9 de diciembre de 2024

La Virgen Santísima fue concebida sin pecado original, aplicándosele a ella, de un modo anticipado, los méritos futuros de su Hijo, que moriría en la cruz.

 

Se celebra hoy el segundo domingo de Adviento en la Iglesia, pero la Santa Sede,  hace años, ha concedido a la República Argentina una dispensa y, es que en los años en que la solemnidad de la Inmaculada Concepción, coincide con un domingo, se celebre la Eucaristía en honor de la Virgen Santísima, habida cuenta del peso que tiene esta devoción en la comunidad católica. Por eso es que estamos celebrando esta misa en honor de la Inmaculada Concepción, manteniendo algunos elementos propios del segundo domingo de Adviento, como fue la segunda lectura. 
De hecho, no debemos separar esta fiesta de la Inmaculada del marco del tiempo de Adviento en el que vivimos. ¡Qué mejor que celebrar a la Virgen mientras esperamos el nacimiento de su Hijo! 
Ahora bien,  ¿qué se celebra en esta fiesta de la Inmaculada Concepción, dogma de fe instituido por el Papa Pío IX en 1854? Recordemos que, antes de esa fecha, ya el pueblo fiel celebraba con devoción a la limpia y pura Concepción de María. Es decir, desde la fe  se entendía que aquella que había sido elegida como Madre del Salvador, no podía estar manchada con pecado alguno. 
Por eso, el dogma de fe define que la Virgen Santísima fue concebida sin pecado original, aplicándosele a ella, de un modo anticipado, los méritos futuros de su Hijo, que era el Hijo de Dios hecho hombre, que moriría en la cruz. 
De manera que Dios preparó a María de una manera especial para que fuera digna morada de su Hijo hecho hombre. 
El misterio de la encarnación que acabamos de proclamar en el texto bíblico, supone la Inmaculada Concepción de María, o sea, que la Virgen fuera engendrada sin pecado original. 
Y de esa manera, ella restablece el orden que existía en la creación del hombre pero que el mismo ser humano destruyó con el pecado. 
El pecado original del cual hemos escuchado en la primera lectura,  provoca un desorden muy grande en el ser humano, ya que lo enemista con Dios,  con la naturaleza de las cosas, con los demás y consigo mismo. 
Por eso no es extrañar que cuando Dios pregunta a Adán, ¿dónde estabas?, le contestara el primer hombre que se había ocultado porque estaba desnudo, -desnudez como pérdida de la inocencia original-. ¿Y quién te dijo que estabas desnudo? ¿Cómo has caído en la cuenta de tu separación con el Creador? Porque justamente el hombre y la mujer habían desobedecido al Señor entrando su pecado, el pecado original, a todos los hombres y con él también la muerte,  último enemigo que será destruido al fin de los tiempos, pero que ya ha sido vencido por la muerte de Cristo y su resurrección. María Santísima, entonces, al aceptar ser la Madre del Salvador, pasa a ser el medio a través del cual llegará la salvación para la humanidad. 
María Santísima, servidora del Señor viene en ayuda nuestra como Madre y clama siempre delante de Dios Padre y de su Hijo por nosotros,  por nuestro bien. Intercede para que no nos falte nunca la gracia de lo alto para poder vencer al espíritu del mal y seguir caminando en este mundo hacia la patria celestial. 
Por eso, queridos hermanos, pidamos siempre a María Santísima que  guíe nuestros pasos,  proteja, y enseñe el camino que conduce a su Hijo.  
Hermanos: Imitando a María que dijera "Yo soy la servidora del Señor, que se haga en mí según has dicho", también nosotros, descubriendo el plan  divino sobre cada uno, podamos también decir humildemente Yo soy el servidor o Yo soy la servidora, hágase en mí según tu palabra.


Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía  en la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María Santísima. (en el 2do domingo de Adviento Ciclo C.)  08 de Diciembre de 2024.

2 de diciembre de 2024

Con la mirada puesta en la segunda venida de Cristo, preparemos el corazón para actualizar su nacimiento salvador de la humanidad en Belén.



El Reino de Judá en el siglo VI a.C., no se distinguía por su fidelidad al Dios de la Alianza, agravado esto por el gobierno  de una serie de reyes ineptos, por lo que el profeta Jeremías anuncia el escarmiento bajo el enemigo, pero no lo escuchan.  Llegado el momento Nabucodonosor, rey de Babilonia, sitia a Jerusalén, la ciudad es avasallada, y a su vez, se desploma el Reino de Judá.
Después de esto se produce el destierro a Babilonia de las clases dirigentes, quedando sólo los pobres en la ciudad en ruinas donde todos se lamentan por el gran desastre ocurrido. 
Sin embargo, Jeremías que había anunciado calamidades, movido por Dios, anuncia  la necesidad de mantener la esperanza viva mirando el futuro, cuando nazca un nuevo retoño del tronco de David, un nuevo germen, el Mesías, el cual se llamará nuestra justicia.
En efecto, Él será nuestra justicia porque vendrá a implantar justicia y derecho, no sólo en el pueblo elegido, sino también en  la tierra. 
A su vez, comprobamos que la historia de la salvación comienza ya en la creación del mundo, se continúa en el tiempo durante el cual se prepara el nacimiento del Mesías, que vamos a actualizar en la próxima Navidad, y  se continúa después del nacimiento y de la vida de Cristo,  hasta llegar a su segunda venida, al fin de los tiempos. 
De manera que, el año litúrgico que hoy comenzamos, con el tiempo de Adviento, prepara nuestro espíritu para celebrar el nacimiento del Hijo de Dios hecho hombre, y comprendamos que, así como ese acontecimiento se cumplió en el tiempo, también se concretará  la segunda venida de Cristo, para la cual hemos de prepararnos. 
La segunda venida de Cristo  exige para el presente una actitud de vigilante espera, no abatirse por el pánico o el terror, sino sabiendo que el fin de los tiempos llegará, que ignoramos el día y la hora, y se realizará para que nosotros podamos acceder al reino que no tiene fin, que ya inaugurara Cristo nuestro Señor. 
Para alcanzar la meta de salvación  es imprescindible también las buenas obras, de las cuales habla San Pablo, en la segunda lectura, escribiendo a los tesalonicenses (I Tes. 3,12-4,2), donde  insiste en la necesidad de que sigan creciendo en santidad. Se trata de una comunidad que es fiel al Señor, que trata de obrar siempre en consonancia con el Evangelio, pero que no significa esto quedarse en lo que uno ya vive, sino en aumentar la calidad en nuestra relación con Dios y en la relación con los hermanos. De manera que entonces, con la mirada puesta en la segunda venida de Cristo, preparar el corazón para que cuando Él venga, no nos encuentre desprevenidos, sino atentos para ir con Él a la gloria del Padre.
El texto del Evangelio (Lc.21,25-28.34-36) vuelve a insistir con términos fuertes, acerca del fin de los tiempos, y obviamente, está contemplando Lucas, más que todo, la caída de Jerusalén en el año 70, que implicará que la nueva iglesia, el cristianismo, continúe, prolongue la vida religiosa del pueblo elegido. 
La caída de Jerusalén, por lo tanto, no es un mero hecho histórico, con la destrucción del templo, sino que implica siempre un nuevo comienzo. En el caso del Antiguo Testamento, el nuevo comienzo se verifica con el anuncio del Mesías, el nuevo germen de David, y en el caso de la caída de Jerusalén en el Nuevo Testamento, la continuación de la iglesia fundada por Cristo nuestro Señor. 
A nosotros se nos pide, por lo tanto, en este tiempo de Adviento, ir preparándonos para encontrarnos con el Señor. Por eso también es un tiempo litúrgico de penitencia, de conversión, para profundizar en las maravillas que Dios hace con nosotros y que siempre espera que respondamos con una entrega cada vez mayor a Él y al prójimo.


Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el 1er domingo de Adviento. Ciclo C.  01º de Diciembre de 2024.


25 de noviembre de 2024

Jesús es entronizado como Rey de todo lo creado, por lo que todo está bajo sus pies para entregarlo luego al Padre de los cielos.





Con este Domingo en que celebramos la Solemnidad de Cristo Rey del Universo concluye el año litúrgico y comenzaremos Dios mediante el domingo próximo un nuevo año litúrgico con el Tiempo del adviento.
Las lecturas bíblicas de hoy nos muestran cómo Jesús es entronizado como Rey de todo lo creado, por lo que todo está bajo sus pies para entregarlo luego al Padre de los cielos.
El profeta Daniel (7, 13-14) en una visión, ve a un como Hijo de hombre, que  refiere a Cristo, que se acerca  al anciano que está en el trono y  "le fue dado el dominio, la gloria y el reino, y lo sirvieron todos los pueblos, naciones y lenguas. Su dominio es un dominio eterno, que no pasará, y su reino no será destruido"
A su vez,  el libro del Apocalipsis (1,5-8) enseña que Cristo es  Alfa y Omega,  principio y fin de toda la creación, por lo que la misma tiene su sentido mirándolo a Jesús que es el Hijo de Dios hecho hombre, amado desde toda la eternidad por  el Padre, el cual ha puesto todo a sus pies y ha querido que reine en nuestros corazones, para que ya desde este mundo aprendamos a orientar la existencia humana a la gloria de Dios, porque la vida del hombre no tiene sentido si no transcurre en permanente alabanza de Dios nuestro Señor.
Reconocemos en Jesús, al Hijo de Dios hecho hombre, Señor de todo lo creado y de nuestros corazones, a alguien que quiere reinar en el corazón de cada persona y en la sociedad, que quiere ser reconocido como lo que Es, y quiere ser glorificado para que también el ser humano participe de esa misma gloria.
Sin embargo, el mundo sigue por otro camino, la gente sigue obnubilada  por otros elementos destructivos, vive en la frivolidad, adorando lo que acontece, lo efímero, y deja de lado lo eterno, el dar culto de adoración a quien es el principio y el fin de todas las cosas, de manera que la vida del ser humano transcurre muchas veces en este mundo sin tener un sentido profundo, siendo una pasión inútil.
No pocas veces acontece que el ser humano vive porque vive, porque el aire es gratis y no tiene una finalidad en su existir, no ha puesto su mirada en una meta eterna, en vivir para siempre con Dios y en reconocer siempre el reinado de Cristo nuestro Señor.
A pesar de nuestros desvíos,  Jesús  quiere reinar en nuestro corazón, pero ya nos advierte como le dice a Pilato (Jn. 18, 33-37),  "mi realeza no es de este mundo", o sea,  no esperen que sea rey temporal,  un rey humano según el modelo de este mundo, sino que mi reyecía tiene otro nivel, otro sentido, quiero reinar en el corazón de cada uno para que también cada persona pueda rendir culto de adoración a Dios como el Hijo amado del Padre Jesucristo y pueda participar de su gloria eterna.
Jesús enseña, a su vez, que ha nacido y ha venido al mundo para ser testigo de la verdad, por lo que todo aquel que es de la verdad escucha su voz, ya que Él es la Palabra del Padre.
Pilato, sin embargo, pregunta  "¿Qué es la verdad?" pero no le interesa escuchar la respuesta del Señor, el cual es la Verdad.
Ahora bien, el incrédulo  pregunta: ¿Cómo puede Jesús pretender ser la verdad? ¿Por qué tenemos que reconocerlo como alguien que es la verdad? ¿Acaso no ha fracasado muriendo en la cruz?
En efecto,  nos encontramos con que muchos desconocen que Dios es la Verdad, piensan que es un crucificado más, sin embargo, en la cruz resalta con esplendor la verdad de la salvación del hombre. 
Por eso, es que  dirá uno de los crucificados con Jesús, "acuérdate de mí cuando estés en tu Reino",  reconocido en Cristo la verdad eterna que no pasa con el tiempo, sino a aquel que tiene un reino eterno, que existe en el corazón de quien le es fiel, que existe desde siempre.
Queridos hermanos: pidamos al Señor que reine en nuestros corazones, que no nos deje adorar a otros dioses, a otros reyes, a otras realidades pasajeras, sino solamente a Él.

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el domingo XXXIV del tiempo per annum. Solemnidad de Cristo Rey del Universo. Ciclo B.  24 de noviembre de 2024.


