8 de noviembre de 2009

Sic transit gloria mundi


Vivimos insertos en un mundo que en la actualidad ha perdido su rumbo verdadero, el que le viene por su realidad creatural, esto es, el orientarse hacia el Padre de todos que nos llama a participar de su misma vida. La humanidad entera sigue gimiendo con los dolores de parto que darán lugar a un Cielo nuevo, y a una Tierra nueva, no sabemos cuándo.
Nuestra patria, lugar de exilio para los creyentes que caminamos hacia la verdadera Patria que no se deshace, se dirige según la experiencia de cada día a su disolución final, de la que nos liberaremos no por nuestro obrar, sino por la infinita misericordia de Dios que suscitará cuando Él quiera un brote nuevo que nos haga renacer de las miserias más profundas.
Hasta que esto ocurra –como sucediera con el pueblo elegido-, la corrupción más profunda, y su enseñoramiento cada vez más procaz lo invaden todo. La violencia impune sigue desatándose con prisa y sin pausa. Quienes debieran trabajar por el bien común sólo atinan a cebarse en las miserias y migajas de los marginados de la sociedad. La prepotencia de unos pocos que detentan el poder más absoluto, no da señales de concluir. Dejamos tras cada uno de nosotros una tierra arrasada para las generaciones futuras.
El común de la gente ha perdido ya la esperanza por un futuro mejor, no sólo temporal sino también eterno. Sólo interesa vivir el momento ya sea porque no sabemos qué pasará mañana, ya sea porque la cultura del disfrute a toda costa ha ido poseyendo las mentes y corazones de cada vez más voluntades.
En medio de tantos intentos por destruir la verdad y sumir a todos en el reinado de la mentira y la ficción, la Iglesia aparece una vez más entre y ante nosotros como un faro cuya luz nos permite descubrir el verdadero sentido de la vida.
En efecto, al proclamar ante el mundo cuál es nuestro origen -nacidos de Dios- , nos muestra el camino que conduce a la meta que esperamos alcanzar y desde la cual llama a toda persona de buena voluntad a salir de un pesimismo cada vez más lacerante para otear un futuro de gloria.
La festividad de hoy –Todos los Santos- nos permitir ingresar en un remanso de paz y gozo inconmensurables.
Mientras el presente se obstina en que permanezcamos en la mediocridad de la gloria mundana, la liturgia de este día nos afirma que en la evocación de los santos empalidece la gloria de este mundo –sic transit gloria mundi- porque pasan los oropeles del tiempo y sólo queda la permanencia del encuentro definitivo con Dios.
En el espíritu del sermón de la montaña (Mateo 5,1-12) comprobamos la crudeza de esta verdad, ya que disiente con la superficialidad contemporánea que vivimos en nuestra sociedad.
El “¡Felices los que tienen alma de pobres!” (Mt.5, 3) porque al no dejarse esclavizar por la avaricia poseerán el Reino de los Cielos, contrasta con lo que proclama el espíritu mundano con el “felices los que han puesto su confianza en las riquezas como salvoconducto de sus vidas efímeras”, sin recordar la advertencia de “¡Ay de ustedes los ricos, porque ya tienen su consuelo! “(Lc.6, 24).
Felices los que sufren con paciencia toda desventura enfrenta a los que se gozan seguros de sus proyectos y planes mundanos.
“¡Felices los que lloran porque serán consolados!” (Mt.5, 5), contraría a los que se sienten radiantes cebándose en los despojos de sus hermanos, olvidando el tremendo aviso evangélico que recuerda “¡Ay de ustedes los que ahora ríen, porque conocerán la aflicción y las lágrimas!“(Lc. 6, 25).
“¡Felices los que tiene hambre y sed de justicia, porque quedarán saciados!” (Mt. 5, 6), corresponde al deseo y al clamor de tantos ante una justicia largamente esperada que se sienten agobiados por la burla a sus derechos conculcados por la soberbia de los que olvidan la admonición de la escritura: “¡Ay de ustedes los que ahora están satisfechos” gozándose en la impunidad de la injusticia, “porque tendrán hambre!” (Lc. 6, 25).
“¡Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia!” (Mt.5, 7), nos enseña Jesús, mientras los hombres alejan cada vez más su corazón de las miserias de unos y otros.
