7 de marzo de 2010

Con la esperanza de su glorificación, marchemos con Cristo a Jerusalén


1.-La alianza con Abrahám.
Cuando Dios crea al hombre colocándolo en el paraíso, hace un pacto con él, brindándole todo aquello que el ser humano necesita para vivir dignamente, reclamándole una respuesta que se ha de concretar en la fidelidad para con su Creador que piensa y realiza siempre el bien a favor nuestro.
Pero el hombre rompe esta alianza por el pecado, al no querer aceptar su límite creatural.
A pesar de ello Dios vuelve reiteradamente a invitar al hombre para concretar un compromiso de amor.
Y así hablamos de la alianza patriarcal cumplida con Abrahám, la realizada con Noé después del diluvio purificador del pecado del hombre, de la sinaítica cuando Dios entrega las tablas de la ley al pueblo a través de Moisés, afirmando que Él será su Dios y ellos el pueblo elegido si cumplen la palabra escuchada, la alianza de Siquem (Jos.24), la davídica (2 Sam. 23,5), la posexílica (Neh. 8-10).
Todas estas alianzas que caracterizan la historia de la salvación, se orientan a la nueva Alianza concretada por Cristo (Lucas 22,20), a través de su muerte y resurrección.
El libro del génesis nos presenta la alianza patriarcal, que a diferencia de las otras es unilateral, de carácter promisorio, ya que es Dios quien se compromete a cumplir con la palabra dada a Abraham en el sentido de que será padre de un gran pueblo y habitará la tierra prometida.
Abrahám ha cumplido con el llamado del Señor dejando su tierra y su familia, e incluso dejándose a sí mismo o a sus intereses, para ir tras las sendas que Dios le marcaba sin que él supiera con claridad qué ocurriría, sino sólo entregándose.
Dios le ha prometido una gran descendencia comparable a las numerosas estrellas del cielo, asegurando también una tierra en la que afincarse es ya anticipo de la tierra ofrecida del cielo.
Abrahám cree en Dios pero en él se esboza una pregunta sobre cómo sabrá que habrá de poseer esa tierra, anticipando aquella pregunta del Nuevo Testamento en boca de María, sobre cómo será la encarnación.
Dios le indica la forma de realizar un pacto unilateral por el cual se compromete a realizar lo anunciado, como le dirá en el futuro a María que será cubierta por el poder del Altísimo.
Partidos por la mitad los animales utilizados en el rito de alianza, se observa que una antorcha de fuego pasa por en medio. ¿Qué significa esto?
Era común en la antigüedad, que los que concretaban el pacto, pasaran por en medio de los animales partidos para sellar un convenio determinado augurando igual suerte que los animales, para quien faltara a su palabra. Constituía por lo tanto un pacto serio cuyo cumplimiento obligaba, no como ahora que no sólo ha perdido valor la palabra empeñada, sino también los compromisos escritos.
La antorcha indicaba el paso de Dios que se comprometía a cumplir la palabra dada a favor de Abrahán, esto es, la promesa de una gran descendencia y la tierra que habrían de habitar.
Lo acontecido en la vida de Abrahám prepara la historia de Israel, historia de salvación humana que culmina en la persona de Jesús.

2.-Jesús en el Tabor.
Lo encontramos a Jesús en el monte Tabor en aquél acontecimiento conocido como la Transfiguración.
Se trata de una experiencia espiritual que tendrán Pedro, Santiago y Juan ante la manifestación de la divinidad de Cristo que los fortalecerá para vencer las debilidades que se presenten en la Pasión.
La presencia de Moisés y Elías señalará que la ley y los profetas se orientan al Salvador, ya sea porque Él es la Palabra –perfección de las diez palabras del Antiguo testamento-, ya porque en Él se cumplen las profecías y devela la intimidad divina.
Por otra parte hay una referencia explícita a la necesidad de subir al Monte. Como Moisés en el Sinaí, como Elías en la cueva del monte, sube también Cristo a la montaña de la perfección y, nos invita a nosotros a realizar lo mismo para encontrarnos con la divinidad, despojándonos de todo lo que pueda resultar distractivo para ese encuentro íntimo con el Señor.
Pedro y sus compañeros tenían mucho sueño, nos dice el texto bíblico, significando el lado oscuro del hombre ante la manifestación del Señor, ya que su misterio se va develando progresivamente y no resulta comprensible de entrada a todos los que lo conocen. Con todo, la experiencia permite exclamar “¡Qué bien estamos aquí! Hagamos tres tiendas” para seguir gozando del conocimiento de la divinidad.
La divinidad del Señor aparece como algo palpable para los apóstoles, y se escucha además la voz del Padre: “Este es mi Hijo, escúchenlo”. Hagan caso a lo que les vaya enseñando.
Previamente Pedro, ante la pregunta del Señor sobre lo que piensa la gente de Él, dirá “Tú eres el Hijo de Dios Vivo”.
En esta oportunidad, el Padre es quien confirma la veracidad de lo que ya afirmara Pedro, por eso la necesidad de escuchar al Señor.
Esta experiencia de escucharlo es muy propia del tiempo de cuaresma, de allí la necesidad de subir al monte de la perfección para entender el misterio de Dios.
Pero hay también una invitación muy importante y es la de salir con Jesús y caminar junto a Él hacia Jerusalén.
Moisés y Elías aparecieron revestidos de gloria y hablaban de la partida de Jesús que habría de cumplirse en Jerusalén la ciudad que mata a los profetas y que está esperando al Señor para darle muerte.
A esta Jerusalén deben dirigirse no sólo Pedro, Juan y Santiago, sino también cada uno de nosotros ya que se trata de un nuevo éxodo, un salir de nosotros mismos para ir al encuentro del misterio de la Pascua, de la muerte y resurrección del Señor.
De allí la necesidad de vivir a fondo lo que nos dice el Padre del Cielo en el sentido de escuchar al Salvador, porque es el predilecto del Padre que nos conduce a conocer más su misterio divino.

3.-La purificación interior.
Pedíamos en la primera oración de la liturgia de hoy, que la escucha de la palabra de Dios vaya purificando nuestra mirada interior, -esa mirada que muchas veces está contaminada de tal modo que nos impide ver al Señor- para que podamos contemplar la gloria de Dios.
Imposible contemplar con mirada interior la gloria de Dios si previamente no la purificamos en profundidad con la luz y la gracia divinas.
Por eso el apóstol Pablo nos deja hoy una invitación que recuerda lo que nosotros somos, y viene a coronar lo que decimos. Dirigiéndose a los cristianos de Filipos, -y lo hace llorando- afirma que “hay muchos que se portan como enemigos de la cruz de Cristo”.
Esto le duele al apóstol, porque redimido por Jesús, el cristiano no puede vivir como enemigo de la Cruz salvadora, a no ser que quiera renunciar a su ser de cristiano. Sigue Pablo diciendo acerca de los enemigos de la cruz de Cristo que “su fin es la perdición, su dios es el vientre, su gloria está en aquello que los cubre de vergüenza, y no aprecian sino las cosas de la tierra”.
Palabras duras, por cierto, que describen lo que él percibe en la comunidad de Filipos. ¡Cuántos cristianos viven hoy de esta manera! Esto podría dirigirlo a los cristianos de Santa Fe, o de nuestra Patria toda, o del universo mundo.
A continuación señala el ser propio del cristiano afirmando que “somos ciudadanos del cielo y esperamos ardientemente que venga de allí como Salvador el Señor Jesucristo”. Al ser ciudadano del cielo por la cruz salvadora, el cristiano no puede tener como fin lo que lo llena de vergüenza y aquello que lo deja estancado en las cosas de este mundo.
De allí la necesidad de ir al encuentro de Cristo que transforma nuestro cuerpo, nuestra alma, todo nuestro ser., haciéndonos semejantes a Él.
Concluye el apóstol –y quiero hacer mías esas palabras suyas- “ustedes que son mi alegría y mi corona, amados míos, perseveren siempre en el Señor”.
Tenemos la experiencia en mayor o menor medida, que cuando nos apartamos del Señor para seguir los goces fugaces que nos presenta el mundo, no queda más que amargura, vacío y soledad en el corazón. Cuando nuestra vida, en cambio, se expande bajo la mirada y experiencia profunda de Cristo, todo es claridad y fuerza que lleva a crecer más en Él.
Aprovechemos para implorar la gracia de la fidelidad a Cristo, luchemos para perseverar en ella, para llegar así a la gloria de la resurrección de Aquél que quiere mostrársenos plenamente.
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Padre Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de la parroquia “San Juan Bautista” en Santa Fe de la Vera Cruz, Argentina. Homilía en el II° domingo de Cuaresma. Ciclo “C”. 28 de Febrero de 2010.-
Textos: Gen. 15, 5-12.17-18; Filip. 3,17-4,1; Lc. 9,28-36.- ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com; www.nuevoencuentro.com.ar/tomasmoro; http://gjsanignaciodeloyola.blogspot.com.-
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26 de febrero de 2010

Las tentaciones y el “ayuno” vencedor de las mismas.


