6 de enero de 2026

Aquellos que han recibido la Palabra, nacieron no de la carne, ni de la sangre, ni de poder humano alguno, sino de Dios nuestro Señor.


En este tiempo litúrgico de Navidad que estamos viviendo, hemos contemplado a Jesús en cuanto a su naturaleza humana.
Y así, lo recibimos en su nacimiento en el portal de Belén, escuchamos el anuncio de los ángeles acerca del nacimiento del Mesías,  fuimos al encuentro de la Sagrada Familia para reconocer a Jesús Nuestro Señor, con los pastores fuimos a contemplar las maravillas de Dios Nuestro Señor, y  hemos visto que la Virgen guardaba en su corazón todo lo que sucedía alrededor de su Hijo.
A su vez, hemos contemplado y reflexionado acerca de la Sagrada Familia huyendo a Egipto porque el niño era perseguido por Herodes, en fin, seguimos todos los pasos del Señor desde su nacimiento como hombre y su niñez. 
En este domingo, se describe la naturaleza divina  de Jesús,  gracias a este gran teólogo que es Juan Evangelista quien enseña todo lo que sabe, lo que ha experimentado acerca de Jesús como Hijo de Dios, y así entrar en esta realidad de su divinidad, justamente  expresando en el texto proclamado  que al principio era la Palabra (Jn. 1,1-18).
Si tomamos el libro del Génesis (cap. 1), en el momento de la creación, leemos que Dios "dijo",  ese "dijo" refiere a la Palabra,  al propio Hijo por el que Dios  creó todas las cosas que existen. 
Y así, Dios dijo hágase la luz, y todo lo creado, el sol, las estrellas, separando las aguas de la tierra, y Dios dijo que haya animales, etc. 
Todo fue creado por medio del Hijo de Dios, y aparece la figura del Espíritu Santo, al decir que el espíritu aleteaba sobre las aguas. 
También en el texto que acabamos de proclamar se dice que el Hijo de Dios era la luz, es la luz. 
De hecho en la primera oración de esta misa recordábamos que la luz que es el mismo Jesús, la hemos recibido en plenitud quienes tenemos fe, es la luz de la fe, que permite tener una vida totalmente nueva, coherente con la fe. 
Y así, entonces, lo aceptamos al Hijo de Dios hecho hombre como Hijo del Padre, que es palabra creadora,  que viene a este mundo. 
A su vez, los suyos no lo recibieron, o sea, el pueblo de Israel, pero a aquellos que han recibido la Palabra, la Luz, la Vida, se les dio la posibilidad no de la carne, ni de la sangre, ni de poder humano alguno, sino de Dios nuestro Señor. 
Se declara de esta manera que somos hijos adoptivos del Padre por Jesús, que es el Hijo unigénito de ese mismo Padre. 
De hecho, en la carta a los Efesios (1,3-6.15-18), se menciona  cómo fuimos elegidos desde toda la eternidad en Cristo nuestro Señor, para ser hijos adoptivos de Dios, y por lo tanto herederos de la vida eterna si vivimos como santos e irreprochables. 
O sea, se ha desplegado también el misterio de grandeza que anida en el corazón de cada hombre. No solamente tenemos la grandeza en el Hijo de Dios vivo, sino que a través del Hijo de Dios vivo también nosotros somos engrandecidos, liberados del pecado por la muerte de Jesús en la cruz y por el agua del bautismo somos nuevas criaturas. 
Por eso el nacimiento de Jesús también anuncia nuestro nuevo nacimiento siempre en el Señor y llamados por lo tanto a una vida de grandeza como la de Jesús, a dar gloria a Dios como Jesús eternamente da gloria al Padre en el cielo.
Queridos hermanos: el nacimiento de Jesús entonces, está unido estrechamente a nuestro propio nacimiento en la vida de la gracia que hemos de aprovechar respondiendo siempre al mensaje de Jesús a la vida nueva que Él quiere introducir en nuestra existencia cotidiana. 
De aquí en más no estamos solos en este momento, sino que para afrontar los problemas y las dificultades de la vida contamos con la ayuda y protección del Hijo de Dios que  guía al encuentro definitivo  del Padre, en la vida eterna.


Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera CruzArgentina. Homilía  en el 2do domingo de Navidad. 04 de enero de 2026.

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