27 de enero de 2026

El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es el baluarte de mi vida, ¿ante quién temblaré?

 


La enseñanza central  que destacan las lecturas de este domingo la encontramos en la antìfona del salmo interleccional: "El Señor es mi luz y salvación, ¿a quién temeré?", es aquel que ilumina los pasos de la existencia humana, de cada persona que viene a este mundo. 
El Antiguo Testamento, en la voz de Isaías (8, 23-9,3), como acabamos de escuchar, anuncia la presencia de esta luz de salvación, y Jesús, en el texto del evangelio, recuerda precisamente este texto de Isaías para indicar que Él es la luz y la salvación (Mt. 4,12-24). 
Ahora bien,  para ser iluminados interiormente, para ser salvados, necesitamos seguir la invitación de Jesús: "Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca".
Convertirse  significa dar la espalda al pecado, no deberle nada al demonio, sino reconocer siempre la primacía de Cristo nuestro Señor en nuestra vida . No nos olvidemos de esto, queridos hermanos, lo más valioso que tenemos en nuestra vida  católica es vivir en la presencia de ese tesoro que es Jesús el Hijo de Dios vivo, la luz que nos salva  porque  muestra el camino, porque hace ver dónde está el error, dónde la mentira y dónde la verdad. 
¿Qué es lo que sucede cuando el creyente deja de lado a Cristo? Va en busca de la oscuridad que es tan común hoy en día, ya que la gente abandona a Cristo y busca aquello que creen que le da sentido a su vida, pero al contrario, se hunde más en la oscuridad. 
Hoy está de moda nuevamente evocar a los muertos con el espiritismo, sin embargo,  la iglesia  enseña que recemos por las almas del purgatorio, que no evoquemos  a los muertos, que recemos por ellos. 
Hoy se habla de piedras que tienen poder, de los cuencos tibetanos sanadores, cuanta cosa rara aparece por ahí, la gente se prende, incluso los católicos, y encima pagan, porque para todos esos cursos que están dando vuelta en la sociedad hay que pagar. 
De este modo  las personas le abren la puerta al demonio, dejando al Dios verdadero por fantasías curativas, pero después se quejan cuando no saben qué hacer con las infestaciones del demonio en su vida personal, familiar o en su casa.
Recién cuando se ven estas consecuencias, las personas se acuerdan del cura exorcista o de Dios, situación que contemplo a diario.
Hay personas que piensan que están endemoniadas, y piden exorcismo, pero todo eso comienza porque se han olvidado de Cristo, ¡déjense de jorobar! 
No nos olvidemos de Cristo, acerquémonos a su Persona,  escuchémoslo dejando de lado todas estas cosas fantasiosas que están originadas en el demonio que sólo busca nuestra perdición y que vivamos en la mentira. 
Lo que es raro, lo que es fantasioso, lo que es oscuro no viene de Dios, porque Dios es simple, no busca complicarnos la vida, sino enseñarnos el camino de la verdad. 
Por eso la importancia de reconocer a Cristo como luz, fijémonos en el evangelio, qué sencillo es, Jesús predica, invita a la conversión, la gente lo sigue, Jesús les enseña, y los enfermos salen curados de sus dolencias, por seguir justamente a Cristo Nuestro Señor. 
En cambio,  lo que es producto del maligno es  oscuridad, divisiones, como habla San Pablo en la segunda lectura (I Cor. 1,10-13.17). 
En Corinto, algunos decían, yo soy de Pablo, yo  de Cefas, yo  de Apolo, a lo cual Pablo responderá afirmando que quien murió por todos en la cruz es Jesús, no Apolo, ni Cefas, ni él mismo.
De manera que  ante tantas tentaciones sufridas en la actualidad, hemos de responder con la sensatez y sencillez del evangelio, ir al encuentro de Cristo,  al encuentro de todo lo que Él nos enseña. 
Reflexionemos sobre la vida de los santos, no están en la pavada, se santificaron por seguir al Señor, por escuchar su palabra y transmitirla, por vivir la caridad a fondo, como  los apóstoles. 
Queridos hermanos, el Señor es nuestra luz y  salvación, si estamos con Él, no tenemos nada que temer.