18 de noviembre de 2024

El presbítero debe ser siempre fiel en proclamar la verdad, celebrar los sacramentos y guiar al pueblo por la santidad de vida a la meta celestial.

 

En esta misma hora, pero hace ya 50 años, Monseñor  Vicente Zazpe, entonces arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz, me ordenaba sacerdote en la iglesia parroquial del Sagrado Corazón de Jesús, en la que habían contraído matrimonio mis padres y fuera yo bautizado, de manera que era un templo que tenía una honda significación para mi vida, por eso el Obispo accedió a que la ordenación fuera allí.
Cincuenta años ya transcurridos, tantos recuerdos, tantas vivencias, tantos momentos en los que he tratado siempre de dar testimonio de lo que plantea el Evangelio de esta misa, cuando Jesús le pregunta a Pedro por tres veces si lo amaba más que los demás (cf. Jn.21,15-17).
Y con la respuesta de Pedro, a la cual me uno, también yo he querido manifestarle a Dios en ese momento que por el amor grande que a Él le tenía, estaba decidido a ser sacerdote. 
Ahora bien, en mi historia personal, ya había descubierto mucho antes lo que señala el profeta Jeremías (cf. Jer. 1,4-9), cuando Dios le dice que lo había elegido como profeta para que transmita al pueblo lo que Él le iba a indicar.  El elegido desde el vientre de su madre, como recuerda el texto, recalca que es débil, que no tiene las cualidades necesarias para la misión profética. A esto, Dios responde que es por su gracia, que comunicará lo que se le indique, y que no tema lo que pueda acontecer en su misión profética. 
Y el profeta accede, y sabemos lo mucho que tuvo que sufrir por transmitir la verdad, el mensaje que Dios le entregaba. 
Porque también la vida del sacerdote, como la del profeta, ha de ser un vivir señalando permanentemente la verdad revelada y no ocultarla por miedo a nadie, o por el rechazo de la gente,  porque más bien ha de temerse  el rechazo de Dios,  por no seguir su voluntad. 
La transmisión de la verdad, lamentablemente en nuestros días muchas veces se ve aguada, ya que se busca, no pocas veces, transmitir una verdad que conforme a todo el mundo,  admitiendo y aceptando lo que el mundo adora y enseña con total desparpajo. 
El sacerdote de Cristo,  debe mantenerse siempre fiel a la Palabra del Señor y transmitir la verdad tal como es. Sabemos que no siempre la verdad resulta atractiva en el mundo en el cual vivimos, porque no pocas personas, aún dentro de la Iglesia, no quieren que se las moleste con enseñanzas diferentes al pensamiento mundano.
Transmitir y defender la verdad es la mejor muestra de amor para con el prójimo, porque el ser humano necesita más en nuestro tiempo, saber cómo se está jugando su vida interior en la aceptación o no de la Palabra de Jesús. 
Hoy en día muchas veces la gente se pregunta por esto, por lo otro, ¿qué hacer? Por ejemplo, más de una vez cuando una pareja de novios decide irse a vivir juntos, ¿qué se preguntan acerca de esto? ¿Se preguntan lo que enseña el Evangelio? O más bien dicen, no, el mundo lo ve como algo normal, como algo común, hagámoslo. 
Y ahí tienen un claro ejemplo de con qué facilidad el ser humano no pocas veces deja de lado el mandato de Cristo para seguir la voz del mundo, las costumbres del mundo. Y así vamos, porque de hecho cuanto más se afloja en este campo no resultamos  ejemplo de nadie, ni para la vida laical ni para la vida sacerdotal.
¿Qué joven hoy en día va a jugar su vida para entregarse a Cristo en la vida religiosa o en la vida sacerdotal si no ve un mensaje claro de que es necesario seguir a Cristo, imitar a Cristo y enseñar lo que Cristo ha enseñado? Porque ahí se juega la propia salvación del mismo sacerdote. 
A su vez, el sacerdote es ordenado principalmente para la Eucaristía, como acabamos de escuchar en la segunda lectura tomada de la primera carta de los Corintios (11,23-26). La Eucaristía, la que estamos celebrando ahora en la cual el pan se convierte en el Cuerpo de Cristo y el vino en la Sangre de Cristo que se da como alimento de vida eterna a quien está debidamente preparado. 
La Eucaristía que es la fuente y es el culmen también del culto divino de la adoración a Dios. 
Pero, por supuesto, también la administración de los otros sacramentos que forman parte de los caminos con que Dios nos regala para nuestra salvación. De manera que la transmisión de la palabra, de la verdad, por la que se caracteriza la misión profética del sacerdote, se une también la misión sacerdotal para administrar los sacramentos y también la tercera misión, la de reinar, o sea la de ser cabeza del pueblo que se le confía al sacerdote para procurar de todas formas encaminar, ayudar, guiar a todos para vivir también en la unión con Cristo y llegar a la meta que se nos ha prometido que es la gloria del cielo. 
Quiera  Dios concederme en el tiempo que Él  disponga, la fuerza necesaria, la gracia para seguir siendo profeta en medio de una sociedad que no busca la verdad, sacerdote en la administración de los sacramentos que son la vida del alma y también pastor o guía de todos aquellos a los cuales el Señor me presenta para poder ayudarlos al encuentro definitivo con Dios nuestro Señor. 
Pido la gracia divina,  y pidan también ustedes por mí para que el Señor me mantenga firme en este camino sabiendo siempre que Dios es más fiel que  el mismo sacerdote. 
A lo largo de mi vida son tantas las gracias recibidas, las muestras de amor por parte de Dios que superan totalmente lo que yo haya podido hacer por Él. Que el Señor entonces me acompañe para poder permanecer siempre fiel a lo que Él me ha entregado.


Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el 50 aniversario de su ordenación sacerdotal.

(domingo XXXIII del tiempo per annum. Ciclo B.  16 de noviembre de 2024).


11 de noviembre de 2024

La viuda nada se guardó para sí, se lo entregó todo a Dios, abriéndose a Él, su único apoyo, confiando que no sería defraudada.

