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29 de junio de 2021

Acerquémonos al Señor confesando nuestras miserias, suplicando su gracia para superar las dificultades y vivir siempre en unión con Él.

 

En la primera lectura de este domingo tomada del libro de la Sabiduría (1,13-15; 2, 23-24), se nos recuerda que el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios y que fue creado incorruptible pero por el pecado del hombre, engañado por el demonio, entró la muerte en el mundo, por lo que “todos los que pertenecen al mundo deben padecerla”, pero a su vez, explica el texto bíblico, que Dios no se complace en la perdición de lo vivientes. Él ha creado todas las cosas para que subsistan, el ser humano fue creado también para que subsista, y desde la fe sabemos que esa subsistencia continúa después de la muerte en el encuentro definitivo con Dios. De manera que Dios es Señor de vivientes, y por lo tanto estamos llamados a la vida con Él. En este camino que recorremos mientras vivimos en el mundo, tenemos que asumir lo que significa la condición humana, somos débiles.
Respecto a esto, en la cultura de nuestro tiempo, las ideologías de turno –que no aceptan la realidad creatural de debilidad existencial- inventan falsas seguridades pretendiendo que  pensemos que el hombre  es invencible y por tanto todopoderoso, y que todo lo puede resolver por medio de su esfuerzo. Sin embargo cada día experimentamos más y más que vivimos pateando remolinos de viento, resultando para muchos que la vida terrenal parece ser una pasión inútil como decía Sartre.
Obviamente si contemplamos nuestra existencia desde la fe, la reflexión es diferente, ya que sabemos que contamos con la ayuda del Creador. Pero si no hay una fe puesta en Aquél que es, que era y que vendrá, la vida pierde su sentido. Por eso el mundo vive tan descolocado por todo lo que le sucede, porque el mundo descreído y el hombre inserto en él,  lamentablemente se ha olvidado de Dios o se acuerda únicamente en los momentos cruciales de la vida, cuando ya no da más.
Por su parte, a los que tenemos fe, Jesús nos invita a una relación más estrecha con Él, que no lo busquemos cuando ya las cosas no dan más, sino que vivamos en fidelidad a Él en las buenas, en las malas, en la tristeza, en la alegría, en el sufrimiento y en la salud, en todo momento en unión con su bondad y misericordia. Porque el Señor se muestra siempre atento de nuestras preocupaciones y debilidades y sale siempre a curarnos interiormente aún a pesar nuestro, aunque no nos demos cuenta muchas veces.
Fíjense en esta mujer de la que habla el Evangelio (Mc. 9, 21-43), doce años padeciendo hemorragias, gastando todo su dinero inútilmente, ya no da más, sale del anonimato de la muchedumbre y piensa “con solo tocar su manto quedaré curada”, porque había escuchado cosas maravillosas de Jesús. Y así sucede, quedó curada. Pero Jesús no se conforma con percibir que una fuerza salió de Él, se da vuelta y pregunta ¿Quién me ha tocado? Los discípulos dicen ¿Cómo Jesús pregunta eso, si está rodeado de tanta gente? Pero Él sabe bien a qué se refiere y, por eso la mujer llena de temor, como si hubiera hecho algo malo, -a veces las personas piensan que hacen algo malo invocando a Dios-, al desconfiar de otras soluciones y no se anima a decir que acudió a Dios, de allí que se dirija- al Señor.
Jesús tiene una actitud superadora para con esta mujer que muy asustada y temblando se arroja a sus pies y le confiesa la verdad, pero Jesús con mucho amor le dice “hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda sanada de tu enfermedad” aunque ya estaba curada.
