1 de julio de 2009

“Señor, Tú sabes que te quiero”.


Esta condición de grandeza está al alcance de cada uno, con la fuerza que viene de lo alto.

Todo depende que ante ese Señor de la historia que nos dice a cada uno en lo más secreto del corazón “¿me amas?”, le sepamos responder, “Tú sabes que te quiero”.

Estamos celebrando la misa de la Vigilia de la Solemnidad de los Apóstoles San Pedro y San Pablo.

Los textos bíblicos de la liturgia nos llevan como de la mano a entender este misterio que encierra la vocación de Pedro y Pablo, y que aparece como prototipo de todo llamado de Dios, de toda vocación que Él quiera.

Encontramos una afirmación cargada de ternura de parte de Pedro, que es como la clave de la liturgia de esta tarde: “Señor, Tú sabes que te quiero”.

Cuando alguien es capaz de pronunciar estas palabras delante del Señor, es porque a pesar de las infidelidades propias del ser humano, tiene una orientación fundamental de la vida hacia Jesús, el Único que da sentido a la vida humana.

Jesús le pregunta tres veces a Pedro acerca de su amor para con Él, ya que tres veces lo había negado.

Se trata de un reproche del Señor cargado de dulzura, de amistad, como diciéndole:”Yo sé que tú me has abandonado pero yo estoy buscándote para asegurarte que no te despojo de lo que te he dado. Te elegí como piedra visible de la Iglesia que he fundado, pero no me arrepiento de haberlo hecho. Cuando te elegí sabía de tus debilidades, pero conocía tu decisión de corresponder a ese amor que yo te he brindado desde el comienzo”.

Sin duda alguna aparece nuevamente Dios como el que ama primero tal como lo manifestara en la creación, en la redención y a través de la santificación de cada uno.

Por eso, este reclamo del Señor dirigido a Pedro y a cada uno de nosotros es un reclamo que apunta en definitiva a una vida más plena: “Pedro, ¿me amas?”, “Señor, tú sabes que te quiero”.

Cada uno de nosotros está invitado a sentirse interpelado por el Señor, a abrir el corazón y la mente para que nos pregunte por nuestro nombre: “¿Me amas realmente a través de tus pensamientos, palabras y acciones?, ¿me amas?”

Y con ese amor, “¿estás respondiendo a la predilección que tengo por ti y manifiesto permanentemente?”-pareciera repreguntar Jesús.

Cada uno así solicitado por el Señor, está invitado a responder: “Señor, Tu sabes que te quiero”.

Y a partir de esta afirmación comienza una nueva vida para el bautizado, a pesar de las infidelidades y pecados causados por la debilidad humana.

Cuando una persona ha sabido decir “Señor, tú sabes que te quiero”, está tomando la decisión de orientar su vida a Cristo.

Al encontrarse con el Señor ya no habrá más trampas, engaños, ni distracciones, ni el dejarlo a Él para buscar otras metas, otros rumbos.

El Señor se compromete con ese amor que suscita, transformando de tal manera el corazón del hombre, que lo hace capaz de realizar aquello que enaltecen el nombre de Dios y el de la persona que origina esas obras.

Y así lo encontramos a Pedro, con Juan, junto a la puerta llamada la Hermosa en Jerusalén, curando al paralítico: “No tengo oro ni plata, pero lo que tengo te lo doy “, y en nombre de Jesucristo lo sana.

El poder que tienen tanto Pedro como Juan para curar, es fruto de la afirmación “Señor, tu sabes que te quiero”.

Porque el amor a Cristo no solamente permite recibir gracias especiales de parte de Él, sino que uno mismo como que se anima a cosas superiores a las que podemos hacer en el nombre del Señor ordinariamente.

El recién curado entró al templo saltando, gritando, alabando a Dios, y la gente que lo veía también alababa a Dios. Siempre está la alabanza dirigida al Señor.

Las miradas no están puestas en Pedro y Juan sino en Dios porque el pueblo que vive de la fe reconoce que Juan y Pedro sólo han sido instrumentos en las manos de Dios, y que Dios es el que actúa.

El apóstol, es decir el “enviado”, lo es para que por medio de sus palabras y acciones que van manifestando el misterio de Dios, vaya provocando en el corazón del “resto”, es decir de los fieles, la glorificación de Dios, el dirigirse siempre al Creador.

En definitiva, por la acción curativa que recibe, el paralítico curado es interpelado para que también él pueda decir:”Señor, tú sabes que te quiero”, “tú sabes que te agradezco esta curación. Estaba paralítico, no sólo en el cuerpo sino también en el espíritu, en el corazón y Tú me has librado, por eso repito, Tú sabes que te quiero”.

El Apóstol San Pablo nos habla de cómo percibió el amor de Dios. Perseguía -celoso por sus creencias y con odio- a los cristianos, y cuanto más daño hacía entre ellos, más feliz se sentía. Y su sed de odio parecía que nunca se apagaría.

Hasta que Aquél que lo eligió desde el vientre de su madre –confiesa Pablo- lo llamó por su misericordia. Nuevamente la iniciativa del amor la tiene Dios:”Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”, “¿Quién eres Señor?” Soy Jesús a quien tú persigues”.

En ese momento, Saulo comienza su proceso de conversión, cambia totalmente, reconoce el amor del Señor y con su obrar futuro sabrá decir: “Señor, Tú sabes que te quiero”. “¿Cómo no voy a quererte, después de lo que has hecho por mí?”

Y Pablo tuvo una experiencia tan profunda en su interior, de la acción divina en su corazón, que fue capaz de sufrir inmensas pruebas en su vida por la causa del Evangelio. Él recordará que sufrió persecución, cárcel, frío, calor, hambre, sed, miserias de todo tipo, incomprensión, odio, desprecio, todo por la causa de Cristo, por predicar su Evangelio.

El Apóstol sintiéndose elegido, pareciera decir emocionado: “Seguiré trabajando Señor, porque tú sabes que te quiero”, y porque reconoce que todo lo puede en aquel que lo conforta.

Y así, Pablo y Pedro, vivirán a fondo esta vocación de amor de aquel que los ha elegido y enviado para dar testimonio.

Y este, “Señor, tu sabes que te quiero”, estuvo presente también en el momento del martirio.

Es ante el momento de la muerte, Pablo por la espada y Pedro por la cruz, donde repetía cada uno “Señor, tu sabes que te quiero”.

No rechazaron la penuria del martirio, no dijeron “¡Después de todo lo que hicimos tenemos que padecer el martirio!”.

No, sabían perfectamente que ellos no podían ser diferentes al Maestro.

Si Jesús había muerto por ellos en la cruz, también ellos debían derramar su sangre por el que primero la había derramado por ellos.

Y allí en la muerte volvieron a decir cada uno:”Señor, tu sabes que te quiero”.

Qué hermosa vida la de estos dos hombres que con sus defectos, debilidades y miserias, pero también con sus grandezas, manifestaron y manifiestan al mundo lo que es capaz de realizar el hombre cuando responde a la gracia de lo alto.

Esta condición de grandeza está al alcance de cada uno, con la fuerza que viene de lo alto.

Todo depende que ante ese Señor de la historia que nos dice a cada uno en lo más secreto del corazón “¿me amas?”, le sepamos responder, “Tú sabes que te quiero”.


Padre Ricardo B. Mazza. Director del CEPS “Santo Tomás Moro”. Reflexiones sobre los textos bíblicos de la Vigilia de los Apóstoles Pedro y Pablo. 28 de junio de 2009. Hechos 3,1-10; Gál.1, 11-20; Jn.21, 15-19.-

ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com; www.nuevoencuentro.com/tomasmoro.-

28 de junio de 2009

Tomás Moro, un político “testimonial”. (Segunda parte)


“Santo Tomás Moro se distinguió por la constante fidelidad a las autoridades y a las instituciones legítimas, precisamente porque en las mismas quería servir no al poder, sino al supremo ideal de la justicia. Su vida nos enseña que el gobierno es, antes que nada, ejercicio de virtudes” (carta nº 4).
Por P. Ricardi Bautista Mazza