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera CruzArgentina. Homilía  en el 3er domingo "per annum" ciclo A. 25 de enero de 2026.

19 de enero de 2026

Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad: no pediste holocaustos ni sacrificios, yo amo, Dios mío, tu voluntad (salmo 39)

 

La idea central de los textos bíblicos de este domingo, coincide con lo que cantábamos en el salmo interleccional (39), "Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad".
Y así,  la pregunta clave que debemos hacernos refiere a cuál es el sentido de nuestra existencia en el mundo, porque de hecho,  muchas personas viven cada día y no se lo encuentran en su caminar. 
El ser humano se acostumbra a vivir porque existe, piensa que debe seguir adelante luchando porque hay que tener una meta,  pero la clave es caer en la cuenta que el que nos ha traído al mundo es Dios. 
Y por lo tanto, desde el comienzo de nuestro caminar por esta vida, la existencia tiene un sentido,  por eso, la razón de ser de esa idea central de "aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad", y preguntarnos  "Señor, ¿Qué quieres de mí
Si tomamos la primera lectura del profeta Isaías (49,3.5-6), contemplamos que se elige a un Servidor, que puede ser el rey Ciro el Grande, o algún israelita o profeta, para que restaure a las tribus de Israel,  pero señalando más adelante que esto no es suficiente, que es necesario que el elegido sea luz de las naciones. 
Ahora bien, si consideramos esto a la luz del Nuevo Testamento, caemos en la cuenta que se trata de una referencia concreta de Jesús, el Hijo de Dios. 
Si bien es cierto que cualquier profeta podía tomar sobre sí la responsabilidad de unir a las tribus de Israel, ser luz de las naciones para que  conozcan la salvación concedida por Dios, es atribución  de alguien superior a los posibles elegidos, y ese es sólo Cristo el centro de la vida humana. 
Esta misma idea continúa en la primera carta de san Pablo a los corintios (1,1-3), fundador de esa comunidad, por lo que sabe perfectamente que los cristianos se encuentran muchas veces rodeados de dificultades, a causa de la corrupción en Corinto, de manera que las tentaciones también se agolpaban para arrastrar a los cristianos a una vida disoluta.
¿Qué hace San Pablo? recuerda que fueron santificados en Cristo y llamados a ser santos y que han de continuar por ese camino, dando testimonio. 
Este consejo lo podemos aplicar a nosotros mismos, a nuestra ciudad, advirtiendo que estamos en medio de una ciudad como muchas otras, no es la única, que se ha olvidado de Dios.
El ser humano a menudo prescinde de Dios, porque aparentemente no lo necesita, en todo caso recurre a Él en los momentos de enfermedad, de peligro, de dificultad, cuando  llega al fondo de las dificultades y no sabe cómo salir, entonces el recurso a Dios. 
En medio de este mundo que vive inmerso en el ateísmo práctico, nos sentimos tentados a abandonar a Dios y seguir una vida fácil, más entretenida a los ojos del mundo, acudiendo al sincretismo religioso que da culto a seres inanimados, o a energías orientales diabólicas.
Sin embargo, hemos sido redimidos por la sangre del Cordero, y por eso hemos de decir cada día, "aquí estoy Señor, para hacer tu voluntad". 
Y en el Evangelio (1,29-34), Juan testimonia que Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, y más adelante dirá, es el Hijo de Dios. 
A raíz de esto, tenemos entonces el gran ejemplo para nuestra vida cotidiana, porque el Hijo de Dios no vino al mundo para hacer su voluntad, sino a observar la voluntad del Padre. 
¿Y cuál es la voluntad del Padre? El Padre nos ama tanto que quiere sacarnos del pecado a través de la pasión y muerte en la cruz de su Hijo, "porque tanto amó Dios al mundo, que envió a su Hijo para salvarnos", para revivirnos. 
De manera que el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo es el mismo Jesús, llamado Cordero, porque como en el Antiguo Testamento se ofrecía al cordero inocente como sacrificio agradable a Dios, Jesús se ofrece como  Cordero manso a la muerte para poder rescatarnos a nosotros del mundo tenebroso del pecado y del demonio.
"Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad", afirmación esta que conduce a preguntarnos cada día, si cumplimos con la voluntad del Padre, si buscamos descubrir qué es lo que quiere Dios además de realizar el bien e ir por el mundo como san Pablo y predicar el Evangelio. 
Hemos de hablar de las maravillas que implica estar unidos al Señor, dando ejemplo siempre de una vida de santidad, para que por lo menos algunos busquen seguir ese mismo camino, confiando para todo esto, con la gracia misericordiosa de Dios.


Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera CruzArgentina. Homilía  en el IIdo domingo "per annum" ciclo A.18 de enero de 2026.

12 de enero de 2026

En el bautismo celebrado en el Jordán, Jesús carga sobre sus hombros los pecados de toda la humanidad, en su misión de siervo de Yahvé, a quien el Padre sostiene.


En la segunda lectura de la liturgia de hoy tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles (10,34-38), Pedro dice que Dios no hace acepción de personas, no se fija si alguien es judío o si es pagano, sino que "en cualquier naciòn, todo el que le teme y practica la justicia es agradable a Él". 
Sin embargo, manifestó su preferencia, ya que, "envió su palabra al pueblo de Israel, anunciándoles la paz por medio de Jesucristo, que es el Señor de todos".
A su vez, recuerda los pasos de Jesús después del bautismo, señalando cómo comenzó su misión en este mundo, en esta vida. 
Gracias al texto del evangelio (Mt. 3,13-17), hemos asistido al bautismo del Señor, al cual Juan se resiste, porque es consciente que su bautismo es para la conversión, y que Jesús como Mesías instituirá el verdadero sacramento del bautismo, por lo que no debe estar en la fila de los bautizandos.
Pero Jesús dice, "ahora déjame hacer esto, porque conviene que así cumplamos todo lo que es justo",  y Juan obedece. 
Con su ejemplo, Jesús quiere darnos un ejemplo de humildad,  se hace pecador, aunque no lo sea, para indicarnos que como  pecadores tenemos necesidad del bautismo. 
Por otra parte, Jesús quiere entrar en las aguas del Jordán y enseñar que le otorga al agua junto con el Espíritu, el poder para librar al hombre del pecado, que no es su bautismo sólo de conversión como el de Juan Bautista que únicamente prepara los corazones de la gente.
Señala santo Tomás de Aquino en la Suma Teológica,  que Cristo viene a purificar el agua para que esta sane el interior del hombre. 
Por otra parte, mientras está realizándose el bautismo, Jesús  carga sobre sus hombros los pecados de toda la humanidad, en su misión de siervo de Yahvé, a quien el Padre sostiene, en el que se complace, y lleva sobre sí el espíritu para otorgar el derecho a las naciones (Isaías 42,1-4.6-7) 
En esta ocasión, a su vez,  se observa una teofanía, una manifestación de Dios Trino, que consiste en el testimonio del Padre que dirá de quien se está bautizando, "este es mi Hijo muy querido, el predilecto", abriéndose los cielos y descendiendo el Espíritu Santo, con lo que está anticipando que cualquiera que reciba el agua del bautismo se convierte en hijo adoptivo  y predilecto de Dios.
O sea, que con el bautismo de Jesús cambia totalmente nuestra vida, ya no estamos sujetos a la corrupción del pecado, sino que en el bautismo que recibimos se aplica la muerte y resurrección de Cristo, y por lo tanto somos salvados. 
Sumergidos en el agua, recordamos la muerte de Cristo, al salir del agua se indica su resurrección, cambiando nuestra existencia. 
Somos nuevas criaturas por el sacramento del bautismo, diferenciándonos  del no bautizado, aunque sea sin culpa alguna. 
Es necesario el bautismo para transformarnos en hijos predilectos del Padre, a través de la adopción.
En efecto, solamente por la cruz de  Jesús presente en nuestra vida, somos transformados en profundidad y en plenitud de vida. 
Por lo tanto, como bautizados, hagamos nuestro compromiso de seguir a Cristo, nuestro señor. 
No nos dejemos encandilar por otras voces, por otros inventos que presenta la cultura de nuestro tiempo, vayamos al encuentro de Jesús asumiendo el evangelio si queremos vivir como verdaderos hijos adoptivos


Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera CruzArgentina. Homilía  en la Fiesta del Bautismo del Señor. 11 de enero de 2026.

