27 de septiembre de 2022

El único que sacia el corazón del hombre es Dios con su presencia, el cual está con frecuencia ausente en la sociedad de nuestros días.

Este domingo continuamos con la profecía del profeta Amós (6,1ª.4-7) que había sido enviado por Dios al reino de Israel o reino del Norte para prevenirlo e invitarlo a la conversión. No fue el único profeta enviado con esa misión, pero ninguno de ellos fue escuchado, ya que hicieron caso omiso a los anuncios y, seguía reinando allí la prosperidad económica por la que los poderosos, los más ricos, se enriquecían cada vez más, mientras la mayoría de la población, los débiles, estaban sumidos en la pobreza.
El profeta Amós manifiesta con claridad que toda esa injusticia tendrá su precio, pero los poderosos están tan seguros en su riqueza y en su dinero, que siguen banqueteando y divirtiéndose sin preocuparse por el futuro,
Culmina el texto proclamado diciendo “por eso, ahora irán al cautiverio al frente de los deportados, y se terminará la orgía de los libertinos”, realidad que se vivió con la caída del reino por la invasión Asiria.
Es importante aprender de la Palabra de Dios para ver cómo se repite esta historia en la actualidad, en nuestra patria por ejemplo, ya que hay quienes se enriquecen cada vez más a costilla de los pobres.
Tenemos un país empobrecido, aunque rico en recursos naturales, y son muchas las personas que han renunciado a la cultura del trabajo,  se premia y se aplaude el vivir a costillas del Estado o, mejor dicho del pueblo que trabaja y paga impuestos para sostener a los que viven sin hacer nada.
No se tiene en cuenta la advertencia de san Pablo cuando dice que quien no quiere trabajar que no coma (2 Tes.3, 10).
La corrupción en Argentina es muy evidente. ¡Cuántos hay que se han enriquecido y se enriquecen con esta situación! También como en el reino de Israel, Dios está ausente en nuestra patria porque el corazón del poderoso, del rico, se cierra a toda perspectiva trascendente, piensa que nada le ocurrirá, que puede cometer cualquier injusticia y nada le pasará.
Sucede lo mismo en el país con el abominable crimen del aborto. ¡Cuántos se dedican a esto pensando que no les llegará nunca la hora de dar cuenta a Dios!
Desde la fe  podemos decir que en todo tipo de pecado, de perversidad o de corrupción, tarde o temprano se cumple lo del profeta Amós cuando afirma que se termina la orgía de los libertinos cuando vayan a la cabeza del destierro, del cautiverio, que equivale a  la pérdida de la salvación si no hay conversión.
Es cierto que más de uno puede pensar que a lo largo de nuestra historia no se castiga  con la justicia a los corruptos, sin embargo, tenemos la seguridad que nadie  escapa a la justicia de Dios.
El texto del evangelio (Lc. 16, 19-31) es muy claro al hablarnos  de la retribución después de la muerte, donde los papeles se invierten totalmente, ya que el  rico que ignoraba a Lázaro -cuyo nombre significa Dios salva- que vive despreocupado y no piensa en el pobre, en el necesitado y tampoco piensa en Dios, al morir es condenado.
Todo el diálogo posterior nos hace ver que era un hombre que sabía quiénes eran los profetas,  quién Moisés y quién  Abraham, pero a nadie escuchaba, encerrado en su egoísmo.
Ubicándolo en nuestra época sería un cristiano católico, por lo menos de nombre, bautizado pero viviendo en la contradicción permanente entre lo que vivía y lo que debería haber sido.
Dice el texto del evangelio que el Rico murió y fue sepultado. Podemos imaginarnos un entierro solemne, fue sepultado en el Hades, según la mentalidad judía en el lugar de los tormentos, mientras que el pobre Lázaro es llevado a su muerte por los Ángeles al seno de Abraham.
En el credo rezamos que Jesús después de resucitar bajó a los infiernos, o sea, a los lugares bajos, o  al seno de Abraham donde las almas de los justos esperaban la resurrección de Cristo para entrar con Él en el reino de Dios.  
Entre ambas situaciones existe un abismo muy grande, ya que no se puede de la condenación ir a la salvación en germen, y de la salvación no se puede ir al mundo de las sombras.
Comprobamos que se cambian los papeles, ya que de una vida placentera para este rico, se pasa una vida de sufrimiento y de dolor, mientras que aquél que fue olvidado, considerado desecho de este mundo, se encuentra en el gozo eterno.
Se nos enseña con esta descripción que el corazón del hombre cuando se endurece con el prójimo a través del pecado, se endurece también en su relación con Dios, prescinde de Dios  por  las riquezas y la búsqueda de los placeres de este mundo, produciéndose una sed insaciable de ellos y un olvido total del Creador.
Cuando el ser humano piensa que su fin último  pasa por la riqueza o por los placeres o por aquello que es totalmente de este mundo, busca siempre aquello, que sin saberlo, lo deja cada vez más vacío.
El único que sacia el corazón del hombre es la presencia de Dios, que está tan ausente en la sociedad de nuestros días, por eso que vemos cuántos corazones angustiados hay, cuánto dolor en el ser humano, no solamente a causa de las injusticias sociales, sino también porque ha desechado la presencia divina en su vida.
El ser humano en la actualidad se declara agnóstico,  o no quiere saber nada con la Iglesia, ni con los curas, ni con la Biblia, ni nada de eso, por lo que  vive en un vacío existencial y llega el momento en que  pierde el sentido de su vida y se pregunta para qué vivir, o razona pensando aquello que la Escritura atribuye a los paganos “comamos y bebamos que mañana moriremos”.
La respuesta de Abraham que menciona la inutilidad de que un muerto avise de los peligros a los hermanos del rico, tiene su lógica porque el que tiene su corazón endurecido por el pecado no escucha. De hecho lo vemos en la sociedad actual no sólo en Argentina sino en el mundo entero.
¡Cuántas advertencias hubo, cuántas revelaciones y manifestaciones y el ser humano sigue endurecido como acontecía en el Antiguo Testamento con el pueblo de Israel,  rebelde y endurecido muchas veces cerrando los oídos a la Palabra de Dios para vivir a su antojó y, cuando venían los problemas de afuera o de adentro,  acudían nuevamente a Dios para que los ayude!.
Como sucede también con nosotros, ya que no pocas veces mientras todo nos sonríe estamos tranquilos, pero cuando vienen las pruebas no sabemos a dónde acudir o si acudimos a Dios como último recurso, esto no dura mucho si acaso Dios no concede lo que pedimos o aún otorgándonos lo que pedimos concluimos abandonándolo porque el corazón del hombre es cambiante.
Estamos llamados a construir el mundo futuro en la presencia de Dios, a través de las buenas obras y del seguimiento del Señor
Así lo afirma el apóstol San Pablo en la segunda lectura (1 Tim. 6, 11-16) cuando menciona la necesidad de crecer  en la justicia, en las obras buenas, en la bondad, en lo que es agradable a Dios y también agradable a nuestro prójimo.
Queridos hermanos: pidámosle al Señor que abra nuestros ojos, que nos haga descubrir el sentido de la vida, y qué hemos de cambiar.
Recordemos que aunque la justicia de este mundo muchas veces no se aplica para solucionar los problemas y los corruptos quedan impunes y libres de culpa y cargo, nadie escapa al juicio de Dios.
El Papa Francisco más de una vez ha dicho que una cosa es ser pecador y otra cosa es ser corrupto, ya que el pecador recibe la misericordia divina si se arrepiente y cambia de vida o quiere cambiarla, en cambio el corrupto está tan seguro de que nada le va a ocurrir que sigue por ese camino y por lo tanto Dios no puede vulnerar su libertad y lo deja en su opción pecaminosa.
Pidamos al Señor entonces que nos ayude para vivir cada vez con más intensidad la fe que hemos recibido en el bautismo.

Padre Ricardo B. Mazza. Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario y Convento san Pablo primer ermitaño, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en la Misa del domingo XXVI del tiempo Ordinario. Ciclo “C”. 25 de septiembre de 2022. ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com




19 de septiembre de 2022

No se puede servir a Dios y al dinero, porque cuando se sirve al dinero, el corazón del hombre se vuelve insensible, y rechaza a Dios.

En la segunda mitad del siglo VIII a.C. el profeta Amós es enviado por Dios al reino de Israel, separado del reino de Judá.
En el reino de Israel existía prosperidad económica, pero esto no se manifestaba en una distribución de la riqueza, sino que por el contrario, los poderosos del reino con la complicidad de las autoridades políticas se enriquecían a costillas de los pobres.
El relato que presenta hoy el texto (8,4-7), continuando el domingo próximo, describe a los pobres y cómo son esquilmados de lo poco que tienen, narra que son vendidos por un par de sandalias, explotados  impunemente, y que por el afán de ganancias no se respeta ni siquiera el día dedicado al culto divino, o sea, la ambición por los bienes de este mundo, ciega a los injustos, mereciendo que Dios exclame “Jamás olvidaré ninguna de sus acciones”.
De hecho el texto de Amós que proclamaremos el domingo que viene, adelanta que los injustos irán al cautiverio, cuando sean deportados por la caída del Reino, de manera que el enojo de Dios por esta situación es muy grande.
Amós es considerado el primer profeta social, un adelantado para su época, que por mandato de Dios denuncia con toda claridad las injusticias que se cometen en perjuicio de los más débiles.
Esta situación de injusticia social también se repite en la historia humana y también en nuestros días. Existen quienes se consideran poderosos, ya sea por sus negocios, o puestos en la sociedad o incluso como gobernantes, que explotan a los más débiles,  se  enriquecen cada vez más, pensando que esto quedará impune, pero Dios no se olvida y pedirá  cuenta por las injusticias cometidas.
Precisamente el texto del evangelio nos habla de eso (Lc. 16, 1-13). Este hombre rico que escucha que su administrador está perjudicándolo económicamente, es Dios mismo.
El administrador es cada uno de nosotros, a los que se nos confían tareas dentro del mundo, pero para seguir la voluntad de Dios y no para enriquecernos a costa de los demás, y de lo cual  se nos pedirá cuentas al fin de nuestra vida.
El administrador que será cesanteado,  piensa cómo resolver sus problemas, por lo que trata de ganarse amigos  con el dinero de la injusticia. Reduce las deudas que tiene aquellos que en algún momento tienen que pagar al hombre rico, de manera que cuando pierda su puesto pueda tener alguien que lo reciba.
Sorprende en el texto del evangelio el elogio que se hace de él, aunque no por obrar mal  sino por la astucia en el modo, y esto “porque los hijos de este mundo son más astutos en su trato con los demás que los hijos de la luz”
Es por eso que el texto nos deja un consejo a nosotros, suponiendo que somos hijos de la luz y no de las tinieblas para ganarnos amigos. Así como este hombre, el mal administrador, se gana amigos siguiendo engañando a su propietario, también nosotros hemos de ganarnos amigos que nos reciban en las moradas eternas, es decir, amigos no para este mundo, sino aquellos a quienes hemos favorecido por medio de las obras de caridad, todas aquellas personas que hayamos favorecido en este mundo, especialmente los pobres, los necesitados, los que han recibido misericordia de parte nuestra, y que por tanto, intercederán por nosotros cuando Dios nos pida cuentas de la administración.
Por eso Jesús insiste en que ganemos amigos con el dinero de la injusticia,  interesante este término dinero de la injusticia. ¿Y esto por qué? San Juan Crisóstomo justamente enseña que las grandes fortunas de este mundo muchas veces se han obtenido por medio de un  origen ilícito en el pasado, y que han crecido a lo largo del tiempo o también han sido adquiridas esas fortunas en el momento actual de una manera ilícita, o también puede ser porque aunque haya ganado esa fortuna lícitamente no hubo un corazón que fuera generoso en la distribución de esos mismos bienes ayudando a los más necesitados, buscando alguna forma de favorecer a los que menos tienen.
Por eso es interesante lo que dice el texto del evangelio respecto a que no se puede servir a Dios o al dinero, y esto es así porque cuando uno sirve al dinero, o rinde culto al dinero, a la riqueza, a los bienes, a la buena vida, etc., el corazón del ser humano se vuelve insensible,  durísimo frente a las necesidades de los demás, e incluso también en relación con sus seres queridos o amigos se manifiesta esa dureza. El afán de riqueza, el rendir culto al dinero hace que la persona se vuelva avara,  que quiera conservar ese dinero cueste lo que cueste, olvidando que en definitiva cuando el Señor nos llame no podremos llevar nada de esto sino solamente las obras buenas que pudimos hacer con esa riqueza que se nos ha dado.
Recordemos, por otra parte, que todo dinero mal habido debe ser restituido a quien ha sido perjudicado, si es que la persona injusta se convierte y desea recibir el perdón de Dios a través del sacramento de la reconciliación en este mundo.
Queridos hermanos pidamos al Señor que nos ilumine siempre para saber qué camino tomar en este tema del uso de los bienes, de la riqueza, de los bienes de este mundo.
Y concluimos recordando lo que nos dice san Pablo (I Tim. 2, 1-8) en la segunda lectura, cuando insiste en el tema de la oración. Orar, orar permanentemente, y dice especialmente orar por las autoridades, por el soberano, -se está refiriendo a Nerón-, para que haya paz en la sociedad. Es decir que el creyente, el cristiano, en su oración, debe también tener en cuenta a los que nos gobiernan, aunque muchas veces no quisiéramos hacerlo, para que puedan, a través de la conversión personal, hacer el bien a todos aquellos que están bajo su autoridad, bajo su dominio. Que la oración entonces también nos ayude a nosotros a vivir esta caridad para con quienes necesitan la conversión del corazón.-


Padre Ricardo B. Mazza. Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario y Convento san Pablo primer ermitaño, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en la Misa del domingo XXV del tiempo Ordinario. Ciclo “C”. 18 de septiembre de 2022. ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com



12 de septiembre de 2022

Es doctrina cierta y digna de fe, que Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el peor de ellos. (san Pablo)