4.-El testimonio de su vida particular y familiar.
Continúa describiendo Juan Pablo II a Tomás Moro en su vida familiar diciendo que “Sintiéndose llamado al matrimonio, a la vida familiar y al compromiso laical, se casó en 1505 con Juana Colt, de la cual tuvo cuatro hijos. Juana murió en 1511 y Tomás se casó en segundas nupcias con Alicia Middleton, viuda con una hija. Fue durante toda su vida un marido y un padre cariñoso y fiel, profundamente comprometido en la educación religiosa, moral e intelectual de sus hijos. Su casa acogía yernos, nueras y nietos y estaba abierta a muchos jóvenes amigos en busca de la verdad o de la propia vocación”. (Carta nº 2).
La santidad de vida del creyente se acrecienta asumiendo desde la fe los compromisos propios del deber de estado, siendo el matrimonio y la familia uno de los ejes más importantes de toda existencia humana.
Así lo entendió Tomás Moro quien desde el hogar fue creando un ámbito propicio en el que se nutrían sus descendientes por medio de la transmisión de la fe católica y de un proyecto de vida profundamente humano en el que se destacaban las virtudes tanto personales como las relacionadas con la vida social.
“En este sentido, partiendo del amor y en constante referencia a él, el reciente Sínodo ha puesto de relieve cuatro cometidos generales de la familia:1) Formación de una comunidad de personas; 2) servicio a la vida; 3) participación en el desarrollo de la sociedad;
4) participación en la vida y misión de la Iglesia.”(Exhortación Apostólica de Juan Pablo II “Familiaris Consortio, nº 17).
Adelantado a su época, Tomás Moro bregó en sus matrimonios y familias respectivas por llevar a cabo estos cuatros cometidos señalados.
Es suficiente mirar a nuestro alrededor para advertir sin mucho esfuerzo que es la familia la que permite la realización plena del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios.
Gracias a esa semejanza con Dios, el hombre lleva en su ser impreso el misterio más grande de la grandeza humana, es decir, que sólo se es auténticamente hombre cuando la riqueza de la comunidad divina se continúa en la creatura humana.
Para realizar este cometido, necesita el ser humano conocerse como persona no cerrada sobre sí misma, sino llamada a formar comunidad con los demás prójimos, sean los unidos a él ya por los lazos de sangre, amicales o ciudadanos.
Cuando desde la intimidad personal descubrimos también al otro como imagen y semejanza del totalmente “Otro”, es cuando es posible establecer puentes para constituir comunidad, familia.
En el hallazgo de la comunidad y del “otro”, en el totalmente “Otro”, el ser humano se abre a la vida ya que comprende su valiosidad ejemplar que jamás puede ser vulnerada, poseída, pisoteada o despreciada en aras del enclaustramiento más feroz del egoísmo.
En nuestra época, en cambio, el “otro” ha sido devaluado de tal manera que hasta los que se dicen querer ejercer como políticos, hacen selección interesada de su prójimo, estando prontos a satisfacer a las minorías “progresistas” que no dudan en sacrificar en al altar de Moloc por medio del aborto a los niños no nacidos, o arrinconar a los ancianos y enfermos a los que consideran inútiles para una sociedad hedonista, o eliminarlos por la “eutanasia” bajo la fórmula siniestra de un postulado autodenominado “derecho a la muerte”.
Ni qué decir que se hacen eco de las apetencias de ciertos “colectivos” que pugnan por nuevas “versiones” del matrimonio y de la familia que no integran lo que el Creador ha formulado para la naturaleza humana.
Estas propuestas de políticos argentinos, autoproclamados algunos como “defensores de la ética”, avasallan sin ninguna vergüenza los principios más elementales que protegen la vida, ya naciente, ya en su desarrollo o en su postrimerías, a la dignidad del matrimonio y de la familia, como si la verdad de esto dependiera del “voluntarismo” de su capricho oportunista y no de fundamentos que tocan al mismo hombre en su ser.
Para ellos la “ética” sólo mira el negociado, o el enriquecimiento ilícito, y no a la persona misma que se la vulnera caprichosamente, como si pudiera existir honestidad para gobernar o legislar si se desprecia al ser humano en su derecho primero cual es el de la vida, y a su deber primero cual es el de reconocerse como cada uno es biológicamente, llamado a la comunidad tan enaltecedora de la persona como lo es el matrimonio y la familia, según el designio del Creador.

5.-El testimonio como laico “en el mundo” y “en la Iglesia”.

En un tiempo histórico tan especial como le tocó vivir, Tomás Moro intuyó que como bautizado debía hacer un aporte concreto a la sociedad como lo señala Familiaris Consortio (nº 17). Lo hizo viviendo de modo extraordinario lo que le correspondía realizar cotidianamente.
Como ya advirtiera desempeñó cada tarea que se le encomendó para bien de su país y de cada conciudadano, sin buscar nunca las honras tan fugaces como el tiempo, por las que muchos ponen alma y vida para obtenerlas por cualquier precio.
Participando en la “vida y misión de la Iglesia” (cf. FC nº 17), “En 1532, no queriendo dar su apoyo al proyecto de Enrique VIII que quería asumir el control sobre la Iglesia en Inglaterra, presentó su dimisión”. …“Constatada su gran firmeza en rechazar cualquier compromiso contra su propia conciencia, el Rey, en 1534, lo hizo encarcelar en la Torre de Londres dónde fue sometido a diversas formas de presión psicológica. Tomás Moro no se dejó vencer y rechazó prestar el juramento que se le pedía, porque ello hubiera supuesto la aceptación de una situación política y eclesiástica que preparaba el terreno a un despotismo sin control.”(Carta nº 3).
A diferencia de muchos políticos de nuestro tiempo, no sólo afirmaba pertenecer a la Iglesia Católica sino que daba fe de éste principio con su obrar cotidiano, de allí que intuyendo el autoritarismo político y religioso que esgrimía su rey, prefirió servir incondicionalmente a su único Señor, su Creador y Salvador.
De allí que “durante el proceso al que fue sometido, pronunció una apasionada apología de las propias convicciones sobre la indisolubilidad del matrimonio, el respeto del patrimonio jurídico inspirado en los valores cristianos y la libertad de la Iglesia ante el Estado. Condenado por el tribunal, fue decapitado”. (Carta 3).
¿Cuántos políticos de nuestro tiempo, considerados católicos, no dudaron en apoyar leyes divorcistas o contrarias a las enseñanzas de la Iglesia? Su fidelidad al partido o a su ideología, tiene con frecuencia más peso que el profesar la fe católica que “dicen” poseer.
No pocos son los católicos, por lo demás, que en el ejercicio de la llamada “política pluralista” no dudan en pretender someter a la Iglesia agrediéndola por defender las verdades más elementales en los distintos ámbitos de la vida humana, como la educación, la economía, la moral pública.
Y así por ejemplo, próximos estamos a que se considere a la Iglesia culpable de infringir la ley “contra la discriminación” por sostener que el matrimonio está constituido por un varón y una mujer, y que la homosexualidad, entre otras situaciones tan comunes hoy, no está enmarcada por la enseñanza evangélica.
Y no quepa duda alguna, vienen por más…..

6.-Testimoniando vida austera, muere privado de bienes.

Recuerda Juan Pablo II que“estimado por todos por su indefectible integridad moral, la agudeza de su ingenio, su carácter alegre y simpático y su erudición extraordinaria …se retiró de la vida pública aceptando sufrir con su familia la pobreza y el abandono de muchos que, en la prueba, se mostraron falsos amigos”.(Carta nº 3).
Es conocido el requerimiento de su segunda esposa porque aceptara las pretensiones del rey olvidando el imperio de su conciencia para verse librado él y su familia de la extrema pobreza a la que eran sometidos por su íntegra fidelidad a la verdad.
Sin embargo Tomás Moro prefirió hasta su muerte vivir en la firmeza de la verdad antes que apoyarse en la seguridad pasajera de los bienes de este mundo.
Al respecto nos enseña que “si en la presente tribulación turca (se refiere a enrique VIII) nos persiguen a causa de la fe de manera que los que la renieguen mantengan sus bienes y los pierdan los que no la abandonen, la persecución será como una piedra de toque, y mostrará quién finge y quién es auténtico, y enseñará a discernir mejor a los que se creen con mejores intenciones de lo que sus obras indican. Porque hay algunos que creen tener buenas intenciones mientras se construyen a sí mismos una conciencia, y se quedan con un montón enorme de riqueza superflua siempre pensando que harán con ella alguna obra buena en la que lo darán todo de una vez, o si no, sus herederos lo harán. Si no se mienten a sí mismos, y guardan todo eso por algún propósito bueno, para hacer de verdad lo que Dios quiera, entonces deberán estar muy contentos en esta persecución de separarse de todo para dar gusto a Dios manteniéndose en su fe” (Diálogo de la fortaleza contra la tribulación, pág. 254. Editorial Rialp. 2002).
En las bellas páginas de este “Diálogo”, escritas en la cárcel, Tomás Moro, nos deja un mensaje sobre su fe y adhesión a Cristo Nuestro Señor, motivo más que suficiente para preferir perder todo lo terrenal si ello fuera necesario para permanecer en Jesús.
Nos enseña pues, que “Nadie puede servir a la vez a dos señores. Cristo quiere que creáis todo lo que Él os dice y que hagáis todo lo que Él os manda, y que desechéis lo que Él os prohíbe, sin ninguna excepción. Quebrantad uno de sus mandamientos, y los habéis quebrantado todos.”(op.cit. pág. 257).
El servicio a la autoridad temporal nunca ha de ser superior al que corresponde brindar al Creador, es sintéticamente el pensamiento del santo.
De allí, que en conflicto de deberes, el creyente verdadero, aún en el mundo de la política, elige siempre a su Dios antes que a su “rey temporal”.
Esta es la clave para entender profundamente el testimonio de este gran santo.
Quiera Dios concedernos en estos tiempos tan oscuros para nuestra Argentina, el que podamos vislumbrar una patria diferente en el que imitadores de Tomás Moro la conduzcan por la senda de la verdad al destino de grandeza fijado desde sus orígenes.
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Padre Ricardo B. Mazza. Director. En el décimo aniversario de la fundación del CEPS “Santo Tomás Moro”. 28 de Junio de 2009. ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com; www.nuevoencuentro.com/tomasmoro.-

24 de junio de 2009

Tomás Moro, un político “testimonial” (1ra. parte)


“Su juicio estaba siempre iluminado por la verdad nacida de la Sabiduría de Dios que lo llamaba a la realización del bien en todo momento y lugar”.

