14 de marzo de 2018

“El que obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios”.



“Es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en Él tengan Vida eterna” (Jn. 3, 14-21). Palabras éstas pronunciadas por Jesús que nos muestran la necesidad de su muerte en Cruz en orden a ser rescatados del pecado y alcanzar la salvación humana.

Ya en el Antiguo Testamento se manifiesta el deseo salvador de Dios, que siempre es fiel a la Alianza realizada con el hombre aunque éste no corresponda al amor recibido.
El  segundo libro de las Crónicas (36, 14-16.19-23) permite comprender que siempre podemos leer en clave teológica los acontecimientos de la historia humana, destacando la relación causal entre el obrar humano y los  efectos  sociales, políticos e históricos que se siguen.
El reino de Judá desde las clases dirigentes hasta el pueblo mismo, había caído en el abismo del pecado y en el rechazo general a Dios,  por lo que “la ira del Señor contra su pueblo subió a tal punto, que ya no hubo más remedio” y la destrucción del reino fue un hecho y, la consecuente deportación por setenta años a Babilonia un tiempo especial para la purificación y conversión de todos, cumpliéndose el anuncio de Jeremías “la tierra descansó durante todo el tiempo de la desolación, hasta pagar la deuda de todos sus sábados, hasta que se cumplieran setenta años”.
Desde la visión de fe que siempre hemos de tener, es posible comprender la decadencia de la Nación Argentina, a la luz de su progresivo retroceso religioso, social, político y económico.
Hemos coqueteado con las ideologías importadas de otras partes dando lugar a cuestiones que no respetan el orden natural y que entroniza la ideología de género, la cultura marxista que se va imponiendo entre nosotros cambiando la lucha de clases por la de sexos, creencias.
Las clases dirigentes en todos los ámbitos han buscado servirse del poder para beneficio propio  sin dedicación al bienestar de la ciudadanía toda. Desde lo religioso, como Iglesia, no supimos alcanzar la conversión del pueblo, quizás por no predicar más incisivamente por miedo a parecer “fuera de época” e incluso porque no supimos manifestar siempre la verdad única que proviene del orden natural y del evangelio.
Desde el pueblo se advierte que mientras funcione el bienestar económico y social, no hay preocupación generalizada por cuestiones que refieren a la vida, a la dignidad humana, a lo más una queja subrepticia, junto a la falta de compromiso por vivir, defender y proclamar el bien y la verdad.
Haciendo una lectura teológica de estos tiempos, es posible afirmar que para que retorne nuestra Patria a la grandeza de otros tiempos es necesario regresar a la matriz cristiana que nos vio nacer y a procurar vivir en el respeto a la ley de Dios, manifestando de nuevo  fidelidad a Dios.
De esa manera se cumplirá lo afirmado por san Pablo (Ef. 2,4-10) “Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, precisamente cuando estábamos muertos a causa de nuestros pecados, nos hizo revivir con Cristo”
El apóstol insiste en que la obra de salvación que se nos aplica es puro don de Dios, no debido a nuestras obras sino a la gracia divina, y que este rescate del hombre de los males que nos rodean causados por el pecado y rechazo de Dios, requiere la actitud de fe en el Señor ya que fuimos “salvados por su gracia, mediante la fe".
El apóstol san Juan (Jn. 3, 14-21) asegura que “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él”.
Por lo tanto, la condición para ser salvado es creer en el Hijo ya que “el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios”, fe ésta íntimamente unida a las obras, porque al ser el hombre creación de Dios “en Cristo Jesús”, realiza  “aquellas buenas obras, que Dios preparó de antemano para que las practicáramos” (Ef. 2, 4-10), como una forma de manifestar la coherencia entre fe y vida.
Una vez más en este camino cuaresmal, el creyente está invitado a unirse más y más Cristo, dejando de lado el oprobio propio del estado de pecado en nuestra alma, que nos confunde y aleja de Él.
Y como modo concreto de conocer cómo estamos parados en el hoy de la historia, acordarnos de la enseñanza de Jesús que en referencia a cada persona dice: “Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas”.
Si obramos mal es seguro que no queramos acercarnos a Cristo que es la Luz del mundo, por temor a ser descubiertos.
Por el contrario “el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios”, hermosa realidad que Jesús espera para cada uno de nosotros.
Queridos hermanos: recemos insistentemente para que mirando a quien es levantado en Alto por nuestra salvación, alcancemos vivir en su amistad, manifestando esto en la celebración de las próximas fiestas pascuales con una fe viva y una entrega generosa.

Padre Ricardo B. Mazza. Párroco de la parroquia “San Juan Bautista”, en Santa Fe de la Vera Cruz,  Argentina. Homilía en el cuarto domingo de Cuaresma, ciclo “B”. 11 de marzo de 2018.-http://ricardomazza.blogspot.com; ribamazza@gmail.com.-

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