“El cristiano a ejemplo de Cristo como modelo supremo hace donación permanente de sí siendo capaz de generar vida, la de la gracia que perfecciona al hombre llevándolo a la máxima plenitud”
1.-La existencia y diversidad del grano de trigo.
El tiempo de cuaresma que estamos transitando es un itinerario hacia el conocimiento más pleno del misterio de Cristo, como lo recordaba la primera oración del primer domingo del tiempo litúrgico.
Conocimiento que lleva indudablemente al seguimiento del Señor y a incorporarlo a Él como modelo de perfección evangélica.
Sólo tendrá sentido este tiempo de purificación interior en la medida que culmine con una profunda conversión de corazón que reclame una imitación del Señor por la que el cristiano busca tener los mismos sentimientos de Jesús.
Esta tarea ciertamente no resulta fácil toda vez que hay obstáculos que impiden descubrir la verdadera vida que Él nos propone.
En este itinerario está en juego la libertad del hombre por la que se profundiza el alejamiento e indiferencia ante el mensaje del Señor o se busca producir –por el contrario- un cambio recóndito no sólo en la profesión de la fe verdadera sino también en la prolongación de la misma en una vida pletórica por el encuentro interior con el Salvador.
Al respecto, en nuestros días, se percibe nítidamente la decisión de aquellos que en la vivencia de la fe católica se esfuerzan por profundizarla. De allí que no pocos reclamen la posibilidad de entrar en el desierto de la oración a través de retiros, ejercicios espirituales u otras formas que impliquen un crecer en el conocimiento de Jesús y en actualizar, aún con las limitaciones propias del ser humano, las exigencias de sus enseñanzas.
Siempre tienen tiempo, a pesar de su agenda cargada de actividades, para brindarse a los demás en instituciones de caridad o de apostolado asociado.
Silenciosamente laboran sin paga alguna por la construcción del reino, esto es, por establecer una mayor presencia del Señor en el mundo social, económico o político.
Todos ellos tratan de llevar a la práctica el llamado del Señor de ser grano de trigo que muere en la donación de todos los días para dar frutos copiosos (cf. Juan 12,24).
Existe, sin embargo, un segundo tipo de personas –por desgracia numeroso- que se dicen católicas pero que manejadas por el espíritu del mundo que encandila con todo tipo de fáciles felicidades pasajeras, buscan conformar una Iglesia “light”, permisiva, que se adapte a la mentalidad del mundo, ya que no hay que dar la espalda “a la realidad” de la pavada vigente en nuestros días y que suele mostrarse hasta en cierto tipo de chabacanería litúrgica donde el estruendo prevalece sobre Aquel que es la Palabra encarnada del Padre.
En el fondo se pretende tranquilizar -de alguna manera maquillada- el cosquilleo de la conciencia que desde la verdad reclama siempre un compromiso mayor, aún a pesar nuestro.
Y así, según esta concepción de vida, como en la sociedad todo está permitido, también la Iglesia debería ser contemplativa a la hora de las exigencias, y no “abrumar” a sus fieles con “imposiciones” “estructuradas o medievales”, que coartan la libertad –ya tan desleída- aunque estas exigencias provengan de las enseñanzas de Jesucristo.
No es de admirar según esto la pretensión esgrimida por no pocos católicos en el sentido de que la Iglesia debería aceptar –por ejemplo- los “nuevos modelos de familias”, aunque no respondan a lo constituido por Dios desde el principio, e incorporar el facilismo como forma de vida –en todos los campos de la fe y vida- para no perder adeptos.
Corretean estos fieles buscando el sacerdote “comprensivo” que haga la vista gorda a cualquier disparate, que predique lo que halaga los oídos y que no moleste enseñando demasiado a Jesús cuando reclama la actualidad de los mandamientos y de las Bienaventuranzas.
Decía una mamá, en una parroquia de la ciudad, que ella retiraba a su hija de la catequesis por carecer de tiempo para asistir a la preparación catequética que luego debía volcar a la pequeña. Y que además a ella no le interesaba sino que era sólo una pretensión de la niña.
Respecto al tiempo que evitaba perder obvió contar las largas sesiones de gimnasia relajante que consumía con fruición, las cirugías reparadoras a las que se sometía, junto a las horas de peluquería que disipaba, por sortear inútilmente el tirano transcurrir del tiempo que ya hacía estragos sobre su figura.
También soslayó lo prometido cuando se casó por Iglesia y pidió el bautizo de su niña, respecto a la obligación de transmitir la fe a su párvula.
Sobre este estilo de conducta resuena lo afirmado por Jesús: “el que tiene apego a su vida la perderá” (Juan 12,25), y lamentablemente es infecundo.
Un tercer grupo de personas está constituido por quienes dan sus primeros pasos por el camino de la fe, que como los griegos del evangelio (Juan 12, 20-23) quieren ver a Jesús.
Se trata de un “verlo” no meramente como contemplación visual sino un entrar de lleno en su vida por medio de la fe.
Son los que no conocieron antes al Señor porque nadie les ayudó a intuir al menos su presencia.
Relacionado con esto, recuerdo a aquél joven que afirmaba que de sus padres –por quienes rezaba sin juzgarlos- no había recibido nada que se pareciera a la transmisión de la fe. Le sugería yo que Dios lo había llamado por uno de sus tantos caminos inescrutables, no sólo para que se perfeccione él, sino también para brindarse a los demás en la transmisión de la fe, incluyendo por supuesto a sus mismos padres.
En estos se cumple lo del evangelio: “el que no está apegado a su vida en este mundo la conservará para la vida eterna” (Juan 12,25)
2.-Queremos ver a Jesús (Jn.12,21)
El itinerario cuaresmal ha de estar impregnado de esta súplica hoy más apremiante: “queremos ver a Jesús”. Y Jesús nos dirá que para lograrlo es necesario seguirlo para servirlo y poder así estar donde Él esté (Jn.12, 26).
Seguirlo en el misterio de su “glorificación”, esto es, su pasión, muerte, resurrección y ascensión, recibiendo el don del Espíritu, sentirnos atraídos en fin, cuando sea levantado en alto (Jn.12, 32).
Ver a Jesús es conocerlo como lo anticipaba Jeremías al anunciar que la Nueva Alianza significará la promulgación interna de la voluntad de Dios, no ya la externa del Sinaí (Jeremías 31,31-34).
Conocerlo con el corazón preparado por el mismo Dios que dijo “les daré un corazón para me conozcan a mí, que soy el Señor” y hacer realidad aquello de que “yo seré su Dios; ellos serán mi pueblo” (Jeremías 24, 7).
En la Cruz de Cristo conocemos y visualizamos a la muerte que da la vida.
Es en la Cruz donde Jesús como el grano de trigo muere y da mucho fruto en el don íntegro de sí mismo por la salvación del mundo.
El cristiano a ejemplo de Cristo como modelo supremo hace donación permanente de sí siendo capaz de generar vida, la de la gracia que perfecciona al hombre llevándolo a la máxima plenitud.
Cuando el cristiano en cambio se encierra en sí mismo, en la contemplación permanente de sí, bloquea su corazón y se hace incapaz de fructificar los dones del Espíritu.
Morir como Cristo en la donación de sí abre el corazón a una fecundidad cada vez más vital y expresiva de la riqueza de la Cruz que desde lo alto alienta al hombre a seguir por ese cambio y lo fortalece ante los obstáculos que se presentan en la realización del bien.
Configurado a Cristo de este modo, el cristiano experimentará la actualidad de la afirmación de Jesús: “ahora el Príncipe de este mundo será arrojado afuera” (Jn.12, 31), porque nada le deberá a quien es mentiroso desde el principio.
Ojala mantengamos siempre en vigencia este deseo profundo de ver al Señor y sepamos atraer cada vez más a un mayor número de personas.
Habremos logrado aquietar lo más profundo del corazón que busca a su Dios, aunque a veces no lo descubra.
Padre Ricardo B. Mazza. Director del CEPS “Santo Tomás Moro”. Reflexiones inspiradas en los textos bíblicos de la liturgia del Vº domingo de Cuaresma (ciclo “B”). 29 de Marzo de 2009.
ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com; www.nuevoencuentro.com/tomasmoro.-
"Lo único que se necesita para que triunfe el mal es que los hombres buenos no hagan nada." Edmund Burke
29 de marzo de 2009
26 de marzo de 2009
¿Qué nos está pasando? Lectura desde la fe.

Como lo señala el título, pretendo desde la fe, mirar -en definitiva la más plena de las miradas- lo que acontece en nuestra Patria en estos días.
De allí que sugiera a quien no puede o no quiera echar un vistazo a lo que nos acontece desde esta perspectiva, no perder su tiempo en la lectura de esta nota, a través de la cual partiendo de una experiencia histórica vivida en el pasado por el pueblo elegido por el Dios de la Alianza, iluminar nuestro presente.
La historia del pueblo elegido es una lección de pedagogía divina, y así lo destacan los autores sagrados que muchas veces atribuyen la ruina de Israel a las infidelidades del pueblo para con el Dios de la Alianza.
En el libro de las Crónicas (2 Crón. 36,13-16.19-23) el autor sagrado alrededor del año 300 antes de Cristo presenta una reinterpretación de toda la historia de Israel sobre los acontecimientos del pasado, y así responde los interrogantes del pueblo que padecía el retraso del destino glorioso prometido a Israel.
Y así presenta con crudeza lo acontecido bajo el reinado de Sedecías, rey de Judá, infiel a su Dios (años 597-587) el cual “se obstinó y endureció su corazón, en lugar de volverse al Señor, el Dios de Israel “(v. 13), acompañado en su maldad por “todos los jefes de Judá, los sacerdotes y el pueblo” quienes “multiplicaron sus infidelidades, imitando todas las abominaciones de los paganos y contaminaron el templo que el Señor se había consagrado en Jerusalén” (v.14).
En el texto de referencia –como se observa claramente- el autor sagrado describe las maldades cometidas por las clases dirigentes presididas por el rey y el pueblo en su mayoría, y cómo las infidelidades al Dios de la alianza se van multiplicando sin cesar, incluyendo el rechazo e indiferencia hacia los enviados de Dios –los profetas- .
El proceso de contaminación generalizada va creciendo de tal modo que la paciencia de Dios se agota y ya no hay más remedio a pesar de la vigencia de su permanente misericordia.
En este sentido hemos de advertir que Dios actúa siempre en la historia humana para nuestro bien, y lo hace a través de instrumentos que en este caso fue el rey caldeo Nabucodonosor quien asoló Jerusalén derrumbando sus murallas, destruyendo el templo santo y concretando el traslado de los judíos al exilio obligado, por el término de setenta años.
Lejos de su Patria los judíos desganados para cantar en tierra extranjera, expresan ante tantos males la nostalgia permanente de volver a su tierra:”Junto a los ríos de Babilonia nos sentábamos a llorar con nostalgia de Sión; en los sauces de sus orillas colgábamos nuestras cítaras” (Salmo 136). Como lo haría mucho más adelante el hijo pródigo del Nuevo Testamento (Lucas 15) que añora volver a la casa de su padre, dirán :“Si me olvido de ti Jerusalén que se me paralice la mano derecha”.
Después de este período de purificación, Dios que no se olvida de sus promesas de salvación, suscita otro medio humano, esta vez el Rey Ciro de Persia, para hacer retornar al pueblo a su tierra de promisión (2 Crón. 36,22 y 23).
El autor del libro de las Crónicas –por lo tanto- presenta los hechos no como provocados por la casualidad, sino como inscritos en la Providencia de Dios quien mediante hechos concretos busca la salvación del pueblo elegido, previo proceso de purificación de tantos males causados.
De hecho desde la fe, si aguzamos nuestra mirada sobre la historia humana, nos encontramos con que la caída de los grandes imperios o reinos en el transcurso del tiempo fue causada por la vigencia de la corrupción y todo tipo de injusticia, es decir el quiebre del orden natural de las cosas.
También nosotros desde la fe podemos hacer una lectura de los acontecimientos que asuelan nuestra Patria, y así descubrir que lo que hoy padecemos es consecuencia del abandono de Dios y de lo que Él desde su Providencia nos ha entregado a lo largo de nuestra historia como argentinos.
Digámoslo abiertamente: consciente o inconscientemente hemos despreciado y desperdiciado el proyecto de grandeza que Dios ha diseñado para todos los argentinos.
Como pueblo no hemos mirado las expresiones diferentes de la realidad desde la fe, sino desde “una promisoria bonanza económica”, olvidando el llamado que como Nación hemos recibido.
Desde hace años se fue gestando un vaciamiento de la cultura argentina de matriz católica para dar lugar a ideologías “extrañas” no sólo a nosotros, sino a toda persona que desee vivir en la verdad en cualquier parte del mundo.
Hablar de “matriz católica” es para no pocos mala palabra en nuestra Patria, imbuidos por cierta corriente “universalista” o “sincretista”, que pretende diluir aquello que configuró nuestra identidad como Nación.
Es cierto que en la convivencia ciudadana es necesario respetar otros pensamientos y convicciones religiosas, pero es también verdad que cada pueblo tiene su propia identidad original.
A nadie se le ocurre negar que otros pueblos –por ejemplo el mundo musulmán o judío- posean en el orden religioso y cultural una identidad que los distingue y que ha de respetarse, si bien es cierto –es obligación decirlo- aspiramos a que puedan tener cabida libremente en esas latitudes otras formas de adorar a Dios.
Volviendo a lo nuestro cabe consignar que hemos renunciado a los principios que nos han hecho Nación para ir detrás de los modelos “paganos”, como lo hizo el pueblo de Judá previamente a su caída.
Y sucedió entre nosotros lo mismo que en Judá, ya que la decadencia embrujó tanto a las clases dirigentes como al pueblo mismo.
Encandilados por el espejismo de la bonanza económica hicimos la vista gorda ante la progresiva “nueva inculturación” que nos han impuesto los resortes de poder y los interesados en hacer de nosotros un pueblo de esclavos sometido a los poderes de turno.
Permitimos que mientras nos distraían con la mirada puesta en el pasado, silenciosamente pero sin pausa, nos fueran lavando el cerebro despojándonos de los valores más sagrados.
Todos estos “anti valores” fueron gestando lo que hoy padecemos.
Y así, la corrupción generalizada, la impunidad con que actúan delincuentes de todo tipo –alentados por el pasado ejemplo de los “jóvenes idealistas”-, el desprecio por la vida, el afán desmedido por el poder usado para provecho propio, el dinero puesto como el dios moderno que enceguece a muchos, la sociedad consumista que olvida totalmente al otro, la vigencia de un egoísmo cada vez más profundo, la búsqueda de los propios intereses en perjuicio del bien común, van indicando, entre otros males, un camino que parece sin salida alguna.
El odio provocado por la exclusión social, económica o política, va gestando en el corazón de muchos la sed de revancha y de venganza que apunta a un final peligrosamente sospechado de muerte y desolación, ya que el quebranto de las leyes, ya la natural como la positiva, enmarca al presente a una sociedad sin ley que la busca por otros caminos.