La liturgia de este domingo primero de cuaresma se inicia con la oración en la que pedimos a Dios la gracia de progresar en el conocimiento del misterio de Cristo para poder vivir de acuerdo al mismo. Precisamente es la misma Palabra de Dios la que nos permite crecer en este intento, recorriendo el Antiguo Testamento que prepara y conduce a la plenitud de las enseñanzas del Nuevo.
El Deuteronomio (o segunda ley) nos trae hoy la respuesta del hombre ante tantos beneficios recibidos de parte de Dios, preanunciando lo que acontecerá de igual modo en los tiempos venideros.
En el texto bíblico de referencia, Moisés recuerda al pueblo que ha sido liberado de la opresión de Egipto para llegar por esta pascua antigua a la verdadera libertad, conducido a la tierra prometida que mana leche y miel – signo de la abundancia de los dones de Dios- , para continuar recibiendo allí las bendiciones de Aquél que está presente en medio de los elegidos y depositarios de sus promesas, en el marco de la Alianza del Sinaí.
Esto reclama del israelita una respuesta agradecida entregando en ofrenda a Dios las primicias de las cosechas, fruto de la tierra y del trabajo del hombre, significando el compromiso de entregarse él mismo a su Creador.
De este modo se reconoce que todo don viene de lo alto y, que el hombre confiando y ofrendándose a su Señor, irá creciendo como hijo de Dios y miembro de la comunidad de los hombres.
Todo esto representa un camino que nos lleva a Cristo para entregarle a Él una respuesta de fe siempre nueva que permita entrar de lleno en su vida, en sus sentimientos, en todo su ser.
La vida del hombre se hace historia de salvación, ya que la fe en el Dios de la Alianza se funda en hechos salvíficos concretos, no meramente en palabras o en intervenciones divinas nunca concretadas como sucede en el mundo pagano, sino acontecimientos que se viven como salvadores, como liberadores de circunstancias de opresión y desvalimiento.
Así como el pueblo de Israel basaba su creencia en acontecimientos históricos que le permitían descubrir la presencia del Creador, para nosotros, el hecho histórico salvífico que da sentido a nuestra vida es la muerte y resurrección del Señor, cumplimiento de las profecías, y certeza de la presencia divina que quiere siempre nuestro bien.
Por eso el tiempo de cuaresma es siempre una entrada al desierto con el Señor para dirigirnos a Jerusalén donde será crucificado, muerto y resucitado, realizando así la salvación de la historia.
Este marchar con Cristo al misterio de la redención, consuma una nueva profesión de fe salvadora ya que “si tus labios profesan que Jesús es el Señor, y tu corazón cree que Dios lo resucitó, te salvarás” (Rom. 10,9).
Sabemos lo que ha vivido el pueblo de Israel, y nosotros experimentamos de continuo la predilección de Dios, en la novedad del misterio pascual.
El tiempo de cuaresma, decíamos, es un encuentro con el Señor, avanzando en el conocimiento profundo de su misterio y en la vivencia del mismo.
En esta oportunidad nos enseña a vencer al espíritu del mal que acecha al hombre desde que el hombre obnubilado por la tentación cedió al deseo de querer ser como Dios y se alejó de su Creador.
El pueblo de Israel experimentó en el desierto las tentaciones del diablo sucumbiendo a sus ilusiones, cayendo en la idolatría y la infidelidad a su Dios verdadero.
A nosotros Cristo nos muestra el modo de liberarnos de las diversas formas de esclavitud a las que nos quiere sujetar el demonio, llamado el príncipe de este mundo. Término este que aparece reconocido cuando en una de las tentaciones se declara señor de los reinos de este mundo y tiene la osadía de prometerlos a Jesús si le adorare.
Es también el padre de la mentira, mentiroso desde el principio cuando engañó a Adán y a Eva en el paraíso con falsas promesas de divinidad. Todo lo consigue por medio del engaño, con falsas promesas, por eso Cristo nos enseña a combatirlo.
Y esto se hace necesario ya que el mismo Evangelio asegura que las tentaciones no se terminan con Jesús sino que continúan en la vida de la Iglesia, en cada uno de nosotros: “Una vez agotadas todas las formas de tentación el demonio se alejó de Él hasta el momento oportuno”.
Momento oportuno en relación con Cristo, será cuando clavado en la cruz se le grite “si eres el Hijo de Dios, bájate ahora mismo de la cruz”, como en la tercera tentación que escuchamos en el texto de hoy “si eres Hijo de Dios, tírate abajo…”.Es la tentación de lo espectacular, de pretender que el Hijo de Dios haga algo para convencernos de lo que Él es, para que no queden más dudas. Su respuesta seguirá siendo el silencio de la cruz, de la humillación y el abandono.
El momento oportuno describe también la presencia del demonio en la vida de la Iglesia, en la de cada uno de nosotros.
Por eso resulta importante lo que la misma Iglesia nos propone en este tiempo de penitencia con sus signos especiales como el ayuno.
Para San León Magno el ayuno verdadero se focaliza en el ayuno de pecado. Para San Clemente de Alejandría el ayuno verdadero es el “ayuno del mundo”.
¿Qué significa el ayuno del mundo? El abstenerse de todo modelo de vida que no sea el evangelio. La gran tentación del ser humano, hoy y siempre, es copiar el modelo del mundo, las costumbres del mundo, las cosas que continuamente se nos quiere imponer a la inteligencia y voluntad hasta tal punto que sin darnos cuenta estamos obviando el vivir como bautizados, como hijos de Dios redimidos por Cristo en la Cruz y Resurrección.
El espíritu del mal a través del espíritu mundano, por ejemplo, nos sugiere que lo más importante en la vida es el poder, la riqueza, el dominio sobre los demás imponiéndole al otro lo que uno quiere, el creer que el único modo de triunfar en la vida supone pisotear al prójimo. Ese es el espíritu del mundo y que el maligno lo deja en claro en la segunda tentación que describe san Lucas.
También el espíritu mundano nos vive insistiendo en la supremacía del tener sobre el ser.
Este criterio “valorativo” concluye estimando al ser humano en la medida que ostente cosas, concluyendo esas cosas poseyéndonos a nosotros mismos, dominándonos, llevándonos al olvido de lo que somos, hijos de Dios, llamados a vivir con la dignidad propia de los mismos.
El espíritu del mundo es permanentemente contrario al evangelio.
Y lo observamos en la forma de pensar y de obrar de muchos católicos hoy en día en diferentes situaciones.
En efecto, ¿qué pensamos acerca de la familia, de la educación de los hijos?, ¿no está allí metido el espíritu mundano con olvido de lo que supone el ser bautizado cuando por ejemplo no se transmite la fe? ¿Qué pensamos acerca del matrimonio y la preparación al mismo a través del noviazgo?
En el presente, por ejemplo, con total tranquilidad, muchos bautizados comienzan a vivir en pareja antes de casarse, y ellos, y no pocas familias de las que provienen, lo ven como algo normal.
Piensan que antes se vivía de una manera, pero ahora hay otros vientos que se deben aceptar, y hacen la vista gorda engañándose pensando que está bien lo que no sigue la enseñanza de Jesucristo.
¡Cuántas veces se piensa por qué no he de robar si todo el mundo hace lo mismo! Si todo el mundo miente, ¿por qué no he de forjar lo mismo?, ¿por qué se me exigen cosas que nadie realiza? Es la inspiración concreta del espíritu del mundo que nos aparta insensiblemente del evangelio.
El culto idolátrico requerido por el diablo a Cristo se repite también en nuestros días. El demonio nos tienta a adorar falsos dioses: el dinero, la fama, el placer, el hacer lo que a cada uno le viene en gana, el no tener freno en nada, el discutirlo todo, el postular que Dios no puede ponerme límites. Esta concepción, en fin, reclama un ayuno de nosotros mismos.
Se hace necesario descubrir los impedimentos que hay en nosotros para entregarnos más a Cristo y disponernos a dejarlos de lado para crecer como creyentes y avanzar en el conocimiento de Cristo que es profundizar en la Verdad que se convierte en vida en la realidad cotidiana.
Por eso la Iglesia nos invita a entrar en el desierto, porque la renuncia de lo que nos aparta del ideal cristiano es ardua, difícil, costosa, pero que con la gracia de quien triunfó sobre el espíritu del mal es posible florecer en esta vida nueva que se nos ofrece.
¡Qué hermoso si podemos llegar a la Pascua del Señor, celebrando también nuestra propia Pascua, el paso de la muerte a la vida! Pidamos esta gracia y luchemos para conseguir este ideal.

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Padre Ricardo B. Mazza. Director del CEPS “Santo Tomás Moro”. Homilía en el 1er domingo de Cuaresma, ciclo “C”. 21 de febrero de 2010. Textos bíblicos: Dt. 26,4-10; Rom.10, 8-13; Lc. 4,1-13.-
ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com; www.nuevoencuentro.com.ar/tomasmoro.-
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19 de febrero de 2010

Con Dios o sin Él, los caminos propuestos a nuestra libertad.


