3 de septiembre de 2017

Busquemos “discernir cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto” y sigamos a Jesús por el misterio de la Cruz.


Los textos bíblicos de la liturgia dominical nos invitan al seguimiento del Dios encontrado, o mejor dicho, que nos ha encontrado a nosotros.
El profeta Jeremías (20,7-9) confiesa que a pesar de sus resistencias fue conquistado por el amor misericordioso de Dios que lo ha llamado para anunciar su Palabra al pueblo elegido.
Esta vocación de profeta transforma a Jeremías en un hombre sufriente, ya que fue el hazmerreír  de los hombres por estar poseído por Dios, porque no estaba a tono con la vida disoluta de su tiempo. Hoy como ayer, el seguimiento de Dios, el dejarse seducir por Él y transmitir su Palabra oportuna e inoportunamente, es un suplicio continuo, exigiendo siempre la renuncia de sí mismo para la entrega a Dios y a los hombres de corazón bien dispuesto.
Frente a las burlas quiso huir, pero la Palabra fue más fuerte que él porque “¡Tú me has seducido, Señor, y yo me dejé seducir!”
Mirándonos  a nosotros mismos sabemos que el bautismo ha transformado nuestra existencia, ya que Dios ha venido a “seducirnos” con sus dones y dependerá de nosotros el que nos dejemos conquistar para vivir sirviéndole a Él y llevando el mensaje de salvación a todos, aunque suframos burlas e incomprensiones porque no hemos tomado como modelo a este mundo.
Aunque muchas veces la “misión” se presente insoportable, la gracia y la fuerza de Dios nos permitirán vivir en la fidelidad a su Nombre.
Ante esta experiencia única e irrepetible para cada uno, el apóstol  san Pablo (Rom. 12, 1-2)  nos exhorta, -con la certeza de que nunca somos probados más allá de nuestras fuerzas-, a ofrecernos “como una víctima viva, santa y agradable a Dios” transformando esto en un “culto espiritual”, a ejemplo de  Jesucristo que se inmoló como ofrenda agradable al Padre por nosotros.
El apóstol sigue diciéndonos que no tomemos como modelo al mundo, es decir, que no acomodemos nuestro ser y vivir cristianos a la mentalidad de una sociedad que sólo piensa en los goces pasajeros, en los disfrutes fáciles, en donde todo vale, menos las enseñanzas del Señor.
Al igual que Jeremías podemos hasta sentir el hastío de vivir según la palabra divina, llegando a ser ésta un peso desagradable para nosotros, por lo que hemos de dejarnos transformar interiormente por Jesús, renovando nuestra mentalidad,  tratando de cambiar a los que nos rodean y que ya viven el espíritu mundano, sin esperanza alguna de elevarse por el camino de la gracia.
Ante estos peligros, urge “discernir cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto” y  transitar por esta senda que el mismo Jesús en el texto del evangelio explicita (Mt. 16,21-27).
En efecto, ante la sugerencia de Pedro de huir de la cruz, Jesús dirá concretamente que “el que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga.”
La experiencia nos señala que en nuestros días, a pesar de la búsqueda afanosa de la felicidad material a la que se dedican no pocas personas, a pesar de la posibilidad de disfrutar lo placentero y de darse el ser humano cuanto gusto desea, no por eso es más feliz, ya que  “el que quiera salvar su vida, la perderá”, porque se profundiza la soledad del corazón sumergido en el pecado.
En cambio, cuando el creyente está dispuesto a asumir la cruz del Señor que implica la fidelidad a su Persona, a su vida y enseñanzas, se  realiza aquello de que “el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará”.
El seguimiento de Cristo exige no sólo el cumplimiento de los mandamientos, sino el compenetrarnos con el espíritu mismo de las bienaventuranzas, llegando a una vida de santidad que sirva de testimonio ante el mundo y que interpele a los corazones más retraídos de la fe de modo que retornen a la vida nueva de la gracia.
El salmo interleccional que entonamos (62, 2-6.8-9) nos muestra que el corazón creyente elegido por el Señor, debe tener sólo sed del Dios mismo que nos ha creado, redimido y santificado, y que a Él hemos de buscar ansiosamente para encontrar el descanso seguro en medio de las dificultades de la vida temporal en la que estamos insertos.
Para concluir, y siempre dentro del espíritu de un deseo más profundo de encontrar a Dios, pidamos en primer lugar al Señor, que a ejemplo de Jeremías, nos animemos a hacer conocer el evangelio en nuestros círculos de amistades, familia, trabajo, en fin, en la sociedad toda, a pesar de que tengamos  que sufrir incomprensión y persecución.
En segundo lugar, pidamos al Señor, que como enseña san Pablo, aprendamos a ofrecer y ofrecernos todo a Dios y a vivir según los criterios de una mentalidad evangélica y no mundana, siendo continuo el discernir los signos de los tiempos para descubrir y seguir la voluntad de Dios, lo que es bueno y lo que le agrada.
En tercer lugar, pidamos al Señor que ya que nos invita a una vida más perfecta, nos otorgue la fuerza necesaria para seguirlo de corazón, con el convencimiento que el camino de la cruz y muerte, conduce como a Jesús, a la plenitud de la resurrección.



Padre Ricardo B. Mazza. Cura párroco de la parroquia “San Juan Bautista”, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el domingo XXII del tiempo ordinario, ciclo “A”. 03 de septiembre de 2017. ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com



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