1 de octubre de 2010

“Derribó a los poderosos de sus tronos y exaltó a los humildes” (Lc. 1,52)

“Si no escuchan a Moisés y a los profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos tampoco se convencerán” (Lc. 16, 31). El texto citado está apuntando a la actitud de fe frente a la Palabra de Dios, ya que cuando no se acepta ésta como enseñanza del Señor y como manifestación del designio que tiene sobre cada uno de nosotros es inútil pretender apariciones u otras situaciones fantasiosas. De hecho, toda esta gente que denuncia el profeta Amós en su tiempo, había recibido las enseñanzas de Moisés, y escuchaban a los profetas y, sin embargo estaban sumergidos en las riquezas que la prosperidad de ese momento les brindaba y hacían caso omiso a la Palabra de Dios que había manifestado –y así lo expresaba la ley de Moisés- la necesidad de abrir el corazón no sólo al Creador sino también a las carencias del hermano, del prójimo. En efecto, como decíamos el domingo pasado y se continúa en éste, la situación social que se vivía en el reino de Israel (s. VIII a.C.) era de una injusticia galopante. Unos pocos se enriquecían y se daban la gran vida mientras la mayoría de la gente, explotada, se consumía en medio de sus miserias. Pero he aquí que Dios en su Providencia, a través de la historia misma de los pueblos, va mostrando su designio de salvación, señalándolo duramente el profeta Amós diciendo, “por eso irán al cautiverio al frente de los deportados y se terminará la orgía de los libertinos” (Amós 6, 7), refiriéndose a la caída de este reino en el año 721 a.C.-
La historia humana es historia de salvación, pero también de condenación, toda vez que el hombre se aparta de su Dios y quiere construir su vida a sus espaldas, prescindiendo de sus hermanos dando curso a una vida preñada de injusticias y falsas seguridades que a su tiempo cae estrepitosamente.
En la historia humana cuando se ingresa en la corrupción de todo tipo en los pueblos, concluye esta situación devorándose a sus mismo hacedores.
El texto del evangelio sigue en la misma línea de la profecía de Amós y en lo que habíamos reflexionado ya el domingo anterior.
Aquí se presenta la figura de un hombre rico. La descripción es muy cruda señalando de entrada un estilo de vida disoluto ya que vestía de “púrpura y lino finísimo”, dejando al desnudo así la frivolidad de aquél tiempo. No se repara en gastos para una vida lujosa signada por espléndidos banquetes, despreocupados todos de la miseria, fruto de la injusticia humana, que acechaba a su alrededor.
Dejándonos llevar por la imaginación podemos escuchar las conversaciones que dominaban la atención de los fiesteros, descripciones sobre cómo hacían dinero, oprimiendo todo a su paso, jactándose sobre sus astucias para ir prosperando cada vez más, convalidando nuevos y oportunos negocios que incrementaran insaciablemente sus fortunas mal habidas, forjadas en la sangre de los pobres. Esta realidad presente en la época de Cristo y que continúa lamentablemente en nuestros días, va mostrando hasta que punto el corazón del hombre es capaz de ir cerrándose ante Dios, volviéndose insensible frente a su Palabra, y ante las necesidades de los demás hombres.
En efecto, este hombre Lázaro, que estaba yaciendo en su pobreza, representa a toda una sociedad despojada de aquello que le es propio por designio particular de Dios que ha destinado los bienes creados para el bien de toda la humanidad.
Podemos intuir en este cuadro de necesidades a aquellas personas que víctimas hoy de tantas injusticias sociales en el mundo, reclaman desde el yacente Lázaro lo que se les niega en un sistema político, social, económico y cultural que privilegia a los poderosos y excluye sistemáticamente a aquellos que no cuentan para una visión utilitarista del hombre.
El hecho de que el pobre tenga nombre, Lázaro, -mientras que el rico está despojado del mismo-, indica que estas miserias claman al cielo con nombre y apellido, que Dios los atiende ya que guarda memoria de los excluidos.
En el texto del evangelio no se pretende condenar la riqueza o la personal figura del rico, sino que se fustiga el mal uso que de esas riquezas se hace. Tampoco se canoniza la pobreza, ya que Dios no quiere la situación misérrima que viven tantos lázaros en el mundo, ni es su intención consolarlos prometiéndoles una vida mejor después de la muerte, ya que la injusticia que padecen es fruto de la opulencia y el egoísmo de tantos que, cerrados en sí mismos, no abren caminos, pudiéndolo hacer, para dignificarlos.
El evangelio proclamado señala la gravedad de estos hechos introduciendo el tema de la retribución después de la muerte.
Para ser entendido Jesús utiliza términos del judaísmo vigentes en su época y, como se dirige a los fariseos marcará la necesidad de la fe en su persona y su enseñanza que reclama una nueva visión de las cosas y de la vida como condición para un cambio posible del hombre y su paso por este mundo en medio de los bienes terrenales.
La actitud del rico reclamando “pruebas” para los todavía vivos que motive su conversión, es rechazada rotundamente en el texto. Jesús exige una actitud totalmente nueva, la de la fe en su persona, ya que cuando el hombre pide pruebas no es porque le interese creer, sino porque quiere enmarcar lo espiritual y trascendente en las “falsas” seguridades de su mundo volátil.
Sucede para quien vive la sicología propia del rico de la parábola que tan encerrado está en su mundo insensible que es incapaz de abrirse a la vida de fe, siendo su “ver” un permanente “no ver”. Un ejemplo lo tenemos en la resurrección de Lázaro, hermano de Marta y María, que provocó la fe de algunos presentes junto a su tumba, pero que endureció aún más a los fariseos, hasta tal punto de querer matar tanto al recién revivido como a Jesús. Estos incrédulos veían sin ver en absoluto. Jesús les dio por lo tanto un signo, adelantándose a su propia resurrección, pero se cerraron totalmente al mismo.
Así sucede con la riqueza que es capaz de cegar a las personas hasta tal punto que se cierran a toda perspectiva de fe porque han excluido a Dios y al prójimo que son los únicos que podrían, si se los reconociera, cambiar sus proyectos egoístas de vida.
El “signo” o la “prueba” que les da Jesús para que se conviertan de su dureza de corazón es la de Lázaro. Es decir que Él mismo se presenta humillado y sangrante en su pasión como varón de dolores que asegura, para quien lo reciba, el participar de su misma resurrección.
Es decir que es necesario volver a las fuentes, regresar a Él cubierto de llagas y de miserias en las personas excluidas de este mundo, para que recibiéndolas en nuestra sociedad, -que es recibirlo a Él mismo-, dignificándolas, obtengamos todos como hermanos la realidad de resucitados a la vida de la gracia y de hijos amados del Padre.
En definitiva se trata de vivir lo que exhorta hoy San Pablo (1Tim. 6, 11-16): “Practica la justicia, la piedad, la fe, el amor, la constancia, la bondad, pelea el buen combate de la fe” – o sea jugate por tus convicciones de fe cristiana, no te dejes separar de Cristo por las promesas fáciles del mundo. “Conquista la vida eterna a la que has sido llamado y en vista de la cual hiciste una magnífica profesión de fe”. En efecto, la vida eterna que es siempre meta del cristiano supone ir conquistándola permanentemente en esta fidelidad a la persona de Jesús y a sus enseñanzas, y a nuestros hermanos.
Queridos hermanos, esta parábola ha sido proclamada muchas veces entre nosotros los creyentes. Sin embargo todavía sigue sin calar hondo en nuestro corazón. Pidamos al señor nos ayude a entender su interpelación y nos dé fuerza para vivir este ideal cada uno en la parte que Él nos reclame.

