6 de julio de 2008

La presencia del Espíritu Santo en nuestras vidas (Hechos 2,1-11; Jn.20, 19-23)


En la primera oración de la liturgia de hoy, pedíamos al Señor que no deje de realizar en el corazón de sus fieles las maravillas que realizó en el comienzo de la predicación evangélica.

Refería al don del Espíritu Santo, tercera persona de la Santísima Trinidad, el amor entre el Padre y el Hijo que constituye una persona divina.

Amor del Padre y del Hijo que se derrama en nuestros corazones el día de Pentecostés.

Pedimos entonces a Dios que se plasme hoy lo que aconteció cincuenta días después de la Pascua sobre los apóstoles y la Virgen.

En el libro de los Hechos de los Apóstoles San Lucas nos muestra cómo fue ese día de Pentecostés.

Se encontraban en Jerusalén judíos de la diáspora, es decir los que no vivían en la Judea sino que habitaban en distintos países, fuera de su patria.

Se habían congregado en Jerusalén para celebrar la fiesta de Pentecostés, fiesta judía que recordaba la alianza del Sinaí cuando Dios entrega a Moisés las tablas de la ley, realizando la alianza primera.

De manera que el Señor cuando elige enviar a su Espíritu lo hace con la expresa intención de mostrar cómo con la venida de Jesús el Hijo de Dios entre nosotros, comienza una nueva realidad, una nueva vida, como queriendo decir ya queda atrás la fiesta de Pentecostés judía, la alianza del Sinaí para dar lugar a una nueva alianza, un nuevo pacto de amor sellado por la muerte y resurrección de Cristo y plenificado con la venida del Espíritu Santo.

Nos dice el texto bíblico que los judíos de la diáspora comprenden -a pesar de la diversidad de idiomas-, la manifestación del Espíritu.

Anoche en la vigilia de pentecostés proclamábamos el texto de la confusión de lenguas -con ocasión de la construcción de la torre de Babel-. Este texto bíblico significa la confusión que trae al mundo el pecado.

Pero así como el pecado del hombre no trae más que confusión y división, el don del espíritu aporta unión, comunión de los fieles.

De allí esta revelación tan particular de que todos escuchaban hablar a los discípulos en sus propias lenguas, entendían perfectamente lo que se le estaba manifestando.

Es que el Espíritu Santo viene a unir todos los corazones, más allá de la diversidad de lengua, de culturas, de sociedades, para constituir un único pueblo, una única familia, una única comunidad bajo el cayado de un único Pastor que es Jesucristo.

Este don del Espíritu es enviado como un signo de la presencia de Dios entre nosotros.

En estos últimos días escuchamos cómo Jesús se va despidiendo de sus discípulos y les dice: “dentro de poco no me veréis, dentro de otro poco me volveréis a ver. Vuelvo al Padre a prepararles un lugar pero pronto me verán. Yo estaré con Uds. hasta el fin de los tiempos”.

Es que la presencia del Señor entre nosotros -como recordaba el domingo pasado-, se realiza a través de su palabra, se hace realidad cuando dos o tres están reunidos en su nombre, o a través de la Eucaristía, pero también está presente a través del Espíritu del Padre y del Hijo que viene a completar la obra de Jesús.

Por eso es que el Espíritu viene a transformarnos, y por eso hemos de pedir como en la primera oración, que se realice en nosotros lo que aconteció en los comienzos de la predicación evangélica.

Allí los discípulos estaban temerosos de los judíos, no terminaban de entender las enseñanzas de Cristo.

Pues bien el Espíritu Santo ilumina las mentes de los apóstoles de tal manera que comprenden en plenitud lo que Jesús les había enseñando.

No entendían muchas cosas porque miraban la vida de Cristo y su predicación, atados a lo mundano y tardos para entrar en la vida nueva que el Señor les ofrecía, la del amor a Dios y a los hombres.

Por ello tantas veces simbolizamos la presencia del Espíritu con el fuego, que significa el ardor del amor del Señor presente en corazón de los fieles.

Este amor es necesario ya que no es suficiente iluminar las inteligencias para comprender el mensaje evangélico, sino que es primordial la fuerza del amor para que el evangelio transforme nuestras vidas y pueda llegar al mayor número posible de personas.

De allí se entiende que Jesús nos diga -como lo acabamos de proclamar en el evangelio-: “como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes. Comienza con el don del Espíritu Santo el tiempo de la Iglesia, el tiempo de la misión.

Este es un mensaje que interpela al corazón de cada uno, a todos nos convoca a la misión.

El cristiano que se conforma con ser más o menos bueno, participar de la misa, confesar cada tanto, comulgar, alguna oración por allí pero que no entra de lleno en la misión de la Iglesia no ha entendido lo que es ser cristiano y no hace eficaz el don recibido de lo alto.

Además, nos dice el texto del evangelio que Jesús soplando sobre los apóstoles proclama: “reciban el Espíritu Santo, los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”. Este texto nos indica que el Espíritu Santo es el amor de Dios bajo el signo de la misericordia, ya que solamente Dios puede ser misericordioso en plenitud. Misericordia que significa tener el corazón cerca de las nuestras miserias.

Todos conocemos nuestros límites, pecados, y oscuridades, pero también nuestras luces.

Y todos precisamos del don de la misericordia, que Dios se acerque con su corazón a nuestras miserias, que venga a transformar nuestra vida.

Por eso en la secuencia que recién escuchábamos, se va desgranando la acción del Espíritu en el corazón del cristiano: lava nuestras manchas, riega nuestra aridez, sana nuestras heridas.

¡Cuántas veces hay en nuestro corazón heridas por la angustia, el dolor, el sufrimiento, el desengaño, el desaliento!

Suaviza nuestra dureza, elimina con su calor nuestra frialdad, corrige nuestros desvíos.

¡Qué hermosa esta acción del Espíritu sobre nuestro corazón!: suaviza nuestras durezas.

Hoy en día nos encontramos con un mundo que es duro, el mundo de las prepotencias, del grito, de la eliminación del otro ya sea por el odio o por cualquier tipo de ofensa.

Elimina con tu calor nuestra frialdad. ¡Cuántas veces el corazón del hombre está frío! Frío ante las necesidades de los demás que muchas veces es efecto de una insensibilidad mucho mas profunda, el desamor de la ausencia de Dios en nuestro corazón.

Cuando Dios no está presente el corazón del hombre, este se vuelve frío, nada le impresiona o le impacta, porque le falta esa actitud de receptividad del amor de Dios, de la misericordia de Dios.

Por eso es necesario pedir con mucha fuerza: concede a tus fieles que confían en ti los siete dones sagrados.

Dones que van a completar la obra del Señor en nuestro corazón.

Obras que comienzan con las virtudes teologales, se prolongan con las virtudes cardinales y con el espíritu de las bienaventuranzas.

Y así el hombre comienza actuar al modo divino. No solamente al modo humano iluminado por Dios, sino al modo divino. De allí que es tan importante la presencia de los siete dones.

Seguimos rezando que el espíritu premia nuestra virtud, salva nuestras almas, nos da la eterna alegría.