1.-El testimonio de su fidelidad a la conciencia.
Juan Pablo II afirma en la Carta Apostólica que proclama a Santo Tomás Moro como patrono de los gobernantes y de los políticos que “de la vida y del martirio de Santo Tomás Moro brota un mensaje que a través de los siglos habla a los hombres de todos los tiempos de la inalienable dignidad de la conciencia, la cual, como recuerda el Concilio Vaticano II, «es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que está solo con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella»(Gaudium et Spes, 16) (Carta nº 1).
Esta fidelidad a su conciencia fue en Tomás Moro el punto crucial de su vida como padre y esposo, político, juez y abogado, servidor de Dios y de su rey.
Una conciencia que no se refugiaba en la vigencia del relativismo subjetivista tan dominante en nuestros días por el cual cada uno piensa como quiere y se arroga la potestad de decidir sobre lo que es bueno o malo y de allí juzgar sus actos, sino que su juicio estaba siempre iluminado por la verdad nacida de la Sabiduría de Dios que lo llamaba a la realización del bien en todo momento y lugar.
Coherente con esta conciencia verdadera y recta, Tomás Moro tuvo que enfrentarse a los vaivenes emocionales y de conciencia de un rey que como “exponente adelantado” de lo que denuncia Juan Pablo II en la Encíclica Veritatis Splendor al referirse al síndrome de la “conciencia creativa”, “creaba” la verdad según sus caprichos, y luego bajo el “peso” aparente de esa conciencia obraba el mal sin ningún remordimiento, pretendiendo que los demás se adhirieran a ese modo peculiar de “reelaborar” la verdad según sus antojos.
Este proceder tan peculiar de Enrique VIII, tiene en nuestra época no pocos imitadores políticos que, -sin entrar a juzgar su “conciencia”- “crean su verdad” y a ella se someten, encuadrándose en un mundo irreal que sólo existe en su interioridad, llegando hasta a manipular los índices que muestran el estado económico y social de las misma comunidad civil, pretendiendo que a su alrededor cada persona se someta a esa “nueva visión de la verdad”.
Al respecto afirmaba hace ya un tiempo en un artículo de mi autoría -“El relativismo moral y la perspectiva de género”- que “si la verdad es la adecuación del entendimiento a la realidad, y si se da una lectura de la realidad, es decir, de la cosa, de todo lo que existe, totalmente subjetivista en la que prima el parecer de cada inteligencia que contempla esa realidad a través de un prisma personal, la verdad misma se relativiza”.
Justamente esto es lo que acontece en nuestros días y que se le quería imponer a Tomás Moro, exigiendo que no viera la realidad patente de las cosas, sino que se sometiera al mundo ilusorio fabricado por un gobernante que pretendía hacer regir a toda costa “su verdad”, tan vulnerable a cualquier exámen serio de inteligencias probas, como opresora en definitiva de la dignidad de la persona que sólo se ha de sentir subyugada por la verdad que únicamente le es dada a las conciencias rectas.
Esta fidelidad a la verdad convirtió a Tomás Moro en modelo de todo político que quiera ser “testimonial”, ya que “precisamente por el testimonio, ofrecido hasta el derramamiento de su sangre, de la primacía de la verdad sobre el poder, Santo Tomás Moro es venerado como ejemplo imperecedero de coherencia moral. Y también fuera de la Iglesia, especialmente entre los que están llamados a dirigir los destinos de los pueblos, su figura es reconocida como fuente de inspiración para una política que tenga como fin supremo el servicio a la persona humana” (Carta nº 1).

2.-El testimonio de su formación cultural y religiosa.
Recuerda Juan Pablo II que “Tomás Moro vivió una extraordinaria carrera política en su país. Nacido en Londres en 1478 en el seno de una respetable familia, entró desde joven al servicio del arzobispo de Canterbury, Juan Morton, canciller del Reino. Prosiguió después los estudios de leyes en Oxford y Londres, interesándose también por amplios sectores de la cultura, de la teología y de la literatura clásica. Aprendió bien el griego y mantuvo relaciones de intercambio y amistad con importantes protagonistas de la cultura renacentista, entre ellos Erasmo Desiderio de Rotterdam” (Carta nº 2).
Como puede observarse a simple vista, Tomás Moro fue un hombre que se esforzó por ir creciendo en una formación intelectual que le permitiera merecer, -sin buscarlas- las distintas responsabilidades que le cupo asumir con idoneidad y honestidad.
No fue un político improvisado que surgiera del anonimato por los “favores y la dedocracia del poderoso de turno”, sino que naturalmente todas la miradas se dirigían a él cuando se trataba de pensar en alguien con la suficiente solvencia intelectual y moral para realizar cometidos políticos necesarios para el bien de Inglaterra.
Esto permitió que gozara de la libertad de los hijos de Dios para servir a su Dios y a su rey temporal.
Al ser libre no se veía acorralado por la “obediencia debida” que busca concretar cualquier acción, como habitualmente le sucede a aquél que debe su elevación política no al propio cultivo de cualidades y dotes, sino por haber recibido de la mesa del poderoso las “migajas” de las dádivas políticas, que sólo permiten engrosar al ejército del servilismo más denigrante.
Por otra parte, el ser libre y sólo servidor de los principios más enaltecedores, le permitían mantenerse fiel en una conducta intachable que sólo buscaba servir a su Dios, y al monarca, siempre en el marco de la justicia, la verdad y la búsqueda del bien común.
Esto le permitió no vivir según los vaivenes de los cambios políticos mediante los cuales muchos de su tiempo, como sucede en el actual, fácilmente cambiaban de lealtad dando lugar a “acomodamientos personales”, fruto de la búsqueda constante y afanosa de los nuevos aires que puedan aparecer en el escenario político.
De su vida religiosa recuerda Juan Pablo II que “Su sensibilidad religiosa lo llevó a buscar la virtud a través de una asidua práctica ascética: cultivó la amistad con los frailes menores observantes del convento de Greenwich y durante un tiempo se alojó en la cartuja de Londres, dos de los principales centros de fervor religioso del Reino”. Por otra parte “La vida de familia permitía, además, largo tiempo para la oración común y la «lectio divina», así como para sanas formas de recreo hogareño. Tomás asistía diariamente a misa en la iglesia parroquial, y las austeras penitencias que se imponía eran conocidas solamente por sus parientes más íntimos (Carta nº 2).
Esta esclarecida manera de vivir su fe católica sería en el futuro lo que le permitiera vivir con entereza los embates de sus enemigos, presurosos siempre por lisonjear a un rey lujurioso, padeciendo la humillación de la cárcel por no prestarse a los manejos de la injusticia reinante en su tiempo.

3.-El testimonio de político y juez íntegro.
Nos recuerda el papa en la carta que mencionamos al principio que, “en 1504, bajo el rey Enrique VII, fue elegido por primera vez para el Parlamento. Enrique VIII le renovó el mandato en 1510 y lo nombró también representante de la Corona en la capital, abriéndole así una brillante carrera en la administración pública. En la década sucesiva, el rey lo envió en varias ocasiones para misiones diplomáticas y comerciales en Flandes y en el territorio de la actual Francia. Nombrado miembro del Consejo de la Corona, juez presidente de un tribunal importante, vicetesorero y caballero, en 1523 llegó a ser portavoz, es decir, presidente de la Cámara de los Comunes” (carta nº 3).
Conforme con su formación y probidad ejemplar, Tomás Moro, en las distintas misiones que se le encomendaron, sin dejar de servir a su rey, se mantuvo fiel a los más altos principios de la prudencia.
Como Presidente de la Cámara de los Comunes no lo imaginamos el prestarse a la manipulación del poder o renunciando a lo que era propio de su investidura para otorgarlo a la autoridad real.
Como juez, Tomás Moro “afrontó un período extremadamente difícil, esforzándose en servir al rey y al país. Fiel a sus principios se empeñó en promover la justicia e impedir el influjo nocivo de quien buscaba los propios intereses en detrimento de los débiles” (Carta nº 3).
¡Qué hermoso testimonio nos deja en la administración de la justicia! Siempre libre para juzgar según las leyes y teniendo en claro que el objeto de la justicia es el derecho, o sea el “ius” del que goza todo ciudadano por el que cada uno recibe “lo que le es debido” según la verdad, y no según los dictados del ocasional poder político de la época.
De allí que jamás se dejó manejar en el dictado de la justicia por las órdenes del rey Tudor, ni se le ocurrió beneficiar a los ricos o famosos por sólo serlo, sino que por el contrario estaba pronto a escuchar las súplicas de los débiles esquilmados por los prepotentes.
Esta fidelidad de vida a una conducta honesta le valió el que sufriera en carne propia el proceso de un juicio “armado” para satisfacer al rey, y ser sentenciado a muerte no según la razón, sino bajo el imperio de la venganza
Si hubiera vivido entre nosotros, fiel siempre a la verdad, jamás hubiera cedido a las interpretaciones ideológicas del derecho penal y a las presiones de los abortistas, autorizando “el homicidio legal” del nasciturus o defendiendo el “derecho a abortar”, tan publicitado hoy, como si existiera un salvoconducto para legitimar el homicidio calificado, agravado por el vínculo.

Padre Ricardo B. Mazza. Director . En el décimo aniversario de la fundación del Centro de Estudios Políticos y Sociales “Santo Tomás Moro”. 24 de Junio de 2009.
ribamazza@gmail.com; www.nuevoencuentro.com/tomasmoro; http://ricardomazza.blogspot.com.-

18 de junio de 2009

Los signos eucarísticos nos dan al Señor en su “sacrificio Salvador”


El domingo pasado celebrábamos la solemnidad de la Santísima Trinidad, misterio de fe central en nuestra fe católica por el que creemos en un único Dios en tres personas distintas.

