19 de marzo de 2017

“El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed, pero el que beba del agua que Yo le daré, nunca más volverá a tener sed”.

Decía Sartre que el hombre es “una pasión inútil”, afirmación ésta que deja al descubierto la falta de sentido de la existencia humana, que se descubre en el transcurso de la historia y  se agudiza en nuestros días. 
Como lo destaca el libro del Éxodo en la liturgia de hoy (17, 1-7), el hombre camina por el desierto de su vida reclamando sin advertirlo claramente “¿El Señor está realmente entre nosotros?”, ya que ha perdido el rumbo de su caminar y advierte que lo quema una sed acuciante que no se calma con nada conocido.
Sediento de placeres sin fin, el hombre busca gozar con todo lo que le hace sentir mejor, pero por poco tiempo, ya que aparece siempre el dolor y el sufrimiento de cada día al que no puede responder, sino sólo huyendo.
El afán del poder aparece en el horizonte del ser humano como  gran seguridad  para su vida, descubriendo al mismo tiempo que no es duradero, porque somos limitados y porque muchos contendientes lo ansían con fervor.
El dinero, brilla atrayendo como la tentación más profunda, sin que el corazón se sienta pleno por su posesión, ya que transforma al hombre en un ser egoísta, sólo interesado por su propio bienestar, a costa  siempre de otros.
Y así podríamos seguir describiendo las características de esa sed agobiante que padece el ser humano en la sociedad de nuestros días, sin que encuentre nunca consuelo, ya que no descubre que debe orientarse a su Dios, el cual está presente como la roca de la que brota el agua de la vida y que aplacó la se del pueblo quejoso en su camino a la tierra prometida.
Y así limitado entre sus propios horizontes y fronteras de criatura frágil, el hombre pierde no pocas veces el sentido de su existir y transcurre su vida sin que alcance la plenitud para la que fue creado por bondad.
Padecer por la carencia del “agua de la vida” y quejarse por no descubrir la presencia divina es propio del corazón humano, cerrado siempre en sus pequeñeces, tardo en descubrir la gracia y el don divino, derramado abundantemente en nuestros corazones como fruto de su bondad.
De allí la necesidad  de descubrir lo que  anuncia  san Pablo (Rom. 5, 1-2.5-8) al afirmar que “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado” ya que “cuando todavía éramos débiles, Cristo, en el tiempo señalado, murió por los pecadores”.
La muerte de Cristo es la prueba de que Dios nos ama ya que  entregó a su Hijo a la donación de su vida cuando todavía éramos pecadores, dándonos en abundancia por el corazón abierto la gracia, ya en el agua del bautismo como en la sangre de  la eucaristía, iluminándonos  para que entendamos que fuimos creados  para Dios y orientados a la comunión eterna con Él.
Conociendo nuestra debilidad y múltiples traiciones en las que no pocas veces lo ignoramos, Jesús cansado de caminar por nuestra historia, buscándonos, descansa junto al pozo de nuestras carencias, sediento de nuestra fe y respuesta al ofrecimiento del agua viva que es la gracia y el don del Espíritu.
La figura de la samaritana (Jn. 4, 5-42) representa a toda la humanidad que no pocas veces se conforma con el agua material, y a la que Jesús mueve por la fe para que se anime a beber de la fuente de la vida ya que “El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed, pero el que beba del agua que Yo le daré, nunca más volverá a tener sed”.
Saciada nuestra sed, muchas veces de cosas mundanas, con la presencia de Jesús en nuestra vida, descubrimos la realidad personal como sucedió con esta mujer, que asumida y transformada permite comenzar una existencia nueva con la presencia del Señor.
Como la samaritana, podremos ir al encuentro de los demás para llevar el mensaje conocido y el descubrimiento de la persona de Jesús, porque el “agua que Yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna”.
La transformación de esta mujer y de toda persona que se le entrega dócilmente, por la acción del don divino de la gracia que santifica, corresponde a la misión de Jesús entre nosotros, porque “mi comida es hacer la voluntad de Aquél que me envió y llevar a cabo su obra”.
La venida de Jesús a este mundo, garantiza, respuesta del hombre mediante, el que fructifique el campo del corazón humano sembrado con la semilla de la palabra divina, permitiendo -como leemos en san Juan- que  los samaritanos digan a la mujer, “ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que Él es verdaderamente el Salvador del mundo”.
Queridos hermanos: saciando nuestra sed de Dios no con los bienes efímeros que nos atraen con felicidades ficticias, vayamos al encuentro del verdadero alimento que nutre nuestra fe, fortalece la caridad y alienta la esperanza, es decir, Cristo mismo que se nos da en alimento de Vida eterna, cantando “¡Vengan, cantemos con júbilo al Señor, aclamemos a la Roca que nos salva! ¡Lleguemos hasta Él dándole gracias, aclamemos con música al Señor!” (Ps. 94, 1-2).



Padre Ricardo B. Mazza. Párroco de la parroquia “San Juan Bautista”, en Santa Fe de la Vera Cruz,  Argentina. Homilía en el tercer domingo de Cuaresma, ciclo “A”. 19 de marzo de 2017.- http://ricardomazza.blogspot.com; ribamazza@gmail.com.-