¿Qué es lo que ha hecho Jesús? Con su curación, la mujer que estaba desplazada de la familia y de la sociedad toda, porque era considerada impura a causa de la pérdida continua de sangre, puede restablecida, vivir nuevamente con sus afectos familiares. Jesús le devuelve todo lo que la mujer había perdido, ya que como hombre que es, se conduele con ella por sus achaques y debilidades devolviéndole la salud física, y como Dios, la cura interiormente, le da fuerzas para que siga adelante aumentando su fe y su unión con el Salvador. La mujer por lo tanto, recupera el amor de los suyos que quizá no tuvo durante años, pudiendo ella a su vez retribuir dando su amor a los demás, y encuentra un nuevo sentido a su vida terrena madurando en la fe hacia la Persona de Jesús y  trasmitiendo con su testimonio la bondad y misericordia del  Salvador.
Jesús la cura en base a la fe que tiene esta mujer.  El “vete en paz,” es como decirle “acuérdate que seguirás en paz en la medida que sigas por este camino”, o sea en unión con  Cristo que es el único que salva y que cambia al ser humano.
Por eso no tengamos miedo de acercarnos al Señor, de confesar nuestras debilidades, nuestras miserias, pidiéndole que nos otorgue fuerza para sortear las dificultades y vivir siempre en unión con Él.
Pero sigamos caminando con Jesús y la muchedumbre hacia  la casa de Jairo. En ese caminar le avisan a Jairo que su hija ha muerto, pero Cristo insiste en ir al encuentro de la hija que ha muerto para todos pero que para el Señor  la niña sólo está dormida.
Esto me hace acordar que  en el uso común se habla de la necrópolis  como ámbito de sepultura de las personas y que significa ciudad de los muertos, sin que haya esperanza de la resurrección, mientras que los creyentes en la resurrección decimos  cementerio que es el lugar de los que duermen.
Mientras que unos no tienen esperanza, Jesús resucita a la niña anunciando  de ese modo una vida más allá de la propia existencia terrenal. Y por eso, le dice a esta niña “talitá kum”,“Yo te lo ordeno, levántate”. Jesús se manifiesta como  Señor de la vida, indicándole de alguna manera a la joven  que debe proclamar al mundo que existe la resurrección de los muertos, que no estamos atados a la muerte por más que la muerte sea el último enemigo a vencer. .Justamente en la antífona del aleluya cantábamos “nuestro salvador Jesucristo destruyó la muerte he hizo brillar la vida mediante la Buena Noticia  del Talitá Kum, levántate.
Y esta niña así curada debe  nutrir la vida nueva que ha alcanzado con la Eucaristía. En efecto,  Jesús ordena le den de comer. Imposible salir de la muerte del pecado, resucitar a la vida de la gracia y permanecer en ella sin el alimento permanente de la Eucaristía que es Cristo que se ofrece como pan de vida y bebida de salvación. Esa eucaristía que obviamente requiere el paso de la transformación interior, de la conversión, para lo que se nos ha dado  el sacramento de la confesión.
Jesús nos saca de todas las miserias de la vida, por eso no nos casemos de caminar  para encontrarnos más íntimamente con Él. Y si pareciera que el Señor no nos escucha, saber que Él siempre está en nuestra busca, quiere mirarnos a los ojos, y sacarnos del anonimato. Y así, también nosotros cuando por el pecado nos confundimos en la muchedumbre y tendemos al anonimato, Cristo con la vida, con la purificación interior nos saca del olvido que puede traer la muchedumbre para que veamos cuán importante es cada uno delante de Él.
Pidámosle a María Santísima, la madre de Jesús y madre nuestra que nos ayude a recorrer este camino hacia Jesús, pidámosle a San José también en este año dedicado a él que nos vaya mostrando el camino que nos lleva al Señor.


Padre Ricardo B. Mazza. Cura párroco de la parroquia “San Juan Bautista”, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el domingo XIII del tiempo ordinario, ciclo “B”. 27 de junio de 2021. ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com



2 de febrero de 2021

Como fieles profetas enviados al servicio de la Palabra, transmitimos la verdad inalterable manifestada por Cristo.

 

En el libro del Deuteronomio o Segunda Ley (Deut. 18,15-20),  Moisés comunica al pueblo  elegido que Dios  suscitará un profeta como él,  anticipando así la presencia  de Jesús, el nuevo Moisés en medio de  la comunidad. Pero mientras tanto, hasta que llegue el momento de la presencia del Salvador, el Señor envía en su nombre a numerosos profetas, manifestándose así de un modo nuevo, además de hacerlo  a través de la Ley, y de la sabiduría.
El profeta cuya misión no es anunciar meramente el futuro, sino que es el portavoz de la voluntad de Dios. Por eso, el texto bíblico recuerda que los profetas que Dios suscitará, deben decir lo que se les encomienda y nada más que eso.
Ahora bien, a lo largo de la historia de la Iglesia, conocemos por revelación divina, que ésta continúa la misión profética de Jesús. Nosotros como bautizados, y miembros de la esposa de Cristo, a su vez,  participamos de esta misión profética, por lo que hemos de transmitirle al mundo las enseñanzas recibidas del Señor. Por lo tanto, nadie esté autorizado a enseñar algo distinto o contrario, o hacer una libre interpretación de la misma Palabra de Dios.
De allí,  que es muy importante tener en cuenta  esto, porque hoy en día se siguen escuchando voces que reclaman que la Iglesia se acomode a las vivencias  y pensamientos  del mundo y se amolde a lo que la historia misma le va indicando.
Si desde la fe hablamos de la salvación de la historia indicando con esto que la verdad inalterable de Cristo se ha de transmitir íntegramente, se piensa ahora que la historia con sus vaivenes y cambios voluntaristas del pensamiento, debe “salvar” a la Iglesia. Sabemos, por el contrario, desde una mirada de fe, que la Iglesia tiene que ser siempre totalmente libre, ya que enviada por Dios, ha  de predicar y enseñar en medio del mundo, lo que a su vez ha recibido fielmente.
Es decir, la verdad revelada siempre es la verdad por ser divina su fuente, y no cambia porque el ser humano cambie o asuma otras modalidades. De manera que no pocas veces, al ser humano que aparece como enloquecido, atrapado por cosas raras, la Iglesia debe enseñar siempre el mensaje de Cristo nuestro Señor, no perder, podríamos decir, esa cordura que es propia de la verdad.
Urge esto sobre todo en un mundo como el nuestro, tan desorientado que no sabe a dónde ir, donde se va imponiendo el que cada uno tiene derecho a manifestarse como se autopercibe, y así si yo me autopercibo que soy un gato, todo el mundo debe reconocerme como tal porque ese es mi derecho. Ante estos desvaríos  la Iglesia debe estar siempre por encima de todas estas locuras que se plantean en la sociedad, y proclamar al ser humano que ha caído en el relativismo moral y que piensa que todo aquello que desea y quiere es verdadero,  que no es así, y que lo que quiere y desea no siempre responde a la verdad.
