21 de septiembre de 2026

"Los pensamientos de ustedes no son los míos, ni los caminos de ustedes son los míos", dice el Señor (Isaìas 55,6-9)

En los textos bíblicos que iluminan la liturgia de este domingo encontramos fundamentalmente la presencia de Dios nuestro Señor, y lo que significa la unión con Él. 
En efecto, se manifiesta  su actitud  para con los hombres,  señalando por medio del profeta Isaías (55,6-9) que "Los pensamientos de ustedes no son los míos, ni los caminos de ustedes son los míos"
Eso nos hace ver, de entrada, que el lugar de Dios debe ser visto de otra manera, no según la mirada humana, no de acuerdo a lo que nosotros creemos que debe ser, sino tratando de entrar en la óptica, en el pensamiento del Señor, conociendo que se mueve teniendo en cuenta otras realidades.
En la primera lectura aparece la figura de un Dios que espera, por lo que el profeta dirá a los que regresan del destierro de Babilonia, "¡Busquen al Señor, mientras se deja encontrar, llámenlo mientras está cerca!" y aconseja al malvado que se convierta, que cambie de vida, que comience una existencia nueva para pertenecer nuevamente al pueblo de los elegidos. 
Y es allí, cuando el profeta pone en boca de Dios, que mis pensamientos y caminos no son los de ustedes. 
En el texto de san Pablo escribiendo a los filipenses desde la cárcel (1,20-24.27), el apóstol tiene bien en claro que Cristo ha de ser quien colme todas sus expectativas, y así "Sea que viva, sea que muera, Cristo será glorificado en mi cuerpo. Porque para mí la vida es Cristo, y la muerte,  una ganancia"
¿Por qué la muerte es una ganancia? porque espera fervientemente ir al encuentro de Dios en la gloria eterna. Porque tanto en la vida como en la muerte, él siente  que pertenece al Señor, no sabe cuándo será el momento de la muerte, pero espera  la misma para estar con Dios.
Pero hace una salvedad, que si su presencia todavía en este mundo, en este cuerpo, es útil para la causa del evangelio, entonces elije seguir en este mundo, con todo lo que eso significa, las penas, las persecuciones, los sufrimientos. 
Para el apóstol no hay nada más importante que vivir para Cristo y atraer a todos los que pueda a su encuentro. 
En el texto del evangelio (Mt. 20,1-16), Jesús  muestra una manera de obrar de Dios que descoloca a todos,  por lo que  podemos repetir lo del profeta Isaías: mis pensamientos y mis caminos no son los de ustedes. 
¿Y cuáles son los pensamientos de Dios? Premiar a todos los que trabajan en la viña con la misma recompensa, el denario que implica aquí el reino de los cielos, de manera que tanto el que trabaja en la viña del Señor,  en la iglesia católica, desde el comienzo de su existencia, como más tarde, están llamados a tener el mismo premio, porque acá justamente se resalta no la mala voluntad de los operarios, que no querían ir a la viña, sino que nadie los ha contratado.
Sucede que mucha gente recibe el mensaje de Cristo o se entera quién es Jesús o comprende el evangelio, no en medio de una familia que lo ha formado, lo ha catequizado, sino a los ponchazos. Y entonces, Dios ha llamado a algunos al comienzo de su vida, a otros a media mañana, a otros a mediodía, a otros a la siesta o al atardecer de su existencia. 
Cada persona ha tenido un momento totalmente distinto en que Dios la llamaba, ¡Cuánta gente, por ejemplo, se bautiza de adulto porque  antes no habían conocido al Señor!
Sin embargo, ese que se bautizó de adulto porque conoció tarde a Jesús, tiene el mismo premio que Dios ha prometido al que nació y fue bautizado enseguida, por ejemplo. 
Lo importante es decidirse a trabajar en la viña, en el campo del Señor, y alegrarnos cuando cualquier persona, aunque  tarde en el recorrido de la vida, conoce a Dios y se le entrega. 
No podemos tener envidia porque a Jesús crucificado se le ocurre, decirle al ladrón bueno, "hoy estarás conmigo en el paraíso", siendo de los últimos en responder al Señor.
Respondió justamente ahí, mientras estaba crucificado, entendió que él era culpable que merecía el castigo recibido, pero se quedó anonadado por el hecho de que un inocente estuviera allí clavado en la cruz, y entendió, seguramente con la gracia, el misterio de la salvación, por eso le dirá a Jesús, acuérdate de mí cuando estés en tu reino. 
No le dice, llévame al cielo, le está diciendo, ten piedad de mí, acuérdate de mí,  y Jesús, que es el propietario que distribuye sus bienes como le parece, le responde, "hoy estarás conmigo en el paraíso" lo cual  habla, una vez más, de la gratuidad de los dones divinos.
Dios no nos debe nada, tampoco podemos exigirle nada. Todo es regalo, todo es don. Desde que nacemos hasta que morimos, los bienes celestiales, los bienes divinos son inmerecidos. Dios los otorga bondadosamente para que nosotros podamos llegar a la meta. 
Pidamos, entonces, no perder nunca de vista que hemos sido llamados para vivir con el Señor, por eso, mantener presente el deseo de san Pablo,  querer llegar a la muerte del  cuerpo para encontrarme definitivamente con Èl.

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía  en el domingo XXV del tiempo litúrgico durante el año.  Ciclo A. 20 de septiembre de 2026

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