8 de noviembre de 2009

Sic transit gloria mundi


Vivimos insertos en un mundo que en la actualidad ha perdido su rumbo verdadero, el que le viene por su realidad creatural, esto es, el orientarse hacia el Padre de todos que nos llama a participar de su misma vida. La humanidad entera sigue gimiendo con los dolores de parto que darán lugar a un Cielo nuevo, y a una Tierra nueva, no sabemos cuándo.
Nuestra patria, lugar de exilio para los creyentes que caminamos hacia la verdadera Patria que no se deshace, se dirige según la experiencia de cada día a su disolución final, de la que nos liberaremos no por nuestro obrar, sino por la infinita misericordia de Dios que suscitará cuando Él quiera un brote nuevo que nos haga renacer de las miserias más profundas.
Hasta que esto ocurra –como sucediera con el pueblo elegido-, la corrupción más profunda, y su enseñoramiento cada vez más procaz lo invaden todo. La violencia impune sigue desatándose con prisa y sin pausa. Quienes debieran trabajar por el bien común sólo atinan a cebarse en las miserias y migajas de los marginados de la sociedad. La prepotencia de unos pocos que detentan el poder más absoluto, no da señales de concluir. Dejamos tras cada uno de nosotros una tierra arrasada para las generaciones futuras.
El común de la gente ha perdido ya la esperanza por un futuro mejor, no sólo temporal sino también eterno. Sólo interesa vivir el momento ya sea porque no sabemos qué pasará mañana, ya sea porque la cultura del disfrute a toda costa ha ido poseyendo las mentes y corazones de cada vez más voluntades.
En medio de tantos intentos por destruir la verdad y sumir a todos en el reinado de la mentira y la ficción, la Iglesia aparece una vez más entre y ante nosotros como un faro cuya luz nos permite descubrir el verdadero sentido de la vida.
En efecto, al proclamar ante el mundo cuál es nuestro origen -nacidos de Dios- , nos muestra el camino que conduce a la meta que esperamos alcanzar y desde la cual llama a toda persona de buena voluntad a salir de un pesimismo cada vez más lacerante para otear un futuro de gloria.
La festividad de hoy –Todos los Santos- nos permitir ingresar en un remanso de paz y gozo inconmensurables.
Mientras el presente se obstina en que permanezcamos en la mediocridad de la gloria mundana, la liturgia de este día nos afirma que en la evocación de los santos empalidece la gloria de este mundo –sic transit gloria mundi- porque pasan los oropeles del tiempo y sólo queda la permanencia del encuentro definitivo con Dios.
En el espíritu del sermón de la montaña (Mateo 5,1-12) comprobamos la crudeza de esta verdad, ya que disiente con la superficialidad contemporánea que vivimos en nuestra sociedad.
El “¡Felices los que tienen alma de pobres!” (Mt.5, 3) porque al no dejarse esclavizar por la avaricia poseerán el Reino de los Cielos, contrasta con lo que proclama el espíritu mundano con el “felices los que han puesto su confianza en las riquezas como salvoconducto de sus vidas efímeras”, sin recordar la advertencia de “¡Ay de ustedes los ricos, porque ya tienen su consuelo! “(Lc.6, 24).
Felices los que sufren con paciencia toda desventura enfrenta a los que se gozan seguros de sus proyectos y planes mundanos.
“¡Felices los que lloran porque serán consolados!” (Mt.5, 5), contraría a los que se sienten radiantes cebándose en los despojos de sus hermanos, olvidando el tremendo aviso evangélico que recuerda “¡Ay de ustedes los que ahora ríen, porque conocerán la aflicción y las lágrimas!“(Lc. 6, 25).
“¡Felices los que tiene hambre y sed de justicia, porque quedarán saciados!” (Mt. 5, 6), corresponde al deseo y al clamor de tantos ante una justicia largamente esperada que se sienten agobiados por la burla a sus derechos conculcados por la soberbia de los que olvidan la admonición de la escritura: “¡Ay de ustedes los que ahora están satisfechos” gozándose en la impunidad de la injusticia, “porque tendrán hambre!” (Lc. 6, 25).
“¡Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia!” (Mt.5, 7), nos enseña Jesús, mientras los hombres alejan cada vez más su corazón de las miserias de unos y otros.
Mientras los que tienen el corazón puro ven cada vez más a Dios y desde Él a sus prójimos, el mundo se regodea en todo tipo de impurezas y el interior del hombre se llena de malas intenciones y deseos que quitan el equilibrio de cada uno.
Los que trabajan por la paz son llamados hijos de Dios, mientras el mundo se presenta cada vez más despiadado por la violencia, las guerras y todo tipo de división que va destruyendo aún la posibilidad de vivir en armonía.
Los que trabajan por la justicia son cada vez más escasos en una sociedad que se construye sobre las injusticias más profundas que claman con fuerza ante el Creador buscando explicación ante tanta maldad.
Sin embargo, la enseñanza evangélica sigue invitando a responder de una manera nueva, sin temer nunca por las contrariedades de la vida, ya que “¡Felices los que son perseguidos por la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos!” (Mateo 5, 10). En realidad, aunque parezca que vence la injusticia más grosera, los hombres de buena voluntad confiamos en que la justicia de Dios brillará en su esplendor.
Jesús no profetiza un camino de rosas a quienes lo sigamos en este mundo, ya que como Él seremos insultados, perseguidos y calumniados de toda forma por su causa, aunque nos asegura que la recompensa final será grande, acorde con los elegidos (cf. Mt. 5, 11 y 12).
Este anuncio del Señor de cara a la vida de la Iglesia de todos los tiempos se cumple también en la actualidad, tal como Él lo había anticipado
.
Ante tanta persecución y burla recibida por ser creyentes o por querer vivir como el Maestro, no hemos de desanimarnos, como quien no tiene razón o peso en medio de la sociedad, por el contrario, la actitud evangélica que se corresponde es la de la alegría por ser considerados dignos de dar testimonio de nuestra fe y vida diferente.
Más aún, hemos de darnos cuenta que cuanto más se desprecie la fe y vida católicas, más se reconoce su verdad y grandeza, de allí la repulsa expresada en los que odian la fe. Impotentes para contradecir la verdad evangélica con argumentos firmes, se esconden en la fuerza del poder que muchas veces detentan para intentar destruir todo lo santo.
De allí que no pocos legisladores y políticos son los que en todas partes no cesan de intentar callar a la Iglesia, porque su enseñanza –sostenida desde siempre- les es insoportable ya que se impone – a su pesar- con la luminosidad proveniente de Aquél que es la luz del mundo.
En nuestros días se pretende diluir el matrimonio con “nuevas formas”, so pretexto de no discriminar y en base a “supuestos” derechos fantasiosos.
Con esta decisión fruto del voluntarismo y no de la recta razón, no sólo se canoniza la validez fundante de la familia y por ende de la sociedad en la natural unión del varón y de la mujer –y por eso se quieren equiparar a ella otras uniones- sino que se reconoce también por ello la perdurabilidad efímera de estos estilos de vida por la imposibilidad de reconciliarlos con la naturaleza de las cosas.
Mientras perversas motivaciones ideológicas y dinerarias continúan quemando incienso en el altar de Moloc con la destrucción de personas que no ven la luz del tiempo por el crimen del aborto, la gloria del cielo seguirá creciendo con la presencia de “los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero” (Apoc.7, 14).
Aclamar a los santos hoy, es celebrar ya en el tiempo la culminación feliz de nuestra esperanza, tenerlos a ellos no sólo como intercesores ante el Padre, sino como modelos que nos alientan a seguir en este mundo como trigo en medio de la cizaña, dando testimonio de nuestra esperanza con la vivencia de una fe inquebrantable en el Señor y su Palabra liberadora de todo lo que nos oprime.
El triunfo de los santos es una proclamación constante ante los que obran el mal, que sic transit gloria mundi, así pasa la gloria del mundo, y que sólo permanece como verdad la presencia de “una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblos y lenguas” gritando “con voz potente: ¡La Salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!” (Ap.7, vers.9 y 10).
Es en la Vida Eterna que se dará cumplimiento aquello que los fieles de todos los tiempos hemos creído, esperado y amado: “La bendición y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Dios, por los siglos de los siglos. Amén” (Apoc. 7, 12).-

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Padre Ricardo B. Mazza. Párroco de “San Juan Bautista” en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina.- Domingo 01 de Noviembre de 2009. Solemnidad de Todos los Santos. ribamazza@gmail.com;www.nuevoencuentro.com/tomasmoro; http://ricardomazza.blogspot.com.-/

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31 de octubre de 2009

“Yo te amé con amor eterno, por eso te atraje con fidelidad” (Jer.31,3)


1.-“El resto”, amado con amor eterno.
La misión profética de Jeremías no consiste únicamente en “arrancar y derribar”, sino también en “edificar y plantar” (Jr. 1,10). Jeremías luchó durante muchos años para suprimir el mal que desgarraba la vida del pueblo elegido. Pero Judá no supo responder a su mensaje. El pecado tiene raíces tan profundas en el corazón del hombre que éste no puede liberarse de ese lastre por sí mismo. Parecería que Dios ha fracasado en su intento de formar un Pueblo fiel. El profeta no se deja desmoralizar al comprobar esta esclavitud profunda en el corazón del hombre, y predice una futura intervención de Dios que cambiará las relaciones del pueblo con Él.
Después de un período de purificación en el exilio, el pueblo se alegra con la esperanza del retorno a su Patria (Jer.31, 7-9). Quienes regresan configuran el “resto” de Israel, un grupo formado no por victoriosos sino de salvados, constituyendo el centro que atraerá a las naciones que respondan a la misericordia y al llamado de un Dios que siempre se encuentra con el hombre para rescatarlo de sus miserias más profundas.
La transformación interior de este”resto” o pequeño rebaño influye en la innovación incluso de todo lo que le rodea. La tierra se transforma según el corazón de los hombres, y los que “habían partido llorando” retornan “llenos de consuelo” y conducidos a “los torrentes de agua por un camino llano” (Jer 31,9).
El salmo 125 que responde al texto de Jeremías continúa en la misma línea de alegría desbordante en el corazón humano porque “el Señor ha estado grande con nosotros” (Ps. 125,1). El júbilo es tan grande que hasta los paganos reconocen que “El Señor ha estado grande con ellos”, reza el salmista alborozado.
Todo irradia la felicidad desbordante que derrama la misericordia de Dios, lo cual asegura que en la fidelidad al Creador se encuentra la fuente de tanto don y grandeza en el “resto”, pequeño rebaño anunciador de lo que vendrá en el Nuevo Testamento con la presencia de Jesús.
De allí que la Iglesia de nuestro tiempo presencializa “el resto” de Israel en medio de una cultura indiferente hacia Dios y prescindente de la búsqueda de la grandeza del hombre desde el corazón recto que se orienta hacia Aquél que lo restituye en su santidad original.
A pesar de sus límites y de ser muchas veces ignorada por sus contemporáneos, la Iglesia sigue siendo, por voluntad de Jesús, un signo de salvación y el centro de la Historia.
Tanto en el “resto” de Israel, como en la Iglesia “pequeño rebaño”-“pusillus grex”- (Lc. 12,32), se concretan las palabras del Señor: “Yo te amé con amor eterno, por eso te atraje con fidelidad” (Jer.31, 3).

