27 de abril de 2026

Pidamos que crezca el número de aquellos que deciden dejarlo todo para seguir a Cristo en la misión de pastorear a su pueblo.

 

Cristo resucitado fortalece tanto a sus discípulos que se percibe el entusiasmo con que llevan el mensaje de salvación. 
Justamente en la primera lectura (Hechos 2,14.36-41) escuchamos a Pedro, que se dirige a la gente y les echa en cara a los judíos que Cristo fue crucificado por culpa de ellos, y les insiste en la necesidad de cambiar de vida, por eso es que le preguntan: ¿Qué tenemos que hacer? ¿Cómo tenemos que cambiar lo que ha acontecido?. Arrepiéntanse de sus pecados y reciban el bautismo será la respuesta.
El bautismo los  purifica y los hace miembros de la Iglesia, y es tan grande el fervor de Pedro y de los apóstoles que la gente se contagia de esa predicación, y cambian su vida.
En efecto, por la gracia de Dios, como acabamos de escuchar, tres mil personas decidieron cambiar de vida, convertirse y comenzar una existencia nueva, que implica también soportar los sufrimientos, que es lo que enseña san Pedro en la segunda lectura, dejando en claro  que si hemos de sufrir por hacer el bien, demos gracias a Dios (1 Pedro 2, 20-25).
¿Cuántas veces nosotros, a causa de hacer el bien, tenemos que soportar la burla y el rechazo de los que no creen? 
Ante esta situación Pedro enseña que hemos de dar gracias a Dios si sufrimos a causa de las injusticias, porque, de esa manera, nos incorporamos al Cristo sufriente, al Cristo de la cruz, que murió por nuestros pecados. 
Y, al morir Cristo por nuestros pecados, nos hemos transformado en ovejas suyas,  de su rebaño, que es lo que justamente se nos insiste en el texto del evangelio. 
Este cuarto domingo de pascua se conoce como el domingo del buen Pastor, domingo en el cual se pide especialmente por las vocaciones sacerdotales y religiosas, para que crezca el número de aquellos que deciden dejarlo todo para seguir a Cristo en esta misión de pastorear, como sacerdote, como religioso o miembro de la vida consagrada (Jn. 10,1-10). 
Por eso hemos de pedir muy especialmente que Dios bendiga a la Iglesia, y particularmente a nuestra diócesis, con numerosas  y santas vocaciones. 
Y digo, santas, porque no siempre en la viña del Señor se observa esa santidad de vida en los que somos pastores, y  Jesús lo dice cuando habla de aquellos que no entran al corral por la puerta, sino por otro lado  para dispersar a las ovejas.
¡Cuántas veces en nuestro tiempo escuchamos a obispos y sacerdotes que predican lo contrario a la enseñanza de la Iglesia en materia de fe y  moral! 
En efecto, hace dos días, el papa León XIV le ha dicho al cardenal Marx, alemán, que de ninguna manera están autorizadas esas bendiciones que inventaron los obispos en Alemania para bendecir uniones de personas que nada tienen que ver con el evangelio, muy clarito fue el papa León, pero, lamentablemente, sobre todo en Alemania, siguen endurecidos y obstinados en enseñar el anti  evangelio.
Por eso es muy importante escuchar la voz del Pastor, de Cristo, como lo hacen las ovejas, que son de su rebaño, que  lo escuchan y  siguen. 
Nosotros también debemos hacer lo mismo en nuestra vida cotidiana, recordar que si escuchamos a alguien que enseña lo contrario al evangelio, los tales son salteadores, no son verdaderos pastores, sino que vienen a a arruinar al rebaño. Por eso es necesario estar siempre atentos, no escuchar cualquier voz,  cualquier enseñanza, porque muchas veces en las que son simpáticas no siempre está presente la verdad.
Y hay gente que prefiere seguir aquello que halaga sus oídos y no lo que hace crecer en la fe,  esperanza y en la calidad. 
Vayamos, por lo tanto, siguiéndolo a Cristo, buen pastor, y pidámosle santas vocaciones sacerdotales y a la vida consagrada, y también, recemos por  la conversión de los pastores que no enseñan la verdad conocida desde siempre.

