25 de agosto de 2016

“Señor, concédenos amar lo que mandas y esperar lo que prometes, para que, nuestros corazones estén firmes donde se encuentra la alegría verdadera”


En la primera lectura que hemos proclamado, tomada del profeta Isaías (66,18-21), se nos da a conocer la voluntad de Dios de salvarnos: “Yo mismo vendré a reunir a todas las naciones y a todas las lenguas, y ellas vendrán y verán mi gloria”. Y esto es así porque Dios nos ama y nos ha creado para hacernos partícipes de su misma vida y felicidad eternas.
Es decir, que el misterio de salvación se identifica con el amor misericordioso de quien quiere lo mejor para cada uno de nosotros. Tanto nos ama el Creador, que cuando nos apartamos por el pecado de su amor, busca el modo de atraernos nuevamente hacia sí. Sin duda alguna la prueba de este gran amor la tenemos cuando envía a su Hijo entre nosotros para que hecho hombre nos muestre el camino y  nos guíe por la perfección evangélica  hasta llegar a la casa del Padre.
El texto de Isaías señala que a quienes no conocen al Señor se les enviará mensajeros para que anuncien su gloria, que todos los pueblos serán reunidos y llevados como ofrenda a Él hasta la montaña santa de Jerusalén, anticipo de la Jerusalén celestial que nos aguarda como meta última de nuestra vida.
Esta voluntad de salvación que incluye a toda la humanidad se mantiene siempre, de manera que aún sumergida en el pecado, cada uno de nosotros está llamado a encontrarse con el Señor.
En este contexto debemos ubicar las palabras de Jesús en el evangelio respondiendo a la pregunta sobre si son pocos o muchos los que se salvan, indicando el qué hacer en concreto para llegar a la meta, es decir, hacer  siempre la voluntad de Dios que se visualiza ingresando por la puerta estrecha al camino que lleva a la Vida.
La versión del evangelista Mateo menciona a la puerta estrecha que conduce por un camino similar a la salvación y la puerta amplia que es la utilizada por los que eligen la perdición. 
El texto que proclamamos hoy, nos trae  la mirada de Lucas (13, 22-30), quien habla de la puerta estrecha y de la puerta cerrada, indicando que el seguimiento de Cristo implica siempre la renuncia a todo aquello que nos aparta del estilo de vida  a la que convoca.
La senda angosta de la vida que sigue a la puerta estrecha se va ampliando con el correr del tiempo al encontrar quien la sigue la paz interior que Dios promete a sus seguidores, mientras que el camino amplio que puede ser recorrido por quien aspira a darse todos los gustos en esta vida,  sobre todo los malos y prohibidos, se va estrechando por la infelicidad, la pérdida del sentido  en la existencia, culminando con un callejón sin salida.
Sin embargo, como Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1 Tim. 2), busca corregirnos cuando hemos desviado el camino, facilitando el retorno a la  vida.
Así lo ejemplifica la carta a los Hebreos (12, 5-7.11-13) al recordar que como un padre corrige a su hijo, así Dios nos corrige a nosotros porque nos ama, y aunque la corrección es dolorosa al principio, culmina en ser fuente de equilibrio interior ya que produce “frutos de paz y justicia en los que han sido adiestrados por ella”.
La corrección puede darse de muchas maneras, por ejemplo por medio de la enfermedad, que nos purifica y nos hace tomar conciencia de nuestra nada, venciendo el orgullo latente tantas veces en nuestro interior que aspira a grandezas ilusas y vanas.
Este modo de actuar de Dios en nuestra vida hemos de considerarlo como instrumento de gracia, que nos incorpora  al misterio pascual redentor de Jesús, y nos brinda ocasión de comenzar nuevamente el seguimiento de nuestro Salvador.
Como decíamos, si bien persiste siempre la voluntad salvífica de Dios dirigida a nosotros, también se espera de cada uno una respuesta, ya que Dios nos toma en serio y desea que también la actitud humana sea  voluntariamente orientada a la realización del bien.
El texto del evangelio, por lo demás, marca la responsabilidad personal que cada uno tiene en el merecimiento o no de la salvación, ya que la negativa a seguir un estilo de vida evangélica, culmina con la puerta cerrada de la condenación para quienes no obraron el bien, sin que valga pertenencia alguna a la Iglesia mientras vivíamos en este mundo, si esto no estuvo acompañado por el bien obrar.
Al respecto dice Jesús “No sé de dónde son ustedes” y más todavía “¡Apártense  de mí todos los que hacen el mal!”, “Allí habrá llantos y rechinar de dientes, cuando vean a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, y ustedes sean arrojados fuera”.
No olvidemos que es una realidad en la Iglesia la existencia de creyentes que se conforman con bautizar a los críos, casarse por Iglesia aún sin estar convencidos, y nada más. Mientras que por otra parte hay católicos que no sólo lo son de nombre sino que practican su fe con convencimiento y buscan agradar a Dios en todo momento, sufriendo no pocas veces persecución a causa de su testimonio de fe.
Con humildad hermanos imploremos al Señor su gracia para mantenernos fieles en la realización de todo lo que es bueno y ennoblece nuestro existir cotidiano, hagámoslo repitiendo la oración de entrada: “Señor Dios, que unes a tus fieles en una sola voluntad; concédenos amar lo que mandas y esperar lo que prometes, para que, en la inestabilidad del mundo presente, nuestros corazones estén firmes donde se encuentra la alegría verdadera”



Padre Ricardo B. Mazza. Cura párroco de la parroquia “San Juan Bautista”, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en la Misa del domingo XXI del tiempo Ordinario. Ciclo “C”. 20 de agosto de 2016. ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com















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