El evangelio (Juan 3,14) nos invita como camino de superación de tantos males el volver nuestra mirada hacia aquél que es levantado en alto, es decir, a Cristo, que desde el misterio de la Cruz nos ofrece nuevamente la salvación humana y por lo tanto de nuestra patria, ya que Él, como lo afirma San Pablo nos ha sido dado por Dios el cual siendo “rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo –por pura gracia estamos salvados”(Efesios 2,4-6).
A pesar de nuestras carencias, pecados e indiferencias ante Dios y los hermanos, se repite incansablemente lo del evangelio: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en Él sino que tengan vida eterna” (Juan.3, 16).
Por eso si creemos en la salvación que nos trae Jesús, -ojala sea así- hemos de moldear nuestra vida con la de Aquél que es la Luz, para que iluminados por el Señor nos decidamos a asumir una vida nueva según el evangelio (cf. Juan 3,19-22).
Desde la mirada que viene de la fe entonces, aportemos nuestro cambio personal a la Argentina de hoy, de manera que podamos contribuir –no importa si la respuesta no es de todos- como el pequeño rebaño del evangelio o el “resto” de Israel, a disipar tantas tinieblas que oscurecen el horizonte de nuestro futuro como Nación.
Padre Ricardo B. Mazza. Director del CEPS “Santo Tomás Moro”. Reflexiones en torno a los textos de la liturgia del IV domingo de Cuaresma. Ciclo “B”. 22 de Marzo de 2009. ribamazza@gmail.com. http://ricardomazza.blogspot.com.- www.nuevoencuentro.com/tomasmoro.-
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28 de febrero de 2009
“YO ESTOY POR HACER ALGO NUEVO” (Is. 43,19)
“La Argentina está al borde de la disgregación, los niveles de corrupción en los ámbitos en que debiera brillar la honestidad, claman al cielo.
El desparpajo e impunidad con que se derrochan los bienes de todos los argentinos van creando más pobres”.
1. Estoy por hacer algo nuevo
En el texto del profeta Isaías (43,18-19.21-22.24-25) nos encontramos con que Dios –como en un juicio público- acusa al pueblo de Israel recriminándole su infidelidad.
Ante tanta bondad manifestada, ante tantas bendiciones derramadas sobre el pueblo elegido, el Señor no ha recibido más que desplante, desobediencia e infidelidad. Dirá enfáticamente: “¡Me has abrumado con tus pecados. Me has cansado con tus iniquidades” (v.24).
Pero le dará la oportunidad de responder señalando “Interpélame, y vayamos juntos a juicio; alega tú mismo para justificarte”. (v.26).
Al mismo tiempo que les echa en cara sus faltas, asegura sin embargo, el perdón ya que “soy yo, sólo yo, el que borró tus crímenes por consideración a mí, y ya no me acordaré de tus pecados” (v.25).
Más aún, avanza en su promesa de salvación –previa conversión- diciéndoles “No se acuerden de las cosas pasadas, no piensen en las cosas antiguas; yo estoy por hacer algo nuevo: ya está germinando” (v.18 y 19).
Asegura así al pueblo elegido una salvación desconocida, inaudita. Una salvación tan grande que superará el recuerdo de las maravillas experimentadas en el pasado.
Esa salvación es concretamente Cristo, anunciado desde el Antiguo Testamento, que reclama a todos, judíos y paganos, un sincero seguimiento a la nueva vida que ofrece y regala.
De allí que, –recuerda San Pablo (2 Cor.1, 18-22)-, la respuesta no ha de ser sí y luego no, sino que imitando el proceder de Cristo ha de ser un sí permanente a la voluntad del Padre.
Mientras el ser humano en su historia se obstina en alejarse y separarse de Dios, de querer usar su libertad no para el bien, para lo que nos ha creado Dios, sino para sus antojos, Dios en cambio se ha manifestado fiel al hombre. Siempre actúa fiel a sus promesas, fiel a los dones que nos da en abundancia. Este obrar algo nuevo significa el que podamos acogernos al misterio salvador de Cristo.
Cristo es el que viene a hacer algo nuevo en el ser humano, en sus estructuras, en la sociedad. Pero para ello es necesario que cada uno de nosotros comience este camino de encuentro con el Señor que muchas veces es difícil, porque estamos paralíticos.
2.-El hombre paralítico que busca al Señor.
Estamos como imposibilitados de acercarnos al Señor, ya sea por nuestras cargas morales, físicas, sociales, o económicas.
Pero he aquí que la invitación que nos hace Jesús es la de vencer los obstáculos para encontrarnos con El.
Imaginémonos a estos cuatro hombres llevando un paralítico, llegando a la casa donde está Jesús, subiendo al techo –el texto no explica mucho en su brevedad- haciendo un agujero en el mismo y descendiendo al enfermo para encontrarse con el Señor.
¡Cuánto esfuerzo, cuánta dificultad que han de sortear ya que la gente se agolpa alrededor de la casa, y dentro de la misma!
El encuentro con Jesús justifica cualquier esfuerzo para que se realice.
En este hombre, no solamente es un individuo el receptor del don de lo alto, sino que representa a la humanidad toda, afirmando así que el Señor quiere llegar a todos.
Nos dice el texto que viendo la fe de estos hombres, Jesús dirá al paralítico “Tus pecados quedan perdonados” (Marcos 2,1-12).
Hay una relación de causa y efecto entre la fe de estos hombres y el perdón de los pecados. Sin fe no puede existir el perdón de los pecados.
Y esto no es de admirar ya que ésta no consiste sólo en afirmar nuestra pertenencia a la Iglesia Católica, sino que una fe viva y madura implica creer en Jesús y creer a Jesús.
Creer en Jesús como el Hijo de Dios vivo al cual buscamos adherirnos, pero creer a Jesús asintiendo a sus promesas y al poder de sanarnos, de purificarnos interiormente, de restaurar nuestro interior –como si fuera una nueva creación- para instaurar una vida nueva.
Imposible son la conversión y la transformación interior sin una profunda fe, ya que ésta hace que conozcamos nuestra condición de pecadores.
Es propio de los sin fe, de los que no tienen una profunda convicción de Dios como ser supremo, que ante la perspectiva del pecado no dimensionan la gravedad del mismo como separación del Creador, sino que lo ven como un simple error, una falta, pero no como una ruptura con el Señor, de allí su desprecio hacia Él como destaca Isaías en la primera lectura.
Es por eso que al ser humano le cueste tanto pedir perdón, ya que le falta la fe en Jesucristo como el único que puede perdonar los pecados y que puede posibilitar la decisión de comenzar una vida nueva.
Jesús ofrece un camino nuevo cuando afirma “tus pecados te son perdonados”.
Pero como ese decir no está corroborado por el signo, los escribas piensan quién es éste, sólo Dios puede perdonar los pecados.
Y tienen razón al decirlo ya que son consecuentes con su falta de fe.
Por eso Cristo cura al paralítico de su enfermedad física para que se vea que no está hablando inútilmente, como diciendo, “ya que no me reconocen como Dios, realizo el signo curando al paralítico para demostrar que tengo poder para perdonar los pecados”.
Y concluye diciendo “levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”. Como lo sano físicamente –está diciendo gestualmente Jesús- también lo he curado en su interior del pecado que lo aprisionaba “en sí mismo”.
Lo que más le interesa a Jesús es liberar a este hombre de la parálisis interior a la que estaba sujeto por el pecado.
Podemos deducir que este hombre buscaba la curación de su cuerpo, seguramente interiormente estaría pensando: “si quieres puedes curarme”.
Cristo muestra su soberanía de Dios a través del perdón de los pecados y la curación de la enfermedad, y con su obrar está diciendo: “Sí quiero”.
Pero también desea hacer algo nuevo en nuestro interior, para lo cual hemos de abrir nuestro corazón y así nos transforme y renueve.
De esta curación, el paralítico sale al encuentro de la gente e inmediatamente da testimonio -con el sólo salir- de lo que Dios obró en su interior.
Igualmente la curación operada en la humanidad convertida motiva un salir de nosotros mismos, clausurados interiormente por el pecado, para alabar a Dios y dar testimonio de su obrar para que muchos también se abran al misterio de la gracia sanante.
E inmediatamente la gente, como consecuencia de ese “salir”, se asombra, ya que nunca vio algo igual, y comienza a glorificar a Dios.
Toda transformación en el corazón del hombre, por lo tanto, ha de ser también un instrumento para que otros vean lo que la gracia de Dios puede hacer cuando somos dóciles, y al mismo tiempo, de esta acción surge un canto de adoración y alabanza dirigida hacia Aquél que tanto realizó en nuestra vida.
3.-Cristo quiere hacer algo nuevo en nuestra Patria.
Pero permítanme hacer también una aplicación del evangelio a nuestra condición de ciudadanos, ya que el Señor quiere hacer también algo nuevo en nuestra Patria Argentina paralizada en todos los aspectos de su vida como Nación.
Dios se presenta a nosotros como lo hizo ante el pueblo de Israel a través de Isaías, y nos dice que como argentinos hemos roto la alianza con El.
Como país nacimos en una matriz católica y lamentablemente se fue produciendo este alejamiento de Dios, esta ignorancia de Él.
¡Cuántas veces el hombre argentino ha querido construir un país nuevo, pero sin Dios! Y a pesar de eso, como Dios es siempre fiel, nos dice permanentemente: “Yo quiero hacer algo nuevo”.
San Pablo recuerda que el cumplimiento de las promesas de Dios es el sí de Jesucristo, de modo que nos está invitando a encontrarnos con El para que se pueda dar ese cambio, pronunciando nuestro sí.
La Argentina está al borde de la disgregación, los niveles de corrupción en los ámbitos en que debiera brillar la honestidad, claman al cielo.
El desparpajo e impunidad con que se derrochan los bienes de todos los argentinos van creando más pobres. No basta con descubrir recién ahora la pobreza estructural presente, sino erradicarla con políticas acertadas donde reine la equidad y la honestidad en el uso de los bienes comunes.
La paralización y acomodamiento al poder en la administración de la justicia, el sometimiento del poder legislativo a la esclerosis de la obediencia debida, y el manejo caprichoso de la cosa pública, van mostrando un panorama desolador.
La inseguridad y los asesinatos impunes, el despojo de bienes de los ciudadanos, van marcando una situación ingobernable.
Y el Señor nos sigue diciendo “Yo quiero hacer algo nuevo” en la Argentina, pero necesito de ustedes.
Como argentinos, si queremos salvar a la Patria, debemos volver a lo que la unión con Cristo implica.
Disponernos a que Cristo nos ilumine para cambiar este estado de postración.
Si volvemos al respeto de las leyes y de la Constitución, si cada uno de nosotros vive honestamente sin miedo a las persecuciones de este mundo, si no cedemos a las fáciles ganancias que prometen los corruptos a sus seguidores y nos arriesgamos por los ideales que enaltecen al hombre, habrá posibilidad de algo nuevo.
Siendo cada día mejor, reclamando y defendiendo los principios que nos enaltecen como personas, podremos contribuir a este cambio, ya que todavía estamos a tiempo.
Desde la fe, con la ayuda de Dios y nuestro deseo de comenzar algo nuevo en nosotros y en nuestra Patria, trabajemos para combatir la parálisis moral que nos embarga.
Padre Ricardo B. Mazza. Director del CEPS “Santo Tomás Moro”. Reflexiones en torno a los textos de la liturgia dominical del 22 de Febrero de 2009 (VII domingo “per annum” ciclo “B”).
ribamazza@gmail.com. http://ricardomazza.blogspot.com.-www.nuevoencuentro.com/tomasmoro.-
El desparpajo e impunidad con que se derrochan los bienes de todos los argentinos van creando más pobres”.
1. Estoy por hacer algo nuevo
En el texto del profeta Isaías (43,18-19.21-22.24-25) nos encontramos con que Dios –como en un juicio público- acusa al pueblo de Israel recriminándole su infidelidad.
Ante tanta bondad manifestada, ante tantas bendiciones derramadas sobre el pueblo elegido, el Señor no ha recibido más que desplante, desobediencia e infidelidad. Dirá enfáticamente: “¡Me has abrumado con tus pecados. Me has cansado con tus iniquidades” (v.24).
Pero le dará la oportunidad de responder señalando “Interpélame, y vayamos juntos a juicio; alega tú mismo para justificarte”. (v.26).
Al mismo tiempo que les echa en cara sus faltas, asegura sin embargo, el perdón ya que “soy yo, sólo yo, el que borró tus crímenes por consideración a mí, y ya no me acordaré de tus pecados” (v.25).
Más aún, avanza en su promesa de salvación –previa conversión- diciéndoles “No se acuerden de las cosas pasadas, no piensen en las cosas antiguas; yo estoy por hacer algo nuevo: ya está germinando” (v.18 y 19).
Asegura así al pueblo elegido una salvación desconocida, inaudita. Una salvación tan grande que superará el recuerdo de las maravillas experimentadas en el pasado.
Esa salvación es concretamente Cristo, anunciado desde el Antiguo Testamento, que reclama a todos, judíos y paganos, un sincero seguimiento a la nueva vida que ofrece y regala.
De allí que, –recuerda San Pablo (2 Cor.1, 18-22)-, la respuesta no ha de ser sí y luego no, sino que imitando el proceder de Cristo ha de ser un sí permanente a la voluntad del Padre.
Mientras el ser humano en su historia se obstina en alejarse y separarse de Dios, de querer usar su libertad no para el bien, para lo que nos ha creado Dios, sino para sus antojos, Dios en cambio se ha manifestado fiel al hombre. Siempre actúa fiel a sus promesas, fiel a los dones que nos da en abundancia. Este obrar algo nuevo significa el que podamos acogernos al misterio salvador de Cristo.
Cristo es el que viene a hacer algo nuevo en el ser humano, en sus estructuras, en la sociedad. Pero para ello es necesario que cada uno de nosotros comience este camino de encuentro con el Señor que muchas veces es difícil, porque estamos paralíticos.
2.-El hombre paralítico que busca al Señor.
Estamos como imposibilitados de acercarnos al Señor, ya sea por nuestras cargas morales, físicas, sociales, o económicas.
Pero he aquí que la invitación que nos hace Jesús es la de vencer los obstáculos para encontrarnos con El.
Imaginémonos a estos cuatro hombres llevando un paralítico, llegando a la casa donde está Jesús, subiendo al techo –el texto no explica mucho en su brevedad- haciendo un agujero en el mismo y descendiendo al enfermo para encontrarse con el Señor.
¡Cuánto esfuerzo, cuánta dificultad que han de sortear ya que la gente se agolpa alrededor de la casa, y dentro de la misma!
El encuentro con Jesús justifica cualquier esfuerzo para que se realice.
En este hombre, no solamente es un individuo el receptor del don de lo alto, sino que representa a la humanidad toda, afirmando así que el Señor quiere llegar a todos.
Nos dice el texto que viendo la fe de estos hombres, Jesús dirá al paralítico “Tus pecados quedan perdonados” (Marcos 2,1-12).
Hay una relación de causa y efecto entre la fe de estos hombres y el perdón de los pecados. Sin fe no puede existir el perdón de los pecados.
Y esto no es de admirar ya que ésta no consiste sólo en afirmar nuestra pertenencia a la Iglesia Católica, sino que una fe viva y madura implica creer en Jesús y creer a Jesús.