Padre Ricardo B. Mazza. Director del CEPS “Santo Tomás Moro”, en Santa Fe de la Vera Cruz. Homilía en el XXVI domingo ordinario, ciclo “C”. 26 de septiembre de 2010. ribamazza@gmail.com; http://grupouniversitariosanignaciodeloyola.blogspot.com; http://ricardomazza.blogspot.com; http://sanjuanbautista.supersitio.net/; http://stomasmoro.blogspot.com.-

24 de septiembre de 2010

“Llamados a ser administradores fieles de los bienes del Señor”

Con frecuencia en la liturgia dominical se proclaman textos bíblicos que hacen referencia a la enseñanza de Cristo acerca de las riquezas y su uso. Estas, muchas veces esclavizan al ser humano desvirtuando el sentido de su vida e impidiéndole orientar su corazón al Dios de la Alianza, que se ha comprometido con nosotros desde el día del bautismo y se revela como el verdadero Bien.
Las lecturas bíblicas de este domingo, en especial la profecía de Amós y el evangelio según san Lucas, hacen referencia al buen uso que se ha de dar a los bienes temporales, condenando como contrapartida el mal uso que con frecuencia se hace de ellos. El domingo próximo el profeta Amós mostrará cuál es la consecuencia de esto último, y el texto del evangelio señalará con crudeza el destino del hombre que es incapaz de convertirse, poniéndolo a Dios nuevamente como el centro de su vida.
Esta enseñanza que analizaremos en su momento, está precedida por el mensaje que se nos deja hoy. La profecía de Amós nos interioriza acerca de cómo el enviado de Dios juzga duramente la injusticia social que se vivía en el reino del Norte hacia mediados del siglo VIII antes de Cristo. –Recuérdese que Israel, en ese tiempo, estaba dividido en el reino del Norte o Israel, con diez tribus, siendo su capital en ese entonces Samaría y, el reino del Sur o Judá, con capital en Jerusalén, formado por las tribus de Judá y Benjamín.-
Junto a la prosperidad económica de Israel, favorecida en gran medida por su situación geográfica, crecía una injusticia social cada vez más escandalosa. Los poderosos buscaban enriquecerse explotando y oprimiendo a los más débiles social y económicamente. La defraudación en el comercio y la compra de los pobres por sandalias y, otros males generalizados, causaban una situación de extrema injusticia social.
En nuestros días la “justicia largamente esperada” y no concretada, provoca una situación de injusticia que repite similares hechos.
Podríamos agregar aún, la presencia de aquellos que se enriquecen con el fomento -entre los más pobres en particular- de la droga, el juego, la prostitución. Los hay que dilapidan los fondos que son de todos para mantener ideologías totalitarias, la anticoncepción, el entretenimiento de sociedades serviles por medio de la dádiva o la frivolidad, el premio a los “amigos” o a los seguidores absolutos de la política de los negocios.
Agrava esto que denuncia Amós para su tiempo, pero que tiene aplicación también en nuestros días, el que se pretenda vivir esta realidad unida a una religiosidad fingida por medio de un presuntuoso culto a Dios, que provoca aquellas palabras de “jamás olvidaré ninguna de sus acciones”.
La clave de este enojo nos la da el texto del evangelio proclamado que nos dice “había un hombre rico que tenía un administrador” al que descubren defraudando a su amo. Situación que apunta quizás al hecho de que ese hombre rico es el mismo Dios, Señor absoluto de todo lo creado, siendo el administrador cada uno de nosotros que recibimos la creación en tutela.
En efecto, todo lo creado fue puesto al servicio de la humanidad entera para que cada uno pueda vivir dignamente, como hijo de Dios.
Cuando reflexionamos sobre la justicia advertimos que el objeto de esta virtud es el derecho, es decir, lo que le corresponde a cada uno.
¿Y de dónde surgen los derechos de cada persona? Justamente del hecho de haber sido creados a imagen y semejanza de Dios y por lo tanto ser en verdad cada uno de nosotros sus hijos. Ese mismo Dios que creó al hombre ha puesto el resto de la creación al servicio del hombre, para que crezca con dignidad, para que sea feliz y se realice como persona, de manera que en este marco de referencia que es la justicia a nadie le falte y a nadie le sobre. Cuando se producen los desniveles sociales comienza a tener vigencia la injusticia que hace estragos en la vida personal y social.
Por el hecho de ser persona cada uno de nosotros está revestido de igual dignidad, por lo tanto con derecho a tener sus posesiones, su propiedad, sus cosas, aunque también es cierto que existe una igualdad proporcional en la posesión de esos bienes que se funda en el trabajo, en el lugar que cada uno ocupa en la sociedad, de lo que se ocupa la justicia social en su relación con la justicia distributiva. Correlativamente cada uno debe aportar a la comunidad lo que le es propio y que contribuya al bien de todos.
Ahora bien, ¿cuándo se produce la mala administración? Cuando el ser humano cree que es dueño de las cosas y se deja marear por las riquezas que le ofrece la sociedad de consumo, por el deseo de tener y, cree que la vida humana trascurre solamente por este cauce de lo temporal.
Esto provoca que se acumule, que se vaya poseyendo cada vez más bienes, o se busque cualquier medio en su retención, como lo hace este administrador. Para no quedar en la miseria sigue engañando a su señor, buscando ganar amigos con el dinero de la maldad, es decir el de la rapiña.
Esto no resulta extraño en nuestros días a cierta mentalidad acaparadora para el personal provecho de bienes y dinero que son de todos.
Quienes así viven, –y tenemos sobrados ejemplos en nuestra Patria en la actualidad-, se esfuerzan por ganar amigos –que duran sólo en tiempo de bonanza, y se alejan cuando olfatean el peligro y la ruina- que puedan confirmarlos en el poder que detentan o les aseguren impunidad y protección para cuando se les pida cuenta de su administración deshonesta. Así resulta que el que ha puesto su corazón en el dinero y lo tiene como propio, no se sacia nunca, ya que el corazón está exhausto de otros valores que pudieran dar sentido verdadero a sus vidas.
Santo Tomás de Aquino decía en su tiempo que cuanto más el hombre pone como fin de su vida las cosas materiales, más vacío se percibe, ya que naturalmente, como creatura de Dios, está provisto de un dinamismo interior que lo orienta hacia Él su verdadero bien. Sucede que cuando lo deja de lado para postrarse al dios Mamón, el desasosiego se instala en el hombre aunque presuma de ser feliz, insaciable en lo más profundo del ser.
Cristo avanza un poco más en sus consideraciones ya que asegura que este comportamiento es propio de los hijos de este mundo y nosotros no debemos ser como ellos. El elogio del administrador infiel no versa sobre su deshonestidad sino sobre la habilidad para sortear los obstáculos.
Jesús nos señala que en el mundo los hombres hacen cualquier cosa por retener los bienes materiales, a pesar de conocer su precariedad, mientras que los que vivimos de la fe no ponemos el mismo empeño para crecer en la vida de unión con Dios.
Se nos invita, por lo tanto, a ser hábiles para ganar amigos con el dinero de la injusticia. ¿Por qué de la injusticia? Porque las riquezas son mal habidas en muchísimos casos o si fueron adquiridas honestamente, no fueron compartidas con los más pobres a través de lo que hoy llamamos solidaridad, justicia social o justicia distributiva.
Jesús nos aconseja ganar amigos -como lo hace el administrador infiel-, que nos reciban en las moradas eternas. ¿Quiénes son estos? Todos los favorecidos con nuestra caridad, los que hemos asistido en sus necesidades, aquellos con quienes compartimos los bienes temporales, los pisoteados por el mundo que reciben nuestro consuelo.
Jesús insiste en que si el hombre no es honesto en el uso del dinero injusto, es decir si sólo acapara para sí sin abrir su corazón al otro, no lo será en relación con los verdaderos bienes.
El Señor no censura un uso ordenado de los bienes de este mundo ya que contribuyen al desarrollo de la persona acorde con su dignidad, sino que alerta sobre la preocupación actual, desmedida, por acumular más y más, poniendo la esperanza en lo material con el olvido total de nuestro fin trascendente, el cual ya casi no entra en las preocupaciones del hombre que se cierra por ello ante la necesidad del otro.
El Señor algún día nos llamará a rendir cuentas de nuestra administración, y podría decirnos: ¿qué es lo que me han contado de ti? ¿Es cierto que sólo favoreciste a tus amigos, a quienes compraste para mantenerte en el poder? ¿Es cierto que no te preocupaste por remediar en lo que podías la miseria de los demás, preocupándote sólo en tus negocios, muchos de ellos deshonestos?
Pero también puede decirnos, -y ojala sea así- “porque fuiste fiel en lo poco usando honesta y austeramente de los bienes que recibiste, abriendo tu corazón siempre ante las necesidades de los demás, entra a participar de los verdaderos bienes”.
Confiando en que nunca nos faltará la luz de lo Alto para descubrir la voluntad de Dios sobre nosotros en lo que respecta al uso de los bienes temporales y la búsqueda de los eternos, abramos nuestro corazón con confianza a la verdad que nos quiere descubrir con su palabra.