San Pablo enseña en el texto proclamado hoy (1 Tim. 1, 12-17) que “es doctrina cierta y digna de fe que Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el peor de ellos” y, a su vez continúa afirmando que “si encontré misericordia, fue para que Jesucristo demostrara en mí toda su paciencia, poniéndome como ejemplo de los que van a creer en Él para alcanzar la Vida eterna".
Esta afirmación de san Pablo nos permite precisar, pues, que las ideas centrales de este domingo  son por un lado dejar en evidencia el pecado del hombre que ensombrece su vida con frecuencia, y por otro lado  recordar que la misión de Jesús  es salvar a los pecadores  de sus miserias por medio de la misericordia derramada en su carácter de mediador entre Dios y los hombres.
De hecho la historia humana se mueve siempre  en medio de estos ejes de pecado y gracia, de lejanía de Dios y de encuentro con Él.
Podríamos afirmar, entonces, que si nos apartamos de Dios por el pecado, siempre tenemos la oportunidad de retornar a la amistad con Dios por medio de su misericordia.
Precisamente el texto del libro del Éxodo (32, 7-11.13-14) que acabamos de proclamar, muestra a Dios que está con Moisés en el monte Tabor para entregarle las tablas de la ley y le indica que baje enseguida  porque el pueblo que Moisés ha sacado de Egipto se ha hecho un becerro de metal y le está otorgando culto de adoración, descubriendo así  el corazón cambiante del pueblo de Israel.
De hecho, esto es un signo de la historia humana, en la que es constante también observar al corazón cambiante de la humanidad a lo largo del tiempo, ya que con facilidad se aleja  del Dios verdadero para arrojarse a los brazos de los ídolos.
En latín se utiliza el término “simulacrum” para designar la figura del ídolo, o sea, se trata  de una representación falsa de la verdad,  del Dios verdadero, figura que no pocas veces el ser humano reconoce como deidad, ya que  pareciera que se siente más a gusto rindiendo culto a los simulacros, a la mentira, que al Dios verdadero.
Cuántas veces nos encontramos que entre los católicos aparece también el culto a la religiosidad oriental, culto a la energía, al Reiki, a distintas potencias que supuestamente nos protegen.
Ya lo había profetizado Benedicto XVI  -cuando era profesor- al decir que la Iglesia católica se iría paganizando con el tiempo, de manera que los creyentes sostendrían más la mentira y el error que la misma verdad cristiana y católica.
¡Con qué facilidad no pocos católicos se dejan llevar por las fantasías de la cultura actual, apartándose del Dios verdadero  presente en la historia del hombre siempre por medio de su Providencia!.
Por eso que no es de admirar lo acontecido en la Basílica de Luján el nueve de septiembre durante la Eucaristía pidiendo por una paz fingida, con la complacencia de clérigos y políticos que actuaron más como paganos que como personas de fe católica.
¡Cuánto dolor para el Señor ver cómo se falsifica el verdadero culto para rendir culto a las potestades de este mundo renunciando al Dios verdadero!
¡Qué contraste con san Juan Crisóstomo que por denunciar la corrupción de la corte imperial terminó exiliado encontrando la muerte por ser fiel al Dios Viviente!
¡En la casa de nuestra madre la Virgen patrona de Argentina hemos vivido la cultura del mundo, mentirosa y frívola¡
Ahora bien, ante la idolatría del pueblo elegido, Moisés acude a la memoria de los distintos patriarcas del Antiguo Testamento para evitar la ira divina y solicitar la misericordia divina.
En el evangelio (Lc. 15, 1-10) será Cristo el  nuevo Moisés que  intercede siempre ante el Padre  por cada uno de nosotros.
Al reconocer  san Pablo que Jesucristo vino a salvar a la humanidad, se presenta él mismo como pecador por ignorancia y por ello salvado,  y descubriendo al Dios verdadero se entregó totalmente a la misión de evangelizar, a pesar de ser el peor de los pecadores.
¡Qué gesto de humildad el suyo reconociendo precisamente cómo Dios tuvo misericordia de él a pesar de sus infidelidades!
También nosotros debemos reconocer siempre nuestras miseria, nuestros pecados, y disponernos desde el fondo de nuestro corazón a una conversión en serio para poder recibir aquel elogio del Evangelio  de que existe más alegría en el cielo por cada pecador que se convierte, que por noventa y nueve que no necesitan convertirse.
Precisamente el evangelio de hoy nos ilustra acerca de la misericordia de Dios con estas parábolas elocuentes.
La parábola de la oveja que se ha perdido es cada uno de nosotros a cuya búsqueda parte el Señor para cargarnos sobre sus hombros.
Si actuáramos nosotros, seguramente preferiríamos perder una oveja pero no las noventa nueve restantes, mientras que para Jesús cada una es valiosa por sí misma y debe ser buscada y salvada.
Lo mismo acontece con la pérdida de una pequeña moneda, que representa a cada uno de nosotros, sin importancia para los demás, pero valiosa para la misericordia de Dios.
Como esa moneda de poco valor, el ser humano es reconocido de una manera diferente por Dios, mientras que en la cultura del mundo, la sociedad  hace distinción entre las personas que a su juicio son importantes y las que no lo son, las que son valiosas o no según el criterio humano. Para Dios, en cambio,  cada persona es valiosa en sí misma y por eso amada por Dios, ya que Jesús muere en la cruz por cada una de ellas.
¡Qué grande es el amor de Dios! ¡Cómo cuesta sin embargo entenderlo y valorarlo, buscando responder a ese amor también con grandeza de corazón!
Pidámosle al Señor que nos ilumine, que nos dé su gracia para que seamos capaces de ir convirtiéndonos cada día para lograr nuevamente vivir en plenitud la amistad con el Señor y llegar algún día a las moradas eternas.


Padre Ricardo B. Mazza. Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario y Convento san Pablo primer ermitaño, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en la Misa del domingo XXIV del tiempo Ordinario. Ciclo “C”. 11 de septiembre de 2022. ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com


6 de septiembre de 2022

Por la Sabiduría divina aprenden los hombres lo que le agrada a Él y, por Ella, fueron y serán salvados.

