10 de julio de 2009

Talitá Kum: ”¡Niña, yo te lo ordeno, levántate!”


Es necesario “que nos ocupemos por transmitir y afianzar la cultura de la vida, ya que ésta es fruto del amor que procede de Dios, mientras que la cultura de la muerte es causada por el odio a la persona, y también al mismo Creador”.

El domingo pasado proclamado el texto de Job consideramos cómo aparecía en el horizonte del hombre el misterio del dolor y la presencia del mal que inquietaba y angustiaba, sin que se advirtiera una respuesta inmediata a la problemática.
Decíamos que en la persona de Jesús y su obrar para con la humanidad doliente, encontrábamos una respuesta a interrogantes tan profundos.
En la liturgia de este día descubrimos algunas pistas que nos pueden ayudar a comprender esta temática, ya que el libro de la Sabiduría, uno de los más cercanos al Nuevo Testamento, nos enseña que la muerte es consecuencia del pecado, ya que Dios ha creado todas las cosas de una manera perfecta, para que existan, prolongando de esa manera la visión del libro del Génesis: “Y vio Dios que todo era bueno”.
La muerte, en efecto, no entraba en los designios de Dios. Fue la envidia del demonio y las malas obras del hombre, lo que causa la herida de la muerte en todo el orden creado.
El pecado del hombre, tentado por el espíritu del mal, abre las puertas de este mundo a la muerte, esa muerte que muchas veces para el que no tiene fe es lo último de la existencia y que lleva a un pesimismo tal al no encontrar un más allá que le pueda dar sentido al hombre.
La Sagrada Escritura señala que la muerte no proviene de la voluntad de Dios, ya que es el Señor de la vida, y en ese contexto el hombre ha sido creado para la inmortalidad, siendo la resurrección -posible gracias a la muerte y resurrección de Cristo- un anticipo de ella.
En el texto del evangelio proclamado hoy aparece con mucha claridad el tema de la vida, de la cultura de la vida, de la cual tanto ha hablado el papa Juan Pablo II.
El Pontífice ha recomendado que como bautizados trabajemos por este ideal nobilísimo, teniendo en cuenta que estamos acosados por la llamada cultura de la muerte.
De allí la necesidad de mirar a Cristo, el cual desde el comienzo de su estada entre nosotros, señala cuánto le importa la vida del hombre.
A través de gestos y de palabras está junto a la muchedumbre, y así lo percibe el jefe de la sinagoga, Jairo, quien se acerca para decirle “mi hijita se está muriendo; ven a imponerle las manos, para que se cure y viva”.
Y “Jesús fue con él y lo seguía una gran multitud que lo apretaba por todos lados” (Marcos 5, 23 y 24).
Pero es en ese caminar, en ese ir andando junto a la humanidad doliente, representada por la multitud, cuando una mujer que padece hemorragias, toca el manto del Señor.
Uno se pregunta, ¿por qué la actitud de esta mujer, que toca el manto a escondidas? Es que de acuerdo al pensamiento judío la hemorragia hacía impura a la persona –legalmente hablando-, y por lo tanto se consideraba como una manera de exclusión de la misma comunidad (Lev.15, 25-27).
Esta mujer se acerca al Señor con temor pero también con confianza en que podía ser curada.
Al ser curada, Jesús se da cuenta de lo que había acontecido y pregunta, ¿quién me ha tocado?, ante la lógica sorpresa de los discípulos ya que estaba apretujado por todas partes.
Pero es que Jesús sabe que se trata no de un contacto cualquiera sino de alguien que lo hizo con fe. Por eso, la mujer se presenta ante Jesús reconociendo lo que ha hecho, y Él tiene una respuesta hermosísima: “Tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda curada de tu enfermedad” (v.34).
Al afirmar que “Tu fe te ha salvado”, le está diciendo “Me interesa que te reencuentres con la verdad, con el Salvador. Tu fe te ha dado vida, te ha reconstituido interiormente, y para que veas que esto es así, cúrate de tu enfermedad”.
La curación de la mujer será signo de una sanación más profunda, pero también resulta en el marco del texto bíblico un anticipo de que Jesús puede hacer cosas aún mayores manifestándose como el Señor de la vida, como aquél que viene a vencer la muerte, y que anuncia la verdad de “Yo soy la resurrección y la vida, el que crea en mí, aunque muera vivirá”.
Y este es el mensaje que Jesús quiere transmitir a la familia de Jairo ante su hija muerta: “No temas, basta que creas”.
Jesús se dirige a la casa de Jairo y nos recuerda cuando en una oportunidad va a la casa de su amigo Lázaro, también muerto, para volverlo a la vida.
En lo de Jairo se encuentra con gente que se ríe de Él cuando afirma que la niña no está muerta sino que duerme. Aquellos que no creen en la vida, que Jesús sea la resurrección y la vida, es la muerte el cerrojo de la existencia humana, y están cerrados a descubrir un mensaje diferente, el de la vida más allá de la muerte física, que se traduce en un encuentro con el Dios Eterno.
Jesús despide a toda la gente, se queda con los padres de la niña y con los tres discípulos que lo acompañan: Pedro, Juan y Santiago.
No puede realizar este gesto de la resurrección en medio de los incrédulos, de aquellos que se dan por vencidos ante cualquier dificultad.
Y con el Talita kum, “niña, yo te lo ordeno, levántate”, Jesús muestra una vez más que es el señor de la vida.
Queridos hermano: el Señor nos deja una enseñanza hermosa, el que nos ocupemos por transmitir y afianzar la cultura de la vida, ya que ésta es fruto del amor que procede de Dios, mientras que la cultura de la muerte es causada por el odio a la persona, y también al mismo Creador.
En nuestra Patria, como en muchas partes del mundo, nos estamos nutriendo por la cultura de la muerte en la violencia cada vez más salvaje, en las muertes causadas por la inseguridad, en el descuido y desprecio por la salud de los ciudadanos, en la promoción del aborto encubierto y la anticoncepción más brutal, en la falta de trabajo y digna vida para los más débiles, y un cúmulo de acciones que vulneran el corazón humano.
Jesús, en cambio, señala que es el Señor de la vida, y que el pecado es el que introdujo la muerte y tantos males entre nosotros.
Este modo de pensar entre nosotros prolonga y aumenta la cultura de la muerte originada en la desobediencia del hombre.
Lo vemos hoy presente en nuestro país, por ejemplo, en la despreocupación primero ante el dengue, que sigue latente esperando por un nuevo zarpazo, ahora la gripe porcina, mientras que carecemos de una verdadera política sanitaria que atienda a los más débiles.
¿Cómo es posible vencer a las enfermedades cuando miles de argentinos se ven privados de agua potable, vivienda digna y alimentación adecuada? Estas injusticias todavía latentes entre nosotros claman ante Dios una solución perentoria.
¡Trabajar por la cultura de la vida es defender todo aquello que dignifica y eleva al ser humano en todos los órdenes de su existencia!
En la segunda lectura que recién proclamamos encontramos un gesto hermoso al respecto (2 Cor. 8,7-9.13-15) cuando el apóstol les dice a los cristianos de Corinto que sean generosos en la colecta que está realizando a favor de los pobres de Jerusalén.
Como Cristo a quien ustedes sirven -les enseña-, siendo rico se hizo pobre y ha sido generoso con cada uno por medio del don de la salvación, también nosotros hemos de compartir con los que más necesitan.
Los griegos –para quienes establecer cierta igualdad era condición de amistad- entendieron las palabras de Pablo “la abundancia de ustedes remedia la falta que ellos tienen; y un día la abundancia de ellos remediará la de ustedes” pasando así a la vivencia de la fraternidad cristiana.
Este es un gesto concreto –el compartir los bienes que nos han sido dados- a favor de la cultura de la vida, ya que al no cerrarse el hombre en sí mismo, se abre a las necesidades del otro y se engrandece por su sintonía con el plan de Dios sobre nosotros.
Hermanos: acudamos al que es la resurrección y la vida y pidámosle que nos ilumine para que en nuestro andar cotidiano trabajemos para la vida desechando todo lo que es sinónimo de muerte, odio, guerra, injusticias, faltas de caridad, desprecio por el otro, en fin, todo lo que no nos identifica con las enseñanzas del evangelio.
Padre Ricardo B. Mazza. Homilía en torno a los textos del domingo XIII durante el año. Ciclo “B”. 28 de junio de 2009. Sab. 1,13-15 y 2,23-25; II Cor. 8, 7-9.13-15; Marcos 5, 21-43.-ribamazza@gmail.com; www.nuevoencuentro.com/provida; http://ricardomazza.blogspot.com.-

