7 de diciembre de 2021

“Es necesario que te conviertas de corazón porque recibirás de Dios para siempre este nombre: Paz en la justicia y Gloria en la piedad”.

 En este segundo domingo de adviento seguimos siendo interpelados por la Palabra de Dios, Palabra siempre viva que busca encontrarse con cada uno de nosotros.  Palabra que como recuerda el profeta Baruc (5, 1-9), se presenta al pueblo de Judá cargada de esperanza para aquellos días en que culminan los días de aflicción y de duelo recibiendo la promesa de que “recibirás de Dios para siempre este nombre: Paz en la justicia y Gloria en la piedad". 

Dios ha dejado atrás la deuda de su pueblo contraída a causa del pecado, de allí que insiste:”Levántate, Jerusalén, sube a lo alto y dirige tu mirada hacia el Oriente” de donde nace el Sol de justicia que es Cristo, “mira a tus hijos reunidos desde el oriente al occidente por la palabra del Santo, llenos de gozo, porque Dios se acordó de ellos”.

La mirada puesta desde el Antiguo Testamento, pues, contempla la venida del Salvador, la del Hijo de Dios hecho historia por la encarnación en el seno de una Virgen, preparada para la Maternidad.
Baruc, a su vez, insiste en la preparación del pueblo al igual que  Isaías, en el sentido de que se “rellenen los valles hasta nivelar la tierra, para que Israel camine seguro bajo la gloria de Dios” ya que Dios “conducirá a Israel en la alegría, a la luz  de su gloria, acompañándolo con su misericordia y su justicia”.

En el evangelio (Lc. 3, 1-6) Juan Bautista que vive austeramente en el desierto, es ungido por la Palabra de Dios como el profeta que enlaza el Antiguo con el Nuevo Testamento, convirtiéndose en el precursor del Mesías que prepara su advenimiento, “anunciando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados, como está escrito en el libro del profeta Isaías”, como fundamento  de la regeneración por la gracia que realizará Jesús con el bautismo de la Nueva Alianza.

Esta misión del Precursor está encuadrada en la descripción del contexto político de la historia, para enseñar que Dios como Señor de la historia, actúa según quiere favorecer al hombre, de modo que sea cual sea la sociedad y cultura, la gracia salvadora supera todas las situaciones del momento y manifiesta su voluntad de salvación.
Juan Bautista en el desierto del encuentro con Dios, llevando una vida austera y entregada siempre a la voluntad divina, debe proclamar en el desierto que se avecina la salvación prometida desde antiguo.

También hoy, la Iglesia, es la voz en medio del desierto, porque muchos no escuchan su voz y no se abren al misterio de la redención, pero confortada por el envío de Dios y confiando en el poder de la gracia divina, insiste recordando con el profeta Isaías la necesidad de allanar los caminos para permitir el encuentro con el salvador.
El tiempo de adviento tiene  como finalidad preparar el corazón,  de allí que el texto del evangelio recordando a Isaías, refiere a la importancia de rellenar los valles, abajar las colinas, enderezar los caminos sinuosos, palabras que apuntan no a lo geográfico sino al corazón humano tan necesitado de conversión como clama Juan.
En efecto, el corazón del hombre  tiene caminos sinuosos sin decidirse a transitar la senda del Señor, o nos colocamos en la cima del orgullo y de la vanidad, necesitando abajarnos por la humildad sintiéndonos pequeños, a menudo está vacío  de Dios el interior, y por lo tanto necesitado de ser completado por la gracia, o creemos que nada hemos de cambiar y por eso no avanzamos en la vida de cada día.

Hemos de aprovechar estos días de gracia para preparar el corazón, de manera que esté abierto y dispuesto a recibir la salvación que se nos ofrece tan benignamente.

El lenguaje de Isaías o de Baruc está inspirado en la preparación  que se hacía de las rutas en aquellas lejanas épocas para que pudiera desplazarse el rey o alguna persona poderosa e importante y llegar a destino, y nosotros a su vez, preparamos nuestra casa cuando sabemos de la llegada de alguien que está al arribo y merece agasajo.
Pues bien, para llegar a la meta del encuentro con el Salvador y recibir la salvación que nos trae, también nosotros debemos preparar los caminos y activar los medios de santidad para lograrlo.

Hemos de barrer el interior, despojarnos del hombre viejo, realizar la conversión de la que nos habla Juan Bautista y, así dar paso al recibimiento del Mesías.

Pidamos se hagan realidad los buenos deseos del apóstol san Pablo (Fil. 1, 4-11) “Que el amor de ustedes crezca cada vez más en el conocimiento y en la plena comprensión, a fin de que puedan discernir lo que es mejor. Así serán encontrados puros e irreprochables  en el Día de Cristo, llenos del fruto de justicia que proviene de Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios”



Padre Ricardo B. Mazza. Cura párroco de la parroquia “San Juan Bautista”, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el segundo domingo de Adviento, ciclo “C”. 05 de Diciembre  de 2021. http://ricardomazza.blogspot.com; ribamazza@gmail.com.-







1 de diciembre de 2021

Prevenidos por la oración y la vigilancia de un corazón no embotado, esperemos con gozo la segunda y definitiva Venida del Señor.

  Hoy comienza un nuevo año litúrgico con el primer domingo de adviento o advenimiento y nos preguntamos ¿qué es lo que esperamos?
Esperamos actualizar la primera venida del Señor en carne humana, al Hijo de Dios hecho carne en el seno de María Virgen, el día de Navidad.
Por eso la Iglesia desea que pongamos nuestra atención en el cumplimiento de las promesas realizadas desde antiguo en el sentido que el enviado del Padre, el Salvador, es la esperanza cumplida que rescata al hombre del pecado y de la muerte eterna, por medio de su muerte en Cruz y resurrección.
Pero a su vez el adviento refiere a la segunda venida de Cristo, que llegará a nosotros como juez a recoger los frutos de su entrada en la historia humana, a conducir a los elegidos a la Casa del Padre, y a poner todas las cosas y a los que lo han rechazado bajo sus pies, como Rey del Universo que es.
Nos damos cuenta así que a lo largo de la historia el ser humano está invitado a poner su mirada en Cristo, unos a su llegada por primera vez, que ya se realizó, y nosotros añorando la segunda venida de la que no sabemos cuándo.
El profeta Jeremías (33, 14-16) precisamente, anuncia la primera venida del Salvador. En efecto,  a causa de la infidelidad del reino de Judá profetiza su caída, junto con Jerusalén y su templo, pero luego infunde esperanza en el futuro en que llegará su liberación, fruto del amor divino. De allí que “haré brotar para David un germen  justo, y él practicará la justicia y el derecho en el país” ya que no lo había realizado Sedecías el rey de Judá.
Pero nosotros hemos de poner nuestra esperanza en la segunda Venida del Señor, de allí que el texto del evangelio (Lc.21,25-28.34-36) anuncia las señales cósmicas que sumen en angustia al ser humano, y que han aparecido a lo largo de la historia, pero la atención debe estar puesta en lo que vendrá.
Por eso es que se insiste en cuál ha de ser la actitud del creyente, estar prevenidos, orar incesantemente, tener el corazón preparado, no embotado nuestro espíritu, para que no seamos atrapados por el lazo de la sorpresa.
Al respecto, debo decir, que me ha quedado grabado lo que varias veces ha dicho el papa Francisco respecto a la postpandemia, en el sentido de que saldremos mejores o peores, pero no iguales a lo que vivíamos previamente.
La experiencia que hemos tenido, viviendo de cerca la muerte de tanta gente cercana o no, nos ha llevado a vivenciar la finitud de nuestra existencia y que es necesario tener otra actitud frente a lo cotidiano, tratando de edificar nuestro existir sobre la roca que es Cristo quien le da sentido  a todo.
La fragilidad humana vivida nos hace mejores o peores, y nos conduce a preguntarnos enseguida  el por qué de esta afirmación tan absoluta.
Precisamente el comprobar que todo se derrumba y cuán frágiles somos, conduce a no pocas personas a acrecentar su fe, a tratar de ser cada día mejores, a poner el sentido de la vida en Dios y no en aquello que perece, algo semejante a lo que acontecía en la comunidad de Tesalónica y de la que habla el apóstol san Pablo (I Tes. 3, 12-4,2).
San Pablo, al respecto, elogia a la comunidad cristiana por su crecimiento en la caridad, lo cual  hace que sean fortalecidos sus corazones en santidad, haciéndolos irreprochables delante de  Dios Padre para el “Día de la Venida del Señor Jesús con todos sus santos”, exhortándolos mientras tanto a agradar a Dios, haciendo mayores progresos todavía, tarea que nos debería entusiasmar a cada uno de nosotros haciendo crecer la esperanza en el Señor.
Contrariamente a esto en la que crecen no pocos hermanos nuestros, acontece que muchas personas ante la experiencia de la finitud existencial, organizan su vida sobre “arena”. Es decir,  descreídos de todo, han hecho suyas las palabras de los paganos que sólo buscan comer y beber, pasarla bien porque pronto morirán o porque piensan que frustrada la meta de salvación sólo queda dar rienda suelta a la disipación, al placer, al goce desenfrenado de las criaturas. De esta manera de conducirse cada día, hacen caso omiso a lo señalado por Jesús cuando señala “tengan cuidado de no dejarse aturdir por los excesos, la embriaguez y las preocupaciones de la vida”.
En nuestros días, muchos se han alejado de Dios, se burlan de los creyentes, poniendo su seguridad –pasajera por cierto- en aquello que es transitorio.
Nosotros, por lo tanto, hemos de aprovechar este tiempo de gracia que es el adviento, para que fundados ya en la presencia salvadora de Jesús que nos ha incorporado a su Reino de bautizados, esperemos su segunda venida,  ahondando en la oración y en la vida de santidad, de manera que este acontecimiento no nos caiga  de repente como un lazo.
En nuestros días, y relacionado con esto, es común el pecado de la acedia, que se define como la tristeza por las cosas del espíritu, ya sea referida a uno mismo o  tristeza por la vida espiritual profunda que llevan otros.
La primera de las formas  inclina a muchas personas ha alejarse de Dios, de la oración, de la vida de santidad, porque les produce fastidio y desagrado y se inclinan en cambio, a una búsqueda desenfrenada de alegrías pasajeras, de vivencias frívolas, de vivir cada día de lo mundano, y tratan de imponer a otros este estilo de vida que aniquila al ser humano.
La segunda  forma, la tristeza o fastidio por la vida de santidad que llevan o intentar llevar otros, conduce a la persecución de los creyentes, al odio hacia los  unidos a Jesús, el tratar de falsificar la fe y de desprestigiar a la Iglesia.
Cuando el corazón humano se vacía de Dios, se busca colmarlo de lo pasajero, experimentando aún más su finitud e ineficacia para lograrlo.
Por eso Jesús nos invita a levantar nuestra mirada hacia Él, sabiendo que de esa manera llegará al fin nuestra verdadera liberación.
Liberación que no sólo será definitiva al fin de los tiempos, si somos fieles y perseverantes en nuestra amistad con Dios, sino que ya desde ahora podemos experimentarla, aunque sabiendo siempre que podemos defeccionar de ella a causa del pecado por el que rompemos la alianza con el Salvador.
Deseando esta liberación de toda esclavitud mientras vivimos en este mundo, pidamos la gracia divina para vivir un tiempo de adviento fructífero, de modo que actualizando el nacimiento de Jesús en Belén, contemplemos ya desde ahora la posibilidad de alcanzar el encuentro feliz en su segunda venida.


Padre Ricardo B. Mazza. Cura párroco de la parroquia “San Juan Bautista”, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el primer domingo de Adviento, ciclo “C”. 28 de noviembre  de 2021. http://ricardomazza.blogspot.com; ribamazza@gmail.com.-









22 de noviembre de 2021

Jesús es rey de un Reino distinto que inaugura entre nosotros, y del cual formamos parte si creemos en Él, lo seguimos e imitamos.

 

Llegamos hoy al final del año litúrgico, con la Solemnidad de Cristo Rey del universo, para comenzar nuevamente, Dios mediante, el domingo próximo el tiempo de Adviento, que prepara la Navidad, e ir contemplando a lo largo del año próximo los misterios de la vida de Cristo, haciendo memoria de los acontecimientos de la Pascua, preparada por la cuaresma, y conocer a través de la Persona del Hijo de Dios hecho carne y de su enseñanza, cuál es el modo de vida al que se nos invita  a los que queremos algún día participar de la gloria eterna junto a Dios.
Esta fiesta de la solemnidad de Cristo Rey del Universo cierra también, podríamos decir, la historia humana, ya que anuncia la segunda venida del Señor, cuando retorne a este mundo  para recoger los frutos de la humanidad, obtenidos por la fidelidad al Señor en el testimonio de la verdad y la realización del bien. Esta presencia de Jesús como Rey del Universo significará que todo lo creado es puesto bajo sus pies, para que Él mismo pueda ofrecerse al Padre del cielo.
El Profeta Daniel (7, 13-14) en una visión nocturna, contempla  como  a un hijo de hombre entre las nubes del cielo que avanza hacia el Anciano, imagen del Padre, y le “fue dado el dominio, la gloria y el reino, y lo sirvieron todos los pueblos, naciones y lenguas”  y “su dominio es un dominio eterno que no pasará, y su reino no será destruido”, adelantando así cómo será el fin de los tiempos y la segunda venida de Jesús.
Y el mismo San Juan, en el libro del Apocalipsis (1, 5-8) que acabamos de escuchar, afirma que “Jesucristo es el testigo fiel, el Primero que resucitó  de entre los muertos, el Rey de reyes de la tierra”, lo cual nos hace preguntar qué ha venido a testimoniar este Testigo fiel.
Da testimonio de lo que vive en el seno de la Trinidad, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, o sea,  es Testigo  del Misterio de Dios, que manifiesta  fielmente a toda la humanidad. De allí que conozcamos que seguimos siendo los amados del Padre, lo cual se hizo realidad por el misterio de la cruz y resurrección, ya que Él, “nos ama y nos liberó de nuestros pecados, por medio de su sangre, e hizo de nosotros un Reino sacerdotal para Dios, su Padre”.
Esto hace que por el bautismo seamos miembros del Reino del Señor, que no es de este mundo, para indicar que no tenemos morada permanente en lo temporal, sino que la meta es la vida eterna con Dios.
Y al fin de los tiempos, desconocido por nosotros el momento,  Jesús  vendrá sobre las nubes y todos lo verán, aún aquellos que lo habían traspasado, para acoger a los que se mantuvieran fieles y desechar a las tinieblas eternas a los que optaron por renegar de su Dios. Más aún,  Cristo es el Principio y el Fin, el Alfa y la Omega, porque con Él comienza todo y con Él concluye también todo.
Pero vayamos al texto del Evangelio (Jn. 18, 33b-37) para encontramos con el juicio que tiene que soportar Jesús de manos de los pecadores. Le pregunta Pilato: “¿Eres Tú eres el rey de los judíos? y Jesús responde a su vez:¿Dices esto  por ti mismo u otros te lo han dicho de mí?” Esta pregunta también  la dirige  Jesús a cada uno de nosotros. Si afirmamos que Jesús es El Rey, el Todopoderoso, si decimos que Jesús es el Señor de la historia, ¿lo admitimos porque estamos convencidos? ¿O porque lo  escuchamos en la catequesis, en la familia o en otro ámbito? Por eso es muy importante escuchar la pregunta que  hace Jesús y responderle con fe asegurando que sabemos que es el rey que nos presenta la Biblia.
Pilato, como no cree que es el Hijo de Dios vivo, le responderá: “¿Acaso yo soy judío?"  Y reconociendo que sus compatriotas lo han llevado ante su tribunal, le pregunta: “¿Qué has hecho?" Y el mismo Jesús entonces, afirma que su realeza no es de este mundo, ya que en ese caso sus partidarios lo hubieran defendido, pero su Reino no es de aquí.
Y entonces Pilato, ante esta respuesta que evidencia justamente el reinado de Jesús, pregunta: “¿Tú eres Rey?”, a lo que el Señor responde “Tú lo dices, Yo soy Rey. Para esto he nacido y venido al mundo, para dar testimonio de la verdad”.
Jesús es rey,  pero de un Reino distinto, el Reino de Dios que se inaugura con su presencia entre nosotros, y al cual cada uno está llamado a formar parte por el bautismo y, crecemos como hijos adoptivos en este Reino toda vez que creemos, seguimos e imitamos  a  Jesucristo, de allí la interpelación que llega a nosotros de parte suya, para que siguiendo sus pasos demos testimonio de la verdad revelada y obremos el bien.
En efecto, si hemos afirmado antes que Jesús es el Hijo de Dios, si hemos afirmado que Cristo es el Rey de todo lo creado, de toda la historia, al igual que Él  hemos de dar testimonio de la Verdad que se nos ha dado a conocer para vivir de acuerdo a ella.
Este compromiso no es fácil, habida cuenta que en nuestro tiempo, ya sea por la sociedad, o la cultura en la que estamos insertos, muchas veces se van metiendo en nuestras vidas, criterios, líneas de vida totalmente distintas al Evangelio, por lo que debemos preguntarnos para saber cómo estamos ubicados en nuestra fe si escuchamos o no la voz de Jesús, ya que “el que es de la verdad, escucha mi voz”. Al respecto, hemos de preguntarnos : ¿escucho la voz del Señor? ¿escucho su Palabra? o estamos tan aturdidos por otras voces, por otras palabras, con otras cosas con las que convivimos día a día, que olvidamos escuchar la Voz del Señor.
Esto hará que no nos suceda lo mismo que a  Pilato que preguntó “¿Qué es la verdad?” y que al no reconocer a Jesús, relativice la misma de tal modo que aunque no vio en Él delito alguno lo condenó a la Cruz para quedar bien con la gente, con los sumo sacerdotes, con los judíos, decretando su muerte a pesar de que se lo habían entregado por envidia.
Es lógico que Pilato pregunte ¿qué es la verdad? si no está decidido a vivirla, a dar la cara por esa verdad hecha carne, que es el mismo Jesús. Quizás más de una vez a nosotros nos pasa lo mismo, de caer en el  “relativismo de la verdad”, de modo que todo el mundo tiene razón y llega un momento que no distinguimos entre las enseñanzas de Cristo y la enseñanza del mundo.  
Por eso importante siempre discernir acerca de lo que es la verdad y vivirla y promulgarla en la realización del bien.
Queridos hermanos, pidámosle a Cristo que nos reciba en su Reino, que nos siga iluminando y enseñando para poder ser cada día más fieles a esta vocación que hemos recibido en el Bautismo, como hijos de Dios y miembros de este nuevo reino.