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera CruzArgentina. Homilía  en el Cuarto domingo de Pascua. ciclo A. 26 de abril de 2026

20 de abril de 2026

Señor Jesús, explícanos las Escrituras. Haz que arda nuestro corazón mientras nos hablas (cf. Lc.24,32)



El mismo día de la resurrección por la tarde, acontece este hecho que acabamos de proclamar, el de los  dos discípulos que se dirigen a Emaús, que están tristes y  comentando entre ellos lo que ha pasado. 
Con Jesús que camina a la par de ellos sin que lo reconozcan,  relatan los últimos acontecimientos acerca de la pasión y muerte de Cristo, reconocen que algunas mujeres afirman haberlo visto resucitado, pero en verdad no les creen,  por lo tanto están desilusionados. (Lc. 24,13-35), afirmando que esperaban otra cosa.
¿Qué esperaban? "que fuera Él quien librara a Israel" ,es decir, que fuera el Mesías político que rescatara a Israel de la opresión romana. 
En definitiva, los embarga no solamente la tristeza, sino también la falta de fe, ya que no habían comprendido cuál es la misión de Jesús en este mundo, y seguían pensando en soluciones políticas, mientras que el Hijo de Dios fue enviado por el Padre para que, muriendo en la cruz,  redimiera al hombre del pecado y de la muerte eterna.
Esto es  lo que asegura justamente san Pedro, que en la segunda lectura recuerda que fuimos rescatados no con bienes efímeros, como es el oro o la plata, sino con la sangre de Cristo, "el cordero sin mancha y sin defecto, predestinado antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos para bien de ustedes" (I Pt. 1, 17-21).
De manera que nuestra mirada tiene que orientarse siempre a contemplar el misterio de la divinidad de Jesús, porque cuando en la vida cotidiana nos asalta la duda o el peligro de perder la fe, es porque contemplamos a Jesús en cuanto hombre, mirada totalmente equivocada, sin reconocer el poder que posee como  Hijo de Dios.
Por eso contemplar al Cristo resucitado es contemplar a la divinidad que se ha escondido durante la pasión y muerte, pero que ahora resplandece en toda su plenitud, señalando que está vivo para nosotros, para nuestra existencia.
Cuando estos dos hombres llegan cerca de Emaús, se detienen en el camino. El texto no lo dice, pero se deben haber encontrado delante de una posada, y entraron a tomar algo, a comer algo. Y Jesús amagó con seguir caminando, pero le dijeron, "quédate con nosotros, Señor. El día ya termina, se viene la noche".
Sin darse cuenta, están suplicando algo muy importante: "Tú que nos acompañas en el camino de la vida, no nos dejes en la noche oscura de la tribulación y de la duda de fe. Quédate con nosotros. No sigas tu camino. Sin ti nada podemos hacer".
Como el mismo Jesús lo afirma en el capítulo quince de San Juan, lo necesitamos en nuestra vida cotidiana, porque su presencia es la que le da sentido a nuestro caminar, y  con su compañía, somos capaces de vencer las tristezas, las dudas que nos asaltan tantas veces en el camino de la vida. 
Y ciertamente que lo descubrimos como estos dos discípulos en el partir el pan, o sea, en la eucaristía, es allí donde se hace patente el misterio de la divinidad de Cristo. Precisamente, en la historia de muchas conversiones a la Iglesia Católica, advertimos que se producen en el contacto con la Eucaristía, aunque estemos viviendo en un mundo donde la fe prácticamente no existe.
Hemos de recuperar el sentido del domingo, de la misa dominical, sentirnos llamados por la  Eucaristía, por la fracción del pan, recibida en comunidad para nuestra salvación.
Lo ha recalcado en estos días el Papa León, la importancia de vivir el domingo afirmando nuestra adhesión al resucitado.
Si Cristo no resucitó para muchos, como el mismo San Pablo lo dice, vana es nuestra fe. Entonces, ¿para qué ir a misa? ¿Para ir a ver un espectáculo?
Si se ha perdido la fe es justamente en la eucaristía, en la fracción del pan, como se recupera y se ve con claridad la presencia del Hijo de Dios. 
Estos dos hombres que no terminan de entender lo que sucede con ellos, descubren a Jesús en el partir el pan. 
De manera que es la Eucaristía la que abre el corazón de los incrédulos, afirma el pensamiento de los que dudan, es fortaleza de los que se sienten débiles en este caminar hacia la patria celestial. Estos hombres vuelven a Jerusalén, dando testimonio de lo que aconteció con ellos.
Ya no hablarán partiendo del testimonio de otros, sino de ellos mismos, y nosotros también estamos llamados a dar testimonio de Cristo resucitado.
Seamos humildes y digámosle a Jesús: "Ven a caminar con nosotros, acompáñanos, Quédate con nosotros, porque nuestra vida declina si tú no estás presente. Que te veamos en el partir el pan, que contemplemos tu estar con nosotros"
A su vez,  un signo más de la presencia amorosa del resucitado es que nos entrega su madre, María Santísima.
Precisamente, estamos celebrando la peregrinación anual al santuario de la virgen de Guadalupe. Esta peregrinación a través de la cual el pueblo santafesino recuerda a su patrona, la madre del cielo, y se cobija en el amparo de la madre del salvador, que es también madre nuestra. 
Por eso, pidámosle, al Señor que, junto a Él, esté también presente en nuestra vida su madre, para que nos asistan,  protejan y  enseñen a caminar con la seguridad de que nos dirigimos hacia la patria celestial.

