30 de marzo de 2026

La muerte del Señor invita a unirnos y morir con Él al pecado y así vivir la existencia nueva que nos ofrece.



El apóstol San Pablo, escribiendo a los filipenses (2,6-11) les dice que Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre,  estando con nosotros, dejó de lado la divinidad para manifestar totalmente la humanidad y así humillarse delante de todos.

 Es decir, que en la pasión la divinidad se esconde, aparece Jesús con toda su fragilidad humana, la humillación es tremenda, lo hemos escuchado recién, se burlan de Él, lo azotan, le ponen una corona de espinas, la turba grita crucifícalo, crucifícalo.

La turba llega a gritar que la sangre del Señor caiga sobre ellos y sus hijos, deseo que se cumple en realidad porque la sangre del Señor lava las culpas de todos, también la de estos que gritan desaforadamente pidiendo su muerte. 

Jesús está entre nosotros para vivir a fondo la voluntad del Padre, y Dios lo que quiere es salvar a la humanidad a través de su Hijo, quiere mostrarnos una existencia nueva, e invitarnos a unirnos a Él en su pasión para después resucitar también con el Salvador. 

Es necesaria la muerte para nuevamente retornar a la vida, es imprescindible la renuncia de nosotros mismos para  obtener el premio de la gloria del Padre. 

En estos días de dolor que viviremos, acompañemos al Señor en su pasión, tratemos de ir asimilando todo lo que acontece, busquemos vivir a fondo lo que es el dolor del Maestro, para experimentar también su vida nueva,  la resurrección que  manifiesta justamente que vuelve a la vida, para que también nosotros sigamos viviendo. 

La muerte del Señor debe llegar a fondo a nuestro corazón e invitarnos a unirnos y morir con Él al pecado y así vivir la existencia nueva que nos ofrece. 

Aprovechemos entonces estos días para que la gracia de Dios se derrame abundantemente sobre nuestros corazones y podamos obtener un sinnúmero de gracias que nos ayuden a vivir una existencia nueva.

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera CruzArgentina. Homilía  en el domingo de Ramos.  Ciclo A. 29 de marzo de 2026.

23 de marzo de 2026

La resurrección de Lázaro es todo un signo, ya que Jesús muestra que Él es la vida, que viene a correr la piedra que tapa el sepulcro de nuestro corazón.