Hoy la Iglesia invita a contemplar otro misterio de capital importancia cual es el del Corpus Christi.
Como creyentes damos nuestro asentimiento a la verdad que en las especies de pan y vino convertidas por la transubstanciación, está presente realmente Jesús, con su cuerpo, sangre, alma y divinidad.
Con este modo de presencia del Señor entre nosotros, Él mismo está cumpliendo lo que nos ha dicho el domingo pasado: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mateo 28,16-20).
Se trata de una muestra más de las tantas que existen, de la infinita bondad de Dios para con el hombre.
No solamente Dios ha querido entrar en nuestra historia con el misterio de la Encarnación, asumiendo nuestra humanidad, para redimirnos y permitirnos volver al Padre, sino que al mismo tiempo reconociendo nuestra condición de caminantes en este mundo quiere nutrir y fortificar nuestra vida de todos los días, con su propia vida, con su propia presencia, no sólo en la Iglesia, o cuando dos o tres están reunidos en su nombre, sino también en el corazón de cada uno.
Y así estamos convocados a celebrar el memorial de la Pasión como lo recordábamos en la primera oración de esta liturgia.
Reunidos como cada domingo, rememoramos lo que aconteció en la última Cena y en todo el misterio de la Pasión, Muerte y resurrección del Señor.
Incluso más allá de una simple memoria de todo esto, lo que hacemos es actualizar lo que sucedió en el pasado aunque de un modo incruento, es decir, sin derramamiento de sangre como en el calvario.
En cada misa hacemos memoria actualizando los misterios de nuestra salvación.
Pero Jesús además de hacerse presente en el altar del sacrificio, quiere entrar en nuestra misma interioridad, en lo más íntimo del corazón.
San Agustín al respecto recordaba que los alimentos recibidos por el cuerpo humano son asimilados por éste, en cambio con la Eucaristía sucede algo diferente ya que no lo incorporamos a Cristo sino que nos asimilamos a Él mismo entrando a formar parte del mismo Cristo.
De hecho cada uno de nosotros forma parte de la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, siendo Él la Cabeza de ese Cuerpo.
Cada vez que comulgamos al Señor, recibimos al mismo Jesús de la Pascua que viene personalmente y quiere nos unamos a su Persona, para que así juntos podamos dar culto agradable al Padre buscando siempre su voluntad, prolongándolo en cada gesto bueno que realicemos.
Por eso pedíamos hoy que la vivencia de la Eucaristía nos fuera preparando para la unión plena con Dios en la Vida eterna.
Si es una gracia, un regalo, el que Cristo se haga presente entre nosotros en cada Eucaristía, también es un don el que vayamos entendiendo y comprendiendo lo que la presencia del Señor significa para nuestra vida.
No solamente comulgar sino también desear vivamente ser una sola cosa con Él en la vida cotidiana.
Por eso muchos santos decían que bastaba sólo una comunión para hacernos santos, totalmente asimilados a Jesús.
Y si eso no ocurre al sentirnos débiles, frágiles, o percibimos que no nos cambia en nada la comunión, es porque falta esa respuesta firme de la libertad del hombre que se entregue al Hijo de Dios Vivo que quiere hacer de nosotros nuevas creaturas y renovarnos interiormente.
De allí la importancia de la preparación misma para recibir al Señor, estando dispuestos a luchar y trabajar para alejarnos del pecado y de toda adhesión a aquello que se opone al infinito amor de Dios manifestado a través de Jesús en este sacramento admirable.
Cristo aparece, como lo recuerda la carta a los Hebreos (9,11-15) como el mediador entre Dios y los hombres.
El mediador tiene siempre como suyo, algo de los dos extremos entre los que media, para poder unirlos.
Y así, Cristo que es Dios, ante el Padre implora por nosotros.
Como hombre, cercano a nosotros, entiende y comprende nuestras debilidades asumidas por Él –menos el pecado- en el misterio de la Cruz. Y gracias a esta proximidad mueve nuestros corazones para que vayamos al encuentro de ese Dios que nos espera desde toda la eternidad y quiere brindarse a nosotros como lo hace desde la creación y lo sigue realizando desde este misterio de la presencia de su Hijo en nuestros corazones.
Queridos hermanos, la Eucaristía, por lo tanto, como sacramento de fe hace presente al Señor, pero nos hace presentes también a nosotros ante Dios y nos interpela en orden a nuestra relación con el prójimo, con el otro, ya que es el sacramento del amor.
Hoy providencialmente en nuestra Patria se realiza la colecta de Caritas, que significa caridad, por la que disponemos del dinero que en definitiva nos ha permitido conseguir el Señor, para ofrendarlo al bien de los más necesitados.
Pero, ¿qué nos pide además hoy la Iglesia? Nos convoca a orientar lo mejor de nosotros mismos para dedicarlo al servicio de los demás.
La caridad permite la apertura del corazón ante el hermano hoy excluido.
Exclusión económica, social, afectiva, por razón de raza o color o religión.
La sociedad de hoy aparece como una gran excluyente de grandes grupos humanos que no alcanzan a satisfacer sus necesidades mínimas para vivir dignamente, sin posibilidades de desarrollarse como personas.
El corazón del cristiano movido por el amor de Cristo que nos nutre, ha de apuntar a renovarse para formar una sociedad nueva en la que todos juntos luchemos por una Nación nueva.
Nuestra consigna y factor motivador para el testimonio cristiano cotidiano ha de tener presente que en la tierra del pan no ha de faltar ni sobrar a persona alguna, aquellos bienes que nos permiten vivir como hijos de Dios en la comunión que brota de la afinidad con Cristo.
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Padre Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de la Pquia “San Juan Bautista” de Santa Fe de la Vera Cruz. Reflexiones en torno a la liturgia del Corpus Christi, 14 de Junio de 2009.
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11 de junio de 2009

La revelación de la intimidad divina


La Iglesia celebra hoy solemnemente a la Santísima Trinidad.
Nos presenta este misterio que es la razón de ser de nuestra fe católica.
En Dios, único por naturaleza, subsisten tres personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Ese Dios que existe y siempre existirá porque es eterno no ha hecho más que manifestar su amor para con todo lo creado, pero muy especialmente para con nosotros, que nos ha creado a imagen suya, para hacernos participar de su misma vida.
En este misterio de la Trinidad, Dios se desborda a sí mismo y devela su intimidad.
Y así, la pregunta que muchas veces acucia el corazón humano sobre quién es Dios, se ve respondida a través del misterio de la intimidad de Dios que se despliega.
Un Dios que incluso va mostrándose de acuerdo a las posibilidades del entendimiento humano.
Y así escuchamos en la primera lectura tomada del libro del Deuteronomio, cómo el pueblo de Israel tiene experiencia de un Dios que vive, a diferencia de otros pueblos vecinos que adoraban dioses sin vida. Frente al culto de divinidades muertas, el pueblo de Israel tiene experiencia a través de signos, señales y proezas verdaderas, de un Dios que vive, que le va diciendo al pueblo elegido: Aquí estoy, yo vengo a salvarlos.
Y así, rescatado de la esclavitud de Egipto, llevado a la tierra prometida, celebrando la alianza del Sinaí, descubre el amor de Dios para con ellos.
Y se dan cuenta que ese amor de Dios se remonta mucho más lejanamente, a los orígenes, a la creación. Y por eso Moisés les va diciendo que han de responder a ese Dios con el cumplimiento de los mandamientos, de los preceptos del Señor.
E inmediatamente es precisado en el texto de hoy, cómo de este modo, -el de vivir en comunión con Dios-, el corazón del hombre se ve liberado alcanzando la felicidad plena.
De hecho no es más que una manifestación de lo que sucede habitualmente, y que todos de alguna manera hemos comprobado: por el camino del mal, el hombre no encuentra más que desasosiego y vacío interior, causado por no vivir con quien se está religado desde la creación .
Y Dios se va mostrando indicando que su intimidad no está encerrada en sí misma, sino que su amor se manifiesta para que podamos compartirlo.
De allí que el mismo apóstol San Pablo nos dirá que por el bautismo fuimos constituidos hijos adoptivos de Dios en su Hijo Unigénito, y que esa filiación divina nos permite llamar a Dios Abba, que es más que Padre, “ papito”, e introduce al hombre en un diálogo amical, de ternura, con Dios.
Permite que por inspiración del Espíritu Santo, que es el amor del Padre y del Hijo, cada uno de nosotros pueda dirigirse al Padre.
Qué hermoso es poder sentirse profundamente hijo del Padre y poder acercarnos cada día al Padre del Cielo y decirle: “¡Señor, yo soy tu hijo!, no soy como Jesús, estoy lejos de serlo, pero quiero por Él que me ha redimido, entrar también en esta relación de filiación y poder llamarte siempre: Padre”. “Quiero poder vivir y sentir cada día que tengo un Padre en el cielo”. “Cuando pareciera que todo se derrumba, que a nadie puedo acudir, saber que te tengo a Ti, y que si sé apreciar que tengo un Padre en el cielo experimentar que no existe la soledad en el corazón humano”.
De hecho, aunque tengamos todo, si nos falta el Padre, no somos nada, aunque nos faltara todo, si lo tenemos a Él, es suficiente.
Un Padre que nos mira, que se goza cuando hacemos el bien.
Porque así como un hijo que obra bien delante de su padre le produce alegría, y por el contrario lo entristece cuando obra el mal, también el hombre ante la mirada del Padre es causa de alegría cuando tratamos de imitarlo, y lo entristecemos cuando nos rebelamos contra Él creyendo que no tenemos Padre en el cielo.
Muchas veces el hombre se rebela contra Dios, especialmente cuando no todo sale como uno quisiera o cuando pensamos por alguna adversidad que no nos ama, o que no lo necesitamos, tentados siempre por la autosuficiencia.
Sin embargo es imposible negar que seamos hijos del Padre del cielo.
Como un hijo en la tierra por más que reniegue de su padre, no puede destruir la filiación y la paternidad, en el orden sobrenatural es imposible separarnos del Padre.
El Padre que espera al hijo, como el hijo pródigo, el que nos llama y siempre espera a su hijo y que al mismo tiempo nos va mostrando que el camino para llegar a Él es su propio Hijo Unigénito.
Desde el Padre nos sentimos movidos a ir al encuentro del Hijo para apreciarnos hermanos suyos, y considerarnos amados por el Padre como Él, e ingresando al mismo tiempo en la intimidad de hijos.
Por otra parte conocemos a Jesús más íntimamente cuando nos aproximamos mucho más a Él a través del misterio de la Cruz, de la muerte y de la resurrección.
Es la intimidad del Hijo que se nos despliega como diciéndonos “te he querido tanto como hermano que hice entrega de mi vida para salvarte”.
“No solamente para seguir lo que el Padre ya había mostrado al amarte, sino que yo como Hijo del Padre te amo como hermano y por eso quiero rescatarte de la muerte en la que has incurrido por el pecado de los orígenes para poder encauzarte por el camino que lleva a mi Padre que es también el tuyo”.
Y así Jesús nos va guiando por medio de sus enseñanzas y de su Palabra al encuentro del Padre.
Pero al mismo tiempo nos promete otro regalo, el don del Espíritu Santo.
El Espíritu Santo es el amor entre el Padre y el Hijo constituyendo ese amor una Persona divina.
En efecto, el amor del Padre y del Hijo se manifiesta plenamente en nuestros corazones, y nos otorgan de un modo rebosante la gracia que viene de lo alto.
Es el Espíritu que promete estar siempre con nosotros, permitiéndonos ahondar en el conocimiento de lo que es la intimidad de Dios.
En la actualidad escuchamos tantas veces hablar de energía, de experiencias provenientes del mundo oriental para poder llenarnos de no sé qué fuerza, llegando hasta el panteísmo.
Nosotros desde la fe sabemos que esa fuerza y energía no salen de un mundo desconocido sino que es el mismo Dios que nos da la “energía” de la gracia santificante para participar de la vida de Dios.
Lejos de Dios no hay energía rara que valga, hace falta el don de la conversión y el entregarnos de lleno a vivir en comunión con Dios.
Esta es la verdadera presencia de la divinidad entre nosotros, la del Espíritu Santo con sus siete dones que nos va llevando poco a poco a la intimidad divina.
Comunión con Dios que no es desaparecer en Dios como algunas doctrinas filosóficas sostienen, no se diluye la persona en Dios, sino que seguimos siendo seres humanos que entran en comunión con Dios sin necesidad de desaparecer o diluirnos en la misma divinidad.
Por eso, entrar en la intimidad de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, es entrar en la intimidad del mismo hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios.
Esta imagen de la Trinidad la percibimos muchas veces en nuestra familia donde el padre y la madre son distintos entre sí y diferentes a los hijos, y estos lo son también entre sí, y están llamados a constituir una unidad a pesar de la distinción que dio lugar a la unión matrimonial y familiar.
Esta intimidad de Dios que nos lleva también a conocer al hermano que entra a formar parte de esta nueva vida que se nos ofrece.
Por eso es importante entrar en la intimidad de Dios y vivir siempre bajo la mirada del Padre, buscando la amistad del Hijo y siguiendo el movimiento interior del Espíritu, que nos conduce al bien, a lo que engrandece a la persona, y nos permite vivir en plenitud lo que somos : hijos adoptivos de Dios.
Sintiéndonos enviados por el Señor para hacer de los pueblos de la tierra discípulos suyos, para que entren en la intimidad desbordante del Dios Uno y Trino, enseñemos a guardar las enseñanzas de Aquél que prometió estar con nosotros, despejando todo temor, hasta el fin del mundo.

