3 de junio de 2010

La presencia de la Santísima Trinidad en nuestras vidas.


Hoy la Iglesia celebra la fiesta de la Santísima Trinidad que constituye el núcleo de nuestra fe católica. Hablar de la Santísima Trinidad no siempre es fácil ya que siendo un misterio de fe sólo la inteligencia humana elevada por este don sobrenatural puede alcanzar a vislumbrar que en una naturaleza divina subsisten tres personas, la del Padre, la del Hijo y la del Espíritu Santo. Tres personas iguales en dignidad pero distintas en cuanto se manifiestan como Padre, Hijo, y Espíritu Santo. Misterio de fe que si bien es incomprensible a nuestra pobre inteligencia humana, sin embargo se va develando mientras al mismo tiempo se oculta.
Eso sí, nos puede acercar a la intimidad de este misterio, el reflexionar sobre lo que es cada uno de nosotros, ya que nos enseña la Palabra de Dios fuimos creados a imagen y semejanza de Dios.
Pues bien, en cada uno de nosotros encontramos como vestigios de la presencia de la Trinidad, ya que cuando hacemos algo que proviene de nuestra interioridad estamos expresando de alguna manera el ser divino.
En efecto, antes que se lleve a cabo la obra de arte que surge de las manos del artista, o la artesanía que crea el artesano, o la intervención quirúrgica realizada por el médico en beneficio del prójimo, o cualquier otra actividad buena que realice el hombre como creatura de Dios, la misma está presente en su pensamiento. Y una vez realizada la obra sigue residiendo el pensamiento humano en ella como su idea original y originante.
Sucede análogamente a lo que describe el libro de los Proverbios en la primera lectura (Prov.8, 22-31). El texto destaca que la Sabiduría de Dios estaba presente antes de la creación del mundo, y cuando afirma que fue creada desde la eternidad refiere a que fue engendrada, presente desde siempre junto a Dios, ya que se trata del mismo Hijo de Dios, anticipado de alguna manera en el Antiguo Testamento.
Ya el libro del Génesis –en sintonía con el libro de los Proverbios- cuando el relato de la Creación, repetirá invariablemente que Dios “dijo” y, fueron llamadas a la existencia todas las cosas, con lo que el pensamiento del Padre, hecho Palabra suya, se plasma en las obras.
Antes de la creación del mundo existía la Sabiduría, y una vez llamada a la existencia la realidad temporal, está presente la Sabiduría regocijándose ante lo creado, como nosotros nos alegramos ante la presencia de las obras realizadas que nos enaltecen y nos hacen presentes ante el mundo.
Y Dios sigue revelándose a través nuestro incluso por medio de la palabra. ¿Qué es la palabra? Es el medio al que recurrimos para exteriorizarnos ante los demás. También nos damos a conocer a través de signos y gestos, pero fundamentalmente con la palabra. Por la palabra descubrimos nuestro interior, pero también lo ocultamos. Se da un permanente develamiento de nuestro ser profundo pero al mismo tiempo ocultamiento, porque nunca nos damos a conocer totalmente. Y esto porque el ser humano es misterio que participa del misterio divino. Por eso nosotros decimos en tono coloquial que nunca acabamos de conocer al otro o de entendernos a nosotros mismos, porque somos misterio.
A través del lenguaje participamos nuestra interioridad, pero también la ocultamos, porque el misterio que es cada uno de nosotros es incomunicable, señalando así la imposibilidad por ser cada uno persona, de revelar plenamente lo sagrado misterioso que somos y poseemos.
En Dios se da esta manifestación de su interioridad a través de la Palabra. Así llama al Hijo de Dios San Juan en el prólogo del cuarto evangelio.
Pero Dios hace, que esa su Palabra, se haga hombre en el seno de María, ingrese en la historia humana, porque su delicia es “estar con los hijos de los hombres” (Prov. 8,30). Y justamente a través de Jesús, que es el Hijo de Dios hecho hombre, la Palabra viva del Padre, vamos entrando poco a poco en la intimidad de Dios.
Ese Dios que se descubre pero que se oculta, ya que nunca lograremos conocerlo plenamente, ni siquiera en la Vida Eterna, ya que allí lo veremos cara a cara pero al modo humano, es decir, según la capacidad posible al hombre. Imposible ver a Dios como Él se conoce ya que nuestra inteligencia es incomparablemente inferior como para poder tener acceso a la infinitud divina, pero que es suficiente para completarnos según nuestra capacidad de “verlo cara a cara”.
Pero Dios se muestra también como Amor. El amor entre el Padre y el Hijo en una contemplación eterna, presencializa al Espíritu Santo.
Al mismo tiempo, ¿qué es lo que el ser humano puede mostrar como lo más hermoso de sí mismo? El amor. Ese vocablo que tiene cabal importancia en la vida del hombre, aunque haya que purificar tanto en el presente, ya que el amor se confunde muchas veces con egoísmo, individualismo, búsqueda de uno mismo, faltando esa apertura hacia Dios y hacia las otras personas.
El amor de Dios Padre que se manifestó en la Creación y a través de la muerte y resurrección de su Hijo hecho hombre, se desborda derramándose en el interior del hombre para santificarlo, por medio del don del Espíritu.
De allí que el ser humano ha de luchar permanentemente para que el amor orientado a Dios y a los demás se vaya clarificando, de modo que cuanto más el hombre se purifica en su capacidad de amar, en el amor de Dios, más se realiza como persona y por el contrario cuando ese amor está contaminado se vive en la soledad más profunda, por no ser una prolongación del amor de Dios.
La Santísima Trinidad como misterio, pues, se acerca a nosotros. Cuanto más el hombre reflexiona sobre sí mismo va encontrando en su interior esos vestigios de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, ya que fuimos creados a su imagen y semejanza.
¿Cómo ejercen la paternidad de Dios los padres en el seno de la familia? A través de la providencia. Como Dios es providente y cuida de sus creaturas, el ser humano prolonga en el tiempo la Providencia de Dios cuando busca el bien de los que se le confían, de los que están más cerca de él.
¿Cómo manifiestan las personas o cómo perfeccionan y continúan en el tiempo al Hijo? Cuando somos capaces de entregarnos hasta entregar la vida por Dios y los demás. Tenemos la experiencia que lo que cuesta, lo que es arduo se aprecia más, porque uno ha muerto a sí mismo para entregarse generosamente a la obra alcanzada. El ejemplo de Cristo es una invitación al hombre para prolongar en el tiempo idéntica vocación de entrega.
El Espíritu Santo que se derrama abundantemente en nosotros nos permite vivir en el misterio del Amor divino. Amor que rompe las barreras que dividen los corazones humanos y causa la unidad por el mismo Espíritu. Aún en medio de las diferencias que pueden existir entre las personas, cuando el fin es el mismo para todos, –Dios y el prójimo-, el Espíritu causa la unidad en una misma familia de creyentes.
En definitiva, la Trinidad de personas en la misma esencia divina, va impulsando nuestro corazón por medio de la esperanza –nos dice San Pablo en la segunda lectura (Rom. 5, 1-5)- de tal manera que caminamos por este mundo ansiando la plenitud que promete el encuentro con Dios.
Por eso el corazón humano aunque esté rebosante de cosas y de éxitos, nunca está satisfecho hasta que se encuentra con su Señor.
El que cada hombre haya sido creado a imagen y semejanza de Dios es un llamado permanente a encontrarlo a Él algún día.
Hermanos: Caminemos por este mundo tratando de hacer presente y de afianzar nuestra relación con el Padre reconociéndolo siempre como tal, ya que me ama y busca lo mejor para mí. Consolidemos nuestro trato con Jesús para que nos enseñe a vivir teniéndolo siempre a Él como camino que nos conduce al Padre. Unámonos más al don del Espíritu para que nos ayude a vivir en unidad y que por él hagamos presente en el mundo el amor que viene de Dios.

Padre Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de la Parroquia “San Juan Bautista” de Santa Fe de la Vera Cruz, Argentina. Homilía del domingo de la Santísima Trinidad, Ciclo “C”, 30 de mayo de 2010. ribamazza@gmail.com; http://grupouniversitariosanignaciodeloyola.blogspot.com; http://ricardomazza.blogspot.com; www.nuevoencuentro.como.ar/tomasmoro.-

29 de mayo de 2010

“LLAMADOS A FRUCTIFICAR LOS DONES DEL ESPIRITU DE JESÚS”


El cirio encendido signo de Cristo resucitado nos ha acompañado en cada misa de estos cincuenta días. Cristo corona el misterio pascual de su muerte y resurrección enviándonos el don del Espíritu, que es el amor entre el Padre y el Hijo. Ese Espíritu Santo, que como su nombre lo indica, viene a santificar a los creyentes haciéndose presente en cada uno de nosotros toda vez que abrimos nuestro corazón para que Él lo habite y plenifique con la luz que nos hace entender más profundamente las enseñanzas de Cristo y la fuerza que permite ir al encuentro del hombre de nuestro tiempo para llevarles el evangelio con valentía, sin miedo.
Esa transformación que el Espíritu realizó en los Apóstoles se continúa en la historia de la Iglesia, en cada uno de los bautizados de todos los tiempos.
La presencia del Espíritu Santo se hizo visible a través de signos, señales.
Y así, los Hechos de los Apóstoles (2,1-5) mencionan que “estaban todos reunidos en el mismo lugar. De pronto, vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban. Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego que descendieron por separado sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse”.
Estos signos evocan lo sucedido de un modo semejante cuando se realizó la Alianza del Sinaí, el Pentecostés del Antiguo Testamento.
Señala el Éxodo (19,16-18) que “al amanecer del tercer día, hubo truenos y relámpagos, una densa nube cubrió la montaña y se oyó un fuerte sonido de trompeta. Todo el pueblo que estaba en el campamento se estremeció de temor. Moisés hizo salir al pueblo del campamento para ir al encuentro de Dios”.
Sin embargo el resultado de ambos hechos prodigiosos es muy diferente. En efecto, en el Sinaí todos se llenan de temor ante esta teofanía –manifestación de Dios-, mientras que en el Cenáculo, todos se llenan del Espíritu Santo. Pero en ambos hechos, por medio de los fenómenos estrepitosos que lo preceden, queda en evidencia el poder de lo Alto que viene al encuentro del hombre
Pero además, mientras en el Sinaí se sella la Alianza entre Dios y el pueblo que se constituye en “propiedad exclusiva entre todos los pueblos” (Éxodo 19, 5), con la venida del Espíritu Santo todas las naciones se constituyen en propiedad de Dios.
Los judíos de la diáspora, es decir, los que vivían en distintos países y por lo tanto hablaban diversas lenguas, se encontraban en Jerusalén para celebrar el Pentecostés judío. En ese contexto toman conciencia de otro signo especial, ya que comienzan a entender perfectamente lo que dicen los apóstoles, situación que sorprende ya que eran todos galileos.
¿Cómo es posible que cada uno los escuche hablar en su propia lengua?
¿Qué significado tiene este prodigio? Por contraposición hace presente aquel hecho de la torre de Babel (Gén. 11, 1-9) -que recordamos anoche con ocasión de la vigilia de Pentecostés- en que los hombres llevados por la soberbia levantaron aquella torre para alcanzar a Dios y, que como fruto de ese pecado provocaron la confusión de lenguas.
Este suceso viene a significar que cuando el ser creado quiere ser Dios, pretendiendo despojar a Éste de su grandeza, pierde la capacidad de vivir según su propio ser de un modo unificado, mientras que el acontecimiento salvífico de Pentecostés está expresando que la acción del Espíritu contribuye siempre a la unidad.
Mientras el pecado dispersa los corazones, el Espíritu de Dios une a todos y les hace hablar en un lenguaje común aunque haya diversidad de lenguas.
El Espíritu a través de la pluralidad va expresando la unidad de los corazones y de las mentes que buscan siempre la fidelidad a Cristo y al evangelio.
El Espíritu, por otra parte, -nos dice san Pablo (1 Cor. 12, 3-7.12-13)- reparte sus dones a cada uno de los bautizados, a cada uno confiere un don especial o concede una posibilidad nueva para el servicio de la comunidad.
Cuando en la Iglesia todos unidos nos ocupamos de lo que reclama el Espíritu, lo hacemos para el bien de la comunidad y su edificación.
En cambio, cuando el cristiano piensa en su propio éxito, no ha entendido que los dones recibidos son para el servicio de la comunidad.
Por eso es importante descubrir cuál es la voluntad del Señor, con qué dones nos ha revestido más allá de los siete dones. Reconocer aquellas perfecciones que nos enaltecen como personas y que otorgan la posibilidad de manifestar la multiforme riqueza del Espíritu.
Como no somos todos iguales, podemos manifestar unidos por el vínculo de la caridad, aunque sea limitadamente, la insondable riqueza de Dios.
En este día sintiéndonos miembros de la comunidad parroquial de san Juan Bautista estamos convocados en el marco de la celebración este año de cien años de presencia en esta jurisdicción católica a revalorizar y revivir los dones que el Señor nos ha entregado.
Siguiendo los pasos de quienes nos han precedido a lo largo de esta centenaria historia parroquial somos interpelados a recibir el legado que se nos ha transmitido para continuar con nuevos bríos evangelizadores al servicio del Señor.
Cada uno de nosotros según sus dones, está llamado a laborar en el campo de la catequesis, de la liturgia, de la pastoral familiar, de la caridad, o dentro de los movimientos con sus carismas peculiares.
De esta forma el Espíritu hará frutificar nuestra entrega copiosamente. Hemos de pensar a qué nos llama el Señor para luego responderle generosamente acorde con su bondad infinita.
El Espíritu que condujo durante cien años a esta parroquia quiere seguir haciéndolo transmitiéndonos un nuevo ardor misionero para que no quede lugar sin recibir el anuncio de Jesús. De esta manera poniendo cada uno lo mejor de sí de lo recibido por el Espíritu, contribuyamos a hacer realidad la unidad eclesial a la que somos convocados.
Abramos nuestro corazón para que esto pueda ser realidad y transformados en nuevas creaturas contribuyamos a la edificación de la Iglesia.
Que el misterio de la Pascua que hoy culminamos oficialmente con la venida del Espíritu, pero que actualizaremos cada domingo, signifique para nosotros mismos una renovación total y así entremos de lleno en la vida de resucitados.
Quiera Dios concedernos que no encuentre el Espíritu obstáculos en nuestro corazón sino que por el contrario le digamos generosamente “Ven Espíritu Santo llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor”.

Padre Ricardo B. Mazza. Párroco de la Parroquia “San Juan Bautista” en Santa Fe de la Vera Cruz, Argentina. Homilía en el domingo de Pentecostés (Ciclo “C”). 23 de mayo de 2010.
ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com; www.nuevoencuentro.com.ar/tomasmoro; http://grupouniversitariosanignaciodeloyola.blogspot.com.-

22 de mayo de 2010

“LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR, ANTICIPA YA LA NUESTRA”


Tanto el texto del evangelio como el libro de los Hechos de los Apóstoles nos describen lo que aconteció antes de la Ascensión del Señor. Sencillamente nos dice que Jesús el Mesías, padeció, murió y resucitó de entre los muertos, que luego se apareció a sus discípulos para confortarlos, afirmarlos en lo que les había enseñado mientras estuvo con ellos, prometiéndoles el don del Espíritu Santo y asegurándoles que estaría con ellos hasta el fin de los tiempos. Dicho todo esto Jesús asciende al Cielo para encontrarse con su Padre.
De una manera simple lo describe Lucas tanto en el libro de los Hechos como en el tercer Evangelio.
En efecto, en el texto del Evangelio se da testimonio que los apóstoles llenos de alegría comunican esta vuelta de Cristo al Padre.
En los Hechos se afirma que se quedaron mirando al cielo en ese momento, y que dos hombres vestidos de blanco les aseguran de Jesús que vendrá de la misma manera que lo han visto partir. De esa manera los interpelan para que dejando de mirar hacia arriba vayan presurosos a predicar.
De esta manera los sustrae de la contemplación –necesaria, por cierto, para la vida cristiana- , recordándoles el encargo recibido de Jesús.
Pero, ¿qué significa la Ascensión del Señor? La carta a los Hebreos es muy clara respecto a esto, afirmando que Jesús entra en el Santuario. No uno construido por manos humanas, como podría ser cada templo, sino el Santuario del Cielo.
El autor sagrado continúa atestiguando que con Cristo ingresa en la eternidad el Sumo y Eterno Sacerdote, el Mediador entre Dios y los hombres, y que a partir de ese momento, Jesús como hombre, posibilita que ya en la vida eterna esté presente la humanidad.
Esto permite descubrir que el cristiano está llamado a caminar por este mundo con la esperanza cierta de que algún día nos encontraremos con Aquél que ya ha anticipado la presencia de nuestra humanidad en la Vida Eterna. De allí que recalque el texto que entraremos a ese Santuario a través de la carne del Señor, de su humanidad.
San Agustín cuando reflexiona sobre este misterio, insistirá en recordar que Cristo, desde el Padre, no se ha separado de nosotros, porque Él sigue siendo la Cabeza de la Iglesia, formada por todos nosotros, los bautizados, y que nosotros no estamos totalmente solos en este peregrinar, sino que a través de la humanidad de Cristo ya estamos presentes en aquello que constituye el futuro prometido a nuestra frágil naturaleza humana.
Esto nos deja entrever, pues, el mensaje de la previsible exaltación de la humanidad.
Nos hace comprender de qué manera Dios aprecia al ser humano ya que no solamente ha querido que su Hijo se hiciera hombre, que tuviera nuestra misma naturaleza, semejante a nosotros en todo menos en el pecado, sino que también hace realidad el que esa humanidad ya esté enaltecida.
El cristiano mientras camina por este mundo ha de ir alimentando esa esperanza de forma que lo que ya ha comenzado con Cristo, después se concrete en cada uno de nosotros, ya que como afirma la carta a los Hebreos “Dios es fiel”, cumple con su Palabra.
Pero esto también nos permite a nosotros tomar debida cuenta de la dignidad de la persona humana, especialmente teniendo en cuenta la cultura de nuestro tiempo. En efecto, en la sociedad actual comprobamos muchas veces cómo el ser humano, la naturaleza humana, es denigrada.
Basta con advertir la chabacanería reinante, las bajezas más grandes, la corrupción, el orgullo y tantas cosas en las cuales el ser humano se ha metido, que caemos en la cuenta cómo se está negando aquello que es desde la creación, alguien creado a imagen y semejanza de Dios.
Hoy en día el ser humano aparece como un ser abyecto no sólo en su ser sino en sus acciones. Hay como una búsqueda de todo aquello que denigra al hombre, que le hace olvidar lo que es por creación, por disposición divina, hijo de Dios.
La Ascensión del Seño, pues, viene a recordarnos que nada de eso ha de colmar el corazón humano. Que la verdadera “onda” para el cristiano está en aquello que lo enaltece, que le permite ir elevándose cada vez más en su naturaleza humana.
De allí que resulte fundamental y necesario reconocer que estamos llamados a la santidad, esa santidad que consiste en buscar en cada momento de nuestra vida, parecernos lo más posible a Jesús.
Que en nuestras actividades cotidianas busquemos al Señor: en la familia, en el matrimonio, en el estudio, en el trabajo o en la profesión.
En cada actividad de nuestra vida habitual elevarnos a aquello que nos enaltece como hijos del Padre común de todos, de manera que podamos mostrar al mundo cuánta dignidad tiene el hecho de ser hombre.
Y esto es así, porque justamente Dios nos ha creado para entrar al Santuario del Cielo, donde ya se nos ha adelantado el mismo Cristo, asegurándonos que la promesa que nos ha hecho se cumplirá.
Jesús envía a sus discípulos, y con ellos a nosotros, a llevar su mensaje al mundo.
¿Y cuál es ese mensaje? Quiere comunicarnos no sólo la grandeza divina sino también la humana, la cual va creciendo cuando nuestra intimidad con Dios se va haciendo cada vez más profunda.
Y en esta predicación no estamos solos ya que envía el don del Espíritu Santo. El mismo Jesús dice, “esperen en Jerusalén” a aquél que enviaré desde el Padre.
Es el Espíritu Santo quien se presenta para iluminarnos, para esclarecernos acerca de todo lo que Jesús nos ha enseñado y, se manifiesta para darnos la fuerza necesaria para vivir este ideal.
Queridos hermanos: contemplando a Jesús que ha subido al cielo busquemos lo que nos permita ascender a aquello que nos hace verdaderamente grandes como hijos de Dios. Sepamos vivir y mostrar al mundo que estamos llamados a vivir no en la chatura, en la mediocridad, en la medianía, sino que estamos convocados a lo que nos engrandece como hijos del padre.-