Creer en Jesús como el Hijo de Dios vivo al cual buscamos adherirnos, pero creer a Jesús asintiendo a sus promesas y al poder de sanarnos, de purificarnos interiormente, de restaurar nuestro interior –como si fuera una nueva creación- para instaurar una vida nueva.
Imposible son la conversión y la transformación interior sin una profunda fe, ya que ésta hace que conozcamos nuestra condición de pecadores.
Es propio de los sin fe, de los que no tienen una profunda convicción de Dios como ser supremo, que ante la perspectiva del pecado no dimensionan la gravedad del mismo como separación del Creador, sino que lo ven como un simple error, una falta, pero no como una ruptura con el Señor, de allí su desprecio hacia Él como destaca Isaías en la primera lectura.
Es por eso que al ser humano le cueste tanto pedir perdón, ya que le falta la fe en Jesucristo como el único que puede perdonar los pecados y que puede posibilitar la decisión de comenzar una vida nueva.
Jesús ofrece un camino nuevo cuando afirma “tus pecados te son perdonados”.
Pero como ese decir no está corroborado por el signo, los escribas piensan quién es éste, sólo Dios puede perdonar los pecados.
Y tienen razón al decirlo ya que son consecuentes con su falta de fe.
Por eso Cristo cura al paralítico de su enfermedad física para que se vea que no está hablando inútilmente, como diciendo, “ya que no me reconocen como Dios, realizo el signo curando al paralítico para demostrar que tengo poder para perdonar los pecados”.
Y concluye diciendo “levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”. Como lo sano físicamente –está diciendo gestualmente Jesús- también lo he curado en su interior del pecado que lo aprisionaba “en sí mismo”.
Lo que más le interesa a Jesús es liberar a este hombre de la parálisis interior a la que estaba sujeto por el pecado.
Podemos deducir que este hombre buscaba la curación de su cuerpo, seguramente interiormente estaría pensando: “si quieres puedes curarme”.
Cristo muestra su soberanía de Dios a través del perdón de los pecados y la curación de la enfermedad, y con su obrar está diciendo: “Sí quiero”.
Pero también desea hacer algo nuevo en nuestro interior, para lo cual hemos de abrir nuestro corazón y así nos transforme y renueve.
De esta curación, el paralítico sale al encuentro de la gente e inmediatamente da testimonio -con el sólo salir- de lo que Dios obró en su interior.
Igualmente la curación operada en la humanidad convertida motiva un salir de nosotros mismos, clausurados interiormente por el pecado, para alabar a Dios y dar testimonio de su obrar para que muchos también se abran al misterio de la gracia sanante.
E inmediatamente la gente, como consecuencia de ese “salir”, se asombra, ya que nunca vio algo igual, y comienza a glorificar a Dios.
Toda transformación en el corazón del hombre, por lo tanto, ha de ser también un instrumento para que otros vean lo que la gracia de Dios puede hacer cuando somos dóciles, y al mismo tiempo, de esta acción surge un canto de adoración y alabanza dirigida hacia Aquél que tanto realizó en nuestra vida.
3.-Cristo quiere hacer algo nuevo en nuestra Patria.
Pero permítanme hacer también una aplicación del evangelio a nuestra condición de ciudadanos, ya que el Señor quiere hacer también algo nuevo en nuestra Patria Argentina paralizada en todos los aspectos de su vida como Nación.
Dios se presenta a nosotros como lo hizo ante el pueblo de Israel a través de Isaías, y nos dice que como argentinos hemos roto la alianza con El.
Como país nacimos en una matriz católica y lamentablemente se fue produciendo este alejamiento de Dios, esta ignorancia de Él.
¡Cuántas veces el hombre argentino ha querido construir un país nuevo, pero sin Dios! Y a pesar de eso, como Dios es siempre fiel, nos dice permanentemente: “Yo quiero hacer algo nuevo”.
San Pablo recuerda que el cumplimiento de las promesas de Dios es el sí de Jesucristo, de modo que nos está invitando a encontrarnos con El para que se pueda dar ese cambio, pronunciando nuestro sí.
La Argentina está al borde de la disgregación, los niveles de corrupción en los ámbitos en que debiera brillar la honestidad, claman al cielo.
El desparpajo e impunidad con que se derrochan los bienes de todos los argentinos van creando más pobres. No basta con descubrir recién ahora la pobreza estructural presente, sino erradicarla con políticas acertadas donde reine la equidad y la honestidad en el uso de los bienes comunes.
La paralización y acomodamiento al poder en la administración de la justicia, el sometimiento del poder legislativo a la esclerosis de la obediencia debida, y el manejo caprichoso de la cosa pública, van mostrando un panorama desolador.
La inseguridad y los asesinatos impunes, el despojo de bienes de los ciudadanos, van marcando una situación ingobernable.
Y el Señor nos sigue diciendo “Yo quiero hacer algo nuevo” en la Argentina, pero necesito de ustedes.
Como argentinos, si queremos salvar a la Patria, debemos volver a lo que la unión con Cristo implica.
Disponernos a que Cristo nos ilumine para cambiar este estado de postración.
Si volvemos al respeto de las leyes y de la Constitución, si cada uno de nosotros vive honestamente sin miedo a las persecuciones de este mundo, si no cedemos a las fáciles ganancias que prometen los corruptos a sus seguidores y nos arriesgamos por los ideales que enaltecen al hombre, habrá posibilidad de algo nuevo.
Siendo cada día mejor, reclamando y defendiendo los principios que nos enaltecen como personas, podremos contribuir a este cambio, ya que todavía estamos a tiempo.
Desde la fe, con la ayuda de Dios y nuestro deseo de comenzar algo nuevo en nosotros y en nuestra Patria, trabajemos para combatir la parálisis moral que nos embarga.
Padre Ricardo B. Mazza. Director del CEPS “Santo Tomás Moro”. Reflexiones en torno a los textos de la liturgia dominical del 22 de Febrero de 2009 (VII domingo “per annum” ciclo “B”).
ribamazza@gmail.com. http://ricardomazza.blogspot.com.-www.nuevoencuentro.com/tomasmoro.-
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Homilías
21 de febrero de 2009
Cristo, médico de toda “lepra” y Salvador de toda angustia

1.-El contenido legal referido a la lepra.
El libro del Levítico en el Antiguo Testamento contiene una serie de prescripciones legales que el pueblo de Israel debía observar rigurosamente.
Entre otras (cap.13, 1-2.44-46) señala la distinción entre puro e impuro, común a todos los pueblos primitivos, que en Israel adquiere especial relevancia, debida a su condición de ser el pueblo elegido. Se exalta la pureza ritual, no sólo para posibilitar la vida cultual, sino también para hacer permisible la integración en la comunidad santa.
El Levítico prescribe que ciertas enfermedades de la piel, especialmente la lepra, hacen que la persona sea impura.
Y esto tiene dos consecuencias, de carácter social una y moral la otra.
Por un lado la lepra hace que la persona sea considerada impura y que por razones sanitarias deba abandonar su convivencia familiar y social viviendo en lugares apartados, “formando comunidad” únicamente con aquellos que padecían el mismo mal, lejos de toda comunicación humana.
Además, la enfermedad destruye la integridad corporal requerida para la pureza legal.
Pero también la lepra tenía una consideración de tipo moral, ya que su presencia constituía un signo concreto, visible, del pecado de la persona.
En efecto, por la gravedad de su conducta moral Dios hiere con la lepra a los egipcios (Ex. 9,9ss), a Miriam (Núm.12, 10-15), a Ozías rey de Judá (Crón. 26,19-23), y amenaza a Israel con la misma plaga (Dt.28, 27-35).
Los leprosos vagaban, pues, por los campos o lugares desiertos, con vestimentas vergonzantes y cabellos desordenados, indicados especialmente por la legislación, y gritando a su paso “Impuro, impuro”. No podían acercarse por tanto a lugares poblados para evitar el contagio.
Su figura era la de un muerto en vida, que asistía al triste espectáculo de ver corromperse paulatinamente su carne con la consiguiente desfiguración de las facciones del rostro y de todo el cuerpo. Sólo cabía esperar la pronta y oportuna muerte, o la curación que lo restituyera a la comunidad de la cual había sido desplazado.
En términos actuales podríamos decir que se trataba de un “excomulgado”, ya que estaba privado de toda comunión humana, salvo con los de su propio desgraciado destino.
2.- La actitud sanadora de Jesús.
En el texto del evangelio (Marcos 1, 40-45) , Cristo Nuestro Señor con una actitud novedosa viene a cambiar la concepción y el correlativo estilo de vida hasta entonces vigente, ya que si bien Él cumple con algún aspecto de la ley, rompe con la actitud común que observaban los sanos, acercándose conmovido con un gesto salvador al enfermo y excluido.
El mismo enfermo intuyendo en Cristo su carácter salvador, y por lo tanto su poder, elimina la barrera que los separa y se acerca confiadamente postrándose ante Él exclamando, “si quieres puedes purificarme”.
Se trata por un lado de una confesión acerca del poder salvífico que posee el Señor, y por otro la aceptación de lo que Su voluntad decida para ejercer libremente ese poder.
Cristo conmoviéndose, es decir, participando del dolor de este hombre, en su respuesta contradice la ley, ya que no debería haber aceptado esa cercanía ni tenía la investidura legal para declarar “si quiero, queda purificado” (Levítico 14,1-32).
En realidad Jesús viene a enseñar que El trae una ley diferente y superadora de la excluyente heredada del Antiguo Testamento, la ley del amor por la que el sano se acerca al enfermo para tenderle la mano.
Se trata de una actitud nueva que ha de regir entre los creyentes. Ley ésta, exigida a todo seguidor de Jesús.
Como enviado del Padre, Cristo toca al leproso, rememorando el acto creador del génesis por el que Dios hace al hombre de la arcilla de la tierra, recreándolo interiormente manifestado esto por el cese de la enfermedad.
Cristo de este modo indica su señorío absoluto sobre la realidad creatural, otorgando no sólo la curación del cuerpo, sino también la del alma.
Muestra así la vigencia de una nueva Ley superadora del Levítico, la del Amor, del amor que El vive profundamente al cargar sobre sí todas las debilidades humanas y morir en la Cruz.
De allí que advierta al leproso “no digas a nadie” lo que ha sucedido, porque Jesús debe permanecer oculto en cuanto a la manifestación de su condición divina para que no sea este hecho el que mueva a la fe de la gente, sino el “signo” mayor que es su pasión, muerte y resurrección.
Pero podríamos decir que la curación del leproso es un anticipo de todas las curaciones que Jesús derrama sobre nosotros desde la Cruz.
Allí, como dirá el profeta Isaías, Jesús se transforma en el varón de dolores, aquel que tiene apariencia de leproso, desecho humano, cargado de llagas y miserias.
3.-Imitar al leproso suplicante
Jesús invita a tener la actitud del leproso, el cual representa de alguna manera a la humanidad sufriente, por que quien más quien menos, todos hemos tenido la experiencia de sentirnos espiritualmente leprosos, lejos del Señor, de la vida nueva que El nos da.
Jesús por lo tanto nos está invitando “acérquense a mí, pídanme esta purificación”.
Pedirle a Jesús “si quieres, puedes purificarme” es la actitud del creyente cada vez que se acerca al sacramento de la confesión, porque es allí donde Cristo nos responde, “sí quiero, queda purificado”.
A través de la acción sacramental, el creyente queda purificado e invitado a vivir y comprometerse en esta vida nueva que se le ofrece.
Por un lado Jesús contraría la ley, pero por el otro cumple con la misma cuando indica al enfermo sanado la necesidad de presentarse ante el sacerdote para que certifique su curación y quede autorizado legalmente a integrarse nuevamente a la comunidad familiar y social.
De esa manera queda habilitado tras la curación física, a participar en la vida cultual.
Conviene advertir, sin embargo, que al certificar la curación, el sacerdote de alguna manera está reconociendo la potestad de Cristo para curar.
El leproso curado, abrumado por la misericordia divina que lo ha tocado, comienza por otra parte, a dar testimonio de lo que sucedió en su vida, invitándonos a nosotros a dirigirnos a todo aquel que está alejado del Señor por el pecado, o rechazado por la sociedad por cualquier causa, para llevar la seguridad que el consuelo divino trae a toda persona que se abre a la abundancia de la gracia.
4.-El testimonio de nuestra “curación” y acción de gracias.
El creyente ha de proclamar esta salvación que el Señor ofrece a todo aquel que se le acerca con confianza, ya que dar a conocer el beneficio recibido es un modo de vivir en el Reino y alabar al Padre.
En la actualidad hay muchos que con las lepras de todo tipo a cuestas no se animan a acercarse al Redentor, ya sea porque se sienten muy sumergidos en todo tipo de males o porque engañados por el espíritu del mal han caído en la desesperación y piensan que no pueden ser perdonados y restituidos a una vida nueva.
Tenemos que hacernos presentes y decir “Si quieres puedes ser curado”. El poder del Señor actúa si existe la disposición de querer ser purificados y de abrirnos a su gracia.
De allí la necesidad de buscar por lo tanto el encuentro con Jesús en la oración, en la eucaristía, en la comunidad, en los sacramentos todos y en el compromiso de tender la mano a tantos hermanos nuestros que necesitan, como el leproso del evangelio, una palabra de compasión.
Y todo esto tendrá sentido al orientar siempre nuestro pensar y obrar, como nos dice hoy San Pablo (I Cor. 10,31-11,1), a la gloria de Dios.
Gloria de Dios que implica que cada obra nuestra ha de estar orientada a agradar a nuestro Dios.
Este es un modo de examinar las acciones, ya que al preguntarnos si tal obra concreta es ordenable a Dios, advertiremos su malicia o su bondad.
¿Puedo ofrecer a Dios el insulto, el agravio, la falta de caridad, el odio, la mentira, la sospecha sobre otra persona, y cualquier otro tipo de mal?
Si hemos entendido nuestra vocación de cristianos debemos orientar siempre nuestra vida a Dios, ya que quien tiene conciencia de haber sido salvado debe corresponder con la alabanza y acción de gracias.
Padre Ricardo B. Mazza. Director del CEPS “Santo Tomás Moro”. Reflexiones en torno a los textos bíblicos de la liturgia dominical (VI “per annum” ciclo B) 15 de febrero de 2009. ribamazza@gmail.com; www.nuevoencuentro.com/tomasmoro; http://ricardomazza.blogspot.com.
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Homilías
16 de febrero de 2009
El profeta y los destinatarios de su misión
La liturgia de este domingo tiene como eje principal el tema del profetismo, o la misión del profeta en el plan de salvación, partiendo del antiguo testamento pasando por el nuevo, llegando a nuestros días.
En el pueblo de Israel habrá siempre profetas que le hagan conocer el designio de Dios y que descubran el futuro (Deuteronomio 18,15-20).
De allí que Moisés comunica al pueblo que Dios ha de suscitar un profeta semejante a él mismo cuando estuvo en medio del pueblo en la salida de Egipto. Se trata de la serie de profetas que como portavoces de Dios, surgirán en el pueblo elegido.
Refiere a la elección particular de alguien a quien se destina a esta misión de estar con el pueblo para llevarles el mensaje de su Señor, su palabra, su voluntad.
No es solamente el que anuncia lo que ha de acontecer, sino que ayuda a comprender la palabra de Dios, y proclamará valientemente la necesidad de conversión como modo concreto de volver al Dios que se ha dejado.