La primera lectura de este domingo nos muestra lo que suele acontecer en la vida humana, esto que en la antigüedad se denominaba con el término de los dos caminos.
En términos actuales podemos hablar de la opción fundamental, que consiste en aquella decisión que el ser humano toma en el presente respecto a su relación con Dios y que tiene proyección en su vida futura.
Se llama opción fundamental porque la disposición que se toma en la vida constituye el fundamento del caminar humano. Y así, hay quienes eligen el camino por Dios y con Él, constituyendo Éste su cimiento, y quienes prescinden del mismo en sus comportamientos diarios durante su vida o gran parte de ella.
Esto está indicando en relación con la meta última, una falta de fe. Porque si se elige como fundamento de la vida la ausencia o prescindencia de Dios, no se aspira a Él como meta última.
De allí que no sorprende lo que San Pablo dice en la segunda lectura que quienes niegan la resurrección de los muertos, y por lo tanto el orientarnos a Dios como resucitados, previamente niegan también la de Cristo.
Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe, ya que no podemos esperar la propia, y por lo tanto resulta sin sentido pretender dar a la vida humana orientación sobrenatural alguna.
Se da lugar en el hombre un esquema de vida en el que no se acepta a Dios como meta última porque ya no se lo reconoce como origen, y se construye la vida sin Él poniendo como fundamento –porque el hombre siempre busca un fundamento, algo que lo sostenga aunque sea ilusorio- la riqueza, el poder, los proyectos humanos, la profesión, los negocios, los éxitos personales, lo que el profeta Jeremías llama el apoyo en la carne donde no se considera para nada el espíritu.
Y así, esta persona camina por esta vida relegando totalmente a Dios, porque no lo necesita, dice que no lo necesita, ya que la seguridad que le dan las cosas, el dinero, la fama, el poder y la salud, le permiten vivir un mundo de ilusoria seguridad.
Pero cuando pierde alguna de estas cosas en las que pone su confianza, se derrumba totalmente, como grafica Jeremías diciendo que quien así vive “habita una tierra salobre e inhóspita”, residiendo “en la aridez del desierto” y sin que se vislumbre crecimiento alguno.
Contrariamente a este vacuo estilo de vida, consta la otra persona que ha decidido cimentar su vida en Dios. Percibe en su interior un dinamismo que lo orienta al Creador como fin de su vida, que le da sentido, porque lo admite como origen, y decide –aún con sus limitaciones y caídas en el pecado- fundar su vida con confianza en el que percibe como Absoluto.
Es importante destacar que una señal clarísima de la opción fundamental por Dios que alguien ha concebido, queda en evidencia cuando al alejarse de Dios por el pecado, busca enseguida -por la reconciliación a través del sacramente-, retornar nuevamente a su verdadero camino, tratando de vivir así su existencia cotidiana.
Siguiendo el pensamiento de San Pablo, al tener su vida sentido de finalidad, esta persona cree en la resurrección de Cristo y en la propia, como culminación de hombre caminante.
Jeremías dirá de quien así actúa, que echa raíces, crece como el follaje del árbol bien regado y, produce abundante fruto.
En el presente, sin forzar mucho nuestra imaginación, podemos encontrar este doble tipo de vida alrededor nuestro.
Y así, con frecuencia, comprobamos la presencia de muchos que dedican su existencia, -por ejemplo- únicamente a obtener y poseer dinero.
Esta realidad produce en nosotros frecuente asombro, ya que la presencia de quienes se enriquecen de la noche a la mañana sin que su remuneración habitual pueda justificar tal incremento patrimonial, nos lleva a inferir manejos sucios en la adquisición de esos bienes.
El estado de corrupción que muchas veces comprobamos en nuestra Patria, va dejando al desnudo cómo los intereses en el orden social, político o económico están puestos en conseguir cada vez más poder, riqueza, negocios, vislumbrándose así que el fundamento no es ciertamente Dios, lo cual presagia un futuro y seguro derrumbe, ya personal o social.
El texto del Evangelio anuncia hoy que “¡Ay de ustedes los que ahora ríen!”, los que se ríen de sus prójimos porque no son vivos como ellos, los que se ríen de todo el mundo haciendo impunemente lo que quieren porque quienes debieran defender al inocente y débil no lo hacen. A todos ellos se dirige la advertencia que“¡conocerán la aflicción y las lágrimas!”
“¡Ay de ustedes lo que ahora están satisfechos!”, los que están ahora tan hartos, tan llenos y sobrados de todo, que no saben qué hacer con lo que han conseguido despojando a otros de lo más elemental para vivir dignamente. A ellos se les predice que “¡tendrán hambre!”
El evangelio, en cambio, anuncia a “los que tienen hambre” de justicia, de verdad, de todo lo que sea noble y honesto, que principalmente se identifica con el hambre de Dios, que “serán saciados”
A estos que tienen hambre de Dios, Jesús en otros pasajes de la Escritura, invita a dirigirse a Él para resultar satisfechos.
Más aún, continuando con lo anunciado por el profeta Joel, “derramaré mi espíritu sobre toda carne” (cap.2, 28), Jesús dirá “El que tenga sed, venga a mí; y beba el que cree en mí”, refiriéndose al don del espíritu (Jn. 7,37-39). El hambre y la sed que Cristo viene a saciar es la de Dios, la del Espíritu, vida nueva que ennoblece a los hombres y los orienta a crecer cada día más como hijos adoptivos del Padre.
Pero también nos dice Jesús, “Felices ustedes los pobres porque el reino de Dios les pertenece”. Con esta afirmación el Señor no propicia la lucha de clases, ni emplaza a los pobres contra los ricos y viceversa, sino permite vislumbrar la contradicción entre la pobreza y la riqueza.
Dios no quiere la pobreza, ni la miseria, ni la carencia de lo necesario para que toda persona viva dignamente como corresponde a todo ser humano por el sólo hecho de serlo.
Lo que enseña es que quien tiene espíritu de pobre –San Mateo expresará “felices los pobres de espíritu”- es aquel que ha puesto su confianza y seguridad en Dios ya que advierte la caducidad de las cosas de este mundo, y usará de las cosas materiales tanto cuanto le ayuden a acercarse a Dios y se alejará de ellos cuanto lo separen de Él.
El pobre que vive austera y honestamente de su trabajo, que pone lo mejor de sí al servicio de los demás, está más abierto al Reino de los Cielos.
Reino de los cielos que comienza en este mundo con la venida de Cristo que establece un orden nuevo e invita a una pertenencia y conformación mayor con su persona y su vida, orientándose siempre a la vida eterna.
La riqueza, en cambio, cierra el corazón del hombre, no sólo ante Dios que deja de ser su riqueza más preciada, su tesoro “escondido” en el campo, ya que no lo necesita, sino que se clausura también en relación a los demás ya que éstos se presentan como posibles perturbadores del bienestar que vive con tranquilidad. La apertura al otro implica perder poder y bienestar, sacándolo del encandilamiento que le produce el espejismo de una aparente y precaria felicidad.
El espíritu del evangelio está insistiendo en lo que leíamos en Jeremías, esto es, colocar el acento de nuestra vida en Dios.
Esta presencia divina en nuestro caminar representa un riesgo muy grande, por cierto. Hay que tener coraje para querer sostener la vida en Dios, en Cristo, en la fe cristiana. No es para cualquiera.
De allí, que no es de extrañar, que a veces aparezcan excusas para no asumir una vida en Dios, presentes en críticas a la Iglesia y a sus miembros, verdaderas a veces, falsas otras, pero que en definitiva esconden algo más profundo, el no querer entregar la vida al Señor.
Fundar la vida en Cristo, para los ojos del mundo, para la cultura de nuestro tiempo, es un asentarse sobre dificultades y problemas.
Dios es una molestia continua por los conflictos que provoca sobre todo seguidor suyo. Y lo asegura el mismo Cristo cuando afirma “Felices ustedes cuando los hombres los odien, los excluyan e insulten y proscriban el nombre de ustedes considerándolos infames a causa del Hijo del hombre”. Y continúa recordando que de la misma manera sus antepasados trataban “a los profetas”. De modo que el cristiano no puede pretender un trato diferente al que recibieron los profetas del Antiguo Testamento.
Más aún, cuando los cristianos que no viven comprometidos con la vida nueva que ofrece el Señor son elogiados por los deshonestos, sepan que “así trataban a los falsos profetas”.
Esta persecución que anuncia Jesús se dirige a todo aquél que lo siga a Él.
Persecución que en la actualidad reviste nuevas formas que se distinguen de lo experimentado en la antigüedad.
Modos sutiles como pretender sacar la imagen de la Virgen de la Plaza Constituyentes, quitar los crucifijos de los lugares públicos para que no recuerden con su presencia que fuimos salvados por Cristo, proyectar la parodia del mal llamado matrimonio unisexual, proyectar legalizar el aborto y la eutanasia, imponer el libertinaje sexual para obtener personas que sólo busquen el placer y se olviden de aquellos objetivos que los ennoblecen, hacer la vista gorda al consumo de la droga “personal” para obnubilar y destruir las mentes, y tantas otras especies de corruptelas. Lamentablemente estas nuevas formas de cambio cultural prosperan sin que nosotros reaccionemos, aprendiendo a convivir y hasta aceptando el error más evidente, ya que poco a poco hemos perdido las naturales defensas que provienen del sentido común, sumiéndonos en el desconcierto o en la despreocupación fatalista que piensa que no vale la pena luchar.
La persecución se hace presente también –entre otros ámbitos- en el mundo del trabajo. Cuántas personas que no se dejan llevar por el chanchullo, la coima o la deshonestidad tienen que enfrentar la pérdida de su empleo, el ver el desprecio de los cada vez más impúdicos corruptos, o el asistir a la imposibilidad de obtener merecidos ascensos.
En el campo de la justicia, sobre todo en el orden nacional, esto fue y es palpable. Cuando alguien desatiende los requerimientos de los perversos, cae en la desgracia más impiadosa. Si el cristiano en un ambiente de deshonestos no es perseguido, seguro es que se ha “acomodado” con la situación no molestando ya a nadie.
Todos conocemos situaciones de este tipo. Incluso en el ámbito de la familia se observa esta persecución ya anunciada por el mismo Jesús al advertir que por Su causa estarán el padre contra el hijo, el hijo contra el padre, la madre contra la hija, la hija contra la madre (Cf. Mateo 10,34-35). Lamentablemente todavía existen padres que prefieren que sus hijos vivan en la pavada, en la vulgaridad de una vida vacía, antes que verlos cada día con un compromiso mayor con Cristo.
Aprovechemos estas enseñanzas del Señor para pedirle humildemente que nos ilumine y fortalezca para que fundando cada día nuestro existir en Él, crezcamos cada día en un sincero espíritu de verdad.
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Padre Ricardo B. Mazza. Director del CEPS “Santo Tomás Moro”. Homilía sobre los textos bíblicos del sexto domingo del tiempo ordinario, ciclo C. (Jer.17, 5-8; 1 Cor. 15,12.16-20; Lc. 6, 12-13.17.20-26).- 14 de Febrero de 2010. ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com; gjsanignaciodeloyola.blogspot.com; www.nuevoencuentro.com.ar/tomasmoro.-
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13 de febrero de 2010

Dejando la orilla, “Navega Mar Adentro”

