4 de abril de 2018

La Pascua cristiana libera de la muerte del pecado, y encamina a la tierra prometida del Cielo, donde Jesús ya vive y nos espera.



Las mujeres se acercan presurosas al sepulcro (Mc. 16, 1-8) y, pensando que Jesús está muerto se preguntan “¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?”. Sin embargo la piedra está corrida, el sepulcro vacío y un joven que les dice “No teman. Ustedes buscan a Jesús de Nazaret, el Crucificado. Ha resucitado, no está aquí”.

Esta verdad atestiguada las sacude y a pesar de recibir el encargo de comunicar a los discípulos el hecho de la tumba vacía, “no dijeron nada a nadie, porque tenían miedo”.
A pesar de haber anunciado Jesús su vuelta a la vida,  y sus sentidos verificar la ausencia del cuerpo, carecían de la luz de la fe que las convenciera totalmente enseguida, comenzando un proceso interior que las convertiría en mensajeras de la resurrección al contemplarlo personalmente como relata el evangelista Mateo (28, 1-10).
La resurrección de Cristo implica la victoria sobre el pecado y el comienzo de una vida nueva porque “Al morir, Él murió al pecado, una vez por todas, y ahora que vive, vive para Dios”, y significa también para los creyentes un cambio de vida como señala el apóstol: “Considérense muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús” (Rom. 6, 3-11).
El espíritu del mal no tiene ya poder sobre nosotros porque como príncipe de este mundo ha sido arrojado afuera, de modo que si bien no estamos sujetos a él, dependerá de nosotros, de nuestra libre elección, el superar las tentaciones que seguirán afectando a lo largo de la vida, pero fortalecidos con la gracia de Dios   que  libera.
El sacramento del bautismo que nos incorpora a la Iglesia actualiza el misterio pascual en cada uno, de manera que “si nos hemos identificado con Cristo por una muerte semejante a la suya, también nos identificaremos con Él en la resurrección”.
Esto significa que  “nuestro hombre viejo ha sido crucificado con Él, para que fuera destruido este cuerpo de pecado, y así dejáramos de ser esclavos del pecado”.
Al haber muerto con Cristo nada debemos al pecado, y así como Jesús vive para el Padre, hemos de considerarnos  vivos para Dios.
La herida del pecado original y el sometimiento al pecado en el que nos encontrábamos, ha quedado atrás con la restauración de la vida de la gracia, y lo que alcanzara la Cabeza de la Iglesia, lo ha conseguido también su Cuerpo, formado por todos los creyentes en Cristo.
En el Antiguo Testamento, la Pascua actualizaba la liberación de la esclavitud de Egipto, el pasar por el Mar Rojo de la salvación, para encaminarse el pueblo elegido a la tierra prometida en este mundo.
La Pascua cristiana, aplicada a cada uno por el bautismo, libera de la muerte del pecado y nos encamina como resucitados a la tierra prometida del Cielo, donde ya vive Jesús y nos espera preparándonos un lugar.
Queridos hermanos: a lo largo de la vida temporal nos encontramos con dificultades para mantenernos fieles al Señor, pero no es imposible vivir como resucitados, muriendo cada día a toda especie de maldad, recreando el interior por la vida de la gracia, añorando siempre el participar algún día de la perfección de la vida divina.
Pidamos al Señor contar siempre con su luz para descubrir la verdad, y la fortaleza para realizar el bien testimoniando la realidad de resucitados.


Padre Ricardo B. Mazza. Cura párroco de la parroquia “San Juan Bautista”, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en la misa de la Vigilia Pascual. 31 de marzo de 2018. ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com





















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