2.-Bartimeo, el amado con “amor eterno”
El texto evangélico del día (Mc.10, 46-52) nos presenta la figura de Bartimeo, el ciego de Jericó, sentado junto al camino, imposibilitado por su ceguera y pobreza de avanzar por la vida como los demás hombres. Seguramente muchos pasarían de largo al verlo “al costado” del camino, ya que su presencia no conmociona el corazón de los caminantes, acostumbrados a advertir tantos excluidos de la sociedad y de la vida.
Bartimeo podría –como muchos de los desechados - estar “conforme” y resignado por su situación, sin esperar ya nada ni de Dios ni de los demás.
Sólo le queda asumir su realidad y tratar de sobrevivir en medio de una sociedad despreocupada por los “miserables” de este mundo.
Sin embargo, en su corazón espera salir del exilio social y espiritual, gracias al poder ver a Jesús y acogerse a su misericordia salvadora.
“¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!” gritará ante el Mesías.
Muchos lo reprendían –destaca el texto- intentando callarlo. Multitud esta que representa a ese mundo que pretender silenciar el grito angustioso del que tiene fe, como diciéndole, “El Señor está muy ocupado para atenderte a ti”, o “Dios ya no se inclina ante las miserias humanas”.
Pero el ciego seguirá gritando su esperanza, con mayor entusiasmo, seguro de ser escuchado reclamando la piedad de Jesús, como lo hacemos en cada Eucaristía, convencidos de ser tenidos en cuenta.
Y Aquél que se dirige a Jerusalén para el sacrificio redentor, se detiene requiriendo a los que lo rodean: “Llámenlo”.
Fue suficiente que le digan “Levántate, Él te llama”, para que “arrojando su manto”, se pusiera de pie de un salto y fuera hacia Él (cf. v.50).
Arrojar el manto que lo abrigaba en las noches frías en medio de la intemperie, significa para él dejar de lado toda seguridad, prescindir del único hogar cálido que lo protegía en medio de sus miserias.
Ponerse de pie de un salto señala la prontitud de la fe que en medio de la oscuridad de su ceguera corporal mantiene viva su luz esclarecedora. Suplicar la piedad de Jesús implica reconocer su indignidad personal y que sólo el Señor podría rescatarlo de lo más profundo de sus miserias.
A pesar de conocer su necesidad más profunda, Jesús le pregunta acerca de lo que quiere que Él haga a su favor.
“Maestro, que yo pueda ver”, será la respuesta escueta.
Y Jesús, interpretando su deseo más profundo de ser iluminado interiormente, le responde “Vete, tu fe te ha salvado”.
Bartimeo vio con los ojos de la carne, pero no se fue como le dijera el Señor ya que comenzó “a ver” con la luz interior de la fe. De allí que la actitud consecuente con lo en él realizado, fue seguirlo por el camino.
Ya no permanecerá “al costado” esperando ser acogido por alguien –como quizás otros esperaban-, sino que sintiéndose amado por Él con amor eterno, retomó el camino del seguimiento del único que puede rescatar al hombre de sus desdichas.

3.-El hombre desechado, Bartimeo de nuestro tiempo.
El ser humano muchas veces olvidado por todos en su exclusión, espera la presencia de algún salvador, como el argentino desposeído que ilusoriamente cree que los “líderes” de esta sociedad pueden rescatarlo de sus limitaciones. ¡Vana utopía que sólo lleva a la degradación cada vez más profunda del desechado de nuestra sociedad!
Sólo Cristo puede sacar de las miserias más subterráneas, incluyendo el pecado, por eso el evangelio nos deja a todos una enseñanza que puede cambiar no sólo al hombre en particular sino también a la sociedad toda.
La figura de Cristo deja abierta la invitación para que todos los ciudadanos, especialmente los que posean el poder y la responsabilidad de laborar a favor de la justicia social, miremos como Cristo a quien clama piedad desde sus carencias y le ayudemos a salir de ellas, reconociendo su vocación a la grandeza como hijo de Dios.
A su vez el que clama, no conformándose con las dádivas que lo mantienen cautivo, ha de despojarse de las precarias seguridades que le pretenden imponer, para buscar no sólo una vida nueva, sino un compromiso de involucrarse en el trabajo por el bien de todos.
La fe verdadera hace operante a todo hombre de buena voluntad, ya que desde Cristo se busca la dignificación del hombre cesando de oprimirlo como acontece en la actualidad.
Y, por otra parte, el que clama, descubriendo su dignidad de hijo de Dios, no se resigna a ser desechado sino que busca elevarse por encima de sus infortunios sintiéndose co-responsable del crecimiento de todos.
La Argentina toda, en el presente, como Bartimeo, implora aún sin saberlo, la piedad del Señor, y éste le pregunta a su vez ¿qué quieres que haga por ti?
La respuesta, sin duda alguna, ha de consistir en la conversión sincera de todos con el deseo de ser curados por el único que puede rescatarnos de nuestras miserias, para que comencemos a transitar el camino del seguimiento de Jesús, esto es, el recuperar los valores que nos han visto nacer como sociedad cristiana y que hemos desechado, confiando vanamente en las propuestas mundanas de una cultura sin Dios que nos están hundiendo cada vez más en el vacío más atroz.

4.-El que nos amó desde siempre es nuestro pontífice.
El autor de la carta a los hebreos (5,1-6) nos asegura que Jesús como sacerdote eterno según el orden de Melquisedec, es Pontífice, es decir “puente” entre nosotros y el Padre, el cual habiendo asumido nuestras debilidades, menos el pecado, expió nuestras culpas por medio de su sacrificio redentor, ofreciéndose como mediador para alcanzar la meta para la que fuimos creados.
Esta presencia salvadora de Jesús nos consuela en medio de tantas incertidumbres presentes en la actualidad, y nos confirma que el Señor es el único camino que puede preservar al hombre de innúmeras miserias.
El ser humano ha intentado todo alejándose de Dios y su misericordia, y sólo hemos conseguido vivir en el presente como exiliados en nuestra propia Patria a consecuencia de no procurar seguir por el camino que nos muestra Jesús y conduce a la gloria del Padre.
Crezcamos en la fe recibida y acudamos de nuevo al único que puede mostrarnos una existencia nueva.

Padre Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de “San Juan Bautista” en Santa Fe de la Vera Cruz. Homilía del domingo 25 de Octubre de 2009, XXXº del tiempo Ordinario, Ciclo “B”.- ribamazza@gmail.com; www.nuevoencuentro.com/tomasmoro; http://ricardomazza.blogspot.com.-/
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25 de octubre de 2009