 

La Palabra de Dios nos muestra hoy ejemplos de una fe profunda que conduce a vivir con  esperanza y se traduce  en caridad para con el prójimo. 
La primera lectura proclamada (I Reyes17,10-16) señala al profeta Elías como un acérrimo  defensor de la pureza del culto divino al Dios de la Alianza, que no soporta en Israel  la contaminación que trae la reina Jezabel, extranjera, que impone el culto a dioses falsos, en el cual caen no pocos israelíes.
Perseguido por la reina inicua,  Dios lo envía a Sarepta, donde reina el culto a los ídolos, pero a su vez, lugar donde  una viuda -por inspiración divina- asiste al profeta confiando en la palabra  revelada, estando también ella en peligro, pues luego de cocinar pan para su sustento y el de su hijo y comer, esperarían  la muerte.
Sin embargo, confiando en la palabra divina, cocina para Elías y Dios la premia, porque la fe que ostenta continúa en la esperanza por una vida nueva, convertida en caridad,  al auxiliar al profeta. 
Dios la premia, decíamos, porque no se agota el tarro de harina, ni el frasco de aceite, hasta que la lluvia ausente por tres años,  nuevamente hace fructificar los campos. 
Con esta actitud de la viuda, contemplamos el ejemplo de alguien de origen pagano, que cree en la palabra de Dios transmitida por el profeta, siendo premiada por su fe, su esperanza y por su actitud de caridad para con el prójimo. Descubrimos de ese modo cómo toda acción buena que el hombre realiza, recibe el premio divino.
En el texto del Evangelio (Mc. 12, 38-44) nos encontramos con la figura de otra viuda, que entrega todo lo suyo a la providencia divina.
¿Cuál es el marco de referencia? Jesús está observando a la gente que acerca su limosna al tesoro del templo, que servía para el sustento de los ministros, el sostenimiento del culto y del mismo templo, y se percata que hay ricos que entregan grandes sumas de dinero. 
Por su parte, se acerca sigilosamente una pobre mujer que deja apenas dos moneditas de cobre, que es todo lo que poseía.
Y como Jesús lee el corazón del hombre, llama a sus discípulos y les dice, que los ricos han dado en abundancia pero de lo que sobra, o sea, no se han perjudicado en su vivir cotidiano por la limosna que han entregado al templo, ya que su fortuna no ha mermado.
En contraste con esta actitud de los ricos, la mujer viuda se desprendió de estas dos moneditas de cobre necesarias para vivir ella misma, hizo la limosna para el culto divino con generosidad, con una profunda fe, abriéndose totalmente a las maravillas de Dios. 
Se trata de una mujer que con su actitud, sin saberlo, estaba imitando a Jesús nuestro Señor, el cual en el momento de la crucifixión entregó todo de sí, ya que no se guardó nada, sino que se entregó al Padre del Cielo por la salvación del hombre muriendo en la cruz.
Esta mujer tampoco se guardó nada para sí, se lo entregó todo a Dios, abriéndose a Él, su único apoyo, confiando que no sería defraudada.
Jesús alaba la magnífica actitud de esta mujer, mientras que censura a los ricos que buscan pavonearse, que todo el mundo los vea, ella, en cambio, lo hace subrepticiamente, casi ocultamente. 
A su vez, denuncia el Señor a los escribas que buscan siempre el primer lugar, son figuretes, quieren que la gente los aplauda, ser reconocidos cuando oran públicamente, pero están vacíos, distinta a la oración de esta mujer, que es una oración cargada de fe y confianza en Dios nuestro Señor. 
El texto bíblico señala  que los escribas se enriquecen, quedándose con aquello que pertenece a las viudas, refiriéndose Jesús con esto al incremento de los impuestos que debían pagar y que ciertamente  perjudicaban más a las viudas, a los huérfanos, a los pobres. Pero a los escribas no les interesa eso, lo que importa es que cumplan con la ley. Una ley que carece del espíritu, del Evangelio. Una ley que pretende ser justa y es causa de grandes injusticias. 
Por eso es importante poner siempre nuestro apoyo en Dios nuestro Señor, Él es nuestro refugio, especialmente poniendo nuestra confianza en Jesús como sumo sacerdote, como mediador entre Dios y los hombres (Hebreos 9,24-28), el cual ha entrado a un santuario superior al Templo de Jerusalén, un santuario junto al Padre, para desde allí interceder por nosotros, que caminamos en esta vida se supone con la mirada puesta en la gloria eterna. 
Por otra parte, es interesante retener la afirmación que la carta a los hebreos señala acerca de la muerte, afirmando que el hombre muere una sola vez y luego sobreviene el juicio.
En una cultura como la nuestra donde está de moda la reencarnación, las múltiples vidas que alguien supuestamente vive, contagiado por el mundo oriental, la palabra de Dios nos dice que el ser humano muere una sola vez y luego es juzgado, por lo que  los que fueron resucitados por Cristo, en realidad, volvieron a la vida, sin reencarnarse, para luego morir definitivamente.
Siguiendo los pasos de  Cristo que murió una sola vez también para volver al Padre, nosotros participamos de esa misma muerte que debe ser salvadora para reencontrarnos  con aquel que nos creó.
Pidámosle al Señor que nos dé su gracia, que aumente nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad, que nos ayude a vivir de una manera distinta nuestra existencia. 

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el domingo XXXII del tiempo per annum. Ciclo B.  10 de noviembre de 2024.


4 de noviembre de 2024

Son felices los que han muerto en el Señor, porque ellos son acompañados por las obras buenas que han realizado en este mundo.