Padre Ricardo B. Mazza. Homilía en la fiesta de la Ascensión del Señor el día 16 de mayo de 2010. Textos: (ciclo C) Hechos 1, 1-11: Hebreos 9, 24-28; 10, 19-21; Lc. 24, 46-53.-
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12 de mayo de 2010

El hombre fiel a la Palabra del Señor, morada del Padre y suya.


El apóstol Juan (Apoc. 21, 10-14.22-23) es conducido en una nueva visión a contemplar la Jerusalén Celestial. El libro del Apocalipsis nos hacía hincapié el domingo pasado en la Nueva Jerusalén que comenzaba su existencia en este mundo congregando a todos los bautizados en la Iglesia, y que ésta era la morada de Dios entre los hombres. Hoy la visión de Juan se dirige también a esta Nueva Jerusalén pero ya habiendo llegado a la meta. Esa Iglesia Celestial que reúne a los bautizados que se mantuvieron fieles al Señor, que se funda en los doce apóstoles pero que también prolonga lo que había dado comienzo en el Antiguo Testamento con las doce tribus de Israel. De manera que la visión va mostrando muy sucintamente ese itinerario salvador que Dios ha tenido para con el hombre desde el principio del mundo. Y nos dice el apóstol que esta Nueva Jerusalén está iluminada por la misma gloria de Dios y que su lámpara es el Cordero, es decir, Cristo mismo. De este modo, el Señor está presente encabezando a todos los que han sido congregados junto al Padre, Él es el centro que llena la ciudad. En definitiva el triunfo del Cordero es el origen de la ciudad resplandeciente.
De allí que el mismo Jesús anuncia cómo ha de ser ese camino para llegar a la Ciudad Santa de la eternidad. Se trata de que cada uno de nosotros se constituya en morada de Dios. Lo dice abiertamente en el evangelio de hoy. Al despedirse en la última Cena, antes de su Pasión, muerte y resurrección proclama ante los discípulos (Juan 14,23-29), “el que me ama es fiel a mi palabra”. Expresión ésta que no sólo les dirige a ellos sino a todos los que en el decurso del tiempo escucharían el mensaje del evangelio.
Y dice más todavía: “mi Padre lo amará y los dos iremos a habitar en él”.
¿Por qué el Padre amará a aquél que es fiel a la palabra del Señor? El mismo Jesús responde a este interrogante diciendo que “la palabra que están oyendo no es mía, sino del Padre”, porque Él viene a manifestar al hombre el misterio de Dios, a descubrir la grandeza del misterio de Dios. Se hace presente en nuestra historia para mostrarnos el misterio de Dios en toda su profundidad y omnipotencia. Queda patente la grandeza del hombre cuando el Padre quiere entrar en diálogo con el hombre para conducirnos a través de Jesús, el Cordero resucitado, hacia la ciudad santa.
Jesús sigue diciendo con una gran coherencia por cierto, “el que no me ama no es fiel a mi Palabra”.
Es interesante percibir cómo Él indica de una manera muy simple, pero que marca de entrada en qué consiste la unión con Él, cómo la falta de amor a su persona se manifiesta en el no guardar su palabra.
Si uno dice que ama a Jesús, este amor ha de prolongar la fe.
Cuando el hombre cree en Jesús, ha de pasar del conocimiento de la fe al amor, y este amor se concreta en las obras, en la fidelidad a la palabra, en vivir en cada momento lo que el Señor nos ha enseñado.
El hecho de alguien que no ama a Jesús por falta de fidelidad a su palabra, se vuelve contra el mismo ser humano, y así, el pecado, nos desubica en nuestro interior, nos quita la paz que Jesús deja, diferente a la del mundo.
El mundo, cuando seguimos sus criterios, nos deja cierta paz porque nos asemejamos al común de los mortales y a lo mundano. Pero ésta es ficticia y, no colma el corazón del hombre, siempre en desasosiego.
Mientras que vivir el evangelio que nos desacomoda en relación con lo mundano, ya que remamos contra corriente, nos otorga la verdadera paz.
La paz, decía San Agustín, es la tranquilidad en el orden, o sea, tranquilidad en esa orientación que tiene como meta a Aquél que se nos ha presentado como camino, verdad y vida.
Por eso, en la primera oración de esta misa le pedíamos a Dios que nos permita celebrar con fervor la alegría de la resurrección de Jesús para que llevemos a la vida de todos los días este misterio pascual celebrado.
El mismo Señor promete habitar con el Padre el corazón de aquellos que permanezcan fieles. Más aún, llega a afirmar que el Padre mismo en su nombre nos enviará el Espíritu Santo.
El Espíritu que es el amor comunicado entre el Padre y el Hijo, vendrá pues, a continuar la obra de Jesús. Un espíritu que está dispuesto a guiarnos, a conducirnos, por el camino del Bien.
Percibimos cómo actúa el Espíritu, por ejemplo, en la Iglesia, ya desde los comienzos.
Lo acabamos de escuchar en los Hechos de los Apóstoles (Hechos 15, 1-1.22-29) con ocasión de las discordias que se suscitan en Antioquia porque los judíos convertidos al cristianismo quieren imponer la ley de Moisés a los cristianizados provenientes del paganismo. Pablo y Bernabé discuten e insisten en que no se debe sujetar a los gentiles a las leyes del judaísmo, sino que hay una ley superior, la del Espíritu que ha traído Jesús con su muerte y resurrección.
No es la ley la que salva sino el mismo Cristo Nuestro Señor.
Por eso acuden a Jerusalén a encontrarse con los demás apóstoles, y allí puestos en oración y dejándose guiar por el Espíritu Santo, toman la decisión de no imponer a los provenientes del paganismo más obligaciones que las que el Señor requiere.
De esa manera el Espíritu conduce a la Iglesia desde sus orígenes.
Esto acontecido en el cristianismo de los orígenes es una muestra de cómo el Espíritu quiere trabajar siempre entre nosotros.
En la historia de la Iglesia habrá siempre dificultades y desavenencias, ya que está constituida por hombres. Lo realmente importante e imperativo es el colocarse bajo la guía del Espíritu para que vaya iluminando y mostrando el camino que incluye la voluntad de Dios para nosotros.
El cristiano que quiera ser fiel a la palabra de Jesús ha de vivir en unión con Él, manifestar su amor y tener el corazón abierto para recibir esta guía y fuerza que vienen de lo alto, del Espíritu enviado por el Padre y el Hijo.
Y esto ha de darse en todas las situaciones de nuestra existencia, en cada momento, tanto complicadas como las más simples.
En estos días, en nuestra Patria, se dio media sanción a la ley que intenta diluir y confundir el matrimonio natural. Fue significativo comprobar que los que más vulneraron la fidelidad a la verdad, fueron quienes se dicen católicos, ya que dejaron al descubierto con su acomodaticia y pobre actuación, que esto es un simple barniz.
Es verdad que muchos fueron consecuentes con su fe o con lo que la recta razón les hacía percibir, y a quienes ciertamente Dios premiará por ser fieles a la verdad, pero fueron muchos los que enarbolando una supuesta catolicidad, no dudaron en traicionar su fe y ser infieles al Señor, a quien ciertamente no aman, por rendir culto a las modas ideológicas del presente.
Estamos en una época en la que ni siquiera se tiene en cuenta racionalmente que pueblos paganos pensaran el matrimonio sólo como unión de un varón y una mujer, aunque sin duda existían ya en esos tiempos otras formas de uniones entre personas.
En situaciones como éstas en la que se pretende vulnerar la naturaleza misma que presenta al hombre como varón y mujer, llamados a constituir una familia, pilar de la sociedad, el político cristiano ha de preguntarse seriamente qué quiere el Señor -quien algún día le pedirá cuentas de su obrar-, y no dejarse coaccionar por ideologías fugaces que sólo buscan destruir al mismo ser humano.
Es necesario tener en cuenta de qué manera el Espíritu de Dios está inspirando el obrar concreto en servicio al bien común requiriendo una respuesta concreta en la que tengo que jugarme por la verdad dejando de lado conveniencias personales.
Pidamos al Señor que seamos fieles siempre a Él que nos convoca a vivir en la verdad y a transmitirla al mundo con valentía y sin temores al rechazo que tengamos que soportar.
El bautismo nos ha marcado como propiedad de Dios, consagrados a Él, no renunciemos a dar testimonio de esta elección de hijos que se ha hecho de nosotros, para poder encontrarnos con el Padre en la Patria Celestial.
Que el Señor nos muestre siempre el camino de la verdad y nos otorgue la fuerza necesaria para ser consecuentes con el don recibido.