Servir es la misión del seguidor de Cristo


La liturgia Eucarística es siempre sacrificial, porque es memorial y actualización del sacrificio de la Cruz. Pero éste su carácter, queda hoy evidenciado especialmente por la Liturgia de la Palabra, centrada enteramente en el misterio de la pasión y muerte de Jesús.
En la primera lectura, el profeta Isaías (53,10-11) en breves versículos anuncia el plan divino acerca del Siervo de Yahvé”, figura de Cristo: “el Señor quiso triturarlo con el sufrimiento”. Tal fue la voluntad de Dios que quiso entregar a su Hijo por la salvación del mundo, y tal será la voluntad de Cristo “cuando entregue su vida como expiación”.
Ese sacrificio voluntario “justificará a muchos”, o sea, preservará a la multitud de los hombres que acepten ser salvados. El precio será su muerte, con la que expiará “los crímenes de ellos”.
En verdad no es poca cosa el pecado –lejanía y olvido de Dios-, como tampoco es una figura literaria el amor de Dios a los hombres, si para redimirlos ha querido que su Hijo muriese en la Cruz. Muerte que concluyó, es cierto, en la gloria de la resurrección, pero sólo pasando por los rigores y las angustias más crueles.
El Evangelio del día (Mc. 10, 35-45), deja oír la petición de los hijos de Zebedeo en contraste con las enseñanzas de Jesús que por tercera vez anuncia su pasión redentora:”Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda”.
Cristo piensa en su muerte redentora, en la entrega total de sí en la humillación más agobiante, mientras que sus discípulos –fiel reflejo del criterio mundano- buscan evadirse del sufrimiento y asegurarse en cambio el honor a través de los puestos que los enaltecerían junto a un Mesías temporal que presumen será encumbrado.
Tentación continua la del hombre será esta de no escuchar al Señor de la Cruz, ensimismado y cegado por las glorias pasajeras que aseguran sólo bienestar y el disfrute efímero de aquello que deja vacío el corazón humano.
Jesús, que viene a salvar al hombre de toda esclavitud, con paciencia a pesar de ver la incomprensión que lo rodea, seguirá insistiendo en lo que personifica lo esencial de su mensaje, señalando que quien quiera tener parte en su gloria deberá beber el cáliz del sufrimiento: “¿Son capaces de beber el cáliz que yo he de beber?”.
Juan y Santiago se apresuran a responder afirmativamente, empujados todavía por el deseo de la gloria mundana, y seguramente sin entender del todo que el precio de la entrada al reino es seguir su mismo camino, apurar con él hasta la última gota del dolor, sumergirse con el Salvador en su pasión y muerte, sin que esto les dé derecho a los primeros puestos, destinados por el Padre a quien quiere.
Sumergirse, en efecto, en la pasión del Señor es sólo condición para entrar con Él a la gloria.
El enojo posterior de los discípulos, que consideran que la actitud de Juan y Santiago era un intento para desplazarlos, sirve para que Jesús les enseñe a todos que lo que verdaderamente importa es el servicio al Evangelio y a los hermanos.
Es constante en la experiencia humana comprobar cómo los que se dicen gobernantes se desempeñan como tales buscando tiranizar y dominar a aquellos a quienes debieran servir- recalca Jesús con perspicacia y presente actualidad en su enseñanza.
Quienes actúan de ese modo viven sometidos a sus deseos desordenados de poder por los que sólo piensan en su propio disfrute y en utilizar a sus hermanos como medio para acrecentar poder y riqueza.
El cristiano y seguidor de Cristo, por el contrario, se ha de conducir de modo que “el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos” (vv.43 y 44).
En la Iglesia de Cristo no ha de haber lugar, por lo tanto, para las mezquinas competiciones del orgullo, para los manejos de la ambición, para el afán de triunfo, gloria o preeminencia sobre los otros.
Si hay competición entre los cristianos ha de ser para pretender el lugar de mayor servicio, no desde la cumbre del poder, -a no ser que así lo disponga el Padre- sino desde la pequeñez de la entrega desinteresada de uno mismo por el bien de todos.
El propio Jesús expresa el fundamento de esta elección por el servicio incondicional acorde con el verdadero seguidor: “el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud” (v.45). Así, pues, el discípulo de Jesús descubre que siguiéndolo a Él con la propia cruz del desasimiento personal, se logra imitarle y entrar en la gloria.
Los otros, en cambio, los que “dominan” a sus hermanos sin ponerse nunca al servicio de ellos, contemplándose siempre en su propia vanidad, ahondan más y más el vacío de sus corazones.
La sociedad entera sería otra cosa si los bautizados todos viviéramos nuestra condición de ciudadanos de la tierra con una actitud de servicio constante.
Si el profesional de la salud, de la educación, si el político o el gobernante, el sindicalista, el consagrado o el simple fiel, viviéramos en esa permanente actitud de servicio como Cristo, muriendo a nosotros mismos, la Patria de la tierra sería transformada.
Cuando la familia procura que cada uno de sus integrantes crezca como ciudadano del cielo y de la tierra, el servicio se transforma en continua entrega de sí por el bien de los otros.
En fin, cuando, para todos sea primordial el servicio a la vida de sus hermanos, en los diversos ámbitos de la dignificación humana, el camino a la gloria estará abierto hasta el encuentro definitivo del Padre con sus hijos, amados y redimidos por el Hijo presente en la historia humana.
Para animar a los creyentes a llevar la Cruz, el autor de la carta a los Hebreos (4,14-16) recuerda que tenemos en Jesús “un sumo sacerdote grande”, el cual habiéndose hecho en todo semejante a nosotros, menos en el pecado, conociendo y asumiendo nuestras debilidades se ha hecho capaz de compadecerse de nuestras miserias.
Hermanos: El que ahora está sentado a la diestra del Padre para interceder por nosotros, fue pasible del dolor, agonizó y tembló ante el sufrimiento y la muerte, permitiendo esto que podamos acercarnos con seguridad “al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia que nos auxilie oportunamente”. Pidámosle nos ilumine para llegar a comprender nuestro llamado al servicio, y nos otorgue su fuerza para mantenernos siempre en esta actitud semejante a la de Cristo, sin dejarnos seducir por las efímeras gloria del poder mundano.


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Padre Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de “San Juan Bautista” en Santa Fe de la Vera Cruz. Domingo 29 durante el año, ciclo “B”. 18 de Octubre de 2009. ribamazza@gmail.com; www.nuevoencuentro.com/tomasmoro; http://ricardomazza.blogspot.com.-/
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18 de octubre de 2009

INVITACIÓN A LA PERFECCIÓN EVANGÉLICA….


La enseñanza común a los tres textos bíblicos de este domingo gira alrededor del tema de la sabiduría. Esa sabiduría de Dios que es participada por el ser humano, por cada uno de nosotros, y que implica el arte de saber vivir. ¿En qué consiste el saber vivir? En la primera lectura tomada del libro de la Sabiduría (7,7-11) el rey Salomón agradece a Dios por este don que le ha sido conferido como respuesta a la súplica por él elevada oportunamente.
En efecto, antes de comenzar a reinar Salomón le pide a Dios la ciencia suficiente para poder gobernar rectamente a su pueblo y realizar siempre el bien en beneficio del mismo.
Dios, sorprendido por este pedido, ya que no reclamó riquezas, sino que solicitó la sabiduría, el conocimiento, la posibilidad de poder vivir bien él y enseñarle a los demás lo que ha de llevarse a la práctica, le concede la inteligencia suficiente para gobernar correctamente, y le agrega además los bienes terrenales que no había pretendido.
¿En qué consiste este arte del buen vivir o el vivir rectamente? No se trata de saber disfrutar absolutamente de todo, sin medida y sin límite, como muchas veces el común de los mortales entiende, sino que el arte o la sabiduría del buen vivir consiste en seguir la voluntad de Dios.
Es realmente sabio el que sabe discernir los distintos acontecimientos de su vida y sabe aplicar a la realidad de todos los días esa participación que tiene de la sabiduría de Dios.
En la primera oración de esta liturgia dominical dirigida al Padre de todos, y que reúne las intenciones de la Iglesia que peregrina en el tiempo, pedíamos que su gracia nos preceda y acompañe siempre para que estemos dispuestos a hacer el bien.
Sintetiza, como se advierte enseguida, la súplica de todo creyente que quiere ser instruido por la participación de la sabiduría infinita de Dios.
Esta sabiduría implorada permite al hombre saborear, gustar, aquello que lo ennoblece como persona huyendo de lo que lo denigra, del saborear otro tipo de bienes que lo rebajan como persona, que le hacen experimentar placeres pasajeros y que en definitiva no conducen a la plenitud del encuentro con Dios.
Así lo entendió Salomón cuando comenzó a reinar pidiendo lo que necesitaba para su recto obrar, ya que los cetros y las riquezas no son más que “arena” al compararlos con la sabiduría de Dios.
En la segunda lectura, la Carta a los Hebreos (4,12-13) enseña que la Palabra de Dios penetra lo más profundo del hombre, escudriña lo íntimo de su ser, juzga los deseos e intenciones del corazón, y nada se le oculta.
Como ante la sabiduría de Dios todo está patente, esta Palabra nos lo comunica a Él mismo, Palabra viva hecha carne en Jesucristo que entra en diálogo con nosotros mostrándonos el camino de la salvación humana.
Dejarnos descubrir y enseñar por esa Palabra-Sabiduría de Dios entraña el saber responderle con la entrega dócil de toda nuestra existencia que se va transformando a través de la fuerza de la divinidad.
De allí la necesidad de dejarnos enseñar por la Palabra de Dios que nos descubre la intimidad divina que quiere entrar en diálogo con la nuestra.
Si contemplamos la enseñanza del Evangelio (Mc.10, 17-30) nos encontramos con referencias concretas a ese conocimiento especial de Dios y de la vida.
Un hombre se acerca a Jesús y le dice “¿Maestro bueno, qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?” Jesús le contesta refiriéndolo al Padre del Cielo, “¿Por qué me llamas bueno? Sólo Dios es bueno”.
Pero, además, esta pregunta encierra -como dice Juan Pablo II en su Encíclica “El Esplendor de la Verdad” (cap.1º) - otro significado, ya que le está pidiendo a Jesús que le enseñe lo que es bueno y lo que es malo.
Le pregunta acerca de aquello que puede dar sentido a su vida, y esto porque sólo Dios puede enseñar acerca de lo bueno y lo malo, y así evitar caer en equívocos como suele suceder cuando nuestra referencia no es Dios sino el hombre y sus pobres conocimientos sobre el bien y el mal.
No preguntará sobre si puede hacer “lo que le viene en gana” ó “Señor, si yo vivo de acuerdo a lo que siento ¿estoy en el buen camino?”
Cuestión ésta muy común en nuestro tiempo y entre nosotros, ya que se piensa que hacer lo que se siente ya es suficiente para el bien obrar, llevándonos irremediablemente a convivir con el error.
Nos hemos acostumbrado muchas veces a obrar sin pensar demasiado, sin discernir si nuestra decisión es buena o mala, juzgando que el sólo hecho de sentirnos bien con Dios en nuestro interior, justifica el vivir en desacuerdo con sus enseñanzas, introduciéndonos esto en una existencia confusa respecto a la coherencia entre fe y vida que siempre ha de existir.
El hombre que se presenta ante Jesús quiere hacer las cosas en serio, de allí que el Señor le responde: “Ya sabes los mandamientos”, y los enumera rápidamente como ofreciéndole un exámen concreto acerca de los compromisos que se han de tener en cuenta.
Este hombre al preguntar de este modo apunta a investigar el modo cómo llegar a ser sabio, cómo saborear la verdadera vida del espíritu ya que la observancia de los mandamientos realizada desde su juventud no es suficiente para su corazón inquieto y abierto a la perfección.
En el fondo el hombre le está diciendo a Jesús que él ya vive sabiamente, que ha aprendido en qué consiste “el arte de buen vivir”.
Ante esto, trae San Marcos un agregado que no aparece en las versiones de Mateo y Lucas, y es “que Jesús fijando en él su mirada lo amó”.
¿Qué implica esa mirada de amor? Es una mirada de complacencia que le está diciendo “yo sé que es la verdad lo que afirmas”. Pero también es una mirada de amor que interpela, como diciendo “si bien esto es verdad, yo te llamo a algo más profundo, que va más allá de los mandamientos”.
Juan Pablo II advierte en Veritatis Splendor que el llamado posterior del Señor apunta a la vivencia de las bienaventuranzas (Mateo 5).-
Y esto es así porque el amor es exigente, no se queda en el mínimo de nuestra pobre ofrenda personal, apunta a una entrega más plena, a una mayor donación de uno mismo.
De allí que Jesús continúe: “Sólo te falta una cosa” (Mc.10, 21), “si quieres ser perfecto, ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres: así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme” (Mateo 19, 21).
“No te conformes con los diez mandamientos –parecería decirle el Señor- con lo exiguo indispensable, decídete a una entrega mayor que implique el desprendimiento de todo aquello que ahora te ata e impide una ofrenda mayor de ti mismo”.
Y es allí, ante esta interpelación, que percibimos cómo las riquezas lo atan.
No está Jesús censurando las riquezas que posee y de las cuales probablemente hace buen uso, -lo contrario hubiera sido destacado por el Señor sin duda alguna-, sino que lo invita a dejar esos bienes poseídos y correctamente utilizados, para lanzarse a una misión totalmente diferente, desprendido de toda seguridad material, y sólo apoyándose en el Maestro y la fuerza de su Buena Nueva.
Pero el hombre, no obstante su buena intención y su correcto obrar, ha dejado al descubierto que en el momento de elegir entre “dos tesoros”, Cristo o el dinero, no se siente con fuerzas o no quiere dejar las riquezas.
¡Cuántas veces a nosotros nos sucede esto! Agachando la cabeza dejamos solo al Señor cuando Él nos dice que nos falta entregar algo para que nuestra disponibilidad sea completa.
“No te has entregado completamente –nos interpela Jesús- no te decides a dejar esto o aquello que te ata e impide en tu corazón una disponibilidad total y se convierte en obstáculo para una mayor intimidad conmigo”. “Te falta entregarte a vos mismo. ¡Cómo te resistes a dejar aquello que te retiene en tu entrega generosa por la causa del evangelio!”.
Es frecuente que nos hagamos los sordos, que miremos para otro lado, que nos aturdamos con el ruido de las cosas para no escuchar el llamado del salvador.
Por eso ante la falta de respuesta Jesús dirá “¡Qué difícil para un rico es entrar en el reino de los Cielos!”.
No dice que sea imposible, sino que es difícil, porque siendo el dinero u otra realidad creatural bienes exteriores al hombre, sino estamos asentados en Jesús, que es el bien interior supremo, fácilmente se busca el apoyo en lo que está afuera de uno mismo pensando que allí encontraremos la seguridad que no se tiene.
Los apegos cuando desplazan al Señor del corazón humano pueden hacer peligrar hasta la salvación personal, de allí que Jesús hable de la imposibilidad del hombre para salvarse, aunque no para la gracia misericordiosa de Dios.
En definitiva, los tres textos bíblicos apuntan a la necesidad de buscar la sabiduría verdadera que permite conocer cuál es el camino que nos lleva al encuentro de Jesús.
Es una invitación a tomar en serio la vida cristiana, a buscar aún en medio de nuestras debilidades y pecados, la voluntad de Dios para a ella adherir nuestro ser y obrar.
Y como Dios no se deja ganar en generosidad, Jesús promete el ciento por uno a quienes habiendo dejado todo impedimento para su seguimiento, se ponen en camino tras Él en medio de las persecuciones que no faltarán a quien lo siga de verdad.
Poniéndonos frente al Señor preguntémosle qué debemos hacer para seguirlo generosamente, y sabiendo de nuestra debilidad supliquemos su gracia y fuerza para realizar su voluntad.

