29 de octubre de 2008

Seguridad y legítima defensa (I)

"Cuando en una ciudad se asesinan a cinco personas en un día, se demuestra la inoperancia de la lucha contra el delito. No se puede hablar de un hecho excepcional como aparece en el diario, cuando en la calle impera la ley del revólver y el robo a mano armada. Tampoco se puede hablar de fracaso de una política, porque la política de seguridad tiene que ser diseñada por gente experta. Basta de echarle la culpa a la situación social". Daniel. (El Litoral,-Santa Fe- domingo 19 de octubre de 2008).

1.-Los hechos

Lo expresado más arriba describe la situación que se vive en la ciudad Capital de la Provincia “Invencible” de Santa Fe.
Daniel, -tal es el nombre del lector que dejó su mensaje en la edición del vespertino local-, de alguna manera expresa en voz alta lo que piensa cada uno de nosotros indefensos ciudadanos que debemos prever cada día cómo sobrevivir ante y en este clima de violencia en que estamos insertos.
Es correcto el aserto acerca de la ausencia de una política de seguridad, lo cual deja al desnudo la ineptitud –o falta de interés- de nuestros gobernantes tanto a nivel provincial como nacional para velar por un valor fundamental para los ciudadanos cuál es la integridad de sus vidas.
Me acuerdo de la marcha realizada el año pasado reclamando protección para las vidas de los santafesinos cuando el asesinato de Mario Laracca en la ciudad Capital.
Charlando con la gente en esa oportunidad se advertía un común sentimiento resumido en este juicio realizado por una vecina de Barranquitas: “¡Mire Padre, no podemos esperar ninguna protección para nosotros dado que nos gobiernan los terroristas de los años setenta!”
Indudablemente en el sentimiento popular estaba la certeza de la indefensión total.
Tiene razón Daniel –el lector anónimo del vespertino local- cuando dice tajante:”Basta de echarle la culpa a la situación social”.
En el discurso oficial se escucha a menudo ésta mención –que pretende ser exculpatoria de la propia ineptitud gubernamental - a la situación social.
Si tuviéramos que esperar a que cambie la situación social para atender la seguridad de los ciudadanos, dentro de poco estaremos todos masacrados.
Por otra parte esa referencia es injusta, ya que no todos los que padecen exclusión social se dedican a delinquir.
Más aún, no pocas situaciones de muertes y asaltos están protagonizadas por bandas bien pertrechadas con elementos sofisticados para el delito, que hablan a las claras de costosos instrumentos utilizados para la muerte de los indefensos argentinos.
Cabe acotar, además, que no se ve desde el Estado qué interés existe para solucionar “la cuestión social” toda vez que aumenta más y más la disgregación social, los bolsones de pobreza abundan por doquier, y se cierne sobre nuestras fronteras el fantasma de la pérdida de la fuente de trabajo con la consiguiente cruda desocupación.

2.-La gravedad de la falta de seguridad ciudadana.

En los últimos días –lamentablemente- las noticias de situaciones de criminalidad se han incrementado hasta el límite.
Muertes, golpizas, hurtos y robos, que no respetan edades ni condición social, se suceden con tremenda impunidad.
Vecinos se reúnen y marchan reclamando justicia, mientras los delincuentes redoblan la apuesta de violencia y agresión.
Mientras esto ocurre, las fuerzas de seguridad se encuentran desbordadas y maniatadas en el ejercicio de la defensa pública, ya que están “encorsetadas” por políticas garantistas defensoras de los delincuentes.
Mientras el pueblo –como lo hiciera públicamente una mujer llorosa desde un cementerio- reclama a la Presidente que “cuide a sus hijos” porque “nos están matando como moscas”, las autoridades sólo piensan en cómo llevar adelante sus políticas ignaras del bien común.
El conflicto vigente entre el sentir del pueblo y la despreocupación de las autoridades es tan notorio, que nos lleva a todos a vivir una situación ciertamente inédita en la Argentina.
Mientras pulula por doquier una sociedad temerosa por el futuro de la Nación, que comienza a temblar entre las borrascas de la anarquía, hay quienes sólo se preocupan por ir presentando “futuras posibles” candidaturas para el 2009 sin asumir el compromiso del mandato ciudadano otorgado en el 2007.
La seguridad de los argentinos es desde hace ya tiempo una asignatura pendiente.
¿Qué se espera para tomar el toro por las astas? ¿La presencia de robocop? ¿Caeremos en el regreso del “vengador anónimo”?
Tristemente, –ante el estado de indefensión- son innúmeros los que comienzan a predicar la justicia por mano propia.
¿En estas circunstancias, cabe la legítima defensa, ya personal, ya estatal?
Me parece útil proseguir el análisis del tema en una próxima nota…..
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Padre Ricardo B. Mazza. Director del CEPS “Santo Tomás Moro” y del Grupo Pro-Vida “Juan Pablo II”.
Santa Fe de la Vera Cruz, 29 de Octubre de 2008.
ribamazza@gmail.com. http://ricardomazza.blogspot.com.

19 de octubre de 2008

EL “VOTO” COMO COOPERACIÓN AL CRIMEN DEL ABORTO


1.-El revuelo político-social en la sociedad norteamericana.
En estos días se produjo un gran revuelo en el Norte de Texas, Estados Unidos, ya que el obispo Kevin Farrell de la Diócesis de Dallas y el obispo Kevin Vann de la Diócesis de Fort Worth dirigiéndose a sus feligreses católicos por distintos medios, han hecho saber que “votar por un candidato que apoya el demonio intrínseco del aborto o el ‘derecho a abortar’ como si fuera esto una alternativa moralmente aceptable, sería como cooperar con el mal”.
Para situarnos en el tema conviene recordar que Barack Obama, candidato demócrata a la presidencia apoya el llamado derecho al aborto, mientras que el senador McCain favorece la anulación de una decisión de la Suprema Corte que protege el derecho al aborto conocida como ‘Roe v. Wade’.
Ante esta forma correcta y valiente de iluminar las conciencias de los fieles por parte de los obispos, algunos católicos están enojados porque argumentan que se hace proselitismo a favor del candidato presidencial republicano, el senador John McCain.
Indudablemente “estos sedicentes maduros católicos” apoyan al candidato que niega la vida a quienes como don de Dios, se gestan en sus madres para en el futuro sentarse a compartir la mesa de sus hermanos estadounidenses.
No deja de ser curiosa la actitud de Obama, conocedor como es de esperar, que en otras épocas se discriminaba a sus hermanos afroamericanos.
En realidad, -cabe reconocer-, es bastante común que por alcanzar el poder, existen candidatos que postulan estas matanzas para alcanzar los sufragios de los ciudadanos proclives al aborto.
Es bastante común, por otro lado, que la actitud de los obispos resulta irritante para aquellos que fácilmente traicionan los principios de su fe para abrazarse a los postulados del dios Moloc, tan presente en las sociedades de nuestros días.
Pero en fin, los pastores, no lo serían de veras, si callaran ante la proximidad del establecimiento de proyectos tan ruines.

2.- ¿Existe el derecho a asesinar al inocente?
Hablar del derecho a abortar es lo mismo que afirmar la presunta bondad de asesinar a un inocente e indefenso que se gesta en el seno de una mujer.
Sabemos que el ser humano por haber sido creado a imagen y semejanza de Dios goza de lo que llamamos los derechos humanos que tienen por cierto sus correlativos deberes.
Estos “derechos” engloban todo aquello que le es debido al hombre para que pueda vivir dignamente como creatura racional, y por lo mismo elevado a la dignidad de hijo de Dios.
Se trata por lo tanto de una exigencia que brota de su misma naturaleza, de su mismo ser, diferente al animal, que por carecer de inteligencia no puede exigir “lo debido”, y al que sólo se le puede reconocer lo que es propio de su naturaleza animal.
Uno de estos derechos del hombre, el primero, es el que reconoce el don de la vida como originario.
Y no podría ser de otra manera, dado que es imposible exigir el respeto de
los restantes derechos sino no se resguarda primero el de la vida, del cual tienen su principio los demás.
El “derecho a la vida”, como fácilmente se puede entender, resulta así inviolable, y debe ser respetado por todos.
Correlativo a este derecho existe el deber de respetar la vida del hombre ya que lo que exijo para mí –respeto a “mi vida”- se prolonga en hacer lo mismo en relación con el otro.
De allí que postular un presunto “derecho a abortar” implica apropiarse del papel de dueño de la vida del otro, y por lo tanto pretender poseer la potestad de asesinar al otro con el agravante de ser éste inocente e indefenso.
De allí que resulte totalmente desatinado que algunos jueces –como ha sucedido en Argentina- decidan, fundados en argumentos puramente emocionales, vulnerar el derecho a la vida de los más débiles, cual sucede con los no nacidos. Agravándose esto aún más cuando manipulan maliciosamente las leyes en vigencia, coaccionados por los “colectivos” abortistas.

3.-¿Qué es la cooperación al mal?
Entrando ya a considerar lo expresado en el título de esta nota nos preguntamos, ¿corresponde llamar al sufragio de un ciudadano con la denominación de cooperación al mal?
La alusión al pecado de cooperación al mal por parte del ciudadano que apoya con su sufragio a un candidato abortista, es correctísima, si se la mira desde el punto de vista de la verdad moral que busca defender el derecho a la vida.
Los diversos manuales de la moral católica definen a la cooperación como el concurso físico o moral a la obra de otro. Obviamente nos interesa en este tema que tratamos de esclarecer, no la colaboración en general, sino la que se presta a la obra mala.
Dicho de otra manera la cooperación al mal admite –por una parte- la presencia de alguien que está decidido a realizar el mal, esto es, a pecar; y –por otra parte- la decisión de otra persona que ha resuelto apoyarlo.
Se podría esgrimir que en el caso de la elección de un gobernante se tiene en cuenta “la totalidad de su plataforma” política, y no sólo un punto de la misma, pero hemos de ser contestes en que si existe la decisión en el posible futuro gobernante de conceder el mal llamado “derecho” a matar al inocente, está dando por tierra la presunción de que protegería los otros derechos de la persona humana.
Si no defiende el “derecho a la vida”, ¿garantizará el gobernante la exigencia de los otros derechos?
Lo podemos ver concretamente en nuestra Patria mirando simplemente lo que sucede a nuestro alrededor.
Para poner sólo un ejemplo, ¿habría tanta inoperancia en un Estado de Derecho -como se supone es el nuestro- ante la violencia e inseguridad sufridas permanentemente por los ciudadanos, si se respetara el derecho a la vida?
De hecho, la presencia de proyectos que legitimarían el aborto en nuestra Patria es coherente con una sociedad que sufre las consecuencias de la anomia más cruel, y en la que los ciudadanos sólo atinan a vivir el “sálvese quien pueda”.

4.-¿Cómo se realiza la cooperación al mal por parte del votante?
Supongamos que el votante dijera:”yo voto por tal persona, pero no comparto las intenciones abortistas del candidato”.
Ciertamente estaría colaborando con la intención perversa del elegido.
Y esto porque aunque no comparta sus intenciones abortistas, su sufragio colabora en el triunfo eventual del candidato.
En efecto, el acto de emitir el sufragio favorable al candidato abortista, no es neutro, haciéndose por lo mismo corresponsable con el mal eventualmente ocasionado.
Los moralistas coinciden en que la cooperación se da no sólo al compartir las intenciones malas de quien se apoya, sino también cuando por la naturaleza del acto –el sustento necesario y suficiente que recibe el elegido para triunfar- éste no puede realizarse sin el pecado de la voluntad, al advertir las consecuencias que se siguen de su decisión.
Como se ve, el comportamiento moral del cristiano tiene exigencias que han de ser contempladas a la hora de tomar decisiones de esta índole.
La cooperación al mal que es un pecado contra la caridad, suele abarcar innumerables situaciones en la vida cotidiana del hombre.
Sucede que los cristianos por la ignorancia en la que están encerrados, o por la ligereza con que toman las cosas, no advierten las veces en las que cooperan con terceras personas en la realización de lo malo.
Piensan que al no compartir las malas intenciones del otro, sus “colaboraciones” están exentas de malicia.
Suele ser frecuente, por ejemplo, que se facilite dinero a alguien para abortar, “como una gauchada”, y se piense que no se obra mal por el sólo hecho de no compartir la mala intención del otro.
Todo esto hace ver –una vez más- la necesidad de iluminar las inteligencias para poder actuar desde la fe y no con los criterios del mundo.

Padre Ricardo B. Mazza, Director del Grupo Pro-Vida, “Juan Pablo II”. Santa Fe de la Vera Cruz, 19 de Octubre de 2008. ribamazza@gmail.com

8 de octubre de 2008

El que dijo: “Sí voy, pero no fue”

Habíamos meditado la semana pasada sobre la gratuidad de los dones que provienen de Dios, y cómo al ser humano le cuesta entender esto.
Acostumbrados a aquello que nos es debido en justicia, pretendemos que también Dios con sus dones tenga idéntica actitud para con nosotros.
Pero el Señor siempre nos sorprende y nos muestra que todo lo que proviene de El, es dado en abundancia, generosamente, y lo entrega como quiere y cuando quiere.
En relación a esto es importante que demos gracias a Dios, porque si se pesaran sus acciones con la medida de la justicia humana, no podríamos merecer lo que El nos entrega tan abundantemente, ya que nuestras obras son tan pobres, tan miserables, que en nada se pueden comparar con la gracia que proviene de Dios.
Y Dios sigue invitando a trabajar en su viña, esto es, la Iglesia, como la denomina el Concilio Vaticano II.
Cuando Jesús invita a trabajar a su viña, atrae a laborar en la Iglesia, la nueva viña del Señor, como en el Antiguo Testamento Israel era la viña del Señor.
Dios no quiere que haya alguien ocioso, sin trabajar en su viña, y por eso sigue llamando a través del tiempo, de la historia humana, y a pesar de que muchas veces el corazón humano no esté dispuesto a responder.
El texto del evangelio que acabamos de proclamar, resulta un tanto extraño en una de sus afirmaciones. Jesús les dice a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo de Israel que los publicanos y las prostitutas les llevan la delantera en orden a la salvación.
Sorprende que Cristo pueda decir eso. Pero El explica de inmediato a qué se refiere: “Vino Juan enseñándoles el camino de la justicia y Uds. no le creyeron, en cambio los publicanos y las prostitutas sí le creyeron” (Mateo, 21,32) y se convirtieron.
Y más aún, Uds. “viendo esto no se convirtieron”…. Y siguieron adelante con sus costumbres, con sus mañas, con sus pecados.
Jesús no hace más que aplicar lo que dice anteriormente refiriéndose al propietario que pide a sus dos hijos vayan a trabajar a la viña.
El primero le dice “No quiero, pero después se arrepintió y fue” (vers.29), el segundo responde “Voy Señor, pero no fue (cf.Mt.21, 30), siendo el primero el que realiza el deseo del padre.
El pueblo de Israel, elegido por el Señor, dice “sí” al Dios Creador, al Dios de la Alianza, de los Patriarcas, pero después expresa “no” con sus perversiones y habituales infidelidades, llegándose a endurecer su corazón de tal manera que no reconociera al Salvador, a Jesucristo.
Y aquel otro hijo que dice “no”, pero después va, son los publicanos y las prostitutas que en un primer momento se han cerrado a la gracia de Dios, pero que después ante el llamado del Señor, se convirtieron y comenzaron una nueva vida.
Es decir no por ser publicanos o prostitutas o pecadores van delante de los ancianos y sumos sacerdotes o de los “externamente” puros y santos, sino porque se han convertido.
Conversión que supone la búsqueda, quizás sin saberlo, del Dios verdadero, y que una vez encontrado, le dijeron “si”.
Este proceder del Señor que recibe a quien se ha convertido no es injusto, -otra vez aparece en el profeta Ezequiel (cf. Ezequiel, 18, 25-28) el tema de la presunta injusticia de Dios, según el pensamiento y el decir humanos - .
¿Cuál es la causa de esta queja del pueblo elegido? Llegados a su tierra después del exilio, se encuentran los israelitas con una tierra devastada y piensan en la solidaridad en el bien y en el mal, de manera que los hijos deben pagar las culpas de sus padres, o verse beneficiados por las buenas obras de ellos.
Pero el profeta quiere producir en ellos un cambio de mentalidad: cada uno debe responder por sus actos ya que para Dios cuenta la actitud del individuo ante el bien y el mal.
De allí que el profeta hable de aquel que se ha mantenido fiel a Dios, pero que si en un momento de su vida pervierte esa voluntad y da la espalda a su Creador y decide el mal, no se salva de morir en ese estado.
En cambio aquel otro que estuvo lejos de Dios pero se convierte, motivado por la gracia de Dios, dejando su maldad, alcanza la salvación si muriera en ese estado.
Es decir que conversión y perversión conscientes anulan el pasado.