Padre Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de la Parroquia “San Juan Bautista”, en Santa Fe de la Vera Cruz, Argentina. Homilía en el sexto domingo de Pascua. Ciclo “C”. 09 de mayo de 2010. http://ricardomazza.blogspot.com; ribamazza@gmail.com; www.nuevoencuentro.com.ar/provida; http://grupouniversitariosanignaciodeloyola.blogspot.com;

8 de mayo de 2010

La Iglesia,” nueva morada de Dios entre los hombres”.


En la última Cena Jesús nos dice que “Ahora es glorificado el Hijo del Hombre y Dios es glorificado en Él”. Con estas palabras hace referencia al hecho de que con la aceptación de su pasión, muerte y resurrección, ha dado la mayor gloria al Padre. Que ha vivido y vivirá hasta las últimas consecuencias la voluntad del Padre. El designio de Dios Salvador que en definitiva es para bien del hombre, se centra en la presencia de Jesús como el siervo sufriente y glorificado. Y así, entonces, aquello que es ignominia y vergüenza para los hombres, la cruz, es motivo de glorificación para Jesús, ya que allí se presenta su grandeza, en lo que ha hecho por nosotros y siguiendo la voluntad de Padre.
Y esta glorificación del Padre y del Hijo, que es el reconocimiento de la dignidad y de la grandeza de ambos a través del misterio pascual, es lo que hemos de buscar también nosotros.
Expresa la primera oración de la liturgia de este día como oración de súplica a Dios, “que Él aplique en nosotros el misterio pascual para renacer a la vida nueva de la gracia y, así dando fruto abundante podamos algún día encontrarnos con el Padre del cielo”.
La Palabra de Dios nos alienta, por lo tanto, a vivir este misterio pascual.
El Apocalipsis en la segunda lectura de hoy señala que Juan en la visión que tiene, observa a la nueva Jerusalén que como una novia ataviada desciende del cielo para encontrarse con su esposo.
¿Quién es esa novia engalanada, esa nueva Jerusalén? Es la iglesia. ¿Quién es ese esposo que la recibe? Cristo mismo.
Y sigue expresando el libro del Apocalipsis que la nueva Jerusalén se identifica como “la morada de Dios entre los hombres” (Ap.21, 3), donde Dios es el Señor y donde cada uno de nosotros forma parte de su pueblo.
¿Cómo no evocar la imagen del arca que alberga a los elegidos que creyendo en la amenaza del diluvio –imagen de las dificultades y anegamientos de la cultura sin Dios de nuestro tiempo- se refugiaron en su seno con espíritu de conversión y con la convicción de sellar otro pacto de fidelidad con el Creador?
Indudablemente también el Apocalipsis está recordando al Antiguo Testamento cuando Yahvé le dijo al pueblo elegido “Yo seré el Dios de ustedes y ustedes mi pueblo si escuchan la palabra y la cumplen”.
Este nuevo pueblo de Dios es la Iglesia, que nace del costado abierto del crucificado y, que enviada por el Espíritu a predicar el evangelio a todo el mundo recibe a quienes creen, y así se cumple la promesa de que “ellos serán su pueblo y Dios estará con ellos” (Ap.21, 3).
¡Qué hermosas palabras llenas de consuelo oímos del Apocalipsis! Decir que la Iglesia –bajo la imagen de nueva Jerusalén-, es la nueva morada de Dios entre los hombres, es un mensaje que merece ser grabado no sólo en la mente sino en el corazón.
En medio de las críticas y desprecios que recibe la Iglesia, escuchar esta afirmación nos debe dejar plenos de consuelo.
Cristo sabe cómo está constituida su Iglesia, de muchos pecadores por cierto, pero ha querido y sigue queriendo que sea la nueva morada de Dios entre los hombres, porque ha nacido de su cruz y resurrección salvadoras.
Y en esa morada de Dios entre los hombres “el que estaba sentado en el trono dijo: “Yo hago nuevas todas las cosas” (Ap. 21, 5).-
En la misma Iglesia, barca de salvación, se realiza el encuentro con Dios en la tierra, en su morada, que nos guía y hace añorar el definitivo.
Pablo y Bernabé están convencidos de esta nueva morada de Dios entre los hombres. Por eso ambos retornan a Antioquia (Hechos 14, 20-26) de donde habían partido, y lo hacen deteniéndose en las distintas comunidades que ya habían visitado o fundado, para exhortarlas y confirmarlas en la fe, diciéndoles que sigan adelante a pesar de las dificultades, y más aún, les dicen que es necesario padecer persecución por causa del evangelio si es que se quiere llegar a la meta esperada y prometida por el resucitado.
Pablo y Bernabé además de decir esto, consuelan a las comunidades en medio de una cultura adversa, propia del mundo pagano, van configurando mejor a las comunidades estableciendo presbíteros para que guíen a los cristianos, encomendándolos al Señor en quien habían creído
Invocan al Espíritu Santo apareciendo esa fuerza que procede de lo alto para animar y sostener a los discípulos y bautizados, para que se mantengan fieles al Señor.
Los apóstoles comunican a la comunidad de Antioquia, de la que habían sido enviados, las alegrías que detectaban en aquellos que habían abrazado la causa del resucitado encontrándose con Él.
La vivencia de esto –decíamos en la primera oración de la misa- permite a cada uno buscar siempre a Cristo, al que habían conocido, y se sienten unidos gracias al mandamiento nuevo recibido del Señor en la última Cena. ¿Por qué es llamado “nuevo” el mandamiento del amor (Juan 13, 31-33)? ¿No existía acaso el amor dentro de la familia, entre los hermanos y amigos? Sí, pero Cristo nos quiere dejar un amor diferente, distinto. No es simplemente el amor humano al que está llamada toda persona por el sólo hecho de serlo, sino que es un amor divino que transforma y al que estamos impelidos por el sacramento del bautismo. De ese modo el amor del Padre se derrama en el corazón de los creyentes por medio de su Hijo.
Este amor “nuevo”, pues, no es al modo humano sino al modo divino.
De allí se explica que Jesús nos diga que no hay amor más grande que dar la vida por los amigos-que es justamente lo que Él manifestó al dar su vida en la Cruz por la humanidad toda-, que es necesario amar a los enemigos, que hemos de perdonar setenta veces siete, es decir siempre, como lo hace con nosotros tantas veces en el sacramento de la Reconciliación.
Es en este contexto que Jesús afirma confiado que quien lo ama cumplirá sus mandamientos, ya que para vivir esto no es suficiente el amor humano, sino que se necesita del amor divino derramado en nuestros corazones.
Nos cuesta cumplir los mandamientos, muchas veces, avanzar en la plenitud de vida evangélica, porque falta ese amor “nuevo” que recibimos en el bautismo, y que es renovado y enriquecido permanentemente por la gracia que nos asemeja a Dios cada vez más.
Este amor nuevo originado en el Espíritu nos permite vivir en la novedad que se nos transmite por el resucitado, y transforma el corazón del creyente orientándolo a una vida nueva. A través de este amor nuevo, el Señor viene a decirnos en el Apocalipsis “vengo a hacer nuevas todas las cosas”.
Con esto, las comunidades mismas se transforman, porque se dejan de lado las mezquindades, los egoísmos, las pequeñeces propias del puro amor humano que es calculador y ventajero, para comenzar a vivir este amor que brota de Dios Nuestro Señor que transforma no sólo el corazón humano sino toda estructura y actividad humanas dándole una perspectiva nueva.
Queridos hermanos llamados cada uno de nosotros por el bautismo a formar parte de esta morada de Dios entre los hombres que es la Iglesia, preparémonos en esta misma morada para ir al encuentro de Dios.
La nueva Jerusalén que si bien comienza aquí, se perfecciona y culmina en la nueva Jerusalén del Cielo donde “el mar ha sido vencido” ese mar que siempre ha significado el maligno y sus fuerzas, donde el Señor secará toda lágrima porque en la intimidad con Dios cesará toda pena, toda angustia, todo lo que aqueja al ser humano.
Vayamos, pues, al encuentro del Señor como miembros de esta morada de Dios entre los hombres, sintámonos renovados e impulsados a llevar al mundo este mensaje que nos trae el resucitado, el “ámense los unos a los otros como yo los he amado”.

