2 de febrero de 2026

La gran enseñanza que recibimos hoy recuerda "que estamos llamados para vivir con Dios en el cielo, en la vida eterna".

 

La gran enseñanza que recibimos hoy recuerda "que estamos llamados para vivir con Dios en el cielo, en la vida eterna". 
Todo está dirigido a ese fin último donde el ser humano encuentra la plenitud de la felicidad para la que fue creado cada uno.
Aristóteles decía que el fin último del hombre es la felicidad, pero desde la fe sabemos que esa felicidad se identifica con Dios. 
Y Jesús en el texto del Evangelio (Mt. 5,1-12) vuelve a recordar que estamos llamados los seres humanos a la gloria del cielo, pero para lograr esa meta es necesario el camino de la bienaventuranza.
Nótese que en el texto del Evangelio se afirma que Jesús subió a la montaña,  recordando así a Moisés que sube a la montaña para buscar las tablas de la ley, mientras  Jesús sube a la montaña pero para darnos la nueva ley que son las bienaventuranzas. 
A su vez, Jesús se sentó,  indicando de ese modo la actitud propia del  Maestro que  enseña, que deja a cada uno que lo escucha la verdad que es vital para el hombre, el ser  dignos de la vida eterna. 
Ya el profeta Sofonías (2,3; 3, 12-13) en el Antiguo Testamento recuerda la necesidad de hacerse "anawim", o sea,  pobre de Yahvé, pobreza que no pasa únicamente por lo económico, sino por el abajamiento personal  reconociendo nuestra nada. 
San Pablo (1 Cor. 1,26-31) continúa en esa misma línea cuando dice que Dios elige a lo que el mundo tiene por débil para confundir a los fuertes, a los necios para confundir al sabio según este mundo, a lo que no vale nada para aniquilar lo que vale. 
O sea, se hace visible todo un panorama diferente a lo que vive el mundo de hoy, a lo que busca el hombre de siempre y de hoy.   
En efecto, si bien toda persona busca la felicidad, no siempre se la vislumbra presente en Dios, sino en la riqueza, el poder, el placer, la fama o el honor como describe puntualmente santo Tomás, sin embargo,  lo único que sacia el corazón del hombre es cuando se busca a Dios Nuestro Señor. 
Por eso vivimos en un mundo tan amargo, donde se aparenta la felicidad y se busca afanosamente la misma que es pasajera, en la frivolidad, en la fiesta, en el pasatiempo pero no la verdadera felicidad que pasa por elegir a Dios Nuestro Señor. 
Felices los pobres de espíritu, felices los pacientes, felices los que perdonan, felices los puros de corazón, felices los perseguidos por la justicia, felices los que son perseguidos a causa de Cristo, porque quien vive todo eso, logrará la meta. 
El mundo en cambio, ¿Qué nos dice?: Felices los que han puesto su mirada en la riqueza, felices los que se dejan llevar por la ira, felices  los impuros y han puesto en el sexo libre su meta última, felices aquellos cuyo Dios es el celular o internet, felices los que buscan escabullirse de la justicia, quedar bien parados, felices quienes no  dan la cara por Cristo, felices los que siguen los dictados del mundo. 
Todo esto  enseña el mundo y espera que nosotros hagamos. 
Pero la Palabra de Dios es clara y a ella hemos de seguir porque se trata de seguir a Jesucristo Nuestro Señor, el cual  enseña al mundo que viviendo esta vida de esperanza, que no es más que la invitación de Cristo a los distintos ámbitos de la vida, lograremos la verdadera felicidad que no fenece. 
Hermanos: Pidamos entonces la lucidez necesaria para descubrir la verdad y vivir conforme a ella.


Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera CruzArgentina. Homilía  en el 4to domingo "per annum" ciclo A. 01 de febrero de 2026.

No hay comentarios: