29 de junio de 2026

Jesús remarca que es necesario amarlo a Él más que a todos, para llegar a ser discípulo suyo y alcanzar la vida eterna.


En el texto del evangelio según san Mateo (10, 37-42) que  hemos proclamado, se describe el final del discurso misionero de Jesús. 
El texto de hoy se divide en dos partes, en la primera describe una vez más cuáles son las cualidades que deben adornar al misionero, al evangelizador, los otros versículos restantes  refieren a la actitud que han de tener los receptores de la predicación, de la misión apostólica.
Y así, por ejemplo, en los primeros versículos, Jesús señala que es necesario amarlo a Él más que al padre,  a la madre,  al hijo o a la hija, más que a los hermanos, más que a todos. 
Es decir, que en la jerarquía de valores que tenemos respecto al amor, Jesús debe ocupar siempre el primer lugar. 
Y lo dice claramente, si no lo amamos más que a otros, no podemos ser  discípulo suyos.
Podría alguien pensar: ¡Qué pretencioso que es Jesús que espera ese amor tan absoluto de parte nuestra! ¿A qué se debe? Se debe a que  Èl entregó su vida por nosotros. 
Él nos mostró en plenitud el amor del Padre, y por lo tanto, ese amor que depositó en nuestro corazón nos conecta directamente con el amor del Padre del cielo,  y así como nos ama el Padre, nos ama también Jesús, y por lo tanto, nobleza obliga, nuestro amor al Señor, como discípulo, tiene que ser también un gran amor, un amor exclusivo, por encima de todo.
Lo cual conduce indudablemente a trabajar para vivir buscando siempre la adhesión a la persona de Cristo, al seguimiento de su palabra, a la vivencia del evangelio. 
A pesar de nuestras debilidades y  pecados, siempre el Señor entrega su gracia para poder profundizar en este amor a su persona, y de esa manera, amar al Padre del cielo, por lo que este amor a Jesús es lo que potencia que nos sintamos enviados al mundo para dar a conocer el evangelio. 
Si alguien no lo ama suficientemente a Jesús o no tiene mucho interés en llevar el evangelio, o en todo caso dice,  "esperaré la semana que viene o cuando sea más grande, o cuando haya mejores vientos, o la gente esté interesada", es no llegar a ningún día para comenzar. 
Respecto a las actitudes del oyente, aquellos que reciben el mensaje de salvación, ¿Qué dice Jesús?
Afirma que quien recibe a los enviados como misioneros, lo reciben a Él, y el que  recibe al Señor, recibe al Padre. 
O sea, no solamente recibe a Jesús, sino también al Padre del cielo, de manera que aquel que es receptivo al mensaje de Cristo también va a recibir el amor que proviene del Padre.
A su vez, dice Jesús,  que  quien recibe a un profeta por ser profeta tendrá el premio de un profeta, que es lo que enseña el texto que acabamos de escuchar (2 Reyes 4,8-11.14-16).
En efecto, una mujer sunamita tiene un gesto de hospitalidad  para con el profeta Eliseo, ya que con su esposo, reconociendo a Eliseo como hombre de Dios, le construyen un dormitorio en la terraza de su casa  para que pueda alojarse cada vez que pasa por esas tierras.
¿Y Eliseo qué hace al ver que es tratado como profeta? Actúa como tal y le pregunta a su sirviente qué podemos hacer por esta mujer, y al saber que no tienen hijos, llama a la mujer y le dirá, dentro de un año tendrás en tus brazos un hijo, cumpliéndose así lo que enseña el texto del evangelio.
A su vez, el que recibe a un enviado de Dios por ser justo, tendrá el premio de justo,  y tan agradecido es el Señor, que llega a decir, que aunque más no sea un vaso de agua fresca dado a un misionero, tendrá también su recompensa. 
Porque Dios nunca se deja ganar en generosidad, por eso, queridos hermanos, cuanto más amemos a Cristo y de ese amor de Cristo al Padre, nos preparamos para llegar a la meta que es el cielo, y allí podamos cantar:  "Cantaré eternamente las misericordias del Señor" (salmo responsorial).