2 de julio de 2009

En la tempestad, el Señor nos protege


“Un cambio en el timón de la política que no esté acompañado de una verdadera conversión del corazón de todos, resultará un mero maquillaje que traerá tempestades más crueles, ya que “se recoge lo que se siembra”.

1.-El infortunio de Job y la Providencia de Dios.
El libro de Job evoca al hombre que padece adversidades a pesar de su buena conducta y fidelidad a Dios.
Job pierde a sus hijos y fortuna, y él mismo es herido por la enfermedad.
Tres de sus amigos van a consolarlo, y es en ese encuentro cuando surge de Job el clamor del hombre que se ve enfrentado por el enigma del sufrimiento y el silencio de Dios. De ahí su constante apelación a un pleito con Él para probar su inocencia.
Hasta su mujer, cansada de advertir su fidelidad a Dios, le dice: “maldice a Dios y muere de una vez” (Job. 2,9).
Pero Job se mantiene unido a Dios a pesar de las pruebas, ya que “El Señor me lo dio y el Señor me lo quitó” (Job. 1,21), y aunque no entiende lo que le sucede, conserva una conducta enclavada en la fe a su Creador.
Y Dios le enseña que el hombre no puede pedirle cuentas por su obrar, dada su pequeñez ante su omnipotencia, a que no estuvo presente cuando hizo todas las cosas, y porque ha demostrado a lo largo de la historia humana cuánto ama a su criatura predilecta.
De allí que proclame que el mal está acotado en los límites que Él le ha impuesto. Y lo hace a través de la figura del mar, - ámbito de las fuerzas del mal- ceñido para que no avance sobre tierra firme.

2.-La tempestad calmada por el Señor y la vacilación de los apóstoles
En el Nuevo testamento Dios se humaniza aún más, ya que no habla desde la tormenta, sino en Jesucristo que domina el mar y todos los elementos.
Y así, el Dios victorioso sobre las fuerzas del maligno, se revela de un modo nuevo en el Evangelio que proclamamos.
Ha terminado un día en el que el Señor realizó muchas curaciones, expulsó demonios, escuchó el dolor de muchos corazones quebrantados. Sube a la barca, descansa en el cabezal de la popa, y se queda dormido.
Mientras tanto la tempestad furiosa azota la barca, hasta tal punto que las aguas la invaden con el peligro subsiguiente de que ésta naufrague.
Los apóstoles están aterrorizados, no sólo por la tormenta en medio del mar, sino también por las fuerzas malignas que lo habitan, -según el pensamiento de la época-, además de la posible existencia de seres monstruosos, en fin, todo un mundo tenebroso.
Y se acercan a Cristo dormido presurosos porque están a punto de ahogarse, de perecer.
Por un lado, con sus palabras están reconociendo el poder de Jesús para cambiar la situación, por el otro, ante el actuar del Maestro, exclaman “¿Quién es éste que hasta el mar y el viento le obedecen?”
Sucede así también con frecuencia en nuestro mundo cuando el contradictorio corazón humano reconoce la potestad divina, pero también la niega. Somos así de cambiante los seres humanos.
A pesar de ello Jesús siempre nos deja signos de salvación como en esta situación en que se manifiesta como Dios. No invoca al Padre para que intervenga, sino que Él mismo impera sobre el viento y el fragor de la tormenta diciendo: “Cállate”, calmando las aguas procelosas.
Está diciendo: “Soy Dios, estoy por encima de todo acontecimiento. Tengo dominio absoluto sobre las fuerzas de la naturaleza, creaturas mías al fin y al cabo. Solamente no detento esa autoridad –porque así lo quiero-sobre la libertad humana, ya que al hombre quiero atraerlo con los lazos del amor para que actúe libremente hacia el bien”.
El Señor, llega, en efecto, hasta la puerta de la libertad humana, porque a nadie le impone su presencia, y espera que vayamos a su encuentro.
De allí la importancia de lo que decía San Pablo en la segunda lectura de esta liturgia dominical, de que si hemos muerto con Cristo, renacidos en Él y por Él, somos nuevas creaturas con un estilo de vida diferente.
Por eso les dice a los apóstoles “¿Por qué tienen miedo?”, como preguntándoles, ¿por qué hacen tanto alboroto, esa gritería, esa angustia desconfiada por el actuar de la Providencia divina?
Enseguida señala cuál es la causa de todo esto: “¿Cómo que no tienen fe?”
Precisa de esa manera la condición humana por la que profesamos la fe en Cristo hecho hombre cuando las aguas están calmas, pero ante la tempestad se da curso a la desesperación.
Esto sucede porque el ser humano no ha puesto su seguridad en Dios, por más que proclame la fe en Él, sino que busca afirmarse en sí mismo, y descubre lo que en realidad es en los momentos de la tempestad.