Vemos así la conexión entre la profecía de Ezequiel y el texto del Evangelio.
En efecto, el que dijo no pero después se dirige a la viña, es el convertido; el que dijo Sí, pero después no fue, es el que pervierte su recto camino.
Cuando los textos bíblicos presentan esta temática lo hacen de una manera muy simple, no podemos pedir a la palabra de Dios que caiga en detalles, es decir cómo se realiza la conversión.
En efecto, no se trata sólo de pedir perdón, confesarse, rezar tres aves marías y quedar limpio de todo, sino que tiene que existir una actitud de reparación.
Hay determinados pecados que exigen reparación por el daño provocado. Por ejemplo el pecado de escándalo que consiste en inducir a otros a pecar, a hacer el mal, exige la reparación del daño. Y a veces es imposible reparar, volver a la situación anterior.
En la TV, por ejemplo, hoy en día, hay una actitud permanente de inducir a otros al mal, incluso quienes así obran están felices y tranquilos pensando que están a tono con la cultura de nuestro tiempo, y eso es suficiente.
No tienen en cuenta que la corrupción del alma es mayor que cualquier otro mal.
De allí que es necesario vivir lo que nos dice el Apóstol San Pablo en la segunda lectura “tengan entre ustedes los sentimientos propios de una vida en Cristo Jesús” (Filipenses 2,5).
Como Cristo viene como Hijo de Dios hecho hombre a salvar al hombre, también nosotros como Iglesia, hemos de trabajar, metiéndonos en la viña del Señor, transmitiendo el mensaje de salvación, haciendo todo lo posible para atraer a quien está alejado, conducirlo a encontrarse con su Dios.
¡Cuántas veces hablando con gente conocida, amiga, dicen que se sienten vacíos, que su vida no llega a nada, que sienten necesidad de buscarle sentido a su existencia!
Pues bien, es necesario volver a las fuentes, que es Dios mismo y darnos cuenta que necesitamos transformarnos, tratando de atraer a otros a esta amistad con Cristo.
En este contexto de la misericordia de Dios y de la conversión del hombre sintámonos interpelados para trabajar en la viña del Señor.
Decir sí, y llevarlo a cabo en actitudes concretas y trabajar realmente para que el mensaje de Jesús sea conocido cada vez más, para que su vida se transforme en ideal para muchos.
Con su ayuda podemos realizar esto, ya que aunque en el mundo en que vivimos pareciera que todo se derrumba y nada podemos hacer, contamos con la fuerza invencible del Espíritu.

Reflexiones sobre los textos bíblicos de la liturgia del domingo XXVI durante el año (ciclo “A”), 28 de Septiembre de 2008.
Padre Ricardo B. Mazza, Director del CEPS “Santo Tomás Moro”.
ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com;

27 de septiembre de 2008

El misterio de la gratuidad del don divino.

1.-En la escucha del Señor y el encuentro con El
Acabamos de escuchar la Palabra de Dios, tan importante para nuestra vida, y hemos pedido en el estribillo del aleluya, “Abre Señor nuestro corazón para que comprendamos las palabras de tu Hijo” (Hechos 16,14).
El domingo, día del Señor, es el día más propicio para escucharlo, ya que como en su tiempo habla a la gente que se agolpa para seguirlo.
Se sentaba Jesús y la gente, y les hablaba largamente. También nosotros hemos de poner nuestro corazón cerca del Suyo para escucharlo, para percibir qué nos quiere decir.
Es la Palabra de Dios la que alimenta nuestra vida y responde a las inquietudes más profundas de nuestro interior, marcándonos el camino.
Precisamente el texto de Isaías (55, 6-9) nos dice que los pensamientos de Dios no son los nuestros, y sus caminos tampoco.
De esa manera se quiere poner en evidencia que no siempre coincidimos con el pensar de Dios, y que con frecuencia nuestros caminos no son los suyos.
Por eso el profeta, viendo que el pueblo ya volvía a su tierra dejando atrás el exilio, insistirá en la necesidad de la conversión.
Invita a ir encuentro de ese Dios que siempre se puede hallar y que se hace el encontradizo justamente porque quiere estar con nosotros.
De allí que trate Isaías la necesidad de la conversión que nos permite ponernos en el camino de Dios y en lo que El quiere de nosotros.
Cuando el padre del Cielo envía a su Hijo, que se hace hombre en el seno de María, nos encontramos con un camino muy especial.
Y descubrimos cuál es el camino, porque el mismo Jesús nos dice “Soy el camino”.
Ello nos lleva a caer en la cuenta que nuestros caminos son los de Dios, si transitamos por Cristo que es el Camino.
O por el contrario avizoramos que seguimos buscando atajos en medio de la vida, otras sendas que parecen más atractivas o más placenteras, pero que nos alejan de Jesús.
De allí la necesidad de atender el pedido de Dios en el Antiguo testamento en el sentido de tener su camino, transitar sus sendas.

2.-Jesús, el Camino de Dios y el misterio de la gratuidad.
En el Nuevo testamento descubrimos que el camino es, pues, el mismo Jesús y que sólo entrando en comunión con El podemos entender cuáles son los pensamientos de Dios, que en nada se parecen a los del hombre.
De hecho el texto del evangelio de hoy nos muestra cuán distinto es el obrar de Dios si lo comparamos con el nuestro.
Es natural que alguien diga: ¿por qué tengo que recibir la misma paga que aquel que trabajó menos que yo?
Y esta queja es así porque el ser humano se maneja con los criterios de la justicia humana que tiene como objeto el derecho, el cual consiste en dar a cada uno lo suyo.
Con este criterio, el reclamo de este hombre tiene sentido desde la óptica humana, pero no desde la lógica divina.
En las relaciones humanas podemos apelar a lo que es nuestro, a lo que nos es debido, pero en nuestro trato con Dios, jamás podemos hacer valer “lo debido”, y por lo tanto no corresponde reclamarle cosa alguna.
De allí se explica que al aplicar a Dios el concepto de justicia de lo debido nos sentimos abandonados por El cuando no obtenemos lo que deseamos, aunque sea con buenas intenciones, porque lo hacemos desde una óptica equivocada.
Y esto es así porque El no nos debe nada, ya que todo lo que proviene de Dios es gratuidad pura, es don total, regalo absoluto.
Hasta la realidad de nuestra existencia es un don que proviene de Dios, de ninguna manera un derecho exigible al Creador.
Precisamente porque la vida humana es un don de Dios, una vez que comienza a desarrollarse en el seno de una mujer es inviolable, y no está sujeta al capricho del hombre, el cual sólo a modo de instrumento por la colaboración varón y mujer, la comunica a otros.
Por eso el texto del evangelio es muy claro cuando el propietario de la viña –es decir el mismo Dios o su Hijo hecho hombre Jesús- dice cuando surge la cuestión de por qué todos perciben el mismo denario aunque el tiempo trabajado fuera diverso: “No te hago injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno? “(Mateo 20,13 a 16).
Esta aparente injusticia de Dios es por otra parte totalmente beneficiosa para nosotros en lo que respecta a la salvación.
En efecto, ¿quién podría salvarse si se aplicara a cada uno y a todos, la vara de la justicia humana? No alcanzarían nuestras buenas obras para merecer el denario de la vida eterna.
Gracias a que lo que proviene de Dios es puro don, pura gratuidad, es que el hombre tiene la confianza -como dice Isaías -de encontrarse con el Señor, volviéndose a El por medio de la conversión.

3.-Los momentos del llamado y la grandeza del seguimiento de Cristo.
Y así cada uno de nosotros es llamado en distintos tiempos de la vida. Como ingresa cada automovilista en diferentes momentos y lugares para conectarse todos en la misma ruta, en el camino que es Jesús, ingresamos en los disímiles períodos de nuestra existencia.
Algunos al comienzo, o a media mañana, otros al promediar la tarde y quienes al crepúsculo de la vida.
Son dispares los instantes en que se produce el encuentro con Dios, no siempre por culpa personal o negligencia –si así fuera ya estaríamos juzgados- sino porque como le respondieron al propietario los que estaban sin trabajar al caer la tarde, “nadie nos ha contratado” (v.7).
Es como si dijeran: “no conocimos a Cristo ni al evangelio porque nadie nos ha hablado”.
En efecto, puede suceder que sin culpa haya quienes ignoran la salvación a la que están llamados porque los cristianos no vivimos en plenitud lo expresado por el Señor: “Id por todo el mundo a predicar el evangelio”.
Esto no implica que caigamos en la actitud de que el seguimiento del Señor ha de ser superficial o nulo, ya que Dios perdona aunque no hayamos hecho nada como respuesta de amor a El.
Ciertamente la relación con Dios es algo serio y no hemos de caer en el espíritu de la pavada en el orden religioso como muchas veces acontece.
Quien toma a la chacota lo religioso no encuentra al Señor.
Así sucedió en estos días cuando dejando al descubierto el malestar interior del ser humano -que sabiéndose a contrapelo de los valores evangélicos busca engañar y engañarse- se pretendió con la “mise en scène” de una pseuda religiosidad de “legitimidad”, cubrir la unión de personas del mismo sexo.
Dejando esas situaciones “extrañas al sentir cristiano”, pensamos en quienes han perdido el camino o estaban extraviados –como sucedió con San Pablo o San Agustín -, y que encontrándose con el Señor que invita a trabajar a la viña, han respondido afirmativamente.
Los niños, hijos de muchas familias llamadas católicas, –por ejemplo- caminan muchas veces por la senda de la vida totalmente solos, ya que sus padres no los acompañan ni en la fe, ni en otros aspectos fundamentales de su vida.
¿Qué les podremos pedir en el futuro? ¿Qué sean cristianos fervorosos, cuando no mamaron ese espíritu en sus familias.
Ante esos niños que no se les brindó lo debido –según la justicia humana- en el orden de la fe, sale al encuentro la gratuidad de Dios que llama por su gracia en lo más profundo de los corazones.
Los de la primera hora como los últimos, reciben su denario, esto es, la vida con Dios, si al encontrase con El en el camino de la vida han respondido con fe.
Siguiendo la lógica del Evangelio, la de la pura gratuidad del don de la salvación, un santo que fue fiel a Dios desde la niñez como San Luis Gonzaga obtuvo el denario que adquirió también el buen ladrón al convertirse en el ocaso de su vida.
Descubriendo el camino que Dios dispuso para nosotros, hemos de entrar de lleno en la vida nueva que nos ofrece Jesús, de tal manera que como San Pablo podamos decir: “Para mi la vida es Cristo” (Fil. 1,21), y busquemos vivir cada instante de nuestra existencia cotidiana recordando que “lo importante es que llevemos una vida digna del evangelio de Cristo” (cf. Fil. 1,27).

