1 de junio de 2026

Es en el amor divino en el que somos salvados, y que transforma nuestras vidas ya en el caminar temporal.

Celebramos hoy la Solemnidad de la Santísima Trinidad. Es un misterio de fe central para nuestra fe católica, justamente porque nos permite conocer, en la medida en que nuestra inteligencia puede entender, el misterio de Dios. Creemos que en una sola naturaleza divina,  subsisten tres personas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. 
Grande es este misterio que lo abarca absolutamente todo, al cual nos acercamos  porque Dios ha querido manifestarse. 
Y así, por ejemplo, al Padre le atribuimos la creación, al Hijo la redención, al Espíritu Santo la santificación.
Estas tres verdades  le dan sentido a nuestra vida, ya que invocamos a Dios como Creador, Redentor y Santificador. 
Es cierto que es la trinidad toda la que crea, la que redime y la que santifica, pero se le atribuye al Padre la creación, al Hijo la redención y al Espíritu Santo la santificación. 
De hecho,  la Escritura proclama que, "Dios amó tanto al mundo que entregó su Hijo único para que todo el que crea en él no muera, sino que tenga vida eterna". Es decir, en la medida en que creemos en el Hijo redentor, alcanzamos también la vida eterna en promesa (Juan 3,16-18).
Ese Dios que se manifiesta, como escuchamos en la primera lectura (Éxodo 34,4-6.8-9) como un Dios bondadoso, compasivo, que guarda fidelidad, que tiene paciencia ante los pecados del pueblo de Israel. Y tan es así que el mismo Moisés le dirá a Dios que se ha dado a conocer, que el pueblo elegido es un pueblo pecador, pero que está dispuesto a ser suyo, justamente atento a que se ha manifestado como el fiel, que no se arrepiente de sus promesas. 
Y, de hecho, así acontece a lo largo de la historia humana. Aunque el ser humano falte a esa fidelidad para con Dios, aunque muchas veces nos separemos de Él por el pecado,  es fiel a ese amor que  ha prometido y entregado abundantemente, y es en ese amor divino en el que somos salvados, y que transforma o debe transformar nuestras vidas.
San Pablo dice a los cristianos de Corinto (2 Cor.13,11-13) que se amen unos a otros, que luchen para alcanzar la perfección, viviendo las virtudes, haciendo el bien permanentemente, porque el Amor, o sea, el Espíritu Santo, está presente en medio de ellos. 
De manera que el cristiano, por ejemplo, no tiene ninguna excusa para decir, "me cuesta perdonar, me cuesta amar, me cuesta acercarme al enemigo", porque el Espíritu Santo está presente en su vida, y es quien  anima a vivir virtuosamente, a abandonar el pecado para consagrarnos a Dios como verdaderos hijos adoptivos suyos. 
El misterio de la Trinidad nos interpela cuando, como hijos, nos sentimos mal, necesitados, angustiados y desorientados, hemos de acudir al Padre y pedirle  que nos ilumine, guíe, y proteja,  por medio de su Hijo hecho hombre en el Espíritu.
Porque el Padre dice, yo y mi Hijo somos una sola cosa, de manera que si tenemos necesidades, sobre todo las espirituales, hemos de pedir al Padre por medio del Hijo, y pedirle al Hijo que ha muerto en la cruz que siga delante nuestro, guiándonos por el camino de la salvación.
A su vez, el Espíritu Santo nos guía e ilumina en medio de las dificultades de este mundo,  es el gran consejero con sus siete dones,  está presente en nuestra vida. 
En medio de las dificultades, en medio de que no entendemos los misterios de fe, en medio de las vicisitudes de esta vida, el Espíritu Santo viene en nuestra ayuda.
Viene a iluminarnos, a fortalecernos, a aconsejarnos sobre qué tenemos que hacer en cada momento. 
La trinidad, entonces, está presente en la iglesia, pero presente también en cada uno de nosotros. 
Fíjense ustedes que creemos en la Santísima Trinidad, que está presente aquí en la misa. Justamente, en el momento de la consagración, el sacerdote invoca al Espíritu Santo para que el Hijo se haga presente en la hostia y en el vino, y ese sacrificio eucarístico de la misa se lo ofrecemos al Padre, ya que es lo que más le agrada.
Podemos ofrecerle a Dios cualquier cosa, cualquier sacrificio, pero lo que más le agrada es el sacrificio de su Hijo. 
Y nosotros venimos a misa, por ejemplo, porque creemos en la Santísima Trinidad, queremos rendir culto al Padre con el sacrificio de su Hijo que se hace presente al invocar el don del Espíritu Santo. 
Y luego, en la Eucaristía, nos alimentamos con Jesús para poder ser testigos en el mundo de este infinito amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. 
Queridos hermanos, trabajemos permanentemente para acercarnos a la Trinidad santa, y vivir siempre en unión con cada una de las tres divinas personas.
Para que Dios Creador nos siga recreando en santidad todos los días, para que el Hijo redentor nos haga ver cuánto le hemos costado a él, justamente en la cruz, y al Espíritu Santo que nos dé abundantemente sus siete dones para saber discernir en cada momento la voluntad divina para con el mundo y para con cada persona.

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía  en la Solemnidad de la Santísima Trinidad.  ciclo A. 31 de mayo de 2026