Cngo Prof. Ricardo B. Mazza. Director del CEPS “Santo Tomás Moro”. Homilía en el domingo XXV, ciclo “C”, del tiempo ordinario. 19 de septiembre de 2010. Textos: Amós 8, 4-7; Lucas 16, 1-13.-
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17 de septiembre de 2010

“COMPASIVOS, COMPARTIMOS LA ALEGRÍA DE LA MISERICORDIA DEL PADRE”

Acabamos de proclamar las parábolas de la misericordia que describe el evangelio de nuestro Señor Jesucristo según San Lucas en el capítulo 15 (vv.1-32). Las tres están unidas a lo que escuchamos en la primera lectura tomada del libro del Éxodo (32,7-11.13-14) donde Dios se muestra compasivo con su pueblo por la intercesión de Moisés. En la Nueva Alianza será Jesús el nuevo Moisés que intercede ante el Padre muriendo en la Cruz.
En el texto se da como una identificación entre el Padre y Jesús, ya que éste ha venido no a condenar sino a salvar a los pecadores, que somos cada uno de nosotros, que en mayor o menor medida nos hemos alejado alguna vez, por lo menos, de la presencia de Dios.
El evangelio proclamado nos muestra en profundidad ciertamente la alegría del Padre, de Dios, de un Dios que va al encuentro del hijo que ha perdido. Las tres parábolas refieren a la alegría experimentada por el encuentro de la oveja que se ha perdido, o de la moneda hallada, o el hijo que vuelve a su casa paterna. La alegría por el encuentro de lo que se había perdido en los dos primeros ejemplos –la oveja y la dracma- sirve de preámbulo para destacar que es una comparación que mira en realidad a la naturaleza humana, ya que “habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse” o “la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta”.
En el corazón del padre bondadoso – que es el del Padre del cielo y de su Hijo hecho hombre-, estaba presente el hijo extraviado, aunque había malgastado aquello que constituían los dones y posesiones paternas y, con su amor, lo va atrayendo a través de la memoria de lo vivido antes de su partida por sendas de extravío.
La alegría caracterizará este encuentro del padre expectante con el hijo que retorna a los inicios felices que nunca debió dejar arrastrado por la inmediatez de las cosas y de los placeres.
Alegría que el Padre comparte con otros, tal como aparece sugerido en el pastor que trae sobre sus hombros a la oveja perdida, o en la mujer que proclama el gozo de haber recuperado la dracma extraviada, o en el padre exultante que convoca a todos a festejar el retorno del hijo que se había alejado pero al que nunca había dejado de amar.
Los coros y las danzas se suceden celebrando este acontecimiento en clima festivo. De este modo el padre –figura del Padre misericordioso- manifiesta que siempre ha esperado el regreso de quien se ha alejado, seducido por las artimañas del maligno y de sus seguidores que encandilan con fáciles pasatiempos, pero que resultan vacíos e impotentes para alegrar el corazón del hombre, ya que éste está orientado -aunque no lo perciba- desde que fue creado, sólo hacia aquello que lo enaltece.
Jesús se contagia de esta alegría de su Padre, de allí que contestando con estas parábolas a los escribas y fariseos lo hace para que entiendan por qué recibe y come con los publicanos y pecadores. Al dialogar y escuchar a aquellos que eran considerados pecadores por quienes presumían de “perfectos”, no realiza más que la misión para la que fue enviado como Hijo de Dios, esto es, para salvar y elevar a todos.
Como Jesús conoce el interior de todo hombre que viene a este mundo sabe que nadie puede atribuirse santidad alguna si Él no la concede, de allí que sus enseñanzas se dirigen también a aquellos “que se consideraban” justos cuando en realidad no lo eran de verdad.
Los escribas y fariseos, siempre jueces de los demás, porque “se consideraban” justos sin serlo, no pueden alegrarse con el regreso de los pecadores, de allí que sólo destilen murmuración.
Pero como Cristo es salvador de todos, también se preocupa por ellos invitándolos a cambiar el corazón endurecido con una actitud nueva por la que compartan, -convertidos también- , la alegría del Señor y de todos los que han comprendido en qué consiste la misericordia de Dios, porque la han recibido también como regalo de lo Alto.
Esta actitud de los escribas y fariseos muchas veces se observa en la misma vida de la Iglesia. Consideramos que por haber estado siempre más o menos junto a Dios poseemos más méritos y derechos que otros, llegando a sentir pena porque el convertido sea recibido con alegría y fiesta, o que se le confíen nuevamente tareas incorporándolo a la comunidad.
Hasta nos puede brotar la envidia por el gozo con que alguien que ha vuelto es recibido. Y hasta caemos en la comparación, no inspirada por Dios por cierto, quejándonos que nunca hemos recibido un obsequio especial por tantos años de fidelidad y trabajo.
Hasta quizás nos quejamos ante el mismo Dios, ya que Él trataría mejor a los pecadores que a los justos -o a los que se “consideran” justos-. En verdad nadie es justo, ya que es la gracia divina la que nos hace justos y, en mayor o en menor medida todos somos pecadores y necesitamos de la misericordia divina.
Quien se ha mantenido en unión con Dios durante su vida o en el transcurso de la mayor parte de su vida ha gozado de su presencia.
Al hijo mayor de la parábola, como a los que se han mantenido fieles, el Señor les dice “tú siempre has estado conmigo, no me reproches porque no te dí un cabrito para la peña con tus amigos ya que tu alegría ha residido en haber estado siempre conmigo”, “yo soy más importante que el cabrito que no tuviste”. “Has participado de mis desvelos y preocupaciones, y no te he manifestado mi afecto por medio de un cabrito, porque yo siempre me he ofrecido a ti como padre, entregándote lo mejor de mí mismo”. Pero “ahora alégrate porque tu hermano que estaba perdido ha vuelto a compartir con nosotros la vida de la que nunca debió apartarse encandilado por un mundo de espejismos. El que se había ido detrás de otros amores a los que consideraba superiores, o de otros dioses como el pueblo de Israel tras el becerro de oro, ha vuelto, alegrémonos y hagamos fiesta por el retorno”.
Hermanos, felices por las enseñanzas que nos deja Jesús, pidámosle que nos ayude a entender y vivir sus enseñanzas, que nos conceda el que podamos estar alegres siempre que recuperemos a alguien que se había perdido pero que se ha convertido y, reparando sus yerros se ha integrado nuevamente a la casa del Padre común de todos.

Cngo Ricardo B. Mazza. Cura párroco de la parroquia “San Juan Bautista”, en Santa Fe de la Vera Cruz, Argentina. Homilía en el domingo XXIV del tiempo ordinario, ciclo “C”. 12 de septiembre de 2010.
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10 de septiembre de 2010

Llamados al seguimiento del amor pleno que es Cristo.

La palabra de Dios nos llama la atención hoy sobre un tema importante en la vida del cristiano, la sabiduría. Los textos bíblicos van distinguiendo la sabiduría humana de aquella sabiduría que va más allá del plano terrenal. Al respecto, en la primera lectura se pregunta “¿qué hombre puede conocer los designios de Dios o hacerse una idea de lo que quiere el Señor?”. Para que entendamos cuán difícil es conocer el designio y voluntad de Dios hace un repaso de las dificultades que tiene el ser humano en orden al conocimiento de todo lo que lo rodea, de las cosas de este mundo. Y así irá señalando que el conocer del hombre es fatigoso y que no siempre llega a descubrir la verdad más profunda de aquello que lo rodea. De hecho sabemos por experiencia cómo el ser humano en el transcurso del tiempo ha ido creciendo en el mundo del conocimiento en todos los órdenes. Pero siempre estamos ante un discernimiento perecedero que en definitiva no llena el corazón humano, ya que quedan siempre muchas lagunas en nuestra vida que no tienen una respuesta adecuada en el conocimiento que cada uno puede ir adquiriendo.
Por eso la pregunta sobre qué hombre puede conocer los designios de Dios es de capital importancia.
Ante la impotencia del ser humano por conocer el designio divino, surge la respuesta dada por el mismo Jesús.
A través de su Espíritu va señalando los pasos que conducen a la verdadera sabiduría, la cual consiste en saber vivir bien, es decir existir de un modo inteligente, saber de nuestro origen y meta, de nuestra realidad trascendente y conocer el camino que conduce a lo que plenifica el hombre. De hecho estamos llamados a la grandeza, a la que puede llegar alguien que es hijo de Dios, creado a imagen y semejanza suya.
En el evangelio aparece esta respuesta del Señor a la pregunta que nos hacíamos contemplando las enseñanzas del Antiguo Testamento. Jesús en camino a Jerusalén es seguido por una gran multitud. De repente se da vuelta y les dice a todos que quien no lo ame más que al padre, la madre, o a cualquier otro afecto humano, no puede ser su discípulo.
Uno podría pensar acerca de qué ha sucedido para que el Señor haga estas afirmaciones. Es que Jesús al dirigirse a Jerusalén está anticipando lo que vendrá después, su sacrificio redentor. Y como conoce el corazón del hombre sabe perfectamente cuál es el sentido del seguimiento de la gente. Ha hecho milagros, curaciones, les ha dado de comer en diversas oportunidades, ha resucitado muertos, les habla de modo que el corazón de las personas queda satisfecho ya que encuentran en Jesús alguien totalmente diferente.
Pero el Señor quiere ahondar en esto y, quiere hacerlo de una manera precisa, invitando a sus oyentes y, con ellos a nosotros mismos, a una vida que implica la perfección evangélica, en la que en la escala de valores que tenemos habitualmente, Él esté en primer lugar y, detrás suyo todos los otros amores que aparecen en nuestra vida cotidiana.
Se trata de una propuesta difícil de entender para el común de la gente. Solamente a través de la sabiduría que da el espíritu es posible comprender que Jesús apunta no sólo a la sabiduría sobrenatural sino también a enriquecer la sabiduría terrenal, humana, porque cuando Jesús está presente como el más importante en nuestra vida, todos los demás amores y quereres son vistos de un modo radicalmente distinto.
Y así por ejemplo un padre o una madre que aman profundamente a Jesús, que lo tienen en su corazón, querrán para sus hijos y seres queridos lo mejor, el bien, siendo el bien más perfecto el espiritual. Es decir, que los unidos al Señor se preocupan si aquellos que aman están igualmente unidos a Él.
Cuando el corazón del hombre, en cambio, no está unido al Señor, y se vive de la sabiduría del mundo, sólo se espera de sus seres queridos el éxito temporal y mundano, el buen pasar, la salud y dinero, sin importarle que estos cercanos suyos estén lejos de la persona y vida de Jesús, o vivan en pareja o sean deshonestos en su trabajo o en su negocio.
Esto queda siempre en un segundo plano porque al no estar Cristo en el primer lugar de la jerarquía de valores se carece de una mirada nueva respecto a las situaciones cotidianas.
Por eso cuando Jesús pide esta exclusividad es porque “excluye” toda mirada frívola de nuestra vida, e “incluye” una contemplación nueva respecto a lo que forma parte de nuestra existencia. Por otra parte, cuando Cristo invita a poner en su persona la centralidad de nuestra vida, esta partiendo del hecho de nuestra meta última.
En la vida eterna el ser humano a través de su inteligencia y voluntad queda totalmente colmado de la visión de Dios y todo lo demás que ha formado parte de su vida temporal es mirado con una visual distinta plenificante del ser humano.
Por eso el Señor hace esta llamada principal a nuestra existencia para tenerlo a Él como el más importante en nuestra existencia.
Para que veamos cómo esto define la vida del hombre, parte de los ejemplos de lo cotidiano. Y así, el que construye debe evaluar si cuenta con los medios para acabar lo emprendido y, el rey que sale a guerrear deberá considerar si cuenta con las tropas necesarias para derrotar al enemigo. De la misma manera en este caminar nuestro que implica trabajar por la gran estrategia que es el encuentro con Dios, hemos de ir midiendo los pros y los contras para saber de qué manera podemos acercarnos al Señor y ser discípulos suyos. Por eso nos pide ese despojo de nosotros mismos, de los criterios con que nos manejamos habitualmente para ingresar en los discernimientos nuevos que nos presenta.
La invitación que hace el Señor a seguirlo como discípulos fieles, está dirigida especialmente a los jóvenes, ya que es en la juventud cuando surgen los grandes ideales de entrega, los deseos de ayudar a otros con la propia vida, de cambiar el mundo, de mejorarlo.
El amar más a Jesús significará para los padres, por ejemplo, ayudar a sus hijos a conocer lo que el Señor quiere de ellos, ya que cuando se conoce su llamada se encuentra el sentido de la propia existencia, se descubren los planes que Dios tiene para cada uno, ya para los hijos como para los padres.
La felicidad de los padres y de los hijos depende del cumplimiento de los designios de Dios, que nunca encadenan, sino que potencian al hombre, lo desarrollan, lo dignifican, ensanchan su libertad, lo hacen feliz.
Para concluir y, en relación con el tema de la verdadera sabiduría, San Pablo nos deja una enseñanza importante que consiste en transformar la sabiduría del mundo en la de Dios. Onésimo era un esclavo que había escapado de su dueño, Filemón. Durante su permanencia junto a Pablo fue catequizado y convertido al cristianismo. En la cárcel hubiera querido Pablo retenerlo junto a sí para que le ayudara, sin embargo lo devolvió a Filemón encomendándole el que lo reciba de manera nueva sin castigarlo por su huída.
En efecto, Onésimo no es ya un simple esclavo o servidor de Filemón, sino hermano en la fe. En ese momento, para la sabiduría del mundo, Onésimo que era esclavo debía someterse a las normas en vigencia. Pablo invita a una mirada superadora de la concepción que se tenía acerca de la servidumbre, ya que no es sólo siervo, sino un hermano en la fe que ha de ser recibido y tratado como tal.
Con esta mirada paulina, pues, percibimos que las realidades temporales alcanzan una nueva iluminación desde la fe.
Pidamos al Señor que comprendiendo su buena nueva entremos en la vivencia de la novedad evangélica.

Cngo Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de la Parroquia “San Juan Bautista” en Santa Fe de la Vera Cruz, Argentina. Homilía en el domingo XXIII del tiempo durante el año ciclo “C”.
Textos: Sab. 9,13-19; Filemón 9-10.12-17; Lucas 14, 25-33.- 05 de septiembre de 2010.- http://www.sanjuanbautista.supersitio.net/; ribamazza@gmail.com;
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4 de septiembre de 2010

“El servicio oblativo de Cristo, es el lema del humilde”

Las lecturas de este día proponen una meditación sobre la humildad, tanto más acertada cuanto menos se comprende y practica esta virtud, incluso entre quienes queremos ser fieles al Señor que nos invita a ella con sus reiterados ejemplos. Ya el Antiguo Testamento habla de su necesidad tanto en el trato con Dios como con el prójimo: “hazte pequeño en las grandezas humanas, y así alcanzarás el favor de Dios”. La humildad consiste en reconocer que las cualidades que tenemos son puro don de Dios, de allí que cuanto más poseemos, más hemos de sentirnos pequeños porque lo recibimos de la única grandeza, la del Creador. Lamentablemente los seres humanos hacemos de ciertas grandezas como el honor, los cargos, las cualidades intelectuales, un medio para creernos superiores a los demás. Y así esta actitud atrae la soberbia y con ella el desprecio de los demás. Como sucede a menudo, y lo comprobamos con frecuencia, ¿quién se acuerda de los aplaudidos primero pero olvidados con el tiempo?
Cuando actúa la soberbia se comete el error de creer que se nos valora por nosotros mismos, sin caer en la cuenta que si se nos aprecia es por el poder que detentamos, el cual aprecio desaparece al diluirse lo que lo sustenta.
En relación a esto, Jesús condena todas las formas expresivas del orgullo sacando a la luz su profunda vanidad. Así sucedió cuando invitado a comer a casa de un fariseo observó cómo los invitados se apresuraban a ocupar los primeros puestos. Escena tonta y lamentable pero verdadera.
En efecto, ¿puede un cargo hacer al hombre mayor o mejor de lo que es? Es precisamente su mezquindad lo que le lleva a enmascarar su pequeñez con dignidades externas que no son perdurables, ya que muchas veces, o mejor dicho siempre, declinan y se pierden.
Cristo hace ver la caducidad de todo esto y señala como positiva la actitud de quien se considera pequeño, porque sólo éste será enaltecido. Descubrimos así que no hemos de ser nosotros los que hemos de ocuparnos por nuestra elevación y grandeza, sino que el engrandecimiento sólo corresponde a quienes el Padre ha destinado para ello en su infinita bondad, y al solo efecto de manifestar su gloria.
La verdadera humildad consiste en la imitación plena de Jesús que se vació a sí mismo por amor a la humanidad. Se despojó de su rango divino para revestirse de nuestra naturaleza humana y durante toda su vida se hizo servidor de todos llamándonos a seguir su ejemplo. No buscó ser elogiado por su grandeza sino que insistió en que se guarde silencio aún acerca de su papel mesiánico. Pasó por el mundo haciendo el bien sin pretenderlo para sí, ya que sólo soportó toda clase de vejámenes. Lavó los pies a sus discípulos enseñándoles, y con ellos a nosotros, a realizar lo mismo en recuerdo de su obrar entregado. Culminó su vida terrenal en el abajamiento total de su ser en la cruz salvadora.
Nos invita permanentemente a las bodas eternas, pero nos enseña al mismo tiempo el no buscar los primeros puestos como si fuera fruto de nuestro esfuerzo o como si en verdad lo mereciéramos. Convoca a confesar de continuo nuestra pequeñez, dejándole a Él el que nos encumbre no por nuestros méritos, ya que carecemos de ellos por nosotros mismos, sino porque de su gratuidad nos hace grandes.
La vida del cristiano como la de Cristo, ha de ser la de un constante servicio y entrega de nosotros mismos a la causa del Evangelio.
Urge el no buscar los premios que provienen de la mentalidad mundana, sino vivir siempre como siervos inútiles que brindan lo mejor de sí a quienes no pueden recompensarnos aquí, sabiendo que nos esperan en las moradas eternas en la mesa del banquete para retribuirnos con creces, con su servicio, lo que hayamos brindado y servido en este mundo.
El fiel servidor, por lo tanto, es aquel que nada realiza en este mundo para encontrar recompensa, sino que sabe que obrando como Cristo, llegará sólo a la cruz redentora. No está la plenitud de nuestra vida en ocupar los primeros puestos según la mentalidad de la mayoría de la sociedad frívola en la que estamos insertos, sino en conquistar los primeros puestos del servicio desinteresado y despojado de nosotros mismos.
El libro del eclesiástico que hemos proclamado, conteste con las enseñazas del evangelio que meditamos, insistirá en que cuánto más encumbrando cree el hombre que está, más debe hacerse pequeño, porque es ante la presencia de la pequeñez donde más se siente atraído el Señor quien eleva al que se humilla mostrándole la grandeza que sólo es suya.
María Santísima, madre de Jesús, es el modelo por excelencia de humildad cuando se declara sólo una humilde servidora de los designios divinos, aún sin comprenderlos, pero entregándose totalmente en las manos del Padre para ser conducida por el camino de la verdad y de la santidad.
Pidamos al Señor que asemejándonos a ella podamos merecer ser mirados con benevolencia a causa de nuestra pequeñez.