Padre Ricardo B. Mazza. Cura párroco de la parroquia “San Juan Bautista”, en Santa Fe de la Vera Cruz, Argentina. Homilía en el domingo de Cristo Rey del Universo. Ciclo “B”. 21 de noviembre de 2021. ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com



16 de noviembre de 2021

Tentados a abandonar a Cristo por causa de las persecuciones del mundo, permanezcamos fieles y vigilantes hasta su segunda Venida.

 

El domingo próximo, solemnidad de Cristo Rey, culmina el año litúrgico, anticipo del fin de los tiempos,  por lo que en este domingo y el siguiente, se nos invita a prepararnos para la segunda venida de Cristo, que será gloriosa, diferente a la primera venida que se realizó en la humildad de la carne humana y en el silencio del anonadamiento.

Las señales precursoras descritas por la sagrada escritura nos anunciarán esta segunda venida para que podamos estar preparados.
El profeta Daniel (12, 1-3) anuncia un futuro cercano lleno de tribulaciones soportadas por los elegidos, pero que son protegidos por Dios por medio del ángel Miguel, de modo que aunque se padezca, el triunfo sobre el mal y los malos siempre es de Dios.
Este tiempo es de purificación para los elegidos y, medio de conversión para quienes están apartados de Dios para que vuelvan a Él.

El profeta menciona una resurrección final para todos, momento en que las almas se unen a sus cuerpos, para la vida eterna para quienes hayan muerto en unión con Dios, y una separación definitiva en la condenación para quienes hayan obrado el mal, a espaldas de Dios.
En el texto del evangelio (Mc. 13, 24-32) Jesús menciona los signos en el cosmos como anticipo de su segunda venida, de modo que así como en el principio del mundo, en el génesis, se habla del orden de todos los astros, en  este texto se presenta lo que ocurrirá en el ocaso.
Será en el ocaso cuando los elegidos por su fidelidad serán nuevamente probados y purificados, y se ofrecerá una última oportunidad de conversión a los hacedores del mal para que retornen.

Dios siempre ofrece al hombre oportunidades para volver al buen camino, porque su voluntad es de salvación, de congregarnos a todos en un único rebaño en el reino que no tiene fin, dependiendo siempre de la respuesta humana si hace buena o mala elección de su libertad.
El llamado que se nos hace a cada uno, por lo tanto, es el de la fidelidad,  ya que el creyente tiene la tentación de abandonar todo cuando parece que no hay futuro de vida nueva, o que todo se derrumba o que las fuerzas del mal parecen posesionarse de todo.
Sucede que escuchamos muchas veces los anuncios de la Sagrada Escritura referentes a la persecución en manos de los que pecadores, o del fin de los tiempos inevitable, pero pensamos que no nos tocará  o que sólo son alusiones a situaciones que quizás no acontezcan, por lo que cuando se presentan, la tentación es la de pactar con el mundo, y acomodarnos a la cultura de nuestro tiempo y evitar problemas, rehuyendo al proceso de purificación interior tan necesario para la fe.

Estamos viviendo en nuestro tiempo momentos difíciles, y  pareciera que el maligno hace y deshace a su antojo, sin embargo, el Señor cuida y protege al “resto”, es decir, a todos los que buscamos mantenernos en fidelidad a Dios en medio de las tribulaciones.
Vivimos también momentos de confusión, no sólo en la sociedad, sino también dentro de la misma Iglesia Católica, y no pocas veces desde los mismos pastores que debemos conducir al rebaño en la verdad y en el bien, se escuchan enseñanzas incompatibles con la fe.
En efecto, en no pocos lugares, la Iglesia pareciera acomodarse a las modas e ideologías del momento por temor a ofender al mundo, en lugar de ser un faro luminoso que proclama el evangelio sin aguarlo, y exponer sus exigencias sin relativizarlas a las circunstancias.
No olvidemos que cuando las  condiciones para ser creyente se van adelgazando y todo se permite, es porque está allí el espíritu del mal.
Cuando dudamos o estamos confundidos acerca de la doctrina de fe o las exigencias de la moral para la vida de cada día, hemos de acudir a las fuentes  seguras que son la Sagrada Escritura, la Tradición viva de la Iglesia y el Magisterio, expuesto  todo esto en el Catecismo de la Iglesia Católica que  ilumina respecto a la fe y a las obras a realizar.

Lamentablemente no pocas veces buscamos respuesta a nuestras inquietudes fuera de las fuentes de la verdad y del bien, e incursionamos, en cambio, en propuestas religiosas que proceden del mundo oriental, en la magia, en los adivinos, en una llamada “nueva metafísica”, en el tarot, en el Reiki y en cuanto espejismo se presenta.