Otras veces su papel se destacará entre pueblos paganos como en el caso de Jonás, que es enviado –y mejor dicho forzado contra su voluntad- a Nínive para proclamar la penitencia necesaria como signo de conversión y evitar así que la ciudad sea destruida.
Esto supone que el elegido debe estar siempre atento para escuchar la voz del Señor y lo que quiere dar a conocer, y transmitirla en toda su pureza sin confundirla con sus propios deseos, intenciones o con personales interpretaciones.
En el Antiguo Testamento nos encontramos con figuras importantes dentro de la misión profética. Y así, Jeremías hablaba de tal manera que se lo describe como el profeta de calamidades.
Él mismo percibe lo exigente de su prédica y de alguna manera se resiste a darla a conocer porque la palabra de Dios constituye oprobio para sí (Jeremías 20,8), pero reconoce que se dejó seducir por el Señor (Jer 20, 7). Jeremías es odiado por los ministros del rey e incluso por el mismo pueblo por quien tanto trabajó durante cuarenta años para obtener su conversión. No es raro que entrara en una grave crisis como profeta, pero el auténtico mensajero de Dios debe siempre anunciar la verdad aunque le cueste la cárcel y la muerte.
En nuestros días podemos ver también cómo muchas veces se resiste la enseñanza de Cristo o se toma de Él sólo lo que cae bien y se objeta lo que resulta exigente. También la Iglesia es rechazada cuando enseña acerca de la vida, del aborto, de la familia, de la eutanasia, de la fe.
La figura del profeta no siempre es querida porque viene a quitar de alguna manera la calma chicha en la que vivimos conformándonos al espíritu moderno que con frecuencia se opone al Evangelio.
Ahora bien el papel de profeta del que habla el libro del Deuteronomio si bien se refiere a esta misión en el pueblo de Israel, apunta al profeta con mayúscula que es Cristo, que viene a comunicarnos la voluntad del Padre a nosotros llamados a formar parte de su misma vida. Jesús se acerca al hombre de su tiempo de una manera diferente, de modo que su enseñanza hace que quienes lo escuchen quedaran asombrados “porque no enseñaba como los letrados, sino con autoridad” (Marcos 1,21-28), es decir manifestando abiertamente su poder salvador y liberador.
Los escribas enseñaban la Palabra de Dios pero como quienes repiten algo que han aprendido y transmiten pero muchas veces sin asumirlo en la propia vida.
En cambio Jesús comunica la Palabra del Padre pero la encarna también en su vida. Autoridad de Cristo que le viene como Hijo de Dios hecho hombre. Autoridad que se manifiesta con los milagros y muy particularmente en la expulsión de los demonios del cuerpo de los posesos.
En la curación de los posesos Jesús manda callar a los demonios que como si fueran profetas pretenden dar testimonio acerca de Jesús, más aún quiere dejar en claro que tiene poder para liberar al hombre de esas insidias, y que para eso ha sido enviado por el Padre.
De este poder salvador participamos también sus seguidores, y como bautizados, es decir asimilados a su misión profética, hemos de prolongar a Cristo en el tiempo comunicando al mundo con valentía el mensaje recibido.
La misión profética reclama la docilidad en la escucha de Dios y en la transmisión de lo que El quiere dar a conocer a todos.
El Deuteronomio advierte que aquel que escuchando al profeta haga caso omiso a sus enseñanzas tendrá que dar cuentas a Dios. Pero al mismo tiempo si el profeta no transmite lo que ha recibido sino lo que le parece o se convierte en profeta de otros dioses ciertamente morirá (cf. Deut. 18,19 y 20).
Palabras muy duras que señalan la actitud del que escucha al profeta y de lo que el profeta da a conocer.
Y esto tenemos que aplicarlo a nuestra vida. Saber llevar el mensaje de Cristo de modo íntegro.
Muchas veces transmitimos “nuestra verdad” y no la que sostiene el Evangelio y la misma Iglesia, sin ser fieles de manera clara y precisa. ¡Cuántos católicos profesan una doctrina acerca de la vida totalmente contraria a lo que defiende la Iglesia, y promueven abiertamente el crimen del aborto!
No pocas veces dejándonos llevar por las costumbres mundanas que nos han lavado la inteligencia, defendemos y propagamos doctrinas sobre el matrimonio y la familia, la sexualidad o sobre el hombre mismo, contrarias a lo que la Iglesia siguiendo a Cristo siempre ha enseñado.
Con frecuencia tratamos de aguar los valores recibidos para estar en comunión no con Dios, sino con el sentir de un mundo cada vez más alejado de su Creador, haciéndonos responsables así del daño que provocamos en tantos que tal vez sin pensarlo mucho viven en el error.
Olvidamos de esta manera la advertencia que nos hace el Apóstol en la persona de Timoteo: “Tú, en cambio, vigila atentamente, soporta todas las pruebas, realiza tu tarea como predicador del Evangelio, cumple a la perfección tu ministerio” (2 Tim. 4,5)
Pero al mismo tiempo en nuestra tarea de oyentes del evangelio de Cristo, hemos de ser concordes con la fe recibida en el bautismo y con las enseñanzas de la Iglesia para no ser sujetos de la admonición de San Pablo: ”porque llegará el tiempo en que los hombres no soportarán más la sana doctrina; por el contrario, llevados por sus inclinaciones, se procurarán una multitud de maestros que les halaguen los oídos, y se apartarán de la verdad para escuchar cosas fantasiosas” (2. Timoteo 4, 3 y 4).
Es necesario por lo tanto ser conscientes –para rechazarla- que con frecuencia late en nosotros la tentación de buscar y oír a aquellos profetas que nos dicen lo que queremos escuchar, lo que es concorde con nuestra concepción de vida en lugar de apetecer la verdad.
Y así acontece que si vivimos en la frivolidad de un estilo mundano nos inclinamos más bien por aquél profeta que transmite “firmeza” a lo que pensamos y huimos instintivamente de quien puede sacarnos de la comodidad de un “evangelio” a nuestro gusto mostrando la realidad vacua en la que nos movemos.
Esto que acontece en la actualidad ya lo vivió Cristo al experimentar en carne propia el abandono cuando su enseñanza no agradaba a sus oyentes.
En efecto, cuando Jesús habla del pan de vida y que Él es el Pan de Vida, “muchos de sus discípulos decían: ¡es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?”, a lo que Cristo respondió “¿Esto los escandaliza? ¿Qué pasará entonces cuando vean al Hijo del hombre subir donde estaba antes?” (Juan 6,60 a 63).
Pero Jesús se mantuvo siempre fiel a la voluntad del Padre manifestando el plan de salvación, y también fue fiel con la gente, ya que no le predicaba pajaritos de colores para atraer la multitud sino la verdad que vivida contribuía a la realización de cada persona como creatura de Dios.
Conscientes de esto pidamos a Cristo que siguiendo su ejemplo vivamos en la verdad tanto en la escucha fiel de la Palabra como en la transmisión íntegra de la misma.
Padre Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de la Pquia “San Juan Bautista”. Reflexiones en torno a los textos bíblicos de la liturgia del IV domingo durante el año. 1º de Febrero de 2009. ribamazza@gmail.com; www.ricardomazza.blogspot.com.-
En el pueblo de Israel habrá siempre profetas que le hagan conocer el designio de Dios y que descubran el futuro (Deuteronomio 18,15-20).
De allí que Moisés comunica al pueblo que Dios ha de suscitar un profeta semejante a él mismo cuando estuvo en medio del pueblo en la salida de Egipto. Se trata de la serie de profetas que como portavoces de Dios, surgirán en el pueblo elegido.
Refiere a la elección particular de alguien a quien se destina a esta misión de estar con el pueblo para llevarles el mensaje de su Señor, su palabra, su voluntad.
No es solamente el que anuncia lo que ha de acontecer, sino que ayuda a comprender la palabra de Dios, y proclamará valientemente la necesidad de conversión como modo concreto de volver al Dios que se ha dejado.
Otras veces su papel se destacará entre pueblos paganos como en el caso de Jonás, que es enviado –y mejor dicho forzado contra su voluntad- a Nínive para proclamar la penitencia necesaria como signo de conversión y evitar así que la ciudad sea destruida.
Esto supone que el elegido debe estar siempre atento para escuchar la voz del Señor y lo que quiere dar a conocer, y transmitirla en toda su pureza sin confundirla con sus propios deseos, intenciones o con personales interpretaciones.
En el Antiguo Testamento nos encontramos con figuras importantes dentro de la misión profética. Y así, Jeremías hablaba de tal manera que se lo describe como el profeta de calamidades.
Él mismo percibe lo exigente de su prédica y de alguna manera se resiste a darla a conocer porque la palabra de Dios constituye oprobio para sí (Jeremías 20,8), pero reconoce que se dejó seducir por el Señor (Jer 20, 7). Jeremías es odiado por los ministros del rey e incluso por el mismo pueblo por quien tanto trabajó durante cuarenta años para obtener su conversión. No es raro que entrara en una grave crisis como profeta, pero el auténtico mensajero de Dios debe siempre anunciar la verdad aunque le cueste la cárcel y la muerte.
En nuestros días podemos ver también cómo muchas veces se resiste la enseñanza de Cristo o se toma de Él sólo lo que cae bien y se objeta lo que resulta exigente. También la Iglesia es rechazada cuando enseña acerca de la vida, del aborto, de la familia, de la eutanasia, de la fe.
La figura del profeta no siempre es querida porque viene a quitar de alguna manera la calma chicha en la que vivimos conformándonos al espíritu moderno que con frecuencia se opone al Evangelio.
Ahora bien el papel de profeta del que habla el libro del Deuteronomio si bien se refiere a esta misión en el pueblo de Israel, apunta al profeta con mayúscula que es Cristo, que viene a comunicarnos la voluntad del Padre a nosotros llamados a formar parte de su misma vida. Jesús se acerca al hombre de su tiempo de una manera diferente, de modo que su enseñanza hace que quienes lo escuchen quedaran asombrados “porque no enseñaba como los letrados, sino con autoridad” (Marcos 1,21-28), es decir manifestando abiertamente su poder salvador y liberador.
Los escribas enseñaban la Palabra de Dios pero como quienes repiten algo que han aprendido y transmiten pero muchas veces sin asumirlo en la propia vida.
En cambio Jesús comunica la Palabra del Padre pero la encarna también en su vida. Autoridad de Cristo que le viene como Hijo de Dios hecho hombre. Autoridad que se manifiesta con los milagros y muy particularmente en la expulsión de los demonios del cuerpo de los posesos.
En la curación de los posesos Jesús manda callar a los demonios que como si fueran profetas pretenden dar testimonio acerca de Jesús, más aún quiere dejar en claro que tiene poder para liberar al hombre de esas insidias, y que para eso ha sido enviado por el Padre.
De este poder salvador participamos también sus seguidores, y como bautizados, es decir asimilados a su misión profética, hemos de prolongar a Cristo en el tiempo comunicando al mundo con valentía el mensaje recibido.
La misión profética reclama la docilidad en la escucha de Dios y en la transmisión de lo que El quiere dar a conocer a todos.
El Deuteronomio advierte que aquel que escuchando al profeta haga caso omiso a sus enseñanzas tendrá que dar cuentas a Dios. Pero al mismo tiempo si el profeta no transmite lo que ha recibido sino lo que le parece o se convierte en profeta de otros dioses ciertamente morirá (cf. Deut. 18,19 y 20).
Palabras muy duras que señalan la actitud del que escucha al profeta y de lo que el profeta da a conocer.
Y esto tenemos que aplicarlo a nuestra vida. Saber llevar el mensaje de Cristo de modo íntegro.
Muchas veces transmitimos “nuestra verdad” y no la que sostiene el Evangelio y la misma Iglesia, sin ser fieles de manera clara y precisa. ¡Cuántos católicos profesan una doctrina acerca de la vida totalmente contraria a lo que defiende la Iglesia, y promueven abiertamente el crimen del aborto!
No pocas veces dejándonos llevar por las costumbres mundanas que nos han lavado la inteligencia, defendemos y propagamos doctrinas sobre el matrimonio y la familia, la sexualidad o sobre el hombre mismo, contrarias a lo que la Iglesia siguiendo a Cristo siempre ha enseñado.
Con frecuencia tratamos de aguar los valores recibidos para estar en comunión no con Dios, sino con el sentir de un mundo cada vez más alejado de su Creador, haciéndonos responsables así del daño que provocamos en tantos que tal vez sin pensarlo mucho viven en el error.
Olvidamos de esta manera la advertencia que nos hace el Apóstol en la persona de Timoteo: “Tú, en cambio, vigila atentamente, soporta todas las pruebas, realiza tu tarea como predicador del Evangelio, cumple a la perfección tu ministerio” (2 Tim. 4,5)
Pero al mismo tiempo en nuestra tarea de oyentes del evangelio de Cristo, hemos de ser concordes con la fe recibida en el bautismo y con las enseñanzas de la Iglesia para no ser sujetos de la admonición de San Pablo: ”porque llegará el tiempo en que los hombres no soportarán más la sana doctrina; por el contrario, llevados por sus inclinaciones, se procurarán una multitud de maestros que les halaguen los oídos, y se apartarán de la verdad para escuchar cosas fantasiosas” (2. Timoteo 4, 3 y 4).
Es necesario por lo tanto ser conscientes –para rechazarla- que con frecuencia late en nosotros la tentación de buscar y oír a aquellos profetas que nos dicen lo que queremos escuchar, lo que es concorde con nuestra concepción de vida en lugar de apetecer la verdad.
Y así acontece que si vivimos en la frivolidad de un estilo mundano nos inclinamos más bien por aquél profeta que transmite “firmeza” a lo que pensamos y huimos instintivamente de quien puede sacarnos de la comodidad de un “evangelio” a nuestro gusto mostrando la realidad vacua en la que nos movemos.
Esto que acontece en la actualidad ya lo vivió Cristo al experimentar en carne propia el abandono cuando su enseñanza no agradaba a sus oyentes.
En efecto, cuando Jesús habla del pan de vida y que Él es el Pan de Vida, “muchos de sus discípulos decían: ¡es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?”, a lo que Cristo respondió “¿Esto los escandaliza? ¿Qué pasará entonces cuando vean al Hijo del hombre subir donde estaba antes?” (Juan 6,60 a 63).
Pero Jesús se mantuvo siempre fiel a la voluntad del Padre manifestando el plan de salvación, y también fue fiel con la gente, ya que no le predicaba pajaritos de colores para atraer la multitud sino la verdad que vivida contribuía a la realización de cada persona como creatura de Dios.
Conscientes de esto pidamos a Cristo que siguiendo su ejemplo vivamos en la verdad tanto en la escucha fiel de la Palabra como en la transmisión íntegra de la misma.
Padre Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de la Pquia “San Juan Bautista”. Reflexiones en torno a los textos bíblicos de la liturgia del IV domingo durante el año. 1º de Febrero de 2009. ribamazza@gmail.com; www.ricardomazza.blogspot.com.-
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Homilías
29 de enero de 2009
LA CONVERSION DE SAN PABLO Y DE LOS PERSEGUIDORES DE LA IGLESIA.
“Muchos persiguieron y persiguen a la Iglesia de Cristo por odio a la fe.