Si tomamos el texto del Evangelio (Mc. 1,21-28) nos encontramos con Jesús como el nuevo Moisés, que enseña en la sinagoga de Cafarnaúm. Es allí donde  la gente descubre que habla de una forma nueva, “con autoridad y no como los escribas” que sólo repetían lo que habían aprendido, mientras que Jesús  transmite desde su condición divina humana.
A su vez, la palabra que enseña Jesús con autoridad se certifica a través de hechos concretos. Dice el texto que en la sinagoga había un hombre endemoniado y, que el espíritu del mal grita “ya sé quién eres, el Santo de Dios”. Sin embargo, el espíritu ignora  cuál es la misión de Jesús,  siendo de inmediato expulsado del poseído.
A su vez, expulsando al demonio, Jesús  manifiesta que viene a eliminar toda esclavitud, viene al liberar al hombre de todo aquello que le impida adorar a su Señor y servirlo de todo corazón, de manera que expulsando al espíritu del mal está expresando un mensaje muy fuerte: “Yo no solamente les enseño con autoridad sino que obro con autoridad, aquel que venga ante mí y me exponga cuáles son sus limitaciones, cuáles son sus problemas, cuales son dificultades para servir a Dios, estoy yo para ayudarle a conquistarse a sí mismo, para vivir en libertad y de esa manera servir a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la vida”.
Esta actitud de profeta, que podemos identificarla con una recta enseñanza, la notamos también en el apóstol San Pablo en la segunda lectura de hoy (1 Cor. 7, 32-35). El apóstol nos habla por un lado de la vida consagrada a Dios, ya sea por el celibato o por la virginidad, y por el otro se refiere a la vida matrimonial.
 ¿Qué es lo que enseña el apóstol? Cada uno debe discernir qué es lo que Dios quiere para  si, de qué manera quiere que le rinda culto y de qué manera quiere que a través de mi elección le sirva de corazón y también pueda enseñar y ser ejemplo para los demás.
¿Cuál es la enseñanza que nos deja? Dice que el que vive el celibato o la virginidad puede entregarse a Dios con un corazón indiviso. Mientras que en el matrimonio, tanto el marido como la mujer buscan agradarse mutuamente y tienen que ocuparse de las tareas propias de la familia, de lo que refiere al matrimonio; de modo que este marido o esta mujer se entregan a Dios pero siempre mediante la entrega a la otra persona, o a aquello que realizan a diario.
Aquel en cambio que no ha elegido el matrimonio, aunque considere  ese estado de vida como bueno en sí mismo, pero no para sí, se une a Dios con un corazón no dividido. Es cierto que el que ha elegido el celibato o la virginidad para seguir al Señor puede en algún momento hacerse trampa a sí mismo y buscar otras dependencias que coartan esa entrega total al Señor, pero de hecho la primera elección se orienta a la unión con Dios con un corazón no dividido.
A nosotros como bautizados, como profetas del nuevo testamento, participando de la misión profética de la Iglesia, hemos de llevar al mundo las enseñanzas de Jesús manifestando así lo que previamente hemos vivido. Sabemos que la gracia de Dios nos acompaña y en la medida que seamos fieles en la transmisión de la verdad conocida, el Señor estará con nosotros y esta enseñanza dará sus frutos.