Ante un mundo que se encuentra en la tristeza, ir al encuentro del don del Espíritu, para alcanzar la alegría del encuentro personal con el Señor.

Quisiera –para terminar- hacer una reflexión a cerca de lo dicho por el Señor: “como el Padre me envió a mí yo también los envío a ustedes”.

Pues bien los sacerdotes como todos los bautizados somos enviados por el Señor, enviados a predicar como Cristo profeta que lleva la palabra del Padre, a prolongar en el tiempo a Cristo sacerdote, a dispensar los misterios, a mostrar la intimidad de Dios y de Cristo pastor llevando a todos al encuentro del Padre.

Hoy decía en las distintas misas, que el Espíritu Santo nos envía a los sacerdotes, creando en nuestro interior la actitud de la disponibilidad.

Por medio de nuestro obispo nos muestra la voluntad del Padre.

La disponibilidad de corazón implica para el sacerdote estar en un continuo éxodo, ya que la vida de todo bautizado es un éxodo.

Así como el pueblo salió de Egipto, de la esclavitud, para ir al encuentro de la tierra prometida, el cristiano tiene que realizar su éxodo particular que consiste en salir de las esclavitudes que lo puedan atar a lo mundano, para recorrer la senda que el Señor vaya mostrando orientada a la tierra prometida.

Mi próxima partida implica una situación especial en la comunidad, ya que también el sacerdote va creando lazos, afectos.

Con todo, siempre ha de estar presente el hecho de que Cristo nos envía, y que todos debemos estar unidos a Cristo el buen Pastor.

Los sacerdotes no somos más que instrumentos puestos por el Señor en un determinado momento y en una particular comunidad para llevar su mensaje, y la unión de los feligreses ha de concretarse con Cristo.

Esto hace que aunque cambie el pastor sigamos viviendo en familia, en comunidad, dispuestos a llevar a los demás hermanos el mensaje de salvación.

Por eso agradeciendo todo lo que he recibido de ustedes en estos seis años y cinco meses, pido especialmente oraciones para que llegue a mi nueva comunidad de San Juan Bautista con la misma alegría y entusiasmo con que vine aquí, a pesar de mis limitaciones y pecados, tratando de llevar siempre el mensaje de salvación.

Estemos siempre en comunión de oraciones para que el Espíritu vaya guiando nuestros pasos y nos haga dóciles para vivir a fondo la fe recibida en el bautismo, iluminados por el Espíritu de la verdad y fortalecidos por el Espíritu del amor.

Padre Ricardo B. Mazza. Director del CEPS “Santo Tomás Moro”.

Fiesta de Pentecostés, 11 de Mayo de 2008. Homilía en la Misa de despedida de la Parroquia Nuestra Señora de Lourdes, Santa Fe de la Vera Cruz.

ribamazza@gmail.com. http://ricardomazza.blogspot.com.

18 de junio de 2008

Carta a Nicolás Maquiavelo (IV)


(El Príncipe, sus ministros y los aduladores)

Nicolás:

Hace bastante tiempo que no te escribo. En realidad mi última carta data del cinco de marzo de dos mil siete. Te tenía un poco abandonado porque las ocupaciones y problemas que tenemos los mortales en ésta época, son cada vez mayores.

Pero no creas que he dejado de leerte, especialmente en tu obra “El príncipe”, ya que en ella se encuentran posturas tuyas que han sido copiadas en el transcurso del tiempo con resultados más o menos diversos, como te decía en mis tres cartas anteriores.

Como te exponía en ellas, no puedo compartir tu concepción de la política en la que llegas a legitimar lo innoble con tal de mantener el poder.

Pero debo reconocer que asumes afirmaciones muy interesantes que no siempre son tenidas en cuenta por quienes se encuentran en la cresta del poder político.

Y así, siguiendo tu pensamiento, las voces profundas de una Nación son las que deben ser escuchadas y no la de aquellos que estando lejos del pueblo llevan al gobernante al desvarío, ya que “el señor que no sea prudente y cuente con varios consejeros, no tendrá consejos convergentes, pues cada uno le dará el suyo, pensando en el propio bien particular”. (1)

Es notable la “visión” peculiar que tienes cuando te refieres a la elección de los ministros del poder político ya que éstos “son buenos o malos, según la prudencia del príncipe. La primera conjetura que se hace de la inteligencia de un señor se funda en los hombres que le rodean; si son capaces y fieles, puede considerársele prudente, porque ha sabido conocerlos bien yconservarlos leales. Pero de no ser así, el juicio acerca del príncipe no puede ser positivo porque su primer error consiste en esa elección”. (2)

Afirmas Nicolás que cuando el ministro piensa más en ser fiel a sí mismo que a su señor, no es digno de fiar, ya que éste debe pensar siempre en su señor, y el gobernante para mantenerlo fiel “debe pensar en su ministro, honrándolo, enriqueciéndolo, obligándolo, concediéndole honores y encargos para que comprenda que no puede vivir sin él y que los muchos honores no le hagan desear más, las demasiadas riquezas no le induzcan a aumentarlas, los abundantes encargos no le lleven a temer cambios de gobierno” (3).

Es notable la similitud que encuentro entre lo que describes -por la experiencia nacida de tu observación continua- del modo de gobernar de tu época, con lo que acontece en la actualidad.

En realidad estás diciendo que el poder marea a todos, de tal manera que aún siendo alguien un funcionario “funcional” al Príncipe, no deja de pensar en sí mismo usufructuando la “función” para el enriquecimiento propio, mientras que su “señor” lo “controla” dándole oportunidades que les hace adquirir pingües ganancias.

Como te imaginas, este modo de “vivir” de la política, por más que se lo considere un hecho habitual, es ciertamente inicuo, ya que se pierde el verdadero sentido de la misión que deben cumplir los “Príncipes” o gobernantes y sus colaboradores más estrechos.

Desde la perspectiva de la fe cristiana, y aún sin ella, con sólo un sentido de honestidad particular, el que conduce o dice conducir el poder político y sus funcionarios, han de pensar siempre en el servicio que deben prestar al pueblo al cual sirven, porque de él han recibido en última instancia la facultad para desempeñar sus funciones.

Y así, por ejemplo, si preguntáramos a los ciudadanos de una nación si autorizan al gobernante o a sus funcionarios a enriquecerse a costilla suya, encontraríamos una respuesta totalmente negativa, ya que se deben a su servicio y no a servirse de ellos.

Con idéntica oposición de la comunidad se toparían respecto a la utilización de los fondos que son de todos para mantener el poder a toda costa.

Podrá quizás alguno en el ejercicio de sus funciones interrogarse, ¿por qué no puedo disponer de los bienes de todos según me plazca si me han elegido para ejercer el poder?

La contestación no se haría esperar: justamente porque fuiste elegido para gobernar debes cuidar de lo que es patrimonio de los ciudadanos para administrarlo y distribuirlo según las necesidades de cada uno, de manera que a nadie le falte lo necesario para su desarrollo armónico como persona.