Desechamos la fe católica por considerarla llena de misterios, pero buscamos cuantos misterios o cosas raras se presentan ante nosotros.
Como lo compruebo continuamente, estas búsquedas esotéricas y ocultistas, terminan con abrir la puerta al espíritu del mal que jaquea la vida de cada uno, de las familias y de la sociedad.
El llamado a la conversión también nos toca a cada uno de nosotros, de modo que busquemos solamente prepararnos para la segunda Venida del Señor que será con gloria, mientras somos fieles a nuestro deber de estado como creyentes y miembros de este mundo que pasa y que llegará a su fin, sin que sepamos el día y la hora.

Sigamos caminando por este mundo siendo fieles al Señor, plenos de esperanza, convencidos que como enseña la carta a los Hebreos (10, 11-14.18) Cristo se ofreció a la muerte por nuestros pecados y sentado a la derecha del Padre “espera que sus enemigos sean puestos debajo de sus pies” cuando llegue en su segunda Venida.
Queridos hermanos: no desesperemos en medio de las dificultades y persecuciones a causa de nuestra fe. Cuánto más difíciles sean los momentos que vivimos, más seguridad tengamos en la protección del Hijo de Dios que viene a guiarnos a la plenitud.



Padre Ricardo B. Mazza. Cura párroco de la parroquia “San Juan Bautista”, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el domingo XXXIII durante el año. Ciclo B. 14 de noviembre de 2021 ribamazza@gmail.com;  http://ricardomazza.blogspot.com






8 de noviembre de 2021

Seremos juzgados por nuestra entrega a Dios y a los demás a ejemplo de Cristo o si sólo obramos conforme a nuestros propios intereses.

Habíamos escuchado en domingos anteriores cómo Jesús respondía a cada una de las inquietudes que le presentaban con el propósito de hacerlo caer en una trampa, para desprestigiarlo.
El domingo pasado escuchamos que un escriba bien intencionado le preguntaba acerca de cuál era el principal mandamiento, habida cuenta que se sentían muchas veces oprimidos por una legislación muy abundante sobre derechos y deberes, prohibiciones y cosas positivas a realizar pero no tenían una escala sobre qué era lo más importante.
Jesús responde y aprovecha para enseñar a la multitud centrándose en la figura de los escribas (Mc. 12, 38-44), advirtiendo que es necesario cuidarse del espíritu de los escribas.
¿Cuál es el espíritu de los escribas? Pasearse, tratar de figurar, ser saludados en las plazas, lo que si bien no tiene nada de malo, lo hacían con la intención de ser distinguidos, de aparecer como superiores a los demás. El espíritu de los escribas se orientaba a obtener los primeros lugares en las sinagogas y en los banquetes, o sea una actitud permanente de lo que nosotros llamamos “figuretti”, y para colmo de males, utilizando la máscara de religiosidad, o sea, aprovechaban el culto, sus funciones en el ámbito religioso para buscar siempre sobresalir ante los demás y por eso también muchas veces aparecían como juzgando permanentemente a los otros.
Pero Jesús destaca algo gravísimo también en la figura de los escribas: devoran los bienes de las viudas y fingen hacer largas oraciones.  Muchas veces, viudas que no tenían hijos, eran esquilmadas por los escribas que prometían oraciones, apoyo espiritual, con tal de quedarse con algo de estas pobres mujeres. Se aprovechaban de los más débiles para sacar ventaja económica  bajo el disfraz de la religión.
Y Jesús tiene una sentencia muy dura: “Serán juzgados con más severidad”, advertencia que hay que tener en cuenta, ya que  a veces el ser humano se olvida de lo que ocurre después de la muerte. 
En esta semana justamente hemos celebrado a  Todos los Santos el lunes, y el martes recordamos a las almas del purgatorio. O sea, la Iglesia atraía nuestra atención hacia lo que se llaman “las postrimerías”,  lo que sucederá después de la muerte.
En este sentido la carta a los Hebreos (9,24-28) que acabamos de escuchar nos dice: “el destino de los hombres es morir una sola vez”, advirtiéndonos la Palabra de Dios que nacemos una vez y morimos una vez. Es decir, la reencarnación no forma parte de la enseñanza cristiana, más bien del paganismo que no busca a Dios, sino como una especie de auto expiación del pecado mediante sucesivas vuelta a la vida en seres diferentes.
La Palabra de Dios, en cambio, atenta a la verdad de que morimos una sola vez, señala que luego de la muerte viene el juicio, o sea, que cada acción nuestra mientras vivimos en este mundo se orienta al juicio después de la muerte, es decir, a cómo nos presentamos delante de Dios y cómo seremos juzgados por Él.
Por eso está la advertencia de Jesús acerca del comportamiento de los escribas. Realmente es muy dura, pero al mismo tiempo es una advertencia que llama a la conversión.
Pero Jesús, además, se sienta en la sala del Tesoro del templo y observa que una mujer viuda -otra vez la figura de la viuda- quizás alguna de las tantas expoliadas por los escribas, coloca dos pequeñas monedas de cobre, mientras muchos ricos, dice, no todos, sino muchos, daban en abundancia. El contraste es muy grande: la abundancia de la ofrenda de los ricos, y la pequeñez de lo que entrega la viuda.
Sin embargo, el juicio que merece esta doble acción de parte del Señor es muy diferente. Llama a los discípulos: “vengan para acá, observen qué es lo que pasa”, como si les dijera:  “No se dejen engañar, no se dejen deslumbrar por la ofrenda abundante que ponen los ricos, no desatiendan la ofrenda pequeña de esta pobre viuda, porque ésta pobre viuda ha puesto más que los otros”. Los otros han dado de lo que le sobraba, ha sido una ofrenda abundante pero en definitiva no pierden nada con eso que ofrecen porque tienen bienes en abundancia.  En cambio esta mujer,  ha dado todo lo que poseía, se quedó sin nada, se entregó  totalmente con confianza a Dios, seguramente pensando en que el Señor es su fuerza y es más generoso que cualquiera, porque Dios no se deja ganar en generosidad. Aprendemos con este ejemplo que la viuda entregó todo, porque en esas dos monedas estaba su vida.
Para entender mejor esta actitud, recordemos lo que escuchábamos en la primer lectura tomada del primer libro de los Reyes (17,8-16), cuando el profeta Elías va a Sarepta, se encuentra con una viuda y le pide que le traiga agua y después le dice:  “tráeme un pedazo de pan”.  La mujer le dice: “apenas tengo un poco de harina, un poco de aceite, para hacer un pan comer yo y mi hijo y esperar la muerte”,  eso es todo lo que tienen. Pero Elías insiste en que Dios le dará en abundancia lo que ella entregue escuchando al profeta y cocinando la galleta para que pueda comer.
Y así esta mujer lo hizo confiando en la palabra de Dios, se despoja de ese bien, un poco de harina y un poco de aceite, para dar de comer al profeta, arriesgando su vida y la de su hijo, creyendo en la palabra de un Dios al que no le rendía culto, y se cumple después lo prometido ya que el tarro de harina no se agotó ni se vació el frasco de aceite conforme a la Palabra que había pronunciado el Señor por medio de Elías.
Esa es la actitud de despojo, de entrega de lo que tiene uno a Dios, Nuestro Señor. Es cierto que no solamente esa entrega se transmite a través de los bienes materiales, pero muchas veces es lo que más cuesta entregar, ya que  se puede  afirmar: si yo entrego mi tiempo, si me dedico  al servicio de Dios, de la Iglesia, de los demás, es suficiente, pero que no me pidan dinero ya que cuesta despojarse del mismo.
Los bienes materiales ofrecidos  son siempre un signo de los bienes espirituales que alguien también está entregando.
De modo que la Palabra de Dios nos invita hoy a una actitud de entrega al Señor, entregando lo mejor de nosotros mismos en todos los aspectos y, al mismo tiempo, confiando en la Palabra de Dios, en la promesa del Señor, y cuando uno es generoso, nos encontramos con que el tarro de harina no se agota ni se vacía el frasco de aceite.


Padre Ricardo B. Mazza. Cura párroco de la parroquia “San Juan Bautista”, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el domingo XXXII durante el año. Ciclo B. 07 de noviembre de 2021. ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com


 

1 de noviembre de 2021

“Quien me ama será fiel a mi palabra, mi Padre lo amará e iremos a él”,-dice el Señor- , para que prolongue ese amor en sus hermanos”.