Es decir no pecan por ignorancia, sino que conociendo la fe verdadera la rechazan voluntariamente porque ésta les reprocha su vida desviada”.
Celebrando desde el año pasado hasta el próximo 29 de junio el año jubilar paulino, que conmemora los dos mil años del nacimiento del Apóstol de los gentiles, la fiesta de su conversión alcanza hoy especial relevancia.
De allí que la liturgia de este domingo recuerde en sus oraciones y textos bíblicos al Apóstol de los paganos.
La conversión de San Pablo refiere no sólo al cambio que se obró en su corazón, sino que nos habla también del Dios misericordioso dispuesto a aceptar a toda persona que lo busca aún sin saberlo, moviéndolo con su gracia de conversión a una respuesta libre y comprometida.
En la segunda lectura (Gálatas 1,11-20) el mismo Pablo señala que fue elegido por Dios desde el vientre de su madre y llamado a su gracia, para evangelizar a los paganos, es decir, para llevar la Buena Nueva a los que no procedían del judaísmo.
El reconoce la atadura a las tradiciones recibidas del judaísmo que le impedían reconocer que en el cristianismo, esa nueva religión que se extendía cada vez más, estaba presente la fe en el Mesías.
De allí que se dedicara a perseguir y encarcelar a los cristianos –“con qué saña perseguía a la Iglesia de Dios y la asolaba” (v.13)- que venían a cambiar las costumbres y las enseñanzas del judaísmo.
La gracia de Dios – reconoce el Apóstol- le hizo ver cuál era el verdadero camino que debía emprender.
Y esto se une con lo afirmado en la primera lectura tomada de los Hechos de los Apóstoles (cap.9, 1-22) donde el mismo Pablo va narrando cómo fue el proceso de su conversión.
Conversión que significó dejar atrás el desconocimiento de Cristo y abrir su corazón generosamente al camino nuevo que Jesús le ofrecía.
La gracia recibida de lo alto fue el fruto de un encuentro y diálogo con el Señor: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”, “¿Quién eres Señor?”, - responde, “Soy Jesús a quien tú persigues”, (Hechos 9,4-7).
Y a partir de ese momento, con la pregunta “¿Qué debo hacer, Señor? (Hechos 22,10), se dispone libre y totalmente a lo que Jesús le ha de encomendar en Damasco, porque recibió la gracia del llamado a ser apóstol y se adhirió a ella.
En esa ciudad, Ananías –enviado por el Señor- le impone las manos –signo del poder de Dios que sobre él desciende- , recobra la vista, y se le caen como unas escamas de los ojos. Es que mientras perseguía a los cristianos estaba a oscuras, dominado por la ceguera de sus pasiones.
Al conocer a Cristo, en cambio, comienza a vivir la existencia de un iluminado por quien es la luz del mundo.
Y encontró así no sólo el camino de su salvación personal, sino la senda para llevar a sus hermanos el mensaje que había recibido. El cambio fue tan grande que la gente se preguntaba, ¿no era este el que antiguamente perseguía a los cristianos? (cf. Hechos 9,21), pero Pablo seguía demostrando que Jesús es el Mesías.
La conversión de Pablo, como la de tantos en la historia de la Iglesia, es obra del Dios de las misericordias y de la respuesta libre de quien quiere vivir de una manera distinta.
Pero también comprobamos - si recordamos la historia de la Iglesia o miramos a nuestro alrededor en la actualidad-, que son muchos los que persiguieron y persiguen a la Iglesia de Cristo.
Pero mientras que Pablo lo hacía por defender las enseñanzas y tradiciones recibidas de pequeño, sin advertir la presencia del Mesías, muchos persiguieron y persiguen a la Iglesia de Cristo por odio a la fe.
Es decir no pecan por ignorancia, sino que conociendo la fe verdadera la rechazan voluntariamente porque ésta les reprocha su vida desviada.
Y así se multiplican el insulto, la indiferencia, el rechazo a Cristo, a su Iglesia, a las creencias cristianas, tomando frecuentemente como excusa o la supuesta falta de verdad de lo que no se cree, o la carencia de honestidad de los cristianos que “los escandaliza” o los lleva a no creer.
A pesar de ello, sin embargo, siempre es posible la conversión si se escucha la voz del Señor y si se la sigue de corazón.
De hecho, por ejemplo, ya se conocen algunas conversiones de quienes en otro tiempo no sólo defendían sino que causaban miles de abortos, como el Dr Bernard Nathason, crimen especialmente diabólico ya que se opone directamente a la Encarnación del Hijo de Dios por la que se resalta la dignidad de toda persona que viene a este mundo.
Por eso en nuestros días tenemos que pedir por la conversión de quienes persiguen la fe cristiana, y que muchas veces llevan los agravios hasta la ofensa a Dios, Jesucristo, la Virgen María, y todo lo que aparezca como santo y noble.
En este sentido conviene recordar que hace pocos días en Chile a través de la exhibición denominada "Vírgenes Fashion Show" del modisto Ricardo Oyarzún, se atentó contra la figura de la Virgen María.
Los obispos chilenos señalaron que "bajo una discutible apariencia de expresión artística y apelando a una ambigua comprensión de la libertad de expresión, (este desfile) falta el respeto a la veneración que millones de chilenos profesan a la Virgen María. Esto atenta contra un derecho humano elemental, como es el respeto a la religión, en el marco de un Estado de derecho".
El texto también señaló que la presentación de Oyarzún, en la que un transformista hará el papel de Jesús, termina "revirtiendo contra la misma dignidad de la mujer al presentarla como objeto de consumo". "Miramos con especial dolor y deploramos aquellos actos que buscan rebajar las manifestaciones de amor sincero a la Virgen María", expresaron.
Ante el anuncio del desfile, el grupo Muévete Chile presentó ante la Corte de Apelaciones de Santiago un recurso de protección, con el fin de suspender este evento a realizarse en una discoteca homosexual.
Sin embargo, la Séptima Sala de la Corte de Apelaciones denegó la orden de no innovar presentada por los católicos chilenos.
Esto tiene una gravedad especial en nuestra época, ya que con el pretexto de supuestas expresiones artísticas y con la complicidad de las autoridades que prefieren cuidar más el sedicente derecho a la libre expresión que su propia salvación eterna, se atenta contra la fe de muchos ciudadanos en la persona de la Madre de Jesús.
Conviene destacar además que siempre detrás de las persecuciones está la presencia del influjo satánico.
También los ataques reiterados a la Santísima Virgen, sin duda alguna están inspirados por el espíritu del mal.
Recorramos algunas situaciones concretas para vislumbrar este aserto.
Leyendo actas de procesos de varios exorcismos (cf. “Los endemoniados hoy, de Corrado Balducci) realizados en personas poseídas por el demonio, se destaca con exactitud el comportamiento del demonio en el transcurso de los mismos.
Y así, se observan continuos insultos contra Dios, contra Jesucristo, la Iglesia, el sacerdocio y personas u objetos relacionados con lo sagrado.
Es notable, sin embargo, apuntan los cronistas de los hechos, cómo el demonio no insulta a la Virgen María.
En una oportunidad, por ejemplo, (cf. pág. 402 y siguientes de la obra citada que describe los sucesos ocasionados por la posesión diabólica de los hermanos Burner –años 1865 a 1868 y exorcismos en el año 1868-69 en el sur de Alsacia-), el demonio llama a las cuentas del rosario “excrementos de cabra” y al rosario mismo “cola de gato”, pero reconoce que no puede poner su mano en la imagen de la Gran Señora.
Al respecto se destaca en el proceso que “mientras el demonio injuriaba y se burlaba de las cosas más santas, sin exceptuar ni al mismo Dios, jamás osó injuriar a la Virgen, y a alguien que le preguntó la razón de ello, respondió brevemente: -no tengo derecho. La Marioneta de la Cruz me lo ha prohibido”.
También, el Sr. Tresch, síndico de Illfurt, al intentar leer las oraciones de la misa a los demonios que poseían a los dos hermanos Teobaldo y José, escuchó: ”¡Es inútil que vengas aquí a hablarnos de la Marioneta sobre la Cruz y de la Gran Señora!”.
Asimismo, en otra oportunidad, le reprochan a este piadoso cristiano que “Tú lo das todo a la Gran Señora”.
Vemos por lo tanto cómo el demonio se detiene –porque lo tiene prohibido- ante la persona e invocación de la Virgen María.
Pero justamente por ello, no es inverosímil razonar que a causa de ese impedimento, utilice al ser humano a través de falsas expresiones de arte, o -como en el caso chileno un desfile de “simulacros de vírgenes”-, para atacar directamente a la persona de la Madre de Jesús.
¡Cómo se deja de lado en la actualidad que con la Madre de Jesús no hay que meterse, como le sucedería a cualquiera de nosotros que no permitiríamos que alguien ofenda a la nuestra!
Sin embargo es conveniente recordar, que aún en estas situaciones tan deplorables, los perseguidores de la fe cristiana están llamados a la conversión, para transformarse como Pablo en apóstoles de la verdad.
Por eso es importante recordar lo que nos señala el texto del evangelio de hoy (Marcos 16,15-18) en el sentido de ir al encuentro del hombre de hoy para llevar el Evangelio de Cristo, sin miedo.
El apóstol de Cristo está dispuesto a soportarlo todo por causa del Evangelio, y así lo expresa con valentía el mismo Pablo en diversas oportunidades, capaz siempre de sufrir lo indecible por el Evangelio y afirmando que todo es basura comparado con el amor de Cristo.
Vemos así hasta qué punto Cristo entró en su corazón transformándolo totalmente.
La experiencia de Pablo no sólo nos muestra cómo transforma la gracia de Dios su corazón, sino que también nos llena de esperanza ante la posibilidad –mediante la libre disposición del hombre- de que los perseguidores puedan encontrarse con el Señor, abrirse a la fuerza del don de lo alto y cambiar radicalmente sus vidas.
Pero también es cierto que Dios respeta tanto la libre disposición del hombre que el texto evangélico de la liturgia de este día afirma “el que no crea se condenará”.
No se trata en este caso de aquellos que no conocen a Cristo sin culpa, o porque no han tenido la oportunidad de conocerlo, lo que en la teología se conocen como los “infieles negativos”, sino aquellos que conociendo cuál es la verdadera fe se niegan aceptarla para encaminar sus vidas –los llamados “infieles positivos”-.
Se cumple así lo de san Agustín, “Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti”.
Es verdad también que nosotros mismos que profesamos la fe podemos estar también en el límite de la incredulidad cuando no vivimos según lo que creemos, o acomodamos la verdad según nuestros gustos, o la fe es sólo un barniz por conveniencia social o política, o como medio para alcanzar otros fines en la vida.
Aprovechemos este día de especial bendición por parte del Señor para pedirle que nos conceda un corazón bien dispuesto a la conversión constante y al compromiso esforzado de ser verdaderos apóstoles de la verdad evangélica.
Padre Ricardo B. Mazza. Director del CEPS “Santo Tomás Moro”.
Reflexiones con ocasión de la Fiesta de la Conversión de San Pablo. 25 de Enero de 2009.
ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com; www.nuevoencuentro.com/tomasmoro; www.nuevoencuentro.com/provida.-
Es decir no pecan por ignorancia, sino que conociendo la fe verdadera la rechazan voluntariamente porque ésta les reprocha su vida desviada”.
Celebrando desde el año pasado hasta el próximo 29 de junio el año jubilar paulino, que conmemora los dos mil años del nacimiento del Apóstol de los gentiles, la fiesta de su conversión alcanza hoy especial relevancia.
De allí que la liturgia de este domingo recuerde en sus oraciones y textos bíblicos al Apóstol de los paganos.
La conversión de San Pablo refiere no sólo al cambio que se obró en su corazón, sino que nos habla también del Dios misericordioso dispuesto a aceptar a toda persona que lo busca aún sin saberlo, moviéndolo con su gracia de conversión a una respuesta libre y comprometida.
En la segunda lectura (Gálatas 1,11-20) el mismo Pablo señala que fue elegido por Dios desde el vientre de su madre y llamado a su gracia, para evangelizar a los paganos, es decir, para llevar la Buena Nueva a los que no procedían del judaísmo.
El reconoce la atadura a las tradiciones recibidas del judaísmo que le impedían reconocer que en el cristianismo, esa nueva religión que se extendía cada vez más, estaba presente la fe en el Mesías.
De allí que se dedicara a perseguir y encarcelar a los cristianos –“con qué saña perseguía a la Iglesia de Dios y la asolaba” (v.13)- que venían a cambiar las costumbres y las enseñanzas del judaísmo.
La gracia de Dios – reconoce el Apóstol- le hizo ver cuál era el verdadero camino que debía emprender.
Y esto se une con lo afirmado en la primera lectura tomada de los Hechos de los Apóstoles (cap.9, 1-22) donde el mismo Pablo va narrando cómo fue el proceso de su conversión.
Conversión que significó dejar atrás el desconocimiento de Cristo y abrir su corazón generosamente al camino nuevo que Jesús le ofrecía.
La gracia recibida de lo alto fue el fruto de un encuentro y diálogo con el Señor: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”, “¿Quién eres Señor?”, - responde, “Soy Jesús a quien tú persigues”, (Hechos 9,4-7).
Y a partir de ese momento, con la pregunta “¿Qué debo hacer, Señor? (Hechos 22,10), se dispone libre y totalmente a lo que Jesús le ha de encomendar en Damasco, porque recibió la gracia del llamado a ser apóstol y se adhirió a ella.
En esa ciudad, Ananías –enviado por el Señor- le impone las manos –signo del poder de Dios que sobre él desciende- , recobra la vista, y se le caen como unas escamas de los ojos. Es que mientras perseguía a los cristianos estaba a oscuras, dominado por la ceguera de sus pasiones.
Al conocer a Cristo, en cambio, comienza a vivir la existencia de un iluminado por quien es la luz del mundo.
Y encontró así no sólo el camino de su salvación personal, sino la senda para llevar a sus hermanos el mensaje que había recibido. El cambio fue tan grande que la gente se preguntaba, ¿no era este el que antiguamente perseguía a los cristianos? (cf. Hechos 9,21), pero Pablo seguía demostrando que Jesús es el Mesías.
La conversión de Pablo, como la de tantos en la historia de la Iglesia, es obra del Dios de las misericordias y de la respuesta libre de quien quiere vivir de una manera distinta.
Pero también comprobamos - si recordamos la historia de la Iglesia o miramos a nuestro alrededor en la actualidad-, que son muchos los que persiguieron y persiguen a la Iglesia de Cristo.
Pero mientras que Pablo lo hacía por defender las enseñanzas y tradiciones recibidas de pequeño, sin advertir la presencia del Mesías, muchos persiguieron y persiguen a la Iglesia de Cristo por odio a la fe.
Es decir no pecan por ignorancia, sino que conociendo la fe verdadera la rechazan voluntariamente porque ésta les reprocha su vida desviada.
Y así se multiplican el insulto, la indiferencia, el rechazo a Cristo, a su Iglesia, a las creencias cristianas, tomando frecuentemente como excusa o la supuesta falta de verdad de lo que no se cree, o la carencia de honestidad de los cristianos que “los escandaliza” o los lleva a no creer.