Padre Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de la Parroquia “San Juan Bautista” de Santa Fe de la Vera Cruz. Reflexiones en torno a los textos bíblicos de la liturgia dominical del 07 de Junio de 2009, Solemnidad de la Santísima Trinidad (Deut.4, 32-34.39-40; Rom. 8,14-17; Mateo 28,16-26).-

ribamazza@gmail.com; www.nuevoencuentro.com/tomasmoro; http://ricardomazza.blogspot.com.-

6 de junio de 2009

El “acontecimiento” plenificante de Pentecostés


En la primera oración de esta misa pedíamos al Señor que no deje de realizar en el corazón de sus fieles las maravillas que realizó en el comienzo de la predicación evangélica y que refería al don del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo, tercera persona de la Santísima Trinidad, es el amor entre el Padre y el Hijo, constituido en persona divina, que se derrama en nuestros corazones el día de Pentecostés.
Pedíamos a Dios que se realice hoy en nosotros lo que aconteció aquella vez después de cincuenta días de la Pascua cuando el Espíritu descendió sobre los apóstoles y la Virgen.
El libro de los Hechos de los Apóstoles nos muestra cómo fue ese día de Pentecostés.
Se encontraban en Jerusalén numerosos judíos de la diáspora, es decir, aquellos judíos que no vivían en la Judea, venidos de distintos países.
Se habían congregado en Jerusalén para celebrar la fiesta de Pentecostés. Una fiesta judía que recordaba la alianza en el Sinaí cuando Dios entregó a Moisés las tablas de la ley realizando la alianza primera.
Cuando el Señor envía a su Espíritu, muestra cómo con la venida de Jesús, el Hijo de Dios entre nosotros, comienza una nueva realidad, una nueva vida.
Nos quiere indicar –por lo tanto- que ya queda atrás la fiesta de Pentecostés judía, la alianza del Sinaí, para dar lugar a una nueva alianza, a un nuevo pacto de amor dado por la muerte y resurrección de Cristo y plenificado con la venida del Espíritu Santo, que es el amor del Padre y del Hijo.
El texto bíblico proclamado, señala que los judíos de la diáspora, en sus distintos idiomas, entienden perfectamente a los Apóstoles.
Y con esto también está mostrándose un signo muy particular.
En efecto, anoche en la Vigilia de Pentecostés proclamábamos en el libro del Génesis, la confusión de lenguas con ocasión de la construcción de la torre de Babel.
Ese texto bíblico señala la confusión que trae al mundo el pecado.
Pero así como el pecado del hombre no trae más que confusión y división, el don del Espíritu crea la unión y comunión de los fieles.
De allí que todos escuchaban hablar a los discípulos en sus propias lenguas, entendiendo perfectamente lo que se le estaba manifestando.
Es que el Espíritu Santo viene a unir todos los corazones, más allá de la diversidad de lengua, de culturas, de sociedades, para constituir un único pueblo, una única familia, una única comunidad bajo el cayado de un único pastor que es Jesucristo.
El Espíritu, en fin, viene a establecer la catolicidad de la Iglesia.
Y este don del Espíritu es enviado como un signo de la presencia de Dios entre nosotros.
Durante el tiempo pascual escuchamos a Jesús que se despide de sus discípulos diciendo: dentro de poco no me veréis, dentro de otro poco me volveréis a ver. Vuelvo al Padre a prepararles un lugar, pero pronto me verán. Yo estaré con Uds. hasta el fin de los tiempos.
La presencia del Señor entre nosotros no sólo se manifiesta a través de su palabra, o donde dos o tres estén reunidos en su nombre, a través de la eucaristía, de la Iglesia, sino también a través de su Espíritu. Es el Espíritu del Padre y del Hijo que viene a completar y prolongar la obra de Jesús.
Como el Espíritu viene a transformarnos, pedíamos en la primera oración que se realice en nosotros lo que sucedió en los comienzos de la predicación evangélica.
Allí los discípulos que estaban temerosos por los judíos, no terminaban de entender las enseñanzas de Cristo.
Pues bien, el Espíritu Santo ilumina las mentes de los apóstoles de tal manera que alcanzan a comprender en plenitud lo que Jesús les había enseñando y que ellos no entendieron.
Y esto, no porque Jesús careciera de claridad en su enseñanza, sino porque miraban la vida y predicación de Cristo de un modo mundano, no entrando de lleno en la vida nueva que el Señor les ofrecía.
Pero el Espíritu Santo viene también a dar a los apóstoles la fuerza del amor, simbolizada por el fuego.
Conocemos así que al iluminar de las inteligencias para comprender el mensaje evangélico, se le ha de añadir la fuerza del amor que transforma nuestras vidas y llegua al mayor número posible de personas.
De allí se entiende que Jesús nos diga como lo acabamos de proclamar en el evangelio: “como el Padre me envió a mi yo también los envío a ustedes”.
Comienza con el don del Espíritu Santo el tiempo de la Iglesia, el tiempo de la misión, el sentirnos enviados:”Como el Padre me envió yo también los envió a ustedes, dice Jesús.
Este es un mensaje que interpela el corazón de cada uno, ya que a todos nos convoca a la misión.
El cristiano que se conforma con ser más o menos bueno, participar de la misa, confesar cada tanto, comulgar alguna vez, alguna oración por allí, pero que no entra de lleno con la misión de la Iglesia, no ha entendido lo que es ser cristiano y no hace eficaz el don recibido de lo alto.
Nos dice el texto del evangelio que Jesús soplando sobre los apóstoles les dice: “reciban el Espíritu Santo, los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”.
Este texto justamente nos está indicando que el Espíritu Santo como es el amor del Padre y del Hijo viene a derramar en nosotros el amor de Dios. Este amor de Dios bajo el signo de la misericordia, ya que solamente Dios puede ser misericordioso en plenitud, misericordia que significa tener el corazón cerca de las miserias.
¿De las miserias de quien? De las miserias nuestras.
Todos conocemos nuestros límites, nuestros pecados, nuestras oscuridades, también nuestras luces. Pero todos necesitamos justamente del don de la misericordia, que Dios se acerque a nosotros con un corazón que mira nuestras miserias y que viene a transformar toda nuestra vida. Por eso en la secuencia que recién escuchábamos en el canto, se va desgranando la acción del Espíritu en el corazón del cristiano: “lava nuestras manchas, riega nuestra aridez, sana nuestras heridas”.
¡Cuántas veces hay en nuestro corazón heridas por la angustia, el dolor, el sufrimiento, el desengaño, el desaliento! Por eso pedimos que suavice nuestra dureza, elimine con su calor nuestra frialdad y corrija nuestros desvíos.
¡Qué hermosa esta acción del Espíritu sobre nuestro corazón: suavizar nuestras durezas!
Hoy en día nos encontramos con un mundo duro, el mundo de las prepotencias, del grito, de la eliminación del otro, ya sea por el odio o por cualquier tipo de ofensa.
“Elimina con tu calor nuestra frialdad” cantábamos. ¡Cuántas veces el corazón del hombre está frío para las necesidades de los demás, efecto de una frialdad mucho mas profunda, la frialdad de la ausencia de Dios en nuestro corazón!
Cuando Dios no está presente en el corazón del hombre, éste se vuelve frío, nada le impresiona o impacta, porque carece de esa actitud de receptividad del amor de Dios, de la misericordia de Dios.
Por eso pedir con mucha fuerza: “concede a tus fieles que confían en Ti, tus siete dones sagrados”.
Estos dones que van a completar la obra del Señor en nuestro corazón.
Las acciones humanas que comienzan con las virtudes teologales, se prolongan con las virtudes cardinales y con el espíritu de las bienaventuranzas, alcanzan con los dones una vitalidad nueva.
Y así el hombre comienza actuar no solamente al modo humano iluminado por Dios, sino también al modo divino.
De allí la importancia de la presencia de los siete dones.
“Premia nuestra virtud, salva nuestras almas, danos la eterna alegría”-afirmamos recién.
Pues bien ante un mundo que se encuentra entristecido, ir al encuentro del don del Espíritu, recibir al Espíritu justamente para alcanzar la alegría que da el encuentro personal con el Señor.
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Padre Ricardo B. Mazza Cura Párroco de “San Juan Bautista”, Santa Fe de la Vera Cruz. Reflexiones en torno a los textos bíblicos de la liturgia de Pentecostés. Hechos 2,1-11; Juan 20, 19-23.- 31 de mayo de 2009. ribamazza@gmail.com; www.nuevoencuentro.com/tomasmoro; http://ricardomazza.blogspot.com.-

