15 de agosto de 2009

“El que coma de este pan vivirá eternamente”(Jn.6,51)



“Todos los que han puesto su confianza en almacenar dinero a expensas de sus hermanos, -en comer el maná en el desierto de los desahuciados- llegarán a la muerte con las manos vacías”.

1.-La experiencia espiritual de Elías (1 Reyes 19,1-8).

Elías profeta combate el absolutismo real del reino del Norte y se manifiesta como defensor de la fe en el Dios de los patriarcas.

Por lo tanto, se preocupa para que el culto vuelva a sus orígenes, es decir, a la fidelidad a Yahvé, desplazado por la idolatría cananea.

Se enfrenta por esta causa al rey Ajab y su pérfida esposa la reina fenicia Jezabel defensora de la religión de Baal.

En el monte Carmelo pone a prueba a los israelitas para que decidan qué culto seguirán: al de Yahvé o al de Baal.

Después de manifestar dónde está la verdad consumiendo por el fuego al novillo ofrecido a Dios, cosa que no lograron los 450 profetas de Baal, culmina con el degüello de todos ellos (1 Rey.18, 20-41).

Jezabel lo sentencia a muerte, por lo que el profeta ha de huir solitario al desierto, agobiado por el cansancio físico y moral.

En su interior pesa una especie de abandono por parte del Dios a quien se ha entregado, sin que se produjera éxito alguno entre los dirigentes que han puesto precio a su cabeza.

Para qué vivir entonces, -ya que no vale más que sus padres- presentándose la muerte como su deseo más profundo.

Pero Dios no olvida en la prueba a su fiel amigo, lo socorre con pan y agua, alentándolo por medio del ángel a seguir caminando en el desierto –lugar de la prueba y de la purificación interior- hasta llegar después de cuarenta días con sus noches al monte Horeb (ó Sinaí), el monte de Dios.

La llegada de Elías a este monte evoca un verdadero “retorno a las fuentes”, ya que allí Dios reveló su nombre a Moisés (1 Reyes 19, 9-19).

En la gruta del Sinaí, Elías vive la experiencia del encuentro con Dios, el cual escucha sus quejas por la infidelidad del pueblo, hasta el punto de resaltar que “he quedado yo solo y tratan de quitarme la vida” (v.10).

Pero el Señor insiste por dos veces, “¿qué haces aquí Elías?” (vv.10 y 13) y terminará diciéndole “vuelve por el mismo camino, hacia el desierto de Damasco…” (v.15) encomendándole prosiga con la misión encomendada.

2.-La soledad y el hastío del creyente en medio de su “misión”.

Esta experiencia tan desgarradora sufrida por el profeta no escapa al creyente de nuestros días.

A pesar de buscar la fidelidad al Señor y de proclamar la verdad que nos entrega para ser comunicada al hombre de hoy, los cristianos sufrimos la embestida de un mundo y de una cultura que es cada vez más hostil.

La pobreza hace estragos entre nosotros con niños desnutridos y familias enteras que no tienen pan para llevar a la boca y carecen de los cuidados más elementales en la salud, el trabajo y la educación, mientras los diputados de Santa Fe han dado media sanción al proyecto de ley de uniones civiles entre personas del mismo sexo, medida extraña no sólo al designio del Creador, sino al sentir de la mayoría de nuestro pueblo.

El coqueteo de nuestros dirigentes políticos con “formas culturales” ideologizadas y minoritarias, parece ser una constante en la vida ciudadana, en lugar de trabajar por el bien común, esto es, propiciar ámbitos adecuados que promuevan la realización plena de la persona.

Verdaderos autoritarios en su forma de proceder, pretenden imponer a una sociedad ahíta ya de necesidades, prácticas ajenas al reclamo diario.

En lugar de promover y sostener el verdadero sentido de la familia, atendiendo sus justas prioridades naturales, se malgasta el tiempo en frivolidades oportunistas y en lo que no dignifica al ser humano.

Mientras existen cada vez más necesidades en el pueblo, los dineros públicos se utilizan para mantener los privilegios de unos pocos, como si los impuestos fueran propios y no de la comunidad que los paga para que se recurra al bien de todos.