En este texto del evangelio (Jn. 11,1-45) se  manifiesta la divinidad de Jesucristo al resucitar a Lázaro, pero también su humanidad, expresando su dolor y pesar delante de todos.
Ya desde el comienzo le avisan a Jesús que Lázaro está enfermo, después, el texto recuerda que Jesús era muy amigo de Marta, María y Lázaro, y la casa  en Betania, donde ellos vivían, era  un lugar permanente que el Señor visitaba, y ahí descansaba. 
Decía que el texto muestra también la faceta humana de Jesús  cuando dice que lloró ante la muerte de su amigo, que se conmovió en sus entrañas, aunque junto a eso viene el reclamo, "si tú hubieras estado aquí, mi hermano no hubiera muerto", o lo que decían los judíos, "este, que devolvió la vista al ciego de nacimiento, ¿no podría haber evitado que Lázaro muriera?", y así, entonces, el gran interrogante será: ¿por qué no sucedió de otra manera? 
Pero en la providencia divina se muestra  que debía suceder todo esto, precisamente para dar gloria a Dios, dice el mismo Cristo. 
En realidad esta muerte no es definitiva,  no tiene su última palabra sobre Lázaro, y por eso el mismo Jesús dirá, "yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque muera, vivirá". 
¡Qué hermoso anuncio!, "el que cree en mí, aunque muera, vivirá".  En efecto, si bien todos vamos a morir, el que tiene fe y  obra  haciendo el bien, y muere  en amistad con Dios, tiene vida eterna.
El Señor promete la vida del cielo, mientras el ser humano permanentemente se queja de todo, si está feliz, si está triste, si es pobre, si es rico, si está enfermo, si está sano. 
El ser humano es un ser quejoso, y Jesús manifiesta que los contratiempos de la vida y  lo que padecemos, es para nuestro bien. 
Y si el ser humano se rebela, o no le gusta todo esto, o prefiere únicamente pasarlo bien sin contratiempo alguno, se equivoca, porque todos estos aspectos negativos se manifestarán y si uno no está preparado, o se pregunta por qué me pasa esto a mí, en lugar de aceptar la voluntad del Señor, seguirá sufriendo más todavía. Del sufrimiento, de la muerte, se continúa la vida, la resurrección. 
Por eso, esta resurrección de Lázaro es todo un signo, ya que Jesús  muestra que Él es la vida, que viene a correr la piedra que tapa el sepulcro de nuestro corazón. 
A su vez, proclama el texto en relaciòn con el muerto, que huele mal, señal de la descomposición corporal, lo cual aplicado a nuestra existencia deja al descubierto que también en nosotros el pecado hace que tengamos mal olor, que estemos separados de Dios y también de nuestros hermanos. 
Por eso, necesitamos que el Señor nos cure para retornar a la vida, para no pecar màs, para vivir como resucitados, en existencia nueva. 
Precisamente de esta existencia nueva, habla hoy san Pablo (Rom. 8,8-11) afirmando que "los que viven de acuerdo con la carne no pueden agradar a Dios", sin embargo, nosotros "no estamos animados por la carne sino por el espíritu, dado que el Espíritu de Dios habita en ustedes"
A su vez, proclama el apóstol que si vivimos en Cristo aunque el cuerpo esté sometido a la muerte por el pecado, el espíritu vive a causa de la justicia, dando vida a nuestros cuerpos mortales por medio del mismo Espíritu que habita en nosotros.
Cristo, entonces, viene a rescatar al hombre de sus miserias, porque siempre busca el bien de nosotros, pero a través, justamente, del seguimiento de su persona en el dolor, en la cruz. 
Por otra parte, sabemos que el profeta Ezequiel (37,12-14) que aparece en la primera lectura, acompañó a los israelitas al exilio de Babilonia, y supo perfectamente cuáles eran los sufrimientos que padecía el pueblo, que no estaba allí meramente por un fracaso bélico, sino a causa de haber roto la alianza con Dios repetidas veces.
Entonces, Dios, por medio de este exilio, les da la posibilidad de  comprobar  cuán grande es su amor  que siempre purifica.
Y, como pasa siempre, el ser humano, en el proceso de escarmiento, piensa, se vuelve más racional, cae en la cuenta cómo es la vida, y que, por lo tanto, ha de mantenerse cada uno en la fidelidad a Dios.
Por eso, Dios, a través del profeta Ezequiel, promete la resurrección de los muertos, indicando de esa manera la resurrección del mismo pueblo de Israel, que regresará a su tierra, para que realmente cambie de actitud y viva de otra manera: "Voy abrir las tumbas de ustedes, los haré salir de ellas, y los haré volver, pueblo mío, a la tierra de  Israel" y "sabrán que yo soy el Señor".
De manera que todo lo que sucede no es meramente por capricho de Dios, no es por azar, sino que está en la providencia divina, y debemos verlo siempre para nuestro bien, para que podamos retomar la vida de la gracia, y así seguir caminando hasta alcanzar la resurrección que se nos promete. 
Pidamos al Señor esta gracia de morir al pecado, de resucitar a la vida nueva y  creer firmemente que Jesús es nuestra vida, y que con su resurrección promete, no solamente la nuestra, sino también  la gloria que no tiene fin junto al Padre del cielo.

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera CruzArgentina. Homilía  en el 5to domingo de Cuaresma.  Ciclo A. 22 de marzo de 2026.

21 de marzo de 2026

El pecado ciega a la persona, la encierra en sí misma, le hace creer que su vida de mentira, de ficción, es la verdad, por eso, necesitamos que Jesús, luz del mundo y de los corazones, resplandezca en nuestro interior.

 

Nos acercamos cada vez más a la Semana Santa, a la Pascua, dirigimos nuestros pasos hacia la noche de la luz en la Vigilia Pascual, pero ya en este domingo descubrimos la importancia que tiene en la vida de cada uno la presencia de Jesús como luz del mundo, como luz de nuestros corazones. 
El ser humano vive no pocas veces en tinieblas, piensa que ve, pero en realidad está ciego para las cosas del Espíritu, para las cosas de Dios, prefiriendo muchas veces otras vivencias que vivir de la fe, y de esa luz que proviene de la fe.
Porque a veces pensamos que la fe es algo irracional, que hay que pegar un salto en el vacío para adherirnos a Dios, sin embargo, la fe permite ver las cosas con una claridad mayor. 
¿Cuántas veces el hombre se engaña? Por ejemplo, como sucedió hace unos días, en un pueblo de nuestra diócesis, una mujer fue a ver al párroco y le dijo, quiero bautizar a mi hijo, pero tenemos un problema, casi todos los domingos participamos en torneos de bochas, y le da la lista de días, pidiéndole al cura que vea cómo arreglar esa cuestión para poder realizar el bautismo. 
O sea, que esta mujer y la familia vivían en penumbras, para ellos importaban màs los torneos pueblerinos que el bautismo de su hijo. 
Y así, muchas veces, el creyente vive en la pavada, piensa que no es nada grave, pero en el fondo vive a oscuras, a espaldas de la fe, buscando sus propios gustos, solucionar problemas fútiles, pero no ir realmente a lo profundo de lo que el Señor le pide. 
San Pablo (Ef. 5,8-14) invita a dejar las obras de las tinieblas:  "Antes, ustedes eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor. Vivan como hijos de la luz ". Los frutos de los hijos de la luz son  la bondad, la justicia y la verdad.
¡Cuántas veces en nuestro corazón hay tantas cosas retorcidas que nos dominan o que nos acechan permanentemente! Y no buscamos iluminarlas para que las tinieblas se disipen. Si pudiéramos conocer los pensamientos que cada persona humana tiene, moriríamos de espanto. ¿Cuántas cosas se nos ocurren? En realidad nacemos ciegos para ver la verdad, la bondad, la justicia. 
Es por eso que necesitamos la presencia de Jesús, el Salvador que viene a curarnos, repitiendo con el ciego de nacimiento lo que relata el libro del Génesis, cuando Dios hace al hombre de barro y le sopla el espíritu (Jn.9,1-41).
En este relato toma también el barro, la tierra de la cual somos hechos, y unta los ojos de este hombre, para recordar justamente esta ceguera que es propia de la tierra, del ser humano, y que se disipa con el agua  viva, de la cual hablábamos el domingo pasado, el agua de la gracia que nos otorga Cristo, nuestro Señor. 
La curación del ciego de nacimiento pone en conflicto a los fariseos, que siguen pensando, no en el bien del hombre sanado, sino en que se ha violado el sábado, porque no  reconocen a Cristo como aquel que está por encima del sábado.
En la discusión, los fariseos le dicen al ciego curado que nada tiene que enseñarles ya que es un pecador, cuando de hecho, son ellos que se creen santos sin serlo, viven en la oscuridad del pecado. 
No olvidemos que el pecado ciega más a la persona, la encierra en sí misma, le hace creer que su vida de mentira, de ficción, es la verdad, y no es así. Por eso necesitamos que Jesús, luz del mundo y luz de los corazones, resplandezca en nuestro interior. 
Pidamos que a través de esa luz que viene de Él descubramos nuestro verdadero yo, lo que hay en nuestro interior, cuáles son nuestras debilidades, cuáles nuestros pecados, para poder luchar contra ellos, para poder vencer al espíritu del mal, que siempre es tiniebla, oscuridad, mentira, engaño. 
El camino de cuaresma es un camino, por lo tanto, de purificación interior que permite este encuentro personal con el Señor, para que como buen pastor (1Sam.16, 1.6-7.10-13), significado en la unción  de David como rey de Israel, nos conduzca a los pastos eternos, iluminando el camino,  nuestra vida, todas las realidades, para para que accediendo a la verdad podamos vivir de un modo nuevo. 
No tengamos miedo de ir al encuentro de Cristo y decirle humildemente: "Señor, ven, rescátame, ilumíname. Sácame de lo anecdótico que  creo que es importante en mi vida, para seguirte a ti, imitarte y manifestarte ante mis hermanos". 
Pidamos, entonces, la luz que viene del Señor para ser capaces de iluminar a otros con la palabra y el ejemplo de buenas obras.

