El apóstol San Pablo, escribiendo a los filipenses (2,6-11) les dice que Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, estando con nosotros, dejó de lado la divinidad para manifestar totalmente la humanidad y así humillarse delante de todos.
Es decir, que en la pasión la divinidad se esconde, aparece Jesús con toda su fragilidad humana, la humillación es tremenda, lo hemos escuchado recién, se burlan de Él, lo azotan, le ponen una corona de espinas, la turba grita crucifícalo, crucifícalo.
La turba llega a gritar que la sangre del Señor caiga sobre ellos y sus hijos, deseo que se cumple en realidad porque la sangre del Señor lava las culpas de todos, también la de estos que gritan desaforadamente pidiendo su muerte.
Jesús está entre nosotros para vivir a fondo la voluntad del Padre, y Dios lo que quiere es salvar a la humanidad a través de su Hijo, quiere mostrarnos una existencia nueva, e invitarnos a unirnos a Él en su pasión para después resucitar también con el Salvador.
Es necesaria la muerte para nuevamente retornar a la vida, es imprescindible la renuncia de nosotros mismos para obtener el premio de la gloria del Padre.
En estos días de dolor que viviremos, acompañemos al Señor en su pasión, tratemos de ir asimilando todo lo que acontece, busquemos vivir a fondo lo que es el dolor del Maestro, para experimentar también su vida nueva, la resurrección que manifiesta justamente que vuelve a la vida, para que también nosotros sigamos viviendo.
La muerte del Señor debe llegar a fondo a nuestro corazón e invitarnos a unirnos y morir con Él al pecado y así vivir la existencia nueva que nos ofrece.
Aprovechemos entonces estos días para que la gracia de Dios se derrame abundantemente sobre nuestros corazones y podamos obtener un sinnúmero de gracias que nos ayuden a vivir una existencia nueva.
Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el domingo de Ramos. Ciclo A. 29 de marzo de 2026.

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