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22 de diciembre de 2025

"Ábranse puertas eternas para que entre el Rey de la gloria" y resida en los que buscan al Señor, en los que buscan su rostro, el Dios de Jacob (cf.Salmo 23)

 

En el texto que acabamos de escuchar, el profeta Isaías (7,10-14),  habla de la angustia que padece el rey Ajaz, porque los reyes de Damasco (capital de Siria) y Samaría (capital de Israel) se han unido para atacar Judá, deponer al rey y colocar un extranjero, a alguien que interrumpa el linaje de David. 
El rey se desespera, pero en lugar de acudir a Dios, solicita la ayuda  de Asiria, que después le va a cobrar el favor, convirtiendo a Judá en un reino sometido a pagar tributo. 
El profeta Isaías, reprocha al rey por no confiar en Dios, Ajaz responde que no lo quiere tentar. 
El Señor, a su vez, señala que Él protege al reino: "La virgen está embarazada  y dará a luz un hijo, y lo llamará con el nombre de Emanuel, que significa Dios con nosotros".
Es decir, se le dice al rey desconfiado que el linaje de David no se interrumpirá, porque tendrá un hijo que será el futuro rey Ezequías sucesor en el reino. 
Ahora bien, este anuncio que hace Isaías, refiere también al nacimiento del Mesías, que   aparece en el texto del evangelio, donde san Mateo, lo proclama con las mismas palabras del profeta. 
De manera que existe una unión muy estrecha entre el anuncio de  Isaías y lo que acontecerá  en el futuro con la venida del Mesías. 
Porque ambos anuncios prometen la protección de Dios que está con su pueblo y nunca lo abandona,  así como no abandonó al pueblo de Israel a pesar de sus pecados e infidelidades en la antigüedad, tampoco Dios abandona al pueblo elegido. 
O sea, tampoco nos olvida o abandona, está presente en medio de la comunidad, en medio de la Iglesia, derramando sus gracias para  mantenernos siempre unidos a Él a través de la fidelidad. 
Y así, entonces, somos invitados a que a lo largo de nuestra vida no temamos a los poderes exteriores a nosotros, no debemos temer nada, porque Dios es quien nos protege siempre, y a Él hemos de acudir.
No pensar que otras fuerzas u otros poderes nos van a liberar, como mucha gente hoy piensa, que abandonando la fe en Cristo, buscan otros consuelos mundanos, escuchando a las pitonisas que abundan en la actualidad, abandonando la fe católica, para seguir narraciones que son, en definitiva, encantamiento de serpientes. 
La Palabra revelada insiste en que creamos en el Señor, escuchemos su mensaje, que habla de la presencia de Emanuel, el Dios con nosotros, el mismo Cristo que debemos mostrar al mundo.
Precisamente, san Pablo, en el texto que acabamos de proclamar (Rom.1,1-7), describe que Jesús, ha "nacido de la estirpe de David  según la carne, y constituido Hijo de Dios con poder según el Espíritu santificador, por su resurrección de entre los muertos".
Continúa afirmando el apóstol que "por Él hemos recibido la gracia y la misión apostólica, a fin de conducir a la obediencia de la fe, para la gloria de su nombre, a todos los pueblos paganos, entre los cuales se encuentran ustedes, que han sido llamados por Jesucristo"
¿Qué significa conducir a la obediencia de la fe? el prefijo ob-, indica  ‘adelante’, y el verbo audīre,   ‘escuchar’, o sea, a través de la predicación conducir a los paganos hacia adelante, a asimilar la palabra de Dios viviendo conforme a ella.
O sea, con la predicación acerca de Jesús, oída por aquellos que no creen,   conducir a la fe verdadera a los que todavía no lo aceptan, o a aquellos que, habiéndolo aceptado, han terminado por abandonarlo. 
También hoy tenemos la tarea de llevar a la obediencia de la fe a tantos que se han apartado de Cristo, nuestro señor, o que sí lo esperan, lo hacen de otra manera, o a un Cristo con otras características, pero que no reconoce al Hijo de Dios hecho hombre.
Precisamente, el papa Juan Pablo II, en su exhortación apostólica Redemtoris custos, que refiere a  san José, ve una analogía entre la anunciación del ángel a María y la anunciación del ángel a José. 
En ambos relatos, si bien las circunstancias son distintas, lo que se pide es la aceptación de la voluntad de Dios, por lo que José se compromete con la misión que le es  encomendada, ser el padre legal de Jesucristo, y permitir que con él se cumpla justamente lo prometido por las escrituras, que del linaje de David, del cual descendía José,  nacerá el Mesías.
Hermanos: descubramos nosotros que quiere Dios de cada uno en esta Navidad para poder exclamar el "hágase tu voluntad Señor".