Ayer recordábamos a los miembros de la Iglesia triunfante, a los Santos, aquellos que ya participan de la misma vida de Dios y por lo tanto lo contemplan eternamente, para siempre. El recordar a los Santos nos ayuda a buscar imitarlos para poder algún día estar también con Dios. Y a su vez, los que ya están en el Cielo interceden por nosotros y desean que  algún día nos encontremos  con ellos. 
Así lo destaca sobre todo san Bernardo en una de las meditaciones sobre la Iglesia triunfante. 
Por su parte, hoy la Iglesia recuerda a los miembros de la Iglesia purgante, a los fieles difuntos. Pedimos entonces por los difuntos que están purificándose en el Purgatorio. No pedimos por todos los difuntos en general, sino por aquellos que se están purificando. Aquellos que optaron en su vida por Dios y hoy se encuentran en este periodo, en esta etapa de purificación para luego comenzar a ver a Dios cara a cara. Por eso pedimos por ellos. 
Hemos visto en el segundo libro de los Macabeos (12,42-45), cómo Judas Macabeo hace una colecta que envía a Jerusalén para que se ofrezcan sacrificios por los difuntos. De manera que ya en el Antiguo Testamento se expresa esa fe, esa confianza, de que nuestras oraciones, nuestros sacrificios, nuestras limosnas alivian a los difuntos.
 En la segunda lectura escuchábamos en el libro del Apocalipsis (14,13-15) que son felices los que han muerto en el Señor, porque ellos son acompañados en su nueva vida por las obras que han realizado en este mundo. De manera que todas las obras buenas que nosotros hagamos aquí, nos acompañarán en el día de nuestro tránsito a la otra vida, cuando dejemos este mundo temporal para presentarnos ante Dios nuestro Señor. 
Todo esto lleva a considerar necesario  rezar siempre por nuestros hermanos difuntos. 
Nosotros en esta Iglesia honramos a un gran apóstol de las almas del purgatorio, san Juan Macías.
Él se destacó, entre otras cosas, por su devoción particular por las almas del purgatorio, por lo que según una manifestación divina que tuvo al final de su vida,  a lo largo de su existencia temporal pudo liberar del purgatorio a más de un millón cuatrocientas mil de almas.
Él no era sacerdote, pero ofrecía  sacrificios, trabajos, mortificaciones, el rezo del rosario,  la oración,  todo aquello que padecía en este mundo, lo ofrecía por la purificación de las almas del purgatorio. 
De manera que no es extraño que en el momento de su muerte, también muchos de los salvados, gracias a su oración, hayan acudido a acompañarlo como cortejo para encontrarse con Dios para toda la eternidad. 
Recordemos que  las almas del purgatorio, liberadas por nuestra oración, sacrificio o limosna,  se acordarán de nosotros en el cielo, e intercederán  cuando nos purifiquemos.
Recordemos que es una obra de caridad, de amor, pedir por nuestros difuntos, hacer celebrar misas por ellos, ya que es la muestra más concreta del amor para nuestros seres queridos.
 Es el sacrificio eucarístico el que alivia de una manera especial a los que han muerto en el Señor y se están purificando. 
En el texto del Evangelio (Lc. 7, 11-17), Jesús se manifiesta como aquel que es la resurrección y la vida. Pensemos en ese cuadro tan doloroso, una mujer viuda que lleva a sepultar a su único hijo. Jesús no pasa de largo ante esa situación, sino que se acerca y dirá que no llore, y le devolverá a esa madre el hijo que había perdido. 
Una vez más Jesús manifiesta sus entrañas de misericordia, su contemplación ante el sufrimiento, ante el dolor de quien ha perdido a un hijo suyo. 
El Papa Francisco precisamente ha pedido que durante este mes de noviembre se pida en particular por aquellas madres y padres que han perdido un hijo, para que reciban el consuelo de parte de Dios y puedan así, consolados, seguir adelante sobrellevando este gran dolor. 
Cristo nuestro Señor nos invita a mirar la vida después de la muerte. No se termina todo con la muerte, sino que se continúa y por eso, mientras suplicamos por quienes se purifican, nos seguimos preparando nosotros con una vida de santidad y de imitación de Cristo, para que cuando nos llegue el momento, seamos recibidos por la misericordia de Dios y por aquellos hermanos nuestros que ya gozan de la visión de Dios. Amén.

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en la Conmemoración de Todos los fieles difuntos. 02 de noviembre de 2024.

28 de octubre de 2024

Nuestro Salvador Jesucristo destruyó la muerte e hizo brillar la vida, mediante el evangelio (2 Tim.1,10b)

 