3.-En la tempestad de Argentina, Cristo está presente.
¿Quién no tiene problemas y dificultades en la vida cotidiana?
Estamos a unos días de las elecciones y estamos sumidos en medio de una tempestad en la que la barca de la Patria hace agua con prisa y sin pausa.
Tenemos que soportar males y deshonestidades de todo tipo.
Y también en esta situación angustiosa al ver que zozobramos, el Señor nos dice: “¿Cómo que no tiene fe? ¿Por qué tienen miedo? “
Es cierto que en las vicisitudes que tenemos que afrontar no depende todo de Jesús, ya que en las crisis no solamente la gracia y ayuda de Dios se necesita, sino que es obligatoria la respuesta del hombre.
Hemos de confiar en el Señor y saber que Él desde el cielo observa las peleas de los políticos, los insultos, las artimañas para ganar una elección, y se ríe a mandíbula batiente exclamando:”Soy yo el Señor de la historia”, y nos recuerda lo que enseña el salmo para que lo repitamos confiadamente: “¡Levántate Señor! ¡Sálvame, Dios mío! Tú golpeas en la mejilla a mis enemigos y rompes los dientes de los malvados. ¡En Ti, Señor, está la salvación, y tu bendición sobre el pueblo!” (Salmo 3,8 y 9).
En medio de las dificultades y de males de todo tipo, cuando parece que todo se hunde y que no queda otra que repetir lo de la mujer de Job “maldice a Dios y muere de una vez”, debe surgir la serenidad y poner nuestra seguridad en el Señor sabiendo que cambiará la historia pero no por arte de magia sino en la medida en que seamos instrumentos de ese cambio en nuestra Patria.
Si la Argentina no muda de aires, si no se convierte a Dios, si no pone su existencia bajo una luz diferente donde abunde la nobleza, la honestidad, la verdad, la justicia en todos los campos, será imposible avanzar y construir una sociedad totalmente distinta.
Debemos ir al encuentro del Señor, escuchar qué nos dice, y seguramente nos impulsará a buscar siempre el bien.
Un cambio en el timón de la política que no esté acompañado de una verdadera conversión del corazón de todos, resultará un mero maquillaje que traerá tempestades más crueles, ya que “se recoge lo que se siembra; el que siembra para satisfacer su carne, de la carne recogerá sólo la corrupción; y el que siembra según el espíritu, del espíritu recogerá la Vida eterna” (Gálatas 6, 7 y 8).

4.- La tempestad en la Iglesia, y la seguridad en Cristo.

Esta barca que avanza en medio de la tempestad es también imagen de la Iglesia de Cristo, la cual navega en este mundo y por la historia humana en medio del mal, de ese mar que le es hostil tanto desde fuera con el viento y la tempestad de los servidores del maligno, como desde dentro invadida por el agua de la falta de testimonio de los bautizados que amenaza con hundirla, cuando falta la unión plena con Cristo.
Pero a pesar de todo tenemos la seguridad de la presencia del Señor.
“No teman”, -nos dice, “¿Cómo es que no tienen fe?” Aunque parezca que todo se hunde, allí está el Señor para impedirlo.
Hoy también recordamos a los padres en su día. A ellos se los invita a ser timoneles de una barca muy especial, la de la familia.
La familia también hoy está convulsionada por la falta de trabajo, de vivienda, de salarios dignos, de educación en la verdad, de atención en la salud o en la seguridad.
La familia muchas veces es bombardeada desde dentro, haciendo agua, por la desunión reinante entre padres e hijos, disoluciones matrimoniales, la falta de transmisión de la fe y de vivir desde la misma los distintos acontecimientos.
Y en esta familia así vapuleada quiere entrar también Jesús, y le dice “no tengan miedo”. A través de la figura del padre terreno, Jesús se hace presente, como cabeza que es del Cuerpo místico de la Iglesia.
Pidamos por lo tanto también por los padres para que puedan guiar firmemente a su familia, la barca que se les ha confiado.
Imploremos al Padre de todos nos de su gracia para vivir siempre según el evangelio de la verdad.


Padre Ricardo B. Mazza. Director del CEPS Santo Tomás Moro”. Reflexiones sobre los textos de la liturgia del domingo 12 durante el año (ciclo “B”): Job.38, 1.8-11; 2 Cor.5, 14-17 y Marcos 4,35-41. 21 de junio de 2009. ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com; www.nuevoencuentro.com/tomasmoro.-

1 de julio de 2009

“Señor, Tú sabes que te quiero”.


Esta condición de grandeza está al alcance de cada uno, con la fuerza que viene de lo alto.

Todo depende que ante ese Señor de la historia que nos dice a cada uno en lo más secreto del corazón “¿me amas?”, le sepamos responder, “Tú sabes que te quiero”.

