2 de marzo de 2026

Escuchemos la palabra de Jesús, porque como dice el Padre: "Este es mi hijo muy amado, escúchenlo", y así caminemos seguros hasta llegar a la meta.


Cada año en el segundo domingo de cuaresma, se proclama el texto evangélico que refiere a la Transfiguración del Señor, y en este año, según la versión de san Mateo (17,1-9).
De esta manera pasamos del desierto, como contemplamos el domingo pasado, al monte Tabor, a las alturas, donde allí Jesús resplandece, se transfigura ante Pedro,  Santiago y Juan, los discípulos que lo  acompañarán también  en el Getsemaní. 
La transfiguración refiere al momento en el cual  Jesús se manifiesta en su divinidad, de una manera tal que los discípulos pudieron contemplar esta especial forma de revelación personal del Señor.
En el monte Tabor, Jesús se transfigura, se deja ver en su esencia divina, como era posible en este mundo ante los ojos de los apóstoles, lo cual  produce una gran alegría en sus corazones, tanto que Pedro manifiesta lo bien que están, y lo impulsa a  ofrecerse para levantar tres carpas, para Jesús, Moisés  y Elías.
Jesús, por su parte,  enseña que viene a llevar a plenitud la ley de la antigua alianza, recibida por Moisés, que en Él se cumple todo lo que habían anunciado los profetas, y que, luego de sufrir la pasión y la muerte, resucitará. 
De manera que los apóstoles están ahí contemplando, podríamos decir, el estado glorioso del cuerpo de Cristo por anticipado, ya que  debía fortalecerlos. 
En efecto, se acercaba el momento de la pasión y, los discípulos serían tentados a no comprender nada, a huir de la situación, como de hecho lo hicieron, porque en definitiva el único que fue fiel hasta el final fue Juan, los demás no son mencionados en todo lo que es la pasión, salvo la traición de Judas y la negación de Pedro. 
Jesús quiere, entonces, fortalecerlos, para que, llegado el momento, no se escandalicen, y conozcan que después de la pasión y muerte que han de compartir, sigue la resurrección gloriosa.
A su vez, el Padre del cielo dirá, "este es mi Hijo muy amado, escúchenlo", estableciendo así  lo que todos debemos realizar. 
O sea, no dejarnos aturdir por tantas voces, por lo que escuchamos a lo largo del día, y más bien permanezcamos pendientes de la Palabra de Dios, que es la que nos otorga seguridad, ya que lo demás es todo pasajero, es humo que se dispersa. 
Es la palabra de Cristo la que debe dar sentido a nuestra existencia, porque a través de Cristo, como lo recuerda san Pablo en la segunda lectura (2 Tim. 1,8-10), recibimos la gracia, o sea, la posibilidad de participar de la misma vida de Dios. 
La escucha amorosa de Cristo nuestro Señor, el seguimiento de su Palabra, hace posible el desprendimiento de uno mismo para seguir el plan de Dios que significa compartir los sufrimientos que es necesario padecer por el evangelio.
En efecto, muchas veces desconfiamos de la Palabra de Dios, siguiendo el mensaje del maligno susurrado en el comienzo de la creación.
Y así, tanto tomamos como dogma de fe lo que dice el mundo, lo que enseña la cultura de nuestro tiempo, lo que la costumbre mundana muestra, que descuidamos la escucha fiel del Señor que habla.
No, tenemos que ir a escuchar la palabra de Jesús, porque "Este es mi hijo muy amado, escúchenlo". ¿Quieren caminar seguros? ¿Quieren llegar a la meta? Pues vayamos y escuchemos a Jesús,  que promete la gloria y la resurrección. 
No solamente Él resucita, sino que también nosotros alcanzaremos la gloria de la resurrección. Pero hay que pasar antes por la pasión y por la muerte en cruz, por eso es que la cuaresma nos sigue preparando para vivir la Pascua del Señor,

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera CruzArgentina. Homilía  en el 2do domingo de Cuaresma.  ciclo A. 01 de marzo de 2026.


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