5 de agosto de 2024

El Pan vivo bajado del cielo, que es el mismo Cristo, nos alimenta en el hoy de nuestra existencia, y prepara para la vida eterna con el Creador.

 


Seguimos con el texto de san Juan (6), donde Jesús  explica qué es el pan de vida que da  vida al mundo y  a cada uno de nosotros. 
Y así, conocemos que todo está  prefigurado  en el libro del Éxodo (16,2-4.12-15), donde se narra el descontento del pueblo caminando por el desierto y que falto de comida añora los alimentos que tenía en Egipto, aunque esto significara vivir en la esclavitud. 
Están dudando de la presencia de Dios en medio de ellos, y piensan en ¿Dónde está ese Dios que nos ha sacado de Egipto? ¿A dónde nos conduce? Y por eso es que añoran los bienes que han dejado. 
Pero Dios que no se deja vencer en generosidad y que conoce a este pueblo quejoso, tan complicado, le dará alimentos en abundancia. 
El maná, esa especie de trigo, producto de un vegetal del desierto, del que hacen incluso tortas dulces, los alimentará de mañana y, por la tarde la carne de las codornices, los sustentará  hasta saciarse. 
Pero al mismo tiempo, Dios desea que tengan hambre y sed de la divinidad, que es lo que importa. Porque ¿de qué vale tener el estómago satisfecho si el corazón no ha encontrado a Dios, o está alejado de Él, o prescinde de su Presencia?
Por eso se entienden estas palabras de Jesús que indica  a la gente respecto a que lo busca y sigue porque les dio alimento material.
O sea, vieron en Jesús a alguien que les soluciona un problema para el futuro. Sin embargo,  les da de comer no para que se liberen de trabajar, de sembrar, de cosechar, sino que les está enseñando y manifestando algo totalmente distinto. 
Y por eso Jesús comienza de a poco a manifestarse, que es el pan vivo bajado del cielo, a lo que ellos responden que sus padres comieron el maná en el desierto, atribuyendo a Moisés este hecho. 
A lo que Jesús recordará que no fue Moisés, sino el Padre quien les dio de comer en el desierto, y que  quiere darles de comer siempre, 
es decir, el pan vivo bajado del cielo, el cuerpo y la sangre de Cristo.
Y ahí comienza toda esa discusión, y no terminan de descubrir lo que significa alimentarse de Jesús y la necesidad de recibirlo.
De ahí la necesidad de convertirse, como exhorta san Pablo (Efesios 4, 17.20-24) de manera que "No procedan como los paganos, que se dejan llevar por la frivolidad de sus pensamientos y tienen la mente oscurecida" ya que de Cristo "han aprendido que es preciso renunciar a la vida que llevaban, despojándose del hombre viejo, que se va corrompiendo por la seducción de la concupiscencia".
Y así, renovados interiormente en el espíritu interior, hemos de "revestirnos del hombre nuevo, creado a imagen de Dios en la justicia y en la verdadera santidad".
Es necesario reconocer, pues, que todos debemos dejar ese hombre viejo, las ataduras que tenemos por las cosas de este mundo, por las seguridades de este mundo, y revestirnos del hombre nuevo que aspira a tener a Jesús como centro de su vida, que busca cada día realizar las obras que  ha hecho. 
El hombre nuevo, convertido, entiende que la existencia humana va más allá de lo terrenal, de lo temporal, de los placeres de este mundo, y apunta hacia la meta última, a la cual Dios mismo conduce con este alimento nuevo que es Jesús que se entrega. 
De manera que a la luz de la palabra de Dios nosotros hemos de trabajar, de luchar para esa transformación interior, dejar el hombre viejo, revestirnos del hombre nuevo, dejar de mirar atrás lo que dejamos en Egipto, para mirar hacia adelante a la tierra prometida que nos espera y para la cual hemos sido creados.

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el domingo XVIII del tiempo per annum. Ciclo B.  04 de Agosto  de 2024.


29 de julio de 2024

Dones muy humildes, como cinco panes y dos pescados que trae un niño, sirven de base para que Jesús haga comer a todos los presentes.

 


En el segundo libro de los Reyes (2 Rey.4,42-44), se narran los prodigios o  milagros realizados por el profeta Eliseo. 