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía  en el domingo cuarto de Adviento ciclo "A". 21 de Diciembre  de 2025. 


3 de noviembre de 2025

Yo creo que contemplaré la bondad del Señor en la tierra de los vivientes, porque Él es mi luz y mi salvación.

En este día  recordamos a los fieles difuntos, es decir, oramos por las almas que están en el purgatorio y que constituyen lo que denominamos Iglesia purgante o que se purifica. 
Ayer honramos a todos los santos, que forman parte de la llamada Iglesia Triunfante porque sus miembros han llegado a la meta para la cual han sido creados los hombres, el cielo,  los cuales están en comunión con  la Iglesia Militante, constituida por quienes peregrinamos en este mundo, ya que ellos interceden por nosotros y se presentan como modelos y ejemplos dignos de ser imitados.
La Iglesia enseña que los muertos en gracia de Dios y sin nada de que purificarse, ingresan directamente a la gloria, pero que a su vez, existen  los que se purifican con penas, antes de la visión beatífica.
Todos sabemos que por el pecado existe la culpa y la pena merecida por la falta cometida, por lo que el sacramento de la confesión  borra el pecado, sobre todo el pecado mortal,  o sea, la culpa,  pero queda pendiente la pena de la que debemos purificarnos en esta vida o en la otra, a no ser que el arrepentimiento haya sido tan perfecto y pleno que esto no sea necesario ante los ojos de Dios misericordioso.
Ahora bien, como es necesario purificar el desorden que el pecado deja en nuestro interior, el sacerdote en la confesión le dice a la persona, al penitente, que para reparar los pecados haga alguna obra de caridad o rece un misterio del rosario, o haga algún sacrificio. 
Sin embargo, esto no siempre es suficiente para reparar el daño que el pecado ha causado, por eso es que después de la muerte, a no ser que la persona se haya purificado en la vida, a través del sufrimiento,  de la enfermedad, la limosna, o acciones buenas,   debe ser purificada a fondo, e ingresar así en el estado de visión divina, la gloria eterna para la cual fuimos creados, ya que Dios no nos creó para la condenación., sino que por el contrario, como  San Pablo le recuerda a su discípulo Timoteo (I Tim. 2,4) Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. 
Acabamos de escuchar en el evangelio que Jesús (Jn. 14, 1-6) enseña que vuelve al Padre para prepararnos un lugar, y san Pablo (Fil. 3,20-21) recuerda que "somos ciudadanos del cielo, y esperamos ardientemente que venga de allí como salvador el Señor Jesucristo".
Como ciudadanos del cielo, acá vivimos como en el exilio, por lo que es natural que Jesús una vez que haya preparado un lugar para cada uno, venga a nuestro encuentro para llevarnos junto al Padre. 
A su vez, en la primera lectura que acabamos de proclamar, tomada del segundo libro de los Macabeos (12,43-46), vemos cómo Judas Macabeos, después de la batalla, hace una colecta y ofrece ese dinero al templo de Jerusalén para que se ore por los difuntos. 
Eso se mantuvo a lo largo del tiempo porque es algo bueno y piadoso, y ciertamente, de las oraciones por los difuntos, la más efectiva es la celebración de la misa, porque se aplica al alma que se purifica el mismo sacrificio de Cristo nuestro Señor. 
Por eso hemos de ser también muy devotos de las almas del purgatorio, como lo era San Juan Macías, el santo dominico que veneramos en esta iglesia, el cual, según una manifestación privada durante su vida sacó más de un millón de almas del purgatorio para llevarlas al gozo eterno, del cielo. 
De modo que por lo que rezamos en el Credo, "creo en la comunión de los santos", estamos afirmando que hay una relación estrecha con los santos que están en el cielo, a quienes vemos y miramos para imitarlos, con las almas del purgatorio, para que puedan ir pronto al encuentro de Dios, a la gloria del Padre, gracias a nuestros sufragios y sacrificios de todo tipo, y nosotros, que formamos parte de la iglesia militante, que necesitamos de la intercesión de los santos, y también de que aquellos que se ven recompensados con la vida eterna puedan pedir por nosotros mientras estamos en este mundo. 
Recordemos que mientras vivimos en la tierra lo que sea penoso,  nos purifica, porque el sufrimiento no es signo de algo negativo, sino que, al contrario, lo que uno padece en vida es muy útil para purificarnos y presentarnos delante de Dios de manera diferente. 
Por eso la importancia que tiene el ofrecer todos los días nuestro padecimiento, nuestro sufrimiento, todo lo malo que tenemos que vivir, todo lo que soportar mientras caminamos por este mundo, sabiendo que son oportunidades que concede Dios muchas veces, para una mejor y mayor purificación interior y se concrete lo que escuchamos en la segunda lectura, llegar a ser ciudadanos del cielo. 
Hermanos: Que el Señor, que ha preparado un lugar para cada uno de nosotros en el momento de nuestra muerte, venga a buscarnos y llevarnos con Él a la gloria del Padre. Ojalá nunca nos falte la luz necesaria para comprender estas realidades, y la fuerza espiritual para poder vivirlas.


Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía  en la Conmemoración de los fieles difuntos. 02 de noviembre de 2025. 

24 de junio de 2025

Quedamos satisfechos de nuestra hambre y sed de Dios, en la comunión del Cuerpo y de la Sangre de Jesús.

 


¡Tú eres sacerdote para siempre, mediador entre Dios y los hombres!, cantábamos en la antífona del salmo interleccional y, ciertamente, si hay alguien a quien podemos aplicar esto con mayúscula es al mismo Cristo Nuestro Señor, mediador entre Dios y los hombres. 
No solamente es mediador para acercarse al gentío necesitado de su ayuda en las cosas materiales, en la salud, en medio de los problemas y de las angustias, tratando de dar una respuesta, sino también en el orden espiritual, Jesús dándose a sí mismo, como se entregó en la cruz, se ofrece también como alimento. 
En el texto del Evangelio (Lc 9,11-17), los discípulos vuelven de la misión y Jesús quiere llevarlos aparte a descansar un rato, sin embargo,  la gente se da cuenta y va tras ellos,  y acontece lo que  relata el texto del Evangelio de hoy, se repite la entrega del Señor. 
Se acercan a Jesús, lo buscan, la gente está necesitada y han descubierto en su Persona una respuesta, la clave a todas sus problemáticas,  y  no se niega, sale al encuentro de la multitud, de cada uno y alimenta su espíritu, predicándoles largamente, y a su vez cura a los enfermos, devuelve la salud a tantos que necesitan de esa mano piadosa de Dios nuestro Señor,  Jesús no se niega. 
Pero van pasando las horas y el problema de la ausencia de alimentos y de albergue se agudiza, por eso los apóstoles le insisten en la necesidad de despedir a la multitud,  dejar que retornen a sus casas, o a los pueblos vecinos buscando refugio y el  alimento necesario. 
Y Jesús les dice, "denles de comer ustedes mismos", como si dijera "no se desentiendan de las necesidades de la gente". 
Pareciera una ironía, ¿Qué pueden hacer los apóstoles con tanta gente? Cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños. ¿Qué hacer con tantos? Acá hay un mensaje muy claro de parte del Señor, que nosotros, los seres humanos, tenemos que tomar esto como consigna, porque en el mundo hay mucha pobreza, mucha necesidad, mucha angustia, tantos que padecen miseria, y es el mismo ser humano el que debe buscar, de alguna u otra forma, solucionar estos problemas. 
Ayudar con la solidaridad, con la caridad a los hermanos, no quedarnos de brazos cruzados pretendiendo que vayan a otra parte a buscar, sino  tender la mano al que tiene necesidad, ya que los bienes de este mundo son universales por la creación, y Dios quiere que se disponga para todos de modo que a nadie le sobre ni a nadie le falte.
Lamentablemente acontece  que la mala distribución que hay en el mundo o las injusticias, permite que abunden pocos con grandes riquezas y muchos más con mucha pobreza y necesidad.
Por eso es que este mandato del Señor, "denles de comer ustedes", es  una consigna a tener en cuenta especialmente en nuestros días.