 

En el libro del Deuteronomio o segunda ley (6,1-6) acabamos de escuchar que Moisés habla al pueblo refiriéndose al cumplimiento de los preceptos y leyes que todos debían observar de tal manera que quien así lo hiciera encontraría la felicidad y toda clase de bendiciones por parte del Dios de la Alianza.
Ahora bien, con el tiempo se había llegado a una carga que exigía la observancia de 248 obligaciones positivas y 365 prohibiciones que cada persona debía tener en cuenta, haciendo imposible vivir dentro de la ley divina, resultando una existencia difícil, ya que no se podía descubrir el peso real e importancia de cada precepto a cumplir.
Atento a este cuadro preceptivo, un escriba se acerca a Jesús y le preguntó (Mc. 12,28b-34)“¿Cuál es el primero de los mandamientos”, pregunta que equivale a decir qué hacemos ante esta maraña legislativa que se nos ha enseñado debemos observar puntillosamente.
Jesús, no toma mal la pregunta sino que le contesta remitiéndolo al  Deuteronomio: “El primero es: “Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor; y tú amarás al Señor, tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas”.
El judío piadoso conocía este precepto y, tres veces al día lo recitaba para tener siempre presente la necesidad de escuchar a Dios y considerarlo como al Único, por encima de todos los seres.
Se trataba de una fórmula que ayudaba al creyente judío a tener memoria continuamente no sólo de Dios, y del amor a Él debido, sino también  a recordar  sus acciones a favor del pueblo elegido.
Se invoca a Dios como único Señor para recordar que debía evitarse el culto a otros dioses como muchas veces de hecho sucedió cuando la idolatría del paganismo se había instalado en Israel llegándose a seguir costumbres paganas como la del sacrificio de niños.
Era necesario por tanto estar atentos a esta tentación de desviarse del verdadero culto para dejarla de lado, y servir al único Dios.
Tentación ésta de la que no estamos exentos también nosotros, que en nuestros días no pocas veces nos dejamos atrapar por fantasías pseudo religiosas a las que  consideramos más importantes que lo recibido desde pequeños cuando se nos fue transmitida la verdadera fe.
En este sentido hemos de recordar que fuimos creados con una tendencia interior teleológica que nos conduce al verdadero fin o meta que es Dios, siendo la virtud de la religión el “cordón umbilical” que nos une a Él y refleja nuestra pertenencia a su persona. De allí, que el hombre que rechaza a Dios, lo niega o ataca, padece en su interior un cortocircuito muy grande porque se ha apartado del Creador, en quien debería descansar toda persona que busca la verdad y el bien total.
Ahora bien, este amor a Dios incluye el amor al prójimo, por eso Jesús enseña que el segundo es “amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
Para el judío, el prójimo es principalmente el de la propia raza o comunidad más que la persona del extranjero o del pagano.
Para el cristiano, en cambio, según el mandato de Cristo, es toda persona a la cual nos “aprojimamos” sin importar su origen o religión, porque comparte con cada uno de nosotros la misma filiación divina por adopción, en Cristo. O sea, debemos sentirnos cercanos a todos porque tenemos un Padre común que nos ama y entrega sus dones.
El amor a Dios incluye los tres primeros mandamientos del decálogo por los que lo reconocemos como Creador, le rendimos culto y honramos su santo nombre. A su vez, el amor al prójimo incluye los siete mandamientos restantes del decálogo, cuya observancia manifiesta el amor primero a Dios y el amor a todos, aún a los enemigos, por lo que buscamos hacer siempre el bien a los demás.
Esta vivencia nos lleva a la verdadera felicidad, incluso, a veces, en medio de las persecuciones de este mundo, y hasta con el desprecio de aquellos a quienes amamos desde Dios y reconocemos como sus hijos.
Queridos hermanos: al igual que el escriba, acerquémonos al Reino de Dios, -que en este mundo es el mismo Jesús-, por medio de la vivencia de este doble compromiso con el amor que brota de Dios.
Sigamos los pasos de María y José en el modo de vivir plenamente el mandamiento del amor a Dios y al prójimo.


Canónigo Ricardo B. Mazza. Cura párroco de la parroquia “San Juan Bautista”, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en la Misa del domingo XXXI del tiempo Ordinario. Ciclo “B”. 31 de octubre  de 2021. ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com




26 de octubre de 2021

Jesús dijo: “Vete, tu fe te ha salvado”, y el ciego curado se levantó y lo siguió, porque entendió que debía ir tras los pasos del Salvador.



 

Cantábamos en el salmo responsorial (sal 125, 1-6) “¡Grandes cosas hizo el Señor por nosotros!”, expresando de esta manera que Dios se muestra siempre, que busca el bien del hombre respondiendo a sus angustias, a sus problemas, a sus dolores. Un Dios que no se olvida  de quien le es fiel en medio de sus sufrimientos.
Precisamente el profeta Jeremías (31, 7-9) recuerda que Dios quiere reunir al reino de Israel y al de Judá en un solo pueblo, sacándolos del exilio, quiere liberarlos de la opresión,  y esto porque “¡El Señor ha salvado a su pueblo, al resto de Israel!”.
El resto de Israel  comprende al pequeño grupo de personas que se ha mantenido fiel a Dios, a pesar de las dificultades, o que se ha convertido para seguir la ley de Dios, mientras muchos de entre el pueblo elegido se alejaban de la alianza, renegando de su Dios.
En nuestros días también se da esta realidad cuando muchos sedicentes católicos no dudan en amoldarse al criterio mundano o a los imperativos de ideologías de turno, mientras existe un “resto” que a pesar de las persecuciones y rechazos recibidos, se mantiene fiel al Dios de la Alianza y a su Hijo enviado a la humanidad para salvarla.
En este “resto” de Israel se cumple lo que cantábamos, ya que sembrando entre lágrimas y limitaciones su fidelidad al Señor, cosecharon la vuelta del exilio recibiendo la bendición divina, ya que   “¡Grandes cosas hizo el Señor por nosotros!”.
En la segunda lectura del día tomada de la carta a los Hebreos (5, 1-6) aparece nuevamente la misericordia de Dios hacia la humanidad.
En efecto, el autor sagrado hace mención a la misión del Sumo Sacerdote del culto antiguo  que implora por los pecados del pueblo y los propios, haciendo las veces de intercesor entre Dios y los hombres.
Como es de suponer ante esto, cuánto más puede hacer el sacerdote de la Nueva Alianza marcado por el sello del sacramento del Orden, y cuánto más Aquél que ejerce el sacerdocio por excelencia, Jesucristo.
El cual, hace de puente entre Dios Padre y la humanidad sumergida en el pecado de los orígenes, muriendo en la cruz por la salvación del hombre, presentando al Padre las súplicas y ruegos de todos.
El sacerdocio de Cristo ha significado siempre cercanía salvadora ante todo hombre necesitado de ser salvado de sus miserias y oprobios.
Precisamente en el texto del evangelio (Mc. 10,46-52) nos encontramos con este Sumo Sacerdote actuando frente al dolor del mendigo, ciego de nacimiento, desechado a un costado del camino, esperando que otros se apiaden de él, muchas veces recibiendo las sobras.
Bartimeo representa al hombre doliente de todos los tiempos que se siente alejado de los demás y también del mismo Dios, cargado de pecados, problemas, de dramas personales arrastrados en el transcurso del tiempo, sin respuestas  superadoras y reparadoras de su vida.
El ciego, representa pues, a ese mundo dolorido y doloroso, tan presente en nuestros días, que escuchando que pasa Jesús  comienza a gritar: “¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!” y lo reprenden de inmediato, pero él sigue gritando más fuerte y sin detenerse, enseñándonos  que es necesario insistir en nuestra súplica, cuanto más agobian los problemas y las carencias más urgentes, sin dejarnos distraer por quienes pretenden acallarnos con falsas promesas.
Jesús  se detiene y lo llama preguntándole “¿Qué quieres que haga por ti?”, respondiendo no como los hijos de Zebedeo que añoran la gloria a la derecha y a la izquierda del Salvador, “Maestro, que yo pueda ver”.
Pide no sólo la vista física, sino el poder ver y comprender cuál es el papel que debe asumir en este mundo para agradar a Dios.
Suplica, en el fondo, tener la capacidad de hacer un cambio radical en su existencia, reconociéndose mendigo del favor divino que salva, insistiendo a pesar de las dificultades, confiando siempre en la gracia.
Y Jesús le dirá “Vete, tu fe te ha salvado”, y él se levantó ya curado y, lo siguió por el camino, porque al recuperar la visión no sólo pudo percibir las personas y los objetos, sino que entendió que su misión debía ser seguir los pasos de la persona, vida y enseñanza del Salvador.
Pero a su vez, el “ver” las personas y las cosas significaba tener una mirada de fe que le mostraba con claridad el servicio al prójimo y el uso correcto de las cosas de este mundo, sin caer en su dependencia.
El papa Francisco, en el ángelus de hoy, hablando de la fuerza de la oración suplicante, narró la historia de aquél hombre que ante el anuncio de la proximidad de la muerte de su hija de nueve años, pasó  la noche ante el santuario de Luján rezando por ella. A la mañana siguiente, de regreso al hospital, su esposa llorando le dice que la hija comenzó -inexplicablemente para la ciencia médica- a curarse.
Esto nos hace ver que estamos llamados a suplicar siempre a Dios con confianza, implorando todo, que significa la santidad de vida, nuestra conformidad con su divina voluntad, el crecimiento en nuestro servicio de caridad para con todas las personas, la disponibilidad siempre por hacer el bien y defender la verdad que se nos manifiesta.
Queridos hermanos: imploremos al Señor que podamos ver la verdad que proviene de Jesús, para seguirle confiadamente realizando el bien imitando así el obrar del mismo Salvador.
Como la Virgen María y el glorioso San José, dispongámonos siempre al servicio de Jesús.


