17 de junio de 2016

“Tentados por el maligno digamos como Pablo “Estoy crucificado con Cristo.. y vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí”.

Recorriendo las páginas de la Sagrada Escritura nos encontramos con una historia de amor entre Dios Creador y cada ser humano, criatura suya creada a su imagen y semejanza.
Es tan elevada nuestra dignidad que sólo con nosotros Dios dialoga y brinda su amistad eterna, sin que cada uno pierda su propio ser y existir diferente. Nuestra fe es tan rica que nos enseña que ni el Creador se disipa en el ser humano, ni éste desaparece en el ser y existir del Creador, como sostiene el panteísmo oriental, tan de moda en nuestros días, aún entre los católicos.
Ser imagen y semejanza afirma, pues, nuestra propia realidad creatural,  llamada a la participación de la naturaleza divina, sin fusión ni confusión alguna, y todos los demás seres creados son puestos al servicio del hombre.
Frente a los dones que Dios concede al ser humano, no siempre éste responde con idéntica gratuidad en la entrega de sí, sino más bien con el pecado.
No obstante esto, Dios sigue ofreciendo su bondad y misericordia en abundancia al hombre pecador, como lo descubrimos en los textos de hoy, de allí que convoque a una amistad plena a David,  a Pablo y a la mujer pecadora, en quienes se cumplen las palabras del evangelio respecto a que quienes fueron perdonados de muchos pecados demuestran a su vez mayor amor.
Quien ha comprendido que el pecado lo separa del Creador, y huye de todo lo que pueda distanciarlo de la amistad divina, está en el camino de la perfección.
En la segunda lectura de hoy que hemos proclamado (Gál. 2,16.19-21), san Pablo afirma que “la vida que sigo viviendo en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí”.
Es decir que cuando Pablo se aplicó a sí mismo la afirmación de que el Hijo de Dios lo amó y se entregó por él, su existencia alcanzó un nuevo sentido, de manera que está crucificado con Cristo, rechazando todo acto de desamor, de manera que puede decir con certeza “ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí”, permitiéndole ver a los demás y a las cosas creadas, con la mirada de Jesucristo, movido además por un impulso misionero que no tiene fronteras.
Sabemos por lo demás, que este amor incondicional de siervo del Señor lo manifestó de diversas formas, como el sufrir naufragios, azotes, hambre, sed, desnudez, acusado falsamente, perseguido, encarcelado, y un sinnúmero de otros males, y todo ello porque Jesús lo amó y entregó su vida por él.
Precisamente la experiencia del amor divino es lo que más reconforta al pecador y le ayuda a mantenerse fiel a su Señor, mucho más que sentir el peso de los pecados que puede ser algo pasajero y no impide  volver a pecar.
Al respecto, el rey David (2 Sam. 12, 7-10.13) precisamente aparece abrumado por tantos dones recibidos de Dios, quien lo ama como a un hijo, y es lo que lo lleva a convertirse de sus múltiples pecados,  pedir perdón y soportar con humildad las pruebas a las que será sometido para su purificación interior.
La mujer pecadora del evangelio (Lc. 7,39-8,3) se acerca al Señor para demostrar su agradecimiento por los bienes que intuía recibiría, como aconteció cuando ante tanta demostración de amor sincero le dirá  “Tu fe te ha salvado, vete en paz”.
Los tres ejemplos visibles de personas perdonadas que retornan a Dios, no se acercaron por sí mismas, sino que la gracia las fue atrayendo, a cada una de acuerdo a la situación en la que se encontraban: David, infiel a la alianza y tratando de esconder el pecado sin admitirlo, se le reprocha su maldad; Pablo enceguecido por el odio a los cristianos, incapaz de reconocer al Salvador; la mujer pecadora sumergida en los placeres de la carne, no atinaba a comprender del todo las enseñanzas del Maestro, hasta que se les abrieron los ojos.
Hermanos: estos ejemplos concretos que nos trae la Sagrada  Escritura nos ayudan a comprender cómo el amor del Padre nos busca por medio de su Hijo Jesucristo, en el amor del Espíritu Santo.
Los invito a ustedes, y me incluyo también yo, a que cada vez que nos sintamos tentados a  realizar el mal hagamos nuestras las palabras del apóstol Pablo “He muerto a la Ley, a fin de vivir para Dios…..que me amó y se entregó por mí”.



Padre Ricardo B. Mazza. Cura párroco de la parroquia “San Juan Bautista”, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en la Misa del domingo XI del tiempo Ordinario. Ciclo “C”. 12 de junio de 2016. ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com











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