La idea central de los textos bíblicos de este domingo apunta a implorar la sabiduría divina para nuestra vida, para nuestra existencia, porque es necesaria para conocer los designios de Dios. Recorramos entonces los textos bíblicos proclamados.
La primera lectura que está tomada del libro de la Sabiduría (9,13-18) nos trae la parte final de la oración que Salomón tuviera delante de Dios cuando al ascender al trono de Israel le implora la sabiduría para saber gobernar, reconociendo que es  un simple muchacho que necesita de la iluminación divina para obrar rectamente.
Salomón, por cierto, necesita esa sabiduría para poder cumplir la voluntad divina a favor de tanta gente a la cual debe servir.
A Dios le agradó este pedido y, no sólo lo dotó de la sabiduría para gobernar, sino que también le otorgó los bienes que no había solicitado, por lo que se conocerá como el rey sabio
El texto que hemos proclamado justamente reconoce la pequeñez del hombre que apenas puede conocer los secretos del mundo temporal y no tiene acceso a los misterios divinos, sino se le confía una sabiduría que lo haga capaz de ello.
De hecho en el recorrido de nuestra vida nos esforzamos por conocer muchas cosas y apenas lo logramos, y al mismo tiempo tenemos la tentación de pretender conocer los designios de Dios, que son inalcanzables ya que “¿Quién habría conocido tu voluntad si Tú mismo no hubieras dado la Sabiduría y enviado desde lo alto tu santo espíritu?”
Y gracias a este conocimiento otorgado por Dios “se enderezaron los caminos de los que están sobre la tierra, así aprendieron los hombres lo que te agrada y, por la Sabiduría, fueron salvados”
Los designios de Dios, pues, no pueden ser conocidos por la inteligencia humana, de allí que sea  el mismo Dios quien los manifieste, como lo ha hecho no solamente en el Antiguo Testamento sino en el Nuevo a través de Jesús quien es el Hijo y la Sabiduría del Padre presente entre nosotros.
Éste es la Sabiduría de la que podemos participar, por eso pedimos o debemos pedir esta gracia que proviene de Dios Nuestro Señor.
Sabiduría que implica saber vivir bien, pero no en un sentido terrenal, sino conociendo cuál es la voluntad de Dios para cada uno de nosotros a lo largo de nuestra existencia, de modo de realizarla.
En el texto de san Pablo (Filemón 9b-10.12-17), el apóstol se refiere a Onésimo, un esclavo que tenía Filemón y que se había escapado para refugiarse bajo la protección de Pablo de Tarso, comienza a servirle y a ayudarlo en sus tribulaciones.
Pablo sabe perfectamente que ese hombre se escapó porque había robado, pero su intención es regresarlo al redil por medio de su conversión y salvación.
Por eso es que Pablo dirá a Filemón que ha engendrado a Onésimo en la prisión, lo llama hijo, y pide que sea recibido como si el esclavo fuera parte del apóstol, porque aunque quisiera quedarse con él para que lo sirviera, entiende que corresponde remitirlo a su dueño.
El apóstol expresa que recupera Filemón no ya un esclavo, sino un hermano en la fe, lazo éste superior a los lazos humanos.
Le está diciendo a su discípulo, que si es realmente sabio, no lo ha de considerar  como un esclavo, sino como a un hermano en la fe, por lo tanto, te seguirá sirviendo como hombre libre, porque ha sido redimido por la Sangre de Cristo.
En el Evangelio (Lc. 14,25-33), Jesús también nos invita a vivir sabiamente en esta vida terrenal por medio del desprendimiento.
La gran dificultad que tiene el ser humano, la gran tentación que padece, es la de atarse a los bienes de este mundo y servir a todo lo que es pasajero, en lugar de contemplar los bienes que no perecen.
Jesús, sabiendo que no pocas veces se presentan obstáculos en nuestra vida, a nuestra libertad, en lo que significa seguirlo a Él, es que señale la imposibilidad de ser discípulos suyos, si no lo amamos más que a otras  personas y a las cosas de este mundo.
El verdadero sabio tiene en el primer lugar de su escala de valores al mismo Dios, amándolo más que a sus padres, a sus hijos, hermanos u otros parientes, siendo capaz de sacrificarlo todo por  amor al Señor. En el Antiguo Testamento hay muestra de esto, como por ejemplo, la madre de los Macabeos que contempla como sus 7 hijos varones son sacrificados por el rey Antíoco porque no se someten a sus caprichos y  no quieren quebrantar la ley de Dios.
La madre sufre al ver cómo van muriendo cada uno de ellos, pero los alienta para que no traicionen a Dios, para que su amor primero siga siendo Dios y su voluntad infinitamente santa.
Ese amor primero a Dios también hemos de tener nosotros y desear que otros también lo posean. Acontece no pocas veces  que un padre o una madre se desesperan porque tienen un hijo enfermo y, eso está bien,  pero quizás no se preocupen tanto si ese hijo tiene enferma el alma, o sea que vive en pecado, y no captan que lo más importante no es la salud del cuerpo que  perderemos, sino la salud del alma, la amistad con Dios que hemos de valorar y defender siempre.
Los santos mártires derramaron su sangre muriendo por Cristo, ellos lo amaron más  que a sus padres o hermanos o parientes,  lo dejaron todo por Jesús, ya que el santo precisamente se caracteriza por eso, abandonar todo lo que ata a este mundo y aleja de Dios.
Por eso cada uno de nosotros tiene que preguntarle al  Señor lo que ha de hacer para seguirlo y ser verdaderamente sabio según Dios.
El mismo Jesús plantea dos situaciones la de aquel que va a construir una torre y si es sabio debe preguntarse si contará con los medios para levantarla, como  la de aquel que quiere guerrear se ha de  preguntar si puede hacer frente al enemigo.
Del mismo modo  respecto del seguimiento de Cristo, debe cada uno sopesar si está poniendo los medios para alcanzar su propósito o se deja llevar por lo que impide seguirlo.
Hemos de decidirnos amarlo sobre todas las cosas y, tomando la misma Cruz por la que Él salvó al mundo, le entreguemos lo mejor de nosotros mismos en su servicio y el de los demás.
En comparación con la cruz de Cristo, ninguno entrega la vida por la humanidad toda, pero es la aceptación de las dificultades de este mundo lo que acerca más al Señor y prepara para una entrega mayor a su Persona para ser difusores de su Palabra y testimoniar que realmente lo amamos sobre todas las cosas.
Pidamos al Señor que nos de entonces esa sabiduría que a Él pertenece para conocer su voluntad y así poder seguirlo constantemente.

Pintura de Sacchi, Andrea - Alegoría de la Sabiduría divina - 1629-1633

Padre Ricardo B. Mazza. Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario y Convento san Pablo primer ermitaño, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en la Misa del domingo XXIII del tiempo Ordinario. Ciclo “C”. 04 de septiembre de 2022. ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com




30 de agosto de 2022

Enseña Jesús, que el afán que tiene el ser humano de ser el primero, en diversas situaciones de la vida, lo empequeñecen ante Dios.

En la carta a los Hebreos (12, 18-19.22-24) se anuncia que nos hemos acercado “a la montaña de Sión, a la Ciudad del Dios viviente, a la Jerusalén celestial, a una multitud de ángeles, a una fiesta solemne, a la asamblea de los primogénitos cuyos nombres están escritos en el cielo. Se han acercado a Dios, que es el Juez del universo, y a los espíritus de los justos que ya han llegado a la perfección, a Jesús, el mediador de la Nueva Alianza y a la sangre purificadora que habla más elocuentemente que la de Abel” 

Es decir que vamos de camino y esperamos como fin último la participación en la vida que no tiene fin, o sea, peregrinamos convencidos y movidos por la esperanza y, en este caminar  encontramos a Jesús el Hijo del Dios vivo, al cual nos adherimos por la fe y lo reconocemos como Aquél que es nuestro Camino, que es la Verdad, que es la Vida.

Jesús siempre está invitando a que lo imitemos, a que sigamos sus pasos, por eso en sus enseñanzas siempre otorga la oportunidad de recorrer nuestra vida y ver cómo nos perfeccionamos.
En el texto del evangelio (Lc. 14,1.7-14) de hoy se menciona que Jesús fue invitado a comer a la casa de un fariseo principal y que lo observaban, es decir,  estaban al acecho del Señor como era habitual.
Jesús miraba cómo la gente buscaba los primeros puestos en el banquete.  -Quizá esto ya no lo vivimos en una boda o en una fiesta porque ya están las mesas preparadas con los nombre de quienes van a sentarse-en cada una, .pero en la época de Jesús  sí, y tal vez en otro tipo de comidas todavía suceda lo mismo en cuanto a elegir el lugar.

El ejemplo, por otra parte,  bien vale para aplicarlo a otros ámbitos de la vida,  social, familiar o política
Queda al descubierto, enseña Jesús, el afán que tiene el ser humano de ser el primero,  en diversas situaciones de la vida.
En efecto, el hombre desea ser el primero  en los negocios, en el trabajo, en sus relaciones humanas, en el reconocimiento de sus cualidades, en el que se lo tenga en cuenta, que pueda brillar en la sociedad, en la familia, que nadie le discuta la primacía.
Se trata de alguien que no soporta padecer la falta de reconocimiento por parte de los demás.

Jesús, en cambio, invita  a colocarnos en el último lugar, porque es el lugar que eligió a lo largo de su vida, de tal manera que asumió la cruz porque esa era la voluntada del Padre, estar en lugar de los más bajo y débiles de este mundo.

¡Vaya si es estar en el último lugar, ser crucificada, padecer, ser abandonado por los discípulos, ser insultado, abofeteado y demás padecimientos que soportó por la salvación del hombre!
Significó que estuviera en el último lugar, el ser irreconocible por todos y, a eso nos invita Jesús, al último lugar, y dejar que Él mismo sea el que nos eleve, porque el que se humilla será elevado, y el que se enaltece será derribado, como también recuerda el Magníficat.