En el texto de hoy, asistimos a la multiplicación de los panes que había recibido como ofrenda y con los que alimenta a cien personas. Eliseo mandó distribuir los panes manifestando su confianza absoluta en el cumplimiento de la Palabra de Dios: "Comerán, y sobrará".
Esta gran confianza en la Palabra de Dios hace que el profeta movido por ello también actúe y, que por su intermedio se sacie el hambre de aquellos que están allí junto a él escuchando su mensaje profético. 
En efecto, sabemos por la revelación, que Dios abre su mano generosamente, entregando a toda la humanidad los dones que necesita para su subsistencia, de tal manera que a nadie falte y a nadie sobre, sino que cada uno pueda satisfacer sus necesidades. 
Pero más allá de estas necesidades materiales que son reales, hay otras necesidades, las espirituales. El ser humano tiene hambre de Dios, aunque no lo quiera reconocer, aunque lo disimule, aunque acalle las voces de su conciencia, sin embargo necesita de Dios su Creador, porque todos en nuestro interior reconocemos siempre nuestra nada. 
Por ahí podemos tener episodios de autosuficiencia, de creer que lo podemos todo, pero Dios se encarga de mostrarnos a través de las circunstancias de la vida que no es así, en definitiva necesitamos siempre de nuestro Creador, el que nos da su gracia y sustenta la amistad con él, si realmente lo buscamos y trabajamos para ello. 
El Señor quiere  habitar en nuestro corazón y darnos el alimento de la vida, por eso durante cinco domingos, a partir de hoy, reflexionaremos sobre el capítulo seis del evangelio según san Juan, donde encontramos  el largo discurso del pan de vida, que de alguna manera ya había introducido san Marcos el domingo pasado, pero que ahora se desarrolla en profundidad. 
Interesante cómo el marco de referencia es la proximidad de la Pascua Judía, -dice el texto-, para que podamos vincular la Eucaristía como la nueva Pascua, la Pascua del Señor, que es el paso de la muerte a la vida, pero es también el paso de la celebración antigua a la nueva, cuando Jesús entrega su cuerpo y su sangre como alimento.
La gente está siguiendo a Jesús porque cura  enfermos, pero el Señor conoce  su necesidad interior, por eso decide la multiplicación de los panes y de los peces, que será el punto de partida para presentarse como Pan de Vida. 
Dones muy humildes, como cinco panes y dos pescados que trae un niño, sirven de base para que  Jesús haga comer a todos los presentes.
Muchas veces se duda que esto pueda ser cierto, cómo puede ser verdad que esto acontezca, sin embargo, en la historia de la Iglesia, se han obtenido milagros por la invocación de los santos. 
Por ejemplo, el milagro que a través de Juan Macías, santo que veneramos aquí, se concretó en una oportunidad, en el Hogar de Nazaret en su pueblo natal, Ribera del Fresno, el 23 de enero de 1949, milagro este que llevó a su canonización.
En efecto, habiendo de dar de comer a mucha gente pobre, teniendo los cocineros un poco de arroz,  invocaron al santo, y tuvieron de sobra en la comida pudiendo saciarse todos aquellos que estaban esperando una comida caliente. 
De manera que para Dios no hay nada imposible, si se producen milagros a través de los santos, mucho más a través del Salvador, como en este caso, y alimentar hasta saciar el corazón y el estómago de todos los que están allí presentes, cinco mil hombres había, sin contar mujeres y niños. 
Y Jesús de esta manera quiere introducir a todos a la enseñanza acerca del pan vivo bajado del cielo, que es Él mismo, y que el maná en el desierto con el que se alimentó al pueblo de Israel, no fue más que un signo, un anticipo de la Eucaristía.
Fíjense ustedes que mientras la liturgia se preparaba para meditar en el mundo sobre  la Eucaristía, el pan de vida, vimos en los Juegos Olímpicos de París, cómo se burlaban de la última cena. 
Y no solamente eso, en esta inauguración que tendría que haber sido festiva, no solamente fue blasfema, sino que ha sido una promoción de la homosexualidad, de la ideología de género, del travestismo, del aborto, donde se ensalzaron incluso figuras que fueron siniestras en la historia del hombre, como la de Simone de Beauvoir, por ejemplo, en el caso de la ideología de género. 
Todo esto muestra decadencia moral y se ataca a la Iglesia Católica porque enseña la verdad y porque nadie se atreve a ofender a los judíos o musulmanes, porque se sabe que no quedarían impunes.
A nosotros los católicos, como el Señor nos ha enseñado a poner una mejilla si se nos ofende en la otra, fácilmente se nos ataca y se burla de las verdades de nuestra fe. ¿Por qué? Porque es la verdad la que se presenta. No se ataca a lo que es falso o no tiene peso, sino que se trata de destruir la verdad y lo relacionado con la vida. 
Ahora bien, de Dios nadie se burla, y así a lo largo de la historia de la salvación, por ejemplo, hemos visto cómo el pueblo de Israel tantas veces rebelde con Dios, recibía un chirlo a través de los asirios o de los babilonios, cayendo en destierros, muertes, desolación. 
O sea, Dios se manifiesta a través de lo que se llaman las causas segundas, y así, puede acontecer que una nación pague bien caro lo malo que ha hecho, a través de los pésimos gobiernos que tiene. Sin necesidad de guerras, basta un pésimo gobierno para que la nación padezca en carne propia, cómo nos pasa a nosotros desde hace bastante tiempo, producto de la ley del aborto, por ejemplo. 
De manera que Dios va trabajando en la historia y, Francia tiene que cuidarse mucho, cada vez hay más musulmanes en su tierra y sabemos que buscan apoderarse otra vez de España, Francia, Alemania, infiltrándose cada vez  más. 
Y eso es justamente causado porque también las naciones han dejado atrás el amor primero, han abandonado su fe católica como le ha pasado a Europa. Y por eso también van decayendo cada vez más. 
Por eso es muy importante mantenernos siempre fiel a la verdad que hemos recibido y  buscar siempre  hacer el bien, como nos lo dice hoy el apóstol San Pablo en la Carta a los Efesios (4,1-6). 
En efecto, estamos llamados a comportarnos de una manera digna de la vocación recibida, por lo que como católicos hemos de vivir profundamente esta fe católica, con obras propias no solo del cristianismo sino del catolicismo. 
Ir afianzando más y más nuestra relación con Dios  creciendo además como dice el apóstol en nuestra relación con los demás, entre otras cosas soportándonos mutuamente y conservando la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz. 
Pidamos al Señor que nos ayude a crecer cada vez más por este camino de santidad al cual se nos invita a transitar para llegar a la patria celestial.

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el domingo XVII del tiempo per annum. Ciclo B.  28 de Julio  de 2024.

22 de julio de 2024

Jesús pacifica los corazones y los pueblos, uniéndolos bajo su guía de Pastor, trayendo la salvación a los que permanecen fieles a Él.

 


En la primera lectura (Jeremías 23, 1-6), encontramos que el profeta es enviado al reino de Judá para fustigar a los malos pastores del pueblo porque dispersan a las ovejas que se les han confiado.