Mientras los que tienen el corazón puro ven cada vez más a Dios y desde Él a sus prójimos, el mundo se regodea en todo tipo de impurezas y el interior del hombre se llena de malas intenciones y deseos que quitan el equilibrio de cada uno.
Los que trabajan por la paz son llamados hijos de Dios, mientras el mundo se presenta cada vez más despiadado por la violencia, las guerras y todo tipo de división que va destruyendo aún la posibilidad de vivir en armonía.
Los que trabajan por la justicia son cada vez más escasos en una sociedad que se construye sobre las injusticias más profundas que claman con fuerza ante el Creador buscando explicación ante tanta maldad.
Sin embargo, la enseñanza evangélica sigue invitando a responder de una manera nueva, sin temer nunca por las contrariedades de la vida, ya que “¡Felices los que son perseguidos por la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos!” (Mateo 5, 10). En realidad, aunque parezca que vence la injusticia más grosera, los hombres de buena voluntad confiamos en que la justicia de Dios brillará en su esplendor.
Jesús no profetiza un camino de rosas a quienes lo sigamos en este mundo, ya que como Él seremos insultados, perseguidos y calumniados de toda forma por su causa, aunque nos asegura que la recompensa final será grande, acorde con los elegidos (cf. Mt. 5, 11 y 12).
Este anuncio del Señor de cara a la vida de la Iglesia de todos los tiempos se cumple también en la actualidad, tal como Él lo había anticipado
.
Ante tanta persecución y burla recibida por ser creyentes o por querer vivir como el Maestro, no hemos de desanimarnos, como quien no tiene razón o peso en medio de la sociedad, por el contrario, la actitud evangélica que se corresponde es la de la alegría por ser considerados dignos de dar testimonio de nuestra fe y vida diferente.
Más aún, hemos de darnos cuenta que cuanto más se desprecie la fe y vida católicas, más se reconoce su verdad y grandeza, de allí la repulsa expresada en los que odian la fe. Impotentes para contradecir la verdad evangélica con argumentos firmes, se esconden en la fuerza del poder que muchas veces detentan para intentar destruir todo lo santo.
De allí que no pocos legisladores y políticos son los que en todas partes no cesan de intentar callar a la Iglesia, porque su enseñanza –sostenida desde siempre- les es insoportable ya que se impone – a su pesar- con la luminosidad proveniente de Aquél que es la luz del mundo.
En nuestros días se pretende diluir el matrimonio con “nuevas formas”, so pretexto de no discriminar y en base a “supuestos” derechos fantasiosos.
Con esta decisión fruto del voluntarismo y no de la recta razón, no sólo se canoniza la validez fundante de la familia y por ende de la sociedad en la natural unión del varón y de la mujer –y por eso se quieren equiparar a ella otras uniones- sino que se reconoce también por ello la perdurabilidad efímera de estos estilos de vida por la imposibilidad de reconciliarlos con la naturaleza de las cosas.
Mientras perversas motivaciones ideológicas y dinerarias continúan quemando incienso en el altar de Moloc con la destrucción de personas que no ven la luz del tiempo por el crimen del aborto, la gloria del cielo seguirá creciendo con la presencia de “los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero” (Apoc.7, 14).
Aclamar a los santos hoy, es celebrar ya en el tiempo la culminación feliz de nuestra esperanza, tenerlos a ellos no sólo como intercesores ante el Padre, sino como modelos que nos alientan a seguir en este mundo como trigo en medio de la cizaña, dando testimonio de nuestra esperanza con la vivencia de una fe inquebrantable en el Señor y su Palabra liberadora de todo lo que nos oprime.
El triunfo de los santos es una proclamación constante ante los que obran el mal, que sic transit gloria mundi, así pasa la gloria del mundo, y que sólo permanece como verdad la presencia de “una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblos y lenguas” gritando “con voz potente: ¡La Salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!” (Ap.7, vers.9 y 10).
Es en la Vida Eterna que se dará cumplimiento aquello que los fieles de todos los tiempos hemos creído, esperado y amado: “La bendición y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Dios, por los siglos de los siglos. Amén” (Apoc. 7, 12).-

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Padre Ricardo B. Mazza. Párroco de “San Juan Bautista” en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina.- Domingo 01 de Noviembre de 2009. Solemnidad de Todos los Santos. ribamazza@gmail.com;www.nuevoencuentro.com/tomasmoro; http://ricardomazza.blogspot.com.-/

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31 de octubre de 2009

“Yo te amé con amor eterno, por eso te atraje con fidelidad” (Jer.31,3)


1.-“El resto”, amado con amor eterno.
La misión profética de Jeremías no consiste únicamente en “arrancar y derribar”, sino también en “edificar y plantar” (Jr. 1,10). Jeremías luchó durante muchos años para suprimir el mal que desgarraba la vida del pueblo elegido. Pero Judá no supo responder a su mensaje. El pecado tiene raíces tan profundas en el corazón del hombre que éste no puede liberarse de ese lastre por sí mismo. Parecería que Dios ha fracasado en su intento de formar un Pueblo fiel. El profeta no se deja desmoralizar al comprobar esta esclavitud profunda en el corazón del hombre, y predice una futura intervención de Dios que cambiará las relaciones del pueblo con Él.
Después de un período de purificación en el exilio, el pueblo se alegra con la esperanza del retorno a su Patria (Jer.31, 7-9). Quienes regresan configuran el “resto” de Israel, un grupo formado no por victoriosos sino de salvados, constituyendo el centro que atraerá a las naciones que respondan a la misericordia y al llamado de un Dios que siempre se encuentra con el hombre para rescatarlo de sus miserias más profundas.
La transformación interior de este”resto” o pequeño rebaño influye en la innovación incluso de todo lo que le rodea. La tierra se transforma según el corazón de los hombres, y los que “habían partido llorando” retornan “llenos de consuelo” y conducidos a “los torrentes de agua por un camino llano” (Jer 31,9).
El salmo 125 que responde al texto de Jeremías continúa en la misma línea de alegría desbordante en el corazón humano porque “el Señor ha estado grande con nosotros” (Ps. 125,1). El júbilo es tan grande que hasta los paganos reconocen que “El Señor ha estado grande con ellos”, reza el salmista alborozado.
Todo irradia la felicidad desbordante que derrama la misericordia de Dios, lo cual asegura que en la fidelidad al Creador se encuentra la fuente de tanto don y grandeza en el “resto”, pequeño rebaño anunciador de lo que vendrá en el Nuevo Testamento con la presencia de Jesús.
De allí que la Iglesia de nuestro tiempo presencializa “el resto” de Israel en medio de una cultura indiferente hacia Dios y prescindente de la búsqueda de la grandeza del hombre desde el corazón recto que se orienta hacia Aquél que lo restituye en su santidad original.
A pesar de sus límites y de ser muchas veces ignorada por sus contemporáneos, la Iglesia sigue siendo, por voluntad de Jesús, un signo de salvación y el centro de la Historia.
Tanto en el “resto” de Israel, como en la Iglesia “pequeño rebaño”-“pusillus grex”- (Lc. 12,32), se concretan las palabras del Señor: “Yo te amé con amor eterno, por eso te atraje con fidelidad” (Jer.31, 3).

