20 de abril de 2018

“Pecado y gracia, muerte y resurrección, degradación y restauración de la grandeza en la que fuimos creados, marcan la historia humana”.


Con frecuencia, tanto los católicos como los que no lo son, rezongan por la enseñanza de la Iglesia, diciendo que siempre se presenta como Jeremías profeta de calamidades. Y así, por ejemplo, que se predica siempre sobre el pecado y la gracia, dejando de lado otras realidades que sean atractivas para el gran publico.

De allí que no pocas veces hay quienes se sienten felices cuando se les habla de que todo está bien porque Jesús está con nosotros, que hay que asumirse como se es sin luchar tanto por cambiar el corazón, porque total Dios igual nos ama. Estamos en el tiempo de una Iglesia alegre, que dejó de lado el pesimismo, ya que todos nos salvamos sin necesidad de esfuerzo alguno.
Sin embargo, no son las cosas como las pintamos o queremos que sean, sino que continuamente la Iglesia nos habla acerca de la realidad del pecado desde que el hombre cayó después de ser creado en un horizonte de perfección, y de la gracia que nos ofrece generosamente Dios nuestro Padre que, por cierto, quiere nuestro bien.
Pecado y gracia marcan la historia humana cada día, muerte y resurrección, degradación y restauración de la grandeza en la que fuimos creados.
El misterio pascual de Cristo, su muerte y resurrección, enseña que por su entrega generosa, fuimos rescatados de la tiranía del maligno y del pecado para comenzar de nuevo el camino de la nobleza humana.
Precisamente el apóstol Pedro (Hechos 3,13-15.17-19) dirigiéndose al pueblo judío dice que renegaron del justo “pidiendo como una gracia la liberación de un homicida, mataron al autor de la vida. Pero Dios lo resucitó de entre los muertos, de lo cual nosotros somos testigos”.
Sin embargo, excusando su pecado por ignorancia, reconoce que en la Providencia divina estaba eso previsto en orden a glorificar a Jesús y alcanzar la salvación de todos, de allí, que les insta  a hacer penitencia, convertirse y ser perdonados de sus pecados.
La primera carta de san Juan (2, 1-5ª), además, recomienda no caer en el pecado, al que se siente inclinado con frecuencia el hombre, pero si llegara a ser abatido por la tentación y el maligno, saber que “tenemos un defensor ante el Padre: Jesucristo, el Justo” refiriendo nuevamente la verdad que estamos proclamando en este tiempo pascual, respecto a la salvación obtenida por la víctima propiciatoria que es Jesús, no sólo de nuestros pecados sino también los del mundo entero, pudiendo siempre vivir como resucitados.
Por otra parte, así rescatados del pecado e ingresando a la vida divina participada, podemos manifestar que conocemos a Jesús y no “pecar por ignorancia”, cumpliendo los mandamientos que a su vez significará que el amor de Dios ha llegado verdaderamente a su plenitud” en nosotros.
En este sentido, muchos católicos piensan que pueden vivir incoherentemente con toda tranquilidad, diciendo que aman a Dios y por eso comulgan, aunque viven en pecado dejando de lado algún mandamiento divino.
No es suficiente con decir o pensar “yo siento que estoy en unión con Dios” para que se opere una sanación interior automática sin que exista voluntad de dejar el pecado para vivir en amistad con Dios.
Al respecto ya dijo el mismo Señor “ No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos sino el que hiciere la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mt. 7, 21).
No pocas veces, como decía, el creyente piensa que con sólo desear la unión con Dios,  está se dará aunque no haya respuesta de bondad alguna.
De hecho la verdadera alegría por contemplar a Cristo resucitado (Lc. 24, 35-48) es fruto de vivir en amistad con Él, apeteciendo los verdaderos gozos del alma, decididos a realizar el bien como es propio de quien ha muerto y resucitado con el Salvador.
En el texto del evangelio proclamado este domingo, se menciona nuevamente, como en los otros dos textos, la necesidad de cambiar la vida cotidiana, prolongación de la fe firme en Cristo resucitado, de manera que la Pascua  ha de ser aplicada a cada uno, no sólo por el sacramento del bautismo, sino también por la reconciliación y la Eucaristía, alimento de vida eterna.
Los apóstoles renovados en su interior y después de haber vivido esta fuerte experiencia de Cristo resucitado, han de sentirse enviados a todo el mundo para predicar la vida nueva obtenida por el misterio de la cruz y resurrección predicando “a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados” de lo cual “son testigos de todo esto”.
Queridos hermanos: viviendo la resurrección de Cristo como anticipo de la propia, anticipemos la vida eterna ya en este mundo, buscando agradar a Dios en todo, aún en medio de las seducciones del mundo.
Conforme a esto, trabajemos incansablemente llevando el mensaje de salvación que nos trajo Jesús, para que sean muchos los que se decidan a vivir alejados de la esclavitud del pecado por la conversión de cada día, dando testimonio de la renovación interior que se nos entrega.


Padre Ricardo B. Mazza. Cura párroco de la parroquia “San Juan Bautista”, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el 3er  domingo de Pascua. Ciclo “B”. 15 de abril de 2018. ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com



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