Padre Ricardo B. Mazza. Director del CEPS “Santo Tomás Moro”. Párroco de la Pquia San Juan Bautista de Santa Fe de la Vera Cruz.
Reflexiones sobre los textos de la liturgia dominical del 21 de Septiembre de 2007 (Domingo XXV “per annum” ciclo “A”).
ribamazza@gmail.com.- http://ricardomazza.blogspot.com.

15 de septiembre de 2008

La “corrección fraterna” o la búsqueda del bien del prójimo


Uno de los actos positivos en beneficio del prójimo que nace de la virtud teologal de la Caridad, es la corrección fraterna, de la que expresamente hace referencia el texto de Mateo 18,15:”Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano”.
Por pecado entendemos -en este caso de la corrección fraterna-, toda acción externa y por lo tanto visible, por la que el prójimo rompe su relación con Dios o con sus hermanos, de una manera consciente –con conocimiento- y con consentimiento -o sea, con voluntad libre-.
Digo acción externa visible, porque aunque es pecado también el apartarse de Dios o del prójimo a través del pensamiento o de los pecados llamados internos, al no ser estos percibidos por los demás, no pueden ser objeto de la caritativa admonición.
Santo Tomás de Aquino en la Suma Teológica (II-II) cuestión 33 se plantea lo relativo a la misma en forma de ocho preguntas o artículos.
El primer artículo o pregunta se refiere directamente a la congruencia de esta peculiar forma de obrar en relación con el prójimo, y la formula preguntándose “si la corrección es acto de Caridad”.
El planteo tiene su razón de ser ya que la advertencia caritativa al que peca o vive en estado habitual de pecado, es en cierta forma remedio que debe emplearse frente al pecado del prójimo.
Al respecto, como suele hacer en su enseñanza, Santo Tomás distingue entre el pecado que es nocivo a la persona concreta que peca, y el pecado personal que perjudica al otro o al bien común.
De esta distinción se deduce que nos encontramos ante una doble tarea caritativa.
La primera que versa sobre el pecado del prójimo, apunta a buscar el bien de la persona, y en este sentido es un acto propio de la caridad ya que se pretende el bien espiritual de la persona, el cual está por encima del bien material que pudiéramos realizar en beneficio de alguien.
Buscar el bien espiritual de la persona, como en este caso, a través de la advertencia por su pecado, es un ejemplo claro del verdadero amor para con el hermano, ya que se busca apartarlo de aquello que es nocivo para su alma y que por lo tanto no sólo lo obstaculiza en su relación actual con Dios, sino también pone en riesgo la salvación eterna.
Podríamos afirmar por lo tanto que la corrección fraterna conforme al evangelio, descansa en una visión sobrenatural de la vida.
Justamente porque creemos que estamos llamados a la amistad con Dios ya en este mundo, como después de la muerte, es que se ha de buscar apartar al otro de todo lo que le hace daño e impide vivir en comunión con Dios.
La búsqueda por lo tanto del bien espiritual del otro es más importante que procurar el bien corporal, como por ejemplo aliviar a alguien de su enfermedad. Y esto es así porque la salud corporal en definitiva es para este mundo, y por lo tanto limitada al tiempo y a la propia realidad de la persona, mientras que el bien espiritual no sólo atañe a nuestra vida terrena sino a la eterna después de la muerte.
Este intentar el bien espiritual de la persona a través de su apartamiento del pecado supone además que estamos convencidos que el bien supremo para el ser humano es Dios mismo.
Indudablemente nadie buscaría el bien espiritual de otra persona si no estuviera seguro de su suprema importancia, cual es la vinculación estrecha con el Creador.
La corrección fraterna como obra positiva de la caridad permite, además, que avancemos más y más en una mirada purificada acerca de la vida y el ser del hombre.
En efecto, supongamos que tenemos en nuestra familia o en el núcleo de amistades alguien que ha caído en el vicio de la droga.
Inmediatamente tenemos en cuenta el bien corporal y mental de la persona, lo cual es loable, y tratamos de apartarla de ese vicio.
Pero si nos quedáramos en ese único plano, no buscaríamos más que el bien natural, cuando hay que apuntar también y sobre todo, desde una mirada de fe y de caridad sobrenatural, a desarraigarla de lo que perjudica su bien espiritual –ya que la aparta del bien divino- para encauzarla nuevamente en su noble caminar como hijo de Dios que se orienta al encuentro definitivo con su Creador.
Al concebir así nuestra tarea de apartar al otro de su desordenada opción de vida, procuramos en definitiva el bien global del ser humano en su aspecto natural como persona y en su conexión con el destino eterno sobrenatural para el que fue creado.
Al respecto dice Santo Tomás que el “remover el mal de uno es de la misma naturaleza que procurar su bien”.
En una cultura como la nuestra tan atada a los bienes pasajeros o a concebir la vida solamente en procurar “bienes” temporales, que a la postre son pasajeros, se hace cada vez más necesario aprender a contemplar cada circunstancia de la vida desde una perspectiva de fe sobrenatural que ilumine el obrar de la caridad fraterna por la que estamos llamados a continuar el designio de Dios hacia el hombre, procurando la salvación de todos y de cada uno.
Y salvar al otro, significa en gran medida ayudarlo a su apartamiento del mal para que descubra la profundidad del llamado hacia el bien que late en lo más profundo del corazón.
Cada uno de nosotros, pues, está por lo tanto llamado a descubrir en las circunstancias tan cambiantes de la vida, los mejores modos de ayudar a su prójimo.
Si por la corrección fraterna, logramos que alguien que se apresta a realizar un aborto no lo haga, no sólo habremos ganado para Dios a un hermano, sino que habremos impedido la realización del mal a otro, como es el quitar la vida al inocente.
Si por la corrección fraterna apartamos a una persona de su decisión de vivir “en pareja” en la tan común “unión de hecho”, lograríamos su permanencia en la relación con Dios, y la ayudaríamos a valorar en todo su significado el matrimonio cristiano, en el que por el pacto de amor entre un varón y una mujer, se prolongaría en la sociedad la unión entre Cristo y la Iglesia, como enseña el Apóstol San Pablo.
Es tan necesaria y obligatoria esta forma peculiar de vivir la caridad, que el profeta Ezequiel nos hace culpables por la omisión del acto virtuoso al afirmar que si “tú no hablas poniendo en guardia al malvado, para que cambie de conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre” (Ezequiel 33,8).
Diferente es la consecuencia para el que corrige si habiendo advertido no es escuchado por quien ha de cambiar de conducta, ya que habrá salvado su vida (cf. Ezequiel 33,9).