Padre Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de la Parroquia “San Juan Bautista”, en Santa Fe de la Vera Cruz, Argentina. Homilía en el v° domingo de Pascua. Ciclo “C”. 02 de Mayo de 2010.
ribamazza@gmail.com; www.nuevoencuentro.com/provida; http://.gjsanignaciodeloyola.blogspot.com; http://ricardomazza.blogspot.com.-

1 de mayo de 2010

Jesús, el Buen Pastor, nos conduce a los manantiales de agua viva.


Este cuarto domingo de Pascua es llamado el del Buen Pastor porque aquí, Cristo resucitado se presenta bajo el signo del pastoreo, el que cuida del rebaño, aquel que va delante de las ovejas, -imagen con la que se describe a los cristiano-, para conducirlas a los pastos eternos, que indican el encuentro definitivo con el Padre del Cielo. Vemos cómo la presencia de Cristo bajo la figura del Buen Pastor está presente desde el comienzo mismo de la Iglesia, sobre todo teniendo en cuenta que los inicios de la fe posteriores a la resurrección del Señor estuvieron marcados por la difusión rápida del evangelio donde el cristianismo se iba haciendo cada vez más conocido en los ambientes de ese tiempo, junto con la presencia de la persecución y el rechazo más furibundo. En efecto, mientras algunos miraban con gusto el cristianismo y escuchaban el mensaje que se les transmitía, había quienes abiertamente rechazaban esta palabra de Dios.
Es decir que lo que nos dice el evangelio “mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen” se hizo realidad en el inicio de la fe cristiana, siendo el libro de los Hechos de los Apóstoles un reflejo vivo de lo que fue la Iglesia en los primeros tiempos.
Justamente lo que acabamos de proclamar nos presenta a la persona de Pablo, ya convertido, y Bernabé, que se dirigen a llevar el evangelio de Cristo. Esta vez lo hacen rumbeando a Antioquia de Pisidia. Allí transmiten el mensaje del Señor y en un primer momento hay como una respuesta positiva de parte de los judíos y de sus seguidores a quienes se invitaba a permanecer fieles a Dios. Pero el mismo texto nos dice que al sábado siguiente, como si se hubiera meditado más la respuesta a dar, la actitud fue totalmente diferente. Estando en la Sinagoga, al ver la multitud diversa que estaba escuchando con gusto a Pablo y Bernabé, “los judíos se llenaron de envidia y con injurias contradecían las palabras de Pablo”.
Interesante el término que utiliza el texto bíblico: la envidia de los judíos.
La envidia es la tristeza por el bien del otro en cuanto que el envidioso vive ese bien del otro como disminuyéndolo a él. Esta es una definición clásica que abarca diversos bienes de la persona que vislumbro como empequeñeciéndome. Esto llevado a lo que señala el evangelio implica una envidia especial que en la enseñanza teológica se denomina la acedia o acidia que consiste en la tristeza por el bien divino ya en sí mismo o ya presente en alguna persona. O sea no es tristeza por cualquier bien del otro, sino que la tristeza está originada en el bien divino que va creciendo en la vida del otro.
Se percibe el crecimiento espiritual del otro en la vida de fe y, esto provoca tristeza en el corazón del envidioso ya que no se enmarca en esa situación privilegiada ya sea porque no está en condiciones interiores para crecer, o directamente rechaza la posibilidad de avanzar en la vida espiritual al no aceptar la Palabra que se le revela para su bien personal. Por eso la actitud de los judíos fue el rechazo de Pablo y Bernabé.
Por eso Pablo dirá con toda claridad que ya que rechazan la Palabra de Dios, se dirigen a los gentiles, es decir, a aquellos que no provienen del judaísmo, produciendo en medio de ellos una gran alegría, porque son aceptados por Dios.
No podía ser de otra manera, habida cuenta que Jesús, como Buen Pastor, viene al encuentro de toda la humanidad, no solamente del judaísmo, y se manifiesta salvando a los que escuchan su Palabra, y que por ello van entrando a esa vida nueva que ofrece el mismo Cristo nuestro Señor.
El texto dice que la Palabra sigue difundiéndose aunque no cesen las persecuciones por parte de los incrédulos, o como en este caso de los judíos que no aceptan la nueva fe, el nacimiento de esta nueva religión que viene a socavar los cultos antiguos.
El mismo Jesús asegura su presencia a aquellos que escuchan gustosamente la Palabra y que están dispuestos a cambiar.
El libro del Apocalipsis nos presenta una vez más la visión de Juan. Aquí el apóstol vuelve a encontrarse con la muchedumbre, imposible de contar, que están ante el Cordero sacrificado que es Cristo y que se presenta para reemplazar al cordero sacrificado del antiguo testamento celebratorio de la pascua.
Delante del Cordero, esta multitud rinde culto de adoración. A la cabeza se encuentran quienes llevan palmas en sus manos, que son los que vienen de la gran tribulación y han lavado sus vestiduras con la sangre del Cordero, aludiendo así a la prueba del martirio.
La gran tribulación no es solamente la que termina con la muerte de los primeros cristianos, sino que hace referencia también a todo aquél esfuerzo que realiza el creyente para ir transformándose más y más en su amistad con Cristo, y que debe sufrir permanentemente los ataques o los rechazos de una sociedad incrédula.
Por lo tanto el proceder de la gran tribulación no sólo hace referencia a quienes la padecieron en ese tiempo, sino también aquellos que en el transcurso de la historia de la Iglesia han padecido o padecerán por causa de la predicación del Evangelio.
De hecho, cualquiera de nosotros, en la medida que trata cada día de vivir a fondo su fe, recibirá siempre un rechazo durísimo, no solamente de la familia, o amistades, o en el entorno del trabajo, sino de parte de todos los que no piensan ni viven como nosotros, y cuyos criterios referidos a los grandes temas de la fe o de la moral cristiana son disímiles con las enseñanzas del evangelio. Esto, al final, produce un estar soportando continuamente el rechazo, la burla o la indiferencia por causa de Cristo nuestro Señor resucitado.
Ante esta situación, el mismo Jesús asegura siempre su presencia de Buen Pastor, que está siempre con nosotros, que nos va guiando y dando fuerzas para seguir adelante este combate espiritual en orden a hablar de Cristo, a predicar el evangelio, y vivirlo a fondo en cada momento de nuestra vida. Por eso el libro del Apocalipsis dirá que el Cordero será el Pastor de los que han sufrido la gran persecución “y los conducirá a los manantiales de agua viva” y Dios- dice- “secará toda lágrima de sus ojos”.
Es decir que todo lo que haya sido causa de dolor o sufrimiento en este mundo, culminará con el encuentro definitivo del Padre del cielo.
La figura, pues, del Buen Pastor, está muy presente en la vida de la Iglesia desde los comienzos, asegurando el mismo Jesús que Él nos da la vida eterna.
El ser humano está deseoso siempre de la vida eterna, aún sin saberlo, de allí que busque siempre la felicidad y le duela el no conseguirla aquí, aunque siga buscándola, porque en el fondo intuye que existe más allá de nuestra temporalidad.
Por último es oportuno recordar también, que en este día, la iglesia celebra también la jornada de oración por las vocaciones sacerdotales y religiosas. En el marco del año sacerdotal hemos de elevar nuestras oraciones pidiendo por esta intención, para que quienes hemos sido elegidos para pastorear al rebaño que se nos ha confiado, llevemos al mundo la figura del Buen Pastor a través de nuestras personas.
Se hace cada vez más necesario que nuestra palabra sea la Cristo, que el testimonio manifestado siempre, sea el de mostrar la figura del Pastor eterno, transformados cada vez más en Él.
Quiera el mismo Señor bendecirnos abundantemente para que nos dejemos conducir siempre por Él a los pastos de la eternidad.

Padre Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de la Parroquia “San Juan Bautista” de la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz, en la Argentina. Homilía en el IV domingo de Pascua, ciclo “C”. 25 de Abril de 2010.- Textos: Hechos 13,14.43-52; Apoc. 7,9.14-17; Jn. 10,27-30.-
ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com, www.nuevoencuentro.com/provida; http://gjsanignaciodeloyola.blogspot.com.



24 de abril de 2010

Como creyentes bautizados proclamemos que Él, “Es el Señor”.