A su vez,  Jesús después se dirige al fariseo, al que lo invitó y, le dice que la actitud debe ser diferente para quienes ofrecen una comida.
Y así,  no debe buscar invitar a la fiesta  pensando qué puede sacar de ventaja, no invitar a quienes pueden retribuir la invitación, o que pueden tenerle en cuenta, no buscar a aquél que le puede recomendar, aquél que piensa en devolverte el favor que le has hecho, no buscar congraciarse con el poderoso para alcanzar algo en el futuro o en el presente.
Es necesario  invitar a quienes no  pueden retribuir con nada porque nada tienen,  buscar a aquellos que como Jesús están en el último lugar en el orden mundano, y Jesús te retribuirá con gracias abundantes.

Jesús nos invita a un cambio de vida permanentemente. A veces pensamos en las grandes cosas en las que podemos imitar a Jesús y olvidamos las pequeñas, en las que se manifiestan también nuestra grandeza.
Precisamente al respecto el Eclesiástico (3, 17-18.20.20-29) enseña: “realiza tus obras con modestia y serás amado por los que agradan a Dios. Cuanto más grande seas, más humilde debes ser, y así obtendrás el favor del Señor, porque el poder del  Señor es grande y Él es glorificado por los humildes”
En definitiva ser grande o pequeño, importante o menos importante, es una valoración mundana, lo que importa es la apreciación que Dios hace de nosotros.

El martes próximo, 30 de agosto, celebraremos si Dios quiere a santa Rosa de Lima, terciaria dominica. Pues bien,  ella estuvo escondida siempre, pasando desapercibida, dedicándose a la oración, al sufrimiento, al sacrificio, poseía un gran amor por los pecadores por quienes se mortificaba de continuo, y se hizo grande a los ojos de los hombres que la reconocemos como patrona de América, y se hizo grande a los ojos de Dios, por su vida de entrega gozosa al esposo divino, Cristo Nuestro Señor, siendo un ejemplo hermosísimo.

O tenemos también el ejemplo de Juan Macías, que celebraremos si Dios quiere en el mes de septiembre, que en su pequeñez de rezar permanentemente el rosario delante del Santísimo por las almas del purgatorio, colaboró en la salvación de muchos.
Y así como dominico, predicó realmente la pequeñez y, así podríamos recorrer la vida de tantos santos que se hicieron grandes porque antes se hicieron pequeños.
Queridos hermanos: pidamos al Señor que nos ayude a entender, comprender esto y sobre todo a vivirlo.


Padre Ricardo B. Mazza. Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario y Convento san Pablo primer ermitaño, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en la Misa del domingo XXII del tiempo Ordinario. Ciclo “C”. 28 de agosto de 2022. ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com


23 de agosto de 2022

Es necesario entrar por la puerta estrecha, la del seguimiento de Cristo, y la escucha y vivencia de su palabra.

En la primera lectura tomada de Isaías (66, 18-21), el profeta pone en boca de Dios la decisión de reunir a todas las naciones para que sean un único pueblo que le de gloria para siempre, por lo que envía a los israelitas con una misión concreta: “los enviaré a las naciones extranjeras, a las costas lejanas que no han oído hablar de mí ni han visto mi gloria. Y ellos anunciarán mi gloria a las naciones”.

Este envío misionero está apuntando ciertamente a la Iglesia y coincide con lo que cantábamos recién en el salmo responsorial (116, 1- 2) “vayan por todo el mundo y anuncien el Evangelio”.
El anuncio del evangelio corresponde al Nuevo Testamento, en el espíritu del salmo se invita a la alabanza, y glorificación de Dios por parte de todos los pueblos.
El texto de Isaías ubica a los desterrados que vuelven del exilio y que en medio de los problemas con que se encuentran deciden cerrarse sobre sí mismos alejándose de los extranjeros y así no contaminarse.
Ahora bien, con este llamado a abrirse a todos los pueblos para concretar el deseo de Dios de unir a todos los pueblos y constituir uno solo, son reprendidos  (Hebr. 12, 5-7.11-12) para que salgan de su ensimismamiento.

Esta corrección, aunque dolorosa en un primer momento, se transformará en alegría porque se advierte que la voluntad divina  es convocar a todos pueblos porque la salvación humana los incluye.
Jesús (Lc. 13,22-30), por su parte,  se encuentra con que los judíos de su tiempo pensaban que tenían asegurada la salvación por el sólo hecho de pertenecer al pueblo elegido, por eso explica la necesidad de entrar por la puerta estrecha antes que ésta se cierre,, como sería el caso de los que no se han convertido todavía a la fe reconociendo al Hijo de Dios que les anuncia la verdad.

De nada servirá hacer alusión de haberlo conocido a Jesús si esto no implica una verdadera aceptación de su filiación divina.
De allí que haga mención a que los patriarcas y profetas están en el Reino de Dios por su fe, mientras que ellos, sus contemporáneos, al no aceptarlo como Mesías serán arrojados afuera.
A su vez, Jesús anuncia nuevamente el llamado universal a la salvación, refiriéndose a que muchos vendrán de Oriente y de occidente, del norte y del Sur para participar del banquete del reino.
Estos venidos de todas partes son los gentiles, los paganos, los que no provienen del judaísmo, los que son últimos y llegan a ser primeros, mientras que aquellos que eran primero en cuanto a vocación y llamado de Dios, quedan últimos.

Por eso, sí bien la salvación de Dios se ofrece a todos, nadie puede pensar que tiene asegurada la misma si no se adhiere totalmente a Jesús. No basta con decir soy católico o pertenezco a la institución tal o cual,  si no hubo un encuentro personal con Él, no servirá.
Es decir, es necesario entrar por la puerta estrecha, la  del seguimiento de Cristo, y la escucha y vivencia de su palabra, porque podría suceder que alguien diga soy seguidor de Cristo, quiero ir tras sus pasos, pero directamente no vive siguiendo al Señor.

El llamado del Señor es apremiante, exhorta a la conversión  de cada día, y posiblemente cuando  caminaba hacia Jerusalén para que se cumpliera su “hora”, o sea, la pasión, muerte y resurrección,  estaría hablando de la necesidad de la conversión, de allí esta pregunta inquietante acerca de si son pocos los que  se salvan
Ahora bien, en realidad la pregunta debería ser, en todo caso, si son pocos los que son salvados, ya que de parte nuestra ciertamente no hay ninguna posibilidad de salvarse por sí mismo.
En efecto, tan grande es la distancia entre nosotros y Dios, que en definitiva nuestras obras son migajas en cuanto a manifestaciones de  amor hacia Él.  Es la gracia de Dios,  son sus dones los que salvan, y que  permiten vivir una vida nueva.
El hombre no se salva por sí mismo, sino que contribuye con la salvación que se le ofrece gratuitamente a través de su buen obrar, de su compromiso permanente con el Señor.
Entrar por la puerta estrecha es dejar de lado todo impedimento que se presenta ante la necesaria entrega a Jesús.
Este ingreso por la puerta estrecha no es fácil y, por eso también Jesús no tiene tantos seguidores, de modo que a medida que pasa el tiempo asistimos a una apostasía generalizada.
Mucha gente, no solamente los que no lo han conocido, sino también los que se acercaron al Señor por la fe, se apartan de Él por sus muchas exigencias y porque reclama una vida santidad.
Es cierto que no pocas voces dicen que para la Iglesia todo es pecado, por lo que es imposible seguir sus enseñanzas, sin embargo, no es así, sino que el hombre actual quiere hacer de las suyas sin importarle no pocas veces lo que es pecado o no lo es.

Por el contrario, el encuentro con el Señor, si bien tiene sus dificultades y muchas pruebas, conduce al alma a la verdadera felicidad, aquella que el hombre busca permanentemente.
Queridos hermanos: vayamos al encuentro de Jesús para que nos libere de nuestras miserias y podamos encontrar el verdadero camino que conduce a la gloria eterna.