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía  en el domingo XIII del tiempo litúrgico durante el año.  Ciclo A. 28 de junio  de 2026


22 de junio de 2026

"No teman a los que pueden matar el cuerpo, pero no pueden matar el alma, teman, más bien, al que puede enviar el cuerpo y el alma a la gehena".

 


A los seguidores de Dios no les depara generalmente un destino excelente, sino que el que es llamado para la misión sabe que está expuesto a muchos peligros y que es probable seamos rechazados, odiados, ninguneados, no tenidos en cuenta en la sociedad. Y esto, porque para el mundo el éxito pasa por otro lado, por el dinero, la fama, a ver quién es más vivo en la sociedad para hacer todo el mal posible y librarse de pagar por ello. 
Y ahí lo encontramos a Jeremías (20, 10-13) que manifiesta lo que le está sucediendo, que es rechazado y odiado, porque el mensaje que transmite al pueblo elegido no es del agrado de la gente, porque el ser humano espera siempre según su criterio una buena  noticia, no quiere aquel que es considerado que tira malas ondas o que anuncia situaciones que no  gustan.
Y Jeremías se queja también ante Dios, porque fue enviado y  sin embargo es rechazado, incluso será traicionado hasta por aquellos que se llaman amigos. 
Y el profeta, al final, terminará muriendo por defender la causa del que lo ha enviado, no obstante, en el texto aparece que Dios cuida del profeta, lo protege.
¿Cómo se entiende que Dios lo protege si al final termina siendo asesinado? Porque al profeta  por su fidelidad le espera una gran recompensa. 
Justamente el hecho de la recompensa es lo que  transmite, lo que enseña el texto del evangelio (Mt. 10, 26-33) "No teman a los que pueden matar el cuerpo, pero no pueden matar el alma,  teman, más bien, al que puede enviar el cuerpo y el alma a la gehena". 
Acá, en este texto bíblico en el que Jesús está hablando de la misión que le corresponde a los apóstoles, se les advierte que sufrirán persecución a causa del evangelio.
En efecto, cuando recorrimos el libro de los Hechos de los Apóstoles en el tiempo pascual, hemos ido siguiendo cómo han sufrido Pablo o Bernabé, los apóstoles en general, por proclamar el evangelio. 
Es por eso que el Señor  advierte sobre persecuciones y odio por parte de quienes no quieren saber nada del anuncio.
Por eso Jesús tiene pocos amigos, por eso no todo el mundo busca seguir a nuestro Señor como vemos y  asistimos en la sociedad actual, ya que son muchos los que han abandonado, por diversas razones, por cierto, la fe verdadera.
Y se invocan diversas excusas, aunque la principal, es que seguir a Cristo, exige estar dispuesto a sufrir y a morir por Él. 
Por eso Jesús dirá, no teman a los que pueden matar el cuerpo, no asegura que salvemos el pellejo por predicar el evangelio, sino que no perdamos la salvación del alma.
Al contrario, defender la verdad, predicar el evangelio trae la pérdida de amigos, de personas que tratarán de darnos razones para no seguir a Cristo hasta lo último.
Sin embargo, Jesús es claro, cuando dice que renegará delante de su Padre de quien reniegue de Él delante de los hombres, en cambio, quien dé testimonio de su Persona ante los hombres, recibirá como premio que el Señor también dé testimonio favorable de él delante de su Padre. 
Por eso, queridos hermanos, tenemos que seguir por la senda de la fe que hemos recibido y buscar ser consecuentes con esa fe recibida, sabiendo que el Señor es el que nos protege, defiende, y promete la gloria, si somos capaces de vivir para darle gloria a Él siguiendo su enseñanza.

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía  en el domingo XII del tiempo litúrgico durante el año.  Ciclo A. 21 de junio  de 2026

15 de junio de 2026

Aunque muchas veces nos alejamos del Señor por el pecado, como nuevo pueblo que es la Iglesia, Él sigue eligiéndonos y amándonos.

