Celebramos hoy la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, misterio de fe que reconoce que en las especies de pan y vino, una vez consagradas en la santa Misa, se contienen verdadera y realmente el cuerpo, sangre, alma y divinidad de Jesús.
El Hijo de Dios se encarnó en el seno de María Santísima, haciéndose presente en la historia humana, acompañándonos en nuestra historia personal, y vuelto al Padre en su humanidad, ha querido quedarse con nosotros hasta la consumación de los siglos bajo las especies eucarísticas de pan y vino.
Ha elegido el pan y el vino porque son alimentos comunes en toda mesa humana, frutos de la tierra y del trabajo del hombre, signos de la humildad y pequeñez humana, que se enaltecen cuando se transforman en el cuerpo y sangre del Salvador.
El maná que alimentaba al pueblo elegido en su caminar por el desierto (Deuteronomio 8,2-3.14-16), fue anticipo de lo que sería después la Eucaristía, con la diferencia que el maná conducía a la muerte, mientras que la Eucaristía otorga la vida eterna.
San Pablo (1 Cor 10,15-17) dirá que tanto el vino que bendecimos como el pan que partimos, una vez convertidos, nos permiten unirnos al Cuerpo y Sangre del Señor individualmente, pero a su vez une a todos los que participamos del mismo misterio, formando un solo cuerpo que es la Iglesia.
Ahora bien, en el texto del evangelio (Juan 6,51-58), Jesús asegura a los judíos que quien lo coma como pan bajado del cielo, vivirá eternamente. Los judíos sorprendidos se preguntan "¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne? Y el Señor sigue insistiendo en la necesidad de comer su carne y beber su sangre para tener vida eterna y ser resucitado en el último día.
Estas palabras del Señor dirigidas a los judíos, no sólo es un mensaje claro referido a la Eucaristía, que por cierto tiene un efecto diferente a la comida del maná, sino que es un llamado a la conversión, a dar un primer paso por el camino de la fe en su divinidad.
Si no creen que Jesús es Dios, tampoco podrán descubrir el misterio insondable de su entrega total que implica la Eucaristía alimento.
Por otra parte, comer la carne del Señor y beber su sangre, lleva a vivir por Él, como enseñara san Agustín, al afirmar que con este alimento formamos parte de Jesús y no Jesús de nosotros.
Por cierto, este alimentarnos con el Señor, requiere estar en gracia de Dios, es decir, sin que habite en nosotros el pecado mortal, obstáculo que impide llegar a ser una sola cosa con el Señor de la Vida.
Queridos hermanos: Así como somos capaces de hacer esfuerzos y sacrificios para obtener el pan material, de la misma manera hemos de estar dispuestos a renuncias personales para ser siempre dignos de recibir este alimento que prepara para la vida eterna.
Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en la Solemnidad del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Ciclo A. 07 de junio de 2026

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