14 de septiembre de 2026

El evangelio hace ver la contradicción interior en el hombre, que pretende ser perdonado por Dios, pero en su corazón guarda rencor al hermano..

El texto de la carta a los romanos (14,7-9) que acabamos de proclamar constituye el marco de referencia de las otras dos lecturas. 
San Pablo dirá que "Cristo murió y volvió a la vida para ser Señor de los vivos y de los muertos" "por lo que ya en la vida o en la muerte pertenecemos a Él". Y así, "Si vivimos, vivimos para el Señor. Si morimos, morimos para el Señor".
Esto ha de servir de referencia para nosotros siempre, de modo que cada vez que obramos, hemos de preguntarnos, ¿Esto me ayuda a vivir para el Señor y acercarme màs a Él?
Por lo que cada vez que actúo en esta vida, he de pensar que tengo que morir para el Señor, que es el centro de mi existir.
Esto es muy importante tenerlo en cuenta, porque alrededor de esta verdad gira todo comportamiento aquí en este mundo.
San Mateo (18, 21-35) en el evangelio ofrece la última parte del discurso eclesiológico de Jesús, en el cual habla del perdón que hemos de tener para con nuestros hermanos. 
El domingo pasado era la corrección fraterna, hoy el perdón. 
Pero ya en el Antiguo Testamento (Eclo 27,33-28,9) se habla de este tema: "El rencor y la ira son abominables, y ambas cosas son patrimonio del pecador" "El hombre vengativo sufrirá la venganza del Señor, que llevará cuenta exacta de todos sus pecados. Perdona el agravio a tu prójimo, y entonces, cuando ores, serán absueltos tus pecados" .
Reprocha además el texto,  que pretendamos el perdón divino cuando al mismo tiempo somos incapaces de perdonar.
La sagrada escritura, pues, hace ver esta contradicción interior en el corazón del hombre, que pretende ser perdonado por Dios, pero en su corazón guarda rencor al hermano. 
¿Cuántas personas odian a alguien o a muchos, y están colmados de pensamientos de venganza, imaginándose  hacer cualquier cosa, si pudieran, en contra de quien es considerado como enemigo?. ¡Cuánta gente enemistada por tonteras, por pavadas! Porque me miró mal, porque no me saludó, porque pasó esto, porque pasó lo otro, porque dijo algo que a mí no me gusta, porque piensa de distinta manera que yo, suelen ser los pretextos para vivir resentidos.
¿Qué sucede cuando llega el momento de repartir la herencia de algún difunto?, ¡Cuántas veces no existe ni hermano, ni hermana, ni pariente, ni nada! ¡Personas que quedan enemistadas  toda su vida por unos miserables pesos!  
Pretendemos ser perdonados por Dios como este servidor que debía diez mil talentos, una suma extraordinaria, imposible de devolver (Mt. 18, 21-35), el cual es perdonado porque suplica ante su señor, salvándose de ser vendidos como esclavos, tanto él como toda su familia, esposa e hijos.
Sin embargo, ¿Qué hace este? En lugar de aprender la lección y hacer lo mismo, se encuentra con un compañero que le debe una minucia y lo agarra del cuello hasta casi  ahogarlo, reclamando que pague lo que  debe. 
El otro le pide de rodillas que le dé tiempo y  lo pagará todo,  sin embargo, el acreedor lo hace meter en la cárcel. 
El texto del evangelio es crudísimo al mostrar la diferencia de comportamiento, y no exagera, porque muchas veces acontece en la vida del cristiano.
La gente que ha visto todo se llena de tristeza y cuenta al rey lo que ha sucedido, el rey lo llama y le echa en cara su comportamiento, ya que no fue capaz de perdonar al deudor como  también él había sido perdonado.
Dicho esto, el rey le exige pagar lo adeudado, y como esto resultaba imposible, son vendidos él y su familia como esclavos, como era habitual  como forma de pago de deudas.
El texto deja, entonces, una lección hermosísima cuando termina, porque Jesús recuerda que su Padre nos  tratará de la misma manera si  no somos capaces de perdonar. 
Por lo tanto, hay que poner las barbas en remojo, pues sabemos lo que nos depara  si nos dejamos llevar por la ira, por el odio, por la venganza. 
Hay gente que desde que se levanta hasta que se acuesta, está pensando a quién odiar más o a qué persona más agregar a su catálogo de víctimas del odio, porque todo les cae mal, o les da rabia que haya quienes piensen distinto.
Y entonces, ¿Qué nos espera? En el sacramento de la confesión, justamente, el Señor perdona nuestros pecados setenta veces siete, o sea, siempre que estemos arrepentidos.
Siempre que nos confesemos con corazón arrepentido y dispuestos a cambiar, combatiendo nuestras debilidades.
Esto es muy importante tenerlo en cuenta, o sea, pretender ser perdonados implica también perdonar a los demás y buscar la conversión de corazón. 
Pidámosle al Señor ser liberados del odio, ya que es uno de los pecados que más nos asemejan al demonio, porque este se separó de Dios por la soberbia, pero se alimenta del odio al ser humano, e incluso, ellos mismos  se odian entre sí.
En efecto, según relatan algunos exorcistas, descubren en los exorcismos que los mismos demonios se odian entre si, y no quieren ir al infierno, prefieren estar deambulando por allí, conquistando incautos para el reino de las tinieblas. Hermanos, pidamos al Señor que nos libere de todo eso para que podamos vivir como verdaderos hijos de Dios.

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía  en el domingo XXIV del tiempo litúrgico durante el año.  Ciclo A. 13 de septiembre de 2026

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