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera CruzArgentina. Homilía  en el Tercer domingo de Pascua. ciclo A. 19 de abril de 2026

13 de abril de 2026

A través de las llagas de las manos, de los pies y, del costado, brota la infinita misericordia de Dios, que quiere derramarse sobre nosotros otorgando una nueva vida.

 


Jesús resucitado debe fortalecer a los discípulos, convencerlos  que Èl está vivo para que puedan dar testimonio de la resurrección. Vemos cómo, entonces, se aparece a estos hombres temerosos, encerrados por miedo a los judíos. 
Lo primero que les regala es el don de la paz, "la paz esté con ustedes" dice,  esa paz que el mundo no puede dar, sino que solamente Cristo puede otorgar, esa paz que, como define San Agustín, es "la tranquilidad en el orden".
Y los discípulos están a su vez llenos de alegría al ver al Señor, de modo que, junto con la paz, les da el gozo, la alegría de verlo, de contemplarlo nuevamente vivo. 
A su vez, el Señor hace algo muy importante, sopla sobre ellos, luego de enviarlos, "como el Padre me envió, también yo los envío a ustedes, reciban el Espíritu Santo", afirmando que los pecados que los apóstoles perdonen serán perdonados, y los que retengan serán retenidos en el cielo.
Y de esta manera instituye el sacramento de la misericordia, el sacramento de la penitencia o reconciliación. 
Por eso este domingo también lo conocemos como el de la divina misericordia, recordando a Cristo misericordioso,  para rendirle homenaje en su perdón continuo hacia nosotros. Cristo misericordioso, que, como dice la escritura, busca la conversión del pecador, no su muerte, busca que viva, que pueda experimentar el gozo de la reconciliación. 
La misericordia divina que, como dice el Papa San Juan Pablo segundo, recibimos de las llagas benditas de Jesús.
En efecto, a través de las llagas de las manos, de los pies y, del costado, brota la infinita misericordia de Dios, que quiere derramarse sobre nosotros otorgando una nueva vida. 
Esperando, por cierto, una conversión sincera y una decisión también firme de luchar por vivir en gracia, por rechazar el pecado, por no dejarnos conquistar por el espíritu del mal. 
Y así, transformados, entonces, los creyentes, por la acción del Espíritu Santo, podemos realizar una vida nueva, como acabamos de escuchar en la primera lectura, en el libro de los hechos de los apóstoles (2, 42-47).
En efecto, san Lucas relata cómo vivían las primeras comunidades que estaban dichosas con Cristo resucitado, donde todos vivían la koinonía, o sea, la comunión.
Una misma fe, una misma esperanza, una misma caridad. Esos cristianos que, además, ponían sus bienes al servicio de los otros, atendiendo así las necesidades del prójimo.
Por otra parte, estaban unidos en la oración y también en la fracción del pan, es decir, en la celebración de la eucaristía. Cristo resucitado, entonces, viene a transformar no solo las personas, sino también las comunidades, mientras tanto, los discípulos van proclamando la buena nueva del resucitado con fuerza, con seguridad, de tal manera que va aumentando el número de los creyentes. 
Justamente en los días de esta octava de Pascua, hemos proclamado los discursos de Pedro, padeciendo la cárcel, afirma la Palabra de Dios que, cuando ellos hablaban, se iban incorporando a la nueva fe numerosas personas, tres mil o cinco mil, según el lugar,  asombrados todos por la curación del paralítico, en la que veían una señal clara, una manifestación de Cristo resucitado. 
Así sucedía, porque los mismos apóstoles decían, es Cristo el que le ha devuelto la capacidad de caminar a este hombre. También nosotros hemos de implorar esa capacidad de poder caminar valientemente, predicando el evangelio del Señor. Queridos hermanos, vayamos al encuentro de Cristo resucitado, agradezcamos su infinita misericordia para con nosotros, tantas veces recibida, implorando nos otorgue su gracia para poder darlo a conocer en medio de un mundo que se ha olvidado de Dios.

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera CruzArgentina. Homilía  en el Segundo domingo de Pascua. ciclo A. 12 de abril de 2026

6 de abril de 2026

La madre que goza viendo a su Hijo nuevamente vivo, la madre que lloró su muerte se alegra ahora al verlo resucitado de entre los muertos.

La Palabra de la Escritura primero nos transmitió la verdad sobre el hombre que es creado a imagen y semejanza de Dios.
En efecto, Dios crea al varón y a la mujer y les deja un mandato concreto que dominen la tierra y al mismo tiempo que se multipliquen, afirmando que todo está puesto a sus pies.
Pasado el tiempo y luego que el hombre comete el pecado de los orígenes, Dios se acuerda de la humanidad, y en su Providencia busca liberar al hombre de su pecado y constituido Israel como pueblo elegido lo libra  de la esclavitud de Egipto.
A ese pueblo de Israel numeroso, y que a pesar de ser el elegido, es y seguirá siendo muchas veces rebelde a Dios y pecador, el Señor  lo ama, y lo hace pasar por el mar Rojo signo de su liberación y un anticipo del bautismo.
Dios, a su vez hace nuevas todas las cosas  recuerda Isaías, y San Pablo escribiéndole a los cristianos de Roma, les enseña que por el bautismo hemos muerto al pecado y  renacido a la vida de la gracia. 
En efecto,  en el sacramento del bautismo son sepultados nuestros pecados  y renacemos a la vida de la gracia, de modo que la muerte y resurrección de Cristo se repite en este sacramento cuando recibimos sus aguas purificadoras.
Y sabemos también que el misterio pascual se actualiza en cada misa, en cada Eucaristía, aunque de un modo incruento.
Por otra parte,  ¿ qué nos dice el texto del evangelio? Que Jesús resucita de entre los muertos, y el ángel  anuncia a María Magdalena y a la otra María que a quien buscan no lo encontrarán porque ha resucitado, asistiendo luego al encuentro en que Jesús se manifiesta a estas dos mujeres que están exultantes,  quieren abrazarlo, retenerlo, pero Jesús les dirá "vayan, avisen a mis hermanos que he vuelto a la vida, que vayan a Galilea", ya que allí se encontrará con ellos. 
Pero hay algo que la Sagrada Escritura no menciona, pero que  aconteció, y es que Jesús seguramente se apareció en primer lugar a su madre Santísima, a la Virgen María.
San Ignacio de Loyola en los ejercicios espirituales lo recuerda con una meditación, que Jesús se aparece a su madre, verdad congruente con el hecho de que Ella lo acompañó hasta la crucifixión, que allí Jesús le dejó el encargo de tomarnos  como hijos suyos, lo cual hace probable que el Señor, a la primera que visita es a su madre.
Podemos imaginarnos cómo fue ese encuentro, cargado de emoción, de ternura, de alegría. 
La madre que goza viendo a su Hijo nuevamente vivo, la madre que lloró su muerte se alegra ahora al verlo resucitado de entre los muertos. 
María santísima, por cierto, llevará a lo largo de su vida ese recuerdo tan hermoso de haberse encontrado con su Hijo, y de seguir sus pasos en la contemplación del silencio.
