9 de marzo de 2026

La samaritana que encontró la fe en el Señor, será portavoz del mensaje de salvación anunciando que ha hallado al Mesías.

 Si tomamos el salmo cuarenta y uno,  cantamos diciendo: "Mi alma tiene sed de Dios, ¿Cuándo llegaré a ver su rostro?" Esto nos ayuda a entender de entrada que hablar de la sed de agua es referirnos al deseo de estar con Dios y de alcanzarlo a través de la fe, esa virtud por la cual nos adherimos a Jesús como el Hijo de Dios hecho hombre. 
En el Antiguo Testamento (Éxodo 17,3-7) el pueblo que caminaba hacia la tierra prometida está sediento,  se queja y murmura contra Moisés, y de Dios se pregunta, "¿El Señor esta realmente entre nosotros, o no?" Y el Señor le dirá a Moisés que golpee la roca en el Horeb para que tengan agua abundante los israelitas y sus animales. 
A esa roca  siempre se la identificó con Cristo, es la roca viva, de donde mana el agua de la salvación. 
El agua es siempre signo de vida, aunque también de muerte, de muerte cuando se desbordan los ríos y se producen inundaciones, y también cuando borra nuestros pecados en el bautismo transformándonos en hijos adoptivos de Dios. 
Es signo de vida cuando reverdece y se nutre la naturaleza,  y  a su vez, significa la salvación con que es bendecido el pueblo de Israel cruzando el Mar Rojo y  después el río Jordán frente a Jericó.
Además, en el bautismo, el agua  representa la resurrección futura de cada uno, indica la gracia que Dios  concede en abundancia cada vez que la pedimos y buscamos unirnos a Él recordando lo que dice hoy San Pablo (Rom.5,1-2.5-8) que justamente por la muerte de Cristo  fuimos salvados. 
El texto del evangelio (Jn. 4,5-42)  muestra a Jesús que tiene sed, pero más que la sed material, la sed de la fe de esa mujer, de la samaritana. 
Normalmente los judíos para ir a Jerusalén no pasaban por estos lugares de los samaritanos, justamente porque estaban enemistados. 
Pero Jesús quiso pasar ex profeso, porque la samaritana, como dice San Agustín, representa a la Iglesia de los paganos, aquellos que no provienen del judaísmo, pero a los cuales también se los llama a través de la fe a adherirse a Jesús como el salvador del mundo. 
El Señor conduce poco a poco a esta mujer por el proceso de la fe, siendo de hecho un signo que, cuando ella regresa a su pueblo, deja el cántaro en el pozo, no se lleva agua. 
En efecto, ya no necesita sacar el agua que amortigua la sed temporal, porque ha recibido el agua de la fe, de la salvación, que otorgó Cristo nuestro Señor, y ella misma, así transformada, será portavoz delante de los demás ciudadanos, proclamando que ha encontrado el Mesías. 
El texto bíblico señala que Jesús permanece allí dos días, y que muchos samaritanos creyeron en él, por lo que decían respecto a la samaritana, "ya no creemos porque tú lo has dicho, sino porque nosotros hemos comprobado que Él es el Mesías". 
El tiempo de cuaresma es un tiempo especial que invita a encontrarnos con Jesús como fuente de agua viva, para que crezca nuestra fe en Él, y para que esa fe se traduzca en obras concretas de conversión. 
Hermanos, pidamos la gracia de lo alto para  alcanzar el don de la vida nueva que nos quiere entregar copiosamente Jesús.

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera CruzArgentina. Homilía  en el 3er domingo de Cuaresma.  ciclo A. 08 de marzo de 2026.

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