En el texto de Isaías de este día (cap. 66,18-21), el profeta se dirige al pueblo vuelto con ilusión del exilio, pero que ahora en su tierra sufre penosos problemas, su fe flaquea y agoniza su esperanza, por lo que le sigue este anuncio de salvación.
En efecto, después del exilio iba surgiendo un judaísmo cerrado sobre sí que buscaba defender su identidad, evitaba mezclarse con los extranjeros, sugiriendo la exclusión de los mismos de la salvación.
En este contexto, el profeta anuncia el día mesiánico de la reuniòn de todos los pueblos en Jerusalèn, lugar de salvación universal.
O sea, no solamente el pueblo de Israel está llamado a la salvación, a la vida eterna, sino todos los pueblos de la tierra, toda persona que viene a este mundo por ser criatura de Dios, está llamada a la salvación, formando un único pueblo.
Es cierto que para que eso suceda, indudablemente hay que dejar de lado muchas barreras, la de la cultura, la de la raza, incluso de las creencias, para poder aceptar la verdad que está presente en el único Dios, uno y trino, y manifestado en la persona de Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre en el seno de María.
De manera que aún todos aquellos que creen en el budismo, o son islamitas, o buscan a Dios de otra forma, están llamados a formar un único pueblo, pero aceptando a Jesús como el Hijo de Dios hecho hombre, como el único salvador.
En el texto del Evangelio (Lc. 13,22-30, Jesús enseña que son recibidos aquellos que vienen del norte o del sur, de oriente o de occidente, o sea, aquellos que lleguen de distintos lugares del mundo, y que ciertamente lo acepten a Él, porque aquellos que vienen del judaísmo lo han rechazado, no se han convertido.
Y por eso Jesús, con toda claridad, cuando le preguntan acerca de si son pocos los que se salvan -pensando el que pregunta sólo en los judíos como pueblo elegido-, les dirá que es necesario pasar por la puerta estrecha. Es decir, tanto judíos como paganos deben pasar por la puerta estrecha de la salvación, de la renuncia de sí mismos.
La puerta estrecha que va también, como dice el texto paralelo de San Mateo, el camino estrecho. Porque para la perdición tenemos muchas facilidades, y por eso el Evangelio habla del camino amplio, y de la puerta amplia, para alejarse de Dios. En cambio, para pertenecer al Señor, el camino es estrecho y la puerta es estrecha.
Y dirá el Señor también, que no basta con golpear la puerta, "Señor, ábrenos". "¿Quiénes son ustedes? Yo no los conozco" respondiendo a la afirmación de que convivía con ellos en su vida mortal.
Alguien podrá decir, "yo era monaguillo", "yo pertenecía a la catequesis", "yo a la acción católica", "estaba en el grupo juvenil". Pero el Señor podría responder, "No los conozco", porque no basta el haber recibido el bautismo, ser cristiano, sino que es necesario transitar el camino estrecho, y pasar por la puerta estrecha.
O sea, no basta la fe, sino que son necesarias las obras. Lutero decía que era suficiente con la fe, y se olvidaba de las enseñanzas de la carta de Santiago, que la fe sin obras no sirve para nada. Por lo tanto, es la realización de obras concretas, en honor de Dios y en caridad para con el prójimo, lo que conduce a la salvación.
Muchas veces se mete en la conciencia colectiva la idea de que todo el mundo va al cielo. De hecho, si bien no tenemos una revelación divina acerca de eso, son pocos los que van directamente al cielo. Los demás, con la gracia de Dios, y si morimos arrepentidos de nuestros pecados, tenemos que purificarnos en el purgatorio.
Si leemos por ejemplo, los avisos necrológicos de cada día, nos encontramos que la gente se adhiere al duelo de alguna persona y ya parte de la idea de que el difunto está en el cielo, y no es así.
El Papa Benedicto XII, a través de la bula Benedictus Deus (año 1336), definió dogmáticamente que después de la muerte si hemos muerto en gracia, después de ser purificados, veremos cara a cara a Dios, nos encontramos con la vida eterna, en el cielo. Asimismo los muertos en pecado mortal son inmediatamente condenados.
O sea, Benedicto XII, define que después de la muerte hay salvación o condenación, por lo que tenemos que trabajar permanentemente para llegar a la vida eterna, que está como promesa para toda la humanidad, en la profecía de Isaías y en el mismo Evangelio.
Pero es necesario responder con nuestra libertad porque somos libres para responder o no a Dios nuestro Señor ante aquello que nos ofrece, mientras siempre ayuda con su gracia para llegar a la vida.
Y así, en la Carta a los Hebreos (12,5-7.11-13), el autor sagrado advierte que de Dios recibimos corrección, y que cada uno de nosotros debe sentirse feliz por ser corregidos por Dios, porque eso ayuda justamente a cambiar y comenzar una vida nueva.
Así como un padre si ama a su hijo lo reprende cuando hace algo malo, así también el Padre del Cielo nos corrige para que podamos cambiar y seguir en este camino de la salvación.
Por eso es muy importante, queridos hermanos, trabajar incansablemente para unirnos cada vez más a Jesús, de tal manera que cuando golpeemos la puerta, en lugar de decirnos que no nos conoce, diga vengan benditos de mi Padre al reino que no tiene fin. Ustedes sí han hecho la voluntad del Padre mientras vivían, vengan por lo tanto a participar del reino.
Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el domingo XXI "per annum". 24 de agosto de 2025.
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