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Padre Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de “San Juan Bautista”, Santa Fe de la Vera Cruz. Homilía en la Eucaristía del Domingo XXVIII “per annum” Ciclo “B”. 11 de Octubre de 2009; ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com/; www.nuevoencuentro.com/tomasmoro.-
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10 de octubre de 2009

“Varón y Mujer los creó” (Gn.1,27)


“Soledad en la comunión y en la complementariedad, vivencia paradojal entre el varón y la mujer, porque mientras se alegran de ser recíprocamente “la ayuda adecuada”, perciben el límite de la imperfección y el llamado siempre apremiante de la unión con Dios”.


1.-Comenzamos el mes de Octubre y con él providencialmente celebraremos el mes de la familia que nos permitirá reflexionar y apreciar una vez más esta nobilísima institución constituida por el mismo Dios antes de toda sociedad organizada, y por lo tanto fundadora de ella.

La liturgia de este domingo, ha querido Dios, nos inspira para comenzar esta reflexión desde los inicios del mismo hombre.

El libro del Génesis (cap. 2, 18-24) nos permite entrar de lleno en el pensamiento mismo del Creador respecto a su obra más perfecta, el varón y la mujer llamados a la comunión mutua, la cual se instaura en el matrimonio y se perfecciona en la familia.

Anteriormente el texto bíblico señala que Dios colocó al hombre en el paraíso para que “lo cultivara y lo cuidara”(v.15), fijando así su papel de administrador de todo lo creado –dada su estrecha relación con el medio que habita-, para bien de toda la especie humana, respetándolo por lo tanto en su mismo encuadre creacional.

Buscador siempre del bien de su creatura más perfecta –temporal y eterna a la vez-, el Creador afirma “no conviene que el hombre esté sólo. Voy a hacerle una ayuda adecuada” (v.18).

Previamente a ello, y avanzando de lo imperfecto a lo perfecto, Dios modela con arcilla del suelo a todos los animales del campo y a todos los pájaros del cielo y se los presenta al hombre.

2.-El hombre, como señor y administrador de lo creado pone un nombre a todos los animales, pero no encuentra en ellos la ayuda adecuada.

En su soledad primera, el hombre, llamado a la comunión como ser social, cae en la cuenta sin embargo que no ha encontrado la ayuda adecuada.

Con sencillez, el texto bíblico narra la creación de la mujer en la que el varón encuentra a quien lo complementará, de tal modo que exclama dichoso: “¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! “.

La mujer, por lo tanto, es reconocida no como un apéndice del varón sino como complemento perteneciente a su misma naturaleza “porque ha sido sacada del hombre” , y se constituye así en “su” ayuda adecuada.

El hombre pues, creado varón y mujer, se va perfeccionando como tal en la medida que se afirme día a día en la comunión más plena.

Esta comunión se realiza por la complementariedad existente desde el inicio de la creación, ya que “varón y mujer los creó” Dios.

En pocas palabras el texto bíblico resalta la igualdad de naturaleza en los que fueron modelados a “imagen y semejanza” (cf. cap.1,26) del Creador, afirma a su vez su distinción sexual porque los creó varón y mujer, y destaca su complementación mutua ya que la mujer “es hueso” de los huesos del varón y carne de su carne.

La comunión varón y mujer, pues, testifica como signo incoado, temporal y humano, la comunión eterna presente en el Dios trinitario.

Comunión ésta imperfecta, por cierto, ya que llamados a la comunión con el Creador, no pierden la soledad primera hasta encontrarse con Él.

Soledad en la comunión y en la complementariedad, vivencia paradojal entre el varón y la mujer, porque mientras se alegran de ser recíprocamente “la ayuda adecuada”, perciben el límite de la imperfección y el llamado siempre apremiante de la unión con Dios.

3.-Ilusoria y vana resulta por éstas razones la pretensión idiologizada de ciertos supuestos “derechos de género” en los que se engañan quienes quieren imponer a la razón, la ilusión de que la distinción varón y mujer proviene de una “construcción cultural”.

La sabiduría inherente en la Palabra revelada, en este sentido, no sólo atestigua la presencia de la Providencia del Creador en la diversidad de los sexos, sino que reafirma lo que la misma naturaleza creatural distinguida y enriquecida por la realidad varón y mujer nos enseña desde el principio.

Corren presurosos hoy legisladores complacientes al encuentro de las modas desconocedoras de la naturaleza humana, dispuestos a repetir el pecado de los orígenes de querer “superar” a Dios, “creando” uniones civiles que postulan la no diversidad sexual, negando lo que es patente desde los orígenes.

Pretendiendo la complementariedad entre iguales, provocan estos negadores de la Providencia de Dios la solitariedad más profunda en el corazón del varón y de la mujer, impidiéndoles poder manifestar la alegría propia de la comunión entre distintos, y sin conseguir avanzar en la búsqueda de la comunión con la Trinidad en la que se da igualdad de naturaleza pero distinción de personas.

Lejos del proyecto divino presente en la creación, el hombre actual, confundido y aturdido por proyectos desconocedores de su naturaleza, disipa el rumbo de la perfecta armonía y felicidad que la verdad le ha presentado desde la conciencia de su propio ser y consecuente obrar.

Podrán las leyes humanas concebir las incoherencias más grandes en lo referente al ser del hombre, pero les será imposible acallar la verdad misma, descubierta y asumida por todos aquellos que sólo buscan regirse por lo que es conforme con su naturaleza racional.

Ahora bien, ¿tan difícil es captar la verdad acerca del ser del hombre? .

Ciertamente que no lo es para los corazones rectos, pero sí para quienes -oportunistas vendedores de fantasías-, buscan congraciarse con “la realidad”- así la llaman- de lo que es sólo simulacro.

4.-“Por eso el hombre deja a su padre y a su madre y se une a su mujer, y los dos llegan a ser una sola carne” (v.24), continúa el libro del Génesis.

Afirmación ésta bellísima, que atestigua el llamado dirigido al varón y a la mujer, por comenzar -dejado el hogar que los ha visto nacer y en el cual han madurado-, su propio proyecto de vida, la familia.

Dejar el padre y la madre implica que el varón y la mujer, por un acto libre –el consentimiento-, reconocen que la vida no tiene sentido sino la comparten mutuamente.

Decididos a vivir en el transcurso de esta vida la comunión plena, y expresada la unión de los corazones por el consentimiento matrimonial, el varón y la mujer, “llegan a ser una sola carne” por la unión de los cuerpos.

¡Qué mensaje simple deja la Palabra de Dios a una sociedad hedonista que primero busca la unión de los cuerpos sin el compromiso -sellado por el matrimonio- de llegar a ser una sola carne como expresión concreta de la unión de los corazones!

5.-En el Evangelio del día (Marcos 10,2-16), el mismo Jesús, partiendo del texto del Génesis llegará a decir que el divorcio tolerado por Moisés es causado por la dureza del corazón del hombre -fruto del pecado original-, pero que Él viene a sanar la institución matrimonial misma a través de su presencia, “el amor hermoso” –como lo llama Juan Pablo II en la carta a las Familias- como un modo concreto de mantener aquella verdad de “ya no son dos, sino una sola carne“. (v.8).