La figura del rey-pastor, muy común en aquellos tiempos, no solamente conducía políticamente al pueblo elegido, sino también en el ámbito religioso, y ambos aspectos se complementaban, de manera que el rey-pastor debía cuidar por el bienestar de sus ovejas.
El texto  de hoy hace referencia a cómo los últimos reyes de Judá no habían cumplido con esta misión, con este papel de ser buenos pastores, de manera que campeaba la injusticia social y la corrupción, no escuchan a Dios y no se convierten, por lo cual no quedará más solución que la intervención divina que reprende a su pueblo con la caída de Jerusalén y la deportación a Babilonia. 
A su vez, Dios se hará cargo de las ovejas, "el resto", de todos los países a donde fueron expulsadas, volverán a sus praderas y serán fecundas, suscitando para ellas pastores que las apacentarán, ya que no puede dejar sin guía y conducción a aquellos que ha elegido.
Por otra parte, mirando el futuro, el Señor suscitará a David un germen justo, que reinará como rey justo,   se llamará "El Señor es nuestra justiciaalcanzando Judá seguridad y prosperidad.
Esta afirmación hace referencia a la persona de Jesús, que es el Hijo de Dios hecho hombre, el cual, como dice  san Pablo en la carta a los Efesios (2, 13-18), es nuestra paz, porque ha unido a los dos pueblos en uno solo, al judío y a los paganos.
En efecto, "Creó con los dos pueblos un solo hombre nuevo en su propia persona, restableciendo la paz, y los reconcilió con Dios en un solo Cuerpo, por medio de la cruz, destruyendo la enemistad en su persona", por lo que "todos sin distinción tenemos acceso al Padre, en un mismo Espíritu".
Jesús pacifica  los corazones y los pueblos, uniéndolos bajo su guía de pastor, trayendo la salvación a los que permanecen fieles a Él, o sea, haciendo posible esta unidad entre los diversos pueblos de la tierra, toda vez que respondan a la voluntad de Dios. 
Si seguimos incursionando en la figura de Jesús en el Evangelio,  encontramos que ha asumido  la figura del Pastor (Mc.6,30-34). 
El domingo pasado reflexionamos sobre cómo Jesús envía a sus discípulos a proclamar el Evangelio, a curar enfermos, expulsar demonios, llamando a la conversión. 
En el texto de hoy contemplamos el regreso de estos discípulos,  a los que Jesús quiere escuchar, sabe que les ha ido bien en la misión,  los invita a descansar un poco, a aquietar el espíritu, y compartir sus experiencias misioneras.
Pero inmediatamente surge que el pueblo está pensando en otra cosa, necesita un Pastor, y  a pesar que Jesús y los discípulos se alejan, la gente adivina a donde se dirigen, y va tras sus pasos. 
Y ahí Jesús, mirando a la multitud, se compadece de ella, "porque eran como ovejas sin pastor y estuvo enseñándoles largo rato".
Les habla largamente de las cosas de Dios, de lo que refiere a la salvación del hombre. 
Hoy también si miramos al mundo con la mirada de Jesús, contemplamos que la humanidad está sin pastor que la guíe.
En nuestros días existe gran confusión, mucha gente camina a la deriva, no encuentra  pastor que la conduzca a los pastos eternos. 
Para colmo, estamos viviendo en una época en que hay muchos enemigos de la  persona de Cristo, y que se meten en las sociedades, en las culturas, tratando de atraer a la gente a otras cosas, a otras motivaciones. De hecho hoy nos encontramos con muchos católicos que en medio de los problemas, en medio de las dificultades, en lugar de ir a beber el agua pura y fresca que emana de Cristo nuestro Señor, el agua viva, prefiere ir a buscar consuelo y respuesta en la Nueva Era o en todos aquellos movimientos relacionados con el mundo oriental panteísta, el Reiki y con las modas de este mundo. 
Ya no interesa tanto Jesús como el Salvador, como el que viene a conducir al hombre como  Pastor. 
Por eso se nos hace un llamado muy fuerte, no solamente a que no caigamos en esas erróneas actitudes, sino que  busquemos  a Jesús. 
Es el Pastor que guía en la verdad y en el bien, porque Él es nuestra justicia, decíamos al meditar al profeta Jeremías.
En efecto,  Él es nuestra justicia no solamente porque la  administra en este mundo, sino porque quiere hacernos a cada uno justo, reconciliados con el Padre porque  buscamos la voluntad de Dios. 
Por eso es importante que busquemos siempre a Cristo como respuesta a los grandes interrogantes de la vida, que no nos dejemos encandilar por las novedades de la cultura de nuestro tiempo, que a nada conducen,  y al mismo tiempo, tratemos de llevar a otros  el  mensaje  verdadero y perenne que es el del Evangelio.


Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el domingo XVI del tiempo per annum. Ciclo B.  21 de Julio  de 2024.

15 de julio de 2024

El amor infinito de Dios para con nosotros está plasmado en este hermoso texto que acabamos de proclamar de san Pablo a los cristianos de Éfeso (1, 3-14).

 




"Señor, revélanos tu amor, concédenos tu salvación", cantábamos recién, porque para seguir caminando en este mundo, en medio de las pruebas, las dificultades de todo tipo y adversidades que muchas veces tenemos que soportar por nuestra fe, necesitamos que el Señor nos revele, nos manifieste su amor y  prometa la salvación. 
Pues bien, el amor infinito de Dios para con nosotros está plasmado en este hermoso texto que acabamos de proclamar de san Pablo a los cristianos de Éfeso (1, 3-14). 
No nos cansemos nunca de escuchar este texto, de meditarlo y  reflexionarlo, porque ahí está contenida la providencia de Dios para con los hombres.
En efecto, ¿Qué nos dice el apóstol? Que fuimos elegidos de antemano por Dios antes de la creación del mundo, de modo que cada persona que vivió en el pasado, que vive en el presente y que vivirá en el futuro, estaba presente en el pensamiento de Dios, y que cada uno nacería en un momento determinado de la historia humana, con un llamado, con una vocación concreta. 
¿Y para qué nos eligió Dios? Dios podría haber estado tranquilo, sin embargo, quiso hacernos partícipes de su misma vida,  nos crea a su imagen y semejanza, y pensando en Cristo, su Hijo  hecho hombre, se derramó sobre nosotros toda clase de bienes espirituales en el cielo y en la tierra. 
A su vez,  fuimos constituidos  hijos adoptivos del Padre para  participar algún día de su misma gloria, de modo que la eternidad fuera también meta concedida  a todos, siempre y cuando viviéramos  santos e irreprochables, siguiendo la voluntad de Dios. 
Esa es la providencia divina sobre cada uno y estamos llamados a esta grandeza de vida  aquí y mirando siempre al futuro. 
Pero a lo largo de la historia, Dios ha tenido que llamar a la conversión al ser humano, para que retomara el camino de la salvación. 
En el Antiguo Testamento lo hizo a través de los profetas, siendo uno de ellos el profeta Amós, que denuncia las injusticias sociales. 
Este profeta, que es un hombre común, cuidador de ovejas, es enviado al Reino del Norte, o Reino de Israel, para advertir la necesidad de la conversión, habida cuenta de la corrupción en la que el pueblo estaba sumergido (Amós 7, 12-15).
Allí, Amasias, el sacerdote del templo de Betel, del Reino del Norte, le dirá al profeta Amós que no moleste, que ellos están felices y contentos,  que no venga a perturbar su tranquilidad y su vida corrupta y cumpla su misión en el reino de Judá. 
Pero Amós continúa allí porque fue enviado por el Señor a insistir en la necesidad de la conversión, ya que  la corrupción social contaminaba también el culto divino, haciéndolo desagradable para el mismo Dios.
Y como no quisieron escuchar ni convertirse, cae el reino en las manos de Asiria y viene la deportación. 
O sea, Dios ha querido salvar al pueblo elegido, a estas tribus del Reino del Norte, pero ellos no quisieron. 
En el texto del Evangelio (Mc. 6, 7-13) aparece nuevamente la voluntad divina de salvar a su pueblo, esta vez a través de Cristo,  el cual envía a los doce apóstoles a predicar la conversión, la necesidad de volver a Dios.
Ellos parten apoyados en la fuerza del Evangelio, 
por eso van desprovistos de toda seguridad humana y con una actitud de austeridad total, en beneficio de los que creen, han de expulsar demonios, curar enfermos, hacer todo el bien que se pueda. 
Y allí también se da la posibilidad de quienes no escuchan la voz del Salvador, transmitida a través de los apóstoles. 
A su vez, también en nuestro tiempo, por medio de la Iglesia, Dios llama a todos los pueblos de la tierra a la unión con él, porque tiene que realizarse aquello que destaca el apóstol San Pablo, que todo sea puesto bajo los pies de Jesús, ya que el Señor está por encima de todo lo creado. 
También en nuestra época, el ser humano está sordo al llamado del Señor, y  esta hermosa perspectiva providencial que aparece en el texto de San Pablo a los Efesios, no es tenida en cuenta hoy en día.
 ¿Cuántas son las personas que se ponen a pensar hoy que fuimos elegidos desde toda la eternidad para ser santos, para ser hijos adoptivos de Dios y  elegidos para  participar de la gloria del cielo, y recibir tantos dones y tantas bendiciones de parte del Creador? 
¿Cuán alejado está el ser humano hoy de esta perspectiva hermosa que la Palabra de Dios describe para cada uno de nosotros?
 Por eso se hace también más urgente la necesidad de proclamar las maravillas de Dios y no cansarnos de hacer oír la voz de Jesús, para que el mayor número posible de personas, a través de la conversión, empezando por nosotros, retomemos este camino de santidad para la cual estamos llamados.


Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el domingo XV del tiempo per annum. Ciclo B.  14 de julio  de 2024.

8 de julio de 2024

Yo te envío a los israelitas, a un pueblo de rebeldes que se han rebelado contra mí; sea que te escuchen o no te escuchen, sabrán que hay un profeta en medio de ellos.

Desde que el hombre se levantó contra su Creador, pretendiendo igualarle en grandeza, envalentonado por la mentira del espíritu del mal, la historia humana  presenta a un Dios que sigue eligiendo a su criatura más perfecta manteniéndose fiel a sus promesas de salvación y, un ser humano indócil, rebelde y buscador de sí mismo por sobre todas cosas, sin lograr la plenitud de vida que se le ha prometido.
La historia de esta rebeldía humana la encontramos plasmada en la relación entre Dios y el pueblo elegido Israel, tan errante como difícil, por lo que el Señor envía a sus portavoces, los profetas, exhortando a la conversión y fidelidad a la Alianza, encontrando no pocas veces la indiferencia e incluso, la decisión de seguir pecando contra Él.
El profeta Ezequiel (2, 2-5) es uno de los elegidos a quien un espíritu le dice "Yo te envío a los israelitas, a un pueblo de rebeldes que se han rebelado contra mí; ellos y sus padres se han sublevado contra mí hasta el día de hoy. Son hombres obstinados y de corazón endurecido aquellos a los que yo te envío."
Previendo que el profeta  no será escuchado y la Palabra divina rechazada, se le insta a no dejar de llevar el mensaje de salvación exhortando a la conversión, una y otra vez, recordando que sea o no escuchado, los israelitas sabrán que hay un profeta en Israel.
A nosotros cabe el mismo envío  para evangelizar en nuestro tiempo, sufriremos también  el mismo rechazo en cuanto evangelizadores, y contemplaremos la indiferencia ante la Palabra de Dios, pero hemos de insistir oportuna o inoportunamente para que alguna persona se haga eco de la predicación y retorne a la casa paterna.
No será fácil la misión que se nos confía, dado el alto grado de contaminación que existe en la sociedad, tanto respecto a la verdad como al bien, de modo que el error se ha entronizado en las mentes, y el mal reconocido como meta de la vida, y el ser humano piensa y obra como le viene en gana, creyendo que ya nadie le puede poner límites o indicar el rumbo correcto de sus vidas.
Sin embargo, a pesar de todos los obstáculos, ya es un avance el que seamos conocidos como aquellos que son fieles al Señor y que procuramos  mantenernos en la verdad y el bien.
En el texto del evangelio (Mc. 6, 1-6a) contemplamos lo mal que es recibido Jesús en Nazareth. En un primer momento se asombran al escucharlo en la sinagoga y visualizar las curaciones que realiza,  pero después ponen en duda estos hechos a causa de que es bien conocido en su pueblo como simple carpintero -el hijo de María- y conocidos sus parientes, que no descuellan para nada tampoco. 
Este rechazo por la falta de fe hace que Jesús no pueda hacer ningún milagro, salvo algunas curaciones de quienes  se acercaban con fe en su persona y poder divino.
De allí se ha hecho proverbial el dicho "nadie es profeta en su tierra".
También nosotros posiblemente no seamos muy reconocidos en nuestros ambientes de origen, porque quizás, no pocos piensen que no estamos a la altura de las circunstancias, atentos a que nos conocen de chicos o de jóvenes, en situaciones diferentes.
De todos modos es el Señor el que nos envía, y sólo a Él hemos de responder en nuestra vocación de profetas de este tiempo, confiando siempre en su poder y fuerza mientras desconfiamos de lo propio.
Con la figura de san Pablo (2 Cor. 12,7-10) se completa este cuadro que estamos meditando acerca del anuncio que debe ser predicado y escuchado y, del mensajero elegido y enviado para hacerse presente en el mundo en el que estamos insertos.
El apóstol reconoce que tiene una espina clavada en su cuerpo por la acción de un demonio que lo hace sufrir no poco, suplica ser liberado por Jesús, el cual le dirá que le basta su gracia ya que su poder triunfa en la debilidad, promesa consoladora por cierto.
Esta debilidad o espina clavada - no sabemos cuál era en el apóstol- la tenemos cada uno de los mensajeros, porque todos tenemos debilidades y pecados que agobian, por lo que se cumple aquello de "me gloriaré de todo corazón en mi debilidad, para que resida en mí el poder de Cristo. Por eso, me complazco en mis debilidades, en los oprobios, en las privaciones, en las persecuciones y en las angustias soportadas por amor de Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte".
En Cristo, toda debilidad humana se convierte en fortaleza para vivir dando ejemplo ante el mundo, sin dejar de evangelizar superando las dificultades centrados en la roca que es el Señor.

 

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el domingo XIV del tiempo per annum. Ciclo B.  07 de julio  de 2024.

1 de julio de 2024

La muerte no tiene la última palabra sobre el ser humano, ya que ha sido vencida por la resurrección de Cristo.