Cngo Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de la Parroquia “San Juan Bautista”, en Santa Fe de la Vera Cruz, Argentina. Homilía en el domingo XXII “per annum”, ciclo “C”. 29 de Agosto de 2010. Textos bíblicos: Eclo 3, 17-18.20.28-29; Lc. 14, 1.7-14.- ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com; http://grupouniversitariosanignaciodeloyola.com.-

29 de agosto de 2010

Dedicación de la iglesia y consagración del nuevo altar

A cien años del comienzo pastoral parroquial (1º de abril de 1910 - 1º de abril de 2010), en el día de la fecha, con la celebración eucarística presidida por el arzobispo de Santa Fe, Mons. José María Arancedo, se procedió en la parroquia San Juan Bautista de Santa Fe de la Vera Cruz, a uno de los más solemnes ritos litúrgicos.
En coincidencia con la memoria del Martirio de San Juan Bautista, a quien está destinada la parroquia, se celebra la dedicación de la iglesia y la consagración del nuevo altar.
El rito de la Dedicación de Iglesias y de Altares es una de las más solemnes acciones litúrgicas. El lugar donde la comunidad cristiana se reúne para escuchar la Palabra de Dios, rezar y, principalmente, para celebrar los sagrados misterios, y donde se reserva el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, es imagen peculiar del templo espiritual edificado con piedras vivas.
La Dedicación de la Iglesia es un día de fiesta, que no puede pasar desapercibido, sino que debe marcar un hito importante en la vida eclesial. El rito sigue los pasos de los tres sacramentos de la iniciación cristiana, reforzando el simbolismo de la iglesia como representación de la comunidad y de cada uno de los fieles, templo del Espíritu Santo, que se reúnen en ella: la aspersión en recuerdo del Bautismo; la unción del altar y de los muros de la iglesia, por la Confirmación; y la cremación del incienso sobre el altar, revestimiento e iluminación de éste, por la Eucaristía.
La aspersión: en clara analogía con el Bautismo en virtud del cual somos hijos de Dios, el altar y la iglesia son rociados con agua bendita.
Mediante el canto de las letanías, la oración se dirige a Dios Padre y se pide intercesión de la Virgen María y de todos los santos.
Se dice también una peculiar y solemne oración de dedicación, en la que se expresa la voluntad de dedicar para siempre la iglesia al Señor y se pide su bendición. Con esta oración comienza propiamente el rito de la dedicación.
Símbolo de Cristo
Los ritos de la unción, incensación, revestimiento e iluminación del altar expresan con signos visibles algo de aquella invisible obra que realiza Dios por medio de la Iglesia, que celebra los sagrados misterios, sobre todo el de la Eucaristía.
Por la unción del Crisma, el altar se convierte en símbolo de Cristo, que es y se llama por excelencia el “Ungido”, que ofreció en el altar de su cuerpo el sacrificio de su vida para la salvación de todos los hombres. Los muros, símbolo de los fieles como “piedras vivas”, son ungidos con el Santo Crisma, significando que se dedica la iglesia plena y perpetuamente para el culto cristiano. Se hacen doce unciones, según la tradición litúrgica, con las que se significa que la iglesia es una imagen de la santa ciudad de Jerusalén, cimentada sobre las columnas de los Apóstoles del Cordero. (Apoc. 21,14).
Se quema incienso sobre el altar para significar que el sacrificio de Cristo, que se perpetúa allí sacramentalmente, sube a Dios como suave perfume y también para expresar que las oraciones de las fieles, propiciatorias y agradecidas, llegan hasta el trono de Dios (Apoc. 8, 3-4).
La incensación de la nave de la iglesia significa que por la dedicación se convierte en casa de oración; pero se inciensa primero al pueblo de Dios, que él es el templo vivo en el que cada uno de los fieles es un altar espiritual.
El revestimiento del altar con manteles blancos y su iluminación con cirios indica que el altar cristiano es ara del sacrificio eucarístico y al mismo tiempo la mesa del Señor, alrededor de la cual los sacerdotes y los fieles celebran la Eucaristía, el memorial de la muerte y resurrección de Cristo y comen la Cena del Señor. Por eso el altar, como mesa del Banquete sacrificial, se viste y se adorna festivamente. La iluminación del altar, seguida de la iluminación de la iglesia, recuerda que Dios es “la luz para iluminar a las naciones” (Lc. 2,32), con cuya claridad resplandece la iglesia y por ella toda la familia humana.

25 de agosto de 2010

La puerta estrecha ensancha la fidelidad del corazón.