De esta manera, Jesús como Salvador, quiere dejar en claro que la voluntad de Dios se expresa de manera auténtica en el libro del Génesis, en la unión permanente del varón y de la mujer, porque siendo ambos una sola carne constituyen un nuevo ser.

Consecuente con esto y con la igualdad de naturaleza entre los cónyuges, el Señor recuerda que el varón y la mujer no son libres para romper el consentimiento matrimonial, ni existe tampoco autoridad humana con poder suficiente para desligar un compromiso esponsal válido.

Padre Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de “San Juan Bautista” en Santa Fe, Argentina. Reflexiones en torno a los textos bíblicos de la Liturgia del domingo XXVII “per annum”. Ciclo “B”. 04 de Octubre de 2009.

ricardomazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com; www.nuevoencuentro.com/tomasmoro.-

2 de octubre de 2009

“Si tu ojo es ocasión de pecado, arráncalo……”


Mientras el país sigue siendo “la tierra del pan”, se va haciendo cada vez más profunda la brecha entre pocos inmensamente ricos y muchos excesivamente pobres”.

En el libro de los Números (11, 25-29), se nos proclama que con ocasión de la institución de los setenta ancianos que perpetuarán en el tiempo el espíritu que poseía Moisés, el espíritu de Dios se posa también sobre Eldad y Medad que aunque elegido, no habían concurrido a la tienda.

A pesar del intento de Josué por impedir que estos profetizaran, Moisés señala que no hay que obstruir su misión profética, ya que si Dios les comunicó su espíritu, se debe a que los eligió para esa misión manifestándose así que va más allá de las estructuras humanas y desciende sobre quien quiere, cómo quiere y cuándo quiere.

Moisés, de hecho, desea que el espíritu sea derramado sobre todo el pueblo, constituyendo esto un anuncio y presagio del espíritu del que hablará Joel (cap.3) y cuya efusión tendrá lugar el día de Pentecostés.

El Apóstol Santiago (5,1-6), continuando el Espíritu de Jesús, proclama la necesidad de escapar de las riquezas y sus variadas esclavitudes.

En nuestro tiempo, estas palabras, molestas por cierto, dejan al desnudo la tentación frecuente en la vida cotidiana del hombre de servir al dinero y su entramado de continuas injusticias.

Censura el apego a la riqueza y el colocar la esperanza y seguridad de la vida en aquello que es perecedero. El hombre ha de cuidarse de la trampa ilusoria de que la posesión de bienes le otorga certidumbre en el mundo.

El pobre de espíritu, el que utiliza las riquezas tanto cuanto lo llevan a Dios, y abre su corazón al hermano, en cambio, camina con la convicción que le da el fundarse en el único tesoro que es Cristo.

El apóstol recuerda la vanidad de acumular dinero en este tiempo final, ya que en un abrir y cerrar de ojos todo pasa y se destruye la felicidad que se pretende.

Lo realmente importante es acumular bienes para la Vida eterna, donde los bienes no son corroídos al no estar sujetos a la temporalidad pasajera.

La riqueza, precisa Santiago, muchas veces es amasada por medio de injusticias de todo tipo. Por eso se escuchan desde el cielo los gritos y lamentos de quienes fueron defraudados, engañados y estafados en sus bienes económicos.

Y así dice la Escritura que “el jornal defraudado a los obreros que han cosechados vuestros campos, está clamando contra vosotros, y los gritos de los segadores han llegado hasta el oído del Señor de los ejércitos”.

En el presente podemos comprobar en nuestra Patria, cómo van quedando al descubierto quienes han amasado fortunas copiosas a través de los negocios, del lavado de dinero, de la estafa sistemática que ha tenido como víctima, entre otros, a la atención de la salud humana. Mientras el país sigue siendo “la tierra del pan”, se va haciendo cada vez más profunda la brecha entre pocos inmensamente ricos y muchos excesivamente pobres.

El lujo escandaloso de algunos se pavonea ante la desnudez y miseria de muchos hermanos nuestros.

La Palabra de Dios nos asegura, no sin dolor, que de no mediar una sincera conversión y reparación condigna, concluirá este desenfreno en el cumplimiento de aquello profetizado por el apóstol –en consonancia con lo dicho en el Antiguo testamento por el profeta Amós- cuando afirma: “Os habéis cebado para el día de la matanza”.

En el Evangelio (9,37-42.44.46-47), Cristo luego de defender a quien “sin ser de los nuestros” -según los dichos de Juan- obra según el espíritu de Dios que ha recibido, dejando en claro que la actitud de Moisés tenida en el pasado era correcta, afirma que todo lo que se realiza en bien del prójimo por amor a Él tendrá su recompensa aunque más no sea un vaso de agua entregado servicialmente.

Pero esa bondad de Cristo se convierte en dura condena cuando se arrastra al hermano a la ruina espiritual.

Este daño recibe el nombre de escándalo. Etimológicamente este término equivale a la “piedra de tropiezo” que se coloca en el camino de quien ha optado por la realización del bien en su vida.

Siguiendo esta idea entendemos que toda persona que con su palabra, obra u omisión arrastra a otra al mal, es escandalosa.

Se trata de la intención oculta de promover el mal ocasionando que otra persona caiga en el pecado.

Se podrá preguntar qué juicio merece la persona que no tiene la intención de provocar al mal a otro a través de sus acciones malas.

En ese caso corresponde afirmar que tal persona se hace responsable de su obrar si no se ocupa responsablemente de evitar las consecuencias que del mismo se siguen, a lo cual todos estamos obligados cuando del bien espiritual del prójimo se trata.

Hay quienes fomentan a través de la mentira sistemática el odio a la Iglesia o hacia todo lo santo, y son escandalosos.

Muchos son los que con sus palabras, acciones y omisiones arrastran a otros al pecado de la venganza, de la violencia o a la indiferencia religiosa.

No pocos pudren las mentes de los niños y jóvenes con enseñanzas perniciosas por las que enaltecen todo lo vil e indigno de la persona humana, y son escandalosos.

Hay quienes promueven la cultura de la muerte de los por nacer, ancianos y enfermos, con falsas doctrinas, propaganda, estilos de vida e instituciones –como las clínicas para ello creadas- que empujan a las acciones homicidas más espeluznantes, y son escandalosos.

Otros explotan la debilidad humana como medio para enriquecerse promoviendo la pornografía, la prostitución y la drogadicción, y son escandalosos.

No pocos padres empujan a sus hijos a la delincuencia y a la vida fácil por la desidia y despreocupación, en lugar de conducirlos al aprecio de los valores, y son escandalosos.

La promoción del juego, creando falsas expectativas en los más pobres, con la consiguiente pérdida del fruto del trabajo, es un obrar escandaloso que ocupa cada vez más lugar en la sociedad.

Podríamos seguir con esta larga letanía sin que llegue a término la total descripción de cuánto mal se infiere a los más débiles, por diversos motivos, de la sociedad.

Al respecto, Cristo es terminante con los que provocan tanta ruina espiritual en la fe y el obrar del prójimo.

Y el Señor avanza más aún todavía al considerar que es necesario remover toda “piedra de tropiezo” en nuestro propio interior, ya sea del ojo –centro de todo mal deseo e intención- , de la mano –que describe la tentación de toda forma de posesión ilícita- , como del pie –que refiere a todo caminar torcido del corazón humano-.

Si el hombre desea entrar al Reino, es necesario que extirpe o venza cualquier impedimento que se le presente en el transitar de su vida.

En definitiva, Cristo quiere enseñarnos que para entrar en el reino de los cielos es necesario quitar toda realidad que sea ocasión de pecado para nosotros. Si tal costumbre o vicio es motivo de caída, necesita ser extraído como camino necesario para pertenecer a Jesús y su rebaño.

Se hace necesario, pues, que cada uno de nosotros que desea pertenecer a Cristo sepa cuál es su punto débil para extirparlo. Percibir si se trata del dinero, la lujuria, de la envidia, el orgullo, la hipocresía, el odio, la indiferencia religiosa, el desprecio y olvido del prójimo, la ira etc.

La exigencia tiene su razón de ser dado que es imposible servir a dos señores: a Cristo y al espíritu del mal.

Siguiendo el espíritu de Cristo sólo pretenderemos la realización del bien, alejándonos de todo aquello que nos convierta en instrumentos que empujen o tienten a otros a obrar el mal.

Venciendo nuestras propias debilidades –en cambio- ayudaremos a todos a buscar una vida que transite por la senda de la perfección evangélica.

Aún en medio de nuestras humanas debilidades, imperfecciones y pecados, confiemos en la gracia transformante de Aquél que vino a entregar su vida para hacer de nosotros hombres nuevos.

Padre Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de “San Juan Bautista” en Santa Fe de la Vera Cruz, Argentina. Homilía en torno a los textos bíblicos de la liturgia del domingo XXVI “per annum”, ciclo “B”. 27 de septiembre de 2009, ribamazza@gmail.com, http://ricardomazza.blogspot.com, www.nuevoencuentro.com/tomasmoro.-

27 de septiembre de 2009

El Evangelio y la codicia de los primeros puestos


El malvado, trata por todos los medios de imponer con la razón de la fuerza lo que no puede enseñar con la fuerza de la razón”.