En el texto bíblico que acabamos de proclamar (Éxodo 19,2-6), recordamos la alianza del Sinaí, cuando los israelitas llegan a este monte, y Moisés sube para encontrarse con Dios, y posteriormente transmite al pueblo el mensaje recibido del Señor. 
Y así, Él, les recuerda que fueron rescatados de la opresión de Egipto, por lo que si ellos se comprometen a escuchar su voz y a observar su alianza, serán su propiedad exclusiva entre todos los pueblos, màs aún "ustedes serán para mi un reino de sacerdotes y una naciòn que me está consagrada". 
A pesar que en la historia de Israel encontramos muchas infidelidades por parte del pueblo, Dios sigue siempre siendo fiel,  a pesar que los descendientes de Jacob  caen en la idolatría, sigue amando a su pueblo, y continúa llamándolo a la santidad. 
También nosotros, que hemos sido elegidos para formar parte del nuevo pueblo que es la Iglesia, muchas veces nos alejamos del Señor y sin embargo, sigue eligiéndonos y amándonos. 
Y esto, porque Jesús, que es el Hijo de Dios hecho hombre, murió en la cruz para reconciliarnos con su Padre,  rescatarnos del pecado y de la muerte, y hacernos nuevas criaturas.
Por eso es muy importante escuchar lo que Jesús  dice en el texto del evangelio (Mt. 9,36-10,8), en su recorrido misionero en el que  está llevando la palabra de salvación, ya que invita a la conversión, y afirma que se compadece de su pueblo. 
La gente está extenuada, angustiada, desorientada, no sabe qué hacer ante tantas distracciones  ofrecidas por  el mundo en aquel tiempo, y Jesús se conmueve en sus entrañas, siente en su corazón la debilidad de ese pueblo, por eso  ordena a los discípulos que rueguen al dueño de los sembrados para que envíe obreros a trabajar en ellos.
Y de esos discípulos, sigue el texto indicándonos, elige a 12, que les dará el nombre de apóstoles, que significa enviados, y también a ellos les cabe el tener que orar al dueño de los sembrados para que envíe operarios, pero, su vez, continuar la obra de Jesús, curando enfermos, purificando leprosos, expulsando demonios, transmitiendo la palabra de salvación. 
De tal manera que ese pueblo deje de estar angustiado, errante, desorientado, sin saber qué hacer, sino que encuentre una ruta segura que conduzca a la salvación. 
Ahora bien, este cuadro se repite también hoy, en el mundo en el cual estamos insertos, mucha gente está confundida, angustiada, no sabe qué hacer, no encuentra en quién confiarse, y a veces hasta duda de si invocar o no a Dios, porque piensa que no será escuchada su  oración.
Entonces, a este mundo confundido, debilitado, pecador también, hemos de ir nosotros a evangelizar, y pedir por las vocaciones sacerdotales, religiosas y  misioneras. 
Salir a misionar, a proclamar la palabra del Señor y contemplar cómo la palabra divina bien transmitida, es contagiosa, y se busca que esta llegue a todos. 
Lo hemos visto estos días, por ejemplo, quienes hemos seguido al papa en su viaje a España, cómo en definitiva la alegría del evangelio, de la palabra de Dios, entra en los corazones sedientos de lo sobrenatural.
Porque el mundo con su técnica, con lo que ofrece, no es capaz de llenar el vacío que hay en el corazón del hombre. 
Sólo el Señor conoce totalmente nuestro interior, sabe de nuestras miserias, qué es lo que necesitamos para alcanzar la felicidad que, en definitiva, solo él ofrece, y que está más allá de la que cualquiera puede alcanzar en este mundo. 
Vayamos, entonces, al encuentro de Cristo, nuestro Señor. Sigamos sus indicaciones, su llamado,  vayamos al mundo al cual estamos insertos, llevando la alegría de ser católicos, de estar bautizados, de ser seguidores y discípulos suyos.


Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía  en el domingo XI del tiempo litúrgico durante el año.  Ciclo A. 14 de junio  de 2026

8 de junio de 2026

El vino que bendecimos como el pan que partimos, una vez convertidos en la consagración, nos permiten unirnos al Cuerpo y Sangre del Señor individualmente.