Continuamos meditando hoy la vocación de los profetas, prolongada además, en la de los apóstoles. En este caso se trata del profeta Isaías en el Antiguo Testamento y de los apóstoles Pedro y Pablo en el Nuevo. ¿Qué nos dicen los tres textos bíblicos que hemos proclamado? Hay una idea común que recorre las lecturas aunque en marcos históricos diferentes.
En el libro de Isaías se señala que el profeta en una visión interior vio la majestad de Dios que se desplegaba abiertamente ante sí, y a un sinnúmero de seres espirituales que le daban culto y proclamaban su grandeza.
Por esta contemplación, Isaías toma conciencia de su pequeñez, de su miseria, de su pecado, llegando a decir “¡Ay de mí estoy perdido, soy un hombre de labios impuros, en medio de un pueblo de labios impuros!“. Ante el reconocimiento de su nada, Dios hace de él un hombre nuevo, purificándolo a través de la brasa ardiente que toca sus labios. Este es el signo que indica que es Dios quien transforma el corazón del hombre.
A continuación, Dios se pregunta, “¿a quién enviaré?”, respondiendo el profeta “¡Señor aquí estoy envíame!”.
La vocación del profeta, pues, tiene como iniciador al mismo Dios que le manifiesta su intimidad, permitiéndole descubrir su nada, para transformarlo y enviarlo a cumplir una misión a favor del pueblo elegido.
Isaías podría haber cantado gozosamente, “Te doy gracias Señor por tu amor” ya que se lo manifestó al llamarlo y mudarlo en nuevo ser, y continuar diciendo “no abandones la obra de tus manos”, al dirigirse a cumplir la misión encomendada.
En la segunda lectura, el apóstol Pablo recuerda que fue perseguidor de los cristianos no mereciendo ser apóstol, pero que la gracia de Dios lo convirtió expresando “por la gracia de Dios, soy lo que soy”.
Pablo había tenido una experiencia concreta de la intimidad divina cuando Jesús le dice –en el camino a Damasco- “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”, e iluminado interiormente se descubre pecador pudiendo el Señor realizar en él su obra enviándolo a los paganos para llevar el mensaje de salvación.
Pablo siempre está consciente de sus miserias, pero fortalecido por Dios, llevará la Palabra a todos, siendo muchas veces rechazado por la gente que recordaba su pasado y no entendía que ya era otra persona.
En el evangelio será Simón Pedro el apóstol en el que se repite este camino de transformación. El marco de referencia es la presencia de Jesús a las orillas del lago de Genesaret enseñando a la gente que se amontona para escucharlo. Inmediatamente sube a la barca de Simón alejándose un poco de la orilla para seguir predicando. Luego le dirá “Navega mar adentro y echen las redes”. Simón se sorprende ante el pedido ya que no habían pescado nada durante toda la noche, pero “si tú lo dices, en tu nombre echaremos las redes”.
Ante el signo de la pesca abundante que alcanzan, milagrosa por cierto, Pedro se postra ante el Señor y le dice “apártate de mí Señor que soy un pecador”, con lo que se advierte que aunque acepta el pedido del Señor de ir más lejos de la orilla, seguía desconfiando de la eficacia de la orden.
En este encuentro de Jesús con Pedro, se repiten los mismos pasos de las vocaciones de Isaías y Pablo: manifestación de la divinidad, sentimiento de pequeñez por parte del elegido ante la experiencia de la grandeza de Dios, purificación interior y concreción del llamado con el envío “desde hoy serás pescador de hombres”, con la respuesta concreta de Simón, ya que llegando a la orilla “abandonándolo todo lo siguieron”.
Después de estas experiencias, Isaías, Pablo y Pedro, realizarán lo que Dios les encomendó apoyados no en sus fuerzas –sabían que eran poca cosa- sino en la gracia y fuerza de lo Alto.
Este pasaje de la pesca milagrosa deja además otras enseñanzas muy ricas. En primer lugar aplicar a nosotros mismos lo que vivieron otros elegidos. Caer en la cuenta que por el bautismo Dios nos ha distinguido para ser portavoces de su mensaje de salvación.
De allí la necesidad de tener una experiencia profunda de su intimidad, deslumbrados y conquistados por Él, interpelados por su Vida, recordando a Jeremías que exclamaba “Tú Señor me sedujiste y yo me deje seducir”. Esta vivencia nos lleva a descubrir nuestra nada que conduce a la transformación realizada por Él en nuestro corazón, enviándonos a llevarlo al mundo de hoy apoyados en su sola fuerza.
Para alcanzar esto es necesario dejar la orilla, la playa, ya que muchas veces nosotros permanecemos en la orilla de nuestra vida, sin comprometernos demasiado, huyendo de las complicaciones que nos trae el seguimiento de Cristo. Jesús con frecuencia nos invita a asumir compromisos difíciles para nuestras pobres fuerzas humanas.
El hombre de hoy está acostumbrado a vivir en la superficie, tentado a huir de todo lo que signifique profundidad y compromiso. Con frecuencia huye de la reflexión sobre su vida, compromisos y relación con los otros.
De allí que busca embotar sus sentidos permanentemente, no pensar mucho, vivir el momento, disfrutar cada instante.
Ante esta perspectiva, Jesús interpela a todos diciendo “Navega mar adentro”, aléjate de lo superficial, de lo que encandila, de lo que nada deja.
Es como cuando uno va al boliche, aturdido toda la noche con la estridencia de la música, encandilado por las luces, ensimismado en su propio ritmo, olvidándose de todo, la bebida, el movimiento, y después de ese impacto emocional, quizás alcoholizado al costado de la calle rodeado por el vómito, descubre que nada queda en su corazón.
Como no ha sido tocado en lo más profundo de sí, el vacío no se hace esperar, y se siente impelido a repetir la experiencia a la semana siguiente con la ilusión, siempre la ilusión, de alcanzar una plenitud que nunca llega, de llenarse de nada.
La experiencia de Dios nos lleva, en cambio a la profundidad de nosotros mismos.
La segunda enseñanza que nos deja el texto evangélico es que Jesús sube a la barca de Pedro. Esto nos es algo meramente anecdótico, significa algo. ¿Quién es Pedro? Aquél a quien Jesús elige como cabeza visible de la Iglesia, que siempre se la ha visto significada en la figura de la barca.
Jesús quiere expresar que en medio de las diferentes barcas, Él sube a la de Pedro para enseñar a la gente y guiarla a los pastos eternos.
Esa barca que es su Iglesia, y que en la historia humana subsiste en la Iglesia Católica.
En la actualidad, aunque desde muchas barcas se proclama el evangelio, es a la barca de Pedro, conducida hoy por Benedicto XVI, a la que Jesús quiso dar la misión concreta de navegar mar adentro.
Esto nos hace caer en la cuenta que a lo largo de la historia humana, y ciertamente hoy, Jesús le dice a su Iglesia “navega mar adentro”, aléjate de la orilla, no te quedes en la playa a recibir el sol de tu historia.
Cristo nos dice hoy a nosotros los católicos, “dejen de estar en la orilla”, “vayan a lo profundo”, dejen la pavada.
A veces nos quejamos que haya católicos que buscan otros cultos religiosos, sin advertir que se van a otra parte porque no encuentran lo que inquieren en la Iglesia Católica.
En efecto, sucede que para no perder feligreses a veces edulcoramos el evangelio. Decimos “hay que tener cuidado de caer mal a la gente, no presentemos el evangelio tal cual es porque a muchos no les va a gustar”.
San Pablo decía ante el rechazo que recibía con frecuencia a causa de su misión, “nuestra predicación procura agradar, no a los hombres, sino a Dios, que penetra los corazones” (1 Tes. 2,4).
Como Iglesia tenemos examinar si navegamos mar adentro.
La liturgia misma con frecuencia es trocada por el culto a la frivolidad.
Al respecto hace un tiempo un muchacho universitario que busca la profundidad en su existir diario tomando en serio la vida cristiana, fue a misa un domingo a una iglesia distinta a la habitual por dificultades de horario, y me decía:- “Padre, yo me acordaba del boliche por el bochinche reinante en la misa, cosas raras, palmoteos y otras cosas, y cuando voy a comulgar, sinceramente tuve que hacer un esfuerzo para pensar que recibiría al Señor, ya que la idea que se me venía a la cabeza era que me iban a dar un choripán”. Es trágico tener que pensar y decir esto.
La liturgia no se puede convertir en un espectáculo, ya que es la actualización del sacrificio de la Cruz por la que fuimos salvados.
A veces en la misa hablamos por el celular, mandamos mensajes de textos, prolongando en el hoy la figura de los soldados que distraídamente jugaban a los dados al pie de la cruz.
A veces pensamos que la enseñanza y vida de la Iglesia tienen que ser más divertidas, contener otros atractivos para los feligreses, especialmente para los jóvenes, sin caer en la cuenta que quien vive superficialmente se afirma más en la “playa” de su historia personal, y para quien busca la profundidad del encuentro con Dios le cerramos la puerta del crecimiento porque no puede “navegar mar adentro”.
El Señor nos dice que no temamos navegar mar adentro. Y esto lo dice porque por nuestros miedos a no tener éxito en la misión evangelizadora, -nos miramos a nosotros mismos y no a la fuerza que viene de Dios- nos asimilamos al mundo creyendo que usando los criterios del mismo llegaremos a buen término.
Muchas veces olvidamos las palabras de Jesús que estamos en el mundo pero no somos del mundo, ya que Él mismo nos ha sacado del espíritu y cultura mundanos para llevar su mensaje salvador.
Como Iglesia corremos el riesgo de pensar que los bautizados insertos en la cultura de nuestro tiempo son todos superficiales, y por lo tanto imposibilitados de “navegar mar adentro”, -con lo cual rebajamos la dignidad del mismo hombre-.
Y no es así, ya que aún sin saberlo, cada persona percibe alguna vez en su corazón esa orientación hacia Dios que le viene del hecho de haber sido creado por Dios.
El Señor nos invita a navegar mar adentro en la grandeza de su divinidad, conocer el “misterium tremens”, pero también ir a nuestra intimidad para repetir la experiencia de Isaías, de Pablo y de Pedro que no se quedan con un “impacto” de Jesús, sino que vislumbran una vida nueva.
Convencidos de la necesidad de navegar mar adentro en las aguas de la santidad, incluso para transformar al mundo, dejemos las redes que nos atan a nuestros proyectos, para seguirlo a Jesús.
-------------------------------------------------------------------------------------------------------Padre Ricardo B. Mazza. Director del CEPS “Santo Tomás Moro”. Homilía en el 5to domingo “per annum”, ciclo “C”. Textos: Is. 6,1-8; 1 Cor.15, 1-11; Lc. 5, 1-11.- 07 de febrero de 2010. ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com; www.gjsanignaciodeloyola.blogspot.com; www.nuevoencuentro.com/tomasmoro.-
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5 de febrero de 2010

Elección, vida y persecución del profeta de Dios


La palabra de Dios viene siempre a nuestro encuentro para iluminar y alimentar nuestra vida de seguimiento de Aquél que nos ha creado por amor y destinado al amor eterno, la vida con Él, como lo refiere el apóstol san Pablo.
Para llegar al amor pleno de Dios es necesario vivir acorde con lo que ha dispuesto para cada uno de nosotros desde toda la eternidad.
En el texto de Jeremías que hemos proclamado, se describe precisamente el origen de la vocación de este profeta. Se afirma que antes que naciera, Dios lo conocía, conocimiento que implica su elección concreta con vista a una misión determinada.
Dios ha creado al profeta y, en su eterno proyecto lo ha pensado para que sea su portavoz, siempre en orden a manifestar su infinita bondad, acercando a todos a la vida nueva que siempre se le ofrece al hombre.
Jeremías deberá ser fiel en la transmisión de la Palabra divina que expresa su designio de amor para con el hombre:”Ve a mi pueblo y dile lo que te he de manifestar”
Por cumplir esto muchas veces se sentirá torturado entre la exigencia de Dios y el rechazo del pueblo de Judá que lo considera profeta de calamidades, –ya que anticipa la caída del reino y su posterior destierro a causa de sus múltiples infidelidades al Dios de la Alianza- y por lo tanto no desea escucharlo.
Será demasiado tarde para el pueblo cuando advierta en el futuro que fue su propio pecado el que engendró tantas penurias.
Para cumplir con su misión, Dios le dice a Jeremías que no tenga miedo en medio de los desaires y persecuciones, ya que siempre contará con su ayuda, advirtiéndole que si arrastrado por el temor abandona el anuncio, será Él quien le meterá temor.
Como diciendo, “si por miedo estás tentado en “aguar” la Palabra que se ha de anunciar, para no tener problemas, te señalaré mi descontento.
Pero Jeremías, habiéndose dejado seducir por Dios (cf. Jer.20, 7-9), entregará su vida por la causa del Señor, hasta tal punto que es perseguido, torturado, arrastrado a Egipto y allí asesinado.
En su muerte, el profeta, ante los ojos de los hombres aparece como un fracasado, ya que Dios le ha prometido sostenerlo siempre y sin embargo es muerto por sus enemigos. Sin embargo, a la luz de la fe, la muerte del profeta significará la vivencia más plena del amor, de ese amor del cual nos habla San Pablo en la segunda lectura, como signo de la perfección.
En el evangelio se prolonga con lo señalado en el Antiguo Testamento a través de Jeremías, en la persona de Jesús el enviado del Padre.
Encontramos al Señor en la sinagoga de Nazaret donde en un primer momento es aceptado, provocando admiración en sus oyentes, dando testimonio a favor de Él, tal como había sucedido en Cafarnaúm.
Pero inmediatamente cambia el escenario favorable en su pueblo de Nazaret, ya que lo arrastran a las afueras de la ciudad para despeñarlo. ¿Qué había sucedido para que se concretara ese cambio de actitud por parte de sus oyentes? En primer lugar tenemos que decir que esto no es de admirar teniendo en cuenta la condición inestable del hombre que rápidamente pasa de la aprobación al rechazo más profundo de alguien, ya sea arrastrado por el influjo negativo de otros, ya porque así reacciona cuando algún decir de quien fuera aprobado previamente, es considerado desagradable en otro momento.
Es una realidad que el corazón del hombre quiere y no quiere a la vez, está con Dios en un instante y lo rechaza en el otro. Nosotros mismos percibimos con frecuencia este modo de reaccionar en nuestro interior, ya que somos un misterio que sólo madura en la comunión con su Creador.
En segundo lugar hay que advertir que a Jesús se le ha ocurrido dar a entender que realiza signos cuando quiere, como quiere y a favor de quien quiere ciertamente en referencia a Cafarnaúm, ya que en Nazaret no había realizado alguno, según aquello de que “nadie es profeta en su tierra”.
Se trata de dejar en claro que a Dios “nadie lo aprieta” exigiéndole su obrar en beneficio de alguien.
Esto produce malestar entre los oyentes de la sinagoga, y mucho más cuando Jesús recuerda a la viuda de Sarepta y al sirio leproso Naamán, que son auxiliados por los profetas Elías y Eliseo respectivamente, a pesar de no provenir ellos del pueblo elegido en el que abundaban también muchas personas necesitadas.
Es decir, les reprocha abiertamente su falta de fe ya que piensan de Jesús “médico, cúrate a ti mismo”, y les recuerda que Él viene a salvar a toda la humanidad descubriendo el designio salvador del Padre presente desde toda la eternidad y comunicado a través suyo.
De hecho, Jesús, culminará su vida en la Cruz manifestando así la plenitud del amor del que habla San Pablo.
A Jesús, como a Jeremías, Dios nos les promete una vida fácil sino el apoyo y firmeza necesarios para cumplir con su misión que se perfecciona en la muerte y rechazo de sus contemporáneos.
La vida y figura del profeta es siempre una contradicción entre la promesa del apoyo divino y el rechazo de la gente, ya que siempre acontece que el ser humano escucha con gusto lo que coincide con sus puntos de vista, y rechaza lo que le disgusta.
Sucede que cuando la Palabra de Dios no concuerda con nuestro pensamiento, fácilmente la rechazamos o la ponemos en el freezer con la esperanza de que Dios se modernice.
Pensamos que Dios no tiene porque perturbarnos ahora con nuevas obligaciones –sobre todo en la actualidad en que sólo se pone énfasis en los derechos-, cuando sólo interesa el disfrute de lo placentero.
Lo mismo sucede cuando la Iglesia –continuadora de Jesús- anuncia el mensaje de salvación o formula enseñanzas concretas –como la doctrina social- que se derivan de ella. Tendrá seguidores, pero también –y en mayor medida- sufrirá persecución y desprecio incluso por parte de los bautizados que se dicen católicos.
Se busca cualquier pecado de los miembros de la Iglesia para atacarla y pretender quitarle credibilidad a sus enseñanzas, apuntando finalmente al mismo Cristo que la fundara.
Como Jeremías, también nosotros los bautizados, presentes en el pensamiento de Dios antes de ser engendrados por nuestros padres, somos elegidos para una misión concreta, siendo nuestra existencia necesaria para la realización del designio de Dios en la edificación de su Iglesia.
De allí que un cristiano nunca pueda decir “mi vida no tiene sentido”, o ¿para qué vivo?, o “mejor es morirse”, porque nuestra existencia no es una “pasión inútil”, sino que reconocidos en el designio de Dios como sus hijos, nos dirigimos a la perfección humana ya desde esta vida temporal que prepara la futura eterna.
Si somos fieles a la vocación recibida en el sacramento del bautismo nos sucederá lo de Jeremías y lo de Cristo, es decir, seremos perseguidos. Cuando un cristiano proclama la verdad tendrá complicaciones, ya que para muchos será insoportable su mensaje.
Por otra parte hay quienes apetecen ser halagados en sus oídos, o sea, quieren escuchar aquello que coincida siempre con sus pensamientos, sus deseos y proyectos, aún en el menoscabo de la verdad misma.
De allí que resulta importante encarnar en nuestra vida aquello que sostenía San Pablo “nuestra predicación procura agradar, no a los hombres, sino a Dios, que penetra los corazones” (1 Tes. 2,4). Y en otra parte “¿Acaso tenemos que agradar a los hombres? Si tratara de agradar a los hombres, ya no sería siervo de Cristo” (Gal. 1,10).
Este servicio a la Palabra de Dios está unido a lo que describe San Pablo como lo máximo en la perfección cristiana, es decir, el amor, el cual se caracteriza por mostrar cualidades muy precisas y perfeccionadoras de la persona: no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra con la injusticia sino que se regocija con la verdad, es paciente.
Pues bien, el cristiano que se compromete seriamente con la vocación profética recibida en el bautismo, continúa los pasos de Jeremías y de Jesús denunciando la injusticia reinante en la sociedad, mostrando -según sus posibilidades- caminos de solución a los grandes problemas que nos aquejan, viviendo la verdad evangélica en su diario existir, guardando una conducta intachable en la vida familiar, social, política y económica.
Todo lo cual significa vivir en concreto la plenitud del amor a Dios y al prójimo que culmina o con la muerte, o con el desafuero de una sociedad que es permisiva con el mal, y a la cual le molesta la presencia del creyente que se “juega” por su sus creencias.
Aunque sostenidos por la fuerza de lo alto como Jeremías y Jesús, nosotros mismos sabemos que la fidelidad a la Palabra de Dios nos conducirá a lo que el mundo tiene como fracaso pero que para nosotros será la plenitud del amor, como lo fue la Cruz de Cristo.
El creyente ha de ser capaz de sufrir persecución con tal que la voz del señor llegue al corazón de todos.
Y no temamos los desprecios o la hiriente indiferencia de muchos, ya que contamos siempre con la fuerza de Dios, a pesar de lo que hemos de padecer de parte de una cultura hostil a su Creador.
Hacer presente a Cristo en la sociedad es el mejor servicio que podemos prestar a la perfección del amor cristiano.
Muchas veces decimos que la Iglesia es muy dura en su enseñanza cuando realiza su misión de proclamar la verdad, sin que advirtamos que esa firmeza en el anuncio de la verdad va siempre acompañada con la perfección de la caridad.
Por ejemplo, cuando enseña respecto al aborto es clara en su exposición, no puede aguar el evangelio ni aceptar la confusión de aquellos grupos que maliciosamente, para confundir, se hacen llamar “católicos por el derecho a abortar”, ya que ni son católicos, ni el matar a otro constituye derecho alguno. Ni tampoco puede compartir las justificaciones que en este tema presenta la cultura de nuestro tiempo a través de sus diversos corifeos.
Pero, junto con la transmisión de la verdad íntegra sobre el respeto absoluto a la vida, también enseña que toda persona que haya incurrido en el pecado, por grave que sea, tiene la posibilidad de recibir el perdón de Dios, fruto de su misericordia, si se convierte de corazón y se compromete a cambiar de vida.
De este modo la proclamación de la verdad de la dignidad de la vida, se completa con la verdad proclamada del amor-perdón.
Pidamos al Señor en este día que asumiendo nuestro llamado a proclamar su mensaje seamos capaces de hacerlo con la disposición constante de llevar el amor cristiano a su plenitud.