2.-Bartimeo, el amado con “amor eterno”
El texto evangélico del día (Mc.10, 46-52) nos presenta la figura de Bartimeo, el ciego de Jericó, sentado junto al camino, imposibilitado por su ceguera y pobreza de avanzar por la vida como los demás hombres. Seguramente muchos pasarían de largo al verlo “al costado” del camino, ya que su presencia no conmociona el corazón de los caminantes, acostumbrados a advertir tantos excluidos de la sociedad y de la vida.
Bartimeo podría –como muchos de los desechados - estar “conforme” y resignado por su situación, sin esperar ya nada ni de Dios ni de los demás.
Sólo le queda asumir su realidad y tratar de sobrevivir en medio de una sociedad despreocupada por los “miserables” de este mundo.
Sin embargo, en su corazón espera salir del exilio social y espiritual, gracias al poder ver a Jesús y acogerse a su misericordia salvadora.
“¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!” gritará ante el Mesías.
Muchos lo reprendían –destaca el texto- intentando callarlo. Multitud esta que representa a ese mundo que pretender silenciar el grito angustioso del que tiene fe, como diciéndole, “El Señor está muy ocupado para atenderte a ti”, o “Dios ya no se inclina ante las miserias humanas”.
Pero el ciego seguirá gritando su esperanza, con mayor entusiasmo, seguro de ser escuchado reclamando la piedad de Jesús, como lo hacemos en cada Eucaristía, convencidos de ser tenidos en cuenta.
Y Aquél que se dirige a Jerusalén para el sacrificio redentor, se detiene requiriendo a los que lo rodean: “Llámenlo”.
Fue suficiente que le digan “Levántate, Él te llama”, para que “arrojando su manto”, se pusiera de pie de un salto y fuera hacia Él (cf. v.50).
Arrojar el manto que lo abrigaba en las noches frías en medio de la intemperie, significa para él dejar de lado toda seguridad, prescindir del único hogar cálido que lo protegía en medio de sus miserias.
Ponerse de pie de un salto señala la prontitud de la fe que en medio de la oscuridad de su ceguera corporal mantiene viva su luz esclarecedora. Suplicar la piedad de Jesús implica reconocer su indignidad personal y que sólo el Señor podría rescatarlo de lo más profundo de sus miserias.
A pesar de conocer su necesidad más profunda, Jesús le pregunta acerca de lo que quiere que Él haga a su favor.
“Maestro, que yo pueda ver”, será la respuesta escueta.
Y Jesús, interpretando su deseo más profundo de ser iluminado interiormente, le responde “Vete, tu fe te ha salvado”.
Bartimeo vio con los ojos de la carne, pero no se fue como le dijera el Señor ya que comenzó “a ver” con la luz interior de la fe. De allí que la actitud consecuente con lo en él realizado, fue seguirlo por el camino.
Ya no permanecerá “al costado” esperando ser acogido por alguien –como quizás otros esperaban-, sino que sintiéndose amado por Él con amor eterno, retomó el camino del seguimiento del único que puede rescatar al hombre de sus desdichas.

3.-El hombre desechado, Bartimeo de nuestro tiempo.
El ser humano muchas veces olvidado por todos en su exclusión, espera la presencia de algún salvador, como el argentino desposeído que ilusoriamente cree que los “líderes” de esta sociedad pueden rescatarlo de sus limitaciones. ¡Vana utopía que sólo lleva a la degradación cada vez más profunda del desechado de nuestra sociedad!
Sólo Cristo puede sacar de las miserias más subterráneas, incluyendo el pecado, por eso el evangelio nos deja a todos una enseñanza que puede cambiar no sólo al hombre en particular sino también a la sociedad toda.
La figura de Cristo deja abierta la invitación para que todos los ciudadanos, especialmente los que posean el poder y la responsabilidad de laborar a favor de la justicia social, miremos como Cristo a quien clama piedad desde sus carencias y le ayudemos a salir de ellas, reconociendo su vocación a la grandeza como hijo de Dios.
A su vez el que clama, no conformándose con las dádivas que lo mantienen cautivo, ha de despojarse de las precarias seguridades que le pretenden imponer, para buscar no sólo una vida nueva, sino un compromiso de involucrarse en el trabajo por el bien de todos.
La fe verdadera hace operante a todo hombre de buena voluntad, ya que desde Cristo se busca la dignificación del hombre cesando de oprimirlo como acontece en la actualidad.
Y, por otra parte, el que clama, descubriendo su dignidad de hijo de Dios, no se resigna a ser desechado sino que busca elevarse por encima de sus infortunios sintiéndose co-responsable del crecimiento de todos.
La Argentina toda, en el presente, como Bartimeo, implora aún sin saberlo, la piedad del Señor, y éste le pregunta a su vez ¿qué quieres que haga por ti?
La respuesta, sin duda alguna, ha de consistir en la conversión sincera de todos con el deseo de ser curados por el único que puede rescatarnos de nuestras miserias, para que comencemos a transitar el camino del seguimiento de Jesús, esto es, el recuperar los valores que nos han visto nacer como sociedad cristiana y que hemos desechado, confiando vanamente en las propuestas mundanas de una cultura sin Dios que nos están hundiendo cada vez más en el vacío más atroz.

4.-El que nos amó desde siempre es nuestro pontífice.
El autor de la carta a los hebreos (5,1-6) nos asegura que Jesús como sacerdote eterno según el orden de Melquisedec, es Pontífice, es decir “puente” entre nosotros y el Padre, el cual habiendo asumido nuestras debilidades, menos el pecado, expió nuestras culpas por medio de su sacrificio redentor, ofreciéndose como mediador para alcanzar la meta para la que fuimos creados.
Esta presencia salvadora de Jesús nos consuela en medio de tantas incertidumbres presentes en la actualidad, y nos confirma que el Señor es el único camino que puede preservar al hombre de innúmeras miserias.
El ser humano ha intentado todo alejándose de Dios y su misericordia, y sólo hemos conseguido vivir en el presente como exiliados en nuestra propia Patria a consecuencia de no procurar seguir por el camino que nos muestra Jesús y conduce a la gloria del Padre.
Crezcamos en la fe recibida y acudamos de nuevo al único que puede mostrarnos una existencia nueva.

