4 de junio de 2019

Que Dios nos conceda que Cristo permanezca siempre con nosotros en la tierra y que merezcamos vivir con Él algún día, en el cielo.

Después de consolar y fortalecer a sus discípulos durante cuarenta días después de su resurrección, Jesús vuelve a su Padre, para sentarse a su derecha, significando precisamente la  total cercanía entre Padre e Hijo.

Celebramos, pues, la Ascensión del Señor a los cielos. Si bien el Hijo no estuvo separado del Padre en el misterio trinitario mientras a su vez vivía con nosotros, se trata de exultar de gozo porque por medio de esta ascensión, nuestra humanidad ya está presente en la eternidad, anticipando así la realización de lo que es para nosotros meta ofrecida y prometida.
Meta ofrecida, porque depende de nuestra libertad el que deseemos, luchemos y nos orientemos hacia ella en la entrega personal, prometida cuando Jesús nos preparó un lugar junto al Padre  prometiendo regresar para llevarnos con Él, si le somos fieles.
La carta a los hebreos proclamada (9, 24-28; 10, 19-23) nos asegura que Jesús ingresó al cielo “para presentarse delante de Dios en favor nuestro”, y que se ofreció para siempre como lo hiciera en la cruz.
Asimismo nos recuerda que Jesús como Cabeza murió una sola vez y, que nosotros, su Cuerpo por el bautismo, también moriremos una sola vez, rechazando así la idea pagana griega de la reencarnación que todavía tiene cabida en no pocas personas, incluso entre creyentes, que asumen ideas que culminan en una concepción religiosa sincrética.
Después de su muerte Jesús volverá al fin de los tiempos para “salvar a los que lo esperan”, mientras que para nosotros, a la muerte corresponde posteriormente el juicio en el que se manifestará el camino que hemos recorrido de fidelidad o no entre los hombres.
Prosigue el autor sagrado diciendo que “tenemos plena seguridad de que podemos entrar en el Santuario por la sangre de Jesús, siguiendo el camino nuevo y viviente que Él nos abrió a través del velo del Templo, que es su carne”.
Estas palabras de la Escritura no solamente nos colman de  certeza en relación con aquello a lo que estamos llamados, sino que constituyen también una interpelación sobre cómo ha de ser nuestra vida.
En efecto,  mientas caminamos en este mundo estamos inmersos en una sociedad y cultura que no pocas veces buscan apartarnos del ideal que se nos promete, que intentan seducirnos con falsas y efímeras promesas de felicidad que sabemos desde la fe no se cumplirán.
Son estos momentos decisivos en los que hemos de manifestar con claridad lo que creemos y defender todo lo que está en peligro de sucumbir en lo que se refiere a la dignidad de la persona.
Tener seguridad del llamado a la eternidad supone que desde la fe iluminemos el andar de cada día, aspirando siempre a las alturas del bien, que sepamos que todo lo del mundo es efímero y que nada se logra atándonos a lo que es fugaz o denigrante de la persona.
La mirada puesta en el cielo nos permitirá ciertamente valorar aquello a lo que hemos sido llamados y bajo su luz aspirar siempre a lo que es santo, bello y perfeccionador del ser humano.
Vivimos este año circunstancias en que está en juego el futuro de nuestra provincia y de la Patria. No es fácil tomar decisiones despojándonos muchas veces de ilusiones o partidismos.
En este sentido hemos de tomar conciencia lo que está en juego y, apoyar todo proyecto que defienda la vida humana desde sus inicios hasta la muerte natural, defender la consolidación de la familia, promover siempre el bien común, entender que la vida política ha de estar siempre al servicio de la dignidad humana y no a promover crecimientos personales en el orden económico o social.
Cristo Nuestro Señor espera mucho de nosotros, que seamos levadura en la masa social, política o económica de la Patria.
Jesús estará presente entre nosotros hasta el fin de los tiempos, no sólo en la Eucaristía, sino especialmente con la efusión de su Espíritu y en la Iglesia que nos congrega como Cuerpo Suyo.
Escuchemos con confianza lo que se nos dice con énfasis: “Acerquémonos, entonces, con un corazón sincero y lleno de fe, purificados interiormente de toda mala conciencia y con el cuerpo lavado por el agua pura” del bautismo.
Esta cercanía con Cristo, que debe ser acrecentada cada día, nos permitirá sentirnos guiados, sostenidos e iluminados en la realización del bien, de manera que no temamos mal alguno aún en medio de las persecuciones del mundo y las consolaciones de Dios.
El retorno de Cristo al Padre implica, por otra parte, que Él nos encarga continuar su obra en el mundo, llevando a la sociedad tantas veces remisa a escuchar a Dios, la Palabra de Salvación, confiando siempre en la fuerza de la Verdad que transmitiremos a todo hombre de buena voluntad que aspire a una vida nueva que enaltezca el existir.
Concluyendo, pidamos a Dios nos conceda que Cristo permanezca siempre con nosotros en la tierra y que merezcamos vivir con Él algún día, en el cielo.

Padre Ricardo B. Mazza. Cura párroco de la parroquia “San Juan Bautista”, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el  Domingo de la Ascensión del Señor. Ciclo “C”. 02 de junio de 2019. ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com




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