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera CruzArgentina. Homilía  en el 4to domingo de Cuaresma.  ciclo A. 15 de marzo de 2026.

9 de marzo de 2026

La samaritana que encontró la fe en el Señor, será portavoz del mensaje de salvación anunciando que ha hallado al Mesías.

 Si tomamos el salmo cuarenta y uno,  cantamos diciendo: "Mi alma tiene sed de Dios, ¿Cuándo llegaré a ver su rostro?" Esto nos ayuda a entender de entrada que hablar de la sed de agua es referirnos al deseo de estar con Dios y de alcanzarlo a través de la fe, esa virtud por la cual nos adherimos a Jesús como el Hijo de Dios hecho hombre. 
En el Antiguo Testamento (Éxodo 17,3-7) el pueblo que caminaba hacia la tierra prometida está sediento,  se queja y murmura contra Moisés, y de Dios se pregunta, "¿El Señor esta realmente entre nosotros, o no?" Y el Señor le dirá a Moisés que golpee la roca en el Horeb para que tengan agua abundante los israelitas y sus animales. 
A esa roca  siempre se la identificó con Cristo, es la roca viva, de donde mana el agua de la salvación. 
El agua es siempre signo de vida, aunque también de muerte, de muerte cuando se desbordan los ríos y se producen inundaciones, y también cuando borra nuestros pecados en el bautismo transformándonos en hijos adoptivos de Dios. 
Es signo de vida cuando reverdece y se nutre la naturaleza,  y  a su vez, significa la salvación con que es bendecido el pueblo de Israel cruzando el Mar Rojo y  después el río Jordán frente a Jericó.
Además, en el bautismo, el agua  representa la resurrección futura de cada uno, indica la gracia que Dios  concede en abundancia cada vez que la pedimos y buscamos unirnos a Él recordando lo que dice hoy San Pablo (Rom.5,1-2.5-8) que justamente por la muerte de Cristo  fuimos salvados. 
El texto del evangelio (Jn. 4,5-42)  muestra a Jesús que tiene sed, pero más que la sed material, la sed de la fe de esa mujer, de la samaritana. 
Normalmente los judíos para ir a Jerusalén no pasaban por estos lugares de los samaritanos, justamente porque estaban enemistados. 
Pero Jesús quiso pasar ex profeso, porque la samaritana, como dice San Agustín, representa a la Iglesia de los paganos, aquellos que no provienen del judaísmo, pero a los cuales también se los llama a través de la fe a adherirse a Jesús como el salvador del mundo. 
El Señor conduce poco a poco a esta mujer por el proceso de la fe, siendo de hecho un signo que, cuando ella regresa a su pueblo, deja el cántaro en el pozo, no se lleva agua. 
En efecto, ya no necesita sacar el agua que amortigua la sed temporal, porque ha recibido el agua de la fe, de la salvación, que otorgó Cristo nuestro Señor, y ella misma, así transformada, será portavoz delante de los demás ciudadanos, proclamando que ha encontrado el Mesías. 
El texto bíblico señala que Jesús permanece allí dos días, y que muchos samaritanos creyeron en él, por lo que decían respecto a la samaritana, "ya no creemos porque tú lo has dicho, sino porque nosotros hemos comprobado que Él es el Mesías". 
El tiempo de cuaresma es un tiempo especial que invita a encontrarnos con Jesús como fuente de agua viva, para que crezca nuestra fe en Él, y para que esa fe se traduzca en obras concretas de conversión. 
Hermanos, pidamos la gracia de lo alto para  alcanzar el don de la vida nueva que nos quiere entregar copiosamente Jesús.

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera CruzArgentina. Homilía  en el 3er domingo de Cuaresma.  ciclo A. 08 de marzo de 2026.