Padre Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de “San Juan Bautista” en Santa Fe de la Vera Cruz. Homilía del domingo 25 de Octubre de 2009, XXXº del tiempo Ordinario, Ciclo “B”.- ribamazza@gmail.com; www.nuevoencuentro.com/tomasmoro; http://ricardomazza.blogspot.com.-/
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25 de octubre de 2009

Servir es la misión del seguidor de Cristo


La liturgia Eucarística es siempre sacrificial, porque es memorial y actualización del sacrificio de la Cruz. Pero éste su carácter, queda hoy evidenciado especialmente por la Liturgia de la Palabra, centrada enteramente en el misterio de la pasión y muerte de Jesús.
En la primera lectura, el profeta Isaías (53,10-11) en breves versículos anuncia el plan divino acerca del Siervo de Yahvé”, figura de Cristo: “el Señor quiso triturarlo con el sufrimiento”. Tal fue la voluntad de Dios que quiso entregar a su Hijo por la salvación del mundo, y tal será la voluntad de Cristo “cuando entregue su vida como expiación”.
Ese sacrificio voluntario “justificará a muchos”, o sea, preservará a la multitud de los hombres que acepten ser salvados. El precio será su muerte, con la que expiará “los crímenes de ellos”.
En verdad no es poca cosa el pecado –lejanía y olvido de Dios-, como tampoco es una figura literaria el amor de Dios a los hombres, si para redimirlos ha querido que su Hijo muriese en la Cruz. Muerte que concluyó, es cierto, en la gloria de la resurrección, pero sólo pasando por los rigores y las angustias más crueles.
El Evangelio del día (Mc. 10, 35-45), deja oír la petición de los hijos de Zebedeo en contraste con las enseñanzas de Jesús que por tercera vez anuncia su pasión redentora:”Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda”.
Cristo piensa en su muerte redentora, en la entrega total de sí en la humillación más agobiante, mientras que sus discípulos –fiel reflejo del criterio mundano- buscan evadirse del sufrimiento y asegurarse en cambio el honor a través de los puestos que los enaltecerían junto a un Mesías temporal que presumen será encumbrado.
Tentación continua la del hombre será esta de no escuchar al Señor de la Cruz, ensimismado y cegado por las glorias pasajeras que aseguran sólo bienestar y el disfrute efímero de aquello que deja vacío el corazón humano.
Jesús, que viene a salvar al hombre de toda esclavitud, con paciencia a pesar de ver la incomprensión que lo rodea, seguirá insistiendo en lo que personifica lo esencial de su mensaje, señalando que quien quiera tener parte en su gloria deberá beber el cáliz del sufrimiento: “¿Son capaces de beber el cáliz que yo he de beber?”.
Juan y Santiago se apresuran a responder afirmativamente, empujados todavía por el deseo de la gloria mundana, y seguramente sin entender del todo que el precio de la entrada al reino es seguir su mismo camino, apurar con él hasta la última gota del dolor, sumergirse con el Salvador en su pasión y muerte, sin que esto les dé derecho a los primeros puestos, destinados por el Padre a quien quiere.
Sumergirse, en efecto, en la pasión del Señor es sólo condición para entrar con Él a la gloria.
El enojo posterior de los discípulos, que consideran que la actitud de Juan y Santiago era un intento para desplazarlos, sirve para que Jesús les enseñe a todos que lo que verdaderamente importa es el servicio al Evangelio y a los hermanos.
