25 de octubre de 2009

Servir es la misión del seguidor de Cristo


La liturgia Eucarística es siempre sacrificial, porque es memorial y actualización del sacrificio de la Cruz. Pero éste su carácter, queda hoy evidenciado especialmente por la Liturgia de la Palabra, centrada enteramente en el misterio de la pasión y muerte de Jesús.
En la primera lectura, el profeta Isaías (53,10-11) en breves versículos anuncia el plan divino acerca del Siervo de Yahvé”, figura de Cristo: “el Señor quiso triturarlo con el sufrimiento”. Tal fue la voluntad de Dios que quiso entregar a su Hijo por la salvación del mundo, y tal será la voluntad de Cristo “cuando entregue su vida como expiación”.
Ese sacrificio voluntario “justificará a muchos”, o sea, preservará a la multitud de los hombres que acepten ser salvados. El precio será su muerte, con la que expiará “los crímenes de ellos”.
En verdad no es poca cosa el pecado –lejanía y olvido de Dios-, como tampoco es una figura literaria el amor de Dios a los hombres, si para redimirlos ha querido que su Hijo muriese en la Cruz. Muerte que concluyó, es cierto, en la gloria de la resurrección, pero sólo pasando por los rigores y las angustias más crueles.
El Evangelio del día (Mc. 10, 35-45), deja oír la petición de los hijos de Zebedeo en contraste con las enseñanzas de Jesús que por tercera vez anuncia su pasión redentora:”Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda”.
Cristo piensa en su muerte redentora, en la entrega total de sí en la humillación más agobiante, mientras que sus discípulos –fiel reflejo del criterio mundano- buscan evadirse del sufrimiento y asegurarse en cambio el honor a través de los puestos que los enaltecerían junto a un Mesías temporal que presumen será encumbrado.
Tentación continua la del hombre será esta de no escuchar al Señor de la Cruz, ensimismado y cegado por las glorias pasajeras que aseguran sólo bienestar y el disfrute efímero de aquello que deja vacío el corazón humano.
Jesús, que viene a salvar al hombre de toda esclavitud, con paciencia a pesar de ver la incomprensión que lo rodea, seguirá insistiendo en lo que personifica lo esencial de su mensaje, señalando que quien quiera tener parte en su gloria deberá beber el cáliz del sufrimiento: “¿Son capaces de beber el cáliz que yo he de beber?”.
Juan y Santiago se apresuran a responder afirmativamente, empujados todavía por el deseo de la gloria mundana, y seguramente sin entender del todo que el precio de la entrada al reino es seguir su mismo camino, apurar con él hasta la última gota del dolor, sumergirse con el Salvador en su pasión y muerte, sin que esto les dé derecho a los primeros puestos, destinados por el Padre a quien quiere.
Sumergirse, en efecto, en la pasión del Señor es sólo condición para entrar con Él a la gloria.
El enojo posterior de los discípulos, que consideran que la actitud de Juan y Santiago era un intento para desplazarlos, sirve para que Jesús les enseñe a todos que lo que verdaderamente importa es el servicio al Evangelio y a los hermanos.
Es constante en la experiencia humana comprobar cómo los que se dicen gobernantes se desempeñan como tales buscando tiranizar y dominar a aquellos a quienes debieran servir- recalca Jesús con perspicacia y presente actualidad en su enseñanza.
Quienes actúan de ese modo viven sometidos a sus deseos desordenados de poder por los que sólo piensan en su propio disfrute y en utilizar a sus hermanos como medio para acrecentar poder y riqueza.
El cristiano y seguidor de Cristo, por el contrario, se ha de conducir de modo que “el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos” (vv.43 y 44).
En la Iglesia de Cristo no ha de haber lugar, por lo tanto, para las mezquinas competiciones del orgullo, para los manejos de la ambición, para el afán de triunfo, gloria o preeminencia sobre los otros.
Si hay competición entre los cristianos ha de ser para pretender el lugar de mayor servicio, no desde la cumbre del poder, -a no ser que así lo disponga el Padre- sino desde la pequeñez de la entrega desinteresada de uno mismo por el bien de todos.
El propio Jesús expresa el fundamento de esta elección por el servicio incondicional acorde con el verdadero seguidor: “el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud” (v.45). Así, pues, el discípulo de Jesús descubre que siguiéndolo a Él con la propia cruz del desasimiento personal, se logra imitarle y entrar en la gloria.
Los otros, en cambio, los que “dominan” a sus hermanos sin ponerse nunca al servicio de ellos, contemplándose siempre en su propia vanidad, ahondan más y más el vacío de sus corazones.
La sociedad entera sería otra cosa si los bautizados todos viviéramos nuestra condición de ciudadanos de la tierra con una actitud de servicio constante.
Si el profesional de la salud, de la educación, si el político o el gobernante, el sindicalista, el consagrado o el simple fiel, viviéramos en esa permanente actitud de servicio como Cristo, muriendo a nosotros mismos, la Patria de la tierra sería transformada.
Cuando la familia procura que cada uno de sus integrantes crezca como ciudadano del cielo y de la tierra, el servicio se transforma en continua entrega de sí por el bien de los otros.
En fin, cuando, para todos sea primordial el servicio a la vida de sus hermanos, en los diversos ámbitos de la dignificación humana, el camino a la gloria estará abierto hasta el encuentro definitivo del Padre con sus hijos, amados y redimidos por el Hijo presente en la historia humana.
Para animar a los creyentes a llevar la Cruz, el autor de la carta a los Hebreos (4,14-16) recuerda que tenemos en Jesús “un sumo sacerdote grande”, el cual habiéndose hecho en todo semejante a nosotros, menos en el pecado, conociendo y asumiendo nuestras debilidades se ha hecho capaz de compadecerse de nuestras miserias.
Hermanos: El que ahora está sentado a la diestra del Padre para interceder por nosotros, fue pasible del dolor, agonizó y tembló ante el sufrimiento y la muerte, permitiendo esto que podamos acercarnos con seguridad “al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia que nos auxilie oportunamente”. Pidámosle nos ilumine para llegar a comprender nuestro llamado al servicio, y nos otorgue su fuerza para mantenernos siempre en esta actitud semejante a la de Cristo, sin dejarnos seducir por las efímeras gloria del poder mundano.


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Padre Ricardo B. Mazza. Cura Párroco de “San Juan Bautista” en Santa Fe de la Vera Cruz. Domingo 29 durante el año, ciclo “B”. 18 de Octubre de 2009. ribamazza@gmail.com; www.nuevoencuentro.com/tomasmoro; http://ricardomazza.blogspot.com.-/
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