Jesús seguramente ha estado hablando a la gente acerca de la salvación. De allí la pregunta que le hacen acerca del número de los que se han de salvar (Lucas 13, 22-30). Pero esta pregunta está motivada por la curiosidad, por eso el Señor no la responde directamente refiriéndose a cuántos se han de salvar, sino señalando qué es necesario hacer para llegar a la meta. Comprender cuál es el verdadero camino de la salvación, es decir, en qué consiste entrar por la puerta estrecha es propio de quien actúa con verdadera sabiduría, la del evangelio.
Siempre existió en la conciencia del hombre la preocupación, inquietante por cierto, acerca de los que se habrían de salvar, es decir de quienes pudieran salir del estado de postración al que los había sometido el pecado desde su nacimiento, para encontrarse con su Salvador.
La salvación es siempre obra de la misericordia de Dios, es un don gratuito que se dirige siempre a los seres humanos porque hemos sido llamados desde la eternidad para constituir un solo pueblo, meta a la que el hombre no puede llegar por sí solo, constituyéndose el mismo Dios en centro de convergencia de todos los pueblos.
El profeta Isaías (66, 18-21) precisamente señala que un signo del poder de Dios y de la salvación que actúa en el mundo, es la reunión de todos los hombres, venciendo el poder de las fuerzas de la dispersión.
En efecto, mientras la acción del hombre es muchas veces desunión, dispersión, guerra y enfrentamientos, Dios busca siempre unir a todos los que se encuentran dispersos. Esta verdad está presente siempre en la palabra de Dios, y nos encontramos con este anuncio que hace Jesús de la presencia del reino entre nosotros, que en definitiva se prolonga a través de la presencia de la Iglesia.
De allí que la pregunta acerca de si son pocos lo que se salvan resulta ociosa, ya que en definitiva es Dios quien rescata al hombre del pecado y lo encamina nuevamente a la meta preparada para él desde el principio de su designio de salvación, que es el encuentro definitivo con el Creador.
Jesús enseña en el texto de hoy acerca de la necesidad de entrar a la Vida por la puerta estrecha. San Mateo (7, 13-15), en cambio, hablará de la puerta estrecha y el camino angosto de la salvación y, su contrario la puerta ancha con su correspondiente espacioso camino referido a la perdición.
¿Por qué estrecha? Porque el seguimiento de Cristo implica la conversión, el dejar atrás lo que impide la unión con Él. Puerta estrecha también, porque Dios nos va corrigiendo, reprendiendo, como señala el autor de la carta a los Hebreos (12, 3-7.11-13), para nuestro bien.
Como un buen padre corrige a su hijo para que crezca en el bien, mucho más el Padre del cielo nos reprende para nuestra corrección sincera y posterior crecimiento, ya que nos ama como hijos suyos.
De hecho cuando se ingresa por la puerta estrecha de la conversión y de la corrección, de la renuncia de uno mismo y, vamos conociendo la verdad, ese camino que lleva a la vida se va ensanchando, ya que la intimidad con el Señor va produciendo frutos abundantes en el corazón, como lo afirma la carta a los hebreos al señalar que, cuando somos reprendidos nos llenamos de tristeza pero después se cosechan frutos de justicia y de paz.
En efecto, lo que comienza con esfuerzo, al ir tomando la persona la forma del mismo Cristo, pareciéndose cada vez más a Él, consigue una mirada nueva, dilatándose el corazón y, respirando la pertenencia a Dios.
El camino del mal, en cambio, es amplio, como ancha es su entrada, ya que es muy fácil hacer el mal y, son innumerables las oportunidades para realizarlo. Pero a medida que se avanza por la senda del mal, esta se estrecha, porque se angosta el corazón del hombre encerrado en sí mismo, cada vez más vacío y replegado, sin poder dar cabida ni a Dios ni al prójimo. Por la cerrazón que produce el pecado, descontentos siempre de sí mismos, los hacedores del mal son caminantes vacíos hacia la puerta estrecha del egoísmo transformada en un callejón sin salida.
De allí que aunque golpeen la puerta, el Señor dirá no los conozco.
Aunque afirmen que comieron y bebieron con Él, les responderá que no sabe quiénes son, porque delante del Señor en orden a la salvación, no valen los títulos de ser bautizados, o pertenecer a una institución, o estar durante mucho tiempo en el seno de la Iglesia, sino el haber vivido esto con autenticidad, o sea con profunda fe, esperanza y caridad.
Cuánta gente dice ser católica, y lo es sólo de nombre, cuántas personas, incluso viven la fe católica a su manera, cuántas veces se constata que la entrega al Señor es cada vez menor, mientras Cristo va invitando a la grandeza interior del hombre que le permita descubrir un mundo nuevo.
De allí que cada uno de nosotros está llamado a recorrer este camino que comienza estrechamente pero que se amplía después en cuanto vamos profundizando en todo lo que el Señor nos brinda.
Es importante tener en cuenta lo que Jesús nos dice al final del texto proclamado: “Hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos”. A veces creemos que la salvación es fruto de nuestro propio esfuerzo, que por pertenecer a la Iglesia desde la primera hora somos poseedores de derechos que sirven ya para encontrarse con el Señor. Sin embargo Él va requiriendo otra cosa, una actitud totalmente distinta.
María Santísima recordada hoy también como Reina de todo lo creado nos deja una enseñanza hermosísima al respecto. Ella desde el momento que dijo “Soy la servidora del Señor”, se entregó en manos de Dios y, estuvo siempre atenta a su voz hasta permanecer al pie de la Cruz asistiendo a la entrega de su Hijo por la salvación del mundo.
En ese momento estaba ella, con algunas mujeres y Juan el apóstol joven. Los demás apóstoles que seguramente se consideraban con muchos “derechos” dada su “trayectoria” de estar durante tres años junto al Señor, en el momento culminante de la redención desaparecieron.
Es muy importante recordar esto ya que el hecho de vivir junto al Señor durante años, no asegura que se esté junto a Él al pie de la Cruz, con la actitud de servicio y total disponibilidad como lo hizo María, algunas mujeres y Juan el apóstol.
Este cuadro es todo un signo que se prolonga a través del tiempo, ya que son pocos los que permanecen fieles hasta el final al pie de la cruz, haciendo realidad “que son muchos los llamados pero pocos los elegidos”.
Pidamos a Jesús que nos siga enseñando con su palabra y nos dé fuerzas para vivirla, de manera que no le digamos nunca que “somos los más dignos”, sino más bien “te necesitamos más que nadie”.

Cngo Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de la parroquia “San Juan Bautista” de Santa Fe de la Vera Cruz, en Argentina. Homilía en el domingo XXI del tiempo Ordinario, Ciclo “C”. 22 de agosto de 2010.
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19 de agosto de 2010

LA ASUNCIÓN DE MARÍA SANTÍSIMA Y NUESTRO ENCUENTRO CON DIOS

Nos hemos congregado para celebrar a María Santísima, Madre de Jesús y madre nuestra y, saludarla como lo ha hecho su prima Isabel (Lc. 1, 39-56) diciéndole “Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor”. Esta fiesta de la Asunción de María Santísima en cuerpo y alma a los cielos, es la culminación del camino de fe que emprendiera cuando se le anunció sería la Madre del Salvador, continuara desde el nacimiento del mismo a quien acompañó a lo largo de su vida pública, especialmente permaneciendo junto a Él al pie de la cruz y, perfeccionara en Pentecostés.
María que ha creído en lo que se le ha anunciado, fue preparando su corazón día a día para ir compenetrándose más y más en el misterio de su Hijo. Quizás si se le hubiera manifestado todo de una sola vez se hubiera sentido perpleja para realizar lo que se le pedía. Por eso el misterio del Hijo de Dios en su seno, su vida y el misterio de la redención, se manifestó paulatinamente y, en cada instante de su vida repitió: “He aquí la servidora del Señor, hágase en mí según su Palabra”, significando su total disponibilidad al designio divino.
Ella ya fue anunciada en el Antiguo Testamento. Ayer en la misa de la vigilia proclamamos en el primer libro de las Crónicas (cap.15, 3-4.15-16; 16,1-2) el acontecimiento de la entronización del arca de la alianza por el rey David en medio de fiesta y la alegría de todo el pueblo, haciendo visible la presencia de Dios por medio de las tablas de la Ley. María, en relación a este hecho, es reconocida como la nueva arca de la alianza porque en su seno habitaba la Palabra de Dios hecha carne.
En la línea del primer libro de las Crónicas, el texto del Apocalipsis (11, 19ª; 12,1-6ª.10) que acabamos de escuchar, comienza diciendo que se abrió el templo de Dios que está en el cielo y quedó a la vista el arca de la alianza. Es decir quedó visible no sólo la presencia de Dios sino también la nueva arca de la alianza que es María entronizada junto a su Hijo en lo más alto de la gloria. De este modo, a través de signos e imágenes, el libro del Apocalipsis sigue anunciando este misterio de la Virgen Madre.
Es la mujer revestida de sol con la luna a sus pies con una corona de doce estrellas en su cabeza signo de las doce tribus de Israel, pero también de los doce apóstoles y que está a punto de dar a luz a su Hijo, el enviado del Padre hecho hombre. Pero junto con este hecho esperanzador, aparece el otro signo, el adversario de Dios que es el espíritu del mal, bajo la figura del dragón que quiere devorar al que va a nacer.
Desde la antigüedad se ha visto en esta imagen a María Madre que da a luz al Salvador ante la furia e impotencia del maligno, pero también a toda la humanidad que con los dolores del parto de la purificación, -significando el soportar y vencer las continuas acechanzas del enemigo del hombre, el demonio-, quiere entrar en el mundo nuevo del reinado de Cristo.
El texto sagrado corrobora esta explicación al afirmar que el Hijo recién nacido es elevado hasta Dios para reinar, mientras la mujer huye al desierto donde se le había preparado un refugio, -signo de la Iglesia en medio de las persecuciones de este mundo y los consuelos de lo Alto-, esperando la victoria definitiva de Dios, asegurada por la voz que proclama “ya llegó la salvación, el poder y el reino de nuestro Dios y la soberanía de su Mesías”.
Esto que escribe Juan a los cristianos de su tiempo para consolarlos y darles fuerza en medio de las persecuciones, llega también a nosotros y nos está asegurando el triunfo definitivo del Señor, del que la Asunción de María su Madre es un anticipo.
En efecto, en María se realiza el cumplimiento de lo que nos decía san Pablo en la segunda lectura (I Cor. 15, 54-57) de la misa de la vigilia, cuando recordaba la victoria sobre el poder de la muerte “cuando lo corruptible se revista de incorruptibilidad”, que es justamente lo que estamos celebrando con el misterio de la Asunción a los cielos.
Esta victoria de María es por otra parte un anticipo de nuestro triunfo, de allí que en la primera oración de esta misa pedíamos a Dios que la presencia de la Virgen en el cielo nos ayude a contemplar los bienes que se esperan, para que esta meta de triunfo y de gloria, ilumine y de sentido a nuestro caminar por el mundo.
Para los cristianos de todos los tiempos la Asunción de María Santísima en cuerpo y alma constituía una verdad creída y vivida pacíficamente por los hijos de la Única Iglesia de Cristo. De allí que cuando Pío XII el primero de noviembre de 1950 declara la Asunción como dogma de fe que debe ser sostenido por los creyentes católicos, no hizo más que poner en evidencia el común sentir de los creyentes. Tenían conciencia clara, -era la fe de todo el Pueblo de Dios-, que aquella que dio a luz al Verbo Encarnado no podía estar sujeta a la corrupción de la carne propio de los mortales y, la recordaba en su triunfal victoria sobre la muerte.
María nos invita este día a que sigamos caminando por el mundo cantando su magnificat. Que nos animemos a cantar con ella las grandezas del Señor. Que sintamos en nuestro corazón el gozo de pertenecer a Dios nuestro Salvador sabiendo que al igual que sucedió con Ella, Él mira la pequeñez de nuestro corazón, toda vez que abrimos nuestro interior para llenarlo de su presencia.
Pidamos al Padre que nos siga elevando cada vez más como hijos suyos, creciendo en el amor por el que nos ha traído a este mundo para conocerlo, amarlo y servirlo siempre.
Pidamos a María que permanezca en la vida de la Iglesia y en la nuestra, conduciéndonos al encuentro de su Hijo, para poder así algún día, ser coronados como ella, con la gloria de la contemplación divina.