28 de mayo de 2009

La Ascensión del Señor es también la nuestra


1.- El significado profundo de la Ascensión del Señor.
La Iglesia celebra hoy la Ascensión del Señor. Actualiza el momento en que la humanidad de Cristo comienza a estar presente junto al Padre.
Se trata del momento culminante de todo el ministerio y de la obra salvífica de Cristo.
San Lucas presenta la misión de Jesús como una ascensión de Galilea a Jerusalén, y de Jerusalén al cielo.
Los Hechos de los Apóstoles presentan un resumen del paso de Jesús por este mundo culminando en su Ascensión junto al Padre que señala el punto de partida de la misión de la Iglesia (Hechos 1,1-11).
Pero también en la primera oración de esta liturgia dominical nos alegrábamos delante de Dios porque la Ascensión de su Hijo es ya nuestro triunfo.
Y así, “nuestra propia ascensión” prometida y futura, será la meta de la misión de la Iglesia que se origina en la elevación del Mesías.
Ahora bien, con la Ascensión, Cristo es puesto por encima de todo lo creado como Hijo de Dios hecho hombre.
Es el triunfo de la divinidad y de la humanidad sobre todo lo que existe.
Es también la confirmación del cumplimiento de la promesa que Dios ha hecho al hombre de participar algún día -mediante la permanente fidelidad-, de su misma Vida.
De modo que la Ascensión nos asegura que nuestra esperanza no es vana, no es algo sin sentido, sino que tiene ya su anticipo en la presencia de la humanidad de Cristo en el Cielo. Como si el mismo Jesús nos estuviera diciendo no teman, no duden, -como les dice a los apóstoles-, lo que se les ha prometido es ya una realidad a través de mi humanidad.

2.- El misterio Pascual presente en la vida del creyente.
Por otra parte, recordemos además que el cristiano, el creyente, está llamado a vivir en su vida el misterio pascual del Señor en su totalidad, esto es, la pasión, la muerte, la resurrección y el regreso al Padre.
Cada vez que nosotros en este mundo sobrellevamos el sufrimiento, el dolor o los sinsabores de la vida, y lo hacemos con actitud de fe, anunciamos la Cruz de Cristo, su Pasión.
Cada vez que nos convertimos del hombre viejo, del pecado, estamos muriendo con Cristo en la Cruz.
Toda vez que tratamos de crecer en este caminar hacia el Padre con una vida interior sólida y buscamos existir como hombres nuevos, como le llama Pablo al resucitado, participamos de la Pascua del Señor.
Pero estamos llamados también a participar de la Ascensión de Jesús.
Y esto en la vida cotidiana implica que busquemos siempre ser elevados, que nos orientemos siempre a las alturas de la santidad, ya sea en nuestro espíritu como por medio de todas las actividades ordinarias que nos tocan realizar en la vida de cada día.
No estamos llamados a la chatura, a la mediocridad, a conformarnos con lo mínimo, a ser rastreros, sino que estamos convocados a la grandeza.
El subir de Cristo es una invitación a que también nosotros nos elevemos por el camino que conduce a la grandeza humana, para que así como Cristo fuera exaltado sobre todo lo creado, también el hombre, rey de la creación, llegue a estar junto a Él.
Y esto porque ya desde el comienzo del mundo el ser humano ha sido puesto como cabeza de todo lo creado y como aquél que debe ser el señor, no solamente de lo que existe alrededor suyo sino también de sí mismo.
El misterio de la ascensión nos convoca, pues, a aspirar lo máximo. A ser más cristianos, más servidores e imitadores de Cristo, más identificados con Él, hasta alcanzar como afirma San Pablo el estado de hombre perfecto que corresponde a aquél que ha llegado a la plenitud en Cristo Nuestro Señor (cf. Ef.4, 13).

3.-La transformación creciente del cristiano en Cristo.
El Señor conoce de nuestra debilidad. Sabe que muchas veces nos cuesta entender todo esto, sabe que esta transformación implica muchas veces un movimiento lento.
Podemos salir nosotros impactados de un retiro, o de algún acontecimiento que nos ha marcado, pero el proceso de conversión siempre es más lento, porque de hecho la meta a la cual caminamos es tan perfecta que es imposible cambiar de golpe y en su totalidad. Por lo menos mirando esto desde nuestra imperfección, ya que para Dios todo es posible.
Es por eso que Jesús con una actitud conocedora de la sicología humana y por lo tanto de nuestro corazón, respeta nuestros tiempos.
De hecho, con la sabiduría divina que encarna, les previene a los apóstoles que no se muevan de Jerusalén y esperen se cumpla la promesa del Padre que consistirá en que han de ser bautizados con el Espíritu Santo.
Cristo estuvo varios años con sus discípulos, los reconfortó y aleccionó una vez más después de su resurrección, sin embargo seguían sin transformarse totalmente como Jesús esperaba para lo cual les prometió y envió el don del Espíritu Santo que es el amor del Padre y del Hijo.
Cuando los apóstoles reciban al Espíritu Santo comenzarán a vivir lo que el Señor les encargó: Vayan por todo el mundo prediquen y bauticen en mi nombre.
Es imposible llevar este mensaje de salvación que Cristo encomienda a la Iglesia de todos los tiempos si el corazón del hombre no está transformado totalmente por el don del Espíritu, que así como lo prometió a los apóstoles también nos lo asegura a cada uno de nosotros.
Es importante tomar conciencia de todo esto, con nuestras debilidades y grandezas, pero aspirando siempre a ésta altura de santidad y de compromiso cristiano al que convoca la fiesta de la ascensión.
En síntesis, la vuelta de Cristo al Padre, nos compromete a continuar su obra en medio de los hombres, creciendo en la profunda búsqueda de ser misioneros, de llevar el mensaje salvador de Cristo, sintiéndonos enviados como Él por el Padre de todos.
Padre Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de “San Juan Bautista” de la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz. Reflexiones en torno a los textos bíblicos de la liturgia de la Ascensión del Señor (ciclo “B”). Hechos.1, 1-11; Efesios 4,1-14; Marcos 16,15-20.- 24 de mayo de 2009.

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24 de mayo de 2009

Insertos en el amor del Padre “Ámense unos a otros como yo los he amado”

Los textos bíblicos de esta liturgia dominical ponen el acento en el misterio del amor.