Estamos celebrando la misa de la Vigilia de la Solemnidad de los Apóstoles San Pedro y San Pablo.

Los textos bíblicos de la liturgia nos llevan como de la mano a entender este misterio que encierra la vocación de Pedro y Pablo, y que aparece como prototipo de todo llamado de Dios, de toda vocación que Él quiera.

Encontramos una afirmación cargada de ternura de parte de Pedro, que es como la clave de la liturgia de esta tarde: “Señor, Tú sabes que te quiero”.

Cuando alguien es capaz de pronunciar estas palabras delante del Señor, es porque a pesar de las infidelidades propias del ser humano, tiene una orientación fundamental de la vida hacia Jesús, el Único que da sentido a la vida humana.

Jesús le pregunta tres veces a Pedro acerca de su amor para con Él, ya que tres veces lo había negado.

Se trata de un reproche del Señor cargado de dulzura, de amistad, como diciéndole:”Yo sé que tú me has abandonado pero yo estoy buscándote para asegurarte que no te despojo de lo que te he dado. Te elegí como piedra visible de la Iglesia que he fundado, pero no me arrepiento de haberlo hecho. Cuando te elegí sabía de tus debilidades, pero conocía tu decisión de corresponder a ese amor que yo te he brindado desde el comienzo”.

Sin duda alguna aparece nuevamente Dios como el que ama primero tal como lo manifestara en la creación, en la redención y a través de la santificación de cada uno.

Por eso, este reclamo del Señor dirigido a Pedro y a cada uno de nosotros es un reclamo que apunta en definitiva a una vida más plena: “Pedro, ¿me amas?”, “Señor, tú sabes que te quiero”.

Cada uno de nosotros está invitado a sentirse interpelado por el Señor, a abrir el corazón y la mente para que nos pregunte por nuestro nombre: “¿Me amas realmente a través de tus pensamientos, palabras y acciones?, ¿me amas?”

Y con ese amor, “¿estás respondiendo a la predilección que tengo por ti y manifiesto permanentemente?”-pareciera repreguntar Jesús.

Cada uno así solicitado por el Señor, está invitado a responder: “Señor, Tu sabes que te quiero”.

Y a partir de esta afirmación comienza una nueva vida para el bautizado, a pesar de las infidelidades y pecados causados por la debilidad humana.

Cuando una persona ha sabido decir “Señor, tú sabes que te quiero”, está tomando la decisión de orientar su vida a Cristo.

Al encontrarse con el Señor ya no habrá más trampas, engaños, ni distracciones, ni el dejarlo a Él para buscar otras metas, otros rumbos.

El Señor se compromete con ese amor que suscita, transformando de tal manera el corazón del hombre, que lo hace capaz de realizar aquello que enaltecen el nombre de Dios y el de la persona que origina esas obras.

Y así lo encontramos a Pedro, con Juan, junto a la puerta llamada la Hermosa en Jerusalén, curando al paralítico: “No tengo oro ni plata, pero lo que tengo te lo doy “, y en nombre de Jesucristo lo sana.

El poder que tienen tanto Pedro como Juan para curar, es fruto de la afirmación “Señor, tu sabes que te quiero”.

Porque el amor a Cristo no solamente permite recibir gracias especiales de parte de Él, sino que uno mismo como que se anima a cosas superiores a las que podemos hacer en el nombre del Señor ordinariamente.

El recién curado entró al templo saltando, gritando, alabando a Dios, y la gente que lo veía también alababa a Dios. Siempre está la alabanza dirigida al Señor.

Las miradas no están puestas en Pedro y Juan sino en Dios porque el pueblo que vive de la fe reconoce que Juan y Pedro sólo han sido instrumentos en las manos de Dios, y que Dios es el que actúa.

El apóstol, es decir el “enviado”, lo es para que por medio de sus palabras y acciones que van manifestando el misterio de Dios, vaya provocando en el corazón del “resto”, es decir de los fieles, la glorificación de Dios, el dirigirse siempre al Creador.

En definitiva, por la acción curativa que recibe, el paralítico curado es interpelado para que también él pueda decir:”Señor, tú sabes que te quiero”, “tú sabes que te agradezco esta curación. Estaba paralítico, no sólo en el cuerpo sino también en el espíritu, en el corazón y Tú me has librado, por eso repito, Tú sabes que te quiero”.

El Apóstol San Pablo nos habla de cómo percibió el amor de Dios. Perseguía -celoso por sus creencias y con odio- a los cristianos, y cuanto más daño hacía entre ellos, más feliz se sentía. Y su sed de odio parecía que nunca se apagaría.