Padre Ricardo B. Mazza. Cura párroco de la parroquia “San Juan Bautista”, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el 4to domingo durante el año. Ciclo “B”. 31 de enero de 2021. ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com


9 de noviembre de 2020

Recordando que no sabemos ni el día ni la hora de la venida del Señor, esperémoslo con la luz brillante de la fe y el aceite de las obras

 

El domingo pasado habíamos celebrado a la llamada Iglesia Triunfante. Triunfante porque se trata de honrar y recordar a los santos, aquellos que han triunfado alcanzando la meta para la cual fue creada el ser humano, que es la comunión plena con Dios. El lunes recordábamos a la Iglesia que se purifica y rezábamos por los fieles difuntos, aquellos que si bien tenían asegurada esa meta del encuentro definitivo con Dios, necesitaban purificarse para participar de la gloria del Cielo.
Hoy la liturgia habla de nosotros, la iglesia que peregrina, la de los  bautizados que todavía no hemos llegado ni a purificarnos, ni a la Vida Eterna, sino que somos peregrinos que avanzan a la meta prometida y deseada desde el comienzo de la existencia temporal en este mundo.
¿Y cuál ha de ser nuestra actitud mientras caminamos por este mundo? La respuesta la encontramos en el texto del evangelio que proclamamos (Mt. 25, 1-13), en el que Jesús por medio de una parábola o comparación explica qué debe darle forma a nuestra vida terrenal.  Los contemporáneos del Señor sabían de qué estaba hablando cuando parte de la consideración de cómo se realizaban los matrimonios en su época. A la noche del día elegido, la novia esperaba en su casa  al esposo acompañada por un grupo de jóvenes, de amigas. El esposo en cualquier momento  podría llegar a la casa de la novia, lo recibían y salía el cortejo iluminándose con lámparas, dirigiéndose a la casa del esposo donde se celebraba la cena nupcial.
¿Cuál es el significado o qué simboliza cada personaje o cosa de la descripción del rito matrimonial? la esposa es la Iglesia, constituida por personas  prudentes o sabias, como lo describe el libro de la Sabiduría (6, 12-16), en la primera lectura, que buscan agradar a Dios, que inquieren  acerca del verdadero sentido de la existencia humana, y también hay personas que son necias, es decir que creen que saben todo pero nada saben o conocen mal lo que refiere a lo esencial de la vida  y, por lo tanto no se preparan para la venida del novio o del esposo que en este caso es Cristo Nuestro Señor.
Mientras recorremos la vida con la esposa-Iglesia atraídos por Jesús-esposo, la luz que ilumina al hombre es la fe, dando sentido a su existencia y orientando a cada uno al banquete nupcial o vida eterna. Pero, a su vez, la fe es alimentada por la caridad simbolizada por el aceite, que permite mantener viva la luz de la fe, mientras esperamos la venida de Cristo-esposo. Ahora bien, a lo largo de nuestra vida, podemos caer en aquello de preocuparnos únicamente por el futuro, escapando de la responsabilidades de cada día y nada hacer en el presente para la gloria de Dios o para el bien de los hermanos.
Pero también puede suceder que se caiga en la actitud de pensar que el futuro  salvífico no sucederá tan pronto, que Cristo no vendrá enseguida y por lo tanto se pone  el acento de la vida en el presente, tratando de gozar al máximo las posibilidades que ofrece la sociedad de consumo o la cultura de nuestro tiempo, sin contemplar la meta del encuentro definitivo con Dios para la que fuimos creados.
La enseñanza que nos deja Jesús es que debemos optar por la actitud de las jóvenes prudentes, caminar por este mundo mientras vivimos buscando la voluntad de Dios en cada momento por medio de la fe, alimentando la misma obrando  siempre el bien para la gloria de Dios y el bien de los hermanos. No descuidar nuestras obligaciones de estado, y con la mirada puesta en el fin último sobrenatural del hombre.
Con esta actitud, el banquete nupcial de la fiesta de bodas con el Salvador será algo esperado de una manera vigilante, es decir, sin dormirse en las cosas de este mundo,  sin adormilarse pensando que el salvador tardará en llegar, como las jóvenes necias que dejaron languidecer la fe atraídas por la mundanidad y carentes de obras de caridad porque estaban pensando en sí mismas sin elevar su pensamiento a Dios y a los hermanos.. Por el contrario, vivamos cada momento bajo la mirada del Señor obrando el bien, porque la luz de la fe tiene que ser alimentada por las obras de la caridad. Imposible crecer como creyentes en Cristo y en todo lo que nos enseña y nos promete si a su vez no obramos de acuerdo a las enseñanzas del Señor, si no obramos de acuerdo al Evangelio.
Jesús  viene a nuestro encuentro, a su vez, cada día, a cada momento, de allí que no hemos de esperarlo únicamente para  el fin de la vida de cada uno o al fin del mundo, sino  estar  dispuestos a la conversión permanente del corazón  para recibirlo dignamente y sin temores.
Por eso el Señor nos invita como Iglesia Peregrina a no dormirnos, como estas jóvenes que se durmieron y cuando llegó el esposo hubo quienes no podían recibirlo porque la luz de la fe se les apagaba y las obras de la caridad estaban ausentes, solamente entraron a la fiesta nupcial quienes tenían viva la fe acompañada  por  sus obras.
Queridos hermanos: es cierto que muchas veces pensamos que es imposible vivir esto a causa de nuestras debilidades, pero recordemos que contamos siempre con la gracia de Dios para seguir adelante y buscar siempre la meta que nos espera. Nos podrá ayudar, además, recordar aquellas palabras que escuchamos en el texto del evangelio “Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora”.