Encabezado: (Jesús enseña en la sinagoga de Nazaret, panel de madera polícroma del techo artesonado, segunda mitad del siglo XII, iglesia de San Martín, Zillis, Suiza).
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Padre Ricardo B. Mazza. Director del CEPS “Santo Tomás Moro” de Santa Fe, Argentina. Homilía en el IV domingo “per annum” ciclo “C”. 31 de enero de 2010. Textos bíblicos: Jer. 1,4-5.17-19; I Cor. 12,31-13,13; Lc 4, 21-30.- ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com; www.nuevoencuentro.com/tomasmoro.-
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28 de enero de 2010

Convocados y enviados por la Palabra viva de Dios


Nuevamente nos congregamos en la Casa de Dios para escuchar su Palabra y recibirlo hecho carne en la Eucaristía. Los textos bíblicos que hemos proclamado nos llevan a una profundización mayor de los misterios divinos. La enseñanza de este domingo pone de relieve el poder convocante de Dios, quien manifiesta su voluntad y configura un pueblo de creyentes a través de su Palabra, conocida por medio de los profetas y personificada en la plenitud de los tiempos por medio de su Hijo.
En la primera lectura el libro de Nehemías (8, 2-6.8-10) nos presenta al pueblo elegido –la tribu de Judá- que ha sido liberado del exilio en Babilonia por un edicto del rey Ciro, regresando a lo que anteriormente era su tierra, ahora bajo la dominación persa. Con entusiasmo emprenden la restauración del templo y las murallas de Jerusalén, y así disponen de un ámbito adecuado para dar comienzo con lo que sería el pueblo judío, desaparecido ya el reino del Norte con las deportaciones asirias.
Pero también debe ser restaurada la comunidad de los creyentes, ya que el pueblo con motivo del exilio estaba disperso, dispersión que ya había comenzado con el pecado y la infidelidad al Dios de la Alianza.
El texto bíblico nos muestra un momento muy particular para el pueblo, convocado a celebrar el día del Señor, a partir de la lectura y meditación de su Palabra, reunido en la plaza principal –hombres, mujeres y todos los que podían entender-, desde el amanecer al mediodía.
El sacerdote Esdras y los levitas se encargan de proclamar e interpretar la voluntad de Dios.
Esto provoca entre los presentes una seguidilla de reacciones, el pueblo congregado se siente conmovido y llora al recordar el pecado que resalta más al ser comparado con la fidelidad del Dios de la Alianza.
La Palabra les permite confrontar con ella su propia vida personal y como pueblo y, descubrir en qué aspectos no han estado a la altura de lo que se esperaba de ellos, postrándose en tierra no sólo para expresar su pequeñez sino también para mostrar su disposición de adorar al único Dios.
Esta comunidad se va transformando por la acción de la Palabra de Dios, que moviendo los corazones aleja la dispersión interpelándolos para regresar al espíritu de la Alianza.
Esto señala qué importante es para la vida de fe la Palabra de Dios.
Esta experiencia del pasado ciertamente nos ayuda a descubrir si nosotros también nos sentimos conmovidos por lo que nos da a conocer el Señor, si su Palabra nos convoca, alimenta, y a la vez nos proyecta por medio de la conversión, a una comunión más plena con Él.
La liturgia misma de la misa comienza con la escucha de la Palabra que el pueblo de bautizados congregado recibe, plasmando la comunidad de creyentes alejándolos de la dispersión.
En efecto, cuando venimos al templo a celebrar los misterios santos -con frecuencia agobiados por los problemas y preocupaciones-, no siempre estamos dispuestos a escuchar a Aquél que es la Verdad para nuestra vida.
La Palabra, en cambio, por el poder que le es propio por su origen divino, va originando ese remanso interior de paz y unificación comunitaria a la que estamos llamados y que todos necesitamos.
Por eso es tan importante participar de la Eucaristía desde el principio, porque la Palabra es parte integrante y necesaria del misterio que celebramos, con esa función pedagógica de convocarnos e interpelarnos para constituir la comunidad de los elegidos que reconoce y quiere una sincera conversión prolongada en una nueva vida.
Si la Palabra es dejada de lado, y participamos sólo de la Eucaristía desde el ofertorio –por ejemplo-, no es de admirar que el espíritu de cada bautizado permanezca tan disperso como ha llegado al lugar sagrado.
Es probable que el poco aprecio por la Palabra de Dios –desoyéndola-, que con frecuencia manifiesta el “creyente” en nuestros días, esté originado en el hecho de sentirse tan agobiado por las palabras huecas de cada jornada y las más de las veces mentirosas, que culmina colocándola al mismo nivel de la del hombre.
O también tan embelesado por las voces del mundo, que por su frivolidad son muchas veces más atractivas, despreciamos la Palabra de Dios por considerarla aburrida o desactualizada para nuestro existir cotidiano.
Por eso la necesidad, como en la antigüedad, de alimentarnos con la Palabra de Dios, actualizando en cada domingo los dichos de Esdras, Nehemías y los levitas: “es un día consagrado a nuestro Dios. No estemos tristes, pues el gozo en el Señor es nuestra fortaleza”.
Realizado, pues, cada domingo, el reencuentro con el Dios de la Alianza, podemos ir a nuestras casas a comer y beber un buen vino, compartiendo con el que no tiene, porque es un día consagrado al Señor.
Este día consagrado al Señor ha de provocar en nosotros una profunda alegría ya que nos permite encontrarnos con Él y los hermanos en la fe.
Hablando del encuentro con Jesús Palabra viva del Padre, en el evangelio de hoy (Lucas 1,1-4; 4,14-21) se nos muestra al Señor participando en la sinagoga de Nazaret de la proclamación del mensaje revelado.
Al leer un texto del profeta Isaías afirma que su anuncio “se ha cumplido hoy” en Él.
¿Y qué dice el texto de Isaías? Afirma que ha recibido la consagración del Espíritu Santo -retomando lo que había sucedido el día de su bautismo en el Jordán-.
Que ha sido consagrado y enviado para dar la vista a los ciegos, especialmente devolver la ceguera del espíritu; a dar la libertad a los oprimidos quitando especialmente la opresión del pecado; a anunciar la liberación a los cautivos porque de Jesús se origina la verdadera libertad para el hombre; y a dar la buena noticia a los pobres.
Se trata del mensaje de Jesús que solamente es recibido por los pobres. ¿Quiénes son los pobres? No se trata de hacer una oposición de clases como alguna ideología lo ha propuesto, sino de destacar quiénes son los que están abiertos a recibir a Jesús.
De hecho la Iglesia a través de la doctrina Social insistirá en la necesidad de que en las naciones se busque el bien común, se elimine la miseria, afirmando que toda persona tiene derecho a vivir como tal usando de los bienes universales que Dios nos entregó desde la creación.
Pero también el llevar la buena noticia a los pobres está implicando el corazón de aquél que está dispuesto a escuchar al Señor.
El rico que ha puesto su confianza en el dinero, en el poder, en la fama, tiene su corazón bloqueado e ignora la Palabra, oyendo sólo aquello que agrada a sus oídos.
No hay una actitud de confrontar su vida con la voluntad de Dios con el objeto de transformar el corazón buscando caminos diferentes.
La Buena Nueva encuentra eco sólo en aquellos que son pobres de espíritu, los que el Antiguo Testamento llama los “anawim”, los pobres de Yahvé, aquellos que ha puesto su confianza en el Creador, que saben que sólo Él puede responder a los grandes interrogantes de la vida y por eso están orientados a servirle de veras.
Justamente este pueblo reunido ante Esdras escuchando la Palabra de Dios se presenta con las características de los pobres de Yahvé que abren sus oídos y corazón ante su Dios, saben que dependen de Él y en Él han puesto su confianza, su fuerza, su voluntad de ser cada día mejores.
Esta apertura ante Dios propia de los pobres de Yahvé, los anawim, hace que cada uno vaya conociendo cuál es el don que ha recibido, y sin envanecerse va pensando cómo los pone al servicio de su Creador y de su prójimo, tal como refiere San Pablo escribiendo a los Corintios (I Cor.12, 12-30), cuando compara al cuerpo de la Iglesia con el cuerpo humano.
Así como el cuerpo humano tiene muchos miembros y todos son necesarios para que éste funcione correctamente, lo mismo sucede en el cuerpo de la Iglesia.
Muchos miembros cumpliendo su misión propia colaboran para la perfección del cuerpo siendo imposible prescindir de alguno de ellos si se quiere y busca la perfección en el ser y obrar del todo.
Por el bautismo recibimos un don, una gracia especial, que hace que nuestra presencia y actividad sea fundamental.
A veces caemos en el pesimismo de pensar que somos tan poca cosa que en nada podemos contribuir para la edificación de la Iglesia.
Este sentimiento nos exige no abandonar nuestro compromiso, sino reflexionar y descubrir qué nos ha dado el Señor y en qué medida puedo aportar algo de mí para la Gloria de Dios y el bien de la comunidad.
Esto supone la apertura total ante Dios: “Señor, aquí te doy mi nada”. “Todo es don y gracia tuya. Con tu luz y tu fuerza esa nada será elevada en la realización de tu voluntad, en lo que Tú has preparado para mí desde toda la eternidad”. “Que pueda llevarte a Ti a este mundo que tanto necesita de tu presencia”.
Pidamos al Señor que nos dé la docilidad para escuchar siempre su Palabra, para dejarnos instaurar en comunidad de creyentes, abriendo siempre nuestro corazón a Él y sus dones, para que reconociendo lo que nos ha dado sepamos brindarlo para la edificación del Cuerpo de la Iglesia.