Hasta que Aquél que lo eligió desde el vientre de su madre –confiesa Pablo- lo llamó por su misericordia. Nuevamente la iniciativa del amor la tiene Dios:”Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”, “¿Quién eres Señor?” Soy Jesús a quien tú persigues”.

En ese momento, Saulo comienza su proceso de conversión, cambia totalmente, reconoce el amor del Señor y con su obrar futuro sabrá decir: “Señor, Tú sabes que te quiero”. “¿Cómo no voy a quererte, después de lo que has hecho por mí?”

Y Pablo tuvo una experiencia tan profunda en su interior, de la acción divina en su corazón, que fue capaz de sufrir inmensas pruebas en su vida por la causa del Evangelio. Él recordará que sufrió persecución, cárcel, frío, calor, hambre, sed, miserias de todo tipo, incomprensión, odio, desprecio, todo por la causa de Cristo, por predicar su Evangelio.

El Apóstol sintiéndose elegido, pareciera decir emocionado: “Seguiré trabajando Señor, porque tú sabes que te quiero”, y porque reconoce que todo lo puede en aquel que lo conforta.

Y así, Pablo y Pedro, vivirán a fondo esta vocación de amor de aquel que los ha elegido y enviado para dar testimonio.

Y este, “Señor, tu sabes que te quiero”, estuvo presente también en el momento del martirio.

Es ante el momento de la muerte, Pablo por la espada y Pedro por la cruz, donde repetía cada uno “Señor, tu sabes que te quiero”.

No rechazaron la penuria del martirio, no dijeron “¡Después de todo lo que hicimos tenemos que padecer el martirio!”.

No, sabían perfectamente que ellos no podían ser diferentes al Maestro.

Si Jesús había muerto por ellos en la cruz, también ellos debían derramar su sangre por el que primero la había derramado por ellos.

Y allí en la muerte volvieron a decir cada uno:”Señor, tu sabes que te quiero”.

Qué hermosa vida la de estos dos hombres que con sus defectos, debilidades y miserias, pero también con sus grandezas, manifestaron y manifiestan al mundo lo que es capaz de realizar el hombre cuando responde a la gracia de lo alto.

Esta condición de grandeza está al alcance de cada uno, con la fuerza que viene de lo alto.

Todo depende que ante ese Señor de la historia que nos dice a cada uno en lo más secreto del corazón “¿me amas?”, le sepamos responder, “Tú sabes que te quiero”.


Padre Ricardo B. Mazza. Director del CEPS “Santo Tomás Moro”. Reflexiones sobre los textos bíblicos de la Vigilia de los Apóstoles Pedro y Pablo. 28 de junio de 2009. Hechos 3,1-10; Gál.1, 11-20; Jn.21, 15-19.-

ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com; www.nuevoencuentro.com/tomasmoro.-

28 de junio de 2009

Tomás Moro, un político “testimonial”. (Segunda parte)

“Santo Tomás Moro se distinguió por la constante fidelidad a las autoridades y a las instituciones legítimas, precisamente porque en las mismas quería servir no al poder, sino al supremo ideal de la justicia. Su vida nos enseña que el gobierno es, antes que nada, ejercicio de virtudes” (carta nº 4).
Por P. Ricardi Bautista Mazza