1.-Según los textos bíblicos de hoy, “seguir a Cristo es transformar el mundo, como Él, no desde los puestos de mando sino desde abajo. En la debilidad, en el servicio de los últimos puestos, está la fuerza del cristiano” (Misal de la BAC, pág. 582).
En efecto, Cristo nos dice:”Quienquiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”.
Para muchos, ya sea para los que no creen, ya para los que son cristianos sólo de nombre, lo significativo es el éxito conseguido desde los puestos importantes. Se busca llegar a la cumbre por cualquier medio, por sucio que sea, no para servir al prójimo, sino para crecer uno mismo, para ser importante.
Y así, para la mentalidad moderna es en el dinero, en el honor o la fama, donde se consigue seguridad. Hay un afán egoísta de buscar siempre la propia conveniencia, con olvido total de los demás.
Cuando desaparece la fortuna o el pedestal sobre el que uno busca erigirse, queda al descubierto una existencia vacía y superflua.
El cristiano verdadero, en cambio, se centra en otra realidad. Comprende que el éxito se alcanza en la humildad, en el servicio a Dios y al otro.
La experiencia nos enseña que una persona en trabajos humildes, sin cartel, sin propaganda, está más abierta a Dios que los que se envanecen en su profesión o en algún cargo de importancia.
Y así, el primero, sabe lo que es, está abierto a Dios y a sus hermanos. El segundo, en cambio, engreído por el dinero o el poder, coloca en esas cosas su propia seguridad de cartón, prescinde de su Creador, y se preocupa por los demás sólo si puede sacarles algo.
El cristiano se siente seguro en Dios, no en sus pobres fuerzas humanas, y valora al prójimo por lo que es, no por lo que tiene.
Dios mismo nos enseña la grandeza que encierra la eficacia de lo débil y pequeño fundados en la roca proviene de lo alto. Cristo elige a doce pescadores rudos y de pocas luces, funda la Iglesia sobre “la debilidad” visible de ellos, y difunde por el mundo entonces conocido, la grandeza del Evangelio, que alcanza rápido eco especialmente entre los más humildes y pobres de la sociedad, con lo cual se demuestra que nos llevan la delantera en lo que apertura a Dios se refiere.
A pesar de las sangrientas persecuciones de la antigua Roma, el cristianismo crece ya que la verdad proclamada no provenía de los hombres sino de Dios.

2.-La actitud cristiana de buscar los últimos puestos tiene sus consecuencias positivas, porque “ahí no se dan la codicia y ambición que terminan corrompiendo a los que se mueven en el poder” (Misal de la BAC, pág. 582).
Los creyentes hemos de buscar ser los primeros en bondad, en misericordia, en caridad, en justicia. Y si tenemos los primeros puestos en la sociedad o detentamos el poder en el orden político, económico o social, ha de ser para pensar siempre en el bien de los demás, en el servicio desinteresado de los que menos tienen para vivir con dignidad su condición de hijos de Dios.
En definitiva debe quedarnos claro que quienes viven en desacuerdo con el Evangelio terminan desangrándose mutuamente.
Así lo proclama abiertamente Santiago Apóstol cuando dice:”¿De dónde salen las luchas y los conflictos entre ustedes?¿No es acaso de los deseos del placer que combaten en el cuerpo de ustedes?
La codicia lleva al crimen, continúa Santiago, conocedor de nuestras miserias. La ambición y el no poder alcanzar lo que se desea conducen a luchas y peleas de unos contra otros.
Pero este estilo de vida pasa y llega la muerte, y con ella se terminan todas las vanidades.

3.-El libro de la Sabiduría nos recuerda hoy que el malvado sufre llevado por el odio visceral contra el que obra el bien sin advertir que su recompensa no será más que soledad y podredumbre.
Sin Dios, el hombre es capaz de las maldades más grandes. Y así, la Palabra de Dios nos dice que los malvados piensan entre ellos de manera inicua, “acechemos al justo, que nos resulta incómodo, se opone a nuestras acciones, nos echa en cara nuestros pecados, nos reprende nuestra educación errada”.
Quien vive del mal y por el mal sangra por la herida cuando se le hace ver su inicua vida y busca siempre destruir al que no es como él, de allí que se caiga en la calumnia, en el desprecio del bueno tratando de justificar su mal obrar sin lograr vivir en paz.
En nuestros días es tan grande la vigencia de los corruptos que se enriquecen y hacen ostentación de sus maldades, que la bondad del justo aparece en su máxima pureza no sólo como bien portado por alguien, sino como meta que hay que alcanzar para dar lugar a una sociedad nueva.
El que sigue a Cristo proclama su verdad, invita a la libertad de cada uno a seguir un estilo de vida que es capaz de rescatar al hombre bien dispuesto de sus miserias y trampas personales.
El malvado, en cambio, que acecha con desprecio todo lo bueno, se endurece en su corazón pervertido, y cuando está encaramado en el poder, -muchas veces elegido porque para acceder escondieron su malicia- trata por todos los medios de imponer con la razón de la fuerza lo que no pueden enseñar con la fuerza de la razón.
Con frecuencia, en nuestros días, por ejemplo, doctrinas perversas que vulneran permanentemente el orden natural, como no tienen cabida racionalmente en los hombres que todavía actúan conforme a la verdad, son impuestas tiránicamente por medio de leyes inicuas que buscan borrar de la conciencia humana todo vestigio de bondad y verdad.
Esta mentalidad relativista de la verdad y la moral deja al descubierto de este modo su profunda fragilidad, ya que debe imponer por la fuerza de la violencia intelectual más atroz, lo que no puede inculcar por medio de un pensamiento racional.
Por otra parte, el que así se aleja de Dios, abdica de dirigir su pensamiento y obrar en la procura del bien del prójimo.
De allí que la vigencia de una pobreza cada vez más generalizada golpea duramente a nuestras puertas, clamando por la concreción de una justicia largamente esperada.

4.-En la liturgia de este día se nos interpela interiormente de manera que trabajemos para tener una conducta intachable, a pesar que la “aparente” felicidad de los que obran el mal, quisiera por la tentación, apartarnos de la nobleza de vida y de ideales.
Y esto porque con una conducta que no se ha dejado manchar, puede el cristiano, como el justo del libro de la Sabiduría, reprender y reprochar aún sin palabras.
Quien obra el mal busca siempre la oscuridad para hacer lo que Dios no quiere, pero sus obras tarde o temprano –como sucede en estos días en nuestra Patria con tanta mezquindad descubierta- quedan expuestas ante el juicio de Dios, el único que no se deja seducir por los halagos y promesas dinerarias o de poder.
El creyente que vive de Jesús no teme a la luz de la verdad porque vive iluminado desde lo alto por la Sabiduría que proviene del mismo Dios.
El que obra el mal se ríe del bien obrar del justo al considerarlo un pobre infeliz, pero no encuentra la felicidad en aquello en lo que ha puesto su ilusoria confianza.
Jesús nos invita a ser sencillos como los niños, a escuchar embobados sus palabras y llevarlas a la práctica sin doblez de intenciones y de vida.
Que nuestro primer lugar más ansiado en esta vida sea el obrar el bien, para poder llegar algún día a formar parte de los elegidos del Padre de las Misericordias.

Padre Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de “San Juan Bautista” en santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en torno a los textos bíblicos de la liturgia del domingo XXV “per annum”, ciclo “B” (Sab.12, 17-20; Santiago 3,16-4,3; Marcos 9, 29-36).-20 de Septiembre de 2009.-
ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com; www.nuevoencuentro.com/tomasmoro.-

20 de septiembre de 2009

“Me gloriaré en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo” (Gál.6,14)


1.-Reflexionando sobre el Evangelio de hoy (Marcos 8, 27-35) comprobamos que Cristo nos hace una pregunta muy incisiva para nuestro tiempo como lo fue en su época:”¿Quién dice la gente que soy yo?”. Enseguida vienen a nuestra mente infinidad de respuestas que se pueden encontrar en los diversos comportamientos humanos.

Hay quienes piensan en un Cristo con poderes especiales para atraer multitudes; algunos especularán con que es una especie de milagrero que asombra a los incautos; para otros el Dios terrible del Antiguo testamento que se ha hecho presente entre nosotros; para los más optimistas es el Dios bonachón que hace la vista gorda a todo lo que se hace, movido por su incansable deseo de ser misericordioso; algunos piensan de Él que es el “flaco”, como si se tratara de un amigo más; desde el mundo violento existen quienes sostienen que es un revolucionario frustrado; no faltará la afirmación de que se trata de un hombre más, a pesar de reunir condiciones especiales; para innumerables desconocidos es el “amuleto” que en forma de crucificado se cuelga al cuello aunque el modo de vivir de quien lo lleva deja mucho que desear; no pocos son los que lo trasladan crucificado en el extremo de un rosario que pende en el espejito retrovisor del auto, como fetiche que trae suerte. Y así podríamos seguir describiendo otras muchas posibilidades según la inventiva variada de las personas que caminan por este mundo.

Pero Jesús haciendo caso omiso de tantas y diversas opiniones sobre Él, vuelve a preguntar lo mismo a quienes nos presentamos como sus fieles seguidores incondicionales.

Como si nos dijera: “Ya conozco lo que piensa el mundo de hoy en general, y no me sorprende, ya que la cultura de este tiempo banaliza todo, aún lo más sagrado….pero dejando eso, ¿qué piensan ustedes, los que están aquí presentes celebrando la actualización del misterio pascual, la misa, ya que supongo que si están…es porque creen?”

Y Jesús espera que al igual que Pedro, cada uno de nosotros responda con seguridad: “Tú eres el Mesías”, -aunque no sería extraño que haya muchos que asombrados no sepan qué decir-.

¿Pero será así?, ¿Es Jesús el Mesías para cada uno de nosotros? ¿El que murió y resucitó para salvarnos del maligno e incorporarnos a la vida de grandeza que significa ser cristiano?

Si en verdad creemos que es el Mesías, el Hijo de Dios que nos quiere transmitir la vida divina, y no sólo un mero líder político o social como muchos lo consideraban en su tiempo, ¿está presente en nuestra vida de manera que nos dejemos rescatar por Él de las tinieblas por las que muchas veces nos sentimos rodeados?

2.-El apóstol Santiago (2,14-18) nos brinda un modo concreto para reconocer si nuestro conocimiento de Cristo pasa por una fe vivida en serio, ya que proclama que la fe debe manifestarse por las obras que realizamos.

En efecto, sólo si creemos que Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre comprometeremos nuestra existencia con el camino que Él nos señala habitualmente, situación que no se da cuando nuestra mirada sobre el Señor no procede de una firme aceptación de su persona por la fe.

En relación con Jesús las obras implican pues, su concreto seguimiento. Esto supone el renunciar a nosotros mismos, es decir, dejar de lado nuestras ideas y criterios para dar lugar a lo que enseña. Renunciar a nuestra comodidad, al afán desmedido por el dinero y toda creatura, cuando con ello se contradice el Evangelio.