Padre Ricardo B. Mazza. Párroco de la Parroquia “San Juan Bautista” en Santa Fe de la Vera Cruz. Homilía en el III domingo “per annum” ciclo C. 24 de Enero de 2010. ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com; www.nuevoencuentro.com/tomasmoro.-

19 de enero de 2010

“Hagan lo que Él les diga”.

El domingo pasado con la fiesta del Bautismo del Señor concluimos el tiempo de Navidad. Escuchamos la voz del Padre que afirmaba de Jesús que era su Hijo muy amado. De este modo, de la manifestación de su divinidad ante los pastores y los magos de Oriente, pasábamos al testimonio del propio Padre respecto a su Hijo, que ungido por el Espíritu daba comienzo a su misión entre los hombres.
En este domingo, aunque ya en otro tiempo litúrgico, advertimos continuidad temática con lo reflexionado en Navidad, considerando la realidad matrimonial a través de las Bodas de Caná (Juan 2,1-12).
En efecto, en la figura del matrimonio se “significa” la manifestación del Hijo de Dios, que al asumir la naturaleza humana en el seno virginal de María, prolonga el desposorio entre Dios y la humanidad.
De allí, que tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, el matrimonio evoca la unión entre Dios y su pueblo, entre Cristo y la Iglesia, entre Cristo y cada alma.
El profeta Isaías (62, 1-5) nos dice que Dios prepara a su pueblo –bajo la figura de Jerusalén, la ciudad santa- , la cual ya no se llamará abandonada, sino que preferida a pesar de sus pecados, llegará con su Señor a la intimidad más profunda simbolizada en la figura del matrimonio.
Los profetas denunciaron con firmeza las infidelidades del pueblo elegido, a tal punto que cuando éste se olvidaba del verdadero Dios adorando otros dioses y rompiendo la alianza del Sinaí, era llamado pueblo de prostitución, adúltero e idólatra.
Con estos términos, pues, se señalaban el alejamiento de Israel de su verdadero origen y meta, el Dios esposo, y su búsqueda de otros amantes.
También en el orden espiritual, en la relación esponsalicia entre Dios y cada persona, el pecado constituye un adulterio espiritual, ya que el alma se prostituye, vendiéndose al espíritu del mal antes que permanecer en la fidelidad al Dios Salvador, eligiendo atajos que descaminan de la verdadera senda de la santidad.
Jesús como Dios hecho hombre, viene a revelarnos que su presencia es necesaria para ir sanando a la persona y a las instituciones referidas a lo humano, entre ellas el matrimonio, porque como el agua, necesita el sabor de la gracia, nueva realidad por la que el Señor nos eleva y enaltece.
El descubrir al Señor en las Bodas de Caná, anuncia su voluntad de hacerse presente en toda unión matrimonial elevándola por la gracia, ya que dicha alianza será siempre el “signo” visible temporal del pacto esponsalicio entre Dios y su pueblo, y por extensión con la humanidad toda.
Dentro del contexto que describe Juan está presente María Santísima.
Su presencia también va más allá de las Bodas concretas a las que fue invitada, ya que anticipa su mediación en toda la historia de la salvación.
El texto está cargado de significación porque la falta de vino implica una situación desesperada sin solución humana visible, ante la que la presencia de Jesús asegura su remedio.
Así, un hecho concreto se universaliza, dejando como enseñanza que no existe situación humana alguna que no pueda encontrar solución en el Señor cuando se han agotado todas las instancias humanas.
Ante esta perspectiva se descubre que al matrimonio mismo de Caná le faltaba el vino, el vino de la gracia, pero con posibilidades de ser transformado por la presencia del Señor.
En realidad, el amor de los esposos es siempre como el agua, si se queda en lo puramente humano, faltándole el vino de la gracia que sólo Cristo otorga, posibilitando que sea “signo” del amor entre Dios y el hombre.
Por lo tanto la presencia del Señor va más allá de un acontecimiento social, ya que Él con su “estar ahí” quiere significar una realidad más profunda.
En efecto, la carencia de vino indica la necesidad de “alguien” para que se perfeccione “el algo” de toda actividad humana, ya que el hombre mismo es imperfecto, necesitado siempre de la grandeza divina que lo complete.
Ante la advertencia de María “no tienen vino”, Jesús dirá “Mujer, que tenemos que ver nosotros”. Llama a su madre “mujer”, no María o madre.
El término “mujer” nos traslada a la presencia de la primera, Eva, por quien entró el pecado en el mundo.
María es la “nueva Eva” que pisa la cabeza de la serpiente tentadora por medio de su Hijo a través de quien entra la salvación por la Cruz.
La Nueva Eva, María, le está pidiendo al Nuevo Adán, Jesús, que entregue a todo matrimonio entre un varón y una mujer, el vino nuevo de la gracia, perfeccionando así esta institución natural y profundamente humana, ineludible para fundar la sociedad entre los hombres y crear el ámbito propicio para formar a las personas llamadas a la comunión con Dios.
Jesús dirá “no ha llegado mi hora”. ¿A qué se refiere? Su “hora” se concretará en el tiempo oportuno con su pasión, muerte y resurrección.
En esa su “hora” aparecerá plenamente la figura salvadora del Nuevo Adán, ya que en el árbol de la cruz, por su obediencia, restaurará lo que el Viejo Adán había perdido en el árbol del paraíso por su desobediencia.
Con su “hora”, no sólo llega Él al cumplimiento de la voluntad del Padre, sino que se hace realidad la re-creación del hombre por la sangre –el vino nuevo- derramada en la Cruz para la salvación del mundo.
Aunque no haya llegado la “hora” de Jesús, al expresar María con amor de Madre que “no tienen vino”, recuerda que así como Eva en el paraíso tuvo en sus manos la decisión para el pecado, Ella como nueva Eva, toma la iniciativa para dar comienzo a la salvación.
Con su actitud, María adelanta la “hora” de Jesús, su desposorio con la humanidad, -que se realiza plenamente en la Cruz-, como la vieja Eva apresuró la ruina por el pecado persuadiendo al viejo Adán.
El signo –como llama Juan a los milagros- de la conversión del agua en vino se realiza en medio de las Bodas, es decir, en medio del signo esponsalicio entre Dios y la humanidad, que el matrimonio humano debe significar y prolongar en el tiempo.
María intuyendo su papel de Nueva Eva continúa diciendo: “hagan lo que Él les diga”, adelantándose a la voz del Padre que en la transfiguración del Señor reclamará que escuchemos a su Hijo, el Elegido (cf. Lc. 9,35).
La auténtica escucha de Jesús se continúa y perfecciona en el realizar lo que Él nos enseña a través de su palabra y de sus obras.
En efecto, no es suficiente escuchar, sino “oír” con espíritu de obediencia al Señor, como Él lo hace cuando habla el Padre, llevando a cabo lo que nos manifiesta, encarnando la verdad revelada.
Y más aún, no sólo llevar a cabo su palabra, sino que hemos de dar lugar en nosotros a Aquél que es la Palabra del Padre, de tal modo que se haga realidad lo enseñado por san Pablo a los filipenses cuando indica la necesidad de tener los mismos sentimientos de Jesús, es decir, pensar, hablar, obrar y amar como el Señor.
Y Jesús transforma el agua en vino queriendo significar no sólo la renovación del matrimonio como institución natural y esencial en la vida del hombre, sino que quiere renovar el corazón del hombre y todo lo que se refiere a él con la plenitud de la gracia sanante y santificante.
Esta conversión apunta también al misterio de la Eucaristía, en la que también se consuma el desposorio divino-humano, al hacerse presente el mismo Señor bajo los accidentes de pan y vino.
Advertimos así que Jesús se hace presente en la historia humana desposándose con ella, no sólo en la Encarnación, sino también cuando el pan y el vino se convierten en su Cuerpo y Sangre salvadoras.
La vida del hombre también como el agua se convierte en el vino sabroso de la gracia que da sentido profundo a toda nuestra existencia.
En la actualidad muchas veces la subsistencia misma del hombre se presenta como insulsa, luchando siempre por conseguir cosas.
El mundo y con él la sociedad de consumo, sigue ofreciendo espejismos de felicidad que no alcanzan a plenificar a quien es llamado a la trascendencia.
Se insiste en el disfrute, en el goce a todo trance, sin que el corazón humano alcance la felicidad para la cual fue creado.
Y esto porque se recorre la vida sin saber para qué, y sin descubrir su verdadero sentido, a pesar que el Señor pasa a nuestro lado y se ofrece para cambiar nuestra agua en el vino de la gracia, de su presencia salvadora.
La vida humana sería diferente si escuchando siempre al Señor trocáramos cada día realizando sus enseñanzas.
Cristo es el vino nuevo que viene a dar un sabor distinto a nuestro ser contingente elevándolo con múltiples dones y riquezas espirituales.
Precisamente San Pablo (I Cor. 12, 4-11) nos afirma que en la Iglesia hay diversidad de dones, de servicios y de funciones, pero hay un único Espíritu, un único Señor, y un mismo Dios que obra todo en todos.
O sea, que Dios es siempre el mismo aunque sus dones se derramen de diversa forma en el corazón de todos.
De allí la necesidad de descubrir cada uno lo que Dios le ha entregado para hacerlo fructificar constantemente para la edificación de la Iglesia.
Y la Iglesia enriquecida con la entrega de cada uno a través de los dones recibidos, dará testimonio de la multiforme gracia de Dios.
Nosotros somos agua por nacimiento, pero al ofrecernos dócilmente al Señor para que nos transforme, recibimos de Él el vino nuevo de sus gracias y dones.
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Padre Ricardo B. Mazza, Cura Párroco de la parroquia “San Juan Bautista” en Santa Fe de la Vera Cruz, Argentina. Homilía en el II° domingo “per annum” Ciclo “C”. 17 de Enero de 2010. ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com; www.nuevoencuentro.com/tomasmoro.-
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16 de enero de 2010