Misterio del amor digo, porque amar implica siempre entrar en la intimidad de Dios, en el ofrecimiento al hombre de la gratuidad divina. Esta gratuidad propia del amor se expresa en toda su profundidad cuando proviene de Dios.
Ese Dios que nos ama y que nos interpela para que respondamos con la doble vertiente de orientar ese amor a Dios y a nuestros hermanos, a todos aquellos que como nosotros han sido elegidos y amados desde toda la eternidad.
Y así el amor del Padre ha pensado en cada uno de nosotros desde toda la eternidad. Desde todos los tiempos cada uno ha estado presente en el pensamiento de Dios.
Ese amor del Padre que se traduce en el llamado a la existencia, ese amor de Padre que viendo nuestra caída en el pecado busca el remedio enviándonos a su Hijo para que hecho hombre nos mostrara justamente el camino del amor que es el regreso al Padre y encuentro también con los hermanos.
El apóstol Juan nos dice en la segunda lectura que no hemos amado nosotros a Dios, sino que Él nos amó primero.
De hecho la existencia de ese primer gesto, de este llamado de amor y de salvación que Dios va preparando para cada uno por medio de su Hijo nos habla de su infinito amor.
En el libro de los Hechos de los Apóstoles, Pedro va entendiendo que el llamado de Dios es para toda la humanidad. Que si bien eligió un pueblo para que sea depositario de las promesas de salvación, sin embargo es toda la humanidad la que está llamada a encontrarse con su Dios.
Y por eso dirá a Cornelio, el centurión, “Dios no hace acepción de personas”.
En efecto, Dios no llama solamente a los judíos convertidos, sino también a los que provienen del paganismo.
Y el apóstol Pedro va mostrando cómo ese llamado universal ha sido manifestado por medio de Cristo, que muere por todos, e inmediatamente otro signo se manifiesta en el don del Espíritu Santo, que es el Amor entre el Padre y el Hijo, que se derrama sobre los paganos.
Los judíos convertidos quedan confundidos porque no terminan de entender que no son los únicos llamados a vivir en plenitud la filiación divina: “se sorprendieron de que el don del Espíritu Santo se derramara también sobre los gentiles”.
Y así entonces, el Padre que ama, y el Hijo que continúa el amor del Padre entre nosotros, va transformando el corazón del hombre y nos convoca a una respuesta: “Como el padre me amó yo también los amo, permanezcan en ese amor”.
Es una invitación a la grandeza humana permanecer en el amor de Dios y descubrir que cada uno de nosotros es como un proyecto de Dios, proyecto de grandeza.
De allí que el ser humano tiene la oportunidad de manifestar que no está llamado a la pequeñez, a la mediocridad, a la chatura, sino a la grandeza, que es entrar de lleno en el amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Y Jesús nos va dando como caminos para ir concretando esa respuesta de amor.
Por eso nos dice:“Si guardan mis mandamientos permanecerán en mi amor, lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor”.
Y sigue insistiendo llamándonos sus amigos no sus servidores. De ese modo, Jesús nos invita a entrar en ese diálogo de amigos con Él.
Y el que podría llegar a dar la vida por el otro es ciertamente el amigo. Y Cristo lo hizo en la Cruz, invitándonos a hacer otro tanto.
De allí que nos diga: “No son ustedes los que me han elegido, Yo los elegí a ustedes y los destiné para que vayan y den fruto”.
Una prueba más de su amor es el que nos haya elegidos con nuestras fallas y debilidades, con nuestras limitaciones, pecados y miserias y que nos haya enviado, como Él fue enviado por el Padre, para que demos frutos abundantes.
Y nos ha elegido porque ya lo ha hecho el Padre desde todos los tiempos.
Pero esa elección está reclamando una transformación en nuestra vida.
Por eso en la primera oración de esta liturgia dominical pedimos al Señor que ya que estamos celebrando con alegría el misterio pascual, nos transforme de modo que en nuestras obras, viviendo como resucitados, manifestemos la pascua del Señor.
De allí que el mismo Jesús nos diga “Ámense unos a otros”. Afirmación ésta tan mal usada muchas veces , cambiada, retorcida, porque significa muchas veces egoísmo, centralidad en uno mismo y no en Dios y en el hermano.
“Ámense los unos a los otros, como yo los he amado”. Esa es la medida, como Cristo nos amó.
En nuestra relación con el hermano en la fe hemos de amar como Cristo nos ama, es decir, ver en el otro el rostro de Cristo. No solamente en el pobre sino en todos.
Muchas veces descuidamos el rostro de Cristo en el hogar, en la familia, en los padres, en los hijos, o en la oficina, cuando atendemos al otro de mala gana.
Ver el rostro de Cristo en el otro que es retomar lo que nos dice el libro de los Hechos de que Dios no hace acepción de personas, sino que atiende realmente a todos porque a todos ama.
Amor que no es convalidar a quien está perdido o alejado del Señor, sino al contrario, el amor es el que corrige, el que muestra un camino nuevo, el que advierte, el que a través de la purificación nos atrae nuevamente al camino de la verdad y de la auténtica libertad interior.
Ese ámense unos a otros que también se debe revelar en la vida cotidiana, en la vida social.
Y así la misma doctrina de la Iglesia nos va señalando permanentemente lo que significa el amor al otro en las distintas relaciones humanas: obreros, empresarios, sindicalistas, políticos etc.
Buscar siempre el bien común, es decir, ir generando y posibilitando aquellos ámbitos a través de los cuales el ser humano pueda desarrollarse como tal y pueda crecer en la dignidad de hijos en la que fuimos creados y llamados a vivir cada día.
Cuando en el mundo de la política, por ejemplo, se busca nada más que el interés personal, enriquecerse a través del poder, o enriquecer a los amigos, y no legislar , conducir o administrar justicia por el bien de todos, no se está cumpliendo con esto que pide el Señor de ámense los unos a los otros.
De manera que este mandato de Cristo no es algo meramente romántico o poético, sino que es un amor que debe ejercerse en la vida cotidiana, cada uno en la misión que Dios le ha encomendado o que le vaya pidiendo cotidianamente en el transcurrir de la vida.
Y así la tarea del cristiano debe ir descubriendo en su vida concreta cómo debe vivir y actualizar a Cristo resucitado en su relación con Dios pero también en la relación con los demás.
Los compromisos, los requerimientos, y la interpelación de Dios son diferentes en cada uno, según el trabajo, el oficio, la profesión, y la misión que cada uno desempeña.
Pero en todos los ámbitos podemos ir descubriendo lo que el mismo Jesús nos manifiesta.
Llamados por el amor del Padre a una vida de plenitud que alcanzamos por el sacrificio de su Hijo hecho hombre y por la acción del Espíritu Santo que nos va moviendo para encontrar al Señor, a nosotros mismos y a nuestros hermanos.
Pensemos en todo esto, pidamos ser iluminados y fortalecidos por la luz y fuerza de Dios para que en amor a Dios y al prójimo demos frutos abundantes.
¡Vayamos mostrando al mundo que vale la pena estar bautizados y seguir a Cristo, que es motivo de alegría el ser creyentes!

Padre Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de “San Juan Bautista” en Santa Fe de la Vera Cruz. Reflexiones en torno a los textos bíblicos de la liturgia del 6to domingo de Pascua (Hechos 10,25-26.34-35.44-48; I Juan 4,7-10; Juan 15,9-17). 17 de Mayo de 2009.
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14 de mayo de 2009

El itinerario de la plenitud cristiana.

En la primera oración de esta liturgia dominical pedimos al Señor que nos mire con amor de Padre y que nos conceda a los que creemos en Cristo su Hijo hecho hombre, la libertad verdadera y la herencia eterna.