 


Celebramos hoy la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, misterio de fe que reconoce que en las especies de pan y vino, una vez consagradas en la santa Misa,  se contienen verdadera y realmente el cuerpo, sangre, alma y divinidad de Jesús.
El Hijo de Dios se encarnó en el seno de María Santísima, haciéndose presente en la historia humana, acompañándonos en nuestra historia personal, y vuelto al Padre en su humanidad, ha querido quedarse con nosotros hasta la consumación de los siglos bajo las especies eucarísticas de pan y  vino.
Ha elegido el pan y el vino porque son alimentos comunes en toda mesa humana, frutos de la tierra y del trabajo del hombre, signos de la humildad y pequeñez humana, que se enaltecen cuando se transforman en el cuerpo y sangre del Salvador.
El maná que alimentaba al pueblo elegido en su caminar por el desierto (Deuteronomio 8,2-3.14-16), fue anticipo de lo que sería después la Eucaristía, con la diferencia que el maná conducía a la muerte, mientras que la Eucaristía otorga la vida eterna. 
San Pablo (1 Cor 10,15-17) dirá que tanto el vino que bendecimos como el pan que partimos, una vez convertidos, nos permiten unirnos al Cuerpo y Sangre del Señor individualmente, pero a su vez  une a todos los que participamos del mismo misterio, formando un solo cuerpo que es la Iglesia.
Ahora bien, en el texto del evangelio (Juan 6,51-58), Jesús asegura a los judíos que quien lo coma como pan bajado del cielo, vivirá eternamente. Los judíos sorprendidos se preguntan "¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne? Y el Señor sigue insistiendo en la necesidad de comer su carne y beber su sangre para tener vida eterna y ser resucitado en el último día.
Estas palabras del Señor dirigidas a los judíos, no sólo es un mensaje claro referido a la Eucaristía, que por cierto tiene un efecto diferente a la comida del maná, sino que es un llamado a la conversión, a dar un primer paso por el camino de la fe en su divinidad.
Si no creen  que Jesús es Dios, tampoco podrán descubrir el misterio insondable de su entrega total que implica la Eucaristía  alimento.
Por otra parte, comer la carne del Señor y beber su sangre, lleva a vivir por Él, como enseñara san Agustín, al afirmar que con este alimento formamos parte de Jesús y no Jesús de nosotros.
Por cierto, este alimentarnos  con el Señor, requiere estar en gracia de Dios, es decir, sin que habite en nosotros el pecado mortal, obstáculo que impide llegar a ser una sola cosa con el Señor de la Vida.
Queridos hermanos: Así como somos capaces de hacer esfuerzos y sacrificios para obtener el pan material, de la misma manera hemos de estar dispuestos a renuncias personales para ser siempre dignos de recibir este alimento que prepara para la vida eterna.

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía  en la Solemnidad del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Ciclo A. 07 de junio de 2026

1 de junio de 2026

Es en el amor divino en el que somos salvados, y que transforma nuestras vidas ya en el caminar temporal.