Por el Bautismo del Señor, bautizados “en el Espíritu Santo”


Celebramos hoy la fiesta del Bautismo del Señor, culminando así el ciclo de Navidad.
Juan Bautista (Lc. 3,15-16.21-22), por medio del bautismo de agua, invitaba al pueblo judío a convertirse de corazón arrepintiéndose de sus pecados, y así poder recibir al Mesías, al enviado del Padre, al Salvador del mundo, a Jesús.
La liturgia bautismal que rige en nuestros días, actualiza a través de los “signos sensibles” este llamado a la conversión, cuando iluminados por la proclamación de la Palabra, fortalecidos por el óleo santo para enfrentar al demonio, renunciamos a todo lo que provenga del mismo, y profesamos la fe en el Dios trinitario.
Cristo, que anuncia y celebra un nuevo bautismo, va más allá del perdón de los pecados, recreando el corazón humano al devolverle su primitiva condición de “imagen y semejanza de Dios”, y llevándolo a la plenitud con la infusión de la gracia divina, por medio de la ablución del agua.
En efecto, con lo acontecido en su propio bautismo, Jesús anticipa lo que sucederá en el corazón de cada uno de nosotros, -al instituir el sacramento-, ya que seremos bautizados en el Espíritu y el Fuego dando inicio a los dones salvíficos que se comunicarán a todos los hombres que sean incorporados a Él.
Cristo, pues, al dejarse bautizar por Juan, se encuentra con el ser humano, purifica las aguas y quiere formar con todos los bautizados una nueva comunidad, un nuevo Pueblo.
Se deja bautizar no porque lo necesitara en cuanto Dios, sino para mostrarnos que ese sacramento es imperioso a todos.
Su bautismo señala, por lo tanto, que la humanidad pecadora precisa de ese lavado de agua y Espíritu para que nos convirtamos en hijos adoptivos de Dios, es decir como Él, “predilectos del Padre”.
O sea que así como Él tomó de la humanidad el cuerpo material necesitado de bautismo, quiere que participemos de su divinidad por la adopción divina que nos otorga el sacramento de la regeneración.
En la liturgia bautismal que celebra la Iglesia se realiza esta transformación interior, y se nos compromete a una vida nueva con la vestidura blanca que se nos impone.
Cristo nos bautiza con el Espíritu Santo quedando así destinados a una misión particular en este mundo, la de anunciar nuestra propia pertenencia al Dios trinitario, significada en el sacramento por medio de la unción del crisma. En efecto, desde el día de nuestro bautismo, inhabita en cada uno de los bautizados el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Desde el día de nuestro bautismo, además, formamos parte de la Iglesia Católica, siendo Jesús la Cabeza y nosotros integrantes del Cuerpo.
Como tales, debemos llevar a todos los hombres el mensaje de que Dios Padre nos quiere salvar -sin hacer acepción alguna de personas-, del pecado y de la muerte, abriéndonos las puertas del Reino de los Cielos.
El mundo ha de conocer por el anuncio –como precisa el profeta Isaías (Is. 40,1-5.9-11)-, que la historia humana amasada con injusticias y violencias va a encontrar en Cristo el único capaz de rehacerla, ya que “como un pastor, él apacienta su rebaño, lo reúne con su brazo; lleva sobre su pecho a los corderos y guía con cuidado a las que han dado a luz”.
El es el anunciado que promoverá el bien y la justicia, y así “se revelará la gloria del Señor y todos los hombres la verán juntamente, porque ha hablado la boca del Señor”.
Cristo al dejarse bautizar quiere mostrarnos que desde ese día comienza su vida como enviado del Padre.
Nosotros también somos enviados por el Padre a ser como Jesús luz del mundo, significada esta luminosidad que proviene de nuestro “nuevo” ser, con la entrega del cirio encendido que toma su fuego del cirio pascual que actualiza la “buena nueva” de la muerte y resurrección del Señor.
Incansable, Jesús, cura enfermos, aleja al demonio de los posesos, instruye a los ignorantes, enseña a los pobres, a aquellos que tienen puesta su confianza total en Dios, comunica a todos los hombres de buena voluntad el mensaje de salvación.
Nosotros, bautizados por el Espíritu, somos interpelados a seguir los pasos de Jesús. Por eso, hoy tenemos la oportunidad de compartir y prolongar en el mundo la vida y obra de Él.
Por eso cabe preguntarse con sencillez, ¿Cómo vivimos el bautismo recibido? El Espíritu Santo nos impulsa a hacer el bien a todos, a darles a los demás lo que conocemos de Dios. ¿Lo hacemos realmente? ¿Qué guía nuestra vida?, ¿el materialismo con sus esclavitudes o la persona iluminadora de Jesús? Como bautizados, ¿tenemos nuestra esperanza puesta en Dios o en lo material?
Como bautizados dejamos mucho que desear, nos cuesta renunciar al pecado, nos cuesta creer firmemente en Dios y en su iglesia, no nos animamos a ser luz para los demás con una vida intachable.
Comparemos nuestra vida con la de Jesús. Enseguida nos daremos cuenta cuáles son nuestras falencias, en qué debemos cambiar.
El Apóstol Pablo (Tito 2,11-14; 3,4-7) en la segunda lectura, nos recuerda que hemos recibido la gracia de Dios, fuente de salvación, que nos enseña e interpela a vivir una vida santa en espera de la glorificación final.
Y sigue puntualizando que Jesús nos salvó “haciéndonos renacer por el bautismo y renovándonos por el Espíritu Santo”, siendo constituidos por este nuevo ser nacido de la gratuidad divina, herederos de la vida eterna.
Llamados a compartir la misma vida del Señor, mientras caminamos en el tiempo, su ejemplo nos alentará a no quedarnos a mitad de camino, y el Padre de los cielos nos dirá: Tú eres mi hijo, el amado, el predilecto.
¿Todo esto será posible? La respuesta debemos darla nosotros, si es que nos animamos a vivir en serio el bautismo que recibimos cuando niños, si es que queremos que crezca la semilla de vida divina que fue alentada en nosotros por el agua y el Espíritu.
El Padre nos indica que escuchemos a Jesús, ya que es su enviado. Escuchar al Señor constituye hoy una tarea muchas veces ímproba, ya que demasiado inmersos en un mundo tan discordante con Jesús, nos sentimos fácilmente tentados a dejarnos llevar por sus sugerencias, por voces y palabras que halagan nuestros sentidos, y nos atrapan con falsos espejismos de felicidad.
Pero la gracia de Dios es más fuerte, y con ella podemos existir y vivir como hijos amados del Padre de las misericordias.
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Padre Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de la parroquia “San Juan Bautista” en Santa Fe de la Vera Cruz, Argentina. 10 de Enero de 2010. Fiesta del Bautismo del Señor, ciclo “C”. ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot; www.nuevoencuentro.com/tomasmoro.-
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9 de enero de 2010

LA “EPIFANÍA” DEL SEÑOR A LOS PAGANOS


“Tanto en la Iglesia de Oriente como en la de Occidente, el símbolo de esta fiesta es la luz. Se nos invita a seguir a Cristo, la estrella radiante de la mañana que nos guía en la vida. Esta celebración nos incita a contemplar en Jesucristo la gloria de Dios, a profundizar en la fe y a postrarnos en actitud de adoración ante el Dios que nos salva” (Misal I, pág.162. Ed.BAC). La fiesta de este día se llama Epifanía del Señor que significa manifestación, revelación.
Esta manifestación de Cristo al mundo encierra varios aspectos. “Por eso la Iglesia, celebra en el tiempo de Navidad, dos clases de sucesos que manifiestan progresivamente en Jesús al Hijo de Dios hecho hombre”. Unos exaltan su nacimiento e infancia como la llegada de los magos, otros “señalan los comienzos de su vida pública como el bautismo del Señor en el Jordán” (Misal del Vaticano II, pág. 37).
Si en la narración de la adoración de los pastores, San Lucas enaltece la primera revelación de Jesús a sencillos hombres del pueblo elegido, San Mateo recalca hoy la primera manifestación de su divinidad a quienes no pertenecen al judaísmo.
Si Cristo es la Luz que viene a los suyos, es también la que ilumina al mundo, es la estrella que guía a quienes lo buscan con sincero corazón, no importa su raza, lengua o Nación.
Sobre este llamado universal a todos los hombres se refieren claramente los textos bíblicos de este día.
El profeta Isaías (60, 1-6) anuncia que la gloria de Dios brilla en el pueblo elegido, y que mientras el mundo se encuentra sumergido en las tinieblas, surge de ese pueblo aquella luz que atraerá a todos los pueblos de la tierra. Proféticamente anuncia la venida de Cristo Luz del mundo quien con su iluminación atrae a la fe a los pueblos paganos.
San Pablo escribe a los cristianos de Éfeso (3,2-6) hablándoles de este misterio del llamamiento universal. Afirma que se trata de una revelación hecha a él, oculta a los hombres en otros tiempos, pero ya manifestada, quizás sin saberlo, por el profeta Isaías, como decíamos anteriormente.
En el designio misericordioso de Dios está presente la salvación de todos los hombres. Es cierto que Dios eligió a “su” pueblo, a quien hizo depositario de sus promesas, pero también es verdad que toda la humanidad está convocada a participar de los bienes traídos por Jesús.
Todos los hombres, pues, somos herederos de las promesas divinas y llamados a formar un solo cuerpo con Cristo para vivir orientados a Dios.
Estas afirmaciones del Apóstol de los gentiles se ven confirmadas en el relato de la adoración de los Magos, que nos trae San Mateo (2,1-12).
El domingo pasado nos transmitía San Juan que la Palabra, es decir, el Hijo de Dios, era la luz verdadera que alumbra a todo hombre.
Pues bien, Cristo desde el pesebre irradia su divinidad, y unos magos venidos de Oriente, encandilados por su Luz se acercan a Él para adorarlo y así testimoniar su certeza de que lo hacían ante el Dios anunciado.
En estos hombres de Oriente, Cristo llama a todos los hombres del mundo para iluminarlos con la luz de la fe.
Los judíos habían considerado siempre a sus descendientes como los depositarios de las promesas divinas de salvación. Jesús, y con él San Pablo, demuestran que la importante es ser descendiente de Abrahán por la fe, no tanto por la sangre.
Cristo se manifiesta a su pueblo por medio de los sencillos pastores que lo adoraron, pero se revela a todos los pueblos de la tierra atrayendo hacía Si a los magos venidos del paganismo, pero dispuestos a creer.
Los misterios de Cristo no son sólo acontecimientos que sucedieron en el tiempo, sino que cada año se actualizan en la profundización de los mismos con una visión de fe que procura obtener nuevas enseñanzas para la vida de todos.
Hoy también, Cristo es rechazado muchas veces por los cristianos, como lo fue por el pueblo elegido, ya “que vino a los suyos y los suyos no lo recibieron” (Jn. 1), ya que viven en las tinieblas.
Pero también es verdad, que hoy como en otro tiempo frente a los magos, Cristo llama, atrae y bendice a quienes sin conocerlo están dispuestos a seguir su mensaje Salvador.
Hoy también, mientras los que recibieron la fe se alejan de Cristo, cautiva a otros muchos que no lo conocieron, pero que se sienten atraídos por la “luminosidad del sentido de la vida” que brota de su ser, de su existencia y de su predicación entre nosotros.
El gran papa San León Magno decía en el pasado al predicar sobre esta fiesta, que la sencillez de los magos “es para nosotros un ejemplo que nos exhorta a todos a que sigamos, según nuestra capacidad, las invitaciones de la gracia, que nos lleva a Cristo”.
Es decir, nosotros mismos debemos sentirnos hoy como los magos de Oriente, atraídos por la persona de Cristo.
Es necesario que nos arrodillemos ante este misterio tan grande de su venida, y que ofrezcamos el homenaje de nuestra vida, de nuestro corazón y el afán por ser mejores, como en otro tiempo ellos ofrecieron oro, incienso y mirra.
Ofrezcamos por tanto, el oro de una conducta intachable, el incienso de nuestra oración diaria que busca intimar con Dios, y la mirra de nuestros sacrificios y entrega generosa de nuestro ser y obrar.
Si así lo hacemos, seremos iluminados por Él como los magos, para que sea posible tomar siempre el verdadero camino que conduce a su Persona Divina, alejándonos de las promesas falaces de un mundo que como Herodes, sólo buscan encandilarnos con frágiles promesas de felicidad.