Es constante en la experiencia humana comprobar cómo los que se dicen gobernantes se desempeñan como tales buscando tiranizar y dominar a aquellos a quienes debieran servir- recalca Jesús con perspicacia y presente actualidad en su enseñanza.
Quienes actúan de ese modo viven sometidos a sus deseos desordenados de poder por los que sólo piensan en su propio disfrute y en utilizar a sus hermanos como medio para acrecentar poder y riqueza.
El cristiano y seguidor de Cristo, por el contrario, se ha de conducir de modo que “el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos” (vv.43 y 44).
En la Iglesia de Cristo no ha de haber lugar, por lo tanto, para las mezquinas competiciones del orgullo, para los manejos de la ambición, para el afán de triunfo, gloria o preeminencia sobre los otros.
Si hay competición entre los cristianos ha de ser para pretender el lugar de mayor servicio, no desde la cumbre del poder, -a no ser que así lo disponga el Padre- sino desde la pequeñez de la entrega desinteresada de uno mismo por el bien de todos.
El propio Jesús expresa el fundamento de esta elección por el servicio incondicional acorde con el verdadero seguidor: “el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud” (v.45). Así, pues, el discípulo de Jesús descubre que siguiéndolo a Él con la propia cruz del desasimiento personal, se logra imitarle y entrar en la gloria.
Los otros, en cambio, los que “dominan” a sus hermanos sin ponerse nunca al servicio de ellos, contemplándose siempre en su propia vanidad, ahondan más y más el vacío de sus corazones.
La sociedad entera sería otra cosa si los bautizados todos viviéramos nuestra condición de ciudadanos de la tierra con una actitud de servicio constante.
Si el profesional de la salud, de la educación, si el político o el gobernante, el sindicalista, el consagrado o el simple fiel, viviéramos en esa permanente actitud de servicio como Cristo, muriendo a nosotros mismos, la Patria de la tierra sería transformada.
Cuando la familia procura que cada uno de sus integrantes crezca como ciudadano del cielo y de la tierra, el servicio se transforma en continua entrega de sí por el bien de los otros.
En fin, cuando, para todos sea primordial el servicio a la vida de sus hermanos, en los diversos ámbitos de la dignificación humana, el camino a la gloria estará abierto hasta el encuentro definitivo del Padre con sus hijos, amados y redimidos por el Hijo presente en la historia humana.
Para animar a los creyentes a llevar la Cruz, el autor de la carta a los Hebreos (4,14-16) recuerda que tenemos en Jesús “un sumo sacerdote grande”, el cual habiéndose hecho en todo semejante a nosotros, menos en el pecado, conociendo y asumiendo nuestras debilidades se ha hecho capaz de compadecerse de nuestras miserias.
Hermanos: El que ahora está sentado a la diestra del Padre para interceder por nosotros, fue pasible del dolor, agonizó y tembló ante el sufrimiento y la muerte, permitiendo esto que podamos acercarnos con seguridad “al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia que nos auxilie oportunamente”. Pidámosle nos ilumine para llegar a comprender nuestro llamado al servicio, y nos otorgue su fuerza para mantenernos siempre en esta actitud semejante a la de Cristo, sin dejarnos seducir por las efímeras gloria del poder mundano.