El que gobierna no es dueño de lo ajeno sino sólo administrador, atento a que el único dueño absoluto de todo es el mismo Creador, el cual nos da los bienes de la tierra para la administración recta según los principios de la justicia distributiva que sale en auxilio de la comunidad otorgando lo común según las diferentes necesidades, y premiando los esfuerzos del ciudadano honesto según sus aportes a la comunidad toda.

De allí se desprende que los bienes comunes no pueden ser utilizados para ganar adeptos, fieles más al dinero que a la verdad, o a mantenerlos incondicionales para que sostengan políticas de Estado erráticas o favorables a unos pocos.

Debo reconocer que aciertas cuando afirmas que “corre a su ruina el príncipe que lo ha fundado todo en las palabras de los suyos, si no tiene otros agarraderos. Porque las amistades que se compran con dinero y no con nobleza y grandeza de ánimo, se adquieren, pero no se poseen; y uno no puede apelar a ellas cuando los tiempos son contrarios”. (4)

En fin, Nicolás, son muchas las reflexiones que me suscitan tu peculiar escrito sobre el “modelo” de gobernante, pero no puedo expresarlas todas juntas ya que tú mismo te sentirías cansado de las interpretaciones que provocas.

Por otra parte no quiero que te engrías pensando que estoy de acuerdo en todo lo que afirmas, sino que en lo que comparto contigo lo hago porque veo que muchas cosas se cumplen en cada época histórica, ya que siempre hay quienes están dispuestos a imitar lo malo y pocos son los que buscan una gestión política al servicio del bien común.

Lamentablemente “la nueva moral” que inspiraste para la política tiene hoy un sinnúmero de seguidores.

Te escribiré otra carta próximamente, si me aguantas, para reflexionar sobre la relación del Príncipe y el pueblo, atento a las jugosas descripciones que realizas.

Con mi segura oración,

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(1)(Nicolás Maquiavelo, “El Príncipe”, cap. 23 pág.112.Biblioteca La Nación. Editorial Planeta 1992).

(2)(Cap. 22, pág.108).

(3)(pág. 109).

(4)(pág.78).

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Padre Ricardo Mazza, Director del CEPS “Santo Tomás Moro”

Santa Fe, 16 de Junio de 2008.

5 de junio de 2008

La protesta de la Argentina profunda


Las vivencias experimentadas en los últimos meses por todos los argentinos, nos llevan a reflexionar largamente sobre lo que subyace en “la Argentina profunda” –tal como llamaba a nuestra Patria el difunto Mons Vicente Zazpe, quien fuera arzobispo de Santa Fe-.

En la cresta de la discusión pareciera que todo se resume en el tema de las retenciones, como si fuera sólo esto lo que ha elevado la tensión de los ánimos ciudadanos.

Sin embargo, por lo que percibimos en los últimos tiempos, se va haciendo más claro que está naciendo una nueva Argentina, o mejor dicho, está haciendo eclosión lo que tan largamente estaba oculto en las entrañas de nuestra Patria.

El grito más común es el de lograr en serio un país federal, tal como nació en sus orígenes.

Motivos sobran para clamar por el federalismo, habida cuenta del centralismo unitario feroz que vivimos desde hace ya tiempo.

El acto de Rosario el pasado 25 de mayo fue un volver a revivir aquello de que “el pueblo quiere saber de qué se trata” porque se siente protagonista y responsable del suelo Patrio.

Una multitud de alrededor de 300.000 almas, congregadas sin el incentivo dinerario, o comida y viaje pagos, dejaron ver a las claras cuál es su aspiración más profunda.

“Queremos ser Nación”, podría sintetizarse el grito entusiasta de la multitud –en gran parte jóvenes que luchan por su futuro- que hacía sentir la esperanza de una comunidad nacional diferente.

Es que el pueblo, que ya dejó de ser convidado de piedra, no quiere más que se lo mire como la “gilada” que cual muñequito de torta sólo está de adorno en la República mientras un grupúsculo maneja todo, y aspira a ser de veras protagonista en la valoración y administración de la Res-Pública, es decir de la cosa pública.

Por doquier el hartazgo se hace oír: los representados quieren que sus representantes elegidos por el voto popular miren a sus electores y no vivan complaciendo al poder “unitario “central.

El pueblo requiere así a los legisladores obsecuentes, -gracias a Dios no son todos iguales- que no renuncien a sus atribuciones legislativas, lamentablemente ya delegadas al poder central, y procuren el bien de los ciudadanos.

Los gobernadores, -no todos por cierto- son interpelados para que dejen de vivir de acuerdo a los vaivenes y sometimientos de la “caja” y se inquieten por las necesidades de los ciudadanos que les han permitido acceder al poder.

El ciudadano común ya está pipón de tanta mentira generalizada, no soporta que sus impuestos sean graciosamente repartidos en las milicias populares o en proyectos faraónicos como el tren bala, o se diluyan en entidades fantasmas que sólo recogen los dineros de todos para sus proyectos complacientes con la ideología de turno.

La corrupción sería tal en los altos estrados del Estado, que hasta los medios de difusión, -los libres por lo menos- describen crudamente lo que es tema de discusión entre los ciudadanos.

La utilización con total desparpajo para cuestiones personales sin que se va algún atisbo de vergüenza de lo que es de todos, ya sean aviones, vehículos, o propiedades del Estado según se va conociendo, provoca cada vez más indignada respuesta de los ciudadanos.

La familia, pilar de la sociedad, es mirada ya como una antigualla, para proclamarse en cambio desde la cima de quienes debieran velar por su crecimiento, modelos “ensamblados” precursores de “nuevas familias” ajenas a la voluntad del Creador.

El aborto ya se encuentra institucionalizado a través de una guía oficial que regula la eliminación de los no nacidos, hollando lo establecido en la Constitución para dar vigencia a una interpretación ideológica de lo que tolera el Código Penal Argentino al no penalizar lo que sigue siendo un delito, en determinados y precisas situaciones.

La actuación de cierta justicia sometida que se hace la distraída ante determinadas incursiones piqueteras, fustiga mientras tanto otras actuales manifestaciones pueblerinas, dejando bien en claro que su sujeción al poder político le lleva a distinguir con precisión entre los hijos y entenados, haciendo caso omiso a la proverbial afirmación de que todos somos iguales ante la ley.

El gobierno, a tono con lo que descubriera el neurólogo ruso Iván Pávlov, reacciona cual reflejo condicionado apostando más duramente ante cada pedido hecho por quienes aspiran a un país diferente.

Los obsecuentes y mercenarios de siempre, ante el temor de perder sus pingües ganancias, salen mientras tanto a defender lo indefendible con el “fantasma” del golpe institucional.

Las consecuencias del conflicto campo-gobierno ya están a la vista, perjudicando gravemente al mundo del comercio y de la industria, y de todos los que de alguna manera dependen del campo para subsistir.

Pero es tan grave el problema visualizado en la actualidad, que aún perjudicados por la inactividad del campo, se unen al reclamo que ya se va haciendo generalizado.

Ciertas líneas de partidos políticos, traicionando la propia identidad que les viene desde lejos, se confunden en un modelo político único, convencidos quizás que sólo así podrán subsistir, sin tener en cuenta que sólo recibirán el desprecio de los ciudadanos.

