2 de enero de 2026

María acompaña a Jesús en su nacimiento y niñez, mientras crece en Nazaret, y ya adulto, evangelizando a los hombres, hasta el momento de la muerte en Cruz.


 Hoy celebramos, en el comienzo del año, a María, Madre de Dios, y así inauguramos este tiempo poniéndonos bajo su protección. 
María no sólo es la Madre de Jesús, sino que gracias a ella, como enseña san Pablo escribiendo a los gálatas (4,4-7), fuimos constituidos como hijos adoptivos del Padre, en el Hijo de Dios hecho Hombre, de manera que por el solo hecho de que Jesús es Hijo de María, cada uno de nosotros es  hijo adoptivo del Padre. 
Y precisamente por ese hecho es que podemos decir cada uno, Abbá, que es una manera cariñosa de dirigirnos a Dios Padre, es como decirle papito, una manera que acerca como hijos al Padre del Cielo. 
Y esto lo debemos valorar mucho, porque ha cambiado totalmente la historia del hombre con la encarnación del Hijo de Dios, porque gracias a este hecho somos hijos adoptivos del Padre. 
Comenzamos entonces este año bajo la tutela de María Santísima, pero también bajo la tutela del mismo Dios. 
Precisamente escuchábamos recién en la primera lectura tomada del libro de los Números (6,22-27), que en Israel, el Rey o los sacerdotes, daban esta bendición a los israelitas, sobre todo al comienzo del año, deseándoles la protección plena de Dios, su acompañamiento a lo largo del año, junto con el  don de la paz. 
La paz verdadera es solamente regalo de Dios, que el hombre es incapaz de darse a sí mismo y de entregar a otros, siempre cargados de conflictos en este mundo, sin descansar nunca de nuestras riñas,  peleas, de nuestros desbordes en relación con el prójimo. 
Por eso necesitamos esa bendición de Dios que venga en nuestro auxilio, que proteja y que otorgue la paz que necesitamos. 
El texto del Evangelio (Lc.2,16-21) invita a acompañar a los pastores, e ir al encuentro de María, José y el niño que está acostado en el pesebre, dirigirnos al encuentro de la Sagrada Familia y allí  recordar las maravillas que se dicen de ellos, e imitar a María Santísima, que guarda en su corazón todas estas experiencias. 
Seguramente ella ya estaba anticipándose a lo que sería su recorrido por este mundo acompañando a su Hijo en la medida en que iba creciendo en Nazaret, luego, adulto evangelizando a los hombres. 
Porque María no dejó nunca de ser madre del Señor, no lo es solo cuando nace Jesús, sino durante su vida,  por eso es que  estando en la cruz, entrega a su  madre a la humanidad toda en la persona de Juan: "He ahí a tu madre", y dirigiéndose a María, "he ahí a tu hijo". 
Recibamos como Juan a María Santísima en nuestro corazón, en nuestra vida y, vayamos siempre a su encuentro, viéndola como refugio en nuestro caminar por este mundo, presentándole nuestras vicisitudes, miedos, angustias, las buenas obras, los fracasos, y los deseos de querer ser cada día más y más amigos de Jesús.


Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera CruzArgentina. Homilía  en la Fiesta de la Maternidad Divina de María Santísima. 01 de enero de 2026.

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