Como decìa, no aparece en el texto del evangelio ni siquiera una vez la aparición de Jesús a su madre, pero la fe nos dice que fue la primera en recibir esta alegría, y Ella no pretende que todo el mundo sepa que tuvo ese privilegio, pero sí transmitirá que su Hijo ha resucitado de entre los muertos. Pensemos que también el Señor quiere estar presente en nuestras vidas a través de la oración,  del encuentro personal con él,  de los sacramentos, de las buenas obras que hagamos, allí está presente Cristo resucitado.
Por lo tanto hagámonos presentes con Èl en el mundo y que el mundo conozca por nuestro testimonio que Jesús ha resucitado de entre los muertos, y vive para siempre para darnos su gracia y para guiarnos a las moradas eternas.

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera CruzArgentina. Homilía  en la noche de la Vigilia Pascual. 04 de abril de 2026

4 de abril de 2026

Aprendamos de Jesús, y hagamos el ofrecimiento de todos nuestros dolores, nuestros sufrimientos.

 


Hemos recorrido la Pasión del Señor y contemplado cada uno de sus sufrimientos, no solo físicos, sino también morales, los insultos, los desprecios, el ser considerado nada, el que se jugara permanentemente los intereses de Pilato, de los judíos, de los sumos sacerdotes, cada uno tironeando para ver quién vencía en medio del juicio.
 Cristo, sin embargo, habla lo indispensable, calla ante tanta maldad, porque está cargando sobre sí el pecado de toda la humanidad de todos los tiempos. 
Es muy importante que no pase desapercibido para nosotros este hecho de la crucifixión del Señor, cada vez que lo veamos en la cruz, pensar cuánto le costamos. 
Como dice la escritura, no fuimos rescatados con oro y plata, sino por medio de la sangre del Hijo de Dios hecho hombre, Cristo entregándose totalmente, realiza la voluntad del Padre. 
Así lo anunciaba, "he aquí que vengo a cumplir tu voluntad". Aprendamos de Jesús, hagamos el ofrecimiento de todos nuestros dolores, nuestros sufrimientos. 
Todos en la vida experimentamos el dolor, el sufrimiento, el desprecio, el ninguneo, el no ser tenidos en cuenta, el ser humillados. Aunque nosotros no lo busquemos, el misterio de la cruz estará presente siempre en nuestra vida. 
Si ante ese hecho nos rebelamos, perdemos la oportunidad de crecer en santidad, si en cambio, cada acontecimiento negativo que nos haga sufrir se lo ofrecemos al Señor, creceremos en santidad. 
Cuando somos despreciados, acordarnos de Cristo despreciado, cuando seamos insultados, lo mismo, cuando nos odian, pensar en el odio que tuvo que soportar él. 
En todo momento de nuestra vida tenemos la oportunidad de encontrarnos con el Señor y ofrecerle padeciendo libremente todo lo que nos acontece en orden a unirnos más y más a Él, y dar ejemplo también de una vida nueva a aquellos que nos contemplan. 
Queridos hermanos, el misterio de la cruz de Cristo no se termina en este viernes santo, ni siquiera se termina mañana con la Vigilia Pascual, con la Pascua del domingo, sino que sabemos que cada día de nuestra vida hemos de morir y hemos de resucitar. 
Estos son los frutos abundantes de su pasión, de su muerte y de su resurrección.