Quién piense distinto debe cerrar su boca, bajo la amenaza de recibir la admonición dirigida ya al lenguaraz latinoamericano, “¡¿por qué no te callas?!”

¿Es que no estamos en democracia? ¿No tenemos todo el derecho a opinar o hacer escuchar nuestro descontento? ¿O acaso tendremos que pedir permiso a nuestros “papás” políticos?

La pobreza va aumentando a diario el número de los comensales sin pan en la tierra del pan, llevando a la Iglesia a hacer suyo en la próxima colecta de Cáritas el lema que clama abiertamente diciendo “la desigualdad nos duele, recuperemos la capacidad de compartir”.

Y la desigualdad existe porque ya dejó de ser un compromiso permanente para el Estado la realización de la justicia distributiva, siendo suplantada por la justicia selectiva en beneficio de los que aplauden al poder de turno.

Vivimos tiempos difíciles, tiempos en que se necesita una gran fortaleza de ánimo para seguir adelante en la búsqueda fatigosa de una nueva Nación, compromiso que apunta al bicentenario del nacimiento de la Patria.

Todavía hay tiempo para reaccionar, para concretar un diálogo fecundo en el que deponiendo toda prepotencia, venga de donde venga, y buscando siempre la verdad, se pueda construir un nuevo país, según la voluntad de Dios que nos interpela llamándonos a la honestidad de vida, a la nobleza de costumbres, a la primacía de la paz y la justicia y donde todos nos miremos como hermanos.

El texto evangélico (Mateo 7, 21-27) de la liturgia dominical del pasado primero de junio nos deja las palabras del Señor, tan oportunas para nuestro tiempo, que señalan la necesidad de construir la Nación sobre la roca de las obras buenas prolongación de la fe en el Cristo Salvador que nutrió la matriz de nuestra nacionalidad.

Si la Argentina continúa en cambio por el camino de la anarquía, de la violencia, de la inseguridad, de la corrupción y de la sin razón, será una realidad el derrumbe del tejido social que nos diluirá como Nación.

Y así, no basta con clamar “Señor, Señor…….somos creyentes” para salvarnos del derrumbe, sino mostrar con creces nuestra voluntad de convertirnos en hombres nuevos, servidores de un único Señor.

Santa Fe de la Vera Cruz, Junio 4 de 2008.

Padre Ricardo B. Mazza, Director del CEPS “Santo Tomás Moro” y del Grupo Pro-Vida “Juan Pablo II”. Cura Párroco de la Pquia “San Juan Bautista” de la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz.

ribamazza@gmail.com. http://ricardomazza.blogspot.com

3 de mayo de 2008

Los “del mundo” no pueden recibir el Espíritu del Señor

“Jesús no promete dicho Espíritu a todo el mundo como si su venida fuera al voleo, sino a aquellos que están dispuestos a recibir el espíritu de la verdad”.

1.-Transformados en Cristo para manifestarlo.

En la primera oración de esta misa pedíamos al Padre del Cielo que nos conceda en medio de la alegría Pascual, la gracia de ser transformados en lo que celebramos y manifestarlo en nuestras obras.

Y así imploramos el encarnar en nuestras vidas el hecho de la transformación de nuestro ser y la proyección en el obrar. Esto tiene una lógica especial según aquello de que “el obrar sigue al ser”.

Este ser de cristiano se va configurando en el misterio de la Pascua, del paso de la muerte a la vida.

De esta manera el cristiano se recrea en la medida que va muriendo a aquello que no es Cristo y asume el espíritu del Señor.

Jesús nos deja una serie de enseñanzas en la última Cena que sirven para ver por dónde pasa esta transformación interior y su manifestación en las obras.

Dice Jesús: “si ustedes me aman cumplirán mis mandamientos”. No hay otra forma de mostrar el amor al Señor que no sea el
de vivir los mandamientos. No mirados estos como una carga sino como una ayuda al corazón del hombre debilitado por el pecado para mantenerse siempre en este camino que es el mismo Jesús. Como reflexionábamos el domingo pasado, es necesario permanecer en la verdad porque el que vive en el amor del Señor vive en la verdad y tiene la vida.

Jesús entonces confiando en que sus apóstoles vivirán este ideal, les promete que estará siempre con ellos, con la Iglesia entera, es decir con la comunión de los bautizados que son fieles al Señor.

Para realizar esto promete el Espíritu de la verdad.


2.-La promesa del Espíritu para los seguidores de Cristo

Jesús no promete dicho Espíritu a todo el mundo como si su venida fuera al voleo, caiga donde caiga, sino a aquellos que están dispuestos a recibir el espíritu de la verdad.

Y el mismo Jesús señala la separación que existe en la sociedad entre los que lo siguen a Él y aquellos que le dan la espalda.

A estos últimos los identifica pertenecientes al mundo y que no pueden recibir al Espíritu “porque no lo ven ni lo conocen”.

El “mundo” hace referencia a todo lo que no es Dios.

Los que no asumen el seguimiento de Cristo pertenecen “al mundo” que se rige no por el Espíritu de la Verdad sino por el espíritu de la mentira.

De hecho hoy en día en la sociedad podemos palpar a este espíritu de la mentira, a su “padre,” que es el demonio.

Y así poco a poco, la sociedad encarna en sí misma el vivir la mentira no como algo extraño a la persona, sino como algo habitual.

Y así nos acostumbramos a la mentira en el modo de medir la inflación, bajo la forma de si hay trabajo o no lo hay, cuando se acusa a las personas de cosas inexistentes, en el disfraz de llamar a la inseguridad “sensación”, cuando se proclama la distribución de la riqueza que nunca llega a los pobres, la corrupción como modelo de vida, la mentira que rodea el manejo del poder bajo sus diversas formas, la falacia permanente en algunos medios de comunicación donde no se busca que la verdad resplandezca, sino más bien que sirva a otros intereses.

Por eso Jesús dice que el “mundo” así identificado no puede recibir su Espíritu ya que no lo ve, ni lo conoce.

En cambio revelará a los apóstoles”ustedes lo conocen”, partiendo del supuesto de que el bautizado vive en la verdad.

Por eso nosotros tenemos que preguntarnos si vivimos en el Espíritu de la verdad.

Y esto no solamente al hablar de la verdad religiosa o espiritual, a nuestra vida de relación con Dios, sino al considerar nuestro trato con los demás. Muchas veces se vive el espíritu de la mentira al fingir afectos que no existen, amistades que no son reales, respeto que no es tal. Muchas veces el cristiano cae en esa vivencia de la mentira, -encarnación del pecado- fingiendo aparente honestidad, o excluyendo del corazón a aquellos que son diferentes a nosotros.


3.-Volver a Cristo

Por eso es importante regresar a las fuentes, a Cristo Nuestro Señor.

A El que nos ha dicho que es el camino, la verdad, la vida, o “yo soy la luz del mundo”. Es Él quien nos muestra el sendero recto para el bautizado.

La separación entre Cristo y el mundo que lo rechaza es tal, que dice: “el mundo ya no me verá pero ustedes si me verán”.

Ó sea, sí lo verán los creyentes, pero no el mundo que lo ignora completamente, porque no entra en sus planes mundanos, en sus categorías relativistas de Verdad o de Moral.

Cristo es incluso molesto para la sociedad en la que estamos insertos. Por eso dice a los apóstoles y creyentes de veras “ustedes si me verán”.

Pero también lo veremos con esta presencia del Espíritu de verdad. Cristo promete vivir dentro del cristiano toda vez que lo amemos permanentemente siendo el signo más concreto el de la vivencia de los mandamientos, apuntando a las bienaventuranzas. Es decir no solamente los mandamientos que es lo mínimo, sino las bienaventuranzas que es lo máximo.

Este seguimiento de Cristo en el amor orienta al cristiano de un modo nuevo en su relación con el mundo.


4.-Las persecuciones del “mundo”

Hemos escuchado la primera lectura tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles cuando en medio de la persecución desatada contra el cristianismo en Jerusalén, Felipe va a predicar a una ciudad de Samaría. El contraste entre ambos escenarios es totalmente comprobable.

Es decir, por un lado se lo persigue al cristiano y por otro se difunde el mensaje del Señor a través de Felipe. Y la gente percibe las señales concretas de la presencia de Dios en los demás, como la huida de los espíritus impuros -ó sea del demonio- del cuerpo de los posesos y los invade aquella alegría que proviene del resucitado.

Es notable en la historia de la Iglesia advertir que cuando
ésta es perseguida cobra más fuerza como Cuerpo de Cristo y en cada uno de sus miembros. Porque es justamente la fuerza del mismo Cristo que modela el corazón del creyente.

Y refiere el texto de los Hechos de los Apóstoles que envían a Pedro y a Juan para confirmar la misión de Felipe.

O sea, como diciendo, “lo que está haciendo él es de Cristo, escúchenlo”, y coronan la obra de la predicación imponiendo las manos, entregando el don del Espíritu de la verdad a esta gente que ha abierto su corazón con alegría y espontáneamente al Cristo resucitado que se les ha predicado.

Como resultado de la predicación la comunidad crece en la verdad y se prepara para mantenerse firme en medio de la persecución y del odio de aquellos que no aceptan a Cristo resucitado.


5.-La respuesta del cristiano ante las persecuciones.

En efecto, en la primera carta de San Pedro, el apóstol parte del hecho del cristiano que es rechazado y perseguido, para dar unas normas concretas de comportamiento.

¿Qué es lo que hace el cristiano en medio del agravio, del insulto? la tendencia es de reaccionar de mala forma, contestar con gritos, ultrajes o bramidos, de una manera agresiva.

¿Qué enseña Pedro? “Glorifiquen siempre en sus corazones a Cristo el Señor, estén siempre dispuestos a defenderse de aquellos que les pidan razón de la esperanza que ustedes tienen”, pero “háganlo con suavidad y respeto y con tranquilidad de conciencia”. De hecho leyendo las actas de los primeros mártires de la Iglesia que relatan cómo mueren los cristianos, -por ejemplo un San Ignacio de Antioquía- se detalla cómo delante de los tribunales que los condenan injustamente responden con tranquilidad, seguridad y verdad sin temor alguno.

Nunca se lee en las actas que existan agresiones o gritos de defensa, sino que conscientes del honor de encarnar en su vida la pasión y muerte de Cristo, -y que el juicio “está armado para condenarlos”- responden apoyados en la fuerza que les da Cristo.

A los jueces no les interesa discernir si constituye delito la fe que profesan, sino que directamente –prejuzgados- los van a condenar. Los cristianos a pesar de ello, responden siempre defendiendo la verdad en la que creen y por la que están dispuestos a dar la vida. Y van a la muerte animados por el Espíritu de la Verdad.

Por eso dice el apóstol Pedro, “ustedes deben comportarse como servidores de Cristo”.

Aquellos que los difaman a ustedes se van a avergonzar cuando vean que viven el espíritu cristiano, el espíritu del Señor.

Y tiene una frase que ya hemos escuchado anteriormente, “es preferible sufrir haciendo el bien si ésta es la voluntad de Dios, que haciendo el mal”.

Y ¿cuál es la razón que esgrime Pedro?: que Cristo que era el Justo padeció por los pecados de todos y así se presentó delante del Padre.

Queridos hermanos, este mismo Cristo justo que muere por los injustos es el que nos anima para que en medio de las vicisitudes y de los problemas de la vida, podamos vivir siempre en el Espíritu de Cristo.

Y así caminando en el Señor, damos ejemplo a otros para que se encaminen a Cristo y por El, llegar al Padre.

Pidamos al Señor esta gracia, y Él seguramente nos la concederá abundantemente.

Homilía del Sexto Domingo de Pascua, ciclo “A” (textos bíblicos: hechos 8,5-8.14-17; 1 Pedro 3,15-18; Juan 14,15-21). 27 de Abril de 2008.

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Padre Ricardo B. Mazza.

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30 de abril de 2008

El sentido del trabajo en el hombre, criatura de Dios .

1. La realidad “creatural” dignificante del hombre

Leyendo y reflexionando la Palabra de Dios encontramos el sentido pleno de nuestra vida humana.

Dentro de este sentido de nuestra vida hallamos las distintas características que nos identifica como seres humanos, criaturas racionales, que en el hecho de la creación libre que Dios hace de nosotros se vislumbra la dignidad con la que hemos sido revestidos.

El libro del Génesis nos presenta la voluntad de Dios que dice en el origen de lo creatural: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza” (Gén. 1,26).

De entrada se enseña que el hombre es el único que comparte desde su misterio, el Misterio de Dios.

Grandeza del hombre que hace exclamar al salmista: “Al ver el cielo, obra de tus manos, la luna y las estrellas que has creado: ¿qué es el hombre para que pienses en él, el ser humano, para que lo cuides?” (Salmo 8, vv. 4 y 5). Es que el ser humano resplandece en su existencia como aquel que tiene sentido por sí, “vocado” a la comunión con Dios.

El ser “vocado”, esto es, llamado a la existencia plena, relaciona al hombre directamente con su Creador. Y para que cumpla con su peculiar llamado, Dios crea a las demás criaturas que pueblan la tierra.

Es el hombre “el grande “entre los pequeños. Tal grandeza hace que el hombre haya sido creado un “poco inferior a los ángeles”, que haya sido coronado de “gloria y esplendor”, que se le haya dado “dominio sobre la obra de tus manos (las de Dios)” y que todo haya sido puesto bajo sus pies. (cf. salmo 8, 6 y 7).

El Génesis respira entonces un clima de grandeza humana que nace de la Grandeza de su Creador.

De allí que el hombre pueda realizarse sólo en la comunión con Dios, reconociendo su dependencia creatural con El y manteniendo el señorío -servicio que Dios le ha otorgado.

De hecho el mundo actual que se ha olvidado de Dios, o por lo menos lo mira con indiferencia, presenta muchas veces una realidad humana insatisfecha, cerrada en sí misma, y por lo tanto dispersa en la desorientación.