Cngo Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de la parroquia San Juan Bautista, en Santa Fe de la Vera Cruz, Argentina. Homilía en el día de la Asunción de María Santísima. Domingo 15 de agosto de 2010.
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12 de agosto de 2010

“LA LÁMPARA VIVA DE LA FE ALIENTA LA ESPERA DEL SEÑOR”.


Contemplando la realidad humana nos damos cuenta que el hombre es “homo viator”, caminante por este mundo temporal, que se dirige hacia la meta infinita que lo espera, aún sin saberlo. El hombre ha sido creado justamente con ese dinamismo interior que lo orienta al fin último que es Dios, su Creador. Para este caminar, como señalan los textos bíblicos de hoy, necesita de una luz especial, la luz de la fe. El autor de la carta a los hebreos (11,1-2.8-19) la define como “la garantía de los bienes que se esperan, la plena certeza de las realidades que no se ven”. Es la fe la que permite al hombre caminar fundado en esa roca firme que le da su Dios. Fe que implica no sólo creer en Dios, sino también creer a Dios. Por eso la carta a los hebreos hace este elogio de Abraham, el que fue elegido como el padre de los creyentes, ya que creyó a Dios que le hablaba, fue capaz de dejar su tierra, su familia, para dirigirse hacia lo que se le indicaba sin ver con claridad la meta, pero sí el fundamento de la promesa que era la misma palabra de Dios.
En el texto se describe cómo por la fe, Abraham esperó contra toda esperanza lo que se le había prometido, a pesar de que por los hechos concretos –la “imposibilidad” del hijo primero, y por lo tanto de tener descendencia, el pedido de su sacrificio después y, la meta que no llegaba-, tenía razones para dudar.
Sin embargo, siguió caminando en la fe, poseyendo por ella la tierra prometida, sin llegar a habitarla, aunque alcanzó a la que aquella anunciaba, esto es, la vida con el Dios de las promesas.
Para Abraham y sus descendientes la vida de fe fue clave para mantenerlos firmes en medio de las dificultades que tuvieron que sortear.
En la primer lectura tomada del libro de la Sabiduría (18, 6-9), encontramos la descripción que hace el autor sagrado, muy cruda, de la noche trágica en la que el ángel de Dios pasó por Egipto matando a sus primogénitos, pero salvando a los hebreos para que pudieran salir de la esclavitud, manifestándose así el cumplimiento de las promesas de Dios. Este texto de la Sabiduría está dirigido sobre todo a la comunidad judía que habitaba en Alejandría (año 50 a.C) y, que bajo el influjo de la cultura helenista, caía en el abandono de la tradición israelita y la progresiva apostasía de muchos.
Es un recordatorio por el que se los alienta a la fidelidad al Dios de la alianza, como sus antepasados en “aquella noche” en la que fueron salvados, mientras que los egipcios fueron aniquilados por su incredulidad.
Equivale a decirles que no coqueteen con otra cultura y mentalidad, manteniéndose firmes en lo que han recibido, fieles a la palabra de Dios.
En el evangelio (Lucas 12, 32-48), Jesús vuelve de alguna manera a plantear lo enseñado por el libro de la Sabiduría. Por eso dice concretamente “no temas pequeño rebaño porque el Padre de ustedes ha querido darles el Reino”. ¡Qué hermosa afirmación “pequeño rebaño”! Recuerda al llamado en el Antiguo Testamento “resto de Israel”, o sea el grupo de fieles a Dios a pesar de las acechanzas de cada época histórica.
En medio de un pueblo que había recibido la Alianza, comprometiéndose con Dios a la fidelidad, no todo el mundo mantenía su promesa.
Igualmente en nuestros días, en el tiempo de la Iglesia, aunque haya muchos bautizados, no todos siguen a ese Dios con el cual han hecho alianza en el día del bautismo. Dirigida la palabra a los discípulos y a los que lo siguen, el “no temas pequeños rebaño”, implica no desesperarse en este mundo por las incomprensiones y persecuciones de todo tipo que han de soportar, porque “el Padre ha querido darles el Reino” como don gratuito de su infinita bondad. El Reino que significa para cada uno de los integrantes del “pequeño rebaño”, formar parte de los elegidos por Jesús para compartir su vida y destino final en la Cruz.
Esto lo podemos unir con lo reflexionado el domingo pasado cuando Jesús advertía en no poner la confianza en los bienes de este mundo porque no son garantía de la supervivencia de nadie. No se afirmen en lo que perece –nos decía- sino en lo que perdura y nadie podrá quitarles, que son justamente los valores pregonados y defendidos por el Reino instaurado por el Maestro. Jesús en esta oportunidad, sigue con la misma enseñanza, de allí que nos dice a los que tenemos fe, que hemos de ir acumulando un tesoro inagotable en el cielo, “donde no se acerca el ladrón, ni destruye la polilla”. Remata afirmando que “allí donde tengan su tesoro estará también el corazón de ustedes”.
Esto nos interpela para preguntarnos ¿dónde está nuestro corazón? El corazón humano siempre está ocupado, atento en aquello que el hombre considera más importante. Cada día podemos preguntarnos, ¿dónde estuvo mi corazón hoy, dónde mi atención, mi preocupación principal, sobre qué valores o antivalores estuvo girando mi existencia? Y así sabremos de nuestra cercanía o no con el único tesoro por el cual vale la pena desvivirse que es el Señor. Una vez descubierto el tesoro que atrae como imán nuestro corazón, podemos preguntarnos: ¿éste tesoro perdura, no perece, me da garantía de lo que yo realmente espero como sí lo es la fe?
En efecto, es la fe en Jesús la que nos asegura que se ha de realizar plenamente lo que esperamos a lo largo de nuestra vida.
De allí que Jesús invitándonos a esta actitud de profunda fe de creer en Él y a Él, nos convoca a estar preparados, a vivir con hondura la vigilancia. Vigilancia que significa esperar la venida del Señor, iluminando con este estilo de vida el quehacer de cada día. No es una espera angustiada, temerosa, “no temas pequeño rebaño”, sino un aguardo de gozo.
La espera se transforma en angustia sólo cuando uno ignora a qué hora viene el ladrón –recuerda el texto-, ya que Él también vendrá como tal, de improviso, cuando menos se lo espere.
Y no lo espera el administrador infiel –el falto de fe y carente de observancia de la palabra pactada con su Señor-, que suponiendo vanamente que aquél tarda en llegar, decide “en el mientras tanto” hacer lo que le viene en gana con los demás y en el uso de los bienes.
La actitud de vigilancia del cristiano, en cambio, prepara su corazón en la vivencia fiel de sus compromisos sabiendo y viviendo en consecuencia su realidad de simple administrador de los bienes que se le han confiado, ya materiales como espirituales.
Esta doble actitud de la fidelidad o la falta de ella al Señor de la historia en el texto del evangelio, trae para cada hombre consecuencias distintas como lo habíamos señalado ya en el libro de la Sabiduría, resaltando el gozo para los hebreos y el desastre para la incredulidad de los egipcios.
En nuestros días es común observar cómo el pensamiento común de los mortales consiste en que cada uno administra como quiere, como si las cosas fueran suyas, como si nunca se le fuera a pedir cuentas especialmente de lo que es de todos y se le ha confiado para una administración que favorezca siempre el bien común.
El texto evangélico, en cambio, supone un pedir cuentas por parte de Dios acerca del uso de los bienes entregados para ser administrados por cada uno de nosotros. De allí que Jesús diga “a quien se le dio mucho, al que se le confió más, mucho más se le ha de exigir”.
La vigilancia, pues, supone una administración fiel de lo que se nos ha confiado para la gloria de Dios y el bien de los hermanos, manifestando así que esperamos lo que nos aguarda al final de nuestra vida.
Sin temores, seguros de la fuerza que nos viene de Jesús, en medio de las incomprensiones a causa de nuestra fe, continuemos siempre haciendo el bien que nos asemeja cada vez más a quien nos precedió en el cumplimiento de la voluntad del Padre.

Cngo Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de la parroquia “San Juan Bautista” en Santa Fe de la Vera Cruz, Argentina. Homilía en domingo XIX del tiempo ordinario, ciclo “C”. 08 de Agosto de 2010.
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6 de agosto de 2010

“DE LA VANIDAD DE LO TEMPORAL A LA CERTEZA DE LO ETERNO”


El libro del Eclesiastés (1,2; 2,21-23) o Qohelet –el predicador- pone en tela de juicio las certezas de la filosofía griega en una época que el influjo del helenismo hacía peligrar la fe en el Dios de Israel (siglo III a.C). No condena totalmente todas las cosas del mundo sino que las valora en sí mismas en el sentido de mostrar la brevedad de la vida humana y la necedad que implican tantas fatigas sufridas como lo verdaderamente importante sin una visión trascendente de la existencia. Nos enseña a descubrir la verdadera sabiduría que incluye enmarcar las realidades temporales en su auténtica dimensión, la de lo efímero y precario.
La palabra de Dios nos quiere instruir acerca del hecho de que el verdadero sabio es aquél que sabe vivir bien, pero no señalando a alguien que se da la gran vida, sino en el sentido propio del hombre de fe que juzga acerca de la temporalidad con una mirada nueva, la de ser camino para la eternidad.
El sabio según el mundo es el que describe Jesús en el evangelio (Lc. 12,13-21), llamado insensato porque acumuló riquezas pensando en un futuro duradero olvidándose de la precariedad de la vida y por lo tanto sin preveer que en cualquier momento podía perecer -esa misma noche iba a morir- y lo acumulado sería disfrutado por otras personas.
Esto es lo mismo que anuncia el libro del Eclesiastés que recuerda que el ser humano acumula cosas en este mundo para que otros, que no han hecho nada, despilfarren lo acopiado avariciosamente durante tanto tiempo.
Siguiendo esta línea de pensamiento es que el libro del Eclesiastés repite varias veces “Vanidad de vanidades, todo es vanidad”, como mostrando la fragilidad y fugacidad de todo lo temporal que rodea la condición humana. Tan es así que este libro es considerado en cierto sentido como pesimista por su contenido, pero su visión no hace más que dejar al desnudo la situación humana, tan misérrima cuando carece de la presencia de lo trascendente. Nos damos cuenta así que la Sagrada Escritura no sólo nos habla de Dios y su relación con el hombre, sino que muestra también con crudeza la realidad del hombre que vive sin Dios.
Esta situación la percibimos en nuestros días en la sociedad en la que vivimos, preocupada egoísticamente por acopiar dinero, bienestar de todo tipo y poder, mientras se profundiza más y más el vacío interior de cada persona, ya que se aleja de los verdaderos bienes.
Ya en nuestra Patria, por ejemplo, en el orden político, se barajan nombres para las elecciones del año que viene. Todos en la lucha como si estuvieran seguros de vivir en el futuro al que todavía no tenemos en nuestras manos. Toda una carrera por alcanzar fama, poder y dinero, pero sin ninguna conexión con Dios que es el gran ausente, porque se piensa que no se lo necesita para los proyectos humanos, y con olvido del prójimo -al cual se debería servir buscando siempre el bien común-, que sólo interesa como medio para conseguir el objetivo del poder que se codicia por sí mismo.
El ser humano va construyendo o pretende edificar su vida por sí sólo, confiado únicamente en sus fuerzas. Es la autosuficiencia llevada al extremo incluso en nuestras vidas privadas.
Y Cristo mismo nos advierte sobre esto diciéndonos –como le dice a aquél que le pide arbitre respecto a su herencia- “guárdense de toda codicia pues aunque a uno le sobre, su vida no depende de sus bienes”.
A raíz del relato que refiere a un hombre que tanto había acumulado que se sentía seguro por muchos años, nos hace esta advertencia de que fue rico para sí olvidándose de ser rico a los ojos de Dios.
No reunió otro tipo de riquezas, por eso, cuando Dios lo llama a través de la muerte, la sorpresa fue muy grande, ya que no estaba preparado para recibir la contingencia de la muerte y por lo tanto de perderlo todo. Igualmente sucede con nosotros cuando no tenemos prevista la enfermedad, el sufrimiento, la pérdida de la fortuna o de la fama que pone límites a lo que hemos acumulado.
Al pensar que lo temporal es tan perenne como lo eterno, sufrimos verdadera desolación cuando comprobamos dolorosamente lo contrario.
En la segunda lectura de este domingo, San Pablo (Col. 3, 1-5.9-11) nos proclama cuál es el fundamento para no quedarnos meramente con lo temporal, sino que hemos de considerar también los bienes eternos.
En este sentido afirma: “ya que han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo donde está Cristo sentado a la derecha de Dios. Aspiren a los bienes de arriba, no a los de la tierra”.
¿Qué significa esto? No que nos pongamos a mirar los bienes del cielo o, que el jefe de familia o cualquier persona se quede tranquila en su casa diciendo “voy a contemplar los bienes del cielo, no iré a trabajar”.
No, no se trata de sembrar una división en el corazón del hombre, ya que Dios nunca divide sino que siempre integra, sino que la invitación de Pablo apunta a que teniendo nuestra mirada en los bienes eternos, en la meta última de la vida, iluminemos las realidades temporales de todos los días.
De hecho la falla que denuncia el libro del Eclesiastés y el evangelio es que estos hombres que describen los textos bíblicos están pensando sólo en una vida horizontal, acá en la tierra, se han olvidado que tienen principio y fin.
Al afirmar que hemos resucitado con Cristo y debemos aspirar a los bienes del cielo, nos ubica en el sentido de tener en cuenta también esa línea vertical que nos une con lo alto.
La línea horizontal de lo temporal ha de ser atravesada por la vertical que nos une a la eternidad, es decir, que en la cruz se encuentra la realidad para el hombre, y es donde el ser humano integra lo corporal con lo espiritual, lo temporal con lo eterno, lo que permanece con lo pasajero.
La razón que da Pablo para vivir esto, es que dejamos atrás el hombre viejo por medio del bautismo y, comenzando a vivir como hombres nuevos.
O sea, transformados por Cristo Nuestro Señor, se supone que cada bautizado ha muerto al pecado y resucitado a la vida nueva, de manera que ha de mirar todas las cosas, las realidades temporales, a través de esta innovación que ha realizado Cristo en su interior.
Pero el apóstol Pablo no se engaña ya que sabe de las debilidades y limitaciones humanas, por eso inspirado por Dios, siguiendo las enseñanzas de Jesucristo dirá que vivir muertos como Cristo, significa dejar de lado lo que nos puede apartar de Él.
De allí que diga que es necesario morir a las impurezas, a los malos deseos, a la fornicación, a la avaricia y a la codicia, para parecernos cada vez más a Cristo Nuestro Señor.
De esa manera la vida del cristiano se va presentando permanentemente con esa mirada de esperanza que nos orienta a la meta última del encuentro con Dios, en cuya fortaleza aprendemos a usar de las cosas de este mundo de una manera inteligente, con sabiduría.
En este sentido, mirando a los maestros de la vida espiritual cristiana, nos encontramos con las enseñanzas de San Ignacio de Loyola en los Ejercicios Espirituales. En la primera meditación hace reflexionar acerca del fin del hombre, creado para conocer, amar y servir a Dios su Creador.
Y en relación con las cosas puestas para el servicio del hombre, dirá que tanto se han de usar cuanto nos lleven a Dios y, dejarlas de lado cuando nos apartan de nuestro Señor.
Constituye esto una invitación permanente a examinar si mi proyecto o estilo de vida elegido me conduce a Dios o me aleja de Él. Ver si me vuelvo rico a los ojos del Señor, si acumulo los verdaderos bienes que me enaltecen como hijo suyo o no. De este modo el cristiano aprende a vivir de la sabiduría que va acumulando en el continuo discernir sobre los acontecimientos de su vida. Es decir, sin perder de vista sus obligaciones temporales, conoce el cristiano cómo no perder de vista los bienes futuros.
Pidámosle a Cristo que nos siga iluminando y enseñando para alcanzar la verdadera sabiduría del espíritu, para buscar lo que verdaderamente nos hace felices. Ojala aprendamos a valorar lo temporal sin andar tras las cosas como si en estas estuviera el sentido de nuestra existencia.

Cngo Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de la parroquia “San Juan Bautista”, de Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el domingo XVIII del tiempo ordinario, ciclo “C”. 01 de Agosto de 2010.-