El renunciar a nosotros mismos significa también el vaciamiento interior de nuestro yo para dar cabida a la persona de Cristo, su mensaje y su vida, en aceptar y llevar la cruz que nos permite completar la pasión del Señor.

Cristo soportó la cruz injustamente para salvarnos. Nosotros la hemos de llevar, justamente, por los pecados propios y ajenos.

Si Cristo hubiera escapado a la Cruz y sufrimientos padecidos de hecho, como lo hacemos muchas veces nosotros, no estaríamos salvados del pecado y de la muerte eterna. Rehusar la cruz significa apartar el seguimiento de Cristo tal como Él nos lo presenta a cada uno de modo diverso.

Al igual que Pedro estamos tentados a pedirle –con criterios puramente mundanos-, que no asuma lo que significa el misterio pascual. Y también a cada uno de nosotros como a Pedro, nos dice: “Apártate de mí vista Satanás. Tú piensas como los hombres no como Dios”.

El no aceptar la cruz de Cristo no nos exime de llevarla de todos modos, ya que es como nuestra sombra, nos sigue inexorablemente, pero en ese caso se presenta como algo insoportable de sobrellevar. Sólo el asumirla con espíritu de fe hace posible que se convierta en fuente de alegría.

3.-El versículo del canto aleluyático nos enseña hoy lo que siente San Pablo respecto a la Cruz del Salvador al decir: “Yo sólo me gloriaré en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí, como yo lo estoy para el mundo” (Gálatas 6,14).

Esta afirmación constituye un verdadero plan de vida para el creyente ya que al referirse al mundo crucificado para él, está expresando que todo aquello que no proviene de Cristo no tiene cabida en su consideración y existencia cotidiana.

Y cuando afirma con total convencimiento que él mismo está crucificado para el mundo, está proclamando que su vida nunca podrá tener cabida en un mundo materialista para el que sólo importa el goce desmedido de todo lo que halaga los sentidos del cuerpo pero que asfixia el sentido espiritual del hombre nuevo.

Indudablemente lo que lleva a San Pablo a pronunciarse de ese modo es la certeza de que la fe en Cristo se ha de manifestar siempre en un obrar coherente con el conocimiento profundo que ha alcanzado del Salvador, no por mérito propio sino por medio de la abundante gracia de Dios que se ha derramado en su corazón.

Pablo tuvo que soportar muchas veces en su vida los mismos golpes que sufriera quien lo eligió desde toda la eternidad, por eso sabe qué significa prolongar la fe en las obras de cada día.

Y así no es antojadizo afirmar que el Apóstol Pablo, al igual que Jesús, experimentó lo que anunciaba Isaías del siervo sufriente (50,5-10), sin ser confundido, ya que recibía el auxilio que proviene de lo Alto.

4.-Ahora bien, profundizando en las enseñanzas del Apóstol Santiago, hemos de recordar que las obras prolongación de la fe confesada en Cristo, son no sólo continua adoración al Padre del Cielo, sino también un relacionarnos con el prójimo buscando siempre su bien.

Y así, quien no paga el justo salario para acumular más ganancias, no tiene fe. Quien no sale de su egoísmo y derrocha el dinero en lo superfluo cerrando su corazón al que menos tiene, tampoco la posee.

En estos días, en nuestra Patria, resuenan denuncias por la venta de medicamentos “truchos” con la finalidad de aumentar ganancias personales o de grupos en detrimento de la salud de muchos enfermos. Esto deja claramente en evidencia el desprecio por la vida y la dignidad humana y la falta más absoluta de una verdadera fe operante, ya que cuando no se considera al otro como alguien a quien se sirve, se desconoce también al Padre común de todos.

Santiago Apóstol nos está señalando que la fe sola no basta, aunque así piensen otras corrientes cristianas. Y esto es así, porque la fe sólo se demuestra cuando se prolonga en las obras, en el seguimiento de Cristo y en contemplarlo en el rostro de los demás hermanos.

En definitiva solamente quien cree que Jesús es el Mesías y está dispuesto a tomar su Cruz renunciado a su propio parecer y egoísmo, llega a ser su discípulo. Y sólo su seguidor e imitador pleno, podrá comprender que la fe debe manifestarse con las obras en bien de los demás.

Quiera el Señor iluminarnos interiormente para que tomando generosamente su cruz, logremos obtener el gozo que toda renuncia personal otorga.

Padre Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de “San Juan Bautista” en Santa Fe de la Vera Cruz, Argentina. Homilía del domingo XXIV “per annum”, ciclo “B”. 13 de Septiembre de 2009. ribamazza@gmail.com; www.nuevoencuentro.com/tomasmoro; http://ricardomazza.blogspot.com.-

“Felices los que son fieles al Señor porque entrarán en su Santuario”


1.-El versículo del Salmo (23) que cantábamos recién, constituye el eje de los textos bíblicos de este domingo.

En efecto, Moisés (Deut.4, 1-2.6-8) es muy claro con el pueblo diciéndole que es necesario adherirse al Dios de la Alianza como condición para entrar en la tierra prometida.

Expresa la convicción de vivir los mandamientos con especial fidelidad, de tal modo que no han de agregar ni quitar nada a la ley de Dios, sabiendo de la tentación humana de reinterpretarla vaciándola de contenido e incluso agregándole obligaciones que no provienen del mismo Dios.

De allí se explica que en el texto del Evangelio (Marcos 7,1-8ª.14-15.21-23) Jesús diga a los fariseos que el pueblo honra a Dios exteriormente pero su corazón está lejos de Él porque se han aferrado a las tradiciones humanas.

Han dejado la ley de Dios para aferrarse a las tradiciones recibidas de los antepasados.

No se trata aquí de criticar la actitud higiénica del pueblo, sino el tomar esos ritos como una especie de acción mágica que los purificaba en su interior. De allí que el Señor insista en la necesidad de purificarse interiormente ya que es del interior del hombre donde nace el pecado.

El rechazo a Dios se va produciendo en el interior de cada uno ya sea por el pensamiento o por el deseo, ya sea por las malas actitudes para con Dios o para con el prójimo.

Los actos exteriores no son más que una prolongación de lo que existe en el interior.

Por eso en otra oportunidad el Señor dirá que un árbol malo no puede dar más que frutos malos, para dar a entender que cada árbol producirá algo igual a su ser o naturaleza.

Jesús, por lo tanto, está llamando a una fidelidad a la Palabra de Dios.

El santuario del que habla el salmo es el encuentro definitivo con Dios en el cielo, del cual la tierra prometida para el pueblo de Israel es un anticipo.

2.-En este caminar hacia el encuentro con Dios, el ser humano ha de mirar interiormente su corazón para darse cuenta cómo está, cómo vive su relación con Dios, si en realidad Él ocupa el primer lugar en su existir.

¡Cuántas veces nosotros dejamos de lado a Dios con toda tranquilidad sin percatarnos de la lejanía de la felicidad verdadera que esto produce!

También a nosotros nos pasa como a los judíos del tiempo de Jesús que nos aferramos a determinadas devociones, costumbres, por tradición, pero no se produce un cambio verdadero en nuestro interior y por lo tanto en el modo concreto de vivir la fe católica.

¡Cuánta gente se casa por Iglesia por costumbre y no se busca vivir el matrimonio de un modo profundamente cristiano de manera que no nos distinguimos en la práctica cotidiana de aquellos que no creen! ¿Se entiende y se vive que el matrimonio cristiano ha de ser un signo sensible de la unión entre Cristo y la Iglesia?

¡Cuánta gente bautiza a sus hijos por tradición pero eso no se traduce muchas veces en un verdadero compromiso paterno y materno de iluminar a los hijos en la fe! ¡Cuántas veces los niños son enviados a la catequesis para cumplir con la primera comunión y la confirmación pero sin estar presente el deseo de vivir auténticamente la fe!

Tenemos devociones que en sí mismas son buenas y santas pero que se transforman en algo vivido por tradición que no llegan a calar hondo en la existencia de cada día.

Visitamos santuarios en un día determinado al mes pero la ausencia de la Iglesia es palpable el resto del mes, lo cual muestra que no hemos entendido lo que implica vivir una fe madura y comprometida en forma permanente. La visita a un santuario es buena, pero ello implica una real conversión que se traduzca en obras concretas.

3.-Santiago Apóstol (1,17-18.21-22.27) manifiesta en su pensamiento una continuidad con lo expresado en el Deuteronomio afirmando que la Palabra de Dios es un don del cielo, del Padre de la Luz –ya que ilumina en profundidad- y que ha de producir en nosotros una actitud de docilidad a la misma de tal manera que no nos quedemos con la palabra escuchada solamente, que muchas veces como viene se va, sino que hemos de llevarla a la práctica.

El vivir la Palabra va transformando nuestra propia vida y el modo de percibir lo cotidiano, de manera que se erige en causa de salvación

La vida del cristiano ha de ser cada día más religiosa -continúa el apóstol Santiago- más santa, en la que entre otras cosas no se contamina con el mundo, es decir, no desaloja del corazón al evangelio para dar preferencia a los criterios y costumbres captados en la cultura de nuestro tiempo tan desprovista de un verdadero espíritu cristiano.

Muchas veces nos engañamos pensando que en éstos ámbitos está la verdad y no vamos al espíritu de lo que el Señor nos pide constantemente.

4.-Justamente esto es lo que Cristo censura duramente a los fariseos y a los judíos en general ya que no vivían una religión pura sino aparente. Creían que con la observancia de los ritos de purificación estaba todo resuelto y dejaban de lado la verdadera ley del Señor, es decir su Palabra, de la que habla el Deuteronomio y el apóstol Santiago

De allí la necesidad de analizar nuestro interior para comprobar qué cosas de la lista de pecados enunciados por Cristo tiene cabida en nosotros y reclaman una verdadera conversión.

Jesús nos convoca a examinarnos para descubrir dónde está nuestro corazón, en qué hemos de cambiar para poder seguir caminando hacia el santuario del Padre del cielo.

Nos formula, por lo tanto, una nueva manera de purificación o acercamiento al Padre, que consiste en ir transformando el interior tortuoso del que provienen tantos males, por un corazón pleno de buenos deseos en concordancia con su propio sentir.