Y esto porque al no reconocer a su Creador, se minimiza como criatura. No está la grandeza del hombre en querer “ser como Dios,”sino en asumirse plenamente como criatura, llamado a la comunión con el que le dio el ser y lo destinó a la perfección.

2. El señorío del hombre en dar la vida

Sigue diciendo el Génesis (1,28) acerca del varón y de la mujer que creó Dios: “sed fecundos, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla”.

Fecundidad no sólo en transmitir la vida, vocación humana a pro-crear con Dios nuevas e incontables imágenes y semejanzas suyas, sino fecundidad en hacer producir la tierra según el plan de Dios.

Se despliega así el señorío del hombre sobre todo lo creado, no para abusar de la naturaleza y esclavizarse a ella, sino para descubrir su insondable riqueza y capacidad para expresar la infinita bondad del Creador.

Ser Señor de lo creado es continuar la obra del Creador en el despliegue de su infinita riqueza.

Ser Señor de lo creado es descubrir que todos los bienes son del y para el hombre, y que el hombre no es más que administrador sabio que reparte a cada hermano lo que necesita para crecer como imagen de Dios.

En su señorío sobre lo creado, el hombre sirve a lo creatural permitiendo con su inteligencia y voluntad que aquello que no es él, aparezca claramente en su diferenciación como “vestigio” de Dios que sirve al que es “imagen de Dios”.

De esa manera, el hombre se dirige permanentemente a la verdad con su inteligencia, y al bien con su voluntad.

Y es esta apertura a la verdad y al bien lo que lo hace realmente libre de toda atadura de lo creatural.

Justamente esta carencia de orientación a la verdad y al bien, es lo que conduce en la actualidad, a que el hombre esté “alienado” en las cosas, subordinado a ellas, perdiendo así su señorío de imagen y semejanza.

Pero el hombre manifiesta también su Señorío cuando sirve a la vida.

Creado para “dar vida”, cooperando con el que es dador de vida, el hombre manifiesta su señorío cuando dominando la tentación de disponer a su arbitrio en este campo, sirve a la vida reconociendo que su capacidad para pro-crear es don y tarea a la vez.

Es señor en cuanto “don” cuando encauzando sus propios instintos y el espejismo de poderlo todo, sirve a la vida según el plan del Creador, entendiendo que es mejor cuando sirve y no cuando se sirve a su antojo de lo que Dios le ha dado.

Es señor en cuanto “tarea” porque al pro-crear permite que sean innúmeros los “imagen y semejanza “del Creador que se sientan en la mesa del pan material y aspiren desde aquí a participar del banquete eterno.

3. El señorío del hombre en el desarrollo de lo creado por el trabajo.

Es en el trabajo donde el hombre realiza también adecuadamente su señorío, porque allí pone su inteligencia y voluntad al servicio de la verdad y el bien.

De la verdad, porque “educa”, es decir saca a la luz la verdad del ser de las cosas, subordinado a todo lo humano.

Del bien, porque descubre que las obras de la creación divina, están para ayudar a la realización de las personas.

En el trabajo cotidiano, el hombre realiza el proyecto divino de mostrar la belleza de lo creado, quedando patente así, la grandeza y perfección de quien hizo todo.

Por el trabajo cotidiano el hombre obtiene el pan para la mesa de los suyos y lo comparte con los otros, descubriendo su apertura a la alteridad.

Es por el trabajo que las cosas creadas cantan permanentemente un himno de alabanza al Creador al mostrar sus perfecciones, pero al señalar que su grandeza es insignificante al compararla con la de quien es “imagen y semejanza de Dios”, único constituido para dialogar con el Creador, abierto siempre a la trascendencia.

El trabajo con sudor expresa que el trabajador da lo mejor de sí en lo que hace, siempre en máxima tensión de sus potencialidades.

De allí que cuando el hombre carece de trabajo se sienta empequeñecido, no sólo porque no tiene el pan para llevar a su mesa, -signo de su fecundidad industriosa-, sino también porque deja de manifestar de qué es capaz en la tarea constructiva que el Creador le ha encomendado.

Es por eso que cuando los poderes de este mundo no facilitan o no crean fuentes de trabajo, no sólo empujan a sus hermanos a vivir en la pobreza, sino que quitan al hombre la posibilidad de ser personas co-creadoras con Dios.

Otorgar sólo “planes” paliativos, verdaderos remedos del trabajo, es querer alimentar con las migajas de la mesa del rico, la dignidad del hombre.

Al faltar trabajo aumenta la pobreza de muchos que carecen de la riqueza de dar a luz sus reales posibilidades.

En fin, cuando el hombre descubre y ejerce su señorío sobre lo creado, sirviendo a sus hermanos, se somete humildemente en todo lo que hace al único Señorío supremo, el de Dios.

4. El trabajo ordenable y ordenado a Dios.

Cuando falta el trabajo, se condena al hombre a no cantar las maravillas del Señor, a no poder ordenar lo mejor de sí a quien lo ha creado.

Esta es otra verdad inherente al trabajo dignificante: ordenar todo lo creado a Dios.

Así lo confirma san Pablo (Colosenses 3, 17 y 23): “Todo lo que podáis decir o realizar, hacedlo siempre en nombre del Señor Jesús, dando gracias por él a Dios Padre…. Cualquiera que sea vuestro trabajo, hacedlo de todo corazón, teniendo en cuenta que es para el Señor y no para los hombres”.

Esta afirmación del Apóstol nos sitúa en el centro de una verdad incontrastable: todo trabajo debe ser ordenado a Dios. Y sólo puede ser ordenado a Dios lo que es verdadero y bueno. Verdadero en cuanto respeta el ser creatural del hombre, bueno en cuanto ennoblece al que lo realiza.

Esto nos hace ver el delirio en el que caen los que defienden como trabajo aquello que degrada al hombre en su ser y en su obrar.

Y así, por poner un ejemplo, cuando en la provincia de Santa Fe se habló hace ya un tiempo de legislar dando un marco legal a las así llamadas “trabajadoras sexuales”, se afrentó al ser humano al querer condenarlo a vivir en la mentira de un “ilusorio” trabajo y en el mal de un actuar degradante. En rigor se pensaba legislar afianzando la esclavitud de la mujer.

Tal “trabajo”, al igual que otros que comercian con las debilidades humanas, o con el fomento del juego desenfrenado, o la drogadicción, y la pornografía, o la existencia de zonas liberadas para el delito, o la usura institucionalizada, son obras propias de las tinieblas que jamás pueden conciliarse con el sentido verdadero del trabajo ya que no pueden ser ordenadas al Creador.

No es excusa el decir que permitir estas cosas satisface necesidades reales de la población ya que “vuestro trabajo…..es para el Señor y no para los hombres”.

Un verdadero y buen marco legal, en cambio, es el de respetar el señorío del ser humano creando ámbitos para sacarlo de lo denigrante, de una esclavitud cada vez más despiadada , ofreciéndole posibilidades de un trabajo que enaltezca el quehacer humano permitiendo potenciar las cualidades personales.