Suplicamos que El nos mire con amor de Padre, como tantas veces lo hemos hecho con confianza filial.
Y como respondiendo a este ruego -que es de toda la Iglesia-, el Padre nos muestra a través de los textos bíblicos que acabamos de proclamar, el camino o itinerario que nosotros podemos recorrer en orden a esta plenitud de vida que significa la unión con el Señor Jesús en quien creemos y amamos hasta llegar al encuentro del Padre.
En este camino, los Hechos de los Apóstoles (9,26-31) nos presenta como punto fundamental la conversión del corazón.
Lo hace mediante una figura que nos proclama hasta qué punto la respuesta a la gracia de lo alto es capaz de cambiar el corazón del hombre por más alejado que esté de Dios.
Es la figura de Saulo de Tarso, llamado más adelante Pablo, el apóstol de los nacidos en el paganismo.
Él, -que vivía persiguiendo a los cristianos-, por la acción de Dios, es decir con la mirada del Padre, recibió de lo alto el don de la conversión al que respondió dedicándose de lleno a proclamar el Evangelio de Aquél de quien había tenido una experiencia muy particular cuando lo llamara a una misión muy distinta a la que servía.
Pablo se encuentra en Jerusalén para presentarse a los apóstoles, contar su experiencia y recibir la confirmación de la Iglesia de aquello que estaba realizando, en medio de la sospecha que sobre su persona existía.
Es presentado por Bernabé y obtiene el reconocimiento que necesitaba, siguiendo en su misión de llevar la doctrina de Cristo aunque los judíos de origen griego no estaban convencidos de su conversión.
El Dios que lo ha llamado lo va empujando a seguir adelante a pesar de las dificultades, y los hermanos lo hacen embarcar a Tarso.
Experimenta lo que a veces acontece en la Iglesia, cuando los recién convertidos no son bien vistos por quienes viven desde tiempo atrás su fe en el resucitado.
Se trata en el fondo de un signo de la inmadurez de la comunidad que no termina de mirar desde el Dios de la misericordia los nuevos acontecimientos que se suceden en la historia personal de un creyente.
Cuesta entender que la gracia de Dios toca el corazón del hombre cuando quiere y como quiere y que el juicio de Dios es el que cuenta.
En definitiva se hace necesario que no debemos dejarnos llevar por nuestras pobres impresiones que no penetran el interior de nadie, que sólo es conocido en su totalidad por la mirada de Dios que va moviendo por su Espíritu a cada uno desde dentro.
Pero no basta la conversión primera ya que quedan en el corazón humano las pasiones, las malas costumbres contraídas, las dificultades para vivir de una manera nueva.
Es necesario afianzar la conversión a través de la unión con Cristo (Juan 15,1-8), y llegar a reconocer la profundidad de lo enseñado por Jesús “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos”.
El que permanece unido a Cristo como el sarmiento a la vid, tendrá la vida verdadera. La unión con Cristo nos hace dar mucho fruto, mientras que separados de Él no servimos más que para secarnos y perecer en el fuego.
¡Qué lección esta que el ser humano no termina de entender: separados del Señor nada podemos hacer!
Aunque en apariencia pareciera que nos arreglamos solos en este mundo, la gracia de Dios es la que en definitiva nos permite una vida totalmente diferente.
Cristo aparece como la vid, el Padre del cielo como viñador, y tanto Jesús como nosotros los bautizados la viña del Señor. Esta viña que ya aparecía en el Antiguo Testamento se continúa en el Nuevo.
Y el Padre actúa, en esa relación entre la vid y los sarmientos. Es por eso que decíamos en la primera oración de la liturgia de hoy:”Míranos Señor con amor de Padre”, y el Señor cuando nos mira con amor de Padre realiza lo que el Evangelio llama la poda.
Sabemos lo que significa la poda de un árbol en cuanto le da oportunidad de seguir creciendo con más fuerza. Cuando nosotros damos fruto el Padre nos poda a través del dolor, del sufrimiento, de la enfermedad, de la indiferencia con que somos tratados.
En medio de las dificultades de esta vida aparece esa poda con la que el Padre de los Cielos quiere darnos renovadas fuerzas en orden a nuevos frutos. La poda es un proceso doloroso, de purificación, que se traduce en un nuevo florecer, en vida.
Ese dar fruto implica creer en Jesucristo y producir obras de caridad amándonos unos a otros como nos mandó (I Juan 3,18-24).
Y este creer y amar es el tercer paso del itinerario del que hablaba al comienzo.
La conversión, y el afianzarnos en el camino de una vida nueva por la unión con Cristo, culminan en la fe en el resucitado y el amor a Dios y al prójimo.
El cristiano de esta manera tiene la oportunidad de seguir creciendo en medio del mundo y de los problemas, ya que “permanece en Dios y Dios en él” al no amar sólo de palabra sino con obras y según la verdad.
Cristo resucitado nos invita una vez más a adherirnos a Él.
Si así lo hacemos estaremos recibiendo esa vida nueva que sólo Él puede concedernos, la savia, esto es la gracia, que no sólo ilumina nuestra inteligencia para saber cómo obrar en este proyecto de vida nuevo que nos ofrece el resucitado, sino que nos facilita el obrar en el amor según Dios.
Cada día, -en fin-, volvamos a suplicar la mirada de Padre de quien nos creó, redimió y santificó, para que los que creemos en su Hijo avancemos por las obras de caridad, hasta heredar la vida eterna.

Padre Ricardo B. Mazza. Párroco de la Pquia “San Juan Bautista” de Santa Fe de la Vera Cruz. Reflexiones en torno a los textos de la liturgia dominical del Vto. domingo de Pascua, ciclo “B”. 10 de Mayo de 2009.
ribamazza@gmail.com; www.nuevoencuentro.com/tomasmoro; http://ricardomazza.blogspot.com.-

8 de mayo de 2009

MIREN CÓMO NOS AMÓ EL PADRE

El Apóstol san Juan nos dice (I Jn. 3,1-2) “Miren cómo nos amó el Padre”. Esto tendría que ser algo permanente en nuestro corazón: considerar cómo nos amó y ama el Padre de Jesucristo y también Padre nuestro.

El Padre del Cielo nos ha hecho hijos suyos, ya que por su amor no sólo nos llamamos hijos, sino que lo somos en verdad. Como hijos estamos convocados a vivir para siempre con El y su Hijo Primogénito Jesucristo.
Ahonda el Apóstol en esta idea diciendo que si alguien no nos reconoce como hijos del Padre, es porque no lo ha conocido al Padre, a Dios.
Para poder manifestar la filiación divina que cada uno de nosotros por participación posee, es necesario conocer al Padre, descubrir su paternidad eterna, que nos ha creado y pensado en nosotros desde toda la eternidad, revelando el amor y la infinita misericordia que nos tiene.
Tanto nos amó que nos envió a su Hijo para que hecho hombre y muriendo en la Cruz nos reconciliara con su Padre.
Ahora bien, este amor de Padre se manifiesta particularmente en el Hijo.
Y así, descubrimos a Jesús el Buen Pastor que prolonga la figura de Dios Buen Pastor presente ya en el Antiguo Testamento.
Jesús gusta usar de las comparaciones para que nosotros podamos acceder más fácilmente al conocimiento de su persona.
Él mismo se denomina como el camino, la verdad, la vida, la luz del mundo, el agua viva, la vid y también, como el Buen Pastor.
Él como resucitado está presente entre nosotros para pastorearnos, para buscar nuestro bien.
Aún cuando nos corrige mostrándonos el camino estrecho de la santidad, el buen Pastor nos ama, ya que el amor busca siempre el bien del otro.
Cristo como Buen Pastor se presenta como alguien que da su vida por las ovejas, por cada uno de los bautizados.
Él mismo asegura que nadie le quita la vida, sino que la entrega por amor (Jn.10, 18).
Todo el camino de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, no fue más que una vía e instrumento de la Providencia de Dios para que quedara patente que Él libremente se entregaba a la causa de la salvación humana.
Cristo entrega su vida, mientras que el asalariado la cuida de todo mal personal, porque trabaja por una recompensa, por un salario, le tiene sin cuidado la suerte de las ovejas.
El asalariado no tiene vocación para el pastoreo sino que labora por interés a la paga que ha de recibir.
A nosotros nos pasa algo semejante. Cuando hacemos algo por amor entregamos lo mejor de nosotros mismos. Cuando lo hacemos únicamente por una paga, por un sueldo, sólo importa uno mismo.
El llamado recibido y respondido, hace que la entrega sea de corazón, aunque se perciba alguna retribución, ya que ésta no es la razón de la entrega, sino que en todo caso la acompaña.
El amor lleva al Pastor a darse más allá de lo indispensable y es en esa entrega donde alcanza su plena realización.
Cristo como Buen Pastor dice que sus ovejas escuchan su voz.
Esta afirmación nos puede ayudar a examinarnos a nosotros mismos. ¿Escuchamos la voz de Cristo Buen Pastor? ¿O preferimos las voces extrañas, que buscan atraernos, pero no a la verdad precisamente?
A los niños les aconsejamos siempre que no escuchen a los extraños, a quienes no conocen, porque a través del engaño les harán daño.
¿Somos coherentes con lo que aconsejamos a otros y hacemos caso omiso de las voces engañosas que nos prometen felicidad aparente?
A veces escuchamos esas voces que a través del facilismo o de los impactos emocionales buscan alejarnos de Aquél que es la voz autorizada del Padre.
Muchas voces nos emboban y conquistan con falsas ilusiones para dejarnos finalmente más empobrecidos que nunca.
Por eso Jesús nos reclama que hemos de volver a escucharlo a Él.
Tener en cuenta lo que nos dice y enseña siempre para nuestro bien. Retener lo que nos dice en la oración, en la soledad del silencio, en la profundidad de nuestro corazón buscador de plenitud.
Cuando lo escuchamos a Jesús nos damos cuenta que le pertenecemos, porque “los que son de mi rebaño” escuchan mi voz.
Escuchar la voz del buen Pastor implica escuchar también la voz de la Iglesia que nos prodiga sus enseñanzas abundantemente.
A veces rechazamos esas enseñanzas de la Iglesia porque nos parecen contrarias a las enseñanzas del mundo, y percibimos a la Iglesia anticuada, fuera de moda, de nuestra cultura, la Iglesia tiene que modernizarse-decimos-, no se nos puede exigir esto . Y de esa manera nos perdemos la oportunidad de escuchar la verdad. Tanto Cristo como la Iglesia nos muestran el camino que lleva al Padre.
Aunque no seamos santos o no vivamos según el evangelio, la Iglesia como Institución es Santa y nos mostrará al Buen Pastor.
Somos hijos de Dios, asegura el Apóstol San Juan, y si bien no se ha manifestado todavía lo que seremos, tenemos la seguridad de que seremos semejantes a Él porque lo veremos tal cual Es.
Mientras caminamos a esa meta dichosa prometida, hoy celebramos la jornada de oración por las vocaciones sacerdotales y religiosas.
Por eso pedimos al dueño de la mies que envíe operarios que trabajen en el campo de la Iglesia, al servicio del evangelio.
Imploramos el que tengamos abundantes y santas vocaciones a la vida consagrada.
La Iglesia necesita personas convencidas de que la consagración al llamado sacerdotal o a la vida religiosa no es un desperdicio de la vida personal, sino que por el contrario significa haber entendido que no hay amor más grande que dar la vida por los amigos como nos lo enseña el mismo Jesús.
Pidamos la gracia de lo alto para que quienes hemos sido elegidos para esta vida que ha de reproducir al Buen Pastor, no vivamos como mercenarios, como cumpliendo algo obligados, sino proclamando en el tiempo, aún con nuestros pecados, el camino que conduce al Padre.
Padre Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de la parroquia “San Juan Bautista” de Santa Fe de la Vera Cruz. Reflexiones en torno a los textos bíblicos del domingo del “Buen Pastor” (I Juan. 3,1-2; Juan 10,11-18) 03 de mayo de 2009.