Jesús resucitado debe fortalecer a los discípulos, convencerlos que Èl está vivo para que puedan dar testimonio de la resurrección. Vemos cómo, entonces, se aparece a estos hombres temerosos, encerrados por miedo a los judíos.
Lo primero que les regala es el don de la paz, "la paz esté con ustedes" dice, esa paz que el mundo no puede dar, sino que solamente Cristo puede otorgar, esa paz que, como define San Agustín, es "la tranquilidad en el orden".
Y los discípulos están a su vez llenos de alegría al ver al Señor, de modo que, junto con la paz, les da el gozo, la alegría de verlo, de contemplarlo nuevamente vivo.
A su vez, el Señor hace algo muy importante, sopla sobre ellos, luego de enviarlos, "como el Padre me envió, también yo los envío a ustedes, reciban el Espíritu Santo", afirmando que los pecados que los apóstoles perdonen serán perdonados, y los que retengan serán retenidos en el cielo.
Y de esta manera instituye el sacramento de la misericordia, el sacramento de la penitencia o reconciliación.
Por eso este domingo también lo conocemos como el de la divina misericordia, recordando a Cristo misericordioso, para rendirle homenaje en su perdón continuo hacia nosotros. Cristo misericordioso, que, como dice la escritura, busca la conversión del pecador, no su muerte, busca que viva, que pueda experimentar el gozo de la reconciliación.
La misericordia divina que, como dice el Papa San Juan Pablo segundo, recibimos de las llagas benditas de Jesús.
En efecto, a través de las llagas de las manos, de los pies y, del costado, brota la infinita misericordia de Dios, que quiere derramarse sobre nosotros otorgando una nueva vida.
Esperando, por cierto, una conversión sincera y una decisión también firme de luchar por vivir en gracia, por rechazar el pecado, por no dejarnos conquistar por el espíritu del mal.
Y así, transformados, entonces, los creyentes, por la acción del Espíritu Santo, podemos realizar una vida nueva, como acabamos de escuchar en la primera lectura, en el libro de los hechos de los apóstoles (2, 42-47).
En efecto, san Lucas relata cómo vivían las primeras comunidades que estaban dichosas con Cristo resucitado, donde todos vivían la koinonía, o sea, la comunión.
Una misma fe, una misma esperanza, una misma caridad. Esos cristianos que, además, ponían sus bienes al servicio de los otros, atendiendo así las necesidades del prójimo.
Por otra parte, estaban unidos en la oración y también en la fracción del pan, es decir, en la celebración de la eucaristía. Cristo resucitado, entonces, viene a transformar no solo las personas, sino también las comunidades, mientras tanto, los discípulos van proclamando la buena nueva del resucitado con fuerza, con seguridad, de tal manera que va aumentando el número de los creyentes.
Justamente en los días de esta octava de Pascua, hemos proclamado los discursos de Pedro, padeciendo la cárcel, afirma la Palabra de Dios que, cuando ellos hablaban, se iban incorporando a la nueva fe numerosas personas, tres mil o cinco mil, según el lugar, asombrados todos por la curación del paralítico, en la que veían una señal clara, una manifestación de Cristo resucitado.
Así sucedía, porque los mismos apóstoles decían, es Cristo el que le ha devuelto la capacidad de caminar a este hombre. También nosotros hemos de implorar esa capacidad de poder caminar valientemente, predicando el evangelio del Señor. Queridos hermanos, vayamos al encuentro de Cristo resucitado, agradezcamos su infinita misericordia para con nosotros, tantas veces recibida, implorando nos otorgue su gracia para poder darlo a conocer en medio de un mundo que se ha olvidado de Dios.
Cngo Ricardo B. Mazza, Cura Rector de la Iglesia Ntra Sra del Rosario, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el Segundo domingo de Pascua. ciclo A. 12 de abril de 2026

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