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Padre Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de “San Juan Bautista” en Santa Fe de la Vera Cruz. Domingo 29 durante el año, ciclo “B”. 18 de Octubre de 2009. ribamazza@gmail.com; www.nuevoencuentro.com/tomasmoro; http://ricardomazza.blogspot.com.-/
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18 de octubre de 2009

INVITACIÓN A LA PERFECCIÓN EVANGÉLICA….


La enseñanza común a los tres textos bíblicos de este domingo gira alrededor del tema de la sabiduría. Esa sabiduría de Dios que es participada por el ser humano, por cada uno de nosotros, y que implica el arte de saber vivir. ¿En qué consiste el saber vivir? En la primera lectura tomada del libro de la Sabiduría (7,7-11) el rey Salomón agradece a Dios por este don que le ha sido conferido como respuesta a la súplica por él elevada oportunamente.
En efecto, antes de comenzar a reinar Salomón le pide a Dios la ciencia suficiente para poder gobernar rectamente a su pueblo y realizar siempre el bien en beneficio del mismo.
Dios, sorprendido por este pedido, ya que no reclamó riquezas, sino que solicitó la sabiduría, el conocimiento, la posibilidad de poder vivir bien él y enseñarle a los demás lo que ha de llevarse a la práctica, le concede la inteligencia suficiente para gobernar correctamente, y le agrega además los bienes terrenales que no había pretendido.
¿En qué consiste este arte del buen vivir o el vivir rectamente? No se trata de saber disfrutar absolutamente de todo, sin medida y sin límite, como muchas veces el común de los mortales entiende, sino que el arte o la sabiduría del buen vivir consiste en seguir la voluntad de Dios.
Es realmente sabio el que sabe discernir los distintos acontecimientos de su vida y sabe aplicar a la realidad de todos los días esa participación que tiene de la sabiduría de Dios.
En la primera oración de esta liturgia dominical dirigida al Padre de todos, y que reúne las intenciones de la Iglesia que peregrina en el tiempo, pedíamos que su gracia nos preceda y acompañe siempre para que estemos dispuestos a hacer el bien.
Sintetiza, como se advierte enseguida, la súplica de todo creyente que quiere ser instruido por la participación de la sabiduría infinita de Dios.
Esta sabiduría implorada permite al hombre saborear, gustar, aquello que lo ennoblece como persona huyendo de lo que lo denigra, del saborear otro tipo de bienes que lo rebajan como persona, que le hacen experimentar placeres pasajeros y que en definitiva no conducen a la plenitud del encuentro con Dios.
Así lo entendió Salomón cuando comenzó a reinar pidiendo lo que necesitaba para su recto obrar, ya que los cetros y las riquezas no son más que “arena” al compararlos con la sabiduría de Dios.
En la segunda lectura, la Carta a los Hebreos (4,12-13) enseña que la Palabra de Dios penetra lo más profundo del hombre, escudriña lo íntimo de su ser, juzga los deseos e intenciones del corazón, y nada se le oculta.
Como ante la sabiduría de Dios todo está patente, esta Palabra nos lo comunica a Él mismo, Palabra viva hecha carne en Jesucristo que entra en diálogo con nosotros mostrándonos el camino de la salvación humana.
Dejarnos descubrir y enseñar por esa Palabra-Sabiduría de Dios entraña el saber responderle con la entrega dócil de toda nuestra existencia que se va transformando a través de la fuerza de la divinidad.
De allí la necesidad de dejarnos enseñar por la Palabra de Dios que nos descubre la intimidad divina que quiere entrar en diálogo con la nuestra.
Si contemplamos la enseñanza del Evangelio (Mc.10, 17-30) nos encontramos con referencias concretas a ese conocimiento especial de Dios y de la vida.
Un hombre se acerca a Jesús y le dice “¿Maestro bueno, qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?” Jesús le contesta refiriéndolo al Padre del Cielo, “¿Por qué me llamas bueno? Sólo Dios es bueno”.
Pero, además, esta pregunta encierra -como dice Juan Pablo II en su Encíclica “El Esplendor de la Verdad” (cap.1º) - otro significado, ya que le está pidiendo a Jesús que le enseñe lo que es bueno y lo que es malo.
Le pregunta acerca de aquello que puede dar sentido a su vida, y esto porque sólo Dios puede enseñar acerca de lo bueno y lo malo, y así evitar caer en equívocos como suele suceder cuando nuestra referencia no es Dios sino el hombre y sus pobres conocimientos sobre el bien y el mal.
No preguntará sobre si puede hacer “lo que le viene en gana” ó “Señor, si yo vivo de acuerdo a lo que siento ¿estoy en el buen camino?”
Cuestión ésta muy común en nuestro tiempo y entre nosotros, ya que se piensa que hacer lo que se siente ya es suficiente para el bien obrar, llevándonos irremediablemente a convivir con el error.
Nos hemos acostumbrado muchas veces a obrar sin pensar demasiado, sin discernir si nuestra decisión es buena o mala, juzgando que el sólo hecho de sentirnos bien con Dios en nuestro interior, justifica el vivir en desacuerdo con sus enseñanzas, introduciéndonos esto en una existencia confusa respecto a la coherencia entre fe y vida que siempre ha de existir.