Padre Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de “San Juan Bautista” en Santa Fe de la Vera Cruz. Homilía del domingo  30º del tiempo Ordinario, Ciclo “B”.- 24 de Octubre de 2021, ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com.-/



 

19 de octubre de 2021

“Dejen de dominar a los pueblos como si fueran sus dueños”, exclama Jesús, porque esto acelera la ira de Dios, y sean servidores de todos”

En el anuncio del profeta Isaías (53,10-11) está presente la persona del Mesías, el Hijo de Dios enviado por el Padre, quien ingresando en la historia humana por la encarnación en el seno de María, nos rescatara del pecado y condujera a la gloria divina, por el sufrimiento y la cruz.

Y así, “El Señor quiso aplastarlo con el sufrimiento. Si ofrece su vida en sacrificio de reparación, verá su descendencia”. Y “la voluntad del Señor se cumplirá por medio de él”.
Más aún, “Mi servidor justo justificará a muchos y cargará sobre sí las faltas de ellos”. Precisamente es lo que aconteció con la pasión, muerte y resurrección de Jesús, haciendo justos a todos los que en el transcurso del tiempo lo recibieron y se acogieron a su misterio de amor y misericordia.
En línea con este pasaje del profeta, el texto del evangelio de hoy (Mc. 10,35-45), está precedido por el tercer anuncio de la pasión realizado por Jesús mientras se dirige a Jerusalén con sus discípulos.
Como sucediera ante los dos anteriores anuncios de su pasión y muerte, nos encontramos con que la reacción de los apóstoles dista mucho de manifestar que hayan entendido el mensaje, porque siguen atados a la mundanidad.
Les sucede  que no entienden que el seguimiento de Cristo tiene otro rumbo totalmente diferente, están pensando en su propia gloria y adquisición de poder terrenal, rechazando el misterio del sufrimiento y de la cruz.
Con frecuencia, está falta de sintonía con Jesús, aparece también con nosotros, que tan atados al espíritu de este mundo, vemos y planificamos la vida personal conforme a los criterios de la sociedad o de la cultura  relativista que nos agobia, olvidando que el mensaje divino es diverso.
De allí la necesidad de conferir lo que pensamos y vivimos con la persona de Jesús y el evangelio, para descubrir cómo estamos situados y en qué hemos de convertirnos para asumir la vida verdadera que es de salvación.
Siguiendo con el texto, leemos que con atrevimiento Santiago y Juan le dicen “queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir”.
Mal comienzo si se pretende una buena oración, ya que siempre debe hacerse con humildad, “si es tu voluntad, si es para mi bien, si es para tu gloria” concédeme esta gracia, aceptando lo que Dios disponga.
Y enseguida reclaman estar sentados –signo de poder y autoridad sobre los demás- a la derecha y a la izquierda del Señor cuando está en su gloria.
Desde el pecado original la pretensión humana  del poder y el sobresalir y ser más que Dios, es algo constante y creciente, sobre todo hoy.
“No saben lo que piden” responde Jesús, ya que Él no vino a enaltecer a nadie ni otorgarle poder, como sí pretende hacerlo el demonio, sino a dar ejemplo de lo que realmente importa en la vida que es ser servidor de todos.
Jesús les interroga, a su vez, acerca de si pueden vivir lo que Él vivirá, a lo que arrogantemente responden que sí, olvidando que sin la gracia de lo Alto es imposible que el ser humano entregue su vida en sacrificio por el Salvador y por los demás. Así y todo, el Señor les asegura que beberán el cáliz del sufrimiento pero que no le corresponde a Él otorgar lo que piden.
Continúa el texto señalando la indignación de los otros apóstoles porque se sintieron “primeriados”, les ganaron de mano, ya que también ellos tenían puesta la mirada en una meta de gloria terrenal, el ser importantes.
Jesús con paciencia les dirá “Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de  ustedes, y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos. Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar la vida en rescate por una multitud”
O sea, el seguimiento ha de pasar por la imitación del Maestro que es servidor y entrega su vida por una multitud, es decir, por quienes lo aceptan.
La vida del creyente, pues, pasa por el abajamiento, como sucedió con Jesús, rechazando todo afán de poder y de enaltecimiento personal.
Es un llamado a cambiar de mentalidad también para nosotros que tanto nos cuesta comprender la lógica del Señor y de su enseñanza, que buscamos siempre la gloria de este mundo y su lógica de poder y gloria mundana.
En este contexto, el autor de la carta a los hebreos (Heb. 4,14-16) hablando de Jesús, afirma que Él es un Sumo Sacerdote, puente entre Dios y los hombres, que penetró en el cielo, por lo que hemos de permanecer firmes en la confesión de nuestra fe, el cual fue sometido a las mismas pruebas que nosotros menos el pecado, permitiendo acudir al trono de la gracia “a fin de obtener misericordia y alcanzar la gracia de un auxilio oportuno”.
La imitación de Cristo, permite pues, llegar a su Persona por medio del sufrimiento, difícil para nosotros, pero posible con la gracia divina.
Ahora bien, encontramos otra enseñanza en el texto que meditamos.
Dice Jesús:”Ustedes saben que aquellos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad”.
Dice “a quienes se considera” ya que el poder de los que gobiernan y de los grandes viene de Dios, y a Dios deben someterse, sin pretender obrar como si ellos fueran el mismo Dios.
Precisamente los que gobiernan y los grandes creen que pueden cambiar lo que Dios ha establecido y hacen sentir su autoridad injustamente sobre la gente imponiendo el aborto o la eutanasia, la diabólica ideología de género.
Hoy no pocos padres de familia tienen que sacar a sus hijos de la escuela y enseñarles en su casa, porque se quiere imponer a los niños, deformando su inteligencia y voluntad, los vicios aceptados por los adultos y las ideologías de turno contrarios a la soberanía de Dios y de la dignidad de la persona.
Dentro de poco estará prohibido como decía Chesterton, afirmar que el césped es verde, porque se busca imponer lo irracional a toda costa y se llegará a perseguir a quienes no se sometan a este pensamiento único.
Estos gobernantes y poderosos han obtenido estos poderes opresores del mismo diablo, que les ha prometido todo si lo adoraban y le rendían culto.
Los que tienen poder participado de Dios, en los diferentes ámbitos de la vida, no son coherentes con lo que significa esa participación al no ponerse al servicio de los demás, sino pretender oprimir a todos e imponer sus criterios pervertidos porque se han alejado de la verdad y del bien.
Incluso gobernantes que se dicen católicos, han traicionado su fe imponiendo todo tipo de aberración y desvío del diseño creacional de Dios.
Permanentemente vemos en el mundo la prepotencia de los que usan el poder para imponer sus locuras y aplastar a los disidentes.
En nuestros días, poco a poco, se busca imponer la religión del estado omnipotente que decide por nosotros lo que está bien o mal según su visión.
El texto de este evangelio cobra hoy singular importancia dejando al descubierto el cumplimiento en la actualidad de lo denunciado por Jesús.
También a los que gobiernan y tienen poder hoy, Jesús les está diciendo “dejen de oprimir a los demás con sus doctrinas erróneas”, busquen el bien proclamando la verdad, promuevan el trabajo y no la dádiva, no busquen el triunfo de “castas” sobre los seres humanos más débiles, sean servidores de todos, especialmente de los desechados de este mundo opulento, sean servidores de la vida, primer derecho, y no busquen la muerte del inocente.
Dejen de dominar a los pueblos como si fueran sus dueños, grita con enojo Jesús, porque esto despierta y acelera la ira de Dios sobre el hombre.
Queridos hermanos: pidamos al Señor nos de la fuerza necesaria para ser coherentes con su enseñanza buscando servir a todos porque todos somos hijos de un mismo Padre que nos espera en su Reino.

