21 de julio de 2017

“La Palabra realiza todo lo que Dios quiere y en ella se contiene, aunque sean pocos los que ingresen a la vida nueva que se les ofrece”


La Palabra de Dios está presente como creadora en los orígenes de la humanidad, llamando a la existencia a todas las creaturas siendo la más perfecta obra la creación del hombre como varón y mujer.

Instigado por el maligno, sin embargo, el hombre se aparta de su Creador  sucumbiendo en el pecado de querer ser Dios.
A partir de ese momento se cumple lo que afirma el apóstol san Pablo (Rom. 8, 18-23), que la creación espera la revelación de la gloria de Dios a sus hijos, quedando sujeta a la vanidad, pero conservando la esperanza  de ser liberada “de la esclavitud  de la corrupción para participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios”.
Más aún, afirma el apóstol que la creación entera “gime y sufre dolores de parto. Y no sólo ella, también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente anhelando la plena realización de nuestra filiación adoptiva, la redención de nuestro cuerpo”.
De modo que transitamos por este mundo con las consecuencias del pecado, pero con la certeza de que seremos liberados por la muerte y resurrección de Jesús, hasta alcanzar la plenitud de la dignidad de  hijos adoptivos de Dios.
Y porque ya poseemos en germen por el bautismo, “las primicias del Espíritu” consideramos “que los sufrimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria futura que se revelará en nosotros”.
Ahora bien, preguntamos siempre, ¿por qué  nos percibimos  tironeados entre aquello por lo que gemimos y soportamos en el hoy de cada día, y lo que alcanzaremos por nuestra elevación a la dignidad de hijos adoptivos de Dios?
Precisamente porque como personas libres no siempre respondemos con generosidad a tanto bien recibido de Dios, el cual en el colmo de su amor, nos envía a su Hijo que hecho hombre se hace uno más con nosotros, camina en nuestra historia y se constituye como Palabra del Padre.
En la parábola  de la misa del día (Mt. 13, 1-23) que proclamamos, advertimos que en el uso malo o bueno de su libertad, el ser humano tiene   respuestas dispares ante la interpelación que Dios le hace a cada uno.
Jesús no sólo es el sembrador, sino también la semilla que es arrojada por toda la extensión del campo sin distinguir la tierra buena, la seca o las orillas del campo, representando así la generosidad de Dios que abundantemente reparte sus dones a todos, sin distinguir a las personas entre sí. 
La tierra que representa el corazón humano y todo lo que anida en él, tendrá diferentes respuestas, mostrando que algunos todavía  gimen con dolores de parto porque no han salido de aquello que los  aprisiona retardando la entrega a Dios, mientras que otros, ya en avanzada conversión, comienzan a dar fruto según haya sido su respuesta ante tanto bien recibido.
La historia del hombre transcurre siempre entre la gracia divina que invita a la plenitud de la amistad divina y la respuesta humana que pasa por los altibajos del pecado  y de la respuesta positiva al Creador.
De allí que el profeta Isaías (55, 10-11), a pesar del  frecuente rechazo del pueblo elegido a la Alianza, se atreve a afirmar que la palabra divina no regresa estéril sino que realiza todo lo que Dios quiere y en ella se contiene, no porque todos respondan, sino porque ya la palabra es fecunda aunque sean pocos los que quieran entrar de lleno en la vida nueva que  se les ofrece.
En nuestros días también se presenta lo que señala Isaías y recuerda Jesús: “por más que oigan, no comprenderán, por más que vean, no conocerán. Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos, para que sus ojos no vean, y sus oídos no oigan, y su corazón no comprenda, y no se conviertan, y yo no los sane”.
Sociedad  la nuestra que no escucha la voz de Dios, ni contempla la verdad, porque el ser humano se ha cerrado voluntariamente a la presencia divina y sus llamados, prefiriendo sumergirse en la temporalidad y los encantos pasajeros  del disfrute que distraen el corazón dejándolo cada vez más vacío.
Preguntémonos si las espinas de los placeres de este mundo no están  acaso ahogando la Palabra impidiéndole que crezca, o si el corazón endurecido por el pecado no posee tierra abundante y la Palabra sucumbe, o si la voz del Señor pasa “al borde de la vida” sin que la escuchemos y le demos cabida.
Si deseamos salir del estado de “gemido” de la creación que no termina de parir al hombre nuevo del que habla san Pablo, es necesario ser tierra trabajada por el desasimiento personal para que fructifique la semilla divina en abundantes frutos, logrando así “la plena realización de nuestra filiación adoptiva, la redención de nuestro cuerpo”.
Dejemos de ser espectadores de lo que sucede alrededor nuestro, abramos nuestro interior para que el don de la gracia nos invada y penetre íntimamente, de manera que los esfuerzos divinos por mantenernos en la dignidad de hijos adoptivos alcanzada por el bautismo, den fruto abundante por nuestra respuesta libre y confiada.
Hermanos: pidamos a Dios nuestro Señor que su Palabra encuentre en nosotros un corazón bien dispuesto, para que retornando al buen camino, y haciendo profesión de cristianos, podamos por la gracia de lo Alto “rechazar todo lo que opone  a este nombre  y comprometernos con todas sus exigencias” (oración de la Asamblea).


Padre Ricardo B. Mazza. Cura párroco de la parroquia “San Juan Bautista”, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el domingo XV del tiempo ordinario, ciclo “A”. 16 de julio de 2017. ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com






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