El hombre que se presenta ante Jesús quiere hacer las cosas en serio, de allí que el Señor le responde: “Ya sabes los mandamientos”, y los enumera rápidamente como ofreciéndole un exámen concreto acerca de los compromisos que se han de tener en cuenta.
Este hombre al preguntar de este modo apunta a investigar el modo cómo llegar a ser sabio, cómo saborear la verdadera vida del espíritu ya que la observancia de los mandamientos realizada desde su juventud no es suficiente para su corazón inquieto y abierto a la perfección.
En el fondo el hombre le está diciendo a Jesús que él ya vive sabiamente, que ha aprendido en qué consiste “el arte de buen vivir”.
Ante esto, trae San Marcos un agregado que no aparece en las versiones de Mateo y Lucas, y es “que Jesús fijando en él su mirada lo amó”.
¿Qué implica esa mirada de amor? Es una mirada de complacencia que le está diciendo “yo sé que es la verdad lo que afirmas”. Pero también es una mirada de amor que interpela, como diciendo “si bien esto es verdad, yo te llamo a algo más profundo, que va más allá de los mandamientos”.
Juan Pablo II advierte en Veritatis Splendor que el llamado posterior del Señor apunta a la vivencia de las bienaventuranzas (Mateo 5).-
Y esto es así porque el amor es exigente, no se queda en el mínimo de nuestra pobre ofrenda personal, apunta a una entrega más plena, a una mayor donación de uno mismo.
De allí que Jesús continúe: “Sólo te falta una cosa” (Mc.10, 21), “si quieres ser perfecto, ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres: así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme” (Mateo 19, 21).
“No te conformes con los diez mandamientos –parecería decirle el Señor- con lo exiguo indispensable, decídete a una entrega mayor que implique el desprendimiento de todo aquello que ahora te ata e impide una ofrenda mayor de ti mismo”.
Y es allí, ante esta interpelación, que percibimos cómo las riquezas lo atan.
No está Jesús censurando las riquezas que posee y de las cuales probablemente hace buen uso, -lo contrario hubiera sido destacado por el Señor sin duda alguna-, sino que lo invita a dejar esos bienes poseídos y correctamente utilizados, para lanzarse a una misión totalmente diferente, desprendido de toda seguridad material, y sólo apoyándose en el Maestro y la fuerza de su Buena Nueva.
Pero el hombre, no obstante su buena intención y su correcto obrar, ha dejado al descubierto que en el momento de elegir entre “dos tesoros”, Cristo o el dinero, no se siente con fuerzas o no quiere dejar las riquezas.
¡Cuántas veces a nosotros nos sucede esto! Agachando la cabeza dejamos solo al Señor cuando Él nos dice que nos falta entregar algo para que nuestra disponibilidad sea completa.
“No te has entregado completamente –nos interpela Jesús- no te decides a dejar esto o aquello que te ata e impide en tu corazón una disponibilidad total y se convierte en obstáculo para una mayor intimidad conmigo”. “Te falta entregarte a vos mismo. ¡Cómo te resistes a dejar aquello que te retiene en tu entrega generosa por la causa del evangelio!”.
Es frecuente que nos hagamos los sordos, que miremos para otro lado, que nos aturdamos con el ruido de las cosas para no escuchar el llamado del salvador.
Por eso ante la falta de respuesta Jesús dirá “¡Qué difícil para un rico es entrar en el reino de los Cielos!”.
No dice que sea imposible, sino que es difícil, porque siendo el dinero u otra realidad creatural bienes exteriores al hombre, sino estamos asentados en Jesús, que es el bien interior supremo, fácilmente se busca el apoyo en lo que está afuera de uno mismo pensando que allí encontraremos la seguridad que no se tiene.
Los apegos cuando desplazan al Señor del corazón humano pueden hacer peligrar hasta la salvación personal, de allí que Jesús hable de la imposibilidad del hombre para salvarse, aunque no para la gracia misericordiosa de Dios.
En definitiva, los tres textos bíblicos apuntan a la necesidad de buscar la sabiduría verdadera que permite conocer cuál es el camino que nos lleva al encuentro de Jesús.
Es una invitación a tomar en serio la vida cristiana, a buscar aún en medio de nuestras debilidades y pecados, la voluntad de Dios para a ella adherir nuestro ser y obrar.
Y como Dios no se deja ganar en generosidad, Jesús promete el ciento por uno a quienes habiendo dejado todo impedimento para su seguimiento, se ponen en camino tras Él en medio de las persecuciones que no faltarán a quien lo siga de verdad.
Poniéndonos frente al Señor preguntémosle qué debemos hacer para seguirlo generosamente, y sabiendo de nuestra debilidad supliquemos su gracia y fuerza para realizar su voluntad.

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Padre Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de “San Juan Bautista”, Santa Fe de la Vera Cruz. Homilía en la Eucaristía del Domingo XXVIII “per annum” Ciclo “B”. 11 de Octubre de 2009; ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com/; www.nuevoencuentro.com/tomasmoro.-
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