Pero a su vez, Jesús mira el hambre espiritual de esta gente, de modo que multiplica los panes y los peces, y al alimentar el cuerpo de tantas personas, ofrece a todos otro pan en abundancia, el alimento que no perece, el de su Cuerpo y Sangre de salvación. 
Màs aún, el hecho que después de haber comido, quedaran todos colmados, confirma que quedamos satisfechos de nuestra sed de Dios, en la comunión de su cuerpo y de su sangre. 
Solamente teniendo acceso a Jesús en la Eucaristía, el hombre queda saciado totalmente, por eso, la importancia de trabajar permanentemente para que no falte nunca el alimento del alma, que lo es también del cuerpo, el poder recibirlo a Jesús, que se entrega bajo las especies eucarísticas de pan y vino.
San Pablo (I Cor. 11, 23-26) enseña que él recibió el mandato de transmitir lo que aconteció en la última cena, que Jesús entregó como alimento  su Cuerpo y  su Sangre, dejando el mandato de actualizar  el gesto de convertir el pan y el vino en Él mismo, con su  alma y divinidad por medio de las palabras de la consagración.
Y así, instituyendo el sacramento del Orden Sagrado hace posible  la Eucaristía, sacramento que es fuente y cumbre de la vida cristiana, haciendo realidad que no carezcamos nunca de este alimento. 
"Denles de comer ustedes", está indicando también que a través del ministerio del orden sacerdotal se puede repartir en abundancia el pan de vida bajado del cielo, que es Cristo nuestro Señor. 
Precisamente, en este momento, por medio de tantas misas que se están celebrando en el mundo,  se manifiesta cómo Jesús se abre a las necesidades de todos y se da como alimento de vida. 
Es decir, quien come su Cuerpo y  bebe su Sangre tendrá vida eterna y Él estará con nosotros hasta el fin del mundo. 
En el texto de San Pablo que acabamos de proclamar en la liturgia, se omiten los versículos finales que conviene tener en cuenta y que dicen: "De manera que cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor.  Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa. Porque el que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe para sí". (vv.27-29).
O sea, el apóstol recuerda la necesidad de recibir el cuerpo y la sangre de Jesús en gracia, sin pecado mortal. 
De allí la necesidad de preparar siempre nuestro corazón para que sin pecado grave podamos acercarnos al  Señor en este alimento que es justamente para la vida eterna, que nunca perdamos el deseo de unirnos más plenamente a Jesús.
La Eucaristía, la misa de cada domingo, hace posible que perpetuemos en el tiempo este regalo hermoso que entrega Jesús a nuestra vida presente, fortaleciéndonos como preparación  para la gloria que no tiene fin en el cielo. Pidamos entonces la gracia de lo alto para que abundantemente seamos bendecidos siempre con el Cuerpo y la Sangre del Señor.

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía  en la Solemnidad del Corpus Christi. 22 de junio de 2025

28 de abril de 2025

La misericordia supone siempre el dolor de los pecados y el propósito de hacer todo lo posible para no reincidir, poniendo los medios para ello.

 