 


El eje temático de los textos bíblicos de este domingo se encuentra en el binomio vida y muerte, presente en la primera lectura tomada del libro de la Sabiduría (1,13-15;2,23-24) y en el texto del Evangelio (Mc. 5, 21-24.35b-43), que conducen a  preguntarnos acerca  de la vida que transitamos y de la muerte como fin temporal.
De hecho, en nuestra cultura, no pocas veces acontece que personas, sobre todo jóvenes,  no le ven sentido a la vida, porque pareciera que esta no tiene sentido, o porque se ha perdido esa relación necesaria con el autor de la vida que es Dios Nuestro Señor. 
Sin embargo, el libro de la Sabiduría enseña que Dios "ha creado todas las cosas para que subsistan; las criaturas del mundo son saludables, no hay en ellas ningún veneno mortal y la muerte no ejerce dominio sobre la tierra. Porque la justicia es inmortal."
De la bondad de lo creado habla también el libro del Génesis, cuando  describe que todo lo que existe sale de las manos de Dios, y por lo tanto todos los seres son buenos, más aún, el hombre mismo es perfecto porque lo ha creado a su imagen y semejanza, con lo cual está llamado a la inmortalidad. 
Pero todo este proyecto divino se ve interrumpido por la mentira del espíritu del mal, que por envidia arrastra al hombre al pecado y por el cual ingresa la muerte en la vida de cada hombre que nace.
La muerte  nos acecha siempre y sabemos que algún día golpeará  a cada uno, pero desde la fe no hemos de mirarla  como lo último que acontece, sino en definitiva como un paso para llegar a la eternidad.
Es interesante contemplar cómo en el texto del Evangelio, cuando Jesús decide devolver la vida a esta niña que ha muerto,  insiste en que la misma está dormida y todos se ríen de él, como aconteciera también  con la muerte y resurrección de Lázaro.
¿Cómo es posible hablar de sueño y no de muerte? Porque Cristo es aquel que ha muerto y ha resucitado,  asegurando así la de cada uno de nosotros, que algún día resucitaremos uniéndose nuevamente el cuerpo y el alma de cada personas que vino a este mundo.
Ahora bien, ¿qué diferencia hay entre estar dormido y muerto?. En el lenguaje popular, al lugar donde se sepultan los cuerpos le llamamos cementerio o también necrópolis. El término cristiano es cementerio, que se traduce como el lugar de los que duermen, mientras que necrópolis, en cambio, es un término pagano, que significa la ciudad de los muertos, la de aquellos que no tienen esperanza porque  no creen en la resurrección, siendo la muerte el final de todo, mientras que los cristianos aspiramos desde la fe a volver nuevamente a la vida,  porque la muerte es una dormición pasajera. 
La muerte no tiene la última palabra sobre el ser humano, ya que ha sido vencida por la resurrección de Cristo y, si bien todavía no se aplica esta victoria sobre cada uno de nosotros, en esperanza sabemos que esto sucederá, de manera que el Señor de vivientes que es Cristo, nos sigue enseñando y exhortando para que vayamos siempre caminando hacia el encuentro de la vida eterna, de manera que allí cuando lleguemos, recuperemos la inmortalidad en la que fuimos creados y perdimos a causa del pecado de los orígenes.
Mientras tanto, nuestra existencia tiene que caracterizarse por el seguimiento de Cristo practicando las virtudes que conducen a ello. 
Precisamente San Pablo escribiendo a los corintios (2 Cor 8, 7.9.13-15) les dirá como acabamos de escuchar, que ya que ellos se destacan en la vivencia de muchas virtudes y obras buenas, también tienen que sobresalir en la generosidad, en saber compartir los bienes propios con aquellos que menos tienen, refiriéndose especialmente a los pobres de la comunidad de Jerusalén.
Es en esta actitud de  generosidad donde se puede vivir la fe en la vida o en la muerte, ya que cuando a las cosas de este mundo le damos una importancia absoluta, poniendo en ellas la seguridad personal como queriendo detener la muerte, es cuando el corazón también se cierra ante las necesidades de los demás. 
En cambio, cuando el creyente practica aquello de que Cristo siendo rico se hizo pobre, está mostrando que no tiene lugar de residencia aquí sino en lo que espera, en el encuentro definitivo con el Señor, por lo que como Él se entregó al ser humano, así también el creyente busca entregarse dándose a sí mismo y de sus bienes, de manera que se cumpla aquello "que a nadie le sobre y a nadie le falte".
Por lo tanto, en el manejo de las cosas temporales estamos  viviendo o no esta fe en la vida eterna que nos espera, donde la muerte será vencida definitivamente.
Pidámosle al Señor que nos siga enseñando, y mostrando el camino que conduce a la grandeza de cada uno  en la comunión última con Dios.


Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el domingo XIII del tiempo per annum. Ciclo B.  30 de junio  de 2024.

24 de junio de 2024

No estamos solos en medio de las tempestades de la vida, hemos de confiar en el Señor que es nuestra fuerza, para no sucumbir.

 


Desde la antigüedad, el ser humano siempre ha tenido miedo a las fuerzas de la naturaleza, que se manifiestan por medio de  tempestades, terremotos, huracanes, inundaciones, que siempre han estado presentes en el mundo y que asuelan justamente también en nuestro tiempo a muchas regiones del planeta, provocando graves daños a causa del cambio climático o por cualquier otra razón.
Y siempre todo esto provoca temor, por lo que ya en la antigüedad se rendía culto a diversas deidades supuestamente protectoras, se les ofrecían sacrificios para alcanzar su benevolencia y no fueran diezmadas las poblaciones. 
Las lecturas de hoy, tanto el texto de Job (38,1.8-11) como el Evangelio (Mc. 4,35-41), enseñan que todo está bajo el poder de Dios, que domina con su providencia a todas estas fuerzas,  permitiendo situaciones adversas para nuestro bien, para que salgamos fortificados, más confiados en el poder divino, pero experimentando al mismo tiempo nuestra debilidad.
A la soberbia del hombre le cuesta entender que existen situaciones que no están bajo su dominio, por lo que hemos de considerarnos siempre como poca cosa delante del Señor, incapaces de dominar esas fuerzas de la naturaleza, como también nos cuesta mucho sujetar los desbordes de nuestra propia naturaleza humana. 
Y tanto para con la fuerza desatada de la naturaleza, como para los desbordes personales de todo tipo que nos dominan, necesitamos la protección divina, ya que  nada conseguimos por nosotros mismos. 
Y en aquello que no podemos hacer absolutamente nada, armarnos de paciencia para que de los males saquemos bienes que sirvan para nuestro crecimiento espiritual como creyentes. 
¿Quién no ha pasado por tempestades en su vida en este mundo? La pérdida del trabajo, la enfermedad, la incomprensión en la familia, el desprecio de los de afuera, el desconocimiento de los méritos o dones que poseemos, tantas cosas que originan tempestades en nuestra vida, lo cual  tenemos que sobrellevar con la gracia y la fuerza de Dios. 
Tanto el libro de Job como el Evangelio, hablan en este caso de la fuerza del mar porque es allí donde siempre se ha visto la presencia activa del mal, del maligno, de aquellas fuerzas oscuras, desatadas, que buscan siempre nuestra perdición. De manera que en las tempestades de nuestra vida, ya sean laborales, matrimoniales, amicales, etcétera, siempre está presente el espíritu del mal que el Señor viene a combatir, otorgándonos las fuerzas necesarias para que triunfemos sobre el mal. 
Esta imagen de Jesús durmiendo en el cabezal de la popa de la barca debería hacernos pensar en algo común en nuestra vida. Jesús pareciera que duerme despreocupadamente, sin que piense en lo que nos pasa a nosotros, sin embargo, Él está pensando siempre en nuestro bien. Por eso, cuando ordena al viento que cese y a las aguas que dejen su bravura, está manifestando justamente su poder divino que vence a las fuerzas de la naturaleza y  a aquellas fuerzas de la naturaleza de nuestro cuerpo, de nuestra alma, que muchas veces están desbocadas y que buscan o hacernos mal a nosotros o alrededor nuestro. De manera que no estamos solos en medio de estos embates, en medio de estas tempestades, y por lo tanto hemos de confiar en el Señor. Si no confiamos en Él, ¿en quién vamos a confiar? No podemos ponernos a gritar, vamos a ahogarnos, la barca  zozobra, la familia se viene a pique, el negocio se pierde, todos nos enloquecemos en lugar de acudir con confianza al Señor. 
Pero a su vez esta barca refiere a la barca de Pedro o de la Iglesia, que también navega en estas aguas procelosas del mundo, de las ideologías de nuestro tiempo, del pecado de los hombres y de quienes formamos parte de Ella.
La Iglesia pareciera estar a punto de naufragar completamente, que ya no le queda mucho tiempo para luchar en este mundo,  sin embargo, el Señor recuerda a cada uno de nosotros, "yo estoy con ustedes, no teman, no tengan poca fe, al contrario, si creen en mí como Hijo de Dios, tienen que estar seguros del cumplimiento de mis promesas". 
Queridos hermanos, luchemos y trabajemos para vivir en un ambiente de paz y de tranquilidad, en nuestro corazón y en la sociedad, ya que contamos con la protección del Señor.