Cristo conoce nuestro mundo subterráneo y quiere hacernos tomar conciencia de lo mucho que hemos de cambiar.

No creamos que sólo los actos externos nos alejan de Dios. Muchas veces el pecado anida en nuestro corazón aunque no sea visible.

En otras ocasiones no se realizan acciones malas porque no fue posible realizarlas, pero estuvieron ciertamente en nuestra intención.

Conociendo nuestro mundo interior gracias a la luz que proviene de la fe, humildemente pidamos cada día esta gracia fruto de su bondad infinita por nosotros, para que podamos ofrecer al mundo el testimonio de nuevas creaturas.

Padre Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de “San Juan Bautista”, en Santa Fe de la Vera Cruz, Argentina. Homilía en el domingo XXII del tiempo ordinario ciclo “B”. 30 de Agosto de 2009.- ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com; www.nuevoeneucnetro.com/tomasmoro.-

14 de septiembre de 2009

La “venganza” de Dios como salvación del hombre.


1.-En la primera oración de esta misa que recoge las intenciones de la comunidad reunida para celebrar el día del Señor, pedíamos a Dios, “Míranos siempre Señor con amor de Padre”.

Esta súplica elocuente constituye el eje sobre el que giran los textos bíblicos que acabamos de proclamar.

Cuando el profeta Isaías (35,4-7) le dice al pueblo de Israel que se acerca “la venganza, la represalia de Dios: él mismo viene a salvarlos” (v.4), está diciendo que Dios nos mira con amor de Padre.

¿Cuál es la revancha de Dios, nos preguntamos? Mientras el israelita –y con él todo hombre- se empecina en ofender a Dios y prestar oídos sordos a su interpelación, Dios más lo busca y trata de atraerlo con los lazos del amor. Por eso el profeta con tanta seriedad dice que viene “la venganza, la represalia de Dios: él mismo viene a salvarlos”

Y da signos o señales de la salvación futura con la llegada del Mesías: “Entonces se abrirán los ojos de los ciegos y se destaparán los oídos de los sordos; entonces el tullido saltará como un ciervo y la lengua de los mudos gritará de júbilo” (v.5 y 6). El profeta, por lo tanto, mientras anuncia, está mirando el futuro promisorio que traerá el Hijo de Dios hecho hombre.

2.-Con la presencia de Jesús, nuevamente se cumple y se responde a la súplica hecha por nosotros, hombres indigentes de toda misericordia: “Míranos siempre señor con amor de Padre”.

En efecto, el amor del Padre se manifiesta a través de Jesús en la curación –en esta ocasión- de un sordomudo, por medio de la imposición de manos. Imposición de manos, que es el signo del poder de lo alto que se invoca y derrama en el corazón de aquél que es curado

Y nos dice el texto del Evangelio (Marcos 7, 31-37) que Jesús aparta a este hombre de la multitud.

Lo saca de en medio de la gente para mantener en reserva lo que obrará en su interior, ya que Jesús cuando entra en el corazón de alguien quiere hacerlo sin bulla, sin gestos espectaculares, lejos de la multitud distraída que con frecuencia espera el prodigio y no tanto la manifestación del poder operante de la fe sanadora que permite entrar de lleno en el contexto del misterio que significa la curación del sordomudo.

Y Jesús lo cura: “Efféta” dice, ábrete, e inmediatamente el hombre queda curado.

Hasta ese momento no podía escuchar. De repente oye el susurro del aire, la conversación de la gente, el trinar de los pájaros, pero sobre todo comienza a escuchar a Jesús, con los oídos del cuerpo y de su alma iluminada y robustecida por la fe.

Y también empieza a hablar normalmente, de aquello que le ha cambiado su vida, su existencia. No hablará de cosas pasatistas, pasajeras, sino de lo más importante: de lo que Jesús ha hecho en él. El agradecimiento más profundo aflora en sus labios, la alabanza por las maravillas de Dios se hace necesaria y urgente. Junto al curado, la gente impresionada por el signo viviente de la curación, no puede callar, aunque Jesús lo ordena, y se une a la misma proclamación de la bondad de Dios.

Quien no oía, ahora escucha, quien no pronunciaba palabra alguna, ahora puede hablar.

3.-El sordomudo ocasional representa a toda la humanidad, tantas veces sorda para escuchar a Dios y muda para proclamar sus maravillas.

Al pedir, “Míranos Señor, con amor de Padre”, solicitamos con fe que a través de Jesús se nos otorgue la posibilidad de escuchar y hablar.

Y esto porque muchas veces estamos sordos, especialmente ante lo que Dios quiere comunicarnos para que nosotros a su vez transmitamos.

El corazón humano está tan metido en las cosas perecederas, materiales, escuchamos tantas voces aturdidoras que sofocan la verdad y nos distraen de lo principal, que ya no escuchamos a Dios.

En la cultura tan banalizada del mundo de hoy se perciben permanentes interferencias en la escucha de la voz del Señor que nos conducen a escuchar sugestiones, a menudo atractivas, pero no verdaderas, que nos sumergen en la vaciedad de los criterios humanos.

Nos sentimos no pocas veces, más interesados en “pasar” por este mundo sin tropiezos que en vivir en la plenitud de una existencia convocada a la amistad con el Creador.

No pocos medios de difusión nos aturden con la inmediatez que fugazmente corre tras diversas fantasías, trastocan nuestro recto pensar y obrar al difundir como verdad la mentira y al provocarnos a vivir según las sensaciones personales y conforme a lo que pueda ser disfrutado según el parecer de cada uno.

Ante estas voces “formadoras y modeladoras” de nuevas vivencias y equívocos comportamientos humanos, donde abunda la frivolidad, la chabacanería, la entronización de las “nuevas verdades “complacientes de todo lo que degrada, la Palabra de Dios pareciera haber perdido su eficacia para rescatar a la humanidad de tantas miserias.

4.-Por eso es necesario volver a escuchar a Dios, renovar en este mes de la Biblia nuestra estima por este alimento imperioso para el diario caminar humano.

Pero aprender también a escuchar el clamor permanente de nuestro interior que reclama cada día a Dios, -aunque no lo advirtamos- , el regreso a Dios, a lo permanente y a todo lo que da sentido a la vida humana. Clamor por algo diferente, por ir a las cosas, a aquello que es fundamental para el ser humano sin quedarnos en la superficie de lo anecdótico.

Estamos incomunicados entre nosotros mismos –de allí que no sepamos de qué hablar cuando nos encontramos con alguien a quien no conocemos-, porque antes no hemos escuchado a Dios.

Urge por lo tanto, ir descubriendo lo que Dios significa en la vida del hombre, cuál es su Providencia para nosotros y para el mundo en el que estamos insertos.

Nos quedamos mudos porque no hemos experimentado el asombro que suscita el descubrir la realidad profunda de nuestra existencia humana que va más allá de lo que aparece visiblemente en el transcurrir de nuestra vida sin la presencia fundante de Dios.

Hemos de pedir al que nos mira con su amor de Padre que nos cure de nuestras sorderas y de nuestras mudeces silenciosas que no atinan a proclamar las maravillas de Dios realizadas en nuestra existencia humana.

5.-El Apóstol Santiago (2,1-5) nos muestra un ejemplo típico de lo que es la sordera espiritual. Describe hoy la situación que se nos presenta a menudo con lo que llamamos acepción de personas, es decir, la tentación a diferenciar en nuestro trato según el extracto social del prójimo.

Cristo no hace diferencia con las personas, porque Él es el Salvador de todos buscando siempre el bien de cada uno. Nosotros en cambio juzgamos de un modo distinto a como lo hace Jesús ya que tendemos a hacer distinción en el trato según sea la persona que se nos presenta.

Santiago expresa –por su parte- que son los pobres –y también los que se hacen como ellos- los elegidos para ser enriquecidos en la fe y constituirse en herederos del reino (cf. 5).

En cambio, pondrá énfasis en señalar que es de “los ricos” de quienes proviene toda opresión para los hombres (cf.v.6).

Si bien no podemos universalizar en el sentido de pensar que todo poseedor de riquezas es inicuo, la experiencia concreta que tenemos en nuestros días, en nuestra Patria, nos hace pensar en cuán acertado está el Apóstol Santiago.

Y así percibimos, en este sentido, que la avaricia transforma el corazón del hombre haciéndolo enemigo de los demás.

Todos los días, entre nosotros, comentamos acerca del festival de corrupción que hoy asuela nuestro país.

¿No decimos acaso, que los de arriba viven enriqueciéndose, usando el poder en los distintos ámbitos, no para procurar el bien común, sino buscando desenfrenadamente el bien particular? ¿No pensamos acaso que la “vida política”, sea cual sea el signo partidario, se ha transformado en un medio para prosperar económicamente a través de los cargos mientras aumenta escandalosamente la pobreza entre nosotros? ¿Cuando se dice que hay que sostener “la gobernabilidad”, es porque interesa un estilo de vida democrático o porque existe el miedo a perder los beneficios que ella trae a sus principales actores? ¿No asistimos a la carrera desenfrenada por aumentar y mantener los negocios personales o de grupos, con detrimento de los más pobres? ¿Acaso muchos de los que fueron elegidos para servir a los demás, no acumulan propiedades, campos y riquezas producto del “magro sueldo” que reciben?

Las palabras de Santiago cobran por lo tanto especial relevancia entre nosotros, de allí que nos diga “sepan Juzgar como corresponde”, no hagan acepción de personas, porque el peligro no viene de los pobres que se alimentan de las migajas de los poderosos, sino de los que han hecho de su vida una búsqueda permanente de riquezas.

Concluyamos pidiendo a aquél que “todo lo ha hecho bien” (Mc.7, 36) que nos salve de nuestras miserias, que convierta el corazón del hombre argentino, para que vencida tanta maldad presente entre nosotros, podamos vivir bajo su mirada en la paz que hermana a todos en la búsqueda del bien y de la verdad.

Padre Ricardo B. Mazza. Director del CEPS “Santo Tomás Moro”. Santa Fe de la Vera Cruz. Homilía en el domingo XXIII durante el año (ciclo B).

06 de Septiembre de 2009. ribamazza@gmail.com; www.nuevoencuentro.com/tomasmoro; http://ricardomazza.blogspot.com.-