La segunda tarea del acto de corregir contempla el pecado personal del prójimo en cuanto redunda en detrimento de los demás, que se sienten lesionados o escandalizados, y también como perjuicio al bien común, cuya justicia queda alterada por el pecado.
Y así dice el Aquinate: “La otra corrección remedia el pecado del delincuente en cuanto revierte en perjuicio de los demás y, sobre todo, en perjuicio del bien común. Este tipo de corrección es acto de justicia, cuyo cometido es conservar la equidad de unos con otros”.
Indudablemente se perfecciona de esta manera el acto de la corrección fraterna en cuanto que de conseguirse la conversión del que peca, se da pie a la congrua reparación del daño provocado a terceros.
Y así por ejemplo, -para continuar con la referencia hecha anteriormente respecto del que se droga- o según el caso, del que se alcoholiza -, de lograrse su redención, se obtiene la tranquilidad vulnerada en el seno de una familia concreta.
Como se puede observar es mucho lo que puede realizar el cristiano en beneficio de sus hermanos, ya sea en relación con el individuo concreto, ya respecto a aquellos que de alguna manera se ven perjudicados por el desvío de un particular.
Se ha de advertir por lo demás, que la corrección fraterna incluye otras reflexiones a tener en cuenta, como es el modo, el cuándo oportuno y la obligación de realizarla, dejando para otra oportunidad su consideración.
Una atención especial merece lo que refiere a la corrección fraterna institucional.
Esta corresponde, como veremos, a la denuncia profética acorde con la misión de la Iglesia como Institución, con el ánimo de buscar un cambio social que redunde en beneficio de todos sus fieles.


Padre Ricardo B. Mazza. Director del “CEPS Santo Tomás Moro”
Santa Fe de la Vera Cruz, 15 de Septiembre de 2008.
ribamazza@gmail.com.- http://ricardomazza.blogspot.com. www.nuevoencuentro.com/tomasmoro.-

24 de agosto de 2008

El Primado de Pedro y los mártires de Inglaterra

1.-El primado de Pedro en el Evangelio de Jesucristo (Mateo 16,13-19 y Juan 21, 15ss).

El evangelio de este día recuerda el momento en que Pedro hace su profesión de fe acerca de la divinidad de Cristo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”, (v.16) lo que mereció el elogio de Jesús recordando que tal proclamación de fe no tiene un fundamento racional sino que es obra de la gracia de Dios: “eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo” (v.17).

Esta manifestación de la divinidad de Cristo permite que se vincule directamente la misión futura del apóstol “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (v.18), a una disposición del Padre quien lo mueve a dar su testimonio de fe.

Queda patente así la vocación-misión de Pedro de ser la piedra de la Iglesia fundada por Cristo, pasando de las doce tribus de Israel a los doce apóstoles de Jesucristo cuya cabeza será el mismísimo Pedro.

Misterio grande el de la elección de Pedro como la de todos nosotros en la Historia de la Salvación.

Dios realiza su Plan de Salvación en el decurso del tiempo a través de los elegidos. No importa su debilidad humana, incluso su pecado, porque en definitiva siempre se realiza lo que Dios ha previsto como medio de salvación para los hombres.

De allí se explica que Jesús haya elegido a Pedro a pesar de saber que lo negaría tres veces.

Justamente porque lo ha elegido, lo busca para sacarlo de su pecado, preguntándole acerca de su amor, como nos lo recuerda emotivamente el pasaje de Juan 21,15.-.

Allí le pregunta en primer lugar “¿me amas más que éstos?” Y Pedro no se anima a decir más que “si Señor, tú sabes que te quiero” (v.15), dejando de lado sus bravuconadas habituales en las que se colocaba en primer lugar en las respuestas al Señor, como si siempre estuviera dispuesto a morir por El.

No podrá decir que lo ama más “que estos” ya que en definitiva la medida del amor que alguien tiene para el Señor, sólo El la conoce.

En efecto, ¿Quién puede saber cuánto ama alguien a Cristo sino sólo El mismo?

Pero al confirmarlo en su amor (vv.16 y 17), el mismo Jesús vuelve a corroborar la elección hecha en la persona de Pedro reclamándole “pastorea a mis ovejas” (vv.15, 16 y 17), es decir:”ejerce tu primado sobre la Iglesia”.

El pastoreo incluye confirmar a sus hermanos en la fe, aunque él haya flaqueado, ya que la fuerza le viene de lo alto.

Y desde ese momento, Pedro tiene la certeza de que el mejor servicio que puede prestar a Cristo y a su Iglesia, es el de ejercer el poder del primado universal, el poder de “las llaves” que le entregara Cristo.

2.-El primado de Pedro en la Inglaterra del siglo XVI

Siempre ha sido motivo de consuelo ver cómo la enseñanza del Evangelio es recibida por corazones nobles que de ese modo se santifican en su paso por este mundo temporal.

Y así, por citar una al menos, advertimos que el Primado de Pedro ha tenido sus seguidores en el ejemplo de mártires que no dudaron en derramar su sangre antes que traicionar su fe y fidelidad a la verdad.

En la Inglaterra del siglo XVI nos encontramos con semblanzas de santidad martirial en defensa del primado de Pedro.

Repasemos la historia de esos días donde la lujuria de un rey sujeto a sus caprichos, sumergen a una Nación en la infidelidad a la verdad más cruel.

El 23 de mayo de 1533, Thomas Crammer, arzobispo de Canterbury, a instancias del rey y sin esperar la resolución papal, declara nulo el matrimonio de Enrique VIII y su esposa Catalina. Cinco días después declara válido el “matrimonio” de Enrique con Ana Bolena (casados secretamente en enero de ese mismo año).

El 23 de marzo de 1534 el papa Clemente VII en público Consistorio, declara válido el matrimonio de Enrique VIII y Catalina de Aragón, tía del emperador Carlos V. El siguiente 4 de abril llega a Londres la noticia sobre la declaración del Papa.

En 1534 el Parlamento inglés aprobó la primera Acta de Sucesión al trono. En la misma, entre otras cosas, se negaba la competencia del Papa para conceder dispensas matrimoniales, constituyendo de hecho un rechazo a la autoridad papal.

En el Acta de Supremacía aprobada también por esas fechas se afirma que “su Majestad el Rey justamente y con todo derecho es y debe ser la Cabeza Suprema de la Iglesia de Inglaterra, y así es reconocido por el clero de este reino en sus Convocaciones, sin embargo , para corroborarlo y confirmarlo, y para aumento de la virtud en la religión de Cristo en este reino de Inglaterra, así como para rechazar y extirpar todos los errores, herejías, y otros excesos y abusos hasta ahora acostumbrados en el mismo, sea decretada por la autoridad del presente Parlamento, que el Rey nuestro soberanos Señor, sus herederos y sucesores, reyes de este reino, serán considerados, aceptados y reputados como la sola Cabeza Suprema en la tierra de la Iglesia de Inglaterra, llamada Anglicana Ecclesia….”

A esta Acta se agrega la obligación impuesta a todos los súbditos ingleses de prestar juramento de aceptación de su contenido. Es decir, en la práctica se obligaba a rechazar la potestad del primado de Pedro presente en la persona de sus sucesores.

Sigue después el Acta de Traición que contempla la pena capital o la prisión perpetua con la pérdida de los bienes confiscados por el poder real. Se establecen penas, pues, para quienes rechacen obstinadamente el juramento de la Supremacía real.

El 9 de junio de 1534, Enrique VIII procede a la abolición del “poder usurpado por el Obispo de Roma”.

Se suceden las traiciones de obispos, clérigos y laicos que para no perder sus posesiones y sus vidas prestan el juramento prescripto.

Y así, entre otros, el 2 de mayo de 1534, la Universidad de Cambridge rechaza unánimemente la autoridad del Papa, con la excepción de su ausente Canciller el Obispo Fisher.

El 27 de junio, el obispo de Lincoln, John Longland, Canciller de la Universidad de Oxford, con los profesores, unánimemente afirman que el “obispo de Roma” no tiene jurisdicción sobre Inglaterra.

Sin embargo junto a esas deserciones hay quienes se niegan a desconocer el Primado de Pedro sobre la Iglesia. Entre ellos el Obispo Tomás Fisher y el laico Tomás Moro, ex canciller del Rey.

La familia de Tomás Moro pierde sus bienes quedando a merced de la miseria, mientras que él es sometido a diversos interrogatorios.

Y sigue transcurriendo el tiempo con las dilaciones del poder real que busca doblegar las voluntades de estos dos hombres, habida cuenta del respeto del que gozan en la sociedad inglesa.

Por fin, el 21 de mayo de 1535, el Papa Pablo III nombra Cardenal al Obispo Tomás Fisher, quien el 17 de junio siguiente es condenado a muerte y decapitado el día 22.

Mientras tanto, Tomás Moro, a pesar de los consejos recibidos de su familia y amigos, se niega a prestar el juramento antipapal siendo condenado a muerte el 1º de julio de 1535 y decapitado el día 6, víspera del aniversario del traslado de las reliquias de Santo Tomás Becket (julio 7 de 1220), asesinado bajo el reinado de Enrique II, por oponerse también a la pretendida supremacía real sobre la Iglesia, que es consumada por Enrique Tudor.

La vida de estos hombres brilla con nuevo resplandor en nuestro tiempo, en el que al igual que otrora, se busca muchas veces avasallar a la Iglesia.

Los perseguidores de ella utilizan en la actualidad, nuevas tácticas demoledoras.

