En la segunda lectura de la liturgia de hoy tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles (10,34-38), Pedro dice que Dios no hace acepción de personas, no se fija si alguien es judío o si es pagano, sino que "en cualquier naciòn, todo el que le teme y practica la justicia es agradable a Él".
Sin embargo, manifestó su preferencia, ya que, "envió su palabra al pueblo de Israel, anunciándoles la paz por medio de Jesucristo, que es el Señor de todos".
A su vez, recuerda los pasos de Jesús después del bautismo, señalando cómo comenzó su misión en este mundo, en esta vida.
Gracias al texto del evangelio (Mt. 3,13-17), hemos asistido al bautismo del Señor, al cual Juan se resiste, porque es consciente que su bautismo es para la conversión, y que Jesús como Mesías instituirá el verdadero sacramento del bautismo, por lo que no debe estar en la fila de los bautizandos.
Pero Jesús dice, "ahora déjame hacer esto, porque conviene que así cumplamos todo lo que es justo", y Juan obedece.
Con su ejemplo, Jesús quiere darnos un ejemplo de humildad, se hace pecador, aunque no lo sea, para indicarnos que como pecadores tenemos necesidad del bautismo.
Por otra parte, Jesús quiere entrar en las aguas del Jordán y enseñar que le otorga al agua junto con el Espíritu, el poder para librar al hombre del pecado, que no es su bautismo sólo de conversión como el de Juan Bautista que únicamente prepara los corazones de la gente.
Señala santo Tomás de Aquino en la Suma Teológica, que Cristo viene a purificar el agua para que esta sane el interior del hombre.
Por otra parte, mientras está realizándose el bautismo, Jesús carga sobre sus hombros los pecados de toda la humanidad, en su misión de siervo de Yahvé, a quien el Padre sostiene, en el que se complace, y lleva sobre sí el espíritu para otorgar el derecho a las naciones (Isaías 42,1-4.6-7)
En esta ocasión, a su vez, se observa una teofanía, una manifestación de Dios Trino, que consiste en el testimonio del Padre que dirá de quien se está bautizando, "este es mi Hijo muy querido, el predilecto", abriéndose los cielos y descendiendo el Espíritu Santo, con lo que está anticipando que cualquiera que reciba el agua del bautismo se convierte en hijo adoptivo y predilecto de Dios.
O sea, que con el bautismo de Jesús cambia totalmente nuestra vida, ya no estamos sujetos a la corrupción del pecado, sino que en el bautismo que recibimos se aplica la muerte y resurrección de Cristo, y por lo tanto somos salvados.
Sumergidos en el agua, recordamos la muerte de Cristo, al salir del agua se indica su resurrección, cambiando nuestra existencia.
Somos nuevas criaturas por el sacramento del bautismo, diferenciándonos del no bautizado, aunque sea sin culpa alguna.
Es necesario el bautismo para transformarnos en hijos predilectos del Padre, a través de la adopción.
En efecto, solamente por la cruz de Jesús presente en nuestra vida, somos transformados en profundidad y en plenitud de vida.
Por lo tanto, como bautizados, hagamos nuestro compromiso de seguir a Cristo, nuestro señor.
No nos dejemos encandilar por otras voces, por otros inventos que presenta la cultura de nuestro tiempo, vayamos al encuentro de Jesús asumiendo el evangelio si queremos vivir como verdaderos hijos adoptivos
Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en la Fiesta del Bautismo del Señor. 11 de enero de 2026.

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