Jesús resucitado sigue apareciéndose a sus discípulos, tiene que confirmarlos en la fe para después enviarlos a cumplir una misión concreta. En el texto del Evangelio (Jn. 20, 19-31) se mencionan dos apariciones, la primera, el mismo día de la resurrección, por la tarde, la otra, ocho días más tarde, con Tomás,  ausente en la anterior. Y Jesús se pone en medio de ellos, indicando la centralidad de su presencia, diciéndoles dos veces: "la paz que esté con ustedes", dejándoles  el don de la paz,  que concilia los corazones, manifestándoles  a su vez, que confíen en Él, porque estaban encerrados por temor a los judíos. 
De manera que así como el Padre lo cuidó, lo protegió hasta la hora suprema de la cruz, en la que debía dar testimonio, ahora será Jesús el que cuida a sus discípulos para que cumplan con su misión, les muestra que está con ellos y no los abandona.
Y en este primer encuentro los envía: "Como el Padre me envió, yo los envío a ustedes", y sabiendo que en la misión tendrán problemas y persecuciones, les entrega el don del Espíritu Santo para que los pecados que  perdonen sean perdonados, y los que  retengan sean retenidos.
La Iglesia siempre entendió que con estas palabras, Jesús instituye el sacramento de la reconciliación.
El Jueves Santo meditamos en la institución de la Eucaristía y del orden sagrado, junto con el mandato de vivir la caridad siendo siervos de todos los demás, y ahora  una vez resucitado nos entrega el regalo del sacramento de la penitencia. 
De modo que deben los apóstoles manifestar con claridad la misericordia de Dios, por lo que celebramos hoy  la fiesta de la Divina Misericordia.
De tal manera que el mismo Jesús en sus apariciones, en relación con esta devoción, dirá que nos acerquemos a Él siempre con humildad, mostrando nuestros pecados, nuestras debilidades, incluso diciéndole: "no sé qué hacer, cómo superar este defecto, esta caída, este vicio, dame tu consuelo, ayuda y protección", porque  en nuestra debilidad se hace presente la fortaleza de Dios. 
Para lo cual es necesario indudablemente reconocer que somos pecadores, ya que quien piensa que no tiene pecado,  que es santo y bueno, que no tiene necesidad de implorar la misericordia,  corre el riesgo de permanecer encerrado en su soberbia, en su seguridad, en su autosuficiencia. 
Es necesario hacerse pequeño delante de Dios, reconocer nuestras faltas, debilidades, y pecados,  e implorar así la misericordia divina. 
Jesús enseña  que los pecados no perdonados en la confesión son retenidos, a su vez,  en el cielo. 
¿Puede un sacerdote no absolver algún pecado? Sí, cuando el penitente no está arrepentido o  directamente está convencido que debe seguir pecando con toda tranquilidad, sin propósito de enmienda, no puede darle la absolución, so pena de hacer inválida la absolución.
En efecto, aunque el sacerdote repita la fórmula de la absolución, esta no produce el efecto debido si la persona no está arrepentida y no está dispuesta a hacer todo lo posible para cambiar. 
Por eso la misericordia supone siempre el dolor de los pecados y el propósito de hacer todo lo posible para no reincidir, poniendo los medios para ello.
Con la aparición de Jesús resucitado, los apóstoles  confirmados en la fe  dan testimonio de haberlo visto. Incluso Tomás, que había dudado, sale ahora fortalecido y se presenta al mundo como aquel que había dudado, fue confirmado en la fe en el resucitado y enviado para dar testimonio de ello.
¿Y qué hacen los apóstoles? Predican el Evangelio con amor, con entusiasmo, como lo vemos en la primera lectura tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles (Hechos 5,12-16), y a su vez, con el poder que les da Cristo, curan enfermos, expulsan demonios, y la predicación de ellos, que es la del Señor, produce cambios en el corazón de la gente.
Y así, se van agregando poco a poco nuevos creyentes, o sea, hay conversiones. 
Por otra parte el mismo Señor le  encarga a Juan, que está en la isla de Patmos, una misión especial, como lo relata en el Apocalipsis (1,9-11.12-13.17-19). 
Habla de persecución a causa de la palabra, y  ve a Jesús, que le dice, no temas, yo soy el que te envío. Escribe lo que vas a ir conociendo y envía todo esto a las siete iglesias de Asia. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin de todo lo que existe. "Escribe lo que has visto , lo que sucede ahora y lo que sucederá en el futuro"
Y Juan se pondrá en esta tarea de escribir, inspirado por el Señor, que habla del presente pero también anunciando lo que será en el futuro. 
Y nosotros también tenemos que estar preparados para ver qué tarea nos da Cristo resucitado,  mirando nuestra propia conversión, dando testimonio en medio de la familia, de los amigos, en los ambientes donde nos movemos para que Cristo resucitado se haga presente. 
Hermanos: pidamos abundantes gracias del cielo para mantenernos fieles a los dones recibidos.


Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía  en el  2do domingo de Pascua.  27 de abril de 2025

24 de junio de 2024

No estamos solos en medio de las tempestades de la vida, hemos de confiar en el Señor que es nuestra fuerza, para no sucumbir.

