6 de julio de 2026

Él experimentó sobre sí nuestras limitaciones y debilidades cargándolas en la cruz, por lo que hemos de imitarlo en su paciencia y humildad.

Si tenemos en cuenta el texto proclamado del profeta Zacarías (9, 9-10), se anuncia la llegada del Rey Mesías a Jerusalén, montando un asno como signo de humildad, que es justo y victorioso, y quiere  destruir las armas y la guerra para proclamar la paz a las naciones, aplicar la justicia y  el derecho y enseñar el camino de la santidad asintiendo siempre a la voluntad divina.
La persona del Rey Mesías montando un asno la contemplamos también el domingo de Ramos, cuando Jesús entra en Jerusalèn aclamado por la muchedumbre dando comienzo a la semana dolorosa de su pasión, que culmina con su muerte en cruz y resurrección gloriosa de entre los muertos.
La venida del Mesías entre nosotros supone el envío de sus discípulos y misioneros al encuentro de la muchedumbre agobiada que está en este mundo caminando sin pastor que los guíe, preparándose así para seguir definitivamente los pasos del Maestro  una vez que regrese al Padre.
En el texto del evangelio de hoy ya han regresado los discípulos de su misión y, junto a Jesús describen cómo les ha ido en el encuentro personal con la gente sin rumbo.
Al texto del evangelio que hemos proclamado (Mt. 11,25-30), podemos dividirlo en dos partes, la primera abarca los versículos 25,26 y 27 y la segunda los versículos 28,29 y 30.
De manera solemne Jesús alaba al Padre, porque le ha otorgado una sabiduría especial a sus enviados, para que con sencillez y humildad proclamen el evangelio de la vida divina en este mundo y la eterna para después de la muerte temporal.
Jesús advierte que como Hijo es sólo conocido por el Padre que lo ha engendrado desde siempre, y que el hombre puede conocer a su Padre si Él mismo otorga el acceso a ese conocimiento para todos.
Y así le dirá a Felipe en una oportunidad que "el que me ha visto a mí, ha visto al Padre" (Jn. 14, 7-9).

La frase significa que ver y conocer a Jesús es, en esencia, ver y conocer a Dios Padre, porque Jesús es la manifestación visible del amor y la obra de Dios.

Precisamente la encarnación del Verbo, significó ingresar a la vida del hombre, compartir sus desvelos, asumir todo lo humano menos el pecado y acompañarlo a lo largo de la vida temporal.
Por otra parte, al conocer nuestras aflicciones y agobios, Jesús invita a dirigirnos a su encuentro para encontrar alivio y reposo, y esto se debe porque Él ya experimentó sobre sus espaldas nuestras limitaciones y debilidades cargándolas en la cruz, pidiéndonos, por lo tanto, que lo imitemos, ya que "es paciente y humilde corazón".
La paciencia será necesaria para cargar el yugo de Jesús que es suave y su carga liviana, cuando llevamos el sufrimiento en nuestra carne sabiendo que no seremos probados màs allá de nuestras fuerzas.
El apóstol san Pablo (Romanos 8,9.11-13) en conexión con esto que decimos, recuerda que si tenemos el Espíritu de Cristo, pertenecemos a Él y nada debemos a la carne, al pecado, por lo que si morimos a la carne en nuestros miembros viviremos por el Espíritu.
Hermanos: no dejemos de luchar para ser cada día mejores hijos del Padre que nos ama como ama a su Hijo Unigénito. 

Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía  en el domingo XIV del tiempo litúrgico durante el año.  Ciclo A. 06 de julio  de 2026