En la última Cena, Jesús instituye dos sacramentos, el Orden Sagrado y la Eucaristía, y a su vez enseña cuál es la actitud que debe regir entre los cristianos, la del servicio.
El Orden Sagrado es el sacramento que hace posible celebrar la Eucaristía, ya que el sacerdocio se orienta a la celebración de la misa.
Es necesario que haya un ordenado in sacris en el grado de presbítero para que se pueda confeccionar la Eucaristía.
Por eso hoy también recordamos el ministerio sacerdotal, que es esencial en la vida de la Iglesia.
El sacerdocio ministerial, como recuerda el Concilio Vaticano II, y el Papa León XIV lo ha mencionado no hace mucho, es totalmente distinto al sacerdocio bautismal, aquel que poseemos todos los bautizados.
No solamente hay una diferencia de grado, sino de naturaleza misma. Por el bautismo somos constituidos hijos adoptivos de Dios y miembros de la Iglesia, y capacitados para recibir los sacramentos.
Pero el orden sagrado hace que el sacerdote pueda confeccionar los sacramentos, muy especialmente el de la Eucaristía.
En efecto, por la celebración de la misa y con las palabras de la consagración, Jesús se hace presente sobre el altar, viene a nosotros.
A través de la misa, se repite el sacrificio de la cruz, aunque de un modo incruento, es decir, no hay derramamiento de sangre, es el sacrificio de la cruz que se realiza bajo los signos sacramentales.
De manera que estos dos sacramentos están íntimamente unidos, ya que el Orden Sagrado se orienta a la Eucaristía, y, a su vez, la Eucaristía hace ver que es necesario el sacramento del Orden.
A la Eucaristía el Señor la da como alimento hasta que Él vuelva.
Así, con la Eucaristía estamos adelantando la comunión que se realizará plenamente en el cielo, por eso la exigencia propia del sacramento eucarístico de recibirlo en estado de gracia, sin pecado mortal, para que pueda producir los efectos de unirnos al Señor.
Por esta unión podemos decir con San Pablo: "no vivo yo sino que es Cristo quien vive en mí".
A su vez, esto conduce a todos a la actitud del servicio, ya que Jesús al lavar los pies de sus discípulos advertirá que en ese momento no entienden pero que después captarán el sentido de esa acción.
Lavar los pies es una función propia del esclavo, por lo que Jesús se hace esclavo y da ejemplo, para que también estemos dispuestos a servir a los demás siempre considerando a los otros como mayores.
De manera que la vivencia de la eucaristía, la unión con Cristo, ha de conducir inmediatamente a la unión con el prójimo, con el otro, reconociendo de esa manera que todos somos hijos del mismo Padre. En esta noche santa, hermanos, recibamos con alegría estas enseñanzas cada vez más transformados por el mismo amor de Dios.
Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el Jueves santo de la Cena del Señor. 02 de abril de 2026.

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