En efecto, al querer imponer ideologías contrarias a la familia, a la vida, al matrimonio, a la sexualidad según la naturaleza, y a los grandes valores de la cristiandad, esgrimen nuevos y modernos medios para debilitar desde la raíz el primado de Pedro.

Y esto es así, porque al pretender aplicar estas “nuevas verdades” a la sociedad toda, desdibujan lamentablemente ante los católicos mismos, la invariable y permanente enseñanza de la Iglesia emanada de su supremo Pastor.

Y todo esto se lleva a cabo muchas veces con la complacencia de no pocos bautizados que, con el pretexto de que los consensos democráticos han de abrirnos a estas “nuevas modas de secularismo totalitario”, apañan la creencia de que la Iglesia ya no puede transmitir la verdad en un mundo donde sólo tiene cabida el endiosamiento de la autosuficiencia humana.

Ante estos dislates hemos de retomar con perseverancia el espíritu de oración y la constancia en la transmisión permanente de la verdad recibida desde antaño.

¡Quiera Dios en su misericordia dotar a nuestro tiempo de santos como el Obispo Tomás Fisher y el laico Tomás Moro que, desde la misión encomendada según su estado, encabecen un nuevo renacer para la Iglesia de Cristo!

Reflexiones en torno al Evangelio de la liturgia dominical del domingo XXI durante el año (ciclo “A”) Mateo 16,13-19.-

---------------------------------------------------------------------------------------------------Padre Ricardo B. Mazza, Director del CEPS “Santo Tomás Moro”.

Santa Fe de la Vera Cruz, 24 de Agosto de 2008,-

ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com;

www.nuevoencuentro.com/tomasmoro.-

20 de agosto de 2008

La solidez de la Palabra de Dios

1.- La fidelidad de Elías en medio del infortunio (I Rey.19,9a.11-13a)

El profeta Elías es elegido por Dios para defender la pureza del culto divino en el pueblo de Israel.

El pueblo elegido conociendo los cultos idolátricos de otros pueblos, se contagiaba con ellos, dando cabida en tiempos del profeta al culto de los baales.

El profeta Elías, por lo tanto, se ve en la necesidad de defender la pureza del culto verdadero a Yahvé por lo que pasa a degüello a los profetas de los baales (I Reyes, 18, 40 y 19,1).

A causa de esto es perseguido por la reina Jezabel que busca su muerte (cap. 19,2).

Elías huye movido por el miedo (cap.19, 3-7), e impulsado por el ángel del Señor se dirige al Horeb, el monte santo que había servido para el encuentro entre Dios y Moisés al concretarse la Alianza, y donde el Señor le reveló su Nombre (Ex.3). El profeta por lo tanto vuelve a la fuente originaria del encuentro y de la fe en el único Dios.

Y allí, refugiado en la cueva del monte, escucha la Palabra de Dios que le dice “¿Qué haces aquí Elías?” Y narra los infortunios que ha pasado por defender el verdadero culto, ya que los israelitas han roto la alianza, matado los profetas, quedando sólo él (cf.cap.19, 9 y 10).

Y el Señor le responde “Sal y aguarda al Señor en el monte, que el Señor va a pasar” (v.11).

El viento fuerte, el terremoto y el fuego se suceden y preparan el paso del Señor pero no se confunden con su presencia.

Ésta es como el susurro, casi imperceptible pero penetrante.

Nosotros creemos muchas veces que la presencia del Señor ha de manifestarse de esa manera ruidosa o deslumbrante, pero El quiere ser percibido en el silencio, en el susurro. Y es en el encuentro suave con el Creador, que Elías se siente iluminado y fortalecido para seguir la nueva misión que se le encomienda: ungir a Jehú como nuevo rey de Israel y a Eliseo como nuevo profeta en reemplazo suyo (cap.19, 16).

2.-La infidelidad de Israel y la fidelidad de Pablo (Romanos 9,1-5)

El Apóstol Pablo confiesa su tristeza ante la infidelidad del pueblo de Israel a través del tiempo a pesar de las diferentes alianzas promovidas por Dios: con Abrahán, Isaac, Jacob y Moisés. Y en la plenitud del tiempo a pesar de las profecías de la Antigua Alianza, no acepta a Jesús como el Hijo de Dios hecho hombre.

Preocupado y angustiado por el destino último del pueblo infiel, es capaz Pablo de entregar su propia vida si es necesario para alcanzar la conversión de los de su raza.

Al igual que Elías, fortalecido por Dios, en medio de las incomprensiones de sus hermanos de raza, seguirá predicando la verdad del Evangelio.

3.-Llamados a la fidelidad a pesar de las pruebas (Mateo 14,22-33).

En el texto del evangelio aparece el mismo eje temático que venimos desarrollando.

En efecto, la embestida de los que no aceptan la fe en el Dios verdadero y en su Hijo hecho hombre, se hace sentir con fuerza, aunque de diverso modo.

Ya no se trata de Jezabel que persigue a Elías, ni de los israelitas que rechazan a Pablo, sino el mundo del mal, representado por el mar impetuoso que se desata con furia contra la barca de la Iglesia, buscando hacerla zozobrar.

Pero a pesar de la furia de las fuerzas climáticas –representando aquí las fuerzas del maligno- la barca no sucumbe, cumpliéndose así la palabra de Jesús que asegura la permanencia de la Iglesia a pesar de las persecuciones de este mundo y del pecado que muchas veces anida en el corazón de quienes formamos parte de ella.

La presencia de Jesús una vez más se hace realidad en la aparente ausencia.

Lo que sufren los apóstoles en la barca es lo que padecemos muchas veces nosotros.

En efecto, ¿cuántas veces dudamos de la presencia del Señor cuando todo nos es adverso?

Y así nos sentimos ante las tentaciones de todo tipo que soportamos, frente a un mundo que ostensiblemente realiza el mal burlándose de Dios y de los creyentes.

Agobiados por los propios temores que nos paralizan en el obrar cotidiano, sin animarnos a manifestar abiertamente nuestra fe, vapuleados por una cultura anticristiana, nos sentimos como perdidos en la insignificancia de nuestras personas.

Nos descubrimos más atentos a las tempestades que nos abruman, como si la vida pasara por allí, que en la seguridad que proviene del Señor.

Pensamos que Cristo está ausente, y si acaso lo vemos caminar sobre las aguas, es decir en situaciones imposibles humanamente hablando, pensamos que es un fantasma.

Cristo nos invita muchas veces a caminar sobre las aguas, como a Pedro, es decir, arriesgando nuestras seguridades mundanas, confiando sólo en su Palabra.

Y como Pedro, queremos seguir el proyecto difícil del evangelio, hasta que mirando nuevamente nuestra poquedad, nos entra el miedo por la fuerza del viento del maligno, y olvidándonos de la Palabra del Señor fuente de inseguridad personal –así pensamos- comenzamos a hundirnos.

Pero aún allí podemos gritar como Pedro: “Señor, sálvame”. ¡Soy un cobarde que se ha dejado llevar por el respeto humano, me he quedado contemplando mi pasado de infidelidades, he tenido miedo a las adversidades que se presentan de continuo, y me he hundido!

Y Jesús nos toma de la mano, nos reprocha dulcemente por nuestras dudas, y nos lleva nuevamente a la seguridad de la Iglesia –la barca-, que aunque se bambolee por las adversidades exteriores y por las infidelidades interiores, sigue su curso, enfrentando las tinieblas de este mundo con la luz de la Verdad Evangélica que ha de prevalecer a pesar de tantos infortunios.

No pocas veces el cristiano piensa que alejándose de Cristo, siendo infiel a la Iglesia, o actuando según la personal mirada que sobre ella tiene, encontrará sentido a su vida, cuando por el contrario ese proyecto no lleva más que a un pronto hundimiento.

Cuanto más aparecen las miserias de los bautizados, más hemos de afirmarnos en la seguridad que nos da Cristo.

Él está allí, en su Iglesia, y acude siempre a fortalecernos para que fielmente demos testimonio de nuestra fe en todo lugar y en todo tiempo.

Cristo nos asegura su presencia, aquieta nuestro espíritu y nos convoca a que hagamos, como los apóstoles, nuestra profesión de fe: “Señor, Tú eres el Hijo de Dios”.

(Reflexiones en torno a los textos de la liturgia del XIX domingo durante el año (ciclo “A”).

Padre Ricardo B. Mazza. Director del CEPS “Santo Tomás Moro” y del Grupo Pro-Vida “Juan Pablo II.

Santa Fe de la Vera Cruz, 10 de agosto de 2008.

ribamazza@gmail.com. http://ricardomazza.blogspot.com.

30 de julio de 2008

La Profecía del exterminio de la cizaña


1.-La fuerza interior de la Palabra

La Palabra de Dios (Mateo 13,31-34) nos hace ver que el Reino de los Cielos, es decir, la nueva vida que instaura Jesús, tiene una presencia que avanza despaciosa pero eficazmente.