6 de enero de 2026

Aquellos que han recibido la Palabra, nacieron no de la carne, ni de la sangre, ni de poder humano alguno, sino de Dios nuestro Señor.


En este tiempo litúrgico de Navidad que estamos viviendo, hemos contemplado a Jesús en cuanto a su naturaleza humana.
Y así, lo recibimos en su nacimiento en el portal de Belén, escuchamos el anuncio de los ángeles acerca del nacimiento del Mesías,  fuimos al encuentro de la Sagrada Familia para reconocer a Jesús Nuestro Señor, con los pastores fuimos a contemplar las maravillas de Dios Nuestro Señor, y  hemos visto que la Virgen guardaba en su corazón todo lo que sucedía alrededor de su Hijo.
A su vez, hemos contemplado y reflexionado acerca de la Sagrada Familia huyendo a Egipto porque el niño era perseguido por Herodes, en fin, seguimos todos los pasos del Señor desde su nacimiento como hombre y su niñez. 
En este domingo, se describe la naturaleza divina  de Jesús,  gracias a este gran teólogo que es Juan Evangelista quien enseña todo lo que sabe, lo que ha experimentado acerca de Jesús como Hijo de Dios, y así entrar en esta realidad de su divinidad, justamente  expresando en el texto proclamado  que al principio era la Palabra (Jn. 1,1-18).
Si tomamos el libro del Génesis (cap. 1), en el momento de la creación, leemos que Dios "dijo",  ese "dijo" refiere a la Palabra,  al propio Hijo por el que Dios  creó todas las cosas que existen. 
Y así, Dios dijo hágase la luz, y todo lo creado, el sol, las estrellas, separando las aguas de la tierra, y Dios dijo que haya animales, etc. 
Todo fue creado por medio del Hijo de Dios, y aparece la figura del Espíritu Santo, al decir que el espíritu aleteaba sobre las aguas. 
También en el texto que acabamos de proclamar se dice que el Hijo de Dios era la luz, es la luz. 
De hecho en la primera oración de esta misa recordábamos que la luz que es el mismo Jesús, la hemos recibido en plenitud quienes tenemos fe, es la luz de la fe, que permite tener una vida totalmente nueva, coherente con la fe. 
Y así, entonces, lo aceptamos al Hijo de Dios hecho hombre como Hijo del Padre, que es palabra creadora,  que viene a este mundo. 
A su vez, los suyos no lo recibieron, o sea, el pueblo de Israel, pero a aquellos que han recibido la Palabra, la Luz, la Vida, se les dio la posibilidad no de la carne, ni de la sangre, ni de poder humano alguno, sino de Dios nuestro Señor. 
Se declara de esta manera que somos hijos adoptivos del Padre por Jesús, que es el Hijo unigénito de ese mismo Padre. 
De hecho, en la carta a los Efesios (1,3-6.15-18), se menciona  cómo fuimos elegidos desde toda la eternidad en Cristo nuestro Señor, para ser hijos adoptivos de Dios, y por lo tanto herederos de la vida eterna si vivimos como santos e irreprochables. 
O sea, se ha desplegado también el misterio de grandeza que anida en el corazón de cada hombre. No solamente tenemos la grandeza en el Hijo de Dios vivo, sino que a través del Hijo de Dios vivo también nosotros somos engrandecidos, liberados del pecado por la muerte de Jesús en la cruz y por el agua del bautismo somos nuevas criaturas. 
Por eso el nacimiento de Jesús también anuncia nuestro nuevo nacimiento siempre en el Señor y llamados por lo tanto a una vida de grandeza como la de Jesús, a dar gloria a Dios como Jesús eternamente da gloria al Padre en el cielo.
Queridos hermanos: el nacimiento de Jesús entonces, está unido estrechamente a nuestro propio nacimiento en la vida de la gracia que hemos de aprovechar respondiendo siempre al mensaje de Jesús a la vida nueva que Él quiere introducir en nuestra existencia cotidiana. 
De aquí en más no estamos solos en este momento, sino que para afrontar los problemas y las dificultades de la vida contamos con la ayuda y protección del Hijo de Dios que  guía al encuentro definitivo  del Padre, en la vida eterna.


Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera CruzArgentina. Homilía  en el 2do domingo de Navidad. 04 de enero de 2026.

2 de enero de 2026

María acompaña a Jesús en su nacimiento y niñez, mientras crece en Nazaret, y ya adulto, evangelizando a los hombres, hasta el momento de la muerte en Cruz.


 Hoy celebramos, en el comienzo del año, a María, Madre de Dios, y así inauguramos este tiempo poniéndonos bajo su protección. 
María no sólo es la Madre de Jesús, sino que gracias a ella, como enseña san Pablo escribiendo a los gálatas (4,4-7), fuimos constituidos como hijos adoptivos del Padre, en el Hijo de Dios hecho Hombre, de manera que por el solo hecho de que Jesús es Hijo de María, cada uno de nosotros es  hijo adoptivo del Padre. 
Y precisamente por ese hecho es que podemos decir cada uno, Abbá, que es una manera cariñosa de dirigirnos a Dios Padre, es como decirle papito, una manera que acerca como hijos al Padre del Cielo. 
Y esto lo debemos valorar mucho, porque ha cambiado totalmente la historia del hombre con la encarnación del Hijo de Dios, porque gracias a este hecho somos hijos adoptivos del Padre. 
Comenzamos entonces este año bajo la tutela de María Santísima, pero también bajo la tutela del mismo Dios. 
Precisamente escuchábamos recién en la primera lectura tomada del libro de los Números (6,22-27), que en Israel, el Rey o los sacerdotes, daban esta bendición a los israelitas, sobre todo al comienzo del año, deseándoles la protección plena de Dios, su acompañamiento a lo largo del año, junto con el  don de la paz. 
La paz verdadera es solamente regalo de Dios, que el hombre es incapaz de darse a sí mismo y de entregar a otros, siempre cargados de conflictos en este mundo, sin descansar nunca de nuestras riñas,  peleas, de nuestros desbordes en relación con el prójimo. 
Por eso necesitamos esa bendición de Dios que venga en nuestro auxilio, que proteja y que otorgue la paz que necesitamos. 
El texto del Evangelio (Lc.2,16-21) invita a acompañar a los pastores, e ir al encuentro de María, José y el niño que está acostado en el pesebre, dirigirnos al encuentro de la Sagrada Familia y allí  recordar las maravillas que se dicen de ellos, e imitar a María Santísima, que guarda en su corazón todas estas experiencias. 
Seguramente ella ya estaba anticipándose a lo que sería su recorrido por este mundo acompañando a su Hijo en la medida en que iba creciendo en Nazaret, luego, adulto evangelizando a los hombres. 
Porque María no dejó nunca de ser madre del Señor, no lo es solo cuando nace Jesús, sino durante su vida,  por eso es que  estando en la cruz, entrega a su  madre a la humanidad toda en la persona de Juan: "He ahí a tu madre", y dirigiéndose a María, "he ahí a tu hijo". 
Recibamos como Juan a María Santísima en nuestro corazón, en nuestra vida y, vayamos siempre a su encuentro, viéndola como refugio en nuestro caminar por este mundo, presentándole nuestras vicisitudes, miedos, angustias, las buenas obras, los fracasos, y los deseos de querer ser cada día más y más amigos de Jesús.


Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera CruzArgentina. Homilía  en la Fiesta de la Maternidad Divina de María Santísima. 01 de enero de 2026.