Padre Ricardo B. Mazza. Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario y convento san Pablo primer ermitaño, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en la Misa del domingo XXI del tiempo Ordinario. Ciclo “C”. 21 de agosto de 2022. ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com



17 de agosto de 2022

“¡De pie a tu derecha está la Reina, Señor!” (Salmo 44)

  Cantamos recién el salmo responsorial, que va desgranando elogios sobre la Madre de Dios, de modo que podríamos recitar un poema permanente de glorificaciones a la Madre de Jesús y madre nuestra.
En ella se posaron los ojos de Dios y la eligió desde toda la eternidad para ser Madre de su Hijo. El viejo Adán con su pecado hizo que entrara el pecado y la muerte, y quedara contagiada toda la humanidad, excepto la Virgen María por disposición divina.    El nuevo Adán, Cristo Nuestro Señor será Aquél que nos redime del pecado y con su resurrección vence la muerte.

A su vez, la vieja Eva nos trajo también el pecado y la muerte con su desobediencia, con su curiosidad malsana. La nueva Eva que es la Virgen con su humildad, con su sencillez, con su actitud de servidora de Dios, se une al misterio de la salvación con su Hijo.
Y así vemos cómo la Virgen Santísima ha entrado de lleno en lo que es el misterio de la redención humana. No podemos prescindir de ella en este camino por el que Dios ha querido salvarnos, redimirnos, devolvernos la antigua dignidad que teníamos cuando fuimos creados a imagen y semejanza suya.

Y por eso, con el sacramento del bautismo, somos nuevamente regenerados y la gracia nos colma. No podemos decir como María que es la llena de gracia, que también nosotros lo somos, porque ella fue concebida sin pecado original, en ella no hubo pecado alguno, pero mirándola a ella sabemos que podemos vencer ese mundo de tentación que nos acecha permanentemente y que podemos por lo tanto seguir los pasos del Señor.

En el texto del Apocalipsis (11, 19ª.12, 1-6ª-10) el demonio busca devorar al hijo que va a nacer, pretendiendo destruir la redención humana, pero ese hijo varón es llevado a la gloria victorioso para quien se abrió el Templo de Dios que está en el cielo, y desde allí espera a su Madre  María Santísima, la cual anticipadamente resucita en medio de la muerte, porque es llevada al cielo en cuerpo y alma.
Nosotros cuando morimos sabemos que entramos en el estado de alma separada, para gozar de la vida eterna o padecer la condenación  de acuerdo a como haya sido nuestra vida, y la resurrección de nuestros cuerpos y la unión con el alma se dará al fin de los tiempos.

Pues bien, la unión cuerpo y alma, ya María la vivió anticipadamente, porque ella no  estuvo sometida a pecado alguno, ella participa del misterio de la muerte de su Hijo, ella también resucita, podríamos decir, anticipadamente ya que es llevada al cielo en cuerpo y alma,  a la derecha del Hijo y, desde allí intercede por nosotros.
Ella, al igual que Jesús, ha vencido a la muerte, ella al igual que Jesús intercede ante el Padre por cada uno de nosotros.
María Santísima ha recibido la plenitud de la gracia, tantos dones, que la llevan a constituir una mujer única y modelo para todos nosotros. Ella misma inspirada por Dios canta el Magníficat, reconociendo que Dios la ha elevado en su pequeñez, que ha obtenido todo por pura gracia, y por todo eso que Dios ha hecho sobre su persona, Ella es llamada la servidora del Señor.
Se ofreció totalmente al misterio de la redención, por lo que ha cosechado el fruto de esta redención que es la vida eterna.
En la bula del papa Pio XII, del primero de noviembre de 1950, cuando proclama el dogma de la Asunción de María Santísima, el pontífice recorriendo la historia de la Iglesia reconoce que desde la antigüedad ya se la veneraba como asunta al cielo en cuerpo y alma,  recordando, a su vez,  que ya los santos padres de la Iglesia coincidían en sostener este privilegio mariano

Queridos hermanos: este dogma mariano debe alimentar nuestra esperanza  de llegar a la gloria del cielo como María, para contemplarla a aquella que intercede por nosotros desde allí, `de allí la importancia de dirigirnos hacia esa meta viviendo aquí en la tierra los bienes del cielo que nos esperan.
 

 

Padre Ricardo B. Mazza. Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario y convento san Pablo primer ermitaño, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en la Misa de la Asunción de María Santísima.  15 de agosto de 2022. ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com

      
    
    



15 de agosto de 2022

Entregar la vida por la causa de Dios, por el seguimiento de Cristo, por el evangelio, supone vivir en medio de la división del mundo.