Por eso Jesús insiste en la parábola de la levadura que es capaz de trabajar desde dentro una gran cantidad de harina, y en la del grano de mostaza que es una semilla muy pequeña, tanto que apenas se ve, pero que cuando crece se convierte en un gran arbusto donde los pájaros se refugian.

Lo mismo pasa en el corazón del hombre cuando damos cabida a la semilla de la Palabra y respondemos libremente a lo que ésta quiere realizar en nuestro interior. Va dando fruto poco a poco, como tomando posesión de nosotros, otorgando nuevo sentido a nuestra existencia.

Los discípulos –según el texto bíblico- entendieron lo que el Señor les enseñaba acerca de esta fuerza interior de la Palabra, por eso no pidieron explicación alguna.

Pero con la parábola del trigo y la cizaña (Mateo 13,24-31) no entendieron lo que se les quería transmitir. De allí que le dicen con vehemencia: “explícanos la parábola del trigo y la cizaña”.

Y Jesús la explica (Mateo 13, 36-43) de un modo muy simple porque los quiere llevar a entender los misterios más profundos, en este caso el de la libertad del hombre y cómo Dios la respeta en toda su extensión, aunque resulte incomprensible muchas veces cuando se trata de una libertad que defecciona del bien para realizar el mal.

2.-La presencia del trigo y la cizaña entre nosotros.

Partiendo de lo que acaece en la naturaleza, los lleva a entender lo que sucede en la vida interior del hombre en el que se juegan las grandes decisiones que marcan nuestra trayectoria temporal hacia lo eterno.

Es esta una parábola donde se descubre cuál es el sentido de la vida humana, del cual reniegan no pocas personas.

El que siembra el trigo es el mismo Jesús, y la buena semilla, es decir el trigo, es toda persona que vive para hacer el bien.

La cizaña representa a los seguidores del maligno, el cual hace su trabajo sembrando el mal en el campo del Señor, y en nuestro propio interior.

¿Qué nos enseña esta parábola? Que la lucha entre el bien y el mal es permanente. Que los incondicionales del maligno buscan confundir a los seguidores del Señor y ahogarlos con sus mentiras y errores.

Se trata de la presencia del mal, no querida por Dios, pero sí permitida desde el pecado original por el cual quedamos inclinados a las obras del mal, aunque con la libertad soberana de rechazar su influjo y servir al único Dios.

Es necesario descubrir cómo obra la cizaña y cómo hemos de operar nosotros. Es decir hacer una lectura de nuestra vida diaria para descubrir las insidias del maligno y sus seguidores, y así diferenciarnos a través de las obras del bien.

Llamados a discernir el trigo de la cizaña en los grandes temas de la existencia: la vida, el matrimonio, la economía, la política etc.

3.-Las obras del trigo y de la cizaña

Quien favorece el matrimonio y la familia según la visión bíblica, quien asiste a través de políticas de estado al bien de la familia estará trabajando como trigo.

Por el contrario, la cizaña representada por los seguidores del maligno intentará destruir el ideal del matrimonio constituido por dos personas de distinto sexo, promoverá el amor libre, las uniones de hecho o “a prueba”, las familias ensambladas y cuanto desatino esté de modo en la cultura decadente de nuestro tiempo.

Muchas veces nos sucede que a pesar de haber sido bien formados en la verdad cristiana, estas semillas de cizaña nos van bombardeando de tal manera que asumimos como “normal” lo que nada tiene que ver con el evangelio.

El Señor y sus seguidores trabajan día a día en la defensa de la vida humana, promoviendo lo que la dignifica, procurando la grandeza del ser humano para que viva como señor de todo lo creado, con vivienda digna y trabajo adecuado.

Pero también el maligno y sus seguidores trabajan sin descanso promoviendo la cultura de la muerte, el aborto, la eutanasia, la explotación del hombre por el hombre, el empobrecimiento de los pueblos, la esclavitud infantil.

En el mundo de la política el trigo trabaja en aquellos que buscan ser fieles a lo que Dios les pide y defienden la realización del bien común, esto es, creando aquellos ámbitos en los que pueda desarrollarse el hombre de una manera adecuada.

Pero la cizaña está presente, a la inversa, cuando el político se olvida de su deber para con la población y toma su función como un botín de guerra procurando sólo enriquecerse en perjuicio de sus hermanos.

El trigo está presente además en el mundo de la verdad que nos presenta Jesús y su Iglesia a través de la doctrina Social o de las distintas enseñanzas que se han mantenido incólumes a través del tiempo.

La mentira, cuyo padre es el demonio, está por otra parte muy presente en nuestro mundo. La vemos, la percibimos, la oímos. Vivimos en la mentira institucionalizada de tal manera que, corremos el riesgo de no divisarla o de no tomar conciencia de su malicia.

En la relación con Dios, el trigo será el intento permanente a estrechar vínculos de amistad con El, de vivir de su misma vida, de escuchar su Palabra, de parecernos más a El, de tener los criterios del Evangelio.

La cizaña sembrada en el mundo y en nuestro corazón buscará en cambio alejarnos de Dios por el rechazo o la indiferencia, o a incentivar el primer deseo pecaminoso del hombre de querer ser como Dios, desplazándolo a El permanentemente.

4.-El misterio de la presencia del mal-cizaña.

Ante la presencia de tanto mal en el mundo surge una pregunta obligada, ¿qué debemos hacer? O ¿por qué Dios no destruye tanto mal presente en la sociedad en la que estamos insertos?

Como los peones de la parábola le decimos al Señor, hasta con bronca: ¿quieres que saquemos la cizaña para que no perjudique el trigo?

Y El nos responde: ¡No lo saquen, no sea que quiten también el trigo!

Y así hasta la muerte personal de cada uno o el fin de los tiempos –la cosecha de la parábola- viven juntos el trigo y la cizaña, el bien y el mal. Sobre unos y otros hace salir el sol el buen Dios, envía la lluvia a todos, da de comer y vestir a unos y a otros, hasta el momento por El fijado en que se esclarecerá el panorama y se hará la separación definitiva, donde los buenos resplandecerán para siempre y los que hacen el mal serán arrojados al horno ardiente.

Aunque esta convivencia se hace muchas veces gravosa, debe sin embargo llenarnos de consuelo.

En efecto, en el libro de la Sabiduría (12,13.16-19), se nos afirma que Dios manifiesta su poder a través de la misericordia y de la justicia.

Nos damos cuenta con esta afirmación que este período que va desde los comienzos del mundo hasta su fin, es el tiempo de la paciencia de Dios.

Es el período en que Dios quiere ejercer su misericordia. El lapso en que da diversas oportunidades para que los seguidores del maligno se conviertan y se vuelvan trigo, seguidores de la Verdad y del Bien.

Pero da un límite, signado por la siega y la cosecha final en el que se separarán unos de los otros.

Y confiamos esperanzados en la promesa del Señor de tal modo que aunque vivimos en medio de todo tipo de injusticias, sin embargo no perdemos la certeza de que alguna vez se manifieste la Justicia de Dios.

Y esto responde al sentido más íntimo de todos nosotros, orientados siempre hacia el Creador desde el inicio hasta llegar a la meta última que es El mismo.

Nuestro deber consistirá en trabajar sin desfallecer para ser trigo como miembros del Reino Nuevo que instaura Jesús.

No cansarnos nunca de obrar el bien aunque pareciera que todo se desploma, ya que llegará el tiempo –no sabemos ni el día ni la hora- en que el gran victorioso será el mismo Dios.

Tratar de poner luz donde hay tinieblas, descubrir el mal y ponerlo en evidencia para que no triunfe impunemente engañando a todos.

Y para esta tarea no tener miedo ya que no estamos solos.

Pero reconocer que hemos de trabajar también para desechar la cizaña que crece muchas veces en nuestro interior, para que sólo tenga vida el buen trigo.

Padre Ricardo B. Mazza. Director del CEPS “Santo Tomás Moro “y del Grupo Pro-Vida “Juan Pablo II”.

ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com;

Reflexiones sobre Sabiduría 12,13.16-19 y Mateo 13,24-43.

Santa Fe de la Vera Cruz, 30 de Julio de 2008.

15 de julio de 2008

EL PRECIO DE LA TRAICION


“En nuestros días es patente esta larga serie de traiciones y de compra y venta de voluntades”.

Ya en un artículo anterior (El retorno de Antíoco IV) había mencionado lo que significó para Palestina y por lo tanto para el pueblo Judío, el advenimiento del Rey Antíoco IV Epifanes (174 a 164 a.C.) de la dinastía Seléucida que trata de imponer por todos los medios un cambio radical en el plano político, cultural y religioso.