4.-El testimonio de su vida particular y familiar.
Continúa describiendo Juan Pablo II a Tomás Moro en su vida familiar diciendo que “Sintiéndose llamado al matrimonio, a la vida familiar y al compromiso laical, se casó en 1505 con Juana Colt, de la cual tuvo cuatro hijos. Juana murió en 1511 y Tomás se casó en segundas nupcias con Alicia Middleton, viuda con una hija. Fue durante toda su vida un marido y un padre cariñoso y fiel, profundamente comprometido en la educación religiosa, moral e intelectual de sus hijos. Su casa acogía yernos, nueras y nietos y estaba abierta a muchos jóvenes amigos en busca de la verdad o de la propia vocación”. (Carta nº 2).
La santidad de vida del creyente se acrecienta asumiendo desde la fe los compromisos propios del deber de estado, siendo el matrimonio y la familia uno de los ejes más importantes de toda existencia humana.
Así lo entendió Tomás Moro quien desde el hogar fue creando un ámbito propicio en el que se nutrían sus descendientes por medio de la transmisión de la fe católica y de un proyecto de vida profundamente humano en el que se destacaban las virtudes tanto personales como las relacionadas con la vida social.
“En este sentido, partiendo del amor y en constante referencia a él, el reciente Sínodo ha puesto de relieve cuatro cometidos generales de la familia:1) Formación de una comunidad de personas; 2) servicio a la vida; 3) participación en el desarrollo de la sociedad;
4) participación en la vida y misión de la Iglesia.”(Exhortación Apostólica de Juan Pablo II “Familiaris Consortio, nº 17).
Adelantado a su época, Tomás Moro bregó en sus matrimonios y familias respectivas por llevar a cabo estos cuatros cometidos señalados.
Es suficiente mirar a nuestro alrededor para advertir sin mucho esfuerzo que es la familia la que permite la realización plena del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios.
Gracias a esa semejanza con Dios, el hombre lleva en su ser impreso el misterio más grande de la grandeza humana, es decir, que sólo se es auténticamente hombre cuando la riqueza de la comunidad divina se continúa en la creatura humana.
Para realizar este cometido, necesita el ser humano conocerse como persona no cerrada sobre sí misma, sino llamada a formar comunidad con los demás prójimos, sean los unidos a él ya por los lazos de sangre, amicales o ciudadanos.
Cuando desde la intimidad personal descubrimos también al otro como imagen y semejanza del totalmente “Otro”, es cuando es posible establecer puentes para constituir comunidad, familia.
En el hallazgo de la comunidad y del “otro”, en el totalmente “Otro”, el ser humano se abre a la vida ya que comprende su valiosidad ejemplar que jamás puede ser vulnerada, poseída, pisoteada o despreciada en aras del enclaustramiento más feroz del egoísmo.
En nuestra época, en cambio, el “otro” ha sido devaluado de tal manera que hasta los que se dicen querer ejercer como políticos, hacen selección interesada de su prójimo, estando prontos a satisfacer a las minorías “progresistas” que no dudan en sacrificar en al altar de Moloc por medio del aborto a los niños no nacidos, o arrinconar a los ancianos y enfermos a los que consideran inútiles para una sociedad hedonista, o eliminarlos por la “eutanasia” bajo la fórmula siniestra de un postulado autodenominado “derecho a la muerte”.
Ni qué decir que se hacen eco de las apetencias de ciertos “colectivos” que pugnan por nuevas “versiones” del matrimonio y de la familia que no integran lo que el Creador ha formulado para la naturaleza humana.
Estas propuestas de políticos argentinos, autoproclamados algunos como “defensores de la ética”, avasallan sin ninguna vergüenza los principios más elementales que protegen la vida, ya naciente, ya en su desarrollo o en su postrimerías, a la dignidad del matrimonio y de la familia, como si la verdad de esto dependiera del “voluntarismo” de su capricho oportunista y no de fundamentos que tocan al mismo hombre en su ser.
Para ellos la “ética” sólo mira el negociado, o el enriquecimiento ilícito, y no a la persona misma que se la vulnera caprichosamente, como si pudiera existir honestidad para gobernar o legislar si se desprecia al ser humano en su derecho primero cual es el de la vida, y a su deber primero cual es el de reconocerse como cada uno es biológicamente, llamado a la comunidad tan enaltecedora de la persona como lo es el matrimonio y la familia, según el designio del Creador.

5.-El testimonio como laico “en el mundo” y “en la Iglesia”.

En un tiempo histórico tan especial como le tocó vivir, Tomás Moro intuyó que como bautizado debía hacer un aporte concreto a la sociedad como lo señala Familiaris Consortio (nº 17). Lo hizo viviendo de modo extraordinario lo que le correspondía realizar cotidianamente.
Como ya advirtiera desempeñó cada tarea que se le encomendó para bien de su país y de cada conciudadano, sin buscar nunca las honras tan fugaces como el tiempo, por las que muchos ponen alma y vida para obtenerlas por cualquier precio.
Participando en la “vida y misión de la Iglesia” (cf. FC nº 17), “En 1532, no queriendo dar su apoyo al proyecto de Enrique VIII que quería asumir el control sobre la Iglesia en Inglaterra, presentó su dimisión”. …“Constatada su gran firmeza en rechazar cualquier compromiso contra su propia conciencia, el Rey, en 1534, lo hizo encarcelar en la Torre de Londres dónde fue sometido a diversas formas de presión psicológica. Tomás Moro no se dejó vencer y rechazó prestar el juramento que se le pedía, porque ello hubiera supuesto la aceptación de una situación política y eclesiástica que preparaba el terreno a un despotismo sin control.”(Carta nº 3).
A diferencia de muchos políticos de nuestro tiempo, no sólo afirmaba pertenecer a la Iglesia Católica sino que daba fe de éste principio con su obrar cotidiano, de allí que intuyendo el autoritarismo político y religioso que esgrimía su rey, prefirió servir incondicionalmente a su único Señor, su Creador y Salvador.
De allí que “durante el proceso al que fue sometido, pronunció una apasionada apología de las propias convicciones sobre la indisolubilidad del matrimonio, el respeto del patrimonio jurídico inspirado en los valores cristianos y la libertad de la Iglesia ante el Estado. Condenado por el tribunal, fue decapitado”. (Carta 3).
¿Cuántos políticos de nuestro tiempo, considerados católicos, no dudaron en apoyar leyes divorcistas o contrarias a las enseñanzas de la Iglesia? Su fidelidad al partido o a su ideología, tiene con frecuencia más peso que el profesar la fe católica que “dicen” poseer.
No pocos son los católicos, por lo demás, que en el ejercicio de la llamada “política pluralista” no dudan en pretender someter a la Iglesia agrediéndola por defender las verdades más elementales en los distintos ámbitos de la vida humana, como la educación, la economía, la moral pública.
Y así por ejemplo, próximos estamos a que se considere a la Iglesia culpable de infringir la ley “contra la discriminación” por sostener que el matrimonio está constituido por un varón y una mujer, y que la homosexualidad, entre otras situaciones tan comunes hoy, no está enmarcada por la enseñanza evangélica.
Y no quepa duda alguna, vienen por más…..

6.-Testimoniando vida austera, muere privado de bienes.

Recuerda Juan Pablo II que“estimado por todos por su indefectible integridad moral, la agudeza de su ingenio, su carácter alegre y simpático y su erudición extraordinaria …se retiró de la vida pública aceptando sufrir con su familia la pobreza y el abandono de muchos que, en la prueba, se mostraron falsos amigos”.(Carta nº 3).
Es conocido el requerimiento de su segunda esposa porque aceptara las pretensiones del rey olvidando el imperio de su conciencia para verse librado él y su familia de la extrema pobreza a la que eran sometidos por su íntegra fidelidad a la verdad.
Sin embargo Tomás Moro prefirió hasta su muerte vivir en la firmeza de la verdad antes que apoyarse en la seguridad pasajera de los bienes de este mundo.
Al respecto nos enseña que “si en la presente tribulación turca (se refiere a enrique VIII) nos persiguen a causa de la fe de manera que los que la renieguen mantengan sus bienes y los pierdan los que no la abandonen, la persecución será como una piedra de toque, y mostrará quién finge y quién es auténtico, y enseñará a discernir mejor a los que se creen con mejores intenciones de lo que sus obras indican. Porque hay algunos que creen tener buenas intenciones mientras se construyen a sí mismos una conciencia, y se quedan con un montón enorme de riqueza superflua siempre pensando que harán con ella alguna obra buena en la que lo darán todo de una vez, o si no, sus herederos lo harán. Si no se mienten a sí mismos, y guardan todo eso por algún propósito bueno, para hacer de verdad lo que Dios quiera, entonces deberán estar muy contentos en esta persecución de separarse de todo para dar gusto a Dios manteniéndose en su fe” (Diálogo de la fortaleza contra la tribulación, pág. 254. Editorial Rialp. 2002).
En las bellas páginas de este “Diálogo”, escritas en la cárcel, Tomás Moro, nos deja un mensaje sobre su fe y adhesión a Cristo Nuestro Señor, motivo más que suficiente para preferir perder todo lo terrenal si ello fuera necesario para permanecer en Jesús.
Nos enseña pues, que “Nadie puede servir a la vez a dos señores. Cristo quiere que creáis todo lo que Él os dice y que hagáis todo lo que Él os manda, y que desechéis lo que Él os prohíbe, sin ninguna excepción. Quebrantad uno de sus mandamientos, y los habéis quebrantado todos.”(op.cit. pág. 257).
El servicio a la autoridad temporal nunca ha de ser superior al que corresponde brindar al Creador, es sintéticamente el pensamiento del santo.
De allí, que en conflicto de deberes, el creyente verdadero, aún en el mundo de la política, elige siempre a su Dios antes que a su “rey temporal”.
Esta es la clave para entender profundamente el testimonio de este gran santo.
Quiera Dios concedernos en estos tiempos tan oscuros para nuestra Argentina, el que podamos vislumbrar una patria diferente en el que imitadores de Tomás Moro la conduzcan por la senda de la verdad al destino de grandeza fijado desde sus orígenes.
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Padre Ricardo B. Mazza. Director. En el décimo aniversario de la fundación del CEPS “Santo Tomás Moro”. 28 de Junio de 2009. ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com; www.nuevoencuentro.com/tomasmoro.-