Padre Ricardo B. Mazza. Cura párroco de la parroquia “San Juan Bautista”, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el domingo XXXII durante el año. Ciclo A. 08 de noviembre de 2020 ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com




3 de noviembre de 2020

En la Vida Eterna que es nuestra meta como hijos adoptivos de Dios, cantaremos eternamente las misericordias del Señor”


Nos hemos congregado en este día para celebrar a Todos los Santos, aquellos que ya gozan de la presencia de Dios para siempre, aquellos que han llegado a la meta, aquellos que han entendido que fueron creados para Dios y a lo largo de su vida trataron de vivir en comunión con Dios y ahora se encuentran gozando ante su presencia. Los santos  nos ofrecen un testimonio de vida pero  al mismo tiempo nos protegen realizando aquello que afirmamos en el Credo: “creo en la comunión de los Santos”.

¿Cómo se da esa comunión? Entre la iglesia que peregrina, que somos nosotros, en la medida que tratamos de hacer el bien y vivir en gracia de Dios, somos llamados también como lo hacía en su tiempo San Pablo, santos; los que ya están en el Cielo gozando de la meta que han buscado siempre, y los que se purifican para poder después entrar en el Cielo. La Iglesia que se purifica  necesita nuestras oraciones, pero a su vez van a interceder por nosotros, de manera que mientras nosotros pedimos a los santos su ayuda y ellos nos prometen su presencia en nuestras vidas, las almas del purgatorio necesitan de nuestras oraciones y a su vez nos prometen acordarse de nosotros cuando ya estén definitivamente en la Gloria. Y así entonces entre la Iglesia llamada Peregrina, la Iglesia Triunfante en el Cielo, y la Iglesia que se purifica hay una permanente comunión de oraciones, de vida, de intenciones, porque todos aspiramos al encuentro con el Señor.
¿Y qué es lo que nos debe mover, ese tender hacia Dios? Precisamente, san Juan nos dice en la segunda lectura (1 Jn. 3, 1-3) que  miremos como el Padre nos ama y haciéndonos hijos suyos.  Y el Padre nos ama y quiere que participemos como hijos adoptivos de su misma vida porque nos ha creado a su imagen y semejanza.  El amor del Padre  nos lleva a buscar agradarle a Él y seguir los pasos de su Hijo, a escuchar la Palabra del Señor, a vivirla permanentemente, hasta que lleguemos, nos dice el apóstol, a ser semejantes a Dios. Como decía, ya somos imagen y semejanza de Dios por la creación, por el Bautismo fuimos elevados a la vida de la gracia, y en la Vida Eterna seremos ya semejantes a Él  para siempre, porque ya no podremos perder  la gracia por el pecado y por lo tanto  lo contemplaremos cara a cara, mediante  “la luz de la gloria”, que eleva nuestra inteligencia  para la contemplación eterna, como enseña santo Tomás de Aquino en la Suma Teológica.
Hablar de los santos por lo tanto, es hablar de la perfección a la que puede llegar el ser humano y nos debe hacer entender que estamos llamados a las cosas grandes, no a la chatura de la vida que muchas veces se observa en nuestra sociedad o el conformarse con la mediocridad, o dejar para último momento la conversión, sino la búsqueda incansable de asimilar la gracia que Dios nos otorga a cada uno de nosotros.
En nuestro peregrinar por la existencia terrena, el Señor nos pide  observar los diez mandamientos, como mínimo para la salvación, pero si queremos llegar a la vida de perfección que cultivaron los santos, hemos de encarnar el espíritu de las bienaventuranzas (Mt. 4, 25-5,12).
Se nos invita a cultivar la pobreza de espíritu que supone todo desapego a las cosas, buscar vivir la misericordia con el prójimo para alcanzarla también nosotros, vivir la paz propia de los hijos de Dios, trabajar por la justicia y así parecernos más y más a Dios, ser capaces de soportar todo tipo de injurias y rechazo por seguir  a la persona de Jesús y sus enseñanzas, vivir la pureza porque sólo con mirada limpia lo contemplaremos, y así,  todo lo que implique  grandeza de corazón.
Llamados entonces a vivir santamente, peregrinemos por este mundo, implorando la gracia de lo Alto, contemplando la vida de los santos, buscando su intercesión imitándolos, sabiendo que es posible vivir una vida de perfección que lleve  algún día a la Gloria del Cielo cantando eternamente las maravillas del Señor como dice el Salmo, “cantaré eternamente las misericordias del Señor” (cf. Apo. 7, 2-4.9-14).


Canónigo Ricardo B. Mazza. Cura párroco de la parroquia “San Juan Bautista”, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en la Misa de Todos los Santos. Ciclo “A”. 01 de noviembre de 2020. ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com




27 de octubre de 2020

Cuando se da el amor perfecto a Dios, el amor al prójimo es la prolongación inevitable