Los textos bíblicos de este domingo expresan una enseñanza central común a todos, y es que la entrega a Dios nuestro Señor no implica una vida cómoda, sino todo lo contrario, supone una vida que en definitiva es crucificada, ya sea  personal en cuanto debemos luchar contra aquello que busca apartarnos de Dios, y crucificada también porque implica luchar contra el mal, lo malo que hay en este mundo, para que reine Cristo nuestro Señor. 
De manera que la vida  presente, al comprometernos con seguir al Señor, no está  libre de persecuciones y de dificultades. 
Recorramos, pues, los tres textos y retengamos sus enseñanzas. 
La primera lectura del profeta Jeremías (38, 3-6.8-10) se ubica en el marco del dominio de Babilonia, que incursionando sobre Jerusalén había llevando al  exilio  a parte del pueblo y dirigentes, dejando un rey títere, Sedecías, el cual había resuelto aliarse a Egipto. 
El profeta, fiel a su vocación, es la voz del Señor y, anuncia que la ciudad va a caer porque no confían en Dios y prefieren aliarse con extranjeros para salvarse de Babilonia, cuando lo mejor sería aceptar ese dominio esperando la intervención divina. 
Jeremías, profeta de calamidades, es visto como enemigo de la tranquilidad pública, por lo que intentan matarlo en un aljibe, posteriormente por la providencia divina es rescatado de una muerte segura,  aunque después morirá en Egipto. 
El profeta  sabe perfectamente que su opción de servir a Dios le va a traer problemas y en última instancia la muerte, pero así y todo persevera en el servicio al que ha sido llamado. 
En la carta a los hebreos (12, 1-4) el texto continúa con lo que hemos proclamado el domingo pasado, cuando  se elogiaba a todos aquellos que vivieron en la fe y por la fe en Dios, comenzando por Abraham. Y así, enseña que el ejemplo  de esos testigos que vivieron de la fe, muestran opciones para continuar en la fidelidad a Dios. 
Es decir que para continuar fielmente al servicio de Dios, es necesario dejar de lado el pecado, y así, “despojémonos de todo lo que nos estorba, en especial, del pecado, que siempre nos asedia, y corramos resueltamente al combate que se nos presenta”. 
A su vez, para combatir al maligno y sus obras, el texto menciona la necesidad de que “fijemos la mirada en el iniciador y consumador de nuestra fe, en Jesús, el cual, en lugar del gozo que se le ofrecía, soportó la cruz sin tener en cuanta la infamia”, siendo por lo tanto la cruz  de cada día la opción que aparece ante nuestros ojos si queremos servir de verdad a Dios. 
Remata el texto observando que “piensen en Aquél que sufrió semejante hostilidad por parte de los pecadores, y así no se dejarán abatir por el desaliento”, que siempre acecha el corazón del hombre a causa de su debilidad, a pesar de su decisión de servir a Dios. 
De allí que recuerde que, “después de todo, en la lucha contra el pecado, ustedes no han resistido todavía hasta derramar su sangre”. 
Como se observa, nuevamente se nos recuerda que el seguimiento y servicio del Señor, no  estará para nada exento de persecuciones. 
Por eso, fundados en este ejemplo de Cristo muerto y resucitado, hemos de seguir buscando la voluntad de Dios. 
En el evangelio del día (Lc. 12, 49-53) nuevamente se repite la enseñanza que la entrega a Dios supone incomodidad, sufrimiento y persecución, y para nada una vida placentera, hecha realidad esta enseñanza en la persona de Cristo que tiene bien en claro que va a morir en la cruz, por lo que dice “Tengo que recibir un bautismo, ¡y qué angustia siento hasta que esto se cumpla plenamente!”. 
El Señor, además, aprovecha para afirmar que viene a traer fuego sobre la tierra, deseando que ya estuviera ardiendo, interpretando algunos que refiere al fuego del amor de Dios, o el fuego del Espíritu Santo que  ha de invadir  todo lo creado, y por ello entrega su vida. 
En definitiva, el rey del mundo que está junto al Padre, manifiesta un amor intenso por Dios y por cada uno de nosotros. 
Cada uno de nosotros, por el bautismo está llamado al seguimiento y ofrenda de su vida al Señor como medio para llegar a la meta de la bienaventuranza, cumpliéndose así que Cristo no viene a traer paz sino división a causa del seguimiento o rechazo de su Persona. 
Si optamos por seguir a Jesús estaremos perdiendo nuestra vida según la mirada mundana que sólo pretende guardarla de toda cruz por perseguir los deleites pasajeros del mundo sin Dios. 
Entregar nuestra vida por la causa de Dios, por el seguimiento de Cristo, por el evangelio, supone vivir en medio de la división donde dos estarán contra tres y tres contra dos, ya que las opciones de vida serán de seguimiento o rechazo de la verdad y santidad de vida.  
De cuánta gente estamos separados, incluso de familiares y amigos, porque no creen, porque no han elegido luchar contra el mal que reina en sus corazones, o no luchan contra el mal exterior,  o  que antes de seguir la voluntad de Dios prefieren una vida cómoda, de servicio al mundo o de servicio a ellos mismos. 
¡Cuántas veces decimos cuando nos juntamos, incluso con familiares, para que no haya problemas, “no hablemos de política, no hablemos de religión y no hablemos de fútbol, hablemos de otra cosa”! 
Sin embargo, el testimonio tenemos que darlo, por lo que perdemos amistades, y la relación entre familiares, no pocas veces. 
Para nosotros ha de ser crucial la afirmación de san Pablo cuando enseña que la caridad se goza en la verdad, esa verdad que hemos de vivir porque nos hace libres, ilumina nuestro corazón y lo mueve a la realización del bien. 
Queridos hermanos: preguntémonos entonces si estamos dispuestos a seguir a Cristo en nuestra vida diaria, aunque esto implique incomodidad, desprecio de parte de otros, estando como perdidos en medio de la sociedad, sufriendo no pocas veces la persecución. 
Pensemos que no estamos solos  ya que Jesús a la derecha del Padre vela por nosotros y, así como consoló Dios en su momento a Jeremías, aunque no lo libró de la muerte, así también seremos consolados por el Señor en medio de las pruebas.


Padre Ricardo B. Mazza. Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario y convento san Pablo primer ermitaño, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en la Misa del domingo XX del tiempo Ordinario. Ciclo “C”. 14 de agosto de 2022. ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com






8 de agosto de 2022

Dice Jesús: “No temas, pequeño Rebaño, porque el Padre de ustedes ha querido darles el Reino”


 

Escuchamos en el evangelio “No temas, pequeño Rebaño, porque el Padre de ustedes ha querido darles el Reino” (Lc. 12,32-48), coincidiendo esto con  la primera oración de la misa  en la que pedíamos a Dios que “confirme en nuestros corazones la condición de hijos tuyos, para que podamos entrar en la herencia prometida”.

Ya en el Antiguo Testamento existía “el pequeño rebaño” o “resto de Israel” formado por todos aquellos que se habían mantenido fieles a su Señor a pesar de las pruebas y persecuciones, y no se dejaban contagiar por la corrupción de su época.

También en nuestros días, en medio de tanta confusión y tinieblas, con tantos cultos religiosos, sectas y demás, en un mundo pagano en el que no pocos  han dejado de creer en el Dios verdadero, no es fácil mantenerse como miembro del pequeño Rebaño de los elegidos.
Los que permanecieron fieles en el pasado o los  que nos mantenemos fieles en la actualidad al Dios de la Alianza, nos cabe la seguridad de que  el Señor está presente.

En efecto, Dios ha realizado siempre maravillas a favor de sus elegidos y que le han respondido, como destaca precisamente el libro de la sabiduría en la primera lectura (Sab. 18, 5-9).
El texto  va mostrando cómo Dios está con el pueblo elegido, lo saca de la esclavitud de Egipto, aniquila a sus enemigos y favorece a los fieles porque “Tu pueblo esperaba, a la vez, la salvación de los justos y la perdición de sus enemigos; porque con el castigo que infligiste a nuestros adversarios, Tú nos cubriste de gloria, llamándonos a ti".

Sin embargo, en medio del pueblo elegido había no pocos que eran infieles a la alianza hecha con Dios, por eso el Antiguo Testamento, podríamos decir, que va describiendo la fidelidad de Dios por un lado y la inconstancia del pueblo elegido que se mantiene fiel a Dios por un tiempo, luego va detrás de los ídolos, después vuelve nuevamente a Dios, quedando en evidencia el corazón caprichoso del hombre.
También en nuestros días, no pocos creyentes viven la fe católica a su manera, desvirtuando la verdad, que se ve opacada o dejada de lado, resultando nada fácil escapar de la confusión o del mal ejemplo que existe en medio de la Iglesia.
Por eso la necesidad de recurrir a Jesús para que podamos estar firmes en la fe en su persona y vivamos sus enseñanzas, esa fe que como enseña la carta a los hebreos (11,1-2.8-19) nos da certeza de las cosas que no vemos, ya el conocimiento de la fe es un conocimiento muy especial, al darnos  certeza de lo que no hemos visto, ya que se trata de la fe sobrenatural.
Nosotros estamos acostumbrados a la fe llamémosle natural, cuando alguien nos asegura algo y nosotros sin haber visto creemos si la persona que afirma esto es digna de confianza.

En la fe sobrenatural es el mismo Dios, o Cristo que nos habla de las cosas del Padre, y Jesús nos introduce en esta vida nueva llamándonos pequeño rebaño y que el Padre nos quiere entregar su Reino, entregar una vida nueva, una existencia distinta.
Cada día viene a nuestro encuentro el Señor con la liturgia de la Palabra y cuando nos alimenta con su Cuerpo y con su Sangre, e invita a la vigilancia, indicando con esto la atención puesta en vivir siempre la voluntad de Dios, la prontitud para responder a la misma, para que el error o el engaño no nos confundan.
Llamado a la vigilancia porque no sabemos el día y la hora en que Él vendrá, porque así como acontece con el ladrón que no sabemos cuándo vendrá para esperarlo y reducirlo, así sucede con Cristo que sabemos con certeza que vendrá, pero no cuándo, por lo que toda nuestra vida debe ser una vigilante espera para recibirlo.
No pensar que la venida del Señor tarda, o que no será hoy o, no será mañana, o será mucho tiempo más adelante, porque su llegada es sorpresiva pero no para asustar a nadie sino para esperarlo.
Esa llamada a la vigilancia manifiesta la necesidad de estar siempre atentos a la voluntad de Dios nuestro Señor, considerados a encontrarnos con Jesús que nos viene a pedir cuenta de lo que nos ha dado en administración, sobre  cuantas cosas hemos recibido.
Por eso cada noche podríamos hacer, aunque más no sea un breve examen de conciencia, y preguntarnos cómo he vivido hoy el día, si hemos escuchado la voz del Señor, si he  cumplido con mi deber de estado, si he transitado  el día en el amor a Dios y al prójimo, cómo he tratado de avanzar en la vida cristiana, en la vida de santidad, cómo luché contra mis debilidades, contra mis pecados, cómo evité las caídas que me impiden encontrarme con el Señor, de manera que recordemos siempre que estamos invitados a una vida nueva.

Jesús nos dice en el Evangelio que allí donde está tu tesoro está tu corazón, preguntémonos pues,  dónde está mi corazón, dónde están puestos mis afectos,  quién es  realmente más valioso para mí, si otros tesoros o es el mismo  Cristo nuestro Señor el tesoro escondido.
Cristo nuestro Señor nos espera, vayamos a buscarlo en cada momento, caminemos por la fe como Abraham, como tantos que siguieron buscando al Señor movidos por la fe, por la certeza de las cosas que no se ven, como  la vida eterna que sabemos nos espera.
Elevemos nuestra súplica para que siempre nos ilumine Dios y nos otorgue la fuerza necesaria para seguir su palabra y crecer en la vida de santidad.


Padre Ricardo B. Mazza. Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario y convento san Pablo primer ermitaño, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en la Misa del domingo XIX del tiempo Ordinario. Ciclo “C”. 07 de agosto de 2022. ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com

 

               
    


2 de agosto de 2022

No se puede servir a dos señores, a Dios y al dinero (Mt. 6, 24), porque esto es incompatible para un verdadero seguidor del Señor.

En la antífona del Salmo responsorial (Ps 89) pedíamos a Dios que nos conceda la sabiduría que de Él proviene, que implica adquirir el conocimiento para vivir bien según su voluntad y no según el pensamiento del mundo que es precisamente lo que cuestionan los textos bíblicos de hoy.
La primera lectura tomada del libro del Eclesiastés (1,2;2,21-23), cuyo autor  escribe doscientos años antes de Cristo,  refiere a la vanidad de los esfuerzos que muchas veces hace el hombre inútilmente, pensando que éstos son perdurables, cuando en realidad se esfuman fácilmente,  porque es fugaz el querer alargar la vida, pretender poseer más bienes, alcanzar mayor prestigio.
El texto insiste en que todo es vanidad, término  que aparece setenta y tres veces en el Antiguo Testamento, de las cuales treinta y ocho veces en el libro del Eclesiastés.
El autor no quiere presentarnos una imagen tremendista de la vida sino  la realidad de las cosas para que el hombre no caiga y se crea los relatos de la existencia humana que el mismo se fabrica.
Entonces el autor es brutal para afirmar la vanidad de todo lo que existe en nuestra vida.  El término significaba en su origen “soplo de viento”, o” “exhalación”, “realidad inconsistente y transitoria”, apunta  a aquello que no dura, que es precario, lo que no permanece, por eso es una palabra  muy fuerte que debe hacer reaccionar al ser humano en el sentido de buscar la sabiduría del corazón que proviene de Dios, de manera que valoremos lo importante.
Precisamente san Pablo (Col. 3, 1-5.9-11) refiere a lo que es trascendental en la vida humana diciendo “Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo donde Cristo está sentado a la derecha de Dios. Tengan el pensamiento puesto en las cosas celestiales”
Y esto  es así, porque que el bautizado al haberse aplicado en él el misterio Pascual de la muerte y resurrección del Señor, ha muerto al hombre viejo y ha nacido como hombre nuevo,  por eso es que San Pablo insiste en la necesidad de buscar los bienes del cielo, para que esta realidad le de sentido, ilumine las cosas de este mundo y nos haga ver realmente lo que es  perdurable y lo que es  transitorio.
El apóstol coherente con esta nueva existencia cristiana insiste en la necesidad de hacer morir en nuestros miembros todo lo que es terrenal, la impureza, la lujuria, los malos deseos, la pasión desordenada y a la  avaricia que es una forma de idolatría.
De hecho, respecto a la avaricia, Jesús dice  que no se puede servir a dos señores, a Dios y al dinero  (Mt. 6, 24) porque esto es incompatible para un verdadero seguidor del Señor.
Entiéndase bien que no es ilícito pretender llevar una vida más holgada económicamente hablando, llevar una existencia mejor para estar liberado de preocupaciones y angustias, pero sí lo es  convertirse en esclavo del dinero  y servirlo como si fuera Dios.
Justamente en el evangelio (Lc. 12, 13-21) Jesús nos enseña que nadie tiene asegurada su vida por las riquezas que tiene.
Y a su vez, al respecto, Santo Tomás de Aquino en la Suma Teológica  hablando acerca del fin último del hombre, recuerda  que todos aspiran a un fin último en la vida, pero la  diferencia está en que algunos aspiramos a Dios y otros han puesto como fin último al dinero, al poder y la gloria persona o el placer, cosas estas que no  satisfacen por completo porque son efímeras, son pura vanidad.
En el texto del Evangelio relacionado con esto, una persona le dice a  Jesús que intervenga en el reparto de una herencia, que probablemente la había recibido entera su hermano mayor según costumbre de la época, y que en caso de conflicto le tocaba al rabino intervenir o mediar entre varios en disputa.
Al respecto, conocemos de sobra situaciones de este tipo, que provocan, a causa de herencias, enemistades permanentes en miembros de una misma familia, que terminan odiándose, por lo que no debe admirar que Jesús diga que no es  árbitro o juez.
El Señor invita a elevar la mirada, a poner nuestra confianza no en las cosas de este mundo, buscando cómo resolver esto  desde una actitud nueva. Es cierto que la injusticia duele pero tenemos que tener confianza en Dios que muchas cosas las resuelve Él teniendo en cuenta que lo que se ha conseguido de mala manera se pierde también con el tiempo. ¡Cuántas situaciones quizás  hemos conocido de esta manera!
Por eso, hemos de escuchar al Señor que dice que la vida del hombre no está asegurada por la riqueza que tiene, como la situación de este hombre a quien le iba  magníficamente bien, consigue grandes ganancias y comienza a pensar qué hago ahora con toda esta fortuna.
Dónde guardo tantos bienes es la pregunta, porque en realidad siempre las grandes riquezas traen grave preocupaciones, temor a ser robado, o perder todo por situaciones fortuitas.
El razonamiento de este hombre no se dirige a favorecer a alguien con esa fortuna, a crear fuentes de trabajo que sostengan a no pocas personas, sino que se centra en sus propios intereses para lo cual no hay más solución que acumular y disfrutar de la riqueza durante los años de vida que le queden.
¿Qué dice Jesús? que Dios le dijo “insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?”
Esa noche murió y se quedó sin nada, porque a la tumba no se lleva nada, por eso Jesús dice que las riquezas no aseguran la vida del hombre, la seguridad hay que ponerla en otra parte.
Queridos hermanos: sigamos insistiendo en esta súplica del principio, poder alcanzar  la verdadera sabiduría del corazón y así conducirnos en la vida siendo guiados por el Señor que nos interpela para buscar ser rico a los ojos de Dios y poseer las actitudes correctas en orden a crecer en la vida de santidad.

Padre Ricardo B. Mazza. Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario y Convento san Pablo primer ermitaño., en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el domingo XVIII durante el año. Ciclo C. 31 de Julio de 2022 ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com