5. San José modelo de trabajador

Juan Pablo II en la Exhortación Apostólica Redemtoris Custos (Custodio del redentor) dedicada a San José, esposo de la bienaventurada Virgen María se refiere en los números 22 a 24 al trabajo como expresión del amor.

Dice Juan Pablo II: “expresión de este amor en la vida de la familia de Nazaret es el trabajo” (nº22). José como carpintero “trataba de asegurar el mantenimiento de la familia”.

La Sagrada Familia es ejemplo y modelo no sólo en orden de la salvación y de la santidad, sino también en “el trabajo de Jesús al lado de José, el carpintero”.

Sigue reflexionando el Pontífice en el nº 23 : “En el crecimiento humano de Jesús “en sabiduría, edad y gracia” representó una parte notable la virtud de la laboriosidad, al ser “el trabajo un bien del hombre” que “transforma la naturaleza” y que hace al hombre “en cierto sentido más hombre”.

¡Qué necesidad tiene nuestra Patria de una cultura del trabajo que permita al hombre dar lo mejor de sí y sacar a la luz las potencialidades que la creación toda ofrece!

¡Qué necesidad tenemos que el trabajo no se vea como medio para saciar el deseo insatisfecho del lucro desmedido, a expensas de la búsqueda de una vida austera que aspire a la sencillez y a saber comer el pan con alegría y con los demás!

¡Qué necesidad tenemos de vencer la holgazanería, el deseo irrefrenable de obtener rápidas ganancias sin esfuerzo y sin virtud!

¡Qué falta nos hace aprender aquello de dedicarnos según los dones que del Señor hemos recibido y no creernos, por afán de poder o de lucro, que es lícito embarcarnos en aquello para lo cual no somos idóneos!

¡Qué falta hace ganar el pan con el esfuerzo personal y no con la facilidad que la coima otorga!

Se hace cada vez más actual lo que decía Juan Pablo II (nº 24) en el sentido de que “se trata, en definitiva, de la santificación de la vida cotidiana, que cada uno debe alcanzar según el propio estado y que puede ser fomentada según un modelo accesible a todos: “San José es el modelo de los humildes, que el cristianismo eleva a grandes destinos, San José es la prueba de que para ser buenos y auténticos seguidores de Cristo no se necesitan “grandes cosas”, sino que se requieren solamente las virtudes comunes, humanas, sencillas, pero verdaderas y auténticas”.

6. El trabajo y la solidaridad

Decía bellamente Pablo VI al pueblo mexicano con motivo de la fiesta de Ntra Señora de Guadalupe (L´Osservatore romano,18 de octubre de 1970): “Un cristiano no puede menos que demostrar su solidaridad para solucionar la situación de aquellos a quienes aún no ha llegado el pan de la cultura o la oportunidad de un trabajo honorable y justamente remunerado, no puede quedar insensible mientas las nuevas generaciones no encuentren el cauce para hacer realidad sus legítimas aspiraciones, y mientras una parte de la humanidad siga estando marginada a las ventajas de la civilización y del progreso………Os exhortamos de corazón a dar a vuestra vida cristiana un marcado sentido social –como pide el Concilio-, que os haga estar siempre en primera línea en todos los esfuerzos para el progreso y en todas las iniciativas para mejorar la situación de los que sufren necesidad. Ved en cada hombre un hermano, y cada hermano a Cristo, de manera que el amor a Dios y el amor al prójimo se unan en un mismo amor, vivo y operante, que es lo único que puede redimir las miserias del mundo, renovándolo en su raíz más honda, el corazón del hombre”.

Y continúa el papa: “El que tiene mucho que sea consciente de su obligación de servir y de contribuir con generosidad para el bien de todos. El que tiene poco o no tiene nada que, mediante la ayuda de una sociedad justa, se esfuerce en superarse y en elevarse a sí mismo y aun a cooperar al progreso de los que sufren su misma situación. Y, todos, sentid el deber de uniros fraternalmente para ayudar a forjar ese mundo nuevo que anhela la humanidad”.

30 de abril de 2006
Cngo Ricardo B. Mazza

Cura Párroco de “Ntra Señora de Lourdes”, Santa Fé. Director del CEPS “Santo Tomás Moro” y del Grupo Pro-Vida “Juan Pablo II”.

Profesor Titular de Teología Moral y Doctrina Social de la Iglesia en la Universidad Católica de Santa Fe.

ribamazza@gmail.com. www.nuevoencuentro.com/provida. www.nuevoncuentro.com/tomasmoro. http://ricardomazza.blogspot.com

26 de abril de 2008

Yo Soy el camino, la Verdad y la Vida.

“Él es el Camino que nos conduce sin el peligro de perdernos, es la Vida que eleva a la persona y es la Verdad que sacia la inteligencia”.

1.-La vuelta al Padre

Seguramente nos preguntamos ¿por qué insiste tanto Jesús en que El vuelve al Padre?

Repite esto en la última Cena, antes de su Pasión, muerte y resurrección, con la intención de ir preparando el corazón de los apóstoles. Sabe que se sentirán acobardados en medio de las persecuciones. Por eso quiere dejarles la certeza que lo anunciado y prometido se cumplirá en el momento en que Dios disponga.

De allí que diga repetidamente: “me voy al Padre”. Anuncia así que como Hijo de Dios vuelve al Padre y nos deja el camino libre para nuestro propio retorno al Creador.

Y así nos va descubriendo el fin último del hombre que está justamente en el encuentro definitivo con el Padre.

Así como el Hijo de Dios sale del Padre y vuelve al Padre, así también cada uno de nosotros originados por la mano creadora de Dios estamos llamados a volver junto al Padre.

De allí que Jesús diga que va a prepararnos un lugar, disponiendo todo para que podamos encontrarnos con el Padre.

Y cuando esté todo preparado volverá a buscarnos, nos asegura.

Nos alienta para que bautizados en el espíritu, obremos para encontrarnos con el Creador al fin de nuestra vida.


2.-Yo soy el Camino

Pero para ese retorno al Padre es necesario recorrer el camino de la vida temporal, y por eso Jesús nos dice: “Yo soy el camino”.

No es un camino más. El hombre que busca la verdad y la vida no ha de decir elijo cualquier camino sino que solamente hay un camino, el camino que nos muestra Cristo, que es Cristo.

Esto hay que recordarlo cuando como seres humanos tenemos la tendencia de buscar otros caminos, de tomar atajos en la vida, pensando que por esos caminos secundarios se puede llegar a la meta que es el encuentro con el Padre.

Y Jesús dice: ¡no!, vuelvan otra vez al camino, el camino soy yo. ¡Tomando otros rumbos, otros criterios, o diversas concepciones de la vida no llegarán a la meta.

“Yo soy el Camino”, ese camino que lleva al Padre, en el que está la vida.

El Señor está junto a nosotros caminando en la vida, lo recordábamos el tercer domingo Pascua en su encuentro con los discípulos de Emaús.

Jesús camina delante de nosotros, decíamos el domingo pasado al reflexionar sobre Jesús como Buen Pastor.

Hoy Cristo nos hace descubrir que no solamente está junto o delante de nosotros sino que El mismo es el Camino.