Siempre aparece una oportunidad para hacerle  planteos a Jesús, con la intención de hacerle caer en alguna  respuesta incorrecta. En esta oportunidad, un doctor de la ley, -por lo tanto experto en el conocimiento de la ley que regía el pueblo de Israel-,  le pregunta: “¿Cuál es el mandamiento más grande de la Ley? “(Mt. 22, 34-40)”.
En realidad no es una pregunta ociosa, porque a lo largo del tiempo se fueron agregando tantas prescripciones, tantas leyes a las disposiciones del decálogo,  que llegó un momento en que el mismo pueblo se sentía oprimido por tantas obligaciones y no llegaba a distinguir lo importante de lo que no lo era.  
De allí que Cristo va al centro del problema, de la pregunta, y tomando en cuenta la Ley Mosaica, es decir los Diez Mandamientos, dirá: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu.  Éste es el más grande y el primer mandamiento”  respondiendo  así  al doctor de la ley.
Pero para hacer ver que este mandamiento del amor a Dios se prolongaba en una obligación no menos importante, continúa “el segundo es semejante al primero: amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Es más, remata la enseñanza  afirmando  que “de estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas”. O sea que las otras prescripciones a las que estaban sometidos debían verse a la luz de estos dos mandamientos, el amor a Dios y el amor al prójimo. Ciertamente que el más importante es el amor a Dios, pero también debe tenerse en cuenta a San Juan  cuando llama mentiroso al que dice amar a Dios, pero no ama a su prójimo (cf. I Juan  4, 20).
Al respecto el papa Francisco  planteó: “Si tú no eres capaz de amar algo que ves, ¿cómo vas a amar lo que no ves? Es una fantasía” (10 enero de 2019), de manera que no es posible amar a Dios y descuidar el amor al prójimo.
Sin embargo  el  amor a Dios en nuestro tiempo está en decadencia, dado que  se  prefiere amar a ídolos, a dioses falsos, como el dinero, el honor, el sexo desenfrenado, el poder, el placer, despreciando al Creador, -ya que el hombre “se crea  sí mismo”, es autosuficiente, autor de su  origen y destino final, perdiéndose  la fe y el amor  a Dios como al prójimo, al que no se reconoce ya como hermano.
En relación con esto,  encontramos  una respuesta en el apóstol san Pablo (I Tes. 1,5c-10), el cual, escribiendo a los cristianos de Tesalónica, a quienes ama especialmente por la manera que responden al Evangelio, les dice “ustedes se convirtieron a Dios, abandonando los ídolos para servir al Dios vivo y verdadero, y esperar a su Hijo, que vendrá desde el cielo: Jesús, a quien Él resucitó de entre los muertos y que nos libra de la ira venidera”.
Es decir que no se puede amar a Dios si antes no se cree en  Él, y si no se cree a Dios, porque uno puede decir “yo creo en Dios, existe un ser superior, pero no creo a Dios, es decir, no acepto o no creo lo que enseña, lo que transmite. De manera que el primer paso para amar a Dios es renunciar a los ídolos, es decir a los dioses falsos a los cuales el ser humano muchas veces se adhiere y se ata.
En nuestro interior descubriremos no pocas veces cómo nuestra atención y nuestro culto esta puesto más en otras realidades que en Dios mismo y por eso no pocas veces también cuesta adorar al Dios verdadero, amarlo con todo el corazón, con toda el alma.
Cuando se da este amor perfecto a Dios, el amor al prójimo es una consecuencia, una prolongación inevitable. Y así,  porque he descubierto lo que es el amor a Dios y el amor que Dios me tiene a mí y a los demás,  es que  prolongo  esta realidad  en el amor  al prójimo, a aquel que quizá  está olvidado de Dios, pero  espera que nosotros hagamos algo para acercarlo a Dios.
En nuestra sociedad actual, esta falta de amor a Dios se manifiesta  en el ser humano que sufre tantas injusticias, tantos desniveles en todos los aspectos, la falta de respeto a su dignidad de persona humana, o el maltrato que padece en todos los ámbitos de la vida
¿Cuántas veces el ser humano es desechado en nuestra sociedad si no sirve a los planes de los poderosos? Por eso confiados en este amor profundo a Dios hemos de buscar siempre prolongar este amor al Señor en nuestros hermanos. Mirar en nuestro interior y ver cuáles son nuestras actitudes concretas, si realmente Dios es el primero en estar presente en mi vida, si el prójimo también está presente prolongando ese amor a Dios, y así viendo lo que ocurre en nuestro interior hacer todo lo posible para cambiar, para transformarnos, para convertirnos.
Confiar en que en este camino no estamos solos, tenemos a María Santísima nuestra Madre, la cual  hoy  visita  nuestra parroquia.
Ella no hace más que sintetizar el amor a Dios y al prójimo, a Dios diciéndole “he aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra”; al prójimo, buscando  acompañarlo, apoyarlo y ayudándolo para encontrarse con el Padre del Cielo y con su Hijo.
No en vano al pie de la cruz, Jesús le dice a María señalando a Juan: “he ahí a tu hijo” y le dirá a Juan: “he ahí a tu madre”. Contamos entonces con una intercesora muy especial, con la  Madre del Señor y  nuestra, y vivir así,  o intentar vivir como hijos de  Dios.


Padre Ricardo B. Mazza, Cura Párroco de la parroquia “San Juan Bautista” de Santa Fe de la Vera Cruz, en Argentina. Homilía en el domingo XXX “per annum”, ciclo “A”.   25  de Octubre de 2020.



5 de octubre de 2020

La viña del Señor es su pueblo, pidámosle no apartarnos de Él y ser fieles instrumentos suyos atrayendo a muchos a la salvación.

El texto del profeta Isaías que proclamamos en el día de hoy (5, 1-7), se perfecciona, se completa, con el texto del Evangelio (Mt. 21, 33-46). La referencia de una viña que es preparada y cuidada, se aplica al pueblo de Israel, elegido por Dios para hacerse presente entre nosotros, y en ese pueblo de Israel, la tribu de Judá es la predilecta, la elegida. 