El evangelio (Juan 21, 1-19) nos presenta cómo aconteció la tercera aparición de Jesús a sus discípulos. De una manera sencilla describe que Pedro decide ir a pescar, que manifiesta su deseo a los apóstoles que están con él, y que éstos –seis en total- deciden acompañarlo. Si bien es pescador de hombres –para eso lo ha llamado el Señor- no ha dejado de lado esta labor que desempeñaba antes de la elección misma de la que fue objeto.
El texto proclamado narra que subieron a la barca. Barca que siempre fue signo de la Iglesia, en la que está timoneando Pedro, ya sea por sí mismo como en este caso, ya sea por sus sucesores los papas del futuro.
Los otros apóstoles anticipan aquí la persona de los ulteriores obispos sucesores de ellos mismos, es decir el episcopado como colegio. Toda una imagen justamente de la Iglesia.
Y entran al mar en medio de la noche. No pescan nada. Esa noche que es signo de tantas noches que en el transcurso del tiempo ha tenido la Iglesia, porque si bien como institución divina es santa, es también pecadora en sus miembros, nosotros los bautizados.
Entrar en la noche a pescar y fracasar en el intento, es un hecho que pareciera señalar que la prédica de la Iglesia cae en saco roto muchas veces. Es la noche del fracaso y, por eso están abatidos.
Pero pasada la noche viene la luz, el amanecer, ya que está Cristo en la orilla, el cual es visto en ese momento porque hay luz, pero que ya estaba presente junto a los apóstoles, guiándolos sin que ellos lo supieran, atento a lo que sucedía en la barca.
Y he aquí que el Señor sabiendo que nada han sacado del agua, les dirá “echen las redes a la derecha de la barca”. La pesca que resulta es abundante, ciento cincuenta y tres peces grandes colman las redes.
Esa plenitud de las redes está expresando la catolicidad de la Iglesia que estará presente en medio del mundo. Iglesia conformada por peces buenos y malos. Iglesia que es universal y que hasta el fin de los tiempos estará presente en medio de los pueblos.
Y nos dice el pasaje evangélico, que allí entonces Juan exclama: “Es el Señor”. Es el descubrimiento que hace el amor. Imposible descubrir a Cristo si no hay amor. Imposible encontrar a Cristo si Él no ocupa el centro del corazón humano.
Por eso los discípulos de Emaús, -como meditábamos el domingo de Pascua por la tarde- a pesar que al principio no se dan cuenta sobre la identidad de quien los acompaña, terminan por conocerlo al partir el pan, y esto porque Jesús está en el centro de sus corazones.
El amor a Jesús, -por parte de las mujeres, de Pedro y Juan-, los conduce a buscarlo en la tumba vacía. El amor siempre descubre la presencia de Jesús, incluso en situaciones en las que no se lo espera.
“Es el Señor” dice Juan, pero es Pedro, el elegido para conducir la Iglesia de Cristo, quien se adelanta para encontrarse con el resucitado.
Y allí comen juntos los discípulos con el Señor. Entran en comunión a través del signo del pan, entran a participar de la vida de Cristo y entre sí, y así fortalecidos surge este compromiso tan radical de Pedro con el Señor. Y así escuchamos que cuando le hace la triple pregunta “¿Simón me quieres?”, responderá Pedro –“Sí Señor, tú sabes que te quiero”.
Esta triple pregunta recordará la triple negación durante la Pasión, no con actitud de echarle en cara al apóstol su negativa del pasado, ya que está perdonado, sino para recordarle que para no caer en lo mismo otra vez debe afirmarse en Él.
En efecto, Pedro negó al Señor cuando se afirmó en sí mismo: “yo jamás te negaré”. Descubrimos así, que cuando el ser humano se funda en su propia persona, en la falsa seguridad de su nada, prescindiendo del Señor, inexorablemente cae.
De la nada nuestra hemos de buscar la firmeza que nos viene de Cristo.
“Apacienta mis ovejas”- le dirá Jesús a Pedro. Tú eres el cuidador de mi rebaño -pareciera decirle, “apacienta mis ovejas”, pero acuérdate que esto no es privilegio sino que vendrá la cruz, y le anuncia la forma en que ésta se hará presente al fin de sus días especialmente.
Por eso el sucesor de Pedro, el Sumo Pontífice, debe tener claro este anuncio del Señor, porque en la medida que es fiel a la palabra del resucitado que lo interpela, y a las tres veces que dice “Tú sabes que te quiero”, poniendo en práctica esto en su enseñanza y en su vida, recibirá persecución, rechazo, odio, como muchas veces acontece, especialmente en nuestros días.
Pero esto debe fortalecer más su espíritu para ir al mundo llevando el mensaje de Jesús.
El libro de los Hechos de los Apóstoles (5,27-32.40-41) en el texto que hemos proclamado hoy nos dice que Pedro y los apóstoles están ante el sumo sacerdote que los interroga acerca de la predicación que sostienen sin descanso: “¿No les habíamos prohibido enseñar en nombre de ese?”, es decir de Cristo. Y Pedro conjuntamente con los demás apóstoles contesta: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. Hermosa respuesta que nos deja una enseñanza para toda nuestra vida, la de obedecer siempre las enseñanzas del Señor y no la de los hombres.
Muchas veces la tentación nuestra de cada día es la de proclamar como verdad los criterios del mundo, dejando de lado lo manifestado por Dios, haciendo caso omiso hasta de sus mandamientos, si se oponen –como con frecuencia sucede- con las aparentes razones de nuestra cultura increyente.
Bien deberían escuchar esta parte del evangelio muchos legisladores que prefieren escuchar no a Dios sino a los hombres, y coquetean con leyes como la del matrimonio homosexual o el aborto, presionados por estos llamados colectivos ideológicos que pululan en nuestra Patria. Para estos que se consideran representantes del pueblo y, que jamás lo escuchan, puede más la voz de un grupúsculo que la voz de Dios.
Los católicos- y los que se dicen católicos- hemos de recordar siempre esto que dijo Pedro: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”, aunque eso signifique como le pasará a Pedro el ser azotado, despreciado, y que le sigan prohibiendo que hable de Cristo.
Dice el libro de los Hechos al respecto que los apóstoles “salieron contentos por haber sufrido por la causa de Cristo”.
¡Qué difícil es salir contento por padecer por la causa de Cristo! ¡Qué fácil es salir corriendo, esconderse, decir que no me meto en esto y que se las arregle Cristo en resolver los problemas, porque yo no quiero líos, problemas o dificultades con el mundo que reclama cada vez más la fidelidad a la mentira!
Muchos políticos dicen que han de ser fieles al partido y, por ello son infieles muchas veces a Dios, traicionando la verdad y el bien en el altar de la idolatría de ideas extrañas no sólo a la fe sino también a la naturaleza de las cosas, al hombre mismo.
Pedro dará la cara por el Señor, está seguro porque se afirma en Cristo, el resucitado, el que Vive para siempre, y porque tiene la convicción que algún día va a encontrarse en el número de aquellos que describe el libro del Apocalipsis (5,11-14), como una muchedumbre inmensa que da gloria a Dios y que repite sin cesar mirando al Cordero sacrificado que es Cristo, “A Él la gloria y el poder para siempre”, ya que como nos decía Juan el domingo pasado, es el principio y el fin, el que está vivo para siempre.
Esto nos debe dar a nosotros una seguridad tan grande que nos permita vivir en este mundo a pesar de las dificultades que soportamos para vivir la fe, nos debe dar fuerza para seguir adelante y continuar presentando el Evangelio sin angustiarnos por el avance cada vez mayor de lo antinatural en nuestra Patria, ya que Dios se encargará de poner orden y racionalidad en el momento que Él quiera. Por nuestra parte, por supuesto, hemos de poner nuestro granito de arena para ser fieles al Señor y predicar el evangelio tal como lo conocemos y tal como lo hemos recibido.
No tengamos miedo, escuchemos la voz de Cristo que nos dice: “Echen las redes a la derecha”, donde yo les digo, allí trabajen que yo estaré con ustedes.

Padre Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de la Parroquia “San Juan Bautista”, de la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz, en Argentina. Homilía en III° domingo de Pascua, ciclo “C”. 18 de Abril de 2010.
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17 de abril de 2010

PARA COMUNICARLA, RECIBAMOS LA DIVINA MISERICORDIA.


Podemos imaginarnos el cuadro que nos presenta el texto del Evangelio. Están los discípulos encerrados, las puertas clausuradas, por miedo a los judíos. Temen que les pase a ellos lo mismo que le sucedió a Jesús. Y he aquí que Jesús se presenta en medio de ellos y les dice:”La paz esté con ustedes”, tranquilizando el corazón de estos hombres temerosos.
Les quiere enseñar que si Él está con ellos nada tienen que temer, como repitiendo a cada uno de los presentes lo dicho a Juan: “No temas, Yo soy el primero y el último, Yo soy el que vive. Estaba muerto, y ya ves, vivo por los siglos de los siglos; y tengo las llaves de la muerte y del Infierno” (Apoc.1, 17 y 18), o como dice San Pablo escribiendo a los cristianos de Roma:”Si Dios está con nosotros, quién contra nosotros”.
Quiere dejar el mensaje que su ser de resucitado es una presencia viva, no es algo intelectual o imaginario, algo anecdótico, algo piadoso que se le cuenta a la gente, sino que es una realidad. El Señor ha entrado en nuestra vida, en nuestra historia personal, y se ha quedado en ella.
El domingo pasado por la tarde recordábamos cómo Jesús acompañaba a los discípulos camino a Emaús. Él quiere caminar junto a y entre nosotros.
Y aquí quiere decirles a los apóstoles “no teman, yo estoy con ustedes”, ya que como culminación de la Pascua redentora, nos deja un regalo más, el sacramento de la Reconciliación.
De allí que soplando sobre ellos afirma “Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a quienes se los perdonen, y serán retenidos a quienes se los retengan”.
Si bien es cierto el sacramento del Orden Sagrado fue instituido en la Última Cena, el Señor quiere darle un marco especial a la creación de este sacramento de la Reconciliación. Y lo hace en este clima de la Pascua.
¿Por qué puede decirle a los apóstoles que pueden perdonar los pecados o no en su nombre? Porque Él ha muerto y resucitado. Porque la muerte de Cristo significó sepultar los pecados del mundo -como lo recordaba San Pablo en una de las lecturas del domingo pasado- y la resurrección implicó darnos la vida nueva.
Este sacramento del perdón, nosotros lo celebramos como Iglesia, de una manera especial, justamente hoy, el domingo de la divina misericordia, fiesta que desde hace algunos años se celebra el segundo domingo de Pascua.
Se quiere hacer hincapié en este don de lo alto que es la misericordia de Dios. Cristo que es el Hijo predilecto del Padre ha sido enviado para nuestra salvación y nos manifiesta justamente la misericordia del Padre de cada uno de nosotros.
En las revelaciones que hace Jesús a Santa Faustina, a quien elige como instrumento para que lleve al mundo esta devoción de la divina misericordia, le recuerda que en el sacramento de la Reconciliación a través del sacerdote está presente Él y que viene a traernos el abrazo del Padre, a recibirnos en el sacramento del perdón.
Insiste en que es necesario llevar el mensaje de la misericordia al mundo, a los pecadores, que somos todos nosotros, indudablemente.
Y una de las cosas que permanentemente pide el Señor es que lo amemos como somos.”Ámenme como son ustedes”, dice el Señor resucitado.
Si uno espera para amar a Cristo estar convertido, nunca llegará a amarlo, ya que estaremos a la puerta de la muerte y todavía nos faltará algo para convertirnos en profundidad.
Por eso dice Jesús, “ámenme como son ustedes”, con sus limitaciones, con sus debilidades palpables, pecados y miserias, con las agachadas de cada día. Cuando nos damos cuenta del mal y sin embargo lo elegimos, y hasta cuando lo dejamos de lado a Él, hemos de ponerlo ante su misericordia.
“Déjenme un lugar en el corazón para que yo pueda entrar, para que pueda intervenir, para que pueda transformarlos”. Como diciendo “basta que ustedes me entreguen algo de su corazón, yo lo transformaré, yo lo cambiaré, yo haré maravillas”.
Por eso esta súplica del Señor, incluso, es una continuación de lo que escuchamos en la semana santa en su Pasión, cuando desde la cruz gritó “tengo sed”. Tiene sed, no tanto del amor nuestro, ya que en definitiva con amor o sin nuestro amor subsiste igual en cuanto Dios, sino sed de llegar a nosotros para darnos su misericordia.
En efecto, en la medida en que el ser humano reconoce sus miserias y es capaz de ahondar en su nada, comienza a elevarse por la acción de la gracia porque se ha puesto en manos del Señor.
Cuando, en cambio, el hombre se considera perfecto, santo, que no necesita de nada, ya está bloqueando el corazón, porque se ha colocado en el lugar de Dios y ya no precisa del mismo. El reconocimiento de nuestra nada hace posible que ingrese en nuestro corazón.
En este día de la divina misericordia vayamos al encuentro de Cristo y digámosle: “Aquí tienes Señor mis miserias, mis limitaciones, yo quiero ser amigo tuyo, me siento limitado e impotente para llegar a las alturas de tu santidad, por eso vengo a pedirte que Tú me transformes”.
Y el Señor lo hará, y nos pedirá una actitud de fe confiando en que Él es capaz de cambiar el corazón del hombre por más alejado que esté.
No tengamos la actitud de Tomás, llamado el mellizo, que como no estaba cuando llegó Jesús dijo “Yo no creo, si no meto mis dedos en las llagas y mi mano en el costado, no creeré”.
Actitud de Tomás que es la del mundo, que para creer en la acción de Dios, necesita signos, es decir, ver, tocar, tener seguridad absoluta cuando en realidad el mismo Cristo, dice repetidamente en el evangelio, el único signo que les será dado es el de Jonás.
Continuamente se le piden signos para creer en Él, y Jesús dirá que sólo les será dado el de Jonás, haciendo referencia a su muerte y resurrección al tercer día, sucediendo lo de Jonás, que estuvo tres días en el vientre de la ballena y luego fue arrojado a la playa.
Los creyentes han de sentirse congregados, por lo tanto, por el signo de Jonás, es decir, la muerte y resurrección del Señor. Nos fundamos por lo tanto en un Dios que está vivo y que quiere encontrarse con nosotros.
Encontrándonos con el Señor, pues, hemos de recibir su misericordia para llevarla al mundo en el que nos ha tocado vivir: la familia, el trabajo, en nuestras relaciones con los demás, a quienes no creen en la misericordia de Dios y piensan que no la merecen a causa de sus muchos pecados. De esa manera daremos testimonio de que la muerte y resurrección no han sido inútiles sino medios concretos de reconciliación entre el hombre y Dios.
Esta misericordia ha de transformar también nuestras comunidades de tal manera que con un corazón nuevo, todos podamos vivir en ese clima ideal que compartieron los cristianos de la primitiva Iglesia.
Ellos ponían en común sus dones, sus cualidades, sus bienes, porque se sentían rescatados de sus miserias por la acción de la misericordia divina, convencidos que todo contribuía para la edificación de la Iglesia.
Pidamos al Señor que realice su misericordia en nosotros y que fortalecidos por la acción del Espíritu nos sintamos enviados a llevarla a la sociedad en la que estamos insertos.-

Padre Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de la parroquia “San Juan Bautista”, en Santa Fe de la Veracruz, Argentina. Homilía en el 2do domingo de Pascua, ciclo “C”, 11 de Abril de 2010. Textos: Hechos 5, 12-16; Ap.1, 9-13.17-19; Juan 20,19-31.-
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10 de abril de 2010

“Caminando con Jesús lo reconocemos al partir el pan”.