 


Desde la antigüedad, el ser humano siempre ha tenido miedo a las fuerzas de la naturaleza, que se manifiestan por medio de  tempestades, terremotos, huracanes, inundaciones, que siempre han estado presentes en el mundo y que asuelan justamente también en nuestro tiempo a muchas regiones del planeta, provocando graves daños a causa del cambio climático o por cualquier otra razón.
Y siempre todo esto provoca temor, por lo que ya en la antigüedad se rendía culto a diversas deidades supuestamente protectoras, se les ofrecían sacrificios para alcanzar su benevolencia y no fueran diezmadas las poblaciones. 
Las lecturas de hoy, tanto el texto de Job (38,1.8-11) como el Evangelio (Mc. 4,35-41), enseñan que todo está bajo el poder de Dios, que domina con su providencia a todas estas fuerzas,  permitiendo situaciones adversas para nuestro bien, para que salgamos fortificados, más confiados en el poder divino, pero experimentando al mismo tiempo nuestra debilidad.
A la soberbia del hombre le cuesta entender que existen situaciones que no están bajo su dominio, por lo que hemos de considerarnos siempre como poca cosa delante del Señor, incapaces de dominar esas fuerzas de la naturaleza, como también nos cuesta mucho sujetar los desbordes de nuestra propia naturaleza humana. 
Y tanto para con la fuerza desatada de la naturaleza, como para los desbordes personales de todo tipo que nos dominan, necesitamos la protección divina, ya que  nada conseguimos por nosotros mismos. 
Y en aquello que no podemos hacer absolutamente nada, armarnos de paciencia para que de los males saquemos bienes que sirvan para nuestro crecimiento espiritual como creyentes. 
¿Quién no ha pasado por tempestades en su vida en este mundo? La pérdida del trabajo, la enfermedad, la incomprensión en la familia, el desprecio de los de afuera, el desconocimiento de los méritos o dones que poseemos, tantas cosas que originan tempestades en nuestra vida, lo cual  tenemos que sobrellevar con la gracia y la fuerza de Dios. 
Tanto el libro de Job como el Evangelio, hablan en este caso de la fuerza del mar porque es allí donde siempre se ha visto la presencia activa del mal, del maligno, de aquellas fuerzas oscuras, desatadas, que buscan siempre nuestra perdición. De manera que en las tempestades de nuestra vida, ya sean laborales, matrimoniales, amicales, etcétera, siempre está presente el espíritu del mal que el Señor viene a combatir, otorgándonos las fuerzas necesarias para que triunfemos sobre el mal. 
Esta imagen de Jesús durmiendo en el cabezal de la popa de la barca debería hacernos pensar en algo común en nuestra vida. Jesús pareciera que duerme despreocupadamente, sin que piense en lo que nos pasa a nosotros, sin embargo, Él está pensando siempre en nuestro bien. Por eso, cuando ordena al viento que cese y a las aguas que dejen su bravura, está manifestando justamente su poder divino que vence a las fuerzas de la naturaleza y  a aquellas fuerzas de la naturaleza de nuestro cuerpo, de nuestra alma, que muchas veces están desbocadas y que buscan o hacernos mal a nosotros o alrededor nuestro. De manera que no estamos solos en medio de estos embates, en medio de estas tempestades, y por lo tanto hemos de confiar en el Señor. Si no confiamos en Él, ¿en quién vamos a confiar? No podemos ponernos a gritar, vamos a ahogarnos, la barca  zozobra, la familia se viene a pique, el negocio se pierde, todos nos enloquecemos en lugar de acudir con confianza al Señor. 
Pero a su vez esta barca refiere a la barca de Pedro o de la Iglesia, que también navega en estas aguas procelosas del mundo, de las ideologías de nuestro tiempo, del pecado de los hombres y de quienes formamos parte de Ella.
La Iglesia pareciera estar a punto de naufragar completamente, que ya no le queda mucho tiempo para luchar en este mundo,  sin embargo, el Señor recuerda a cada uno de nosotros, "yo estoy con ustedes, no teman, no tengan poca fe, al contrario, si creen en mí como Hijo de Dios, tienen que estar seguros del cumplimiento de mis promesas". 
Queridos hermanos, luchemos y trabajemos para vivir en un ambiente de paz y de tranquilidad, en nuestro corazón y en la sociedad, ya que contamos con la protección del Señor.

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el domingo XII del tiempo per annum. Ciclo B.  23 de junio  de 2024.