Padre Ricardo B. Mazza. Cura párroco de la parroquia “San Juan Bautista”, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el domingo XXIX del tiempo ordinario, ciclo “B” 17 de octubre de 2021. ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com



12 de octubre de 2021

La sabiduría que proviene de Dios permite al hombre descubrir que el seguimiento de Jesús nos hace exclamar “Señor, sácianos con tu amor”


 El creyente ha de suplicar siempre la sabiduría que proviene de Dios (Sab.7, 7-11), sabiendo apreciarla porque  permite descubrir su voluntad, que siempre busca la felicidad humana, de allí que la gracia siempre nos ha de preceder y acompañar para perseverar en las buenas obras.
A su vez, la Palabra divina penetra en el interior del hombre y conoce las intenciones más ocultas de cada uno, de manera que nadie escapa a la mirada penetrante de Dios (Heb. 4, 12-13).
El texto del evangelio (Mc. 10, 17-30) nos presenta el encuentro  de cada uno de nosotros con Jesús y cómo su mirada  nos interpela para  conocer la realidad de nuestra vida  en el presente y lo que ha de resultar en el futuro, más generoso  y noble en la entrega personal.
Conforme a esto, la Palabra deja en la liturgia de hoy una enseñanza  en el salmo responsorial (Salmo 89,12-17), cuando en la antífona cantábamos “Señor, sácianos con tu amor”.y cantaremos felices toda nuestra vida.
Retengamos esta afirmación para poder entender qué es lo que Jesús espera de cada uno de nosotros.
Hagamos la prueba y vayamos al encuentro del Señor y arrodillándonos delante de Él preguntémosle: “Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?” No se trata de regatear con el Señor: “yo hago esto y Tú me das esto otro”, sino que abrimos el corazón ante la gratuidad divina que se  manifiesta constantemente amándonos.
Pero es bueno preguntarle al Maestro Bueno, porque los demás maestros que enseñaban sobre la ley de Dios no podían llamarse buenos, solamente Cristo, porque es el Hijo de Dios hecho hombre. Maestro bueno porque Él nos enseña el camino de la bondad, del bien, de la verdad.
Precisamente este encuentro con Jesús conocido como el del “joven rico”, es tratado por san Juan Pablo II en su encíclica “El esplendor de la Verdad” (Veritatis Splendor cap. 1), en la que reflexiona señalando que la vida de perfección a la que convoca Jesús es la de las bienaventuranzas.
A su vez, el papa, partiendo de este diálogo con el joven que le sirve de pórtico, se explaya en los principios que deben fundar y regir la moral cristiana, que en definitiva remite al encuentro personal con el Señor.
De allí que no resulte ocioso preguntarle al único que es bueno con mayúscula, qué debo hacer en medio de tanta confusión reinante.
Y Jesús responde con los mandamientos de la segunda tabla de la ley: no matarás, no cometerás adulterio, no darás falso testimonio, no robarás, honra a tu padre y a tu madre.
No habla el Señor de los tres primeros mandamientos, y continuando con el diálogo, el joven responde que todo lo indicado lo cumple desde siempre, siendo la respuesta de Jesús su mirada complaciente cargada de amor para con el joven, “lo miró con amor”.
Por eso decía al principio que retengamos la súplica del salmo interleccional: “Señor sácianos con tu amor”.
La mirada de amor de Jesús confirma la veracidad de lo que afirma el joven, pero  a su vez implica un llamamiento más profundo.
De allí que continúe: “Sólo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme”.
Este pedido,  refiere al primer mandamiento: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser. Y cómo  sabemos  esto? Por la respuesta de Pedro: “tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”. Respuesta que indica que lo principal es el seguimiento.
Ahora bien, ¿Qué dejaron los apóstoles? Eran pescadores, no eran personas de fortuna. Quizás Mateo era el único que podía tener un buen pasar por el oficio de publicano.
La afirmación “Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”  aplicado a los discípulos, nos permite concluir que el dejar todo no necesariamente implica riqueza, sino también  pobreza.
El dejar todo engloba a aquello en lo cual habíamos puesto el fundamento de nuestra vida, de nuestro existir, de manera que no solamente, podríamos decir,  es el rico quien tiene dificultad para entrar en el reino de los cielos porque el dinero lo atrapa, sino que también puede ser cualquier otro afecto desordenado, como le llama san Ignacio.
Cualquier otra realidad que tenga atrapado el corazón del hombre e impida la disponibilidad para Jesús, es lo que debe dejarse de lado.
Por eso es muy importante encontrarse con la mirada profunda del Señor. ¿Hemos sentido alguna vez la mirada de amor de Jesús? ¿Hemos percibido esta mirada únicamente en el sacramento de la confesión cuando nos arrepentimos y Él perdona nuestros pecados? ¿Hemos sentido el amor del Señor en los distintos momentos de nuestra vida? ¿Sabemos cómo nos cuida, cómo nos protege, cómo nos busca?. Aunque nosotros tratemos de huir de su mirada, de su búsqueda, el Señor está allí presente.
Quizá muchas veces caemos en la tristeza porque el Señor pide mucho para que lo siga y yo no puedo o no quiero.
Es necesario trabajar para dejar lo que impide el seguimiento, para ir tras sus pasos. Saber que el Señor que nos llama siempre a una vida más perfecta, nunca nos va a pedir algo superior a nuestras fuerzas, conoce nuestros límites. Reclama de acuerdo a  lo que Él ha pensado desde toda la eternidad para nosotros, según la misión que nos pide en este mundo.
Precisamente hoy la iglesia recuerda el día misional, día de oración, día en que debemos pensar en cómo comprometernos con la misión, el sentirnos enviados, para transmitir dando a conocer a Jesús.
Pero si  no percibimos esa mirada de amor sobre nosotros, qué vamos a transmitir.
Precisamente el papa Francisco, en el mensaje de este año exhorta a vivir  la misión trasmitiendo el agradecimiento a Dios, por todo lo que nos da. Trasladar al mundo lo que significa haber sido elegidos por el Señor, para transmitir su Palabra, para hacerlo conocer, para trasmitir al mundo esta mirada de amor que tiene sobre cada uno de nosotros.
Quizá pueda parecer insuperable el vencer nuestras debilidades, limitaciones o defectos que dificultan la entrega personal al Señor.
Pero frente a ello, Jesús proclama abiertamente que para el hombre es imposible salvarse pero no lo es para Dios, porque la gracia del Señor está dispuesta a entrar en el corazón de cada uno y fortalecernos,  e iluminarnos para vivir de una manera nueva.
Queridos hermanos, aprovechemos para encontrarnos con el Señor, ya que Él es el único que da sentido a nuestra vida.
Todas las demás maneras o momentos de felicidad son siempre pasajeros, es el encuentro con el Señor lo que nos hace profundamente felices, plenos, porque es la mirada del Señor  la que nos convierte,  conquista y  atrae, y que guiándonos nos promete que estaremos algún día en la Vida.
Como ya había anunciado también, justamente por ser el día misional, se realiza la colecta por esta intención, para poder contribuir materialmente a las obras que la iglesia realiza en zona de misión, donde todavía no está firmemente afianzada. Por ello, de acuerdo a las posibilidades de cada uno, se agradece una colaboración especial.

Padre Ricardo B. Mazza. Cura párroco de la parroquia “San Juan Bautista”, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el domingo XXVIII durante el año. Ciclo B. 10 de octubre de 2021. ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com



 

4 de octubre de 2021

Dios nos hizo varón y mujer, el hombre dejará a sus padres, será una sola carne con su mujer, para transmitir la vida humana según el designio divino.

La carta a los Hebreos (2,9-11) que proclamamos nos conduce a contemplar el misterio de Cristo, el cual estuvo por poco tiempo –en cuanto hombre- debajo de los ángeles, aunque como Dios es creador de todos los seres.  

Ahora está coronado de gloria y esplendor a causa de la muerte que padeció: “Convenía, en efecto, que Aquél por quien y para quien existen todas las cosas, a fin de llevar a la gloria a un gran número de hijos, perfeccionara, por medio del sufrimiento, al jefe que los conduciría a la salvación”.

Es decir, que Jesús con su muerte y resurrección liberó a la humanidad del pecado preparándola y guiándola, siempre que así lo queramos, a la gloria.
A su vez, con el misterio pascual de Jesús, no sólo es santificado el hombre sino también las instituciones que refieren a la dignidad y realización del ser humano en el matrimonio y la familia, como lo expresan los textos de hoy.
De allí la afirmación de la carta a los hebreos “Porque el que santifica y los que son santificados, tienen todos un mismo origen. Por eso, Él no se avergüenza de llamarlos hermanos”
En el texto evangélico de hoy (Mc. 10, 2-12) la polémica que introducen los fariseos con Jesús refiere al tema del divorcio. En ese tiempo cualquier hombre podía repudiar a su mujer por cualquier motivo, quedando obligado a darle a la mujer una constancia del divorcio para que ésta pudiera casarse otra vez si así se diera la oportunidad.
Jesús al responder a esta inquietud y luego que le reconocieran acerca de lo establecido por Moisés, enseña claramente que la permisión mosaica obedecía a la dureza del corazón de ellos pero que desde el principio no era así ya que “Dios los hizo varón y mujer”.”Por eso el hombre dejará a su padre y a su madre y los dos no serán  sino una sola carne”. Por lo “que el hombre no separe lo que Dios ha unido”.
Por lo tanto, Jesús al recurrir a lo enseñado por el Génesis (2, 4b.7ª.18-24) deja en claro que la voluntad divina acerca del diseño creatural es que  el hombre existe como varón o mujer, que están llamados a formar su propio matrimonio y familia, dejando la familia de la que proceden, y que está unión que los hace una sola carne, porque se complementan en orden a la procreación, es indisoluble, y que por lo tanto el hombre no puede cambiar  el designio divino según su voluntad por medio del divorcio.
Esto nos hace ver que Jesús se enfrenta claramente a la mentalidad vigente en esa época, sabiendo que no causaría mucha gracia su enseñanza, incluso probablemente causando la incomprensión de los discípulos, pero dispuesto, a pesar de esto, a transmitir y defender la verdad presente desde el principio de la creación, en el diseño creativo de Dios.
Al igual que en la época de Cristo, en nuestros días la Iglesia tampoco cae bien cuando afirma estos principios que fue recibiendo de Jesús y recordados constantemente por el Magisterio y la Tradición desde antiguo.
Todo esto debe comprometer a los bautizados a testimoniar y defender la verdad recibida, aunque no pocas veces en lo cotidiano entremos en contradicción con la mentalidad divorcista, el adulterio, las familias ensambladas o los mal llamados matrimonios de personas del mismo sexo, o las uniones de hecho tan comunes incluso entre los católicos que no se casan.
La esclerosis del corazón que admite todos estos desvíos del diseño original de Dios acerca del hombre y de la familia, existe también en nuestros días, por lo que se hace difícil poder transmitir la verdad y que ésta sea comprendida y aplicada. Vivimos muchos momentos de confusión en que todo lo recibido por el Señor es rechazado o aceptado a medias.
Ahora bien, si es cierto que el hombre y la institución matrimonial y familiar fueron saneadas por la muerte y resurrección de Cristo, de modo que es posible vivir lo que Jesús enseña, también es cierto que la inclinación al pecado que ha quedado después del bautismo, muchas veces quiebra el ideal propuesto, necesitando todos una ayuda especial para sortear los obstáculos.
Ahora bien, desde siempre, el demonio está decidido especialmente a boicotear el designio y diseño divino, ya sea hiriendo al ser humano en su dignidad sugiriendo propuestas que lo deshumanizan y sembrando oscuridad en su corazón, como atacando el matrimonio y la familia que forman a las personas y son un resguardo de su integridad.
No pocas veces se da la violencia en la familia, entre los esposos, entre padres e hijos, insultos permanentes, padres que se meten en la vida de sus hijos casados provocando grandes males, situaciones insostenibles que llevan al sufrimiento a tantos inocentes, incluso obligación no pocas veces de convivir con golpeadores porque la persona inocente no tiene  otro refugio.
Todas estas situaciones son conocidas por Jesús y quiere que sean corregidas por medio de la misericordia, apoyo y acompañamiento de la Iglesia, y la toma de decisiones liberadoras por parte de los involucrados.
Estos desvíos de la voluntad divina, como dijimos, son fruto del pecado del ser humano, que haciendo mal uso de su libertad, destruyen todo a su paso.
No pueden permitirse la violencia y toda clase de humillaciones que perjudique a las personas y que muchas veces lleven a los hijos a casarse para salir del clima hostil de sus familias con el consiguiente fracaso futuro.
La Iglesia, continuando siempre en la búsqueda de la verdad y ejerciendo la misericordia que proviene del mismo Cristo, estudia todas las situaciones matrimoniales que se le presentan en orden a descubrir si hubo en realidad un matrimonio cuando los cónyuges dieron su consentimiento, o si éste estaba viciado desde el principio haciendo inválido el mismo matrimonio.
Ciertamente esto no  contradice con lo enseñado por Jesús, el cual habla de lo que es “desde el principio de la creación”, sino que se contempla el ideal al cual hay que tender, y que es realizable en muchos matrimonios bien constituidos, pero al mismo tiempo se estudian aquellas situaciones en que el diseño y designio divino sobre personas concretas no se ha realizado verdaderamente, por decisiones tomadas inmaduramente o sin los recaudos que correspondían a la verdad de la realidad de ser una sola carne.
Queridos hermanos: Pidamos al Señor nos ayude a comprender su enseñanza esclarecedora sobre el matrimonio y la familia para testimoniarla en medio de una sociedad que descree de esta verdad y busca seguir los caminos señalados por el mundo que se alejan de la verdad divina.

Padre Ricardo B. Mazza. Cura párroco de la parroquia “San Juan Bautista”, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el domingo XXVII durante el año. Ciclo B. 03 de octubre de 2021. ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com