El sentimiento de haber perdido a Jesús era muy fuerte en estos discípulos que van camino a Emaús (Lucas 24,13-35), aldea cercana a Jerusalén. Están tristes y desolados, porque habiendo esperado otra cosa, -un mesianismo temporal-, no los consuela la posibilidad de su resurrección testimoniada por algunos discípulos y las fieles mujeres al Maestro.
Es en esta circunstancia que Jesús resucitado, transformado, se coloca junto a ellos y comienza a caminar. Indicio éste que muestra el deseo del Maestro de caminar con cada uno de nosotros a lo largo de la vida, compartiendo nuestras inquietudes hasta llegar junto al Padre que nos espera
El Señor quiere recorrer el mismo camino, máxime cuando estamos tristes, cuando parece que todo está perdido y pierde sentido la misma vida.
Y dulcemente nos dirá muchas veces con amor, “¿por qué desconfían, por qué piensan que todo está perdido?”.
De este modo, Jesús, tanto a los discípulos que van a Emaús como a nosotros, nos va enseñando todo lo que se ha dicho de Él, para llenarnos de confianza y dando sentido a todo lo que hemos aprendido sobre su Persona.
Esto permitió que estos dos hombres sintieran arder su corazón, “¿No ardía nuestro corazón acaso cuando nos explicaba las escrituras?”-dirán.
Esto sucede porque siempre el encuentro con la Palabra de Dios provoca el ardor de nuestro corazón, inflamados por la caridad e iluminados por la luz de la fe que nos permite ahondar más y más el misterio de la divinidad.
Cada vez que nos encontramos con el Salvador es necesario que nuestro corazón arda en amor por Aquél que ha entregado su vida por nosotros, que arda por el deseo de conocerlo más íntimamente.
Cuando la Palabra de Dios, en cambio, queda apartada de la existencia del hombre, la vida misma se va gastando porque le falta el agua viva del Mensaje del resucitad, que debiera dar sentido a nuestro caminar y permitirnos responder a las grandes inquietudes que se nos presentan.
El contacto con la Palabra del Señor no permite todavía un encuentro más personal, más profundo e íntimo con Jesús, ya que éste se concreta en la Eucaristía. De allí que nos dice el pasaje bíblico proclamado, que llegados a Emaús estos dos hombres como presintiendo que caminan con el Señor le dirán “Quédate con nosotros que el día se acaba, anochece”.
Y Jesús se queda con ellos, se sienta a la mesa, y tomando el pan lo bendice, lo parte, y se los distribuye. Y es allí, a través del gesto de la bendición y la entrega del pan, cuando sus ojos se abren y se dan cuenta que están ante el Señor.
De esta experiencia con el resucitado al atardecer del domingo de Pascua, vamos descubriendo que el sacramento que permite que arda nuestro corazón y podamos ver con los ojos de la fe, es la Eucaristía.
Nosotros estamos ahora como familia, unidos en este domingo, para celebrar la Pascua del Señor, preparada con la escucha atenta de su Palabra.
Esta noche, como aquella en la que se encuentran Jesús y los dos discípulos, el Señor viene a partir el pan y a entregarse a nosotros.
Él mismo nos da a comer su cuerpo y a beber su sangre con la voluntad de transformar nuestra vida e iluminar nuestra inteligencia con su Palabra y a fortalecer nuestra existencia con su poder.
Por eso es importante ir descubriendo cómo a través del encuentro con Dios presente en la Palabra y en la Eucaristía vamos progresando en el camino no sólo para entender el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, sino también el de su Pascua, paso de la muerte a la vida, del pecado a la gracia.
Cristo ha resucitado y, desde lo más profundo de nuestro ser y corazón digámosle esta noche: “Señor, quédate con nosotros porque anochece”, “quédate conmigo porque mi vida no tiene sentido, está en tinieblas si Tú no estás presente”. “Señor, quédate en nuestras familias, para que no marchen a la deriva y reciban la verdadera orientación que las enaltecen y que sólo tú puedes dar”, “quédate conmigo en mis horas de trabajo, en todo lo que emprendo para darte gloria a Ti y entregarme a mis hermanos”. Digámosle confiadamente que “la tentación que me quiere alejar de tu persona y de mis hermanos es muy grande, por eso vuelvo a decirte, quédate conmigo para que en mi existencia no recale la noche del pecado, la oscuridad de la ignorancia”.
“Señor, ven a mi corazón, haz que me entusiasme por Ti y, convencido que has muerto y resucitado, me dedique a morir al pecado y resucitar a una vida nueva apoyándome en tu poder y en tu gracia, alejándome de todo lo que me ha hecho daño y apartado de la vida que siempre ofreces”.
Queridos hermanos: no desaprovechemos la presencia de Jesús resucitado que viene a nuestro encuentro.
San Pablo (Col. 3,1-4) nos dice hoy que ya que hemos resucitado con Cristo pongamos nuestra mirada en las cosas del cielo, aspirando no a lo temporal y pasajero, sino a lo eterno.
No significa esta enseñanza abandonar las tareas inherentes a nuestro deber de estado, o a nuestra vida en este mundo para contemplar sólo el cielo, sino que la contemplación de los bienes eternos debe dar sentido al caminar de nuestra vida temporal de cada día.
Sentido nuevo que implica considerar lo terreno de una forma distinta, desde Cristo, y éste muerto y crucificado.
Mirar lo temporal desde “los bienes del cielo” significa que no nos dejemos atrapar por los negocios, la sociedad de consumo y obligaciones de todo tipo, sino que crucificados a lo pasajero que busca aprisionarnos, nos encaminemos a la meta de resucitados que nos presenta el Señor.
Pidamos al Señor esta gracia, que podamos vivir como nuevas creaturas, como hijos renovados del Padre.
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Padre Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de la Parroquia “San Juan Bautista” de Santa Fe de la Vera Cruz, en Argentina. Homilía en la misa vespertina del domingo de Pascua. 04 de Abril de 2010.-
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9 de abril de 2010

Desde el Génesis a la Pascua del Señor.


La palabra de Dios que acabamos de escuchar nos ha permitido recorrer en esta noche santa, los distintos pasos con los que Dios conduce la historia humana según su providente amor, buscando siempre el bien temporal y eterno del hombre.
En efecto, escuchamos en el libro del Génesis el relato que refiere a cómo el hombre es la creatura más amada por Dios, visualizado esto en el hecho de que antes de ser creado como varón y mujer, le prepara un paraíso brindándole de su abundancia divina todo lo que el ser humano necesita.
Y así, esta primera lectura, tomada del libro del génesis, nos describe los dones de todo tipo copiosamente recibidos. Todo esto que de alguna manera el hombre mereció perder por su caída en el pecado.
Dios que no se arrepiente de sus dones y de su elección eterna elige a Abraham. A este hombre lo saca de su tierra y le promete que será el padre de un gran pueblo. Y a través del sacrificio de su hijo Isaac , que aparece como contradicción a la existencia de una descendencia prometida, quiere señalar el texto sagrado anticipadamente que será otro el sacrificio que salvará a la humanidad del pecado, el de Jesús. Por eso el sacrificio de Isaac será figura y anticipo del sacrificio de Cristo.
Y sigue la historia de salvación, ya que de Abrahán surge un gran pueblo, son los descendientes de los doce hijos de Jacob que viven y se multiplican en Egipto, y que concluyen siendo esclavizados.
Dios, que sólo quiere un pueblo libre, y que libremente lo sirva, suscita un salvador, Moisés, - figura también de Cristo- que hace posible el Éxodo liberador de los elegidos.
Moisés marcha a la cabeza del pueblo que aprisa huye de Egipto, y lo saca de la esclavitud atravesando el Mar Rojo, figura del bautismo que permite salir de la muerte a la vida. El faraón, figura del espíritu del mal, persigue al pueblo elegido. El mismo texto sagrado muestra que Dios está con aquellos que confían en su Palabra, y por eso este ejército poderoso se desbarata y sucumbe bajo las aguas del mar embravecido, mientras el pueblo llega a la otra orilla, -preludio de la tierra prometida- cantando alabanzas a Dios.
Pero este pueblo pareciera que no se cansa de ser infiel a Dios, coqueteando con el mal se aleja del Señor.
Y Dios, que conoce esa situación y que siempre es fiel, le anuncia que vuelva a Él, renovando la alianza quebrantada.
Y así, el profeta Baruc les dirá que es necesario volver a la sabiduría que han perdido por no seguir el camino de Dios, para que no se diga que la gloria que han alcanzado, la de ser elegidos de antemano, la han perdido porque Dios se la ha dado a otro pueblo, extranjero.
Palabras que se cumplen como lo escuchamos en la oración después de la lectura, cuando Dios entrega la “gloria” de Israel, es decir, la predilección por los elegidos, al nuevo pueblo, la Iglesia fundada por Cristo.
Baruc deja la puerta abierta para que el mismo pueblo pueda volver al Señor, ya que conoce lo que le agrada, retornando a su única sabiduría.
El profeta Ezequiel seguirá insistiendo, llamando a la conversión para que el pueblo de Israel siga siendo el elegido. Lo reunirá de entre las naciones, haciendo esto no por esa comunidad desleal, sino para mostrar la santidad de su nombre profanado en medio de los paganos, para que conozcan los extranjeros que “Yo soy el Señor”.-
El Nuevo Pueblo elegido - destaca el apóstol San Pablo- ha de morir al pecado para renacer a la vida de la gracia, dejar el hombre viejo para revestirse del nuevo. Cambiar la Iglesia toda, el corazón y el espíritu, por la acción de Jesús, por y con quien hemos sido resucitado, para vivir como tales ante el Padre que nos ha elegido en su Hijo.
Ese Jesús, –escuchamos en el texto del Evangelio- que ya no se encuentra en la tumba, lugar donde las mujeres lo buscan.
”No está aquí el que buscan”, dicen los ángeles. Ustedes buscan un muerto, Cristo está vivo, por lo tanto este no es su lugar. El que ustedes creen que está muerto, vive para siempre, para entregar al hombre una vida que no se termina, ya que el que cree en Él aunque muera vivirá para siempre.
El triunfo de Cristo sobre el pecado y la muerte ha de significar para nuestra vida no solamente una transformación aquí y ahora, en la que como Él debemos librarnos del pecado a la luz de la gracia, sino que toda nuestra vida, nuestro caminar, ha de estar siempre iluminado por el misterio de la resurrección.
Si Cristo ha resucitado tenemos la seguridad que la sociedad toda puede ser cambiada y transformada, para lo que es necesario que el ser humano continúe sus paso por esta vida abriéndose a la gracia de la redención viviendo como resucitado.
La sociedad no cambia si no lo hace el corazón humano. Y si estamos sumergidos en las tinieblas del pecado es porque no hemos actualizado en cada momento el misterio de la muerte y resurrección del Señor, comenzando una vida nueva.
Queridos hermanos: en este tiempo pascual que hoy comenzamos seremos iluminados permanentemente por la luz de Cristo significada por el cirio pascual que como faro en medio de la noche de nuestra vida, nos guiará al buen puerto de la salvación y grandeza humana.
Abramos nuestro corazón, nuestra vida, dejándonos iluminar por el Señor. Que Él vaya cambiando el ser de cada uno de nosotros, transformando nuestra existencia, iluminados por una luz nueva para poder así iluminar a su vez al mundo y a nuestros hermanos con la esperanza de que todo puede ser renovado si es puesto en clave del Señor resucitado.
La imagen edénica que percibimos en el libro del génesis será posible revivirla, si el mundo y nosotros volvemos a los orígenes de la intimidad divina.
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Padre Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de la parroquia “San Juan Bautista” en Santa Fe de la Vera Cruz, Argentina. Homilía en la Vigilia Pascual del 03 de abril de 2010.- ribamazza@gmail.com; http://gjsanignaciodeloyola.blogspot.com; http://ricardomazza.blogspot.com; www.nuevoencuentro.com.ar/tomasmoro.-
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