El salmo 125 que entonamos recién, recuerda que "los que siembran entre lágrimas cantando cosecharán", provocado esto por la división en dos reinos del pueblo elegido, y la purificación vivida en el destierro, en el exilio padecido a causa del pecado.
Sin embargo, Dios siempre está cerca de la humanidad doliente, por lo que sabiendo que el pueblo elegido ha caído en el pecado y se siente desvalido ante tantos problemas y dificultades que nada puede hacer sin la gracia, sin la ayuda divina, hace realidad el que "grandes cosas hace Dios por su pueblo", como cantábamos recién, de modo que perdona la infidelidad  y reúne nuevamente a todos.
Ya el profeta Jeremías (31,7-9), anuncia una gran alegría para el creyente ya que "El Señor ha salvado a su pueblo, al resto de Israel", y son reunidos "desde los extremos de la tierra", los cuales se fueron llorando al destierro y regresan llenos de consuelo, como anticipábamos, porque Dios es un padre para Israel.
Ahora bien, el que salva es el Mesías, que se hace presente entre nosotros para curar las múltiples dolencias, no solamente las del pecado, sino también, como lo ha manifestado,  las dolencias físicas, de todo aquello que impide de alguna u otra forma vivir a fondo la vida humana, la grandeza de la vida humana. 
El Hijo de Dios hecho hombre se presenta también como Sumo Sacerdote, un sacerdote distinto al que señala  la carta a los Hebreos (5, 1-6), donde el autor sagrado expresa que todo sacerdote debe ofrecer sacrificios por sus propios pecados y los de la comunidad y repetir constantemente estos sacrificios, mientras que Cristo, que es mediador entre Dios y los hombres, una sola vez ofrece el sacrificio de su cuerpo, en la muerte en cruz, para la salvación de las almas.
A su vez, contemplamos a Jesús (Mc.10, 46-52) yendo hacia Jerusalén, después de haber anunciado tres veces que se dirige a la ciudad santa para ofrecer su vida por la salvación de la humanidad, será allí donde será acusado, traicionado y muerto por los pecadores. 
Pero mientras Jesús va caminando, se encuentra con una humanidad doliente, ciega, en la persona de Bartimeo, el hijo de Timeo, este ciego mendigo que está al costado del camino,  escuchando pasar la multitud que va tras los pasos del Mesías.
El ciego comienza a gritar, "Jesús, hijo de David, ten piedad de mí", clamando porque por ser ciego, es un desechado de la sociedad, un marginado, y lo único que atina a hacer es mendigar para su sustento diario, sumergido en la conformidad de sus miserias.
Está  no solamente fuera de la sociedad, sino que no puede tampoco hacer nada en beneficio suyo, de su familia o de otros.
Es signo de la humanidad que tiene la ceguera propia del que no se ha acercado  a Cristo nuestro Señor, aunque lo haya visto alguna vez.
Hoy en día podemos decir que el mundo entero está ciego para ver a Jesús, no lo contempla, no lo ve, no comprende la presencia del Señor entre los hombres. También nosotros muchas veces estamos como ciegos, porque si bien creemos en Cristo nuestro Señor, las realidades de cada día del mundo nos atrapan, y entonces estamos ciegos para contemplar las cosas de Dios. 
O sea, para el ser humano, aún para el creyente, no pocas veces es más importante el celular, las redes sociales y todo aquello que llena el corazón vacío del ser humano, aunque no lo llena del todo porque falta precisamente la presencia de Cristo nuestro Señor. 
Como ciegos dolientes, hemos de gritar y pedir con fuerza, "Hijo de David, ten piedad de mí", y contemplaremos que  Jesús, no sigue adelante, no pasa de largo, sino que se acerca al que sufre, a cada uno de nosotros diciéndonos: "¿Qué quieres que haga por ti?,  "Maestro, que yo pueda ver", expresa el ciego y cada uno de nosotros, a lo que Jesús  responde, "Vete, tu fe te ha salvado".
¿Qué es lo que comenzó a ver el ciego curado y cada uno de nosotros? Que lo más valioso y lo más importante para el ser humano es el seguimiento de Cristo nuestro Señor, aquello  que el joven rico, no supo descubrir demasiado prendido a sus bienes temporales.
Bartimeo que recupera lo que le hacía falta, alcanza la luz, no solamente de los ojos, sino la luz interior, para caer en la cuenta que lo más importante en la adhesión en el seguimiento de Cristo, por eso una vez curado, va detrás de Jesús. 
Nos dice el texto que había pegado un salto, dejando su manto, con lo que quiere indicar que este hombre deja sus seguridades, el manto que tenía como único cobijo, para seguir a Jesús, seguir sus pasos, ir con la muchedumbre. 
¿A dónde van todos? A Jerusalén, porque allí Jesús se dará en sacrificio por la salvación de todos. 
También nosotros hemos de pedirle al Señor que nos otorgue la luz interior, para que descubramos las cegueras y nos curemos de ellas.
La ceguera que nos impide ver a Jesús en los acontecimientos diarios, que impide ver a Jesús en el rostro necesitado de nuestros hermanos, la ceguera que nos impide valorar realmente aquello que el mismo Jesús valora y que nos quiere entregar a cada uno de nosotros como bendición, como gracia especial. 
¡Ojalá iluminados interiormente podamos descubrirlo y seguirlo cada día con mayor empeño!


Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el domingo XXX del tiempo per annum. Ciclo B.  27 de octubre de 2024.

21 de octubre de 2024

"Mi servidor justo justificará a muchos y cargará sobre él las fatigas de ellos".

 


Previamente a este texto del Evangelio, Jesús había anunciado por tercera vez que se dirigía  a Jerusalén para ser entregado en manos de los pecadores, morir crucificado y resucitar al tercer día. Y esto Jesús lo expresa delante de sus discípulos. O sea, está anunciando lo que profetizara Isaías (53,10-11) como acabamos de escuchar en la primera lectura, donde se indican los sufrimientos que ha de padecer el Mesías, cumpliéndose aquello de "mi servidor justo justificará a muchos y cargará sobre él las fatigas de ellos".
Pero los discípulos están pensando en otra cosa, en la gloria mundana, no en la gloria eternal. Están pensando en un triunfo aquí en este mundo, todos están en lo mismo. La única diferencia es que Santiago y Juan se adelantaron y le pidieron a Jesús este honor de estar a su derecha y a su izquierda en el reino. O sea, manifestaron con toda claridad esa tendencia muy común del ser humano que es la de tener poder, poder mandar, estar por encima de otros, vivir de una manera, podríamos decir, enaltecida. Sin embargo, Jesús anunciará un panorama distinto, por lo que les dirá que no saben lo que piden.
O sea, si siguen a Jesús como discípulos suyos, tienen que tener otra meta en la vida, no aquella que es propia de los dirigentes de este mundo, que lo que hacen es mandonear a sus súbditos, dejando bien en claro cuál es su poder, presumiendo del honor que tienen, haciendo no pocas veces lo que se les ocurre, aún lo ilícito.
O sea, los poderosos de este mundo manifiestan esa tendencia propia del que manda, que cree que lo puede todo y que puede disponer de todo, no solamente de los bienes, sino también de las personas. 
Y este afán de poder, que por lo tanto mira muchas veces al sometimiento de otros, no solamente lo vemos en el plano político, económico, social, también en las familias, en las organizaciones, en los sindicatos y también dentro de la Iglesia. 
El afán de poder, en realidad, no es más que una manifestación de un complejo de inferioridad, y así,  cuanto menos  me considero a mí mismo, más busco resplandecer en otro campo, a través del poder de la autoridad, apoyándome en factores externos para alcanzar aquello de lo que carezco. 
Cuando en realidad la verdadera actitud es siempre el considerar lo que uno es, humus, que significa tierra y de ahí viene humildad, que es muy diferente al complejo de inferioridad.
Cuanto más el ser humano siente tentación por creérsela, debe recordar lo que es, tanto delante de Dios como de los hombres, que no somos nada más que polvo y en eso nos convertiremos. 
Lo que nos enaltece es precisamente la gracia que Dios otorga y que hemos de aprovechar  para ser cada día más santos, de allí entonces la necesidad de buscar otro tipo de poder que es el del servicio, como señala Jesús, ser servidor de todos. 
El mundo sería distinto, si además de los apóstoles, toda persona que tiene autoridad en este mundo pensara primero en servir a aquellos que le están sometidos en el plano político, o en otros  ámbitos de la vida, esto haría por cierto muy distinta la existencia humana. 
Qué manera diferente de ver la realidad si el mundo tuviera  otro rumbo y cayera en la cuenta que la soberbia no enaltece a nadie, sino que al contrario nos entretiene cada vez más en la frivolidad.
De allí entonces la importancia de tomar este criterio que nos deja Jesús y que Él sigue, el de hacerse servidor de todos, esclavo de todos, aquel que no vino a ser servido sino a servir, aquel que no usa de su divinidad y de su poder para someter a alguien, sino para servir con más eficacia. 
Pidamos al Señor que nos guíe de esta manera para que aprendamos a servir con generosidad siguiendo su ejemplo de Salvador.