3.-Yo soy la Vida

Pero Cristo es también la vida. Esa vida que recibimos en el transcurso del caminar hacia el Padre.

El Señor nos regala los sacramentos para sostenernos y fortificarnos en el caminar por este mundo.

Y así cuando pareciera que la sombra de la muerte nos acecha a través del pecado, Jesús nos ofrece el sacramento de la reconciliación.

Cuando caminando en Cristo, desfallecemos ante las dificultades y las persecuciones del mundo, el Señor nos dirá aliméntese “yo soy el pan vivo bajado del cielo”.

Probados diariamente y sintiendo insoportables los problemas cotidianos, el Señor nos dice: “yo los aliviaré de estas cargas “, vengan a mí.

Porque Él es el camino que nos conduce sin el peligro de perdernos, es la vida que eleva a la persona y es la verdad que sacia la inteligencia.

Y hacia esa vida que ofrece, se orienta también la voluntad que busca siempre el bien, es decir el bien que se identifica con este fin último que es el encuentro con el Padre.


4.-Yo soy la verdad

El ser humano creado inteligente y con voluntad libre por ser creatura hecha a imagen y semejanza de Dios, busca ansiosamente la verdad.

Y la inteligencia solamente se sacia en el encuentro con la verdad, con la Verdad que se identifica con el mismo Señor.

Jesús nos dice: no se dejen atrapar por la mentira del mundo que sostiene que la verdad está en todas partes, que todos tienen razón.

Nos advierte que no caigamos en el relativismo de la verdad, donde pareciera que todo es válido y verdadero, cuando al mismo tiempo estas aparentes verdades se contradicen a si mismas.

Yo soy la verdad dice el Señor, vengan a mi y su inteligencia quedará saciada.


5.-Conocer a Jesús.

Por eso Jesús nos dice - ya que nos puede pasar lo mismo que a ellos-: “hace tanto tiempo que estoy con ustedes y todavía no me conocen”.

Recordar entonces que El es Camino, Verdad y Vida.

De allí que pareciera hacernos caer en la cuenta que no podemos decir que no lo conocemos.

Solamente puede decir que no conoce a Cristo aquel que ha esperado de Cristo otra cosa, como los discípulos de Emaús que afirman “nosotros esperábamos de Jesús otra cosa”.

Pero si uno sabe que es el Hijo de Dios hecho hombre que viene a Salvarnos, estamos al tanto que no puede traernos más que todo aquello que nos conduce al Padre.

El caminar en Cristo y buscarlo como Verdad suma, permite crecer en el permanente conocimiento de su persona.

Por eso es importante retomar en nuestra vida lo que somos por el sacramento del bautismo. Conocer nuestra identidad de hijos para sentirnos llamados por el único Padre.


6.-Piedras vivas somos

Justamente el apóstol San Pedro no dice en la segunda lectura que acabamos de proclamar que somos piedras vivas.

Y utiliza esta imagen para señalarnos que como piedras vivas constituimos el edificio vivo que es la Iglesia.

Así como la construcción material está hecha del encaje perfecto de los ladrillos y se va levantando el edificio en orden bello y en un equilibrio armonioso, el Cuerpo Místico de Cristo que es la Iglesia Cuerpo de Cristo, se va construyendo a través de las piedras vivas que es cada uno de nosotros. Y cada uno si bien no es imprescindible es necesario, justamente para conformar ese único cuerpo que es el Cuerpo del Señor.

Y el fundamento y la base es Cristo como piedra angular, rechazada por los incrédulos.

Pero “ustedes -dice Pedro- que han creído” están llamados a constituir esta nueva edificación en el espíritu.

Y nos dice más el apóstol Pedro, “son una raza elegida, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo rescatado de la miseria del pecado, para anunciar las maravillas de aquel que los llamó de las tinieblas a su admirable luz”.


7.-Enviados por El a comunicarlo.

En todo este tiempo de Pascua los textos bíblicos nos exponen que Cristo resucitado nos interpela y nos envía al mundo para anunciar las maravillas del Señor.

Cuando cada uno está convencido de los portentos que el Señor ha obrado por su muerte y resurrección, los llevaremos con gozo a los demás.

Se hará presente en la sociedad de hoy para decir “Cristo ha muerto y ha resucitado”. Por lo tanto no está todo perdido, todo acabado, sin solución. Es necesario volver a Cristo resucitado de entre los muertos que nos trae la salvación y nos envía a anunciar sus prodigios, las maravillas que ha hecho en nosotros.

¡Qué bien haríamos -por ejemplo- con comunicar a los que están cerca de nosotros lo que Dios hace en nuestro corazón!

Yo les digo a los feligreses cuando piden un consejo en orden a atraer a su familia al encuentro con Jesús, que transmitan la alegría de vivir como cristianos, como bautizados, que comuniquen lo que el Señor hace en el corazón de ustedes.

Digan que Jesús los va cambiando, transformando, que el sacramento de la confesión ha dejado en paz el corazón, que la eucaristía les ha dado fuerza para seguir adelante, para seguir trabajando en el camino de la vida cristiana hasta el retorno al Padre.

Que ese cambio que se opera en cada uno sea visible, eso es lo que le interesa a la gente y conmueve a los demás, ¡la propia experiencia manifestada!

Porque podemos decir a otros “vayan a misa “o “hagan esto o lo otro”, pero si advierten que los frutos del encuentro con el Señor no se prolonga durante la semana, el testimonio queda en saco roto, no impresiona a nadie.


8.-Buscar la voluntad de Dios en la cotidianeidad de la vida

Es necesario transmitir lo que el Señor realiza en nuestro corazón, sintiéndonos piedras vivas que buscan Su voluntad, como nos enseña la primera lectura de hoy tomada de los Hechos de los Apóstoles.

Ante un problema detectado en la Iglesia naciente -no hay quien atienda a las viudas en sus necesidades-, los apóstoles delegan a los fieles el que elijan de entre la comunidad a siete varones íntegros, de buena fama. Imponiéndoles las manos, se convierten en los primeros diáconos con que se beneficia la Iglesia en la tarea y servicio caritativo, mientras los apóstoles se dedican a predicar el evangelio.

Y así en comunidad ya que son piedras vivas, con la luz del Espíritu Santo establecen lo que Cristo no prescribió y dejó en manos de la Iglesia.

Por eso la necesidad de rescatar esta triple realidad de que El es el camino, la verdad y la vida.

Frente a tantos extravíos Él se manifiesta como Camino, ante la vigencia de la mentira en todos los ámbitos sociales Él nos recuerda que es la Verdad, abrumados bajo la nefasta cultura de la muerte, Cristo señala: “yo soy la Vida”.

Reflexiones en la liturgia dominical del quinto domingo de Pascua (ciclo A). Hechos 6, 1-7; 1 Pedro 2,4-9; y Juan 14,1-12.-


Padre Ricardo B. Mazza, Director del CEPS “Santo Tomás Moro” y del Grupo Pro-Vida “Juan Pablo II”.

Santa Fe de la Vera Cruz, 20 de Abril de 2008.

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