A pesar de ello, sin embargo, siempre es posible la conversión si se escucha la voz del Señor y si se la sigue de corazón.
De hecho, por ejemplo, ya se conocen algunas conversiones de quienes en otro tiempo no sólo defendían sino que causaban miles de abortos, como el Dr Bernard Nathason, crimen especialmente diabólico ya que se opone directamente a la Encarnación del Hijo de Dios por la que se resalta la dignidad de toda persona que viene a este mundo.
Por eso en nuestros días tenemos que pedir por la conversión de quienes persiguen la fe cristiana, y que muchas veces llevan los agravios hasta la ofensa a Dios, Jesucristo, la Virgen María, y todo lo que aparezca como santo y noble.
En este sentido conviene recordar que hace pocos días en Chile a través de la exhibición denominada "Vírgenes Fashion Show" del modisto Ricardo Oyarzún, se atentó contra la figura de la Virgen María.
Los obispos chilenos señalaron que "bajo una discutible apariencia de expresión artística y apelando a una ambigua comprensión de la libertad de expresión, (este desfile) falta el respeto a la veneración que millones de chilenos profesan a la Virgen María. Esto atenta contra un derecho humano elemental, como es el respeto a la religión, en el marco de un Estado de derecho".
El texto también señaló que la presentación de Oyarzún, en la que un transformista hará el papel de Jesús, termina "revirtiendo contra la misma dignidad de la mujer al presentarla como objeto de consumo". "Miramos con especial dolor y deploramos aquellos actos que buscan rebajar las manifestaciones de amor sincero a la Virgen María", expresaron.
Ante el anuncio del desfile, el grupo Muévete Chile presentó ante la Corte de Apelaciones de Santiago un recurso de protección, con el fin de suspender este evento a realizarse en una discoteca homosexual.
Sin embargo, la Séptima Sala de la Corte de Apelaciones denegó la orden de no innovar presentada por los católicos chilenos.
Esto tiene una gravedad especial en nuestra época, ya que con el pretexto de supuestas expresiones artísticas y con la complicidad de las autoridades que prefieren cuidar más el sedicente derecho a la libre expresión que su propia salvación eterna, se atenta contra la fe de muchos ciudadanos en la persona de la Madre de Jesús.
Conviene destacar además que siempre detrás de las persecuciones está la presencia del influjo satánico.
También los ataques reiterados a la Santísima Virgen, sin duda alguna están inspirados por el espíritu del mal.
Recorramos algunas situaciones concretas para vislumbrar este aserto.
Leyendo actas de procesos de varios exorcismos (cf. “Los endemoniados hoy, de Corrado Balducci) realizados en personas poseídas por el demonio, se destaca con exactitud el comportamiento del demonio en el transcurso de los mismos.
Y así, se observan continuos insultos contra Dios, contra Jesucristo, la Iglesia, el sacerdocio y personas u objetos relacionados con lo sagrado.
Es notable, sin embargo, apuntan los cronistas de los hechos, cómo el demonio no insulta a la Virgen María.
En una oportunidad, por ejemplo, (cf. pág. 402 y siguientes de la obra citada que describe los sucesos ocasionados por la posesión diabólica de los hermanos Burner –años 1865 a 1868 y exorcismos en el año 1868-69 en el sur de Alsacia-), el demonio llama a las cuentas del rosario “excrementos de cabra” y al rosario mismo “cola de gato”, pero reconoce que no puede poner su mano en la imagen de la Gran Señora.
Al respecto se destaca en el proceso que “mientras el demonio injuriaba y se burlaba de las cosas más santas, sin exceptuar ni al mismo Dios, jamás osó injuriar a la Virgen, y a alguien que le preguntó la razón de ello, respondió brevemente: -no tengo derecho. La Marioneta de la Cruz me lo ha prohibido”.
También, el Sr. Tresch, síndico de Illfurt, al intentar leer las oraciones de la misa a los demonios que poseían a los dos hermanos Teobaldo y José, escuchó: ”¡Es inútil que vengas aquí a hablarnos de la Marioneta sobre la Cruz y de la Gran Señora!”.
Asimismo, en otra oportunidad, le reprochan a este piadoso cristiano que “Tú lo das todo a la Gran Señora”.
Vemos por lo tanto cómo el demonio se detiene –porque lo tiene prohibido- ante la persona e invocación de la Virgen María.
Pero justamente por ello, no es inverosímil razonar que a causa de ese impedimento, utilice al ser humano a través de falsas expresiones de arte, o -como en el caso chileno un desfile de “simulacros de vírgenes”-, para atacar directamente a la persona de la Madre de Jesús.
¡Cómo se deja de lado en la actualidad que con la Madre de Jesús no hay que meterse, como le sucedería a cualquiera de nosotros que no permitiríamos que alguien ofenda a la nuestra!
Sin embargo es conveniente recordar, que aún en estas situaciones tan deplorables, los perseguidores de la fe cristiana están llamados a la conversión, para transformarse como Pablo en apóstoles de la verdad.
Por eso es importante recordar lo que nos señala el texto del evangelio de hoy (Marcos 16,15-18) en el sentido de ir al encuentro del hombre de hoy para llevar el Evangelio de Cristo, sin miedo.
El apóstol de Cristo está dispuesto a soportarlo todo por causa del Evangelio, y así lo expresa con valentía el mismo Pablo en diversas oportunidades, capaz siempre de sufrir lo indecible por el Evangelio y afirmando que todo es basura comparado con el amor de Cristo.
Vemos así hasta qué punto Cristo entró en su corazón transformándolo totalmente.
La experiencia de Pablo no sólo nos muestra cómo transforma la gracia de Dios su corazón, sino que también nos llena de esperanza ante la posibilidad –mediante la libre disposición del hombre- de que los perseguidores puedan encontrarse con el Señor, abrirse a la fuerza del don de lo alto y cambiar radicalmente sus vidas.
Pero también es cierto que Dios respeta tanto la libre disposición del hombre que el texto evangélico de la liturgia de este día afirma “el que no crea se condenará”.
No se trata en este caso de aquellos que no conocen a Cristo sin culpa, o porque no han tenido la oportunidad de conocerlo, lo que en la teología se conocen como los “infieles negativos”, sino aquellos que conociendo cuál es la verdadera fe se niegan aceptarla para encaminar sus vidas –los llamados “infieles positivos”-.
Se cumple así lo de san Agustín, “Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti”.
Es verdad también que nosotros mismos que profesamos la fe podemos estar también en el límite de la incredulidad cuando no vivimos según lo que creemos, o acomodamos la verdad según nuestros gustos, o la fe es sólo un barniz por conveniencia social o política, o como medio para alcanzar otros fines en la vida.
Aprovechemos este día de especial bendición por parte del Señor para pedirle que nos conceda un corazón bien dispuesto a la conversión constante y al compromiso esforzado de ser verdaderos apóstoles de la verdad evangélica.
Padre Ricardo B. Mazza. Director del CEPS “Santo Tomás Moro”.
Reflexiones con ocasión de la Fiesta de la Conversión de San Pablo. 25 de Enero de 2009.
ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com; www.nuevoencuentro.com/tomasmoro; www.nuevoencuentro.com/provida.-
22 de enero de 2009
El compromiso del cristiano a partir del bautismo.

La Iglesia celebra la fiesta del Bautismo del Señor concluyendo el tiempo litúrgico de Navidad.
Hemos meditado y reflexionado acerca de la manifestación de Jesús como Hijo de Dios hecho hombre que viene a nosotros y se introduce en nuestra historia, asumiendo todo lo humano menos el pecado.
Meditamos sobre la manifestación de Jesús al pueblo judío fiel –representado por los pastores- que esperaba con fe la venida del Mesías. También sobre la presencia de los sabios de Oriente adorando al recién nacido significando con esto la voluntad de Dios de llegar a todos los pueblos de la tierra, porque como dice san Pedro “Dios no hace acepción de personas”.
Pedro pensaba que la predicación debía ser dirigida especialmente a los judíos, pero luego de la experiencia que tiene con la conversión del centurión Cornelio cae en la cuenta del llamado universal a la salvación
En esta fiesta del bautismo del señor lo contemplamos a Jesús como adulto, y nos preguntamos ¿cuál es la diferencia con las otras manifestaciones? Acá no se da a conocer Jesús sino que el Padre revela que quien se está bautizando es su Hijo hecho hombre., “este es mi Hijo muy amado”, certificando esto con la consagración realizada por el Espíritu antes de la misión que se le ha encomendado.
Isaías en la primera lectura recordará que Dios se ha complacido en su Siervo, que lo ha elegido y enviado a los pueblos de la tierra para dar a conocer el derecho, la justicia de Dios.
Este Siervo viene a traer la salvación, de modo que la mecha que aún humea comience a arder nuevamente, como diciendo que aquello que parecía perdido puede nuevamente recobrarse.
Es decir que la misión de Jesús es salvar al hombre de sus miserias ya que en el proyecto de Dios cada uno está llamado a participar de su misma vida, mensaje constante en el tiempo de Navidad que hoy concluimos.
El bautismo de Jesús junto con el testimonio del Padre y del Espíritu, nos indica que el Hijo de Dios viene a traernos una vida nueva, justamente a través del bautismo.
El bautismo de Juan es sólo de agua, es de conversión, y orienta, prepara el bautismo nuevo que trae Jesús por el agua y el Espíritu.
Jesús no necesitaba ser bautizado pero quiso pasar por el mismo para darle al agua el poder que le otorga la gracia.
Jesús se humilla delante de quien debiera ser su servidor dando cumplimiento a lo anunciado por Isaías sobre el siervo de Dios.
Cristo al salir del agua, ya no es el siervo, sino el enviado para llevar la Buena Nueva a todos los que quieran abrir su corazón a esta vida nueva.
El bautismo del Jordán marca el comienzo de la misión de Jesús, que es conducir al encuentro con el Padre.
El bautismo del Señor nos interpela ya que se repite en el nuestro el que el Padre nos considere sus predilectos.
Cada bautizado comienza con su renovación interior a participar de un modo nuevo de la vida de Dios.
Esta transformación interior que realiza el bautismo va reclamando en cada uno una existencia nueva.
Y ese es el desafío para cada uno. No estamos bautizados para sólo decir que somos católicos sino que nuestra vida debe desarrollarse asumiendo a Cristo Nuestro Señor.
Nuestras palabras, gestos, intenciones y obras deben tener esa modalidad de bautizados “por el agua y el Espíritu”, siguiendo al modelo que es el mismo Cristo.
De tal manera que la misma vida de Jesús debe iluminar todos los aspectos de nuestra existencia.
En efecto, muchas veces hacemos un divorcio, una separación, entre lo cultual y la vida de cada día, como si esto no perteneciera a nuestro quehacer cotidiano y no tuviera que tener un encuadre surgido del hecho del bautismo.
El bautismo debiera hacer de cada uno levadura en medio de este mundo. Hasta en la forma de vestir hemos de convertirnos en verdaderos ejemplo para todos, de modo que aún el carente de fe al vernos. pudiera decir de nosotros que somos creyentes, porque nos hemos revestido no con lo mundano tan lejos de Cristo la mayoría de las veces, sino de “Cristo”.
Hemos de vivir de tal manera que nuestros criterios en lugar de ser del mundo, han de responder a criterios surgidos desde la fe.
Es cierto que es esto tiene sus dificultades, dado que las tentaciones son muy grandes y el influjo de una cultura descristianizada es frecuente, sin embargo por la gracia de Dios es posible mantenerse en el camino de la fidelidad a Dios.
Hacernos siervos como Cristo delante del Padre, es decir, reconocer lo que somos, nuestra nada si estamos separados de Dios.
Nuestra grandeza nos viene porque el Padre nos ha creado y llamado a participar de su misma vida.
Pidamos a Cristo en este día que podamos vivir como verdaderos bautizados, hijos predilectos del Padre que anuncian al mundo la fuerza transformante del Evangelio.
Padre Ricardo B. Mazza, Cura Párroco de la Pquia “San Juan Bautista”. Reflexiones en torno a los textos bíblicos de la liturgia dominical de la fiesta del Bautismo del Señor, 11 de Enero de 2009. (Is. 42,1-4.6-7; Hechos 10,34-38; Marcos 1,6b-11).
ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com; www.nuevoencuentro.com/provida; www.nuevoencuentro.com/tomasmoro.-
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Homilías
10 de enero de 2009
La manifestación del “ya” y el todavía “no” del misterio divino.
“Si comparamos la manifestación del misterio que es cada uno de nosotros con la revelación del misterio de Dios, nos damos cuenta que existe similitud, si bien es cierto que en el caso de Dios se da la perfección, porque El sí que se manifiesta plena y verdaderamente a través de la Palabra.”
En este tiempo de Navidad hemos reflexionando sobre la manifestación del misterio de Dios hecho hombre ya que "todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el principio hasta el día en que... fue llevado al cielo" (Hech 1, 1-2) hay que verlo a la luz de los misterios de Navidad y de Pascua (Catecismo Iglesia Católica nº 512).
Ahora bien esta revelación del Hijo de Dios hecho hombre nos permite también ahondar en el misterio del hombre.
Si miramos nuestro interior nos encontramos con que el misterio del hombre no es abarcado en su totalidad ya que nunca conocemos plenamente quién es cada uno de nosotros.
Nos asombramos ante los vaivenes de nuestra vida, los movimientos interiores que esconden lo que queremos realmente, porque como enseña San Pablo realizamos lo malo que no queremos y dejamos de hacer lo bueno que perseguimos.
Cada uno de nosotros es consciente de su misterio interior y que como tal es percibido por los demás.
De allí que nunca finalizamos el conocimiento personal y ajeno porque siempre el hombre tiene posibilidades de nuevas revelaciones.
Nosotros nos manifestamos hacia el exterior a través de signos, gestos y palabras que son como vestigios de nuestra interioridad.
Pero no de una manera total ya que somos incomunicables, porque no podemos manifestar en plenitud lo que es nuestra intimidad, nuestra persona.
De allí que nadie pueda entrar en nuestra intimidad, ni podrá conocernos totalmente, sólo Dios.
Ahora bien, a través de nuestras obras y gestos exteriores, toda persona percibe aunque sea a tientas, cualquiera sea nuestro estado interior.
Pero una manera perfecta de comunicarnos es por medio de la palabra.
Pero también es cierto que la misma no siempre manifiesta lo que hay en nuestro interior, ya que muchas veces el ser humano prefiere vivir en la mentira, en la hipocresía, en la ficción, o no darse a conocer tal cual es, y entonces la palabra en lugar de comunicar nuestro interior no es más que un instrumento de ocultamientos.
Si comparamos la manifestación del misterio que es cada uno de nosotros con la revelación del misterio de Dios, nos damos cuenta que existe similitud, si bien es cierto que en el caso de Dios se da la perfección porque El sí que se manifiesta plena y verdaderamente a través de la Palabra.
Y esto es así porque mientras que en el hombre muchas veces la palabra que emite es contraria a su ser, a su interioridad, en Dios su palabra siempre responde a su ser.
Ante Dios sabemos que nunca nos encontraremos con la mentira o la falsedad, sino únicamente con la verdad, porque muestra su intimidad tal cual la podemos comprender con nuestra limitada inteligencia.
El texto del evangelio proclamado nos dice que la Palabra estaba junto a Dios, era Dios, existía desde el principio, todas formas de indicar la identidad entre la Palabra y Dios.
Si recordamos el libro del Génesis cuando describe el acto creacional, notamos por ejemplo, que Dios dijo:”hágase la luz y la luz se hizo”. Este decir de Dios señala al que es su Palabra, que justamente por ser divina constituye una Persona, la del Hijo.
El texto que describe la creación –leído desde el Nuevo Testamento-, presenta atisbos trinitarios que preparan una revelación futura de ese Misterio de la intimidad del Dios de la fe, ya que el decir (pensamos en el Hijo) de Dios (pensamos en el Padre) da origen a lo creado mientras el espíritu (y pensamos en el Espíritu Santo) aleteaba sobre las aguas.
Dios nos ha manifestado paulatinamente su intimidad, la cual es conocida por nosotros “al modo humano”, es decir conforme a nuestras propias contingentes posibilidades.
Y esto es así porque no podemos conocer la perfección divina teniendo en cuenta nuestra limitación de ser creatural que no puede penetrar totalmente al Creador.
Si no podemos conocer plenamente nuestro interior, ni a los que nos rodean, mucho menos llegaremos a conocer profundamente al que nos dio el ser.
En efecto, al manifestarse Dios siempre tal cual es, descubrimos que en ese desvelamiento hay un “ya” pero también un “todavía no”, porque mientras se va descorriendo el velo del misterio siempre tenemos nuevas posibilidades de seguir conociéndolo hasta que lleguemos a contemplarlo cara a cara en el paraíso, pero aún así imperfectamente, según nuestra capacidad creatural que siempre es rebasada por lo divino.
Pasa lo mismo que en el conocimiento del misterio del hombre. Descubrimos un “ya” en el otro o en nuestro interior, pero siempre hay nuevas posibilidades por llegar al “todavía no”, al cual nunca se arriba plenamente por nuestra condición de creatura.
Ahora bien, decíamos que en el conocimiento de Dios podemos progresar día a día de nuestra vida terrena, aunque no lleguemos a la plenitud.
Sin embargo esto exige, ciertamente, ingresar por el camino nuevo que nos ofrece Dios a través de Jesucristo, la Palabra que se hace carne en el seno de María y se incorpora a nuestra historia humana.
De allí que digamos que es la Luz, la Verdad, la Vida, todos atributos concretos que puntualizan la perfección de Dios en su intimidad.
Es la luz que viene a iluminar toda persona que aspira a ser iluminada, existiendo la posibilidad de no quererlo. Por eso dice Juan que las tinieblas no la recibieron.
Cuando el ser humano vive en las tinieblas, vive en la mentira y no quiere ser iluminado, la luz que proviene de la Palabra no entrará en su corazón y jamás descubrirá su interioridad.
Juan afirma también que es la Vida, la verdadera. Pero si el ser humano está sumergido en lo que es muerte o esclavitud, no puede descubrir ni el valor de la vida temporal ni el de la vida de la gracia que prepara la eterna.
De allí la necesidad de acoger la Palabra, ya que como dice Juan “vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron”.
Cuántos bautizados no reciben o rechazan hoy a Cristo, porque su presencia puede llegar a ser una molestia muy grande por sus exigencias.
Por el contrario, quienes abren su corazón para albergarlo, recibirán gracia sobre gracia, o sea la abundancia de los dones divinos.
Pero todo esto tiene una finalidad: a través de Cristo descubrir la intimidad del Padre, el rostro de Dios.
Conociendo la intimidad de Dios no perdemos nunca lo que nos manifiesta.
San Pablo nos afirma que fuimos elegidos desde toda la eternidad y constituidos como hijos preferidos y amados de Dios, aquellos que han sido rescatados del pecado, llamados y orientados a vivir en la comunión con El.
El tiempo de Navidad, por lo tanto, nos muestra la riqueza del don de Dios, la raíz, la causa de nuestro existir, la razón de ser de nuestra vida.
Sólo conociendo el misterio de Cristo, presente en nuestra vida cotidiana, ingresaremos desde la temporalidad a una existencia distinta, la de la gracia. Desde el misterio de Dios descubrimos el del hombre, y llegamos a conocer nuestros límites y grandezas. Límites que no nos empequeñecen sino que por el contrario nos conectan más directamente con el Salvador, que se hace pequeño.
Cuando no se vive de la fe es difícil entender el acontecer diario, las limitaciones de cada momento, las preocupaciones diarias, nos quedamos anclados en lo temporal sin proyectarnos a la eternidad.
La Navidad del Señor nos interpela a ir al encuentro de la divinidad que se despliega y desde allí descubrir la dignidad de la persona, el valor de su vida, y la razón de su existencia.
Padre Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de la Pquia “San Juan Bautista” de la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz. Reflexiones en torno a los textos bíblicos de la liturgia del IIº domingo de Navidad (Efesios, 1,3-6.15-18; Juan 1,1-18). 04 de enero de 2009. ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com. www.nuevoencuentro.com.-
En este tiempo de Navidad hemos reflexionando sobre la manifestación del misterio de Dios hecho hombre ya que "todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el principio hasta el día en que... fue llevado al cielo" (Hech 1, 1-2) hay que verlo a la luz de los misterios de Navidad y de Pascua (Catecismo Iglesia Católica nº 512).
Ahora bien esta revelación del Hijo de Dios hecho hombre nos permite también ahondar en el misterio del hombre.
Si miramos nuestro interior nos encontramos con que el misterio del hombre no es abarcado en su totalidad ya que nunca conocemos plenamente quién es cada uno de nosotros.
Nos asombramos ante los vaivenes de nuestra vida, los movimientos interiores que esconden lo que queremos realmente, porque como enseña San Pablo realizamos lo malo que no queremos y dejamos de hacer lo bueno que perseguimos.
Cada uno de nosotros es consciente de su misterio interior y que como tal es percibido por los demás.
De allí que nunca finalizamos el conocimiento personal y ajeno porque siempre el hombre tiene posibilidades de nuevas revelaciones.
Nosotros nos manifestamos hacia el exterior a través de signos, gestos y palabras que son como vestigios de nuestra interioridad.
Pero no de una manera total ya que somos incomunicables, porque no podemos manifestar en plenitud lo que es nuestra intimidad, nuestra persona.
De allí que nadie pueda entrar en nuestra intimidad, ni podrá conocernos totalmente, sólo Dios.
Ahora bien, a través de nuestras obras y gestos exteriores, toda persona percibe aunque sea a tientas, cualquiera sea nuestro estado interior.
Pero una manera perfecta de comunicarnos es por medio de la palabra.
Pero también es cierto que la misma no siempre manifiesta lo que hay en nuestro interior, ya que muchas veces el ser humano prefiere vivir en la mentira, en la hipocresía, en la ficción, o no darse a conocer tal cual es, y entonces la palabra en lugar de comunicar nuestro interior no es más que un instrumento de ocultamientos.
Si comparamos la manifestación del misterio que es cada uno de nosotros con la revelación del misterio de Dios, nos damos cuenta que existe similitud, si bien es cierto que en el caso de Dios se da la perfección porque El sí que se manifiesta plena y verdaderamente a través de la Palabra.
Y esto es así porque mientras que en el hombre muchas veces la palabra que emite es contraria a su ser, a su interioridad, en Dios su palabra siempre responde a su ser.
Ante Dios sabemos que nunca nos encontraremos con la mentira o la falsedad, sino únicamente con la verdad, porque muestra su intimidad tal cual la podemos comprender con nuestra limitada inteligencia.
El texto del evangelio proclamado nos dice que la Palabra estaba junto a Dios, era Dios, existía desde el principio, todas formas de indicar la identidad entre la Palabra y Dios.
Si recordamos el libro del Génesis cuando describe el acto creacional, notamos por ejemplo, que Dios dijo:”hágase la luz y la luz se hizo”. Este decir de Dios señala al que es su Palabra, que justamente por ser divina constituye una Persona, la del Hijo.
El texto que describe la creación –leído desde el Nuevo Testamento-, presenta atisbos trinitarios que preparan una revelación futura de ese Misterio de la intimidad del Dios de la fe, ya que el decir (pensamos en el Hijo) de Dios (pensamos en el Padre) da origen a lo creado mientras el espíritu (y pensamos en el Espíritu Santo) aleteaba sobre las aguas.
Dios nos ha manifestado paulatinamente su intimidad, la cual es conocida por nosotros “al modo humano”, es decir conforme a nuestras propias contingentes posibilidades.
Y esto es así porque no podemos conocer la perfección divina teniendo en cuenta nuestra limitación de ser creatural que no puede penetrar totalmente al Creador.
Si no podemos conocer plenamente nuestro interior, ni a los que nos rodean, mucho menos llegaremos a conocer profundamente al que nos dio el ser.
En efecto, al manifestarse Dios siempre tal cual es, descubrimos que en ese desvelamiento hay un “ya” pero también un “todavía no”, porque mientras se va descorriendo el velo del misterio siempre tenemos nuevas posibilidades de seguir conociéndolo hasta que lleguemos a contemplarlo cara a cara en el paraíso, pero aún así imperfectamente, según nuestra capacidad creatural que siempre es rebasada por lo divino.
Pasa lo mismo que en el conocimiento del misterio del hombre. Descubrimos un “ya” en el otro o en nuestro interior, pero siempre hay nuevas posibilidades por llegar al “todavía no”, al cual nunca se arriba plenamente por nuestra condición de creatura.
Ahora bien, decíamos que en el conocimiento de Dios podemos progresar día a día de nuestra vida terrena, aunque no lleguemos a la plenitud.
Sin embargo esto exige, ciertamente, ingresar por el camino nuevo que nos ofrece Dios a través de Jesucristo, la Palabra que se hace carne en el seno de María y se incorpora a nuestra historia humana.
De allí que digamos que es la Luz, la Verdad, la Vida, todos atributos concretos que puntualizan la perfección de Dios en su intimidad.
Es la luz que viene a iluminar toda persona que aspira a ser iluminada, existiendo la posibilidad de no quererlo. Por eso dice Juan que las tinieblas no la recibieron.
Cuando el ser humano vive en las tinieblas, vive en la mentira y no quiere ser iluminado, la luz que proviene de la Palabra no entrará en su corazón y jamás descubrirá su interioridad.
Juan afirma también que es la Vida, la verdadera. Pero si el ser humano está sumergido en lo que es muerte o esclavitud, no puede descubrir ni el valor de la vida temporal ni el de la vida de la gracia que prepara la eterna.
De allí la necesidad de acoger la Palabra, ya que como dice Juan “vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron”.
Cuántos bautizados no reciben o rechazan hoy a Cristo, porque su presencia puede llegar a ser una molestia muy grande por sus exigencias.
Por el contrario, quienes abren su corazón para albergarlo, recibirán gracia sobre gracia, o sea la abundancia de los dones divinos.
Pero todo esto tiene una finalidad: a través de Cristo descubrir la intimidad del Padre, el rostro de Dios.
Conociendo la intimidad de Dios no perdemos nunca lo que nos manifiesta.
San Pablo nos afirma que fuimos elegidos desde toda la eternidad y constituidos como hijos preferidos y amados de Dios, aquellos que han sido rescatados del pecado, llamados y orientados a vivir en la comunión con El.
El tiempo de Navidad, por lo tanto, nos muestra la riqueza del don de Dios, la raíz, la causa de nuestro existir, la razón de ser de nuestra vida.
Sólo conociendo el misterio de Cristo, presente en nuestra vida cotidiana, ingresaremos desde la temporalidad a una existencia distinta, la de la gracia. Desde el misterio de Dios descubrimos el del hombre, y llegamos a conocer nuestros límites y grandezas. Límites que no nos empequeñecen sino que por el contrario nos conectan más directamente con el Salvador, que se hace pequeño.
Cuando no se vive de la fe es difícil entender el acontecer diario, las limitaciones de cada momento, las preocupaciones diarias, nos quedamos anclados en lo temporal sin proyectarnos a la eternidad.
La Navidad del Señor nos interpela a ir al encuentro de la divinidad que se despliega y desde allí descubrir la dignidad de la persona, el valor de su vida, y la razón de su existencia.
Padre Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de la Pquia “San Juan Bautista” de la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz. Reflexiones en torno a los textos bíblicos de la liturgia del IIº domingo de Navidad (Efesios, 1,3-6.15-18; Juan 1,1-18). 04 de enero de 2009. ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com. www.nuevoencuentro.com.-
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31 de diciembre de 2008
La verdad de la familia a la luz del modelo de la Sagrada Familia

“Aunque aparezcan leyes o pretensiones de ciertos colectivos ideológicos por dar existencia a ciertas formas extrañas llamadas matrimonio o familia, no serán más que fantasías o entes de razón, que no tienen fundamento en la verdad de la naturaleza plasmada por el Creador”.
1.-La verdad del hombre percibida desde la Navidad
El tiempo de Navidad que actualiza el nacimiento en la carne del Hijo de Dios nos permite ir entrando más de lleno en el misterio del hombre.
Juan Pablo II en su primera encíclica “Redemptor Hominis” recuerda al respecto al Concilio Vaticano II (Gaudium et Spes nº 22) cuando proclama que “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado…Cristo el nuevo Adán…..manifiesta plenamente al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación”(R H nº 8).
A través del nacimiento de Jesús, Dios hecho hombre ingresa en la historia humana, descubriéndonos la gran verdad de un Dios que comparte en todo nuestra vida menos el pecado, y manifiesta a su vez que el hombre es elevado de su condición humana a la dignidad de hijo adoptivo de Dios.
Por eso en el misterio develado del Dios hecho hombre, descubrimos la identidad de todo hombre que viene a este mundo.
Esta verdad, la de la filiación divina, identifica nuestro ser. De allí que como el obrar sigue al ser, la condición de hijos de Dios nos reclama un estilo de vida acorde con este hecho.
De resultas de esto cuando el ser humano no vive como hijo adoptivo de Dios, percibe en su interior un malestar, un vacío, un cortocircuito que quizás no lo distingue conscientemente, y que se debe a esa desconexión entre el ser y el obrar acorde a nuestra identidad.
Ahora bien este misterio de la Navidad sigue iluminando todas las realidades cercanas al hombre mostrándonos su verdad peculiar originada en el nacimiento de Jesús.
Y así el primero de Enero, por ejemplo, se nos permitirá ahondar en la verdad ínsita en el ser humano de la maternidad, a través de la Fiesta de Santa María Madre de Dios.
En la fiesta de la Sagrada Familia que hoy celebramos, nos invita la Iglesia
-partiendo de la familia de Nazaret constituida por Jesús, María y José-, a descubrir la verdad profunda que está presente en este ámbito esencial de vivir y de relacionarse por parte del ser humano.
La familia de Nazaret, pues, desde el silencio de su manifestación, nos permite descubrir lo que es y debiera ser la familia cristiana.
2.-La verdad sobre los deberes filiales.
La Sagrada Escritura, en el texto proclamado del libro del Eclesiástico (3,3-7.14-17), nos va mostrando lo que constituye la verdad de ser hijo o hija describiendo cuáles son los deberes y las actitudes que los hijos deben tener en relación con sus padres.