Celebramos hoy la Solemnidad de la Santísima Trinidad. Es un misterio de fe central para nuestra fe católica, justamente porque nos permite conocer, en la medida en que nuestra inteligencia puede entender, el misterio de Dios. Creemos que en una sola naturaleza divina,  subsisten tres personas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. 
Grande es este misterio que lo abarca absolutamente todo, al cual nos acercamos  porque Dios ha querido manifestarse. 
Y así, por ejemplo, al Padre le atribuimos la creación, al Hijo la redención, al Espíritu Santo la santificación.
Estas tres verdades  le dan sentido a nuestra vida, ya que invocamos a Dios como Creador, Redentor y Santificador. 
Es cierto que es la trinidad toda la que crea, la que redime y la que santifica, pero se le atribuye al Padre la creación, al Hijo la redención y al Espíritu Santo la santificación. 
De hecho,  la Escritura proclama que, "Dios amó tanto al mundo que entregó su Hijo único para que todo el que crea en él no muera, sino que tenga vida eterna". Es decir, en la medida en que creemos en el Hijo redentor, alcanzamos también la vida eterna en promesa (Juan 3,16-18).
Ese Dios que se manifiesta, como escuchamos en la primera lectura (Éxodo 34,4-6.8-9) como un Dios bondadoso, compasivo, que guarda fidelidad, que tiene paciencia ante los pecados del pueblo de Israel. Y tan es así que el mismo Moisés le dirá a Dios que se ha dado a conocer, que el pueblo elegido es un pueblo pecador, pero que está dispuesto a ser suyo, justamente atento a que se ha manifestado como el fiel, que no se arrepiente de sus promesas. 
Y, de hecho, así acontece a lo largo de la historia humana. Aunque el ser humano falte a esa fidelidad para con Dios, aunque muchas veces nos separemos de Él por el pecado,  es fiel a ese amor que  ha prometido y entregado abundantemente, y es en ese amor divino en el que somos salvados, y que transforma o debe transformar nuestras vidas.
San Pablo dice a los cristianos de Corinto (2 Cor.13,11-13) que se amen unos a otros, que luchen para alcanzar la perfección, viviendo las virtudes, haciendo el bien permanentemente, porque el Amor, o sea, el Espíritu Santo, está presente en medio de ellos. 
De manera que el cristiano, por ejemplo, no tiene ninguna excusa para decir, "me cuesta perdonar, me cuesta amar, me cuesta acercarme al enemigo", porque el Espíritu Santo está presente en su vida, y es quien  anima a vivir virtuosamente, a abandonar el pecado para consagrarnos a Dios como verdaderos hijos adoptivos suyos. 
El misterio de la Trinidad nos interpela cuando, como hijos, nos sentimos mal, necesitados, angustiados y desorientados, hemos de acudir al Padre y pedirle  que nos ilumine, guíe, y proteja,  por medio de su Hijo hecho hombre en el Espíritu.
Porque el Padre dice, yo y mi Hijo somos una sola cosa, de manera que si tenemos necesidades, sobre todo las espirituales, hemos de pedir al Padre por medio del Hijo, y pedirle al Hijo que ha muerto en la cruz que siga delante nuestro, guiándonos por el camino de la salvación.
A su vez, el Espíritu Santo nos guía e ilumina en medio de las dificultades de este mundo,  es el gran consejero con sus siete dones,  está presente en nuestra vida. 
En medio de las dificultades, en medio de que no entendemos los misterios de fe, en medio de las vicisitudes de esta vida, el Espíritu Santo viene en nuestra ayuda.
Viene a iluminarnos, a fortalecernos, a aconsejarnos sobre qué tenemos que hacer en cada momento. 
La trinidad, entonces, está presente en la iglesia, pero presente también en cada uno de nosotros. 
Fíjense ustedes que creemos en la Santísima Trinidad, que está presente aquí en la misa. Justamente, en el momento de la consagración, el sacerdote invoca al Espíritu Santo para que el Hijo se haga presente en la hostia y en el vino, y ese sacrificio eucarístico de la misa se lo ofrecemos al Padre, ya que es lo que más le agrada.
Podemos ofrecerle a Dios cualquier cosa, cualquier sacrificio, pero lo que más le agrada es el sacrificio de su Hijo. 
Y nosotros venimos a misa, por ejemplo, porque creemos en la Santísima Trinidad, queremos rendir culto al Padre con el sacrificio de su Hijo que se hace presente al invocar el don del Espíritu Santo. 
Y luego, en la Eucaristía, nos alimentamos con Jesús para poder ser testigos en el mundo de este infinito amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. 
Queridos hermanos, trabajemos permanentemente para acercarnos a la Trinidad santa, y vivir siempre en unión con cada una de las tres divinas personas.
Para que Dios Creador nos siga recreando en santidad todos los días, para que el Hijo redentor nos haga ver cuánto le hemos costado a él, justamente en la cruz, y al Espíritu Santo que nos dé abundantemente sus siete dones para saber discernir en cada momento la voluntad divina para con el mundo y para con cada persona.

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía  en la Solemnidad de la Santísima Trinidad.  ciclo A. 31 de mayo de 2026