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Padre Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de la parroquia “San Juan Bautista”, en Santa fe de la Vera Cruz, Argentina. Homilía en la Solemnidad de la Epifanía del Señor. 06 de Enero de 2010. ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com; www.nuevoencuentro.com.ar/tomasmoro.-
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8 de enero de 2010

Elegidos en la eternidad de Quien se hizo carne por nosotros


El tiempo de Navidad nos permite adentrarnos paulatinamente en el misterio del Hijo de Dios hecho hombre. Hoy el acento litúrgico está puesto en su eternidad, en su preexistencia antes de la Creación. Precisamente esto lo proclama el apóstol teólogo San Juan -inspirado por Dios- en el prólogo del cuarto evangelio.
En el Antiguo Testamento (Eclo. 24,1-4.12-16) se presenta la figura de la sabiduría divina que expresa la presencia de Dios entre los hombres. Esto fue como un anticipo de aquel momento –la plenitud de los tiempos-, en el que el Hijo Eterno al asumir la naturaleza humana, “plantó su tienda” entre nosotros.
En el Nuevo Testamento (Juan.1, 1-18) nos encontramos, pues, con el develamiento del Hijo Unigénito del Padre llamado como la “Palabra”, el “logos”, porque a través de Él, Dios mismo se da a conocer.
Se da en Él lo que acontece similarmente en nosotros cuando nos manifestamos por medio de la palabra, ya que a través de ella principalmente, –también por gestos y acciones pero en menor medida- exteriorizamos nuestro interior.
El Hijo de Dios es, por lo tanto, quien viene a revelarnos la intimidad divina, -ya que es su Palabra-, mientras al mismo tiempo permanece como misterio. Se devela, pues, pero se oculta simultáneamente.
Este develamiento y ocultamiento acaece también en nosotros, ya que no siempre mostramos totalmente lo que vivimos en nuestra intimidad.
De allí que digamos que nunca alcanzamos a conocer al otro de forma total, porque el hombre mientras se da a conocer, se oculta, no necesariamente por malicia sino porque es propio del misterio de la persona humana el no poder, por ser creatura, darse a conocer totalmente.
Mientras el misterio de Dios no es captado totalmente por el hombre ni siquiera en la vida eterna, ya que allí nos encontraremos con Él mediante la limitación que nos es propia, igualmente tampoco develamos el misterio del hombre, ya que al ser cada uno de nosotros “imagen y semejanza de Dios”, nos alcanza también la condición del que es presencia y ocultamiento a la vez.
Por eso quiso Dios entrar en la historia humana haciéndose hombre, para que desde su “misterio” pueda ser más entendible el suyo y el nuestro.
Y al ser cada uno de nosotros hechura de Dios, ha querido hacernos partícipes de su misma Vida, asumiendo y enalteciendo la naturaleza humana, decidiendo esto desde toda la eternidad por el amor que nos tiene.
El amor que consiste más en dar que recibir, lo descubrimos perfectamente en el designio de Dios hacia nosotros.
El que ama busca dar toda clase de dones y beneficios a la persona amada e incluso entregando su propia persona. Y esto Dios lo puso en evidencia a través de la creación, por la que nos deja un hábitat apropiado para que nos desarrollemos como personas.
Por eso el texto de Juan nos dirá insistentemente que la Palabra, o sea el Hijo de Dios, estuvo presente en la obra creadora. Por la Palabra, -se afirma- fue creado todo.
De hecho esto coincide con el libro del Génesis en el relato de la Creación que afirma con insistencia: Y Dios dijo, hágase la luz….El “dijo”, hace referencia expresa a la Palabra, al logos.
En la creación, que se conserva en el tiempo por la Providencia, comprobamos el amor que Dios tiene al hombre que no sólo le otorga los bienes temporales de los que necesita, sino que se los renueva y perfecciona con el correr del tiempo. Pero a la vez le deja al ser humano –partícipe de su Providencia- la responsabilidad de saber administrar y respetar lo creatural orientándolo al bien de toda la humanidad.
Pero hay un segundo aspecto del amor. Cuando amo a una persona soy capaz de sufrir por su bien, a renunciar a mí mismo, a brindarme esforzadamente al otro.
Pues bien, de una manera perfecta realiza esta entrega el Hijo de Dios hecho hombre, el cual por serlo, está manifestando su capacidad y voluntad de humillación hasta el anonadamiento de su divinidad para tomar la naturaleza humana. Pero al mismo tiempo eleva la naturaleza humana a su máxima dignidad, justamente porque la ha asumido Él mismo.
Obedeciendo la voluntad del Padre manifiesta al máximo su amor a la humanidad por medio del sufrimiento llegando a la muerte de cruz.
A través de este misterio del Dios hecho carne, descubrimos no sólo su intimidad sino también el misterio del hombre.
Encontramos esta vinculación estrecha en lo referido por San Pablo en la segunda lectura de hoy. Se trata de un pasaje de la carta a los Efesios (1,3-6) que ya habíamos proclamado en la fiesta de la Inmaculada Concepción.
El Padre nos ha elegido en Cristo antes de la creación del mundo-dice el apóstol. Está afirmando que junto a la existencia de la Palabra, logos o el Hijo, está nuestra presencia en el pensamiento de Dios. Si fuimos “pensados o elegidos” por Dios desde antes de la creación es porque en el designio libérrimo de Dios estaba su voluntad de llamarnos a la vida.
Es decir que cada uno de nosotros fue elegido por su nombre, con sus limitaciones y grandezas, para la santidad, para identificarnos día a día con Aquél que nos creó.
Es por ello que al ser esa la orientación natural que cada uno tiene en su interior, resulta agobiante la existencia humana cuando se han elegido otros rumbos y otros dioses, simulacros de la divinidad.
Por eso que resulta habitual advertir el cortocircuito interior que se produce cuando el ser humano ha prescindido de su Dios en la vida de todos los días, y vive por ello sin certezas últimas, sin tener un sentido claro de su vida, sin orientarse a la verdadera meta que lo enaltece.
La cultura de nuestro tiempo busca atrapar al hombre con falsos espejismos de grandeza, bienestar y poder, produciendo cada vez mayor vacío por la ausencia de Aquél que engrandece al hombre.
Por eso es necesario que tengamos la certeza profunda que sólo conocemos el misterio del hombre a partir del misterio de Dios, y por lo tanto llamados a la grandeza, no para la mediocridad o las bajezas que nos pretende imponer la sociedad de consumo, sino para entender y vivir mejor lo que significa ser hijos adoptivos de Dios. Aún sintiéndonos limitados a consecuencia del pecado de los orígenes, estamos asistidos por la gracia de Dios para realizar entre nosotros Su designio de salvación.
Vino a los suyos y no lo recibieron –expresa San Juan-, referencia no sólo al pueblo judío que no lo aceptó, sino también a aquellos bautizados que a pesar de haberlo conocido actúan con indiferencia frente a Él y no le entregan por lo tanto su corazón.
Cristo viene a iluminar a todo hombre, ya que no hace acepción de personas, pero no todo hombre se deja iluminar. Es lo que acontece cuando alguna persona está ciega y no percibe la luz que se proyecta sobre sí porque le falta la capacidad de ver.
Espiritualmente hablando una persona puede ser iluminada por el Señor, pero si está cerrada sobre sí no recibe esa luz que se le presenta. De allí la importancia de acoger la gracia, los dones que Dios ofrece en orden a la conversión, para entrar en la vida de la Luz , que es la Vida verdadera y da sentido a la nuestra.
Nos dice el evangelio que si nosotros respondemos a lo que el Señor nos transmite, recibiremos gracia sobre gracia.
Es importante que en este tiempo de Navidad pidamos incansablemente lo que nos señala San Pablo en la segunda lectura: “Que el Padre de la gloria les conceda un espíritu de sabiduría y revelación que les permita conocerlo verdaderamente”.
Pedir todos los días del año este don de lo alto, para que de este conocimiento podamos comprender la esperanza a la que hemos sido llamados, la de encontrarnos algún día con nuestro Padre y Señor.
Pidamos esta sabiduría para poder conocer cada vez más el misterio de Dios por el que conocemos también el misterio del hombre.
No es fácil descubrir el misterio del hombre y su grandeza, ya que se va haciendo habitual el que en nuestra vida diaria caminemos sin esa orientación a Dios y hasta prescindiendo de su existencia.
Al perder la conexión con Dios somos llevados también a no considerar al hombre como nuestro hermano, en toda su verdad interior, cayendo muchas veces en el poco aprecio que muestra la sociedad de nuestro tiempo con todo lo verdaderamente humano.
No es de admirar, por lo tanto, el que se haga hincapié en nuestros días en todo lo que envilece al hombre, o que se nos quiera imponer concepciones degradantes sobre el mismo. Desconociendo o rechazando la “verdad” sobre Dios que brota de su propia naturaleza, se concluye desfigurando o frivolizando la concepción auténtica sobre el hombre.
------------------------------------------------------------------------------------------ Ricardo B. Mazza, Cura Párroco de la parroquia “San Juan Bautista” en la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz, Argentina. Homilía en el II° domingo de Navidad, ciclo “C”. 03 de enero de 2010. ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com; www.nuevoencuentro.comar/tomasmoro.-
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