16 de septiembre de 2019

“La Iglesia de la que formamos parte por el bautismo, está constituida por pecadores, necesitados siempre del perdón y de la misericordia divina”.

En la primera lectura, tomada del libro del Éxodo (32,7-11.13-14), presenciamos la caída del pueblo de Israel en la idolatría, ocasionando el enojo de Dios porque rápidamente se han alejado del camino que “Yo les había señalado, y se han fabricado un ternero de metal fundido”, al que rindieron culto de rodillas y lo aclamaron como Dios de Israel.

Ya piensa el Señor en exterminarlos a causa de su obstinación y, suscitar a su vez, una nueva nación numerosa para que conduzca Moisés.
Moisés intercede por el pueblo recordándole que fue Él quien lo sacó de la esclavitud egipcia con gran poder y admiración para los pueblos vecinos, los cuales se asombrarían si  quien los salvó, los castiga ahora con mano poderosa.
El Señor, ante las promesas que antaño hiciera a Abraham, Isaac, y Jacob, se “arrepintió del mal con que había amenazado  a su pueblo”.
En el Nuevo Testamento, y precisamente en el evangelio (Lc. 15, 1-10), nos encontramos con Jesús, el nuevo Moisés, que también ante el Padre, intercede y suplica en favor nuestro, pecadores, incluso muchas veces obstinados en seguir en falta sin deseo de conversión inmediata.
De hecho san Pablo confirma este papel de Jesús cuando dice (I Tim. 1, 12-17) “es doctrina cierta y digna de fe que Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el peor de ellos”.
Esto hace que cada vez que nos consideramos pecadores y suplicamos el perdón divino con el propósito de convertirnos a la vida de hijos adoptivos de Dios, alcanzamos  la misericordia en abundancia.
Si por el contrario pensamos que somos justos, que cometemos faltas o errores pero no pecados, con lo que esto significa de alejamiento de Dios y del prójimo obrando el mal, quebrantando los mandamientos divinos, rindiendo culto “a los becerros de metal de la actualidad”, como nuevas formas de idolatría, no alcanzaremos la misericordia y el encauzamiento novedoso del camino de la santidad.
Entendámoslo bien, la Iglesia de la que formamos parte por el bautismo, está constituida por pecadores, necesitados siempre del perdón y de la misericordia divina, no es para quienes se consideran santos o no necesitados de Dios porque se aman a sí mismos, considerándose tan perfectos que nada han de implorar.
En el seno de la Iglesia encontramos todos los medios espirituales para crecer, venciendo nuestras debilidades y superando los obstáculos que se nos presentan para vivir como verdaderos hijos adoptivos de Dios.
Por lo tanto, con sus luces y sus sombras, con el lastre de los pecados personales de los creyentes y con toda clase de infidelidades en su interior, la Iglesia sigue siendo el ámbito en el que cada uno puede alcanzar la salvación en Cristo.
Pero aún dentro de la Iglesia, podemos caer en el error de pensar que por el hecho de estar bautizados ya estamos salvados, y que no necesitamos ser rescatados de nuestros males morales porque somos impecables.
Por eso  es común observar, cómo el sacramento de la reconciliación está en caída y, esto porque ya casi nada se considera pecado, culminando con el hecho de que muchas comuniones se realizan indignamente.
Este peligro siempre latente de creernos “buenos” por mérito propio, hace  necesario reconocer que somos pecadores, y posiblemente cada uno peor que otros, evitando  juzgar al prójimo, para recibir misericordia y perdón.
 En este sentido, san Pablo recuerda que a pesar de haber sido perseguidor de los cristianos, blasfemo e insolente, fue tratado “con misericordia, porque cuando no tenía fe, actuaba así por ignorancia. Y sobreabundó en mí la gracia de nuestro Señor, junto con la fe y el amor de Cristo Jesús”.
La ignorancia que menciona el apóstol, puede referirse a que no se sabe que tal acción sea pecado, o que no se tiene en cuenta que configure un rechazo a Dios mismo, por eso el “perdónalos porque no saben lo que hacen” como dijera Jesús en la cruz refiriéndose a los que lo mataban.
En el evangelio proclamado hoy (Lc. 15, 1-10) nos encontramos con las parábolas de la misericordia,  que marcan la importancia de cada persona ante la mirada divina, de tal modo que basta que sólo una persona se extravíe del corral de las ovejas, para que Jesús salga en su busca.
La persona así recuperada ocasiona gran alegría en el cielo, mayor que el gozo  que producen las noventa y nueve que ya están salvadas.
Conforme a la apostasía generalizada que observamos en nuestros días, la parábola debiera indicar que Jesús sale en busca de las noventa y nueve ovejas, mientras una sola justa está protegida en el corral.
Si la conversión de una persona causa gozo, ¡cuánto más si son noventa y nueve las que retornan al encuentro de Jesús para vivir en santidad!
Este proceso de conversión es causado por la gracia divina que sobreabunda en nuestro interior, siempre que el corazón humano esté dispuesto a vivir la novedad de los hijos de Dios renacidos por la gracia.
Ojalá cada uno de nosotros seamos motivos de alegría en Dios cada vez que desechado el pecado en el que hemos caído por debilidad o malicia, regresemos al encuentro del buen Pastor que nos carga sobre sus hombros, los de la cruz salvadora, para regresarnos junto al Padre.


 Padre Ricardo B. Mazza. Cura párroco de la parroquia “San Juan Bautista”, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en la Misa del domingo XXIV del tiempo Ordinario. Ciclo “C”. 15 de septiembre de 2019. ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com




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