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera CruzArgentina. Homilía  en el viernes santo de la Pasión del Señor. 03 de abril de 2026.

3 de abril de 2026

Con la Eucaristía anticipamos la comunión que se realizará en el cielo, por eso la exigencia del sacramento eucarístico de recibirlo en estado de gracia.



En la última Cena, Jesús instituye dos sacramentos, el Orden Sagrado y la Eucaristía, y a su vez enseña cuál es la actitud que debe regir entre los cristianos, la del servicio.
El Orden Sagrado es el sacramento que hace posible celebrar la Eucaristía, ya que el sacerdocio se orienta a la celebración de la misa.
Es necesario que haya un ordenado in sacris en el grado de presbítero para que se pueda confeccionar la Eucaristía. 
Por eso hoy también recordamos el ministerio sacerdotal, que es esencial en la vida de la Iglesia. 
El sacerdocio ministerial, como recuerda el Concilio Vaticano II, y el Papa León XIV lo ha mencionado no hace mucho, es totalmente distinto al sacerdocio bautismal, aquel que poseemos todos los bautizados. 
No solamente hay una diferencia de grado, sino de naturaleza misma. Por el bautismo somos constituidos hijos adoptivos de Dios y miembros de la Iglesia, y capacitados para recibir  los sacramentos.
Pero el orden sagrado hace que el sacerdote pueda confeccionar los sacramentos, muy especialmente el de la Eucaristía.
En efecto, por  la celebración de la misa y con las palabras de la consagración, Jesús se hace presente sobre el altar, viene a nosotros. 
A través de la misa, se repite el sacrificio de la cruz, aunque de un modo incruento, es decir, no hay derramamiento de sangre, es el sacrificio de la cruz que se realiza bajo los signos sacramentales. 
De manera que estos dos sacramentos están íntimamente unidos, ya que el Orden Sagrado  se orienta a la Eucaristía, y, a su vez, la Eucaristía hace ver que es necesario el sacramento del Orden.
A la Eucaristía el Señor la da como alimento hasta que Él vuelva. 
Así, con la Eucaristía estamos adelantando la comunión que se realizará plenamente en el cielo, por eso la exigencia propia del sacramento eucarístico de recibirlo en estado de gracia, sin pecado mortal, para que pueda producir los efectos de unirnos al Señor. 
Por esta unión podemos decir con San Pablo: "no vivo yo sino que es Cristo quien vive en mí".
A su vez,  esto conduce a todos a la actitud del servicio, ya que Jesús al lavar los pies de sus discípulos advertirá que en ese momento no entienden pero que después captarán el sentido de esa acción.
Lavar los pies es una función propia del esclavo, por lo que Jesús se hace esclavo y da ejemplo, para que también  estemos dispuestos a servir a los demás siempre considerando a los otros como mayores. 
De manera que la vivencia de la eucaristía, la unión con Cristo,  ha de conducir inmediatamente a la unión con el prójimo, con el otro, reconociendo de esa manera que todos somos hijos del mismo Padre. En esta noche santa, hermanos, recibamos con alegría estas enseñanzas cada vez más transformados por el mismo amor de Dios.

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera CruzArgentina. Homilía  en el Jueves santo de la Cena del Señor. 02 de abril de 2026.