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el domingo XXIX del tiempo per annum. Ciclo B.  20 de octubre de 2024.

14 de octubre de 2024

"Sólo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme".

 


La Palabra de Dios, como dice la carta a los Hebreos (4,12-13), "penetra hasta la raíz del alma y del espíritu, de las articulaciones y la médula, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón" y, al mismo tiempo muestra cuál es la voluntad divina, la grandeza de vida a la cual se nos convoca e invita permanentemente.
Y esto es así, porque "ninguna cosa creada escapa a su vista, sino que todo está desnudo y descubierto a los ojos de aquel a quien debemos rendir cuentas", por lo que es de sabios vivir adheridos a la voluntad divina por la que participamos de su  eterna sabiduría.
Justamente el evangelio de hoy (Mc. 10,17-30) habla del seguimiento de Jesús y, para ello es necesario alcanzar la verdadera sabiduría, o sea, saber superar las distintas situaciones que se plantean en este mundo para poder elegir correctamente lo que conduce a la Vida. 
Precisamente la primera lectura que acabamos de proclamar, tomada del libro de la Sabiduría (7,7-11),  habla de la sabiduría que viene de Dios, que es más importante que el oro,  la plata, las joyas, o los bienes de este mundo,  y esto porque la sabiduría de Dios, este saber vivir, que implica el obrar el bien siempre, conduce a la meta eterna. 
En cambio, todo lo demás es pasajero, es barro, ya que ni el oro, ni la plata, ni los bienes, ni las tierras las llevamos con nosotros cuando morimos, sino que quedan aquí, pero sí llevamos la sabiduría que viene de Dios, si hemos sido dotados de la misma, por haberla solicitado, como hizo el Rey Salomón que cuando llegó al trono,  le pidió a Dios la sabiduría para saber gobernar. 
Ante lo cual, Dios, no solamente le otorgó la sabiduría para saber gobernar, sino  también le dio riquezas, bienes, todo aquello que es tan querido, no pocas veces, por el mismo ser humano. 
De hecho, el deseo por los bienes materiales y pasajeros obnubila al ser humano, olvidando que lo más importante es la búsqueda del bien, el trabajar por la salvación de su alma, que debe estar como primera tarea en la existencia cotidiana. 
Jesús vuelve a tocar este tema de la sabiduría, pero bajo el punto de vista de saber elegir lo más importante que es el seguimiento de su persona para evangelizar a la sociedad olvidada de Dios.
Un hombre se le acerca y le pregunta, "¿qué debo hacer para obtener la vida eterna?", por lo que manifiesta que está bien encaminado, que su preocupación es llegar a la vida eterna, como la sabiduría en el Antiguo Testamento, tan necesaria para llegar a la vida eterna. 
Y Jesús le dice que cumpla los mandamientos, que constituyen el mínimo que debe ser vivido para alcanzar la meta, a lo que contesta que lo hace desde su juventud, causando que Jesús lo mire con amor, -nótese que las versiones de Mateo y Lucas no refieren a esta mirada.
Y movido por el amor, es que Jesús al verlo bien encaminado, le dirá "Sólo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme".
Y señala el texto del Evangelio que este hombre se entristeció, porque era muy rico, no se animó a dar el paso, a dejar todo aquello que lo ataba a este mundo y seguir a Cristo en el desprendimiento. 
Y es en ese momento  cuando Jesús expresa  lo difícil que resulta a un rico entrar en el reino de los cielos, tanto que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que ingresar un rico en el reino de los cielos. ¿A qué se le llama aguja? Es una puerta dentro de otra puerta. Acá en la puerta de esta iglesia no se da, pero en la catedral sí. Por ejemplo, habrán visto la puerta de madera de la catedral que tiene otra puerta que se abre y por donde antiguamente se utilizaba mucho para que la gente entrara habitualmente por allí. Un camello para entrar por esa puerta tiene que agacharse. Entrará con dificultad, pero podrá hacerlo. Más fácilmente entraría un rico, por cierto. Pero lo que el Señor quiere indicar es que se trata de entrar despojados. O sea, para que se pueda entrar por la puerta más chica es necesario dejar aquello que es impedimento, que es obstáculo para introducirse.
Inevitablemente que esto provoca que los apóstoles se desesperen y pregunten sobre quién podrá salvarse, por lo que Jesús les dice, que lo imposible para el hombre es posible para Dios. 
En definitiva, el que salva es quien otorga  la gracia necesaria para llegar a la vida eterna, por lo tanto hemos de estar siempre bien encaminados, tratando de agradar a Dios en todo momento, no solamente con el cumplimiento de los mandamientos, sino también con aquello que nos solicita a cada uno de nosotros, porque a cada uno le pide siempre el Señor algo distinto. 
Seguramente lo hemos experimentado cada uno en nuestro interior. Importante es estar siempre atentos para escuchar la voz de Dios. ¿Qué quiere de mí? ¿Qué quiere que yo deje de lado? Para que así aliviado de lo poseído pueda entrar por la aguja, por esta puerta más estrecha que me lleva a la vida. 
Pero Dios no se deja ganar en generosidad, por eso cuando los apóstoles le preguntan a Jesús: "¿y nosotros que lo hemos dejado todo?", Él  responde que les va a tocar en esta vida el ciento por uno. Que todo aquello que han dejado se les devolverá con creces, en abundancia, y después la vida eterna. 
Cuanto más el ser humano se entrega a Dios y se despoja de toda atadura, más recibe para vivir la perfección evangélica en este mundo y llegar a la vida eterna. 
La Iglesia argentina este fin de semana celebra el Día Misional, o sea, recuerda que somos enviados a evangelizar, e  invitar a la gente a responder al llamado del Señor, que es diferente para cada uno de nosotros,   estando dispuestos a dar lo mejor de nosotros mismos. 
No solamente para entrar en el reino, sino también para permitir que otros entren. A su vez, como había anunciado el domingo pasado, este día y mañana se hace la colecta misional. Lo que se recauda es utilizado por la Iglesia Universal para la evangelización de los pueblos todavía no creyentes, o donde todavía no se ha constituido plenamente la Iglesia Católica. Por eso se pide, de acuerdo a las posibilidades de cada uno, una especial generosidad.


Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el domingo XXVIII del tiempo per annum. Ciclo B.  13 de octubre de 2024.

7 de octubre de 2024

Dios ha instituido el matrimonio formado por un varón y por una mujer, y solo así pueden ser una sola carne, porque son de sexo distinto.

 


Queridos hermanos: Siempre Jesús ilumina nuestra vida cotidiana con sus enseñanzas. Hoy, la Palabra de Dios recuerda la verdad  originaria acerca del matrimonio, ya sea en la descripción del Génesis (2,18-24),  como en el texto del Evangelio (Mc. 10,2-16).
De entrada, caemos en la cuenta, leyendo el libro del Génesis, que el ser humano es creado a imagen y semejanza de Dios. Por lo tanto, por ser persona inteligente con voluntad libre, puede dialogar con Dios nuestro Señor, le es posible entrar en amistad con el Creador.
Encontramos en este texto el designio de Dios sobre la humanidad, ya que crea a un varón y a una mujer, instalados en el paraíso. 
Primero, crea de la nada al hombre, y decide otorgarle una ayuda adecuada,  presentándole los distintos animales, para que el hombre, como señor de lo creado, le pusiera un nombre a cada uno. 
Pero no encuentra en estos seres la ayuda adecuada, porque los animales no son imagen y semejanza de Dios, son huellas de la presencia divina, y si bien estarán al servicio del hombre, ayudándolo o sirviendo de alimento,  no pueden entrar en diálogo con él.
Entonces Dios, al ver que el hombre sigue  solo, crea a la mujer, y es en ese momento de la creación de ella que el hombre exclama, "¡esta sí es hueso de mis huesos, y carne de mi carne!", esta sí puede entrar en comunión con el varón. 
Ahora bien, al crear al varón y a la mujer, crea a  personas iguales en dignidad, pero diferentes, por lo que  cada una complementa a la otra, y así, el varón complementa a la mujer, y esta  al varón. 
De manera que, lo que le falta al varón, se lo da la mujer, y lo que le falta o carece la mujer, se lo comunica el varón. 
Por lo tanto queda marcado al comienzo el designio divino, que Dios ha instituido el matrimonio formado por un varón y por una mujer, y solo así pueden ser una sola carne, porque son de sexo distinto. 
A su vez, están llamados por el matrimonio a dar la vida, a traer hijos al mundo, nuevos adoradores del Padre, y es allí, en esa comunión entre el varón y la mujer, donde se da la plenitud de ambos. 
Pero siempre está presente en este designio divino la posibilidad de que la unión entre el varón y la mujer se desarme, por la inclinación al pecado que vive el ser humano desde el principio a causa del pecado original, cuya concupiscencia permanece. 
A causa del pecado que puede afectar el matrimonio,  surge el tema del divorcio, del cual habla Jesús en el texto del Evangelio, donde enseña  que el matrimonio está llamado a la unión de los cuerpos y de las almas de un varón y de una mujer,  y que el divorcio  rompe la unidad como proyecto divino originario.
Explica el Señor  que si Moisés consintió en el divorcio fue a causa de la dureza del corazón de los hombres, que no querían entender, pero que desde el comienzo no fue así, de manera que la presencia del divorcio en la vida humana, en la sociedad actual, no es más que un signo de la dureza del corazón de las personas. 
Es cierto que ha habido, hay y habrá quienes se casan y no son el uno para el otro, por lo que esos matrimonios resultan un fracaso. 
Ahora bien, como la Iglesia es Madre, por medio de los tribunales eclesiásticos atiende a los matrimonios que por alguna razón no fueron tales, concediendo la declaración de nulidad de los mismos, pero este hecho merece un tratamiento especial fuera de la homilía.
Si hablamos de un matrimonio bien constituido, con las cualidades necesarias para el complemento de los esposos, si  están abiertos a superar los obstáculos, a tener paciencia ante los defectos de los demás y entre ellos mismos, la cuestión es totalmente distinta. 
Cuando el matrimonio está constituido sobre la piedra fundamental que es Cristo, la familia crece,  es bendecida normalmente por la presencia de los hijos, fruto del amor esponsalicio.
A los hijos, en especial los pequeños, Jesús les manifiesta un cariño particular, como acabamos de escuchar en el Evangelio: "Dejen que los niños vengan a mí". 
Pues bien, en la vida familiar los padres deben trabajar para que los niños vayan al encuentro de Cristo, que no haya niño alguno que se vea impedido de acudir a Jesús, porque los padres no se lo permiten. Cuántas veces, lamentablemente, en matrimonios que han comenzado siendo católicos, uno de los dos de repente decide otra cosa sobre los hijos, privándolos del sacramento del bautismo o de la formación catequética necesaria para la confirmación y comunión.
Esta realidad forma parte de las modas que vienen de un mundo secularizado,  que no proviene exactamente de la fe. 
Los niños que nacen en matrimonios católicos deben ser ayudados para que acudan a Cristo, ya que los está llamando para bendecirlos.
Dejemos que los niños se encuentren con el Hijo de Dios en su hogar,  que  comiencen a caminar, justamente ya desde la niñez, este camino que conduce al Padre del Cielo. 
Pidamos al Señor por nuestras familias, para que resistiendo las tentaciones de todo aquello que busca disgregarlas, puedan crecer en el amor a Dios y en el amor entre todos sus miembros.


Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el domingo XXVII del tiempo per annum. Ciclo B.  06 de octubre de 2024.