habíamos celebrado el día de la ascensión del Señor- ya está junto a Dios.
En efecto, la experiencia que tenemos nosotros de la muerte es que se separa con la misma, el cuerpo del alma, quedando el cuerpo en este mundo siguiendo el proceso natural que es propio de la muerte, y el alma que comienza en la gloria de Dios o en la separación definitiva del mismo.
Pues bien, ya la Virgen con su presencia en cuerpo y alma en el cielo, manifiesta que no es un engaño lo que esperamos, es decir, nuestra resurrección final y la unión al fin de los tiempos de nuestro cuerpo y de nuestra alma para seguir en la gloria del Padre, si así estamos viviendo.
De modo que la muerte ha sido vencida ya anticipadamente en María santísima, por más que definitivamente en el hombre sea vencida al final de los tiempos, como lo anuncia el apóstol san Pablo (I Cor.15, 20-27).
Esta fiesta de la Asunción de la Virgen, entonces, también invita a contemplar los bienes celestiales, sin descuidar nuestra tarea, nuestra misión en este mundo, sabiendo que nuestro existir acá es de paso, es transitorio.
Por eso, ya desde este mundo, añoramos la gloria futura, o sea, como creyentes sentimos que estamos exiliados en esta patria terrenal, porque la verdadera Patria, desde la fe, es participar de la gloria del cielo.
Pidamos, entonces, a la Santísima Virgen que nos proteja en este caminar diario, para que no olvidemos nunca ir al encuentro de su Hijo, para que no olvidemos vivir como resucitados ya anticipadamente, buscando la gloria de Dios, buscando el bien también de nuestros hermanos.
Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en la Solemnidad de la Asunción de María Santísima. 15 de agosto de 2026