Para conseguir dichos objetivos era necesario silenciar al pueblo en su profesión religiosa, dando carta blanca al paganismo más profundo, retrocediendo el pueblo de su fe en el Único Dios para someterse al Dios Estado.

En rigor esta nueva propuesta de desculturalizar un pueblo fue un antecedente en el pasado de la filosofía de Gramsci.

Es cierto, hay que reconocerlo, que Antíoco pensaba producir el cambio a sangre y fuego, mientras que Gramsci es partidario de producir transformaciones lentamente, variando el pensar del pueblo para ir inculcando “nuevos valores”, o mejor dicho “nuevos desvalores”.

En lo que ambos coinciden es que hay destruir la fe del pueblo o vaciar esa fe de un contenido pétreo, ya que la misma es un obstáculo para la dominación de un pueblo.

Para Antíoco la piedra que hay que desplazar es el culto al Dios de la Alianza, para Gramsci la Iglesia Católica.

Pero volvamos a Antíoco IV Epífanes.

Es propio del tirano tratar de imponer su voluntad a través de la fuerza bruta pensando que el temor diezmará al enemigo.

En rigor este modo de razonar no hace más que dejar al desnudo la debilidad del gobernante invasor que pretende lograr por el poderío militar lo que no puede conseguir con la fuerza de los argumentos, ya que estos no existen o porque no condicen con el pensamiento de los oprimidos.

El poder de las armas, sin embargo, no logra lo que pretende el rey ya que se le opone un pueblo que no está dispuesto a dejarse vencer renunciando a su fe en el único Dios.

Antíoco entonces, profundizando su proyecto, idea una solución que muchas veces los gobernantes utilizan: lograr la traición de las clases dirigentes.

Es notable percibir cómo a lo largo de la historia humana, muchos pueblos son vencidos por medio del “precio de la traición”.

Partiendo de la tesis de que todo hombre tiene un precio, se busca tentar a los líderes -que se enfrentan al tirano- para debilitarlos y conseguir su objetivo, mediante la compra de las voluntades.

Y así la miserabilidad de los distintos actores de esta trama siniestra aparece en toda su bajeza.

La “compra” de voluntades habla a las claras de la existencia de seres humanos que no vacilan un instante en degradar la dignidad humana, no sólo la propia sino también la ajena.

Nos enfrentamos con una especie de idolatría, ya que se deja de adorar al Dios verdadero y a la Verdad que dimana de El, para servir y rendir culto al tirano.

Se cede a la tentación latente desde el pecado original de querer ser como “dioses”, perdiendo de esa manera la personal dignidad de hijos de Dios, y disponiéndose a realizar lo que les da la gana.

Los “traidores” demuestran a las claras que no les interesa si sus decisiones denigran o perjudican a los demás. No buscan con sus acciones el bien de todos, sino el suyo propio.

En el fondo dejan al descubierto su personal sordidez y su incapacidad para oponerse al poder de turno para defender la verdad.

Dirán para justificarse que deben ser fieles al bando que los ha encaramado en alguna esfera del poder, como si esta fidelidad puede ser superior a una más alta: la fidelidad a la verdad.

La conciencia de estos ingratos fácilmente se tranquiliza suponiendo que “si no soy yo será otro” el que actúe de manera pérfida.

Por lo general este tipo de personajes tiene un pasado no muy santo, que los hace débiles para asumir con valentía compromisos enaltecedores, vulnerables siempre ante las pretensiones del poder de turno.

Y como no se puede servir simultáneamente a Dios y al dinero, prefieren inclinarse ante el espejismo de grandeza que les ofrece el mismo, antes que servir a la verdad que les presenta su Creador.

En nuestros días es patente esta larga serie de traiciones y de compra y venta de voluntades.

Y así por ejemplo, el vaciamiento de los países de sus recursos naturales supone siempre la existencia de un poder tiránico que quiere despojar a las naciones de su patrimonio para utilizarlo como factor de dominio, y de una clase dirigente a la que no le interesa traicionar su propia Patria si eso supone atiborrarse los bolsillos de abundante ganancia.

La imposición del aborto, la eutanasia, la esterilización, la anticoncepción y todo género de elemento denigratorio de la persona humana, no significa sólo una concepción ideológica particular que se quiere cargar a toda costa en los pueblos vaciando su cultura, sino que están en juego la codicia de riquezas y el dominio de los fuertes sobre la debilidad de los que ya no tienen voz en este mundo: los pobres, los niños, los enfermos, los ancianos.

En el mundo laboral, para someter al hombre, se implementan políticas que estudian los “recursos humanos” que se necesitan para las empresas modernas.

Para ello no pocas veces un selecto número de profesionales de la salud “mental” deberán convencer a los trabajadores a través de cursos de “perfeccionamiento laboral”, que su verdadera realización y perfección supone siempre trabajar más, sin pretender mejores remuneraciones, mayor presencia en sus familias o el descanso dominical.

Y si algún rebelde trabajador se presentara oponiéndose a este sistema agobiante, deberá llamarse a silencio – porque los que han de velar por los derechos laborales ya “han sido convencidos” de la bondad de este sistema- o escuchar: “si no te gusta, ahí tenés la puerta”, detrás de la cual esperan impacientes, innúmeros candidatos dispuestos a probar suerte.

El recorrido podría extenderse mucho más si contamos con los que ascienden a cargos altos a pesar de su ineptitud, porque tienen el sólo “mérito” de ser esclavos del poder de turno, o los que –como en la antigua Roma- por paga mercenaria aprueban leyes irracionales, juzgan al inocente por un par de monedas, o forman fuerzas de choques para mantener el esquema de poder reinante.

Pero volvamos -luego de este paréntesis de pensamiento- a la figura de Antíoco.

El pasaje de 1 Macabeos 2,15-29 narra los comienzos de la revuelta macabea. Todo empieza cuando un inspector real llega a Modín, lugar de residencia del sacerdote Matatías.

El pueblo, situado a unos 30 kilómetros de Jerusalén, ha escapado durante cierto tiempo al control policial. Finalmente se presenta un emisario real y obliga a hacer un sacrificio, probablemente el conmemorativo del día natalicio del rey (2 Mac 6,7).

Invita de manera especial a Matatías por su ascendiente sobre los demás tratando de comprarlo: “Tú y tus hijos recibirán el título de amigos del rey, serán premiados con oro y plata y muchos regalos” (v.18).

El intento de sobornar voluntades está consumado. El emisario real toma esto como un hecho bastante frecuente, posiblemente lo ha repetido muchas veces para obtener el favor de los que suelen tener vocación de traidores.

Pero Matatías no sólo se niega sino que muestra su dignidad diciendo “¡Dios me libre de abandonar la ley y nuestras costumbres! No obedeceremos las órdenes del rey, desviándonos de nuestra religión a derecha ni a izquierda” (vv. 21 y 22).

Este lenguaje habrá desconcertado al emisario real. No estaba acostumbrado a que alguien se negara ante las seducciones del poder y el dinero.

Pero allí estaba presente la dignidad de toda una familia de judíos fieles que ofrendaban sus vidas por defender la verdad de su Dios.

Pero sucede entonces que un judío, para evitar posteriores represalias contra el lugar, intenta cumplir las órdenes del rey.

Matatías, estremecido de cólera al ver a un judío sacrificar a los dioses paganos, y siguiendo los preceptos de la ley (Dt. 13,7-12) castiga con la muerte al apóstata y mata también al inspector real.

Esta acción supone el paso de la resistencia pasiva a la lucha abierta huyendo Matatías y sus hijos a los montes, ¡para comenzar la lucha de guerrillas!...

Después de un período de resistencia, acompañado de numerosos fieles y ya a las puertas de la muerte afirma:"Ardan de celo por la Ley, dando la vida por la alianza de nuestros padres”. (v.50)..... ¡porque ninguno que confía en el Cielo es confundido!.(v.61).. “y no teman las amenazas de ese malvado, porque su gloria se convertirá en estiércol y gusanos; hoy es exaltado y mañana desaparece, porque habrá vuelto al polvo de donde vino y sus proyectos quedarán frustrados” (v.62 y 63).

Y exactamente eso le ocurrió a Antíoco Epifanes a su muerte! (1Mac. 6, 8-13).

Hermosos consejos deja a la posteridad Matatías, permitiendo entrever a quienes creemos que es necesario ser testigos de la verdad aunque muchas veces tengamos que sufrir el desprecio, la ignorancia, la indiferencia y hasta la misma muerte.

En Matatías se conjuga el amor a Dios y el amor a la Patria, porque ambos amores van siempre juntos, como doble obligación a vivir por la caridad: el amor al Creador y el amor a sus hermanos los que habitan una misma Patria.

Padre Ricardo B. Mazza. Director del CEPS “Santo Tomás Moro”.

Santa Fe de la Vera Cruz, 14 de Julio de 2008.

ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com