2 de marzo de 2026

Escuchemos la palabra de Jesús, porque como dice el Padre: "Este es mi hijo muy amado, escúchenlo", y así caminemos seguros hasta llegar a la meta.


Cada año en el segundo domingo de cuaresma, se proclama el texto evangélico que refiere a la Transfiguración del Señor, y en este año, según la versión de san Mateo (17,1-9).
De esta manera pasamos del desierto, como contemplamos el domingo pasado, al monte Tabor, a las alturas, donde allí Jesús resplandece, se transfigura ante Pedro,  Santiago y Juan, los discípulos que lo  acompañarán también  en el Getsemaní. 
La transfiguración refiere al momento en el cual  Jesús se manifiesta en su divinidad, de una manera tal que los discípulos pudieron contemplar esta especial forma de revelación personal del Señor.
En el monte Tabor, Jesús se transfigura, se deja ver en su esencia divina, como era posible en este mundo ante los ojos de los apóstoles, lo cual  produce una gran alegría en sus corazones, tanto que Pedro manifiesta lo bien que están, y lo impulsa a  ofrecerse para levantar tres carpas, para Jesús, Moisés  y Elías.
Jesús, por su parte,  enseña que viene a llevar a plenitud la ley de la antigua alianza, recibida por Moisés, que en Él se cumple todo lo que habían anunciado los profetas, y que, luego de sufrir la pasión y la muerte, resucitará. 
De manera que los apóstoles están ahí contemplando, podríamos decir, el estado glorioso del cuerpo de Cristo por anticipado, ya que  debía fortalecerlos. 
En efecto, se acercaba el momento de la pasión y, los discípulos serían tentados a no comprender nada, a huir de la situación, como de hecho lo hicieron, porque en definitiva el único que fue fiel hasta el final fue Juan, los demás no son mencionados en todo lo que es la pasión, salvo la traición de Judas y la negación de Pedro. 
Jesús quiere, entonces, fortalecerlos, para que, llegado el momento, no se escandalicen, y conozcan que después de la pasión y muerte que han de compartir, sigue la resurrección gloriosa.
A su vez, el Padre del cielo dirá, "este es mi Hijo muy amado, escúchenlo", estableciendo así  lo que todos debemos realizar. 
O sea, no dejarnos aturdir por tantas voces, por lo que escuchamos a lo largo del día, y más bien permanezcamos pendientes de la Palabra de Dios, que es la que nos otorga seguridad, ya que lo demás es todo pasajero, es humo que se dispersa. 
Es la palabra de Cristo la que debe dar sentido a nuestra existencia, porque a través de Cristo, como lo recuerda san Pablo en la segunda lectura (2 Tim. 1,8-10), recibimos la gracia, o sea, la posibilidad de participar de la misma vida de Dios. 
La escucha amorosa de Cristo nuestro Señor, el seguimiento de su Palabra, hace posible el desprendimiento de uno mismo para seguir el plan de Dios que significa compartir los sufrimientos que es necesario padecer por el evangelio.
En efecto, muchas veces desconfiamos de la Palabra de Dios, siguiendo el mensaje del maligno susurrado en el comienzo de la creación.
Y así, tanto tomamos como dogma de fe lo que dice el mundo, lo que enseña la cultura de nuestro tiempo, lo que la costumbre mundana muestra, que descuidamos la escucha fiel del Señor que habla.
No, tenemos que ir a escuchar la palabra de Jesús, porque "Este es mi hijo muy amado, escúchenlo". ¿Quieren caminar seguros? ¿Quieren llegar a la meta? Pues vayamos y escuchemos a Jesús,  que promete la gloria y la resurrección. 
No solamente Él resucita, sino que también nosotros alcanzaremos la gloria de la resurrección. Pero hay que pasar antes por la pasión y por la muerte en cruz, por eso es que la cuaresma nos sigue preparando para vivir la Pascua del Señor,

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera CruzArgentina. Homilía  en el 2do domingo de Cuaresma.  ciclo A. 01 de marzo de 2026.