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el domingo XII del tiempo per annum. Ciclo B.  23 de junio  de 2024.

17 de junio de 2024

El Reino de Dios es la presencia de Jesús entre nosotros, que busca cambiar el mundo y los corazones y, a través de esto redimirnos.

 

"Yo el Señor humillo al árbol elevado y exalto al árbol humillado" recuerda el profeta Ezequiel (17,22-24). ¿A qué se refiere este hablar divino? Que Dios no soporta a los soberbios, a los que piensan que pueden hacer lo que quieren a espaldas suya. Indudablemente los profetas como portavoces de Dios fueron señalando al pueblo de Israel sus infidelidades y los israelitas desoían las advertencias, por lo que Dios se valía de naciones vecinas para reprender al pueblo elegido, incluso mandándolos al destierro. 
Pero siempre dentro de ese pueblo convivía "el resto" de Israel, aquellos que habían permanecido fieles a la alianza con Dios, los pobres de Yahveh, aquellos que ponen su confianza no en su fuerza, que reconocen que no la tienen, sino únicamente en Dios. Por eso el profeta anuncia que del cedro alto se sacará un brote para comenzar con otro nuevo árbol, indicando de esta manera cómo el orgullo es dejado de lado y es suplantado por la humildad, por la sencillez.
Indudablemente ese nuevo árbol que va a crecer, apunta al Mesías, al Hijo de Dios hecho hombre, a Jesús. Precisamente Jesús nace de la sencillez de una mujer, María Santísima, que se reconoce humilde servidora del Señor. En ella Dios plantó su semilla y  nace el Salvador, el Hijo de Dios hecho hombre, que viene a este mundo en condiciones muy humildes y sencillas, mientras que a su alrededor aparece la opulencia y la grandeza del Imperio Romano. 
A lo largo de la historia del cristianismo, mientras los grandes reinos e imperios progresan, la Iglesia aparece como caminando en medio de las tempestades, en medio de los gozos pero también de los sufrimientos. Sin embargo, mientras los reinos declinan con el tiempo hasta desaparecer, y los que antes eran grandes potencias, dominadoras de este mundo ya no existen, la Iglesia a pesar de no contar con fuerzas militares, ni con los poderes de este mundo, ha subsistido en el tiempo, aún incluso con sus contradicciones interiores, provocadas no por la Iglesia misma sino por quienes formamos parte de ella, por lo que san Agustín decía que la Iglesia era santa y pecadora al mismo tiempo.
Por eso es muy importante lo que enseña hoy Jesús cuando  habla del Reino de Dios (Mc. 4, 26-34), que es su presencia misma entre nosotros, que quiere cambiar el mundo y los corazones y  busca a través de esto redimirnos y salvarnos. 
El Reino de Dios que trabaja en silencio y no apoyándose en los poderes de este mundo, sino en la humildad, en la sencillez, graficada esta sencillez y humildad en la parábola que hemos escuchado, la del grano de mostaza y su crecimiento
Como principio general se explica que la semilla es sepultada en la tierra y sin que el sembrador sepa cómo, se va desarrollando hasta dar fruto, debiendo caracterizarse el sembrador por tener paciencia hasta el momento en que pueda recoger el fruto esperado.
De la misma manera acontece con el Reino de Dios, ya que el Señor trabaja en la sencillez de la tierra que es el corazón del hombre que se le entrega totalmente, como el "resto" de Israel en el Antiguo Testamento, desapercibido o despreciado por los poderosos porque  han puesto su confianza y su fuerza únicamente en Dios. 
Y el mismo Jesús sigue con las comparaciones. El Reino de Dios es como el grano de mostaza, un poco mas grande que la cabeza de un alfiler, que sin embargo se convierte en una gran hortaliza y bajo sus ramas se cobijan las aves. 
Ese crecimiento interior lo va realizando el mismo Dios, en la medida en que la semilla se entrega a la tierra. En efecto, en la medida en que nos entregamos a Dios nuestro Señor, Él hace maravillas en nuestro interior, y no tenemos que buscar más seguridades que las que el mismo Señor  entrega y regala a cada uno de nosotros. Por eso en medio de las vicisitudes del mundo no debemos bajar los brazos ni desesperarnos. 
Aunque veamos cosas muchas veces que no nos gustan o que están mal, ya sea enseñanzas doctrinales equivocadas, o ya sea el uso del espacio religioso para cuestiones políticas como hemos visto en estos días, siempre hemos de permanecer en calma y dejar que el Reino de Dios vaya creciendo en el corazón de cada uno de nosotros, de aquellos que tratamos de buscar siempre la voluntad del Señor. 
Y rezar para que todas estas cosas se vayan rectificando y brille realmente la omnipotencia de Dios, junto con la incapacidad del hombre por resurgir por sí mismo. Gracias a Dios ante estas manifestaciones payasescas en algunos templos, de Buenos Aires por ejemplo, ya el arzobispo ha salido al cruce pidiendo que no se deben utilizar los templos, para este tipo de cosas. Lo que pasa es que también por parte de la Iglesia hay que dejar de lado la ingenuidad. En efecto, los que buscan usar los templos, ven que la Catedral se convierte en comedor público y piensan en su ignorancia o malicia que es lícito realizar cualquier cosa en lugar sagrado, aprovechando cualquier homenaje y celebración para hacer de las suyas.
Pero bueno, eso es lo que nos toca vivir ahora y que no nos debe hacer perder la fe y la paciencia del crecimiento del Reino de Dios. El Reino de Dios no crece a través de esos escandaletes, sino en la entrega silenciosa al Señor para que Él vaya haciendo su obra y  cambiando el corazón de la sociedad y de los hombres, aprovechando siempre nuestra vida diaria para sembrar la semilla. 
Hoy recordamos a los padres en un día especial. Pues bien, la figura del padre, por ejemplo, es muy importante en el hogar. Qué hermoso cuando el papá va enseñando a sus chiquitos la Palabra de Dios, les va inculcando el bien, a través de actitudes y de palabras va mostrando cómo ha de comportarse cada uno en la vida y eso con insistencia, sembrando en el corazón, dará frutos a su tiempo. 
A lo mejor tenemos alguien en nuestra familia o entre nuestros amigos que tiene problemas en su fe. Pues bien, ahí insistir, trabajar lentamente, confiando en la gracia de Dios para que las semillas de la Palabra que nosotros podemos sembrar puedan fructificar. 
El que trabaja en el mundo de la política, aunque se sienta por allí en soledad por la ausencia de valores cristianos, ha de insistir, trabajar, proclamar la verdad a través de palabras y de obras.  
Y así, siempre podemos hacer muchas cosas que no serán apreciadas por el mundo, que no serán tenidas en cuenta, pero que a los ojos de Dios son las que interesan y las que valen. 
Acordémonos lo que nos dice el apóstol Pablo en la segunda lectura, sea que vivamos, sea que muramos, busquemos siempre la gloria de Dios y vivir a fondo su voluntad (2 Cor.5,6-10).


Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el domingo XI del tiempo per annum. Ciclo B.  16 de junio  de 2024.

10 de junio de 2024

A lo largo de nuestra vida seremos tentados para ver como malo lo que es bueno y considerar bueno lo que es en sí mismo malo o diabólico.

 


¿Podemos imaginarnos el marco de referencia del texto del Evangelio (Mc. 3, 20-35)? Están diciendo de Jesús que es un exaltado, por eso los parientes están preocupados y quieren llevárselo consigo, porque los enemigos de Jesús le están acusando que actúa con el poder del diablo, lo cual equivale a afirmar de que es un falso profeta y  que es un servidor del demonio. No olvidemos que estaban buscando cualquier excusa para matarlo, de manera que si esto seguía adelante, podía pasar cualquier cosa. 
Pero Jesús se enfrenta con sus enemigos y les enseña que todo reino dividido sucumbe. Si Él actúa con el poder del demonio y expulsa a los demonios del cuerpo de los posesos, es una contradicción, o sea el demonio se está combatiendo a sí mismo. 
A su vez, dice Jesús que jamás alguien será perdonado del pecado contra el Espíritu Santo. Él actúa con el poder de Dios,  está habitado por el Espíritu Santo, de manera que cuando cura a los enfermos, y expulsa a los demonios de los posesos, lo hace por su propio poder, pero está presente la acción del Espíritu Santo también, y el Padre  que ve con agrado todo lo que hace, porque ha enviado a su Hijo al mundo para que libere al hombre del poder del maligno. 
De manera que el pecado contra el Espíritu Santo consiste en decir que lo bueno es malo, o que las acciones buenas están inspiradas por el demonio, por el espíritu del mal.
Para sus enemigos, cuando Jesús cura a enfermos o expulsa a demonios, lo hace con el poder del maligno, o sea, niegan totalmente al Espíritu Divino que habita en Jesús, lo cual es muy grave. 
Es cierto que a veces el ser humano puede equivocarse y encontrarse con acciones buenas que hace alguien y que a lo mejor estén manejadas por el espíritu del mal, pero para eso existe lo que es el discernimiento de espíritu. Pero otra cosa es estar buscando, como los enemigos de Jesús, su destrucción, y por lo tanto siguen endurecidos negando el poder divino que posee atribuyendo lo que hace al espíritu del mal. 
Pero inmediatamente que Jesús explica esto, llegan los parientes, y le anuncian que lo están buscando. Y Jesús aprovecha entonces para dejar a la multitud otra enseñanza, que sus parientes son los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica. O sea, que la verdadera familia de Jesús no está constituida meramente por los lazos de sangre, sino sobre todo con esta actitud de fe y de aceptación de sus enseñanzas y el seguimiento de su Palabra y la vivencia de sus mandamientos. 
De manera que  la vida de cada uno va cambiando en la medida en que uno sintoniza con el mismo Jesús y es capaz de padecer muchos males en este mundo,  como lo recuerda el apóstol, precisamente por dar testimonio de Jesús. Todo lo que es predicar a Cristo debe ser un trabajo, una labor incansable a lo largo de nuestra vida, hasta tal punto que dice el apóstol que aunque nuestro cuerpo se vaya desgastando, aunque vamos contemplando que se deshace nuestra morada terrenal, por ejemplo a través de la vejez o de la enfermedad, sabemos que nos espera la eternidad (2 Cor. 4,13-5,1)
Por eso es muy importante también en nuestra existencia cotidiana trabajar a favor de Jesús y huir permanentemente del espíritu del mal, que está presente en la vida del hombre desde el principio, como acabamos de escuchar a través del libro del Génesis (3,9-15). Allí se describe cómo se realizó la tentación y el primer pecado. 
Dios busca al hombre escondido de su vista porque estaba desnudo. ¿Qué es esa desnudez? La pérdida de la inocencia, de una vida en comunión con el Creador, que significó la introducción del misterio del mal y del malo en nuestras vidas. 
Y el libro del Génesis describe cómo el ser humano tiene esa tendencia de no admitir su propia culpabilidad. El hombre acusa a la mujer, la mujer a la serpiente, cuando en realidad uno tiene que reconocer su propia responsabilidad por  consentir en la tentación que  aparta de Dios nuestro Señor. 
Por eso es muy importante luchar con esto que hay en nuestra vida cotidiana, que es la experiencia del mal y del maligno, porque el demonio, como sucedió en los orígenes, trata de que veamos cómo malo lo que es bueno. 
Justamente en el primer pecado se le dijo al hombre no morirán, serán como dioses, de modo que fue el primer pecado contra el Espíritu Santo, porque el demonio les está diciendo no crean a Dios, lo que les está diciendo no es bueno sino que es malo.
Por lo tanto, cada persona tiene que estar siempre alerta para no caer en esto, porque a lo largo de su vida tendrá tentaciones de querer ver como malo lo que es bueno y lo bueno como malo. 
Pidámosle al Señor que siempre sepamos discernir y descubrir dónde está la verdad para poder seguirla fielmente.


Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el domingo X del tiempo per annum. Ciclo B.  09 de junio  de 2024.

3 de junio de 2024

En la Eucaristía, bajo las especies de pan y vino, recibimos al mismo Hijo de Dios hecho hombre, transformándonos en Él.

 



Celebramos hoy este misterio de fe, la presencia de Jesús en la Eucaristía bajo las especies de pan y vino, por la que el Señor ha querido quedarse con nosotros hasta el fin de los tiempos. 
En este misterio ciertamente se centra toda la riqueza de la Iglesia porque en la Eucaristía recibimos al mismo Hijo de Dios hecho hombre, podemos alimentarnos con Él. 
¿Y cómo ha sido posible todo esto? Recorramos la Sagrada Escritura. En la primera lectura tomada del libro del Éxodo (24,3-8), se  narra el hecho de la alianza de Dios con el pueblo elegido en el monte Sinaí. Es Dios el que sale al encuentro de ese pueblo que ha sacado de la esclavitud de Egipto, que lo ha conducido y que lo ha elegido para ser el depositario de sus promesas de salvación.
El texto que acabamos de proclamar describe cómo fue el rito del pacto, de la alianza. Unos jóvenes elegidos por Moisés sacrificaron las víctimas. Mientras tanto Moisés había erigido un altar y había puesto doce piedras que representaban a las doce tribus de Israel. Y con parte de la sangre de las víctimas roció el altar y con la otra parte roció a la gente. Mientras tanto el pueblo se compromete con ese Dios que lo busca y que quiere hacer una alianza, pidiéndoles que vivan los mandamientos, que sigan su palabra.
¿Por qué se rocía con sangre? Para el judío especialmente, en la sangre está la vida, y el rociar con la sangre de la víctima indicaba la purificación exterior  mencionada en la carta a los Hebreos (9,11-15).
Pero además, está indicando que con esa alianza sellada con sangre de animales, se hermanan todas las tribus entre sí y con Dios.
Es decir, comienza un parentesco fuerte, acontece lo que nosotros decimos en el lenguaje normal, tal persona es de mi misma sangre, tenemos la misma sangre con tal familia, con tal apellido, etc. 
¿Qué indicamos con la afirmación de la misma sangre? Un parentesco, somos familia, tenemos un mismo origen que es el que Dios nos ha creado y nos ha hermanado. 
Pero es aquí que el pueblo no cumple, siendo  un signo de lo que es el corazón del hombre, un corazón cambiante, que es fiel por un tiempo y después es infiel, vuelve a unirse a Dios, después otra vez a las andadas, alejándose de Dios. 
Pero Dios no se olvida de lo que ha hecho y mantiene firme ese pacto, esa alianza, reprendiendo no pocas veces al pueblo elegido, tratando de atraerlo nuevamente al compromiso y a la fidelidad. 
Por eso también en la misma historia de Israel, el sacerdote entrando en el santuario, ofrecía sacrificios y como recuerda la segunda lectura, se rociaba al pueblo con sangre y cenizas de las víctimas de los holocaustos,  para significar una pureza exterior. 
Pero Dios no se conforma con eso, quiere una pureza profunda, no meramente una purificación externa, sino una redención del pecado mismo, para lo cual nuevamente se da el que se derrame sangre, la sangre del Señor en la cruz. 
Por eso el mismo autor de la carta a los hebreos indica que Jesús, que es el puente entre Dios y los hombres, que es mediador, con un solo sacrificio salvó a la humanidad. No necesitaba repetir permanentemente, como en la antigua alianza, las ofrendas, sino que Él  se entrega una sola vez para siempre en la cruz, derramando su 
sangre, y como víctima nos redime del pecado y de la muerte eterna.
Y se realiza una alianza más perfecta, nos hace a todos  familia con su sangre derramada, nos une a todos y cada uno de nosotros. 
A todos los pueblos de la tierra que con fe creen en Él, la sangre redentora les llega para formar una única familia,  y tener un único pastor, que es  Cristo, que permanece hasta el fin de los tiempos. 
Y nos deja este regalo de la Eucaristía, este sacramento, cuya institución aconteció en la última cena, como acabamos de escuchar, en el Evangelio (Mc. 14,12-16.22-26), y ahí Jesús se da a comer. 
Tomen, este es mi cuerpo..... Tomen y beban, esta es mi sangre derramada por muchos, realizándose esta unión tan estrecha con Jesús, si lo recibimos con un corazón limpio, sin pecado. 
Y Cristo entonces entra a formar parte de nuestra vida, ya que como san Agustín dice, con la Eucaristía no pasa lo que sucede con otro alimento. Y así, cuando uno come un pedazo de pan, ese pan es asimilado por el cuerpo de la persona, mientras que con la comida eucarística somos asimilados por el cuerpo de Cristo, haciendo ver la estrecha unión que implica recibir la Eucaristía. 
Con este sacramento nos alimentamos con el cuerpo y  sangre del Señor, y para que a nadie resultara difícil este alimento, dice Santo Tomás de Aquino, que el mismo Dios ha elegido este medio de las especies eucarísticas, el pan y el vino. 
De manera que después de la consagración está presente el cuerpo y sangre del Señor. 
Ya a lo largo de la historia hemos podido contemplar muchísimos milagros eucarísticos, precisamente el beato Carlos Acutis, que próximamente será canonizado, se especializó en hacer visibles los milagros eucarísticos. 
En efecto, en no pocas veces y lugares, el mismo Jesús, para cortar la duda que hubiera en alguien, se hacia presente de alguna manera milagrosamente.
La eucaristía, como el mismo beato afirmaba con fe, es la autopista al cielo, es la que nos conduce al encuentro con Dios, y que está significado precisamente en el texto del Evangelio de hoy, cuando Jesús dice, ya no beberé más de esta copa hasta que beba el vino nuevo en el reino. 
En efecto, el banquete eucarístico celebrado en la tierra prepara para el otro banquete, el de la gloria con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo. 
Allí, seremos cada uno de nosotros alimentados de una manera perfecta con la visión divina. Por eso, la importancia de honrar y adorar la presencia de Jesús y hacer todo lo posible en nuestra vida para que siempre podamos ser dignos de recibirlo, de alimentarnos con Él, sabiendo que esto prepara para la comida celestial. 
Pidamos la gracia del Señor para que nos ilumine, nos fortalezca y podamos vivir profundamente este misterio de amor.


Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo.  Ciclo B.  02 de junio  de 2024.