La Palabra de la Escritura primero nos transmitió la verdad sobre el hombre que es creado a imagen y semejanza de Dios.
En efecto, Dios crea al varón y a la mujer y les deja un mandato concreto que dominen la tierra y al mismo tiempo que se multipliquen, afirmando que todo está puesto a sus pies.
Pasado el tiempo y luego que el hombre comete el pecado de los orígenes, Dios se acuerda de la humanidad, y en su Providencia busca liberar al hombre de su pecado y constituido Israel como pueblo elegido lo libra de la esclavitud de Egipto.
A ese pueblo de Israel numeroso, y que a pesar de ser el elegido, es y seguirá siendo muchas veces rebelde a Dios y pecador, el Señor lo ama, y lo hace pasar por el mar Rojo signo de su liberación y un anticipo del bautismo.
Dios, a su vez hace nuevas todas las cosas recuerda Isaías, y San Pablo escribiéndole a los cristianos de Roma, les enseña que por el bautismo hemos muerto al pecado y renacido a la vida de la gracia.
En efecto, en el sacramento del bautismo son sepultados nuestros pecados y renacemos a la vida de la gracia, de modo que la muerte y resurrección de Cristo se repite en este sacramento cuando recibimos sus aguas purificadoras.
Y sabemos también que el misterio pascual se actualiza en cada misa, en cada Eucaristía, aunque de un modo incruento.
Por otra parte, ¿ qué nos dice el texto del evangelio? Que Jesús resucita de entre los muertos, y el ángel anuncia a María Magdalena y a la otra María que a quien buscan no lo encontrarán porque ha resucitado, asistiendo luego al encuentro en que Jesús se manifiesta a estas dos mujeres que están exultantes, quieren abrazarlo, retenerlo, pero Jesús les dirá "vayan, avisen a mis hermanos que he vuelto a la vida, que vayan a Galilea", ya que allí se encontrará con ellos.
Pero hay algo que la Sagrada Escritura no menciona, pero que aconteció, y es que Jesús seguramente se apareció en primer lugar a su madre Santísima, a la Virgen María.
San Ignacio de Loyola en los ejercicios espirituales lo recuerda con una meditación, que Jesús se aparece a su madre, verdad congruente con el hecho de que Ella lo acompañó hasta la crucifixión, que allí Jesús le dejó el encargo de tomarnos como hijos suyos, lo cual hace probable que el Señor, a la primera que visita es a su madre.
Podemos imaginarnos cómo fue ese encuentro, cargado de emoción, de ternura, de alegría.
La madre que goza viendo a su Hijo nuevamente vivo, la madre que lloró su muerte se alegra ahora al verlo resucitado de entre los muertos.
María santísima, por cierto, llevará a lo largo de su vida ese recuerdo tan hermoso de haberse encontrado con su Hijo, y de seguir sus pasos en la contemplación del silencio.
Como decìa, no aparece en el texto del evangelio ni siquiera una vez la aparición de Jesús a su madre, pero la fe nos dice que fue la primera en recibir esta alegría, y Ella no pretende que todo el mundo sepa que tuvo ese privilegio, pero sí transmitirá que su Hijo ha resucitado de entre los muertos. Pensemos que también el Señor quiere estar presente en nuestras vidas a través de la oración, del encuentro personal con él, de los sacramentos, de las buenas obras que hagamos, allí está presente Cristo resucitado.
Por lo tanto hagámonos presentes con Èl en el mundo y que el mundo conozca por nuestro testimonio que Jesús ha resucitado de entre los muertos, y vive para siempre para darnos su gracia y para guiarnos a las moradas eternas.
Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en la noche de la Vigilia Pascual. 04 de abril de 2026

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