Y así, el texto de Isaías refiere al “canto de mi amado a su viña”, es decir de Dios que recuerda todo lo que hiciera por el pueblo de Israel, que fue  tratado con amor, que lo fue preparando  para que dé frutos abundantes, pero cuando llego el momento de la cosecha solamente dio frutos agrios, mención ésta a la infidelidad y al rechazo que recibiera a pesar de la Alianza por la que el Señor cumplió con su Palabra mientras los elegidos faltaron muchas veces al compromiso.
A su vez, este amigo de los hombres que personifica al Creador, desalentado y angustiado, destruye la plantación porque “la viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel, y los hombres de Judá son su plantación predilecta. ¡Él espero de ellos equidad, y hay efusión de sangre; esperó justicia, y hay gritos de angustia!”
El texto del Evangelio completa esta idea, si bien agrega otros personajes en el relato, y así, nuevamente el que posee la viña es el Señor, que se la deja al pueblo elegido –los viñadores homicidas- para que dé frutos. Sin embargo, a lo largo de la historia, rechazan a los enviados que se llegan a la misma para percibir los frutos, que son los profetas, llegando a matar al propio hijo para quedarse con la viña. 

Continúa el texto diciendo que Jesús pregunta a los jefes del pueblo elegido que “cuando vuelva el dueño, “¿qué les parece que hará con aquellos viñadores?”. Y los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo contestan: “acabará con esos miserables y arrendará la viña a otros, que le entregarán el fruto a su debido tiempo”.
Escuchando la respuesta, el Señor interroga: “¿No han leído nunca en las Escrituras:”La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular; ésta es la obra del Señor; admirable a nuestros ojos?” en obvia referencia al rechazo  de ellos por su Persona como Mesías. Rechazo este que tiene como consecuencia el  que  “el Reino de Dios le será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus  frutos”.

 Y ¿cuál es ese nuevo pueblo?  El constituido por judíos convertidos que reconocen a Jesús como el Mesías prometido y  aquellos que tienen su origen en el paganismo,  que no han tenido la oportunidad de conocer al Dios de la Alianza, pero que una vez que se les ha predicado el evangelio lo han reconocido. De hecho en la misión del apóstol San Pablo se percibe que muchos judíos y numerosos paganos han reconocido a Jesús como Mesías y Salvador anunciado en las Escrituras.
Ese nuevo pueblo de Dios configura la Iglesia, que a su vez lleva el nombre de Viña del Señor,  Iglesia que Jesús moldea y cuida para que dé frutos por medio de la evangelización, y de la vida profundamente cristiana de sus miembros, y de quienes en el futuro vayan incorporándose a la misma.

Pero además, podemos hablar también de la Viña del Señor que es cada uno de nosotros desde que nacemos, pasando por el Bautismo y todo lo que recibimos y obtendremos de Dios en el transcurso del tiempo. El Señor nos ha preparado desde el inicio de nuestra existencia para que lo recibamos, para que le seamos fieles, y sigamos trabajando con entusiasmo para atraer a muchos a la viña salvadora.
Ahora bien, hemos de tener en cuenta que no estamos exentos a que también se nos excluya de pertenecer a la viña del Señor si somos “viñadores” perezosos que nos comemos las uvas de la gracia pero no producimos más que frutos agrios por nuestra inoperancia o peor aún por el pecado y malas acciones.

Pero, ¿cómo podremos dar buenos frutos quizás nos preguntemos?. La respuesta la podemos encontrar en san Pablo quien escribiendo a los filipenses (4, 6-9) exhorta a no angustiarse por nada, si acaso eso nos pasa por la falta de respuesta de la gente cuando evangelizamos. Siempre el recurso ha de ser la oración y la súplica acompañada de acción de gracias presentando las peticiones a Dios.
A su vez, continúa el apóstol exhortando a una seria vida cristiana,  de modo que “todo lo que es verdadero y noble, todo lo que es justo y puro, todo lo que es amable y digno de honra, todo lo que haya de virtuoso y merecedor de alabanza, debe ser el objeto de sus pensamientos”.
Queridos hermanos, pidámosle al Señor que nos de su gracia para ser capaces de vivir esto a fondo  y llegar a ser dignos de pertenecer a la viña del Señor, sabiendo que contamos siempre con la intercesión de la Madre del Cielo especialmente en el rezo del santo rosario.
 

Canónigo Ricardo B. Mazza. Cura párroco de la parroquia “San Juan Bautista”, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en la Misa del domingo XXVII del tiempo Ordinario. Ciclo “A”. 04 de Octubre de  de 2020.  ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com