25 de mayo de 2026

El Espíritu viene a nuestro corazón para que sepamos valientemente transmitir el evangelio de Cristo.


Con la venida del Espíritu Santo sobre la Iglesia naciente comienza  la actividad misionera de la misma, Iglesia de la que formamos parte todos los bautizados. 
Es cierto que ya hablamos del nacimiento de la Iglesia del costado abierto de Cristo, cuando salió sangre y agua, signo del bautismo y de la eucaristía, y también cuando el evangelio afirma que Jesús exhaló su espíritu al morir, es decir, nos entrega a la tercera persona de la Santísima Trinidad. 
Sin embargo, la venida del Espíritu Santo la vivimos  plenamente en el día de Pentecostés, 50 días después de la resurrección del Señor. 
Jerusalén es un hervidero de gente, se han hecho presente los judíos de la diáspora, es decir, los que vivían fuera de Jerusalèn, en otros paìses y poblados y están celebrando la fiesta judía de Pentecostés.
Esta fiesta, en un  primer momento se celebraba para dar gracias a Dios por los frutos de la tierra, de las cosechas, pero después se transformó en conmemoración del momento en que Dios entrega las tablas de la ley en el Sinaí. 
Y he aquí que el Padre y el Hijo envían al Espíritu Santo, que desciende en forma de lenguas de fuego sobre la Virgen y sobre los apóstoles, y comienzan a hablar en distintas lenguas manifestando  la diversidad humana que vive la misma fe.
Y ahí viene lo extraño, lo prodigioso, todos entienden perfectamente lo que los apóstoles hablan, partos, medos, elamitas, los que vienen de la  Mesopotamia, todos escuchan a los apóstoles y los entienden perfectamente, y esto es porque el Espíritu Santo es el que habla a través de ellos.
Este hecho está significando que en todo el mundo, aunque haya diversidad de idiomas, comienza el único culto al Dios verdadero, o sea, en todas partes se da gloria a Dios. 
Cada país con su idioma, con sus costumbres, con su diversidad, pero un único culto al Dios Uno y Trino.
Es el Espíritu el que va obrando a través de la diversidad de lenguas, de costumbres, de pueblos, de naciones, el Espíritu Santo que opera en cada uno de nosotros, para que podamos decir abbá, es decir, Padre.
El Espíritu Santo que nos hace ver que cada uno de nosotros, como lo recuerda San Pablo a los Corintios, tiene una misión que cumplir en la Iglesia, y que ésta es un cuerpo. 
De manera que  así como el cuerpo humano tiene diversos miembros, pero es uno solo, así también el Cuerpo de la Iglesia, cuya cabeza es Cristo, tiene muchos miembros con diversas actividades, puestas al servicio de la comunidad.
De manera que todas las habilidades, virtudes, cualidades que el Espíritu derrama sobre el corazón de cada uno, son para construir una única Iglesia, un único Cuerpo, de tal modo que haya unidad, no uniformidad.  Es por eso que el corazón de cada creyente debe estar abierto para recibir lo que Dios le quiere transmitir.
Jesús, nuestro Señor, que ha vuelto al Padre, como celebramos el domingo pasado, envía ahora al don del Espíritu Santo. 
El cirio pascual, que todos estos días ha estado encendido aquí, nos estaba indicando la presencia de Cristo resucitado. Hoy el cirio se guarda porque comienza la actividad del Espíritu de Cristo resucitado, que continúa la obra del Señor. 
Así como el Espíritu ilumina a los apóstoles para que comprendan y entiendan todo lo que Jesús les enseñó, también viene a nuestro encuentro para iluminar nuestra inteligencia y podamos comprender y entender lo que el Señor nos transmitió. 
Y así como el Espíritu también se derrama en el corazón de los apóstoles para que intrépidamente lleven el evangelio a todas partes sin miedo alguno, así también el Espíritu viene a nuestro corazón para que sepamos valientemente transmitir el evangelio de Cristo.
Ese Espíritu que obra maravillas en el seno de la iglesia, por ejemplo, cuando suscita mártires, hombres y mujeres que son capaces de morir y derramar su sangre por Cristo. Precisamente en estos días, el Papa León XIV autorizó la beatificación de 80 mártires, víctimas de la guerra civil española, que fueron muertos por odio a la fe. 
En este sentido, lo que se narra de ellos es realmente tremendo, atados con piedras algunos y arrojados al mar, otros encarcelados en buques y siendo exterminados poco a poco, como en el caso de un sacerdote que pidió que lo maten en el último lugar, porque quería aprovechar todo el tiempo para seguir absolviendo, para seguir dando el don del Espíritu a través del sacramento de la reconciliación a tantos prisioneros que iban a ser también ejecutados.
El martirio, justamente, es una prueba evidente de cómo el Espíritu es capaz de transformar el miedo  ante la muerte o  el sufrimiento, en algo virtuoso para que puedan dar testimonio de Cristo, testimonio de la verdad que se vive y que se proclama con el ejemplo. 
Pidamos al Espíritu Santo que venga a nosotros con sus siete dones, que venga a transformarnos para que, en medio de este mundo que nos ha tocado vivir tan alejado de Dios, podamos mostrar que el Espíritu  transforma, y hace nuevas criaturas, y  ayuda a tomar nuestra fe con nuevos bríos,  manifestando el esplendor del mismo Dios a través de nuestra palabra y de nuestras obras.


Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía  en la Solemnidad de Pentecostés.  ciclo A. 24 de mayo de 2026

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