Ante el cuadro progresivo de la degradación de nuestra Patria, ¿cómo no estará el corazón del creyente cada vez más asfixiado por la impotencia?

3.-Cristo, “pan vivo bajado del Cielo”, fortaleza nuestra (Jn.6,41-52).-

Jesús nos dice en el Evangelio “Está escrito en el libro de los profetas: Todos serán instruidos por Dios. Todo el que oyó al Padre y recibe su enseñanza, viene a mí” (Juan 6,45).

Escuchando al Padre, como lo hizo Elías, encontraremos que Él nos orienta al encuentro de su Hijo hecho hombre.

Cercanos al Señor, Él nos recuerda que “sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron” (v.49).

Pues bien, esta enseñanza tiene también hoy vigencia, ya que todos los que han puesto su confianza en almacenar dinero a expensas de sus hermanos, -en comer el maná en el desierto de los desahuciados- llegarán a la muerte con las manos vacías y tendrán que dar cuenta de todo el daño producido voluntariamente.

El cristiano fiel de nuestros días, en cambio, -cual nuevo Elías-, aleccionado y alimentado por el mismo Jesús, recuerda y vive, que “El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo” (v.51).

Con esta afirmación comprendemos que a pesar de las dificultades sufridas a diario por mantener y proclamar una vida digna de hijos de Dios, el Salvador no nos abandona.

Él mismo se ofrece como alimento nutritivo para que sigamos caminando –esa es nuestra condición de “homo viator”- haciendo el bien, sin desfallecer ante “las persecuciones del mundo” ya que poseemos “los consuelos de Dios” para perseverar en la fidelidad a su Nombre.

Sólo la perseverancia hasta el fin de nuestros días, obrando con fe en el Señor, esperanza en sus promesas y amor máximo correspondiente a su providencia de salvación para con nosotros y para con todos nuestros hermanos, hará realidad que vivamos eternamente en la comunión trinitaria.

Pero el mismo Jesús nos asegura también que su carne es para la vida del mundo, ya que convertidos por Él podremos manifestar que sólo en unión con Él somos transfigurados ya en esta vida como anticipo de la por venir.

Así nutridos por y para la vida divina descansaremos algún día en la cueva del encuentro, donde Dios se deja hallar para unirnos a lo que Él Es.

4.-No entristezcamos al Espíritu Santo de Dios (Efesios 4,30-5,2)

Por el Pan vivo bajado del cielo recibido como alimento, el cristiano no se deja abatir en medio de las vicisitudes y aparentes fracasos sufridos en la vida hodierna y cotidiana, sino que es consciente de las palabras del Apóstol:”No entristezcan al espíritu santo de Dios, que los ha marcado con un sello para el día de la redención” (Efesios 4,30).

Es decir que a pesar de las dificultades por vivir y transmitir el Evangelio de la Vida Eterna que hemos recibido, nuestro estilo de vida siempre ha de ser modelo digno de imitar para la gloria del Padre y edificación de la Iglesia toda.

San Pablo continúa aconsejándonos el evitar “la amargura, los arrebatos, la ira, los gritos, los insultos” (v.31) -actitudes propias de los que no tienen fe ni razón- en medio de los embates del enemigo de la naturaleza humana y sus seguidores, ya que en definitiva nada ocurre si la Providencia no lo permitiera para purificación nuestra.

El cristiano debe alejarse además de la tentación de hacer uso de toda “clase de maldad”, ya que sería imitar a los que viven apartados de Dios.

Con Jesús en nuestros corazones es posible vivir día a día los dichos de Pablo:”Sean mutuamente buenos y compasivos, perdonándose los unos a los otros como Dios los ha perdonado en Cristo” (v.32).

Hermanos: confiando en el Señor que nos ilumina siempre con su Verdad, pidamos vivir fortalecidos por su Vida.

Padre Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de “San Juan Bautista” en Santa Fe de la Vera Cruz. Homilía del domingo 19 per annum ciclo”B”. 09 de Agosto de 2009. ribamazza@gmail.com; www.nuevoencuentro.com/tomasmoro; http://ricardomazza.blogspot.com.-

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