El texto sagrado remarca cómo toda acción buena a favor de los padres redunda en un cúmulo de bendiciones para los hijos. Dios no deja en el olvido toda actitud filial que responda al designio divino.
Para ello, la figura de Jesús ilumina cuál es el deber ser de todo buen hijo. Si lo miramos en su niñez o adolescencia vamos descubriendo ese deber ser de hijo. Jesús que obraba siempre según la voluntad del Padre, invita a los hijos de toda familia cristiana a tener siempre en la mira de su obrar el buscar la voluntad del Padre de los cielos.
Si bien la Sagrada Escritura nos habla poco de la infancia del Señor, descubrimos en el Evangelio una fuente inagotable de actitudes concretas de un buen hijo.
Nos dice, por ejemplo, San Lucas (2,22-40) que Jesús luego de ser presentado en el templo de Jerusalén, volvió con sus padres a Nazaret y “e iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba”.
De una manera sencilla se describe, pues, el crecimiento armónico que suponía la integración perfecta de lo divino con lo humano.
El Eclesiástico describe estos deberes filiales partiendo de lo que es el ideal para un israelita fiel y que se prolonga también en nuestros días, más allá de que muchas veces la realidad concreta pudiera estar muy lejos de ese deber ser.
Las relaciones filiales, por cierto, suponen a su vez los deberes correlativos de los padres para con sus hijos.
Y así por ejemplo San Pablo afirmará: “Padres, no exasperen a sus hijos, no sea que pierdan los ánimos” (Col.3, 20).
3.-La verdad sobre la misión de los padres.
Juan Pablo II en la Carta a las Familias cuando habla del cuarto mandamiento enseña que los padres deben comportarse de tal manera con sus hijos que merezcan ser honrados por ellos.
De allí se explica que muchas veces se producen crisis en la vida familiar en la que los hijos prescinden de sus padres porque previamente quizás ha acaecido un descuido de sus padres para con ellos.
No han sabido transmitir con hechos lo que significa la paternidad y la maternidad que va más allá del aspecto biológico, y que significa poder guiar a esa meta última que es la de formar una única familia en el hogar del cielo, como rezábamos en la primera oración de esta liturgia.
En el hogar, con frecuencia, en lugar de ayudar a los hijos a crecer armónicamente se disminuye esta misión porque se da lugar a una especie de competencia.
Y así los padres se trastocan en adolescentes o se visten como tales, creyendo que se acercan a sus hijos, o se ilusionan en la fantasía que no han pasado los años para ellos y disputan con sus hijos una juventud que ya no tienen.
Ante estos hechos es difícil que prospere una genuina formación cuando los padres no han madurado para transmitir los valores más profundos y necesarios para un auténtico crecimiento personal de sus hijos.
Y así cuántas veces son los padres los responsables de una educación a sus hijos en la que se ha dado impulso a lo superficial con olvido de lo que realmente les permite elevarse en su dignidad de hijos adoptivos de Dios.
Respecto a las relaciones de los padres –los esposos- entre sí, el apóstol Pablo (Col. 3,12-21) señala cuáles han de ser diciendo por ejemplo que los maridos no amarguen la vida a sus mujeres, cuando en realidad también sucede lo contrario, que las mujeres amargan la vida a sus maridos. Posiblemente San Pablo piensa sólo en los maridos teniendo en cuenta una época en que la mujer era desvalorizada, y donde resultaba más común lo que él señala, cosa que no sucede en nuestros tiempos.
4.-La verdad sobre la misión de la familia.
El Apóstol San Pablo (Colosenses 3,12-21), deja una serie de enseñanzas de cómo ha de ser el clima de una verdadera familia según el evangelio.
Insiste en la necesidad de la benevolencia, que significa querer el bien de unos para con los otros, la humildad, la bondad, la dulzura, la comprensión.
Insiste en el perdón mutuo, a ejemplo del Señor que siempre perdona, a corregirse mutuamente cuando alguien se aparte del ideal de vida, a ayudarse a vivir como santos y amados del Señor.
En definitiva el desafío para toda familia cristiana será ir al encuentro de la Sagrada Familia para adoptar sus cualidades y virtudes.
Este vernos reflejados en la Sagrada Familia es necesario ya que se trata de un ámbito muy especial en la vida humana.
Especial ya que Dios quiso entrar en la historia humana haciéndose hombre y habitando en una familia, constituyendo esto el designio de Dios para con el ser humano.
La Iglesia misma prolongando esta vocación a la familia nos enseña que el párvulo, el adolescente o el joven, están llamados a desarrollarse como personas en el seno de una familia.
La familia ha de ser educadora, principalmente en el orden de la fe.
No podemos esperar que los hijos vivan en clima de fe, relacionándose con Dios, si no se les transmite los valores referidos a ella.
Cuántas veces comprobamos en la catequesis parroquial la diferencia que se establece entre aquellos niños que fueron iluminados por la transmisión de la fe y van progresando en su relación con Dios, y aquellos a los que nunca se les habló de Dios o solamente de pasada, reclamando esto una tarea especial para que se sientan hijos del creador.
De allí la misión de una verdadera familia cristina que transmitiendo la fe busca una integración armónica de los valores de la fe y los auténticamente humanos en la personalidad del niño o adolescente.
5.-Aprender a respetar la “verdad” sobre la familia.
Relacionado con esto hemos de formar nuestra inteligencia y voluntad para adherirnos a la verdad que Dios nos manifiesta respecto a la familia logrando una concepción genuina sobre ella.
En nuestros días la familia es permanentemente atacada, porque su destrucción permitiría a los ideólogos de turno dominar a las personas que estarían carentes de la integración humana que brinda el ámbito familiar.
El ser humano, por tanto, despojado de la familia es fácil presa de todo lo que es disolvente para la persona humana.
De allí la necesidad de que la familia sea protegida desde todos los ámbitos con verdaderas políticas de estado que miren a su crecimiento. Favorecer las fuentes de trabajo para obtener un sustento digno, ofrecer una educación acorde con la verdadera formación integral de la persona, defender la vida naciente de visiones homicidas como método de anticoncepción, y proteger la declinante por razones de enfermedad o ancianidad.
En realidad lo que vaya contra la dignidad de la familia contraría la dignidad de la persona y se opone al proyecto divino sobre su creatura más perfecta.
Sabemos que cada uno de nosotros nació de un varón y de una mujer.
Por lo tanto cuando se pretende legitimar las uniones de personas del mismo sexo se entorpece directamente la naturaleza humana y por ende al designio de Dios.
Aunque aparezcan leyes o pretensiones de ciertos colectivos ideológicos por dar existencia a ciertas formas extrañas llamadas matrimonio o familia, no serán más que fantasías o entes de razón, que no tienen fundamento en la verdad de la naturaleza plasmada por el Creador.
Estos extravíos al no pertenecer al designio de Dios, a la larga o a la corta, culminan con la destrucción de la misma persona que al no encontrarse con la verdad ínsita de su ser no encuentran la plena felicidad a la que cada uno fue creado y convocado.
Tenemos que tener bien claros los conceptos y no dejarnos atrapar por cierta complacencia moderna que con la excusa de respetar al otro hace la vista gorda a todo lo que va imponiendo la cultura diluyente de nuestro tiempo.
Es de cristianos respetar a los demás como personas, aún equivocadas en su concepción, pero no debemos llamar bueno a lo que no lo es, ni verdadero a lo que es falso.
Si vivimos en la verdad no seremos atrapados por los caprichos del momento o las modas ideológicas del gobierno de turno.
Pidamos a la Sagrada Familia que nos ilumine para vivir como cristianos, pidamos para que los jóvenes decidan comprometerse a formar familias cristianas sin caer en el facilismo de las uniones de hecho que sólo esconden el miedo a asumir las responsabilidades ennoblecedoras de las personas que liberan de la esclavitud del egoísmo.
Padre Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de la Pquia “San Juan Bautista” de la ciudad de Santa Fe. Reflexiones en torno a los textos bíblicos de la liturgia de la Fiesta de la Sagrada Familia. 28 de Diciembre de 2008.
ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com; www.nuevoencuentro.com.-
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29 de diciembre de 2008
El pueblo que caminaba en tinieblas, vio una gran Luz

“Nuestra Patria en la actualidad camina también en las tinieblas que describe Isaías, porque como argentinos hemos abandonado a Dios aplaudiendo como eternos cancheros a los hacedores del mal o viviendo como cómplices indiferentes y silenciosos ante el progresivo deterioro de los valores que debieran revestirnos como hijos de Dios”.
Dios como Señor de la historia humana va encaminando todos los acontecimientos como preparando el cumplimiento de su voluntad.
Desde toda la eternidad quiso que su Hijo se hiciera hombre y entrara en la historia humana.
Pero antes de que se consumara esto pasaron muchos años en el trascurso de los cuales, el pueblo de Israel esperaba con ansias la llegada del Mesías. Ellos eran los depositarios de las promesas.
En este marco de referencia se destaca María Santísima, la cual es elegida y preparada por Dios, para su misión.
Y he aquí que en la plenitud de los tiempos, el Hijo de Dios hecho hombre entra en la historia humana, naciendo de Madre Virgen.
En un momento en que se cumplía lo que el profeta Isaías anunciaba en su tiempo, “el pueblo que caminaba en tinieblas, vio una gran Luz; habitaba tierras de sombras, y una luz les brilló” (cf. Isaías 9,2-7).
Porque la humanidad toda, en el trascurrir del tiempo, caminaba en tinieblas, esperaba la luz, sumergida impotente en las consecuencias del pecado de haber desplazado a Dios en el comienzo de la creación.
Aquel querer ser como dioses como describe el Génesis, hirió a todo el género humano y fue necesario que Dios, -que busca el bien de aquellos que ama, aunque muchas veces no lo amemos a El-, preparara este nacimiento.
Nacimiento de Jesús en medio de la noche, en el silencio, en el olvido de tanta gente que sigue sumergida en sus cosas.
Esa noche Dios plasmó la profecía que señalaba a Belén, la más pequeña de las ciudades como la depositaria del nacimiento del Salvador.
En efecto a través del Emperador que llama a un censo, -instrumento divino- se concreta la presencia de María y José en esa ciudad.
Nada es casual sino que fue pensado por Dios desde toda la eternidad.
Ese Dios que se vale de las decisiones humanas, de las libertades humanas, para que se escriba su historia, historia de salvación.
Aún en los momentos más difíciles en que pareciera que Dios se ha olvidado de su pueblo, El está presente.
Porque más que olvidarse Él, es la humanidad la que relega permanentemente a Dios, y por ello no reconoce este don, este regalo de la venida del Salvador.
El Hijo de Dos nace en la pequeñez, en la humildad, mensaje éste que no es oportunista, ya que Dios no hace demagogia, sino que está asegurando que la única forma de entrar en el Reino, en el mundo de los elegidos, es hacerse pequeño.
No hay cosa que Dios rechace más como la soberbia, la autosuficiencia del hombre que cree que lo puede todo y que dispone de todos y de todo como quiere. El recibe a quien se hace pequeño como su Hijo.
Y así entra en la historia humana. Y por eso los pequeños, los más pequeños de ese momento, los pastores, son los que reciben el anuncio de la venida del Salvador: “Hoy en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor…..encontrarán al niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (cf. Lucas 2, 1-14).
José y María que no habían encontrado lugar para albergarse, reciben a los pastores y el calor de su cariño, de su afecto, de su fe.
En esta noche nace el Príncipe de la Paz, El que es la Luz del mundo, El que fuera profetizado por Isaías.
Desde esa noche la Luz del mundo que es Cristo está presente en el mundo.
Si el hombre quiere seguir viviendo en tinieblas es cosa suya, pero no responde a lo que Dios ha traído y ha venido a mostrar.
Afirma San Pablo (cf. Tito 2,11-14) que “ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres”.
El Hijo de Dios se abaja para elevar al hombre a la dignidad de hijo adoptivo de Dios.
Dios entra en la historia humana para hacernos partícipes de la vida divina.
Y aquí está la clave de la dignidad de todos los que vivimos en este mundo, que creados a imagen y semejanza de Dios, somos recreados con la venida del Salvador.
Esta idea de la filiación divina debería quedar clavada a fuego en nuestra mente y corazón ya que constituye el punto de referencia obligado para entender e iluminar toda nuestra vida.
Por eso San Pablo dirá que lo más coherente con ese hecho es que nos alejemos de la vida sin religión y de todo lo que nos denigra de esa vocación de hijos adoptivos de Dios, para entrar de lleno en la vida nueva que Dios ofrece.
Y ahí está la clave de por qué el ser humano cuando se sumerge en el pecado o en la lejanía de Dios, se siente frustrado, a no ser que endurecido en las tinieblas no perciba la luminosidad de Aquél que es la Luz.
La naturaleza humana clama interiormente, aunque no lo percibamos o no lo reconozcamos, por vivir como hijos adoptivos de Dios. Por eso es que cuando no se vive en esta realidad el corazón humano está siempre intranquilo, desasosegado, sin rumbo, no sabe qué le pasa, trata de aturdirse en la frivolidad, en el ruido de todos los días, en aquello que es pasatiempo, y su vida que no entra de lleno en Dios le resulta muchas veces insoportable.
Por eso San Pablo desestima para el cristiano todo lo que no sea una vida según Dios, y nos reclama el realizar el bien permanentemente.
Tanto percibimos el mal en nuestras vidas que creemos que está todo perdido o que nada podemos hacer para desecharlo.
Muchas veces vemos el triunfo del mal y nos desanimamos en lugar de combatirlo con el bien, o nos dejamos llevar por el mal que hacen los demás, creyendo que allí está el sentido de nuestra vida.
San Pablo nos alienta a seguir obrando el bien aunque pasemos muchas veces por tontos, “aguardando la dicha que esperamos”.
Si perseveramos en el seguimiento de Cristo, llegará el momento cuando El quiera, como El quiera y dónde El quiera manifestándonos su gloria.
Nuestra Patria en la actualidad camina también en las tinieblas que describe Isaías, porque como argentinos hemos abandonado a Dios aplaudiendo como eternos cancheros a los hacedores del mal o viviendo como cómplices indiferentes y silenciosos ante el progresivo deterioro de los valores que debieran revestirnos como hijos de Dios.
Sin embargo la fe nos enseña que un Niño nos ha nacido y que si le abrimos nuestro corazón para comprometernos con Él por ser el enviado del Padre, nos rescatará de toda impiedad para hacer de nosotros “un pueblo purificado, dedicado a las buenas obras” (Tito 2,14).
Cristo ha venido para iluminar nuestra historia y vida, confiemos en que pronto con nuestra cooperación, por las obras del bien, se hará de nuevo la Luz para nuestra Patria.
No sigamos en tinieblas sino entremos a vivir en serio la vida de los hijos de Dios, haciendo el bien, oponiéndonos al mal y a las obras del maligno.
Vayamos al encuentro de Cristo y reflexionemos en toda la enseñanza que nos deja el misterio de la Navidad. Seamos conscientes en que su aparente fragilidad y debilidad está nuestra fuerza.
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Padre Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de la Parroquia “San Juan Bautista” de la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz. Reflexiones en torno a los textos bíblicos de la Liturgia de la Nochebuena. 